La verdadera estela de los regalos de Reyes

Imagen de una estela en la mar / JA COBEÑA

Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. / Antonio Porchia (1885-1968), Voces

Sevilla, 6 de enero de 2025 – 08:38 h UTC (CET+1)

Desde hace bastantes años años, resuenan en mi persona de secreto estas palabras del poeta italo-argentino Antonio Porchia (1885-1968), porque desde el día que las leí por primera vez, me impactaron en la creencia personal del arte de regalar. En los días de navidad, año nuevo y la celebración de los reyes magos de Oriente, en este Occidente desconcertado en el que vivo, la mercadotecnia hace estragos en el mundo del regalo, por imposición casi siempre de la sociedad de consumo. Gabriel García Márquez ya lo dijo en 1980: “La Navidad “es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”.

El escritor Alberto Manguel fue el artífice de mi pre-ocupación actual (con guion), que todavía persiste, reflexionando sobre la estela del regalo y su epifanía: «Diciembre es una época propicia para regalar y por tanto el momento de descubrir que se necesita habilidad para escoger el obsequio. Es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado. Un recorrido paralelo por la historia descubre algunos episodios gratos o claves y otros desafortunados en el momento de brindar un obsequio. Aunque siempre quedan los libros». A mí, me quedan…, como la palabra, tal y como lo aprendí de Blas de Otero.

Desde esa lectura de Porchia, hago un esfuerzo para “justificar los regalos” (siempre procuro hacerlo), pensando también en la segunda parte enigmática de su reflexión: “no sé lo que has recibido”. Es verdad que estamos ante un filo cortante de la existencia, tal y como lo aprendí de Martin Buber, cuando intentaba explicar la relación Yo-Tú. Y es un vacío que siempre existe porque pertenece a la persona de secreto de cada uno que, en determinadas ocasiones, la hacemos de todos. Ahí radica el espacio insondable de generosidad que debe existir cuando se entrega no sólo un regalo, sino por decirlo de una vez por todas, la vida.

Como decía Manguel, la historia nos puede enseñar qué significa un regalo y así lo escribí en 1985: «El rito de la alianza (de las personas con el Dios) simboliza de forma magistral el contenido multisecular del regalo como sello o estela del pacto, del encuentro más grandioso que el hombre ha sabido dejar por escrito, reconociendo la sublimación de una ceremonia extendida entre los primeros pobladores de la tierra. Como prueba tangible de que las palabras que se entrecruzan Dios y los hombres han de permanecer hasta la muerte, se sacrifica un animal y se le divide en dos mitades, obligándose el titular del pacto a pasar por ambas mitades para recordarle que si se incumple cualquiera de las cláusulas pactadas, puede el hombre sufrir las mismas consecuencias que el animal. Junto a esto, existe una ceremonia llamada del «jesed» donde se obliga el hombre agraciado con el pacto a vivirlo permanentemente en cada acto de su vida siendo de esta forma «justo» hasta la muerte, en un estado de vigencia -minuto a minuto- de un compromiso que se simbolizó en un regalo» (1).

La entrega a la persona o personas que amas, a los demás, es algo más importante que el regalo en sí, aunque la vida también puede serlo. Pero la duda existirá siempre porque la libertad es eso, mantener espacios de silencio, de falta de respuestas, por mucho que se hagan manifestaciones de afecto y acogida. Es decir, sabemos siempre lo que damos, pero no lo que se recibe…

Por eso creo que si reflexionáramos sobre esta duda existencial unos minutos antes de comprar algo para otra persona, el próximo regalo ya no será igual en nuestras vidas, a pesar de que las campañas de navidad y reyes se empeñen en convertir esta oportunidad en pura mercancía. Así lo he entendido siempre: «Sería importante, creo que ante todo necesario, rescatar el contenido primigenio del regalo, es decir, comprometerse sólo con aquella persona que se relaciona conmigo en encuentros constructivos para la felicidad diaria, pactándose unos compromisos de vida que se puedan simbolizar en el regalo no cosificado, por ejemplo, en esa llamada a tiempo, compañía no programada o silencio de comprensión que no lleva etiqueta, precio ni papel de celofán con lazo incluido. Se perderían muchos negocios montados a propósito, pero ganaríamos todos en sinceridad y cercanía. Además, solamente lograríamos repetir la historia en un pasaje digno de ser aprendido en la mejor lectura actualizada de la relación de las personas entre sí. La estela del regalo no consistiría en nada más que buscar ese momento de intimidad que todos tenemos y necesitamos para decirnos al oído lo que esperamos del otro. Más o menos lo que le ocurrió al platerillo de Rafael Alberti en El alba del alhelí, cuando deja estupefacto a su cliente (dicen que de nombre José…), que no puede pagar el collar de María y el anillo para el niño Jesús: «Yo dinero no quiero, besar al niño es lo que quiero…».

Porque José, que no lo podía pagar, conocía muy bien a María y no confundió nunca, como todo necio, valor y precio. Le regalaba todos los días sus silencios, sus dudas, su honradez y… su vida, sin saber a veces qué pensaba ella. La verdadera estela de su regalo, la del mar, la que nos enseñó también Antonio Machado: Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante no hay camino  / sino estelas en la mar… 

La duda de Porchia que encabeza estas palabras es hoy la mía, pero tengo clara una razón para escribir y entregar palabras especiales a los demás, a la Noosfera, la malla pensante de la Humanidad, a modo de regalos. Escribir en este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, como hoy, por ejemplo, sobre la estela de los regalos, me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero, si le falta alma, no es nada (2): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro [de su artículo] más allá de las ideas que quiere contar”.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

(2) http://www.joseantoniocobena.com/?p=

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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En la noche de Reyes recuerdo a un niño especial, Miguel Hernández, pastor de sueños

Miguel Hernández, Pastor de sueños

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Miguel Hernández, Las abarcas desiertas

Sevilla, 5 de enero de 2026 – 07:25 h UTC (CET+1) – Actualizado a las 14:45 h

En años anteriores, he escrito en este cuaderno digital reflexiones sobre la noche de Reyes del niño que siempre llevó dentro Miguel Hernández, ante sus abarcas desiertas. Hoy vuelvo a recordarlo de nuevo por su mensaje impecable para una noche tan especial y para imaginar, al igual que lo expresó él, el pastor de sueños, que el mundo podría ser cada día una juguetería para niños y niñas libres, que tuviera en sus estanterías “juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor”Sus “abarcas desiertas” no las olvido.

La solidaridad de Miguel Hernández no tenía límites. Lo demostraba por sus colaboraciones en publicaciones durante la guerra civil, como la que apareció en la revista Ayuda del Socorro Rojo, el 2 de enero de 1937. El objetivo del poema Las abarcas desiertas junto a otras colaboraciones era «recabar ayuda para donativos y juguetes en beneficio de la infancia necesitada. Interesante la nota aclaratoria ofrecida en primera página: Los niños de la España libre y en armas tendrán este año, merced a la generosidad de millones de personas, lo que la casta que nos dominaba había hecho privilegio exclusivo de sus hijos: juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor» (1).

El poema resume muy bien la realidad dura y contemporánea de los que menos tienen. Miguel Hernández hace un recorrido de ilusiones maltrechas desde la colocación de su calzado cabrero en la ventana fría, como cualquier niño, pero con la conciencia de clase muy clara: Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. Me parece maravillosa la expresión de que «Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería».

Recomiendo la lectura pausada del poema completo. Nada más. Es verdad que muchas veces los reyes coronados del siglo XXI y los que se hacen pasar por ellos, no tienen pie ni ganas para ver el calzado de las pobres ventanas. Además, suelen ir desnudos, como el protagonista del cuento de Andersen. Una aclaración final: salvando lo que haya que salvar, no solo me refiero hoy a la pobreza económica en esta navidad rediviva según Miguel Hernández. Es peor la del espíritu de reyes magos que van de paso por la vida de muchas personas sin observar abarcas vacías. A pesar de que solo puedan tener dentro sueños de juguetes y libros con que estimular el espíritu y crear castillos imaginativos de una sociedad mejor.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

(1) https://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/05/versos-olvidados-las-abarcas-desiertas/

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¡Paz y Libertad!

Ante el año nuevo, debemos creer lo que no vimos, porque nos invita a negar lo que miramos

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008), en Alocución a las veintitrés.

Sevilla, 31/XII/2025 – 15:08 h UTC (CET+1)

Dedicado a todas las personas que siguen viajando conmigo en la amura de babor, no inocente por su posición, de ‘La isla desconocida’, la carabela imaginaria de José Saramago de su ‘Cuento de la isla desconocida’, en singladuras para ‘personas imperfectas’, que soñamos en mundos reales más dignos, aunque no perfectos, para todos, porque creemos que cada día puede ser nuevo, sin tener que esperar a la celebración anual, como la de hoy, auspiciada y financiada por los mercados y sus mercancías. Esa es la razón de por qué debemos creer más en lo que no vimos en el cada día de este año, para así negar lo que miramos y contemplar un futuro diferente en el cada día próximo de 2026.

Gracias por compartir la lectura de este cuaderno digital, que ha cumplido en diciembre de 2025 veinte años como cuaderno de “derrota” en el lenguaje del mar, el de navegación por la Noosfera, la malla pensante de la humanidad. Gracias sinceras.

Recurro de nuevo, un año más, al poeta Ángel González para buscar luz en este túnel ético en el que nos encontramos, ante el ocaso de la democracia, porque nos ofrece una visión personal de la vida en una alocución de fin de año cargada de historia de problemas recientes en este país y en el mundo que nos rodea, salvando lo que haya que salvar. Lleva por título “Alocución a las veintitrés” (1). Hoy, cuando quedan muy pocas horas para que finalice un año complejo, para olvidarlo quizás, vuelvo a leerla detenidamente porque siempre calma mi ardiente paciencia y conmueve mi alma de secreto.

Alocución es un discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos [sic, según la RAE]. Lo que sí tengo claro es que cuando cambie el año, suenen las campanadas y nos enfrentemos a las uvas, esta alocución va a ser un revulsivo a las veinticuatro horas para que aprendamos del valor de la libertad de la palabra de ciudadanos imperfectos que aún nos queda en este año bastante complejo y que, afortunadamente, no está a la venta en Amazon ni en los mercados porque, seamos sinceros, interesa escucharla solo a unos pocos. Porque la libertad de la palabra, que aún nos queda, nos ofrece, entre otras muchas cosas, tener fe en ella, aunque la terca realidad nos complique a veces la vida. Porque ahí está, a pesar de que algunos ciudadanos perfectos, instalados en la mediocridad, sólo ven el mundo del nunca jamás en todo lo que les rodea, sin mezcla de esperanza alguna. Lo que necesitamos esta noche es recordar, al tomar las uvas, junto a Ángel González, que hace falta Más fe, mucha más fe. / Que en cierto modo, / creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos.

Lo he dicho en referencias anteriores a este poema, a estas alturas del calendario: estas palabras de Ángel González son un símbolo de lo que a veces no queremos ver aunque es evidente lo que está pasando, aplicando el principio de realidad de Freud, el más terco de todos los principios, cuando finaliza este año. Las preguntas serias son las que enuncia metafóricamente el poeta: ¿quién se dirige a quién? ¿quién, con poder suficiente, sean reyes, reinas, presidentes, presidentas o ministros y ministras, se dirige así a sus subordinados con un discurso paradigmático de doble moral? ¿lo pronuncian solo algunos políticos (todos no son iguales) o todas las personas que no quieren ver lo que miramos todos, solo por ejercer cierta prepotencia sobre los demás, sin compasión alguna?, ¿afecta sólo a los de arriba o a los de abajo también, a los de izquierdas o a los de derechas en su amplio espectro?, o ¿quizás, a todos los que se consideran ciudadanos perfectos?

ALOCUCIÓN A LAS VEINTITRÉS

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como ésta de hoy,
en una noche semejante a ésta de hoy,
tras una cena lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Austral, p. 176s.

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El Principito, hoy / y 10. Un santo inocente muy especial

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

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Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO

Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito (1943)

oOo

A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 28/XII/2025 – 08:33 h UTC (CET+1)

Hoy es el día de los Santos Inocentes según el calendario católico, apostólico y romano que, desde una perspectiva laica, lo asocio siempre con la muerte de miles de niños y niñas en el mundo, víctimas de hambruna, guerras, exilios involuntarios y tráfico criminal organizado. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, son algunos ejemplos del mundo al revés tan poco atendidos por el mal llamado Primer Mundo de los poderosos, tutelado ahora por el emperador Trump, con su traje nuevo…, pero desnudo para las personas dignas, recordando el cuento de Andersen.

Leyendo El Principito, creo que el protagonista puede ser un buen ejemplo de un “niño hombrecito“, inocente, según el aviador-narrador, que Antoine de Saint-Exupéry nos dejó retratado para la posteridad humana, en una novela corta para algunos, un cuento para muchos, con enseñanzas de valores eternos. Uno de ellos, la santa inocencia de la verdad verdadera, de la amistad.

Me enfrento hoy a la lectura del último capítulo, que forma parte de esta serie que anuncié el pasado 14 de diciembre. Lo prometido siempre es deuda y hoy cumplo mi compromiso, recordando por qué lo hago, por dos razones de peso: un pequeño homenaje al autor de este relato precioso, porque este año los derechos de autor de El Principito han pasado a ser de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor legalmente establecida a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. La segunda razón, ha sido que he escrito esta serie sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry escribió esta joya literaria atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos, desarrollándola ahora a través de 10 artículos, con mi interpretación del relato, actualizado en un contexto histórico especial como es la navidad en este año tan complejo que ya termina.

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

El capítulo XXVII culmina esta obra maestra de la literatura infantil y, sobre todo, de adultos que no olvidamos que alguna vez fuimos niños. Han pasado seis años desde que comenzó ese maravilloso encuentro y el aviador recuerda lo sucedido en el desierto: “Ahora me he consolado un poco. Es decir…, no del todo. Pero sé que verdaderamente [el hombrecito príncipe] volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado… Y por la noche me gusta oír las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles…”, tal y como él me lo había anunciado en los últimos momentos de su vida. Pienso qué hará en su pequeño mundo, que existir existe: “Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa… —Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…¡Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga tanta importancia!”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

Dejo hablar al aviador para que me cuente su visión final de una experiencia personal tan difícil de contar:

Éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo.Es el mismo paisaje de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…”.

Puedo asegurar que, en mi caso, ha vuelto…

He aquí el mejor retrato que, más tarde, logré hacer de él

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

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El Principito, hoy / 9. Lo importante, es lo que no se ve

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

Sevilla, 27/XII/2025 – 08:39 h UTC (CET+1)

Nos aproximamos a los últimos capítulos, hoy el XXV y XXVI. En el primero, leo la travesía del desierto que permite al principito y al aviador, llegar a un pozo que parecía de aldea no del Sáhara, al disponer de roldana, balde y la cuerda… El principito “rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como gime una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXV

Fue el momento de comprender por qué el principito quería beber de esa agua: “Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía”. Todo lo que había rodeado al esfuerzo del camino en busca del agua terrenal, haberlo compartido, era beneficioso para el corazón. Creo que Rafael Alberti lo explicó muy bien en un poema dedicado al verso que, hoy, puedo cambiar por agua: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. El agua, sin corazón, no es nada. El principito lo resumía bien: “los  ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

Más adelante, descubre el principito que se cumplía ya el aniversario de su caída a la Tierra desde el asteroide donde habitaba, con gran sorpresa del aviador: “—Entonces, no te paseabas por casualidad la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo, a mil millas de todas las regiones habitadas. ¿Volvías hacia el punto de tu caída? El principito enrojeció otra vez. Y agregué, vacilando: —¿Tal vez, por el aniversario…? El principito enrojeció de nuevo. Jamás respondía a las preguntas, pero cuando uno se enrojece significa «sí», ¿no es cierto?—¡Ah! —le dije—. Temo… Pero me respondió: —Debes trabajar ahora. Debes volver a tu máquina. Te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde… Pero yo no estaba muy tranquilo. Me acordaba del zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco”. La realidad es que se acercaba el final de esta preciosa aventura.

El capítulo XXVI necesita varias lecturas por la profundidad del mensaje que lleva dentro. Comienza con el descubrimiento, por parte del aviador, del principito subido en lo alto dentro un muro en ruinas, junto al pozo, dialogando de forma críptica con una serpiente: “—Tienes buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho tiempo? Me detuve, con el corazón oprimido, pero seguía sin comprender. —Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender! Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el principito, una de ésas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos. Comencé a correr, mientras buscaba el revólver en mi bolsillo, pero, al oír el ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena, como un chorro de agua que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico. Llegué al muro justo a tiempo para recibir en brazos a mi hombrecito, pálido como la nieve. —¿Qué historia es ésta? ¿Ahora hablas con las serpientes? Aflojé su eterna bufanda de oro. Le mojé las sienes y le hice beber. Y no me atreví a preguntarle nada. Me miró gravemente y rodeó mi cuello con sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pájaro que muere, herido por una carabina”.

El aviador se dio cuenta de que había ocurrido algo extraordinario y grave a la vez. Es la primera vez que se dirige al principito como hombrecito, tomando conciencia de su miedo, lo que le ocasiona una profunda tristeza por su posible retorno a su estrella: “Pero rió suavemente. —Tendré mucho más miedo esta noche… De nuevo me sentí helado por la sensación de lo irreparable. Y comprendí que no soportaría la idea de no oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto. —Hombrecito…, quiero oírte reír otra vez…”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

A partir de estas palabras, comienza a comprender lo que está ocurriendo: “—Esta noche, hará un año. Mi estrella se encontrará exactamente sobre el lugar donde caí el año pasado… —Hombrecito, ¿verdad que es un mal sueño esa historia de la serpiente, de la cita y de la estrella?… Pero no contestó a mi pregunta, y dijo: —Lo que es importante, eso no se ve. —Ciertamente…”. De nuevo, volvió a resonar en su alma de secreto qué es lo esencial de la vida, de las personas, lo que no se ve, lo que tantas veces le había explicado el hombrecito príncipe.

A partir de aquí, nuestro pequeño héroe, le ofrece al aviador su gran regalo para que entienda la experiencia de su encuentro en muy pocos días, la brevedad de un gran misterio, lo que le deslumbrará cuando mire a las estrellas: “—Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido. —¿Qué quieres decir? —Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír! Y volvió a reír. —Y cuando te hayas consolado (siempre se encuentra consuelo) estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo. Tendrás deseos de reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así…, por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando el cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco. Te habré hecho una muy mala jugada…”.

Luego…, viene la despedida, dolorosa como todas, que hay que leerla, querido lector, querida lectora, para comprenderla. Estoy seguro de que el hombrecito, a pesar de todo, se marchó solo a su cielo particular plagado de estrellas: “El principito dijo: —Bien… Eso es todo… Vaciló aún un momento; luego se levantó. Dio un paso. Yo no podía moverme. No hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo. Quedó inmóvil un instante. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol. En la arena, ni siquiera hizo un ruido”.

Me quedo pensativo, conmovido, conturbado y hoy me enfrentaré a la lectura del último capítulo de esta historia para personas grandes, que contaré “próximamente en este salón”, digital por supuesto, tal y como se anunciaban las películas en mi infancia de Castilla.

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El Principito, hoy / 8. Sólo los niños saben lo que buscan, lo esencial de la vida

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXIV

Sevilla, 26/XII/2025 – 11:56 h UTC (CET+1)

Abro El Principito hoy por el capítulo XXII y me asombra el breve e intenso diálogo de un guardaagujas con el principito. Trenes rápidos que pasan en un sentido y en otro, provocan preguntas y respuestas de profundo calado: “Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.

—Llevan mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan? —Hasta el hombre de la locomotora lo ignora —dijo el guardaagujas. Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso. —¿Vuelven ya? —preguntó el principito. —No son los mismos —dijo el guardaagujas—. Es un cambio. —¿No estaban contentos donde estaban? —Nadie está nunca contento donde está —dijo el guardaagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. —¿Persiguen a los primeros viajeros? —preguntó el principito. —No persiguen absolutamente nada —dijo el guardaagujas. Ahí adentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios. —Sólo los niños saben lo que buscan —dijo el principito. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran… —Tienen suerte —dijo el guardaagujas”.

Prisa, búsquedas, descontento, viajes hacia ninguna parte, como pasa en la vida de las personas grandes que solemos ir del tumbo al tambo, como decía García Márquez en sus Cuentos peregrinos. Y la respuesta a este ir y venir existencial no está en el viento (Bob Dylan, dixit), sino en el niño de cuatro años de Groucho Marx o en los del principito, porque solo ellos saben lo que buscan.

El siguiente capítulo, el XXIII, narra el encuentro del principito con un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed: “Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber”. Ante la pregunta del principito de por qué las vende, el mercader responde que “es una economía de tiempo. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. —¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? —Se hace lo que se quiere…”. Para mí, nos encontramos con una de las mejores reflexiones del principito: “Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”. Creo que hoy he entendido el sentido de lo que significó el viaje de Ulises a Ítaca: lo importante en la vida nos es llegar sino hacer el camino.

Lo que acabo de escribir es el auténtico sentido de la vida y es la razón de por qué el capítulo siguiente, el XXIV, resume perfectamente el camino recorrido en sólo ocho días, el tiempo exacto en el que el narrador-aviador lleva en el desierto con su avión averiado y se agota ya la provisión de agua, provocando la sed y sin entender que ante tal necesidad, el principito dé prioridad a “caminar tranquilamente hacia una fuente”, cuando ellos están en un desierto. Ante tal necesidad, que ya es compartida, el principito recuerda qué ha significado el zorro en su vida, una auténtica amistad o la flor a la que protege con esmero, las estrellas, pero el gran descubrimiento es tener que hacer el camino en un medio inhóspito, el desierto, como tantas veces ocurre en la vida. Y sigo leyendo unas páginas especiales que son la quintaesencia de esta bella historia:

—El desierto es bello —agregó [el principito]. Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte… Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón…

—Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.

—Me gusta que estés de acuerdo con mi zorro —dijo.

Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo aquí es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…». Como sus labios entreabiertos esbozaran una media sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme…». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas; un golpe de viento puede apagarlas… Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día”.

Al leer estas últimas palabras, tomo conciencia de nuevo sobre su significado último, como hilo conductor de esta novela corta: lo esencial en la vida, en las cosas, sobre todo en las personas, es muchas veces invisible a nuestros ojos.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

Navidad 2025: una oportunidad de decir todo, crispadamente recogidos y mudos

jose-saramago
José Saramago (Azinhaga
(Golegã), Portugal, 1922 – Tías (Lanzarote), España, 2010)

Sevilla, 25/XII/2025 – 09:30 UTC (CET+1)

Debo muchas cosas a José Saramago. Una de ellas, el recuerdo sempiterno del compromiso personal y social activo que, en tiempos revueltos, es un acicate para seguir surcando mares en busca de islas desconocidas. He escuchado muchas veces a Pilar del Río, su compañera de aventuras existenciales, contar cosas sencillas de José, siempre Saramago. Y de su compromiso con la vida, al que recurro de vez en cuando, cuando voy del timbo al tambo, para saber que cuando era un joven de veinte años, ya expresaba así su soledad sonora: 

Solo diré
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé,
No se podrá morir sin decir todo
.

Y él contaba que “La composición más antigua de la colectánea [su obra Poesía completa], cuando el aprendiz de poeta apena pasaba de los veinte años, se llama “Poema a boca cerrada” y contiene, en sus últimos versos, un compromiso y un anhelo que todavía hoy me asombra por la desmesura del desafío que se proponían: Que quien se calla cuanto me callé / No se podrá morir sin decir todo.

Muchos años después, 39 exactamente, José Saramago escribía estas palabras en el Prólogo de la edición en castellano (Alfaguara, 2005), y refiriéndose al joven impulsivo que escribió estas palabras tan bellas, hacía una auténtica declaración de principios para bocas cerradas: “hoy sé lo que él no podía saber, que sólo cuando se tiene veinte años es posible creer que algún día se llegará a decir todo. La vida, incluso la más prolongada, incluso la de un viejísimo matusalén de barbas fluviales, siempre dejará tras de sí sombras calladas, restos incombustibles, islas desconocidas”.

Hay que pasar de la tristeza a la lucha, “desbravando islas” en expresión suya, porque cuando se tiene muy claro el horizonte del interés público, el personal e intransferible pasa a un segundo plano. La Navidad se puede convertir así, para mi, en oportunidad y fortaleza para asumir el arte de callar, crispadamente recogido y mudo por muchas situaciones de mis alrededores que no me gustan, que me pre-ocupan (así, con guion), aunque tengo claro que no puedo, mejor, que no debo morir sin decir todo

Lo difícil, sin lugar a dudas, es levantarse del suelo, en la clave de una obra importante de Saramago, y seguir haciendo camino de interés general, público, por qué no digital, al andar. Pero hay que hacerlo, es más, es urgente decirlo hoy a los cuatro vientos navideños.

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¡Paz y Libertad!

Nochebuena de los felices…, según Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914

Sevilla, 24/XII/2025 – 08:00 h UTC (CET+1)

Un año más, vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo. También para los niños y niñas de mi ciudad, que viven en barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.

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La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: “Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro”. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, 2025, Vuelvo a recordar a Gabriel García Márquez, por su visión de la navidad actual.

(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

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El Principito, hoy / 7. Lo esencial es invisible a los ojos

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXI

Sevilla, 24/XII/2025 – 07:40 h UTC (CET+1)

Hoy, con la lectura de los capítulos XVIII al XXI, descubro de nuevo el contexto en el que nació un aserto que procuro mantenerlo muy presente en mi vida: lo esencial es invisible a los ojos. La última vez que lo consideré en profundidad fue en 2022, con ocasión de una visita a una tienda de ropa en mi ciudad, mi planeta actual en lenguaje principesco, en la que me encontré con un mensaje que pertenece a esas reflexiones que permanecen en mi memoria de hipocampo. Fue en una camiseta, donde se podía leer la citada frase, lo esencial es invisible a los ojos, pronunciada por el zorro que se convierte en amigo del principito, al finalizar su famoso capítulo XXI:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa, repitió el principito, a fin de acordarse”.

Los capítulos anteriores son sólo un antesala de este genial descubrimiento, acompañando por mi parte al principito en su travesía personal del desierto, buscando hombres a modo de Diógenes redivivo (capítulo XVIII), donde encuentra una rosa desafiante que le enseña algo alarmante sobre su preocupación desértica: “¿Los hombres? Creo que existen seis o siete. Los he visto hace años. Pero no se sabe nunca dónde encontrarlos. El viento los lleva. No tienen raíces. Les molesta mucho no tenerlas”. A estas palabras, el principito solo dijo “adiós”.

Prosigue su viaje subiendo a una alta montaña (capítulo XIX), donde sólo escucha el eco de sus demandas, de su soledad: “—Estoy solo…, estoy solo…, estoy solo —respondió el eco. «¡Qué planeta tan raro! —pensó entonces—. Es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres no tienen imaginación. Repiten lo que se les dice… En mi casa tenía una flor: era siempre la primera en hablar…». Continúa su camino, descubriendo por fin una ruta que le lleva a la “morada de los hombres” (capítulo XX). Entra en un jardín de muchas rosas donde se sintió muy desdichado, porque “su flor le había contado que era la única de su especie en el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín”. Él se creía rico con una flor única, porque “no poseía más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe…». Y , tendido sobre la hierba, lloró”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XX

Llego finalmente al extraordinario capítulo XXI, donde aparece un zorro, “no domesticado“, otro gran protagonista de esta aleccionadora aventura, tal y como comentaba al comienzo de estas palabras. Todo comienza con el diálogo en torno al significado de “domesticar”: —Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa «crear lazos». —¿Crear lazos? —Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo. Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… Creo que me ha domesticado”.

No olvido este diálogo tan aleccionador. Vuelvo a leer y reproducir el final de este capítulo, porque es una lección preciosa en tiempos revueltos, donde debemos tomar conciencia de que debemos “perder tiempo” con las personas que queremos, algo que nos roba la llamada “inteligencia” del teléfono móvil, por ejemplo. Será, en este mundo al revés, algo que nos llenará de placer interno porque habremos domesticado, en el sentido más puro del término, lo que queremos en quien creemos, aunque en principio sea algo invisible para los ojos, algo que se parecerá mucho a la rosa del principito, como ejemplo precioso en nuestras vidas:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa —repitió el principito, a fin de acordarse”.

Lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

El secreto del zorro está desvelado y me siento muy feliz al compartirlo. Yo también sigo teniendo rosas a las que cuidar cada día, porque sé que son una vida, la esencia misma de la vida, en un mundo al revés en el que lo esencial sigue siendo muchas veces invisible a los ojos.

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El Principito, hoy / 6. ¿Quién descifra el terrible enigma de la soledad humana?


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XV

Sevilla, 23/XII/2025 – 09:42 h UTC (CET+1)

Recuerdo hoy que el pasado 14 de diciembre me propuse escribir una serie de artículos durante esta Navidad, Año Nuevo y Reyes, respetando la estructura y contenidos de El Principito, una novela corta, ¿cuento quizás?, desarrollada a través de 27 capítulos, que ha pasado a ser de dominio público en nuestro país, con mi interpretación actualizada en 2025, de lo que el autor quiso dejar como legado de su alma inquieta a la Humanidad. 

Ha sido dicho y hecho, llegando hoy a la sexta entrega para contar en esta ocasión un viaje del principito muy largo, hasta visitar un planeta lejano, diez veces más grande, encontrando un habitante Anciano, así, con mayúscula, de profesión geógrafo, “un sabio que conoce dónde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos”. Esto ocurre en el capítulo XV, en el que el narrador desarrolla una experiencia llamativa sobre la importancia de dejar constancia en los libros sólo lo permanente en la naturaleza, no lo efímero.

Como profesional de la geografía, el Anciano tenía claro su cometido, es decir, lo que no debía anotar en su libro enorme ante las sucesivas preguntas del principito: “No es el geógrafo quien debe hacer el cómputo de las ciudades, de los ríos, de las montañas, de los mares, de los océanos y de los desiertos. El geógrafo es demasiado importante para ambular. No debe dejar su despacho. Pero recibe allí a los exploradores. Les interroga y toma nota de sus observaciones. Y si las observaciones de alguno le parecen interesantes, el geógrafo hace averiguaciones acerca de la moralidad del explorador”, persiguiendo siempre la verdad de lo que cuentan, es decir, la objetividad verdadera que requiere la ciencia: “un explorador que mintiera ocasionaría desbarajustes en los libros de geografía”. Moral intachable, sin fisura alguna.

En esta situación, el nuevo “explorador“, para el geógrafo Anciano, podía ofrecer datos de su planeta de origen para registrarlos, si respondían a la verdad, en el Libro Grande, siguiendo un protocolo riguroso, porque “los relatos de los exploradores se anotan con lápiz al principio. Para anotarlos con tinta se espera a que el explorador haya suministrado pruebas”. Ciencia, otra vez, en estado puro.

La situación más relevante se produce en el momento en el que el principito comienza a describir su planeta, sus volcanes, ¿la flor…?, porque, según el geógrafo, son los más valiosos de todos los libros. Nunca pasan de moda. Es muy raro que una montaña cambie de lugar. Es muy raro que un océano pierda su agua. “Escribimos cosas eternas”, pero llegado el momento de “registrar” la rosa, le manifiesta al principito que no puede anotarla porque las flores son “efímeras” o lo que es lo mismo, como aclaración, lo efímero significa “que está amenazado por una próxima desaparición”.

Gran desconcierto creó en el principito “explorador” esta afirmación rotunda, porque su querida flor ya sabe que es efímera “¡y sólo tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo! ¡Y la he dejado totalmente sola en mi casa!”. En este momento de turbación, recibe del geógrafo un sabio consejo, que vaya a visitar el planeta Tierra porque tiene “buena reputación”, iniciando un nuevo vuelo aunque no dejaba de pensar en su rosa “efímera”, indefensa, que nunca sería registrada en un libro grande de geografía porque le faltaba una cualidad indispensable: ¡ser eterna!

El principito llega de esta forma al planeta Tierra, descrito de forma muy breve en el capítulo XVI, que merece la pena recuperar íntegramente: “La Tierra no es un planeta cualquiera. Se cuentan allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas grandes. Para daros una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invenciónde la electricidad se debía mantener, en el conjunto de seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros. Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un ballet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas, se iban a dormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y de Siberia. Luego, también se escabullían entre los bastidores. Entonces era el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Luego los de África y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso. Solamente el farolero del único farol del Polo Norte y su colega del único farol del Polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces al año”.


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XVII

Menos mal que para aclarar esta descripción del planeta Tierra, encumbrando a los faroleros, los que lo iluminaban siempre con situación de continuidad, el narrador lo explica en el capítulo XVII con una cierta dosis de sarcasmo: “No he sido muy honesto cuando hablé de los faroleros. Corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a quienes no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra se tuviesen de pie y un poco apretados, como en un mitin, podrían alojarse fácilmente en una plaza pública de veinte millas de largo por veinte millas de ancho. Podría amontonarse a la humanidad sobre la más mínima islita del Pacífico. Las personas grandes, sin duda, no os creerán. Se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes, como los baobabs. Les aconsejaréis, pues, que hagan el cálculo. Les agradará porque adoran las cifras. Pero no perdáis el tiempo en esta penitencia. Es inútil. Tened confianza en mí”.


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XVII

A partir de esta declaración de principios, nace un diálogo enigmático entre el principito y una serpiente, la única interlocutora que habita en la zona que visita el protagonista, un desierto en África. Con esta soledad sonora, asume dialogar con ella y pronuncia una frase con lógica humana, no así para el ofidio: “¿Dónde están los hombres? —prosiguió al fin el principito—. Se está un poco solo en el desierto. —Con los hombres también se está solo —dijo la serpiente. El principito la miró largo tiempo: —Eres un animal raro —le dijo al fin—. Delgado como un dedo… —Pero soy más poderoso que el dedo de un rey — dijo la serpiente”.

A pesar del desprecio hacia la serpiente, mostrado por el principito, negándole su poder y su incapacidad para viajar, ella muestra sus artes tentadoras, enroscándose alrededor del tobillo del visitante “como un brazalete de oro”, ofreciéndole una oferta especial: “A quien toco, lo vuelvo a la tierra de donde salió —dijo aún. Pero tú eres puro y vienes de una estrella… El principito, desconcertado, le dice a la serpiente que es “un animal raro, delgado como un dedo…”. La serpiente se apiada aparentemente de él, ofreciendo su interesada ayuda: “Me das lástima, tú, tan débil, sobre esta Tierra de granito. Puedo ayudarte si algún día extrañas demasiado tu planeta. Puedo…. —¡Oh! Te he comprendido muy bien—dijo el principito—, pero ¿por qué hablas siempre con enigmas? Yo los resuelvo todos —dijo la serpiente. Y quedaron en silencio”.

Enigmas sabios de un ofidio, experto en estrategias de embaucamiento interesado, porque sólo hacía enunciados de sentido artificiosamente encubierto, para que el encuentro con el principito, fuera difícil de entender o interpretar en su soledad sonora. La serpiente lo dejó plasmado en un aserto, anteriormente citado: es frecuente sentir la soledad interior porque “con los hombres también se está solo”. Terrible enigma para un principito bueno y… solo, entre dos mil millones de personas que habitaban el planeta Tierra en los años cuarenta del pasado siglo. Me sobrecoge pensar qué significa hoy el enigma de la soledad humana, enunciado por una serpiente, cuando a la hora de escribir estas palabras ya poblamos este planeta 8.265.627.300 personas.

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