Agosto puede ser una gran oportunidad para acercarnos a la obra literaria de José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998. Una forma de hacerlo puede ser leer y disfrutar visualmente de un relato suyo publicado recientemente, Un azul para Marte (Lumen infantil, 2025, trad. Basilio Losada), que el autor escribió en 1969 para el periódico A Capital, que se incorporó posteriormente al volumen de crónicas Deste Mundo e do Outro (1971). La edición está ilustrada por Claudia Legnazzi, jugando con la simbología de los colores tratados en este texto breve, que hace un gran trabajo para complementarlo, así como para comprender el contexto ético interplanetario como hilo conductor de la obra.
La sinopsis oficial, dos veces buena por su brevedad obvia, permite situar al lector ante este relato redivivo: “Un viaje poético e ilustrado al planeta más cercano a la Tierra de la mano de José Saramago. “Anoche hice un viaje a Marte. Pasé allí diez años… Me comprometí a no divulgar los secretos de los marcianos, pero voy a faltar a mi palabra”. La invitación al viaje está abierta. A través de un poético texto de José Saramago en el que cuenta lo que encuentra en el planeta Rojo, nos abocamos a un recorrido repleto de imágenes y color al que acompañan las hermosas ilustraciones de la talentosa Claudia Legnazzi”.
A continuación, publico un fragmento inicial del relato publicado, para que quien esté interesado o interesada en conocerlo en su breve extensión, lo haga junto al lenguaje visual que incorpora:
Un Azul para Marte
Anoche hice un viaje a Marte. Pasé allí diez años (si la noche dura en los polos seis meses,no sé qué no han de caber diez años en una noche marciana) y tomé muchas notas sobre la vida que allí llevan. Me comprometí a no divulgar los secretos de los marcianos, pero voy a faltar a mi palabra. Soy hombre y deseo contribuir, en la medida de mis escasas fuerzas, al progreso de la humanidad a la que enorgullece pertenecer. Este punto es muy, muy importante. Y espero, algún día los marcianos vienen a pedir cuentas de mis actos, es decir, del perjuicio cometido, que los no sé cuantos billones de hombres y mujeres que hay en la tierra se apresten, todos, a mi defensa. En Marte, por ejemplo, cada marciano es responsable de todos los marcianos. No estoy seguro de haber entendido bien qué quiere decir esto, pero mientras estuve allí(y fueron diez años, repito), nunca vi que un marciano se encogiera de hombros (He de aclarar que los marcianos no tienen hombros, pero seguro que el lector me entiende). Otra cosa que me gustó en Marte que no hay guerras. Nunca las hubo. No sé como se las arreglan y tampoco ellos supieron explicármelo; quizá porque yo no fui capaz de aclararles qué es una guerra, según los patrones de la tierra. Hasta cuando les mostré dos animales salvajes luchando (también los hay en Marte), con grandes rugidos y dentelladas siguieron sin entenderlo. A todas mis tentativas de explicación por analogía, respondían que los animales son animales y los marcianos son marcianos.Y desistí. Fue la única vez que casi dudé de la inteligencia de aquella gente. Con todo,lo que más me desorientó en Marte fue el no saber qué era campo y qué era ciudad. Para un terrestre eso es una experiencia muy desagradable, os lo aseguro.
[…]
Como practico la máxima platónica de que siempre hay que seguir aprendiendo, ancora imparo, recomiendo un artículo excelente publicado el pasado domingo en elDiario.es, No necesitamos viajar a Marte: diez lecciones de José Saramago para la humanidad del futuro, a modo de crítica literaria de este relato aleccionador, del que destaco las “Diez lecciones ‘marcianas’…” como reflexión profunda de lo que quiso transmitir Saramago al escribir este relato: Hospitalidad hacia el extranjero, Protección de los servicios públicos, Compromiso activo, Pacifismo, Contra el determinismo biológico, Sin desigualdades geográficas, Contra el utilitarismo, Defensa de la educación humanista, Contra la colonización (espacial) y la Búsqueda incansable. Impecable lectura aplicada al contexto mundial actual.
Me ha alegrado conocer este cuento de Saramago, aunque los lectores y lectoras de este cuaderno digital saben cuánto aprecio una joya de este autor que guardo en mi alma y corazón, El cuento de la isla desconocida, un gran relato e hilo conductor siempre presente en cada hoja de este blog, desde hace ya casi veinte años. También he recordado las palabras finales de otro cuento suyo, La flor más pequeña del mundo, porque después de leer Un azul para Marte, resuenan ahora con más fuerza que nunca:
“Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…”.
De ahí que me permita afirmar hoy que este relato de Saramago nos comprometió a llevar el color azul a Marte y no la especulación de su suelo gracias al turismo espacial, de coste indecente y preconizado por el hombre más rico del mundo y que ha propiciado, como una de sus acciones estelares, el cierre de USAID, la agencia internacional americana de ayuda al desarrollo, con un daño irreversible a los países más pobres del mundo, que probablemente causará más de catorce millones de muertes hasta 2030 por desatención humana y solidaria.
Una cosa más. El color azul me ha recordado que Borges ya lo citó al plantear en su Prólogo a Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, interrogantes muy serios sobre la experiencia marciana: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo -que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Estoy de acuerdo con Bradbury cuando manifestó de forma enigmática que los marcianos existen y somos nosotros. El que quiera entender que entienda.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Rafael Alberti Merello (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1902-1999)
Sevilla, 10/VIII/2025 – 09:00 h (CET+2)
Es indudable mi admiración por la poesía de Rafael Alberti, al que tanto aprecio, como se puede comprobar buscando en este cuaderno digital mis reflexiones acerca de él, de su vida y obra. Por esta razón, vuelvo a publicar un artículo escrito en agosto de 2023, El verano, según el joven Alberti, porque una vez más descubro la profundidad del poeta gaditano a pesar de la aparente levedad en sus palabras.
Finalizo el reencuentro “poético” en este mes imperial, que honra al emperador Octavio Augustus, dedicado a “recuerdos de lo vivido lejano”, siguiendo también la obra homónima del poeta gaditano, convencido de que la palabra envuelta en poesía, puede ayudar a transformar la forma que tenemos de vivir día a día en este loco mundo al revés. Utilidad de lo aparentemente inútil, de interés general, que diría Nuccio Ordine. O comprender junto a Gabriel Celaya, que “la poesía es un arma cargada de futuro”.
Intentaré descubrir hoy, en un cine de verano imaginario, que la mar, ¡sólo la mar!, aunque no la vea aquí en Sevilla, es.
El verano, según el joven Alberti
Tenía tan solo 21 años cuando Rafael Alberti publicó, en 1924, Marinero en tierra, una de sus obras emblemáticas y por la que obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Literatura, en la modalidad de Poesía, en junio de 1925. En esta obra iniciática, excelente, figura un poema, Verano, que a pesar de su brevedad, dos veces buena, es de un calado especial, que hoy rescato del olvido para dar sentido a un verano complejo para la gobernabilidad del país:
—Del cinema al aire libre vengo, madre, de mirar una mar mentida y cierta, que no es la mar y es la mar.
—Al cinema al aire libre, hijo, nunca has de volver, que la mar en el cinema no es la mar y la mar es.
Es verdad que la aparente sencillez expresiva de Alberti en este poema no tiene nada que ver con su profundo mensaje, como bien se analiza en el Centro Virtual Cervantes cuando aborda la sinopsis de esta obra. “En lo que se refiere al lenguaje poético, la obra queda lejos de la espontaneidad irreflexiva. Muy al contrario, analizado en las sucesivas ediciones —y mudanzas— que Alberti revisó, Marinero en tierra es un conjunto ligado mediante un alto sentido de la madurez poética. Es Jesús Fernández Palacios quien destaca las virtudes del engranaje: «Desde “Sueño del marinero”, como prólogo en tercetos encadenados, pasando por los diez sonetos de la primera parte, las treinta y tres canciones de la segunda hasta los sesenta y cuatro poemas de la tercera —introducida esta última parte por una hermosa y alentadora carta de Juan Ramón Jiménez, fechada el 31 de mayo de 1925—, la obra entera se resume como un compendio de tradición y modernidad, donde se mezclan versos endecasílabos y alejandrinos con los de arte menor, las estrofas clásicas con las nuevas canciones, el lenguaje convencional con el experimental, los usos normales con los juegos de palabras, y las comparaciones más elementales con atrevidas, alógicas metáforas». («Marinero en tierra», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 485-486, nov.-dic. 1990, p. 288).
Verano, es la canción 22 en este poemario tan querido por mí y tantas veces leído y sentido. Creo que Juan Ramón Jiménez, cuando le escribió la carta entusiasta que se cita anteriormente, estaba convencido de la excelencia de las canciones a incorporar en la edición final de Marinero en tierra, tal y como lo expresaba con bellas y sentidas palabras, respetando la ortografía juanramoniana, dirigidas a su “querido amigo” Rafael Alberti: “[…] Las poesías de este libro -que yo había visto ya, el año pasado, en La verdad de nuestro fervoroso Juan Guerrero y en las copias que usted tuvo la bondad de enviarme para el primer Sí– me sorprendieron de alegría; y sospechando que un brote así de una juventud poética no podía ser único, tenía grandes deseos de conocer el resto de sus canciones. No me había equivocado. Desde el arranque: … Y ya estarán los esteros rezumando azul de mar, hasta el final: Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera, la serie ésta del Puerto -que yo he elejido- es una orilla, igual que la de la bahía de Cádiz, de ininterrumpida oleada de hermosura, con una milagrosa variedad de olores, espumas, esencias y músicas. Ha trepado usted, para siempre, al trinquete del laúd de la belleza, mi querido y sonriente Alberti. La retama siempre verde de virtud es suya. Con ella, en grácil golpe, ha hecho usted saltar otra vez de la nada plena el chorro feliz y verdadero. Poesía «popular», pero sin acarreo fácil: personalísima; de tradición española, pero sin retorno innecesario: nueva; fresca y acabada a la vez; rendida, ájil, graciosa, parpadeante: andalucísima. ¡Bendita sea la Sierra de Rute, en donde la nostaljia de nuestro solo mar del sudoeste le ha hecho exhalar a usted, hiriéndole a diario con la espada de sal de su brisa, esa esquisita sangre evaporada! Le voy a decir a El Andaluz Universal que adelante un Sí, paraque pueda lucir todavía en el aire lijero de esta goteante primavera, la tremolante cinta celeste y plata de su Marinerito”.
El poema Verano me ha recordado en este agosto presente el aviso clásico que figura a veces en los títulos de crédito de las películas, porque cualquier parecido de la mar en el cinema con la mar verdadera es sólo pura coincidencia: Al cinema al aire libre, / hijo, nunca has de volver, / que la mar en el cinema / no es la mar y la mar es. Al fin y al cabo como nos pasa en la vida diaria, cuando representamos determinados papeles en la película vital que, a veces, no es la verdadera vida, porque nuestra vida no es esa sino la que es. O lo que es lo mismo, cambiando lo que haya que cambiar en nuestra experiencia vital en cualquier forma que se exprese: los personajes y hechos retratados en esta película son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia. Es verdadera la reflexión de Alberti: en el cinema, la mar no es la mar, porque la mar es.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Ramón Gaya, Retrato de Luis Cernuda, 1932 (Ver nota)
Sevilla, 9/VIII/2025 – 09:38 h (CET+2)
No podía faltar en el refugio ideológico que estoy buscando desesperadamente en este agosto tan adverso, una referencia expresa, ya recogida anteriormente en este cuaderno digital, a unas palabras hermosas de un poeta español, sevillano por más señas, tal y como él concebía esta etiqueta territorial de pertenencia, transido de dolor por el exilio y el poco aprecio que le profesaban sus paisanos, a los que nos dejó palabras inolvidables, que todavía me duelen: Más el trabajo humano / Con amor hecho, merece la atención de los otros (A sus paisanos, en La desolación de la quimera). ¡Cuántas veces he citado estas palabras de Cernuda en intervenciones profesionales!
En el contexto político actual, tan polarizado en intereses nacionales y territoriales de viejo cuño, vuelvo a leer su “Díptico español” (1), dedicado a Carlos Otero (un amigo que conoció en Los Ángeles en 1959), en su primera parte, con un título a modo de aviso para navegantes, “Es lástima que fuera mi tierra”:
Cuando allá dicen unos Que mis versos nacieron De la separación y la nostalgia Por la que fue mi tierra, ¿Sólo la más remota oyen entre mis voces? Hablan en el poeta voces varias: Escuchemos su coro concertado, Adonde la creída dominante Es tan sólo una voz entre las otras.
Lo que el espíritu del hombre Ganó para el espíritu del hombre A través de los siglos, Es patrimonio nuestro y es herencia De los hombres futuros. Al tolerar que nos lo nieguen Y secuestren, el hombre entonces baja, ¿Y cuánto?, en esa escala dura Que desde el animal llega hasta el hombre.
Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos, Adonde ahora todo nace muerto, Vive muerto y muere muerto; Pertinaz pesadilla: procesión ponderosa Con restaurados restos y reliquias, A la que dan escolta hábitos y uniformes, En medio del silencio: todos mudos, Desolados del desorden endémico Que el temor, sin domarlo, así doblega.
La vida siempre obtiene Revancha contra quienes la negaron: La historia de mi tierra fue actuada Por enemigos enconados de la vida. El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora, Sino de siempre. Por eso es hoy La existencia española, llegada al paroxismo, Estúpida y cruel como su fiesta de los toros.
Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo En creer que la razón de soberbia adolece Y ante el cual se grita impune: Muera la inteligencia, predestinado estaba A acabar adorando las cadenas Y que ese culto obsceno le trajese Adonde hoy le vemos: en cadenas, Sin alegría, libertad ni pensamiento.
Si yo soy español, lo soy A la manera de aquellos que no pueden Ser otra cosa: y entre todas las cargas Que, al nacer yo, el destino pusiera Sobre mí, ha sido ésa la más dura. No he cambiado de tierra, Porque no es posible a quien su lengua une, Hasta la muerte, al menester de poesía.
La poesía habla en nosotros La misma lengua con que hablaron antes, Y mucho antes de nacer nosotros, Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia; No es el poeta sólo quien ahí habla, Sino las bocas mudas de los suyos A quienes él da voz y les libera.
¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno Su tradición escoge, ni su tierra, Ni tampoco su lengua; él las sirve, Fielmente si es posible. Mas la fidelidad más alta Es para su conciencia; y yo a ésa sirvo Pues, sirviéndola, así a la poesía Al mismo tiempo sirvo.
Soy español sin ganas, Que vive como puede bien lejos de su tierra Sin pesar ni nostalgia. He aprendido El oficio de hombre duramente, Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía, Cuyas maneras rara vez me fueron propias, Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto Y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.
No hablo para quienes una burla del destino Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas (Quien habla a solas espera hablar a Dios un día) O para aquellos pocos que me escuchen Con bien dispuesto entendimiento. Aquellos que como yo respeten El albedrío libre humano Disponiendo la vida que hoy es nuestra, Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida.
¿Qué herencia sino ésa recibimos? ¿Qué herencia sino ésa dejaremos?
¡Cuantos mensajes para este aquí y ahora en nuestro país! Si tuviera que elegir me quedaría hoy con varias estrofas de un calado especial, por ejemplo, cuando dice: Si yo soy español, lo soy / A la manera de aquellos que no pueden / Ser otra cosa: y entre todas las cargas / Que, al nacer yo, el destino pusiera / Sobre mí, ha sido ésa la más dura. / No he cambiado de tierra, / Porque no es posible a quien su lengua une, / Hasta la muerte, al menester de poesía. Lo comprendo mejor cuando lo reflexiono a solas, apoyado también en el retrato autobiográfico de Antonio Machado, como él lo expresa, No hablo para quienes una burla del destino / Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas / (Quien habla a solas espera hablar a Dios un día), porque escribo en este cuaderno digital para aquellos pocos que me escuchen / Con bien dispuesto entendimiento. / Aquellos que como yo respeten / El albedrío libre humano / Disponiendo la vida que hoy es nuestra, / Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida”.
Lo aprendido de Luis Cernuda es la herencia que recibí como españolito que vino al mundo hace ya muchos años, del que me guardó Dios, aunque una de las dos Españas, la facha integral, me sigue helando el corazón. Este es el motivo de haber escogido hoy a Luis Cernuda para interpretar este día español en agosto, porque soy español como el poeta lo era, aunque haciéndome todavía hoy sus dos preguntas finales ante esta realidad actual: ¿Qué herencia sino ésa recibimos? / ¿Qué herencia sino ésa dejaremos? La de la amada libertad a través de la inteligencia humana, la única que nos puede hacer más libres.
(1) Cernuda, Luis, La realidad y el deseo (1924 – 1962), XI – Desolación de la quimera (1956-1962), 1998, Madrid: Alianza Editorial, p. 420-426.
NOTA: El 27 de diciembre de 2018, el Estado adquirió por 10.000 euros, en el remate final de una subasta de Durán, el Retrato de Luis Cernuda, 1932 (O/L, 65 x 55 cm.), pintado por Ramón Gaya: “Se ofrecía, también de su mano, un dibujito previo, a tinta, muy sencillo, pero como una especie de primera idea o boceto del óleo (23 x 18,5 cm.), fechado también en 1932. Ambos habían estado presentes en la muestra Entre la realidad y el deseo. Luis Cernuda 1902-1963, en la Residencia de Estudiantes en Madrid y en el Convento de Santa Inés en Sevilla, en 2002, y aparecían también, con otras piezas que se subastaban, en el libro A una verdad. Luis Cernuda (Sevilla-Madrid, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1988), edición coordinada por Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet. Ambos fueron vendidos por los precios iniciales, 10.000 euros el óleo y 3.000 la tinta, y en ese precio fueron adjudicados al Estado cuando ejerció su derecho”.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
En este largo y cálido verano, en el que ya he manifestado recientemente que busco refugio ideológico en la poesía útil para transformar este loco mundo al revés, no olvido al actor Robin Williams en su papel del profesor John Keating, en “El Club de los poetas muertos”, en una secuencia inolvidable a través de sus palabras y rodeado por sus queridos alumnos: “Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos”.
Las palabras que siguen las escribo a modo de pequeño homenaje dedicado a su memoria cinematográfica y a sus palabras sobre el “carpe diem” particular y, sobre todo, digno, que cada uno, cada una, vive a diario, rodeados de mediocridad creciente. El problema radica, en la actualidad, en que necesitamos localizar a poetas muertos y vivos que nos ayuden a interpretar la vida porque, desgraciadamente, nos sobran personas cretinas vivas que la malogran a diario y hacen mucho daño a la sociedad, como mediocres aventajados que nos rodean por tierra, mar y aire, formando parte un nuevo Club, el de los cretinos vivos. Es un hecho irrefutable, ya tratado en bastantes ocasiones en este cuaderno digital, que la mediocracia se instala día a día en nuestras vidas.
En este contexto, vuelvo a publicar hoy un artículo escrito en 2018, El club de los cretinos vivos, que no necesita más actualización que la de Trump y sus sempiternos aranceles, en estos momentos delicados para el bien común, para la democracia, como representante de la ultraderecha mundial, aunque sigue haciendo de las suyas, salvando lo que haya que salvar si identificamos a sus alumnos aventajados distribuidos por este loco mundoalrevés, incluyendo nuestro país, por supuesto.También, porque ya sabemos qué rumbo han tomado las derechas en nuestro «territorio patrio«, que les gusta decir a ellas de forma taimada, que se autoproclaman como “gente de bien”, sin rubor alguno, frente a la gente de mal, que somos para ellos el resto de la población. Han preferido la opción de un permanente «cretinismo enojado», como advirtió Manuel Rivas en la columna del artículo citadoa continuación, La ola de cretinismo, que nos invade por tierra, mar y aire.
Pasen y lean aquellas palabras. Suenan de forma atronadora hoy, por la cretinez que nos invade. Estamos avisados. Además, deberíamos tomar conciencia de que la cita “carpe diem”, a secas, es incompleta. Le falta la segunda parte, esencial en sí misma, tal y como lo expresó el poeta romano Horacio (Venosa, Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C. – Roma, 27 de noviembre de 8 a. C), en su Oda (Carminum) I, 11, dedicada a Leucónoe: “Carpe diem, quam minimum credula postero” o lo que es lo mismo, Vive el día de hoy [Carpe diem]. Captúralo. No te fíes del incierto mañana.
La primera vez que el lema “cretino” dio el salto mortal del vocabulario médico al social en este país, en el que abunda esta especie irredenta, la he localizado en el Diccionario general y técnico hispanoamericano, elaborado por Manuel Rodríguez Navas y Carrasco (publicado en Madrid en 1918 por la editorial Cultura Hispanoamericana), como adjetivo y con dos significados: que padece cretinismo y como traducción del alemán kraftlos, imbécil. Desde ese año no se vuelve a mencionar esta segunda acepción en la lexicografía española y hay que esperar a la edición 18ª del Diccionario de la RAE, publicado en 1956, cuando se acepta también una segunda acepción como sentido figurado del citado adjetivo: estúpido, necio (que se puede usar también como sustantivo). Es un término independiente ya de su pasado como enfermedad, aunque es en la edición de 1983, del Diccionario manual e ilustrado de la RAE cuando se desarrolla por primera vez una segunda acepción en el lema “cretinismo”, entendiéndose (en sentido figurado y familiar) como estupidez, idiotez y falto de talento.
Sorprende constatar cuánto tiempo ha necesitado este vocablo para imponerse en la cultura española como voz de derecho en el uso del mismo y en su comprensión, cuando creo que tiene una vida muy dilatada en el tiempo, porque desde época inmemorial la existencia de cretinismo y sus correspondientes cretinos y cretinas han abundado por doquier. Es lo que me ha pasado al leer un artículo reciente de Manuel Rivas, La ola de cretinismo, que en su entradilla lo justifica de forma espléndida: “Es la piel del mundo la que está tumefacta, no por el humorismo amoratado, sino por la estupidez circundante”. Es verdad que estamos rodeados de cretinismo galopante, de personas que pertenecen al Club de estúpidos, idiotas, imbéciles y faltos de talento (respetando las acepciones literales de la RAE nada más).
Dice Manuel Rivas en su artículo que “Existe un humorismo amoratado, viñetas que son puñetazos de luz, y ahí está El Roto, la mirada indómita, descerrajando lo que no se puede ver, desvelando lo que no está “bien visto”. Está El Roto y los rotos, los que se pelean contra las mordazas, legales o ilegales. Pero el cretinismo, y no hablo de la enfermedad, sino del talante estúpido, va ocupando espacio como pensamiento grosero, vociferante, pelotudo. Es la piel del mundo la que está tumefacta, no por el humorismo amoratado, sino por ese cretinismo circundante”. Da pánico contemplar lo que le pasa al mundo cada vez que Trump se pasea por él haciendo turismo cretino. O los aprendices de ellos que tenemos en nuestro país, que imitaron e intentan imitar a ciertos presidentes americanos (no me refiero a Obama), que poniendo los pies encima de la mesa y remedando su acento yanqui, se han vanagloriado de invadir y seguir invadiendo el mundo a cualquier precio, actitudes de las que el Sur paga siempre un precio muy alto.
Ante las noticias cretinas que recorren el mundo, solemos quedarnos muchas veces con el ojo amoratado y con el alma de color y dolor violeta, en un pantone moral como el que cita Rivas refiriéndose a lo que nos pasa cuando vemos las viñetas de El Roto. Estoy muy de acuerdo con los matices de cretinismo que analiza en su columna: “Ahora mismo no sabemos el rumbo que va a tomar la derecha, la vieja y la nueva, en España. Si va a recaer en un cretinismo enojado o abrirse a una inteligencia democrática y dialogante. En una época histórica muy amoratada, la descrita en La desintoxicación de Europa, Stefan Zweig se quejaba de una atmósfera en la que “tanto los individuos como los Estados parecen más bien dispuestos a odiarse mutuamente; la desconfianza mutua se revela infinitamente más fuerte que la confianza”.
En la confianza de luchar para ser más libres frente a los cretinos (serlo o no serlo, esa es la cuestión…), hay que identificarlos urgentemente para librarnos de ellos a la mayor brevedad posible. Estamos avisados, porque son legión. Ya los definió de forma magistral Luis Cernuda, un poeta vivo en mi corazón: Lo cretino, en ti, / No excluye lo ruin. / Lo ruin, en tu sino, / No excluye lo cretino. / Así que eres en fin, / Tan cretino como ruin (en La desolación de la quimera).
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor.
Pablo Neruda, en una carta escrita en París, en octubre de 1960, para conmemorar el 50 aniversario del nacimiento del poeta.
Sevilla, 7/VIII/2025 – 07:38 h (CET+2)
En mi singladura actual, buscando de nuevo a poetas que me acompañen en la mejor interpretación posible de lo que está pasando y estamos viendo a diario, me vuelvo a encontrar con Miguel Hernández, como “deber de amor”, siguiendo la recomendación de Pablo Neruda, porque lo recuerdo con frecuencia. Lo hago con profundo respeto y muestra de ello es que hace dos años escribí una reflexión sentida que vuelvo a publicar hoy, disfrutando de la obra de este gran poeta, fuera ya del mercado intelectual puro y duro desde el 1 de enero de 2023, al haber pasado al dominio público, entendido por la UNESCO como “patrimonio común de la humanidad”. ¡Qué oportunidad para disfrutar del conocimiento libre, conectivo y compartido!
Lo reproduzco tal cual, porque la obra de Miguel Hernández permanece intacta, aún pasando por el túnel del tiempo, cuando se la respeta y ama, algo que debería ser consustancial con la memoria democrática de España, un deber de este país al recordarlo. También, cuando lo hacemos junto a Josefina Manresa, su leal y fiel compañera, que nadie como él supo amarla desde una cárcel de agosto: “Amor: aleja mi ser / de sus primeros escombros, / y edificándome, dicta / una verdad como un soplo // Después del amor, la tierra. / Después de la tierra, todo”.
En el mes de agosto de este año, en el que ha pasado a ser de dominio público la obra de Miguel Hernández, deseo recordar un poema suyo precioso, Después del amor, escrito entre 1938 y 1941 durante su estancia en la cárcel, aunque fue publicado póstumamente por primera vez en 1958, en Cancionero y romancero de ausencias. Hoy, lo comparto con la malla pensante de la humanidad, la Noosfera, porque es el lugar donde debe estar, fuera del mercado, un poema que nos dejó para que siempre lo cuidáramos con esmero, lejos de mercancías, dictaduras y ultraderechas que no entienden de amor, pero sí de odio:
No pudimos ser. La tierra no pudo tanto. No somos cuanto se propuso el sol en un anhelo remoto. Un pie se acerca a lo claro. En lo oscuro insiste el otro. Porque el amor no es perpetuo en nadie, ni en mí tampoco. El odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. Rojo es el odio y nutrido. El amor, pálido y solo.
Cansado de odiar, te amo. Cansado de amar, te odio.
Llueve tiempo, llueve tiempo. Y un día triste entre todos, triste por toda la tierra, triste desde mí hasta el lobo, dormimos y despertamos con un tigre entre los ojos.
Piedras, hombres como piedras, duros y plenos de encono, chocan en el aire, donde chocan las piedras de pronto.
Soledades que hoy rechazan y ayer juntaban sus rostros. Soledades que en el beso guardan el rugido sordo. Soledades para siempre. Soledades sin apoyo.
Cuerpos como un mar voraz, entrechocado, furioso.
Solitariamente atados por el amor, por el odio, por las venas surgen hombres, cruzan las ciudades, torvos.
En el corazón arraiga solitariamente todo. Huellas sin compaña quedan como en el agua, en el fondo. Sólo una voz, a lo lejos, siempre a lo lejos la oigo, acompaña y hace ir igual que el cuello a los hombros.
Sólo una voz me arrebata este armazón espinoso de vello retrocedido y erizado que me pongo.
Los secos vientos no pueden secar los mares jugosos. Y el corazón permanece fresco en su cárcel de agosto porque esa voz es el arma más tierna de los arroyos:
«Miguel: me acuerdo de ti después del sol y del polvo, antes de la misma luna, tumba de un sueño amoroso».
Amor: aleja mi ser de sus primeros escombros, y edificándome, dicta una verdad como un soplo.
Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo.
Me ha emocionado leerlo de forma pausada, para intentar comprender la profundidad de su mensaje, dando rienda suelta a las emociones y sentimientos, sobre todo a estos últimos que son los que permanecen en el alma humana. Y me quedo con los versos finales, una premonición para los que hacemos camino al andar en un mundo al revés, en el que algunos se empeñan en recordarnos que el amor no es perpetuo / en nadie, ni en mí tampoco. / El odio aguarda su instante / dentro del carbón más hondo. / Rojo es el odio y nutrido. / El amor, pálido y solo. Esa es la razón de la búsqueda de razones para vivir en la vida, en la que el amor es lo único que le da especial sentido a la existencia, aunque a veces esté, como nos lo recordaba Miguel, pálido y solo:
Amor: aleja mi ser de sus primeros escombros, y edificándome, dicta una verdad como un soplo.
Después del amor, la tierra. Después de la tierra, todo.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Gabriel Celaya, La poesía es un arma cargada de futuro, 1955.
Sevilla, 5/VIII/2025 – 07:34 h (CET+2)
Otra vez más recurro a la poesía de Gabriel Celaya, donde me refugio en momentos especiales ante lo que sucede en este país y, por extensión, en este mundo al revés, porque afecta al interés general de la ciudadanía. Ante tanta corrupción, fascismo, mediocridad y mentira, no es de extrañar que ya no se espere nada personalmente exaltante, aunque junto a Celaya, sabemos que es cuando más se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, con un pulso que golpea las tinieblas. La poesía, una vez más, es cooperante necesaria para transformar este mundo al revés, sin descanso alguno, cuidando el interés general en beneficio, sobre todo, de los que menos posibilidades tienen de ser felices, de vivir una vida digna.
Hace dos años escribí el artículo que sigue, como un homenaje explícito a la persona y obra de Gabriel Celaya. Hoy, vuelvo a publicarlo porque no ha perdido ni un ápice de su actualidad ética, porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Porque viendo las imágenes dolorosas del genocidio en Gaza, con un sufrimiento inaceptable de la población infantil, es verdad… que estamos tocando el fondo.
Agosto sigue muy presente en la memoria histórica y democrática de la cultura. Un ejemplo lo tenemos en Miguel Hernández, cuando impartió una conferencia en el Ateneo de Alicante, el 21 de agosto de 1937, con el título “La poesía como un arma”, que suponía una elocuente declaración de principios: “La poesía es para mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme […]. En la guerra, la escribo como un arma, y en la paz será un arma también, aunque reposada” (1). Si traigo a colación esta cita es porque hoy quiero dedicar unas palabras especiales a la poesía social de Gabriel Celaya, simbolizada en el poema La poesía es un arma cargada de futuro, publicado en 1955 (2), que se considera prototipo de ella, denostado muchas veces por algunas voces críticas, pero alabado en numerosas ocasiones por quienes se han acercado y se acercan hoy a él salvando su texto y contexto personal y social:
Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante, más se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, con un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades, las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto, con el rayo de prodigio, como mágica evidencia, lo real se nos convierte en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando. Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica, qué puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía–herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.
La verdad es que sobrecoge la lectura de este poema, en un género literario que muchos consideran inútil, porque para ellos es una mera contemplación burguesa de lo que está pasando, a través de bellas palabras, pero sin mezcla de compromiso personal y social alguno, aunque personalmente comprendo muy bien y comparto abiertamente la tesis mantenida en el tiempo, que expresó de forma magistral Nuccio Ordine, sobre la utilidad de lo aparentemente inútil, a lo largo de sus obras más significativas.
Es verdad, también, que la poesía no sólo es un arma de futuro, sino de presente, que puede y debe transformar la sociedad a través de la palabra, que en definitiva puede ser “útil” en el mundo actual frente al estereotipo que se le cuelga muchas veces de “inútil”. Luis García Montero, poeta y escritor al que aprecio y admiro, lo resumió perfectamente en un artículo que no olvido (3): “Por respeto a la poesía, debemos negarnos a que se convierta en una carta blanca para decir o escribir tonterías. Se puede estar en contra de la hostilidad de John Locke contra la poesía, sin caer en la trampa de despreciar lo útil. Me parece más interesante afirmar, contra los gobernadores y los buitres del negocio, que la poesía es tan útil como la ciencia o la técnica. El asunto no es superficial. Está en juego el espacio del saber democrático. El libro de Nuccio Ordine [La utilidad de lo inútil] da suficientes datos para abandonar la vieja polémica entre letras, ciencias y técnica. Es una inercia reaccionaria el desprecio de las ciencias y las letras. Conviene tenerlo claro para afirmar después que es también muy reaccionario despreciar el saber humanístico. Estamos hablando de cosas decisivas, como los programas de estudio, las universidades y la educación”. Queda claro en estos momentos tan delicados en el país, por el desprecio a la cultura y la censura galopante que ejercen las derechas, de teórico centro y ultras, autodenominadas “gentes de bien”, ante el resto, el populacho, que somos según ellos millones y, por supuesto, “gente de mal”: la poesía debe ser un arma para transformar el presente, que construye el mejor futuro de un país.
Entiendo así, mejor que nunca, las palabras de Celaya en el poema citado hoy como ejemplo: Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse, porque su poesía No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. No es un fruto perfecto. / Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. / Son palabras que todos repetimos sintiendo / como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. / Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. / Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos. Así lo dejó escrito y así lo comparto, para el presente y para la posteridad, una sucesión de presentes útiles.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo.
Blas de Otero, en una carta dirigida a Vicente Aleixandre en 1955.
Sevilla, 3/VIII/2025 – 08:30 h (CET+2)
En estos primeros días de agosto me vuelvo a refugiar en la poesía, porque está elaborada con palabras que llevan el alma dentro, que es de lo poco que nos queda como algo personal e intransferible, en el proceso de creación desde el cerebro de cada uno, cada una.
Si a alguien le debo la localización de este refugio anímico es al poeta Blas de Otero, de quien aprendí el valor laico de la palabra, porque en mi infancia en tierras de Castilla, me enseñaron sólo su valor sagrado, en un juego de palabras bastante enrevesado para un niño: el Verbo se hizo Carne. Así, sin más explicaciones, porque todo era un asunto de fe.
Por estas razones, vuelvo a publicar hoy el artículo que en 2023 dediqué a un poeta especial, Blas de Otero y la palabra que le quedaba en agosto de 1955, porque él me enseñó el auténtico valor de la palabra, sobre todo en tiempos difíciles como los actuales, tan maltratada, ninguneada, manipulada, adulterada y utilizada de forma violenta contra todo el que no piensa de forma uniforme, mediocre, capitalista, dictatorial o… fascista, por resumirlo en una palabra.Sobre todo, porque aprendí de él algo que me impactó mucho cuando dijo que, ante las adversidades de su vida, “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”. Hermosas palabras, que en mí quedan.
Buscando islas desconocidas en este mes de agosto tan especial, he encontrado una carta del poeta Blas de Otero (Bilbao, 1916 – Majadahonda, Madrid, 1979) dirigida a Vicente Aleixandre, el 18 de agosto de 1955, que me ha parecido una lección histórica de importancia capital para conocer a este poeta, con una trazabilidad familiar muy compleja y desde el punto de vista existencial también, con pérdida de fe incluida:
Querido Vicente: Te escribo esta carta aunque me da vueltas la cabeza, pero estoy tan solo que necesito hablar con alguien y creo que mejor que contigo… Por eso tu carta me hizo como siempre mucha compañía y además el regalo que me anuncias, yo sé que tú me has visto bien aunque yo me enseño tan poco y por eso lo que escribas estará bien y lo de menos es el estilo que es tan puro («buen sentido…») como he visto en el de Hidalgo. Pero pasa luego que la vida, no acabo de poder con ella, no me tengo a mí mismo, esta es la verdad y encima han sucedido tantas cosas, y las verdaderas son las que no sabe nadie no las que dicen. Pero tú ya sabes que yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido. Yo no miento pero mi libro que quieren darlo en «Cantalapiedra» no sé qué hacer no me considero al nivel de mi palabra, ojalá fuese cierto lo que en este sentido dicen. Lo de menos es que los poemas sean regulares para mí, pero es lo que publiqué, no para otros, pero la conciencia es cada vez mayor, me está resultando ya monstruosa. ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Yo no escogí mi sitio de nacimiento y luego toda esta España, la de los periódicos y la censura que no es broma en mi caso y el no tener ahora un medio de vida todavía, ni la mujer, pero así es más bonito, lo que hace falta es que tenga fuerzas que vencimiento jamás lo tendré. Perdona todo esto, Vicente. Es para ti, claro, por eso lo he hecho. No sé qué contarte de otras cosas, ahora no tengo ganas.
Un fuerte abrazo
Blas
Dámaso no me envió el libro, será el verano, ya lo recibiré.
En el contexto de su situación personal, en una revolución interior constante hacia la poesía social, cuando dice “Cantalapiedra” se refiere a su obra Pido la paz y la palabra, que se publicó ese año, 1955, en Ediciones Cantalapiedra, en Torrelavega (Santander), siendo la palabra lo único que de verdad le quedó siempre y que tan maravillosamente nos legó en un poema de este libro que no olvido, En el principio, que he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital:
Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.
Al leer varias veces la carta dirigida a su amigo del alma, Vicente Aleixandre, he comprendido mejor que nunca este poema tantas veces citado por mí y que permanece intacto en mi persona de secreto. Aún así, he querido compartirlo hoy de nuevo, comprendiendo la soledad sonora de Blas de Otero: ¿Qué iba a haber escrito desde mi vida? Demasiado he hecho. Queramos o no, el hoy inmediato y el mañana es del pueblo. Para que no se olvide, en momentos de turbación política, ni siquiera un momento, siguiendo sus pasos cuando decía que “yo no me desanimo y llegaré a la muerte deshecho pero no vencido”.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Portada de la primera edición de Platero y yo, 1914
Sevilla, 2/VIII/2025 – 08:43 h (CET+2)
Dedicado de nuevo a mis nietos, Adrián y Alejandro, a los que tanto quiero.
Publiqué este artículo por primera vez en 2023. Vuelvo a hacerlo hoy, sin tocar nada, dejándolo tal cual, como aprendí de Juan Ramón Jiménez cuando hablaba de las rosas, porque así son ellas. Además, lo reproduzco hoy respetando el hilo conductor de transmitir una idea circular en este blog, desde su primer día de vida literaria, utilizando de nuevo aquellas palabras que debo a otro premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, cuando afirmó que “escribir es como cavar un pozo con una aguja”, salvando lo que debo salvar, simplemente por la actualización temporal, aspecto de forma que no de fondo, recordando a José Manuel Blecua, ex director de la RAE, cuando dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado.
En esta ocasión, lo hago copiando a Juan Ramón Jiménez, porque forma parte de mis principios y, si no gustan, no tengo otros, separándome por un momento de mi admirado Groucho Marx. En un tiempo en el que se arrojan valores por la ventana desde nuestro desvencijado vehículo vital, vuelvo a hacer una declaración de principios sobre por qué escribo en este blog, en una etapa de jubilación en la que sigo asumiendo, cada día que pasa, que lo nuestro es pasar, con ardiente impaciencia personal y social, sabiendo que ahora tengo un compromiso intelectual e ideológico con la sociedad en la que vivo. A veces, siguiendo tan solo la ruta de un pájaro herido, leyendo de nuevo a Juan Ramón Jiménez para no sentirme así, por no vivir así, perdido. Gracias anticipadas, querido lector, querida lectora, si está interesado o interesada en leer unas palabras necesarias en mi vida, casi imprescindibles para seguir escribiendo y viviendo.
Por cierto, qué actual el capítulo LVI, Fuego en los montes, escogido hoy, de nuevo, dedicado a una realidad que este verano está asolando el país por una realidad terca y visible del cambio climático y, a veces, la maldad humana. Juan Ramón Jiménez nos lo recuerda con palabras premonitorias dedicadas al fuego: “La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…”.
Una noche de agosto, según Platero y él, Juan Ramón Jiménez
Sevilla, 10/VIII/2023
Platero y yo está grabado a fuego en mi alma de secreto, porque sigue siendo un libro para personas mayores, como Juan Ramón Jiménez explicaba en su advertencia al público lector, a los hombres que lean este libro para niños, asumiendo por mi parte que es un libro escrito también para adultos, sobre todo para los que todavía llevamos con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía también Saramago en ocasiones especiales: «siempre he llevado dentro al niño que fui», aunque la confesión final en este aviso de Juan Ramón es para tenerla en cuenta: Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.
En cualquier caso, deberíamos leer Platero y yo con frecuencia, yo lo hago, para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo.
Por esta razón y siguiendo la estela de una generación de poetas en torno al año 1927, del siglo pasado, a la que me he aproximado desde que comenzó agosto en mi patera particular, que cuando llueve mucho en la alta mar de la vida, se moja y se hunde como las demás, he abierto Platero y yo por su capítulo 66, porque recuerdo que hablaba de fuego en el mes de agosto, en Lucena, no muy lejos de Moguer, con el candor de las palabras en este libro de niños, niñas y mayores de cualquier género, asunto que tampoco pasa por alto en este capítulo, al comentar con cierto encanto y desdén, quién podría ser su pirómano imaginario, alguien con la figura afeminada de Pepe el Pollo, un Oscar Wilde moguereño, famoso personaje real en el pueblo, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…
LXVI
Fuego en los montes
¡La campana gorda!… Tres…, cuatro toques… ¡Fuego!
Hemos dejado la cena, y, encogido el corazón por la negra angostura de la escalerilla de madera hemos subido, en alborotado silencio afanoso, a la azotea.
…¡En el campo de Lucena! grita Anilla, que ya estaba arriba, escalera abajo, antes de salir nosotros a la noche… ¡Tan, tan, tan, tan! Al llegar afuera—¡qué respiro!—, la campana limpia su duro golpe sonoro y nos amartilla a los oídos y nos aprieta el corazón.
—Es grande, es grande… Es un buen fuego…
Sí. En el negro horizonte de pinos, la llama distante parece quieta en su recortada limpidez. Es como un esmalte negro y bermellón, igual a aquella Caza, de Piero di Cosimo, en donde el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros. A veces brilla con mayor brío otras, lo rojo se hace casi rosa, del color de la luna naciente… La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno… Una estrella fugaz corre medio cielo y se sume en el azul, sobre las Monjas… Estoy conmigo…
Un rebuzno de Platero, allá abajo, en el corral, me trae a la realidad… Todos han bajado… Y en un escalofrío, con que la blandura de la noche, que ya va a la vendimia, me hiere, siento como si acabara de pasar junto a mí aquel hombre que yo creía en mi niñez que quemaba los montes, una especie de Pepe el Pollo—Oscar Wilde moguereño—, ya un poco viejo, moreno y con rizos canos, vestida su afeminada redondez con una chupa negra y un pantalón de grandes cuadros en blanco y marrón, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…
El verano suele ser una estación propicia para leer todo aquello que acumulamos a lo largo del año con la excusa de no disponer de tiempo suficiente en otras estaciones… Volver a leer libros que marcan nuestras vidas, como puede ser “Platero y yo”. Estoy muy de acuerdo con Alberto Manguel en su reflexión acerca de la ocasión que nos brinda el verano para leer sin reloj, para reencontrarnos con situaciones especiales que podemos rememorarlas después: “los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar”.
Un detalle último. He observado con atención reverencial el cuadro La caza, de Piero di Cosimo, identificado hoy día como Una escena de caza, que cita Juan Ramón Jiménez en el capítulo dedicado al fuego en los montes. Es una metáfora de la vida muy actual, porque los protagonistas, personas de todo tipo y con actitudes muchas veces aberrantes respecto de los animales, ¡es la historia de la humanidad!, están “a lo suyo”, cazándolos a palo limpio, mientras que el bosque arde como si no pasara nada: “el fuego está pintado sólo con negro, rojo y blanco puros”, decía Juan Ramón Jiménez, tan cerca de su querido Platero. Una metáfora muy actual en nuestro mundo al revés, en el que cada uno pinta el cambio climático como le va, algunos y algunas como si no fuera con ellos la cosa, al igual que la realidad que pintó di Cosimo hace ya tanto tiempo. Por eso, las palabras del poeta suenan como una premonición para el siglo XXI, para este mes de agosto de 2023: La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Palau Vera, J. (1918). La educación del ciudadano. Barcelona: S.A.I.G. Seix&Barral Herms. Editores (edición facsímil publicada por RBA Coleccionables, 2007)
Sevilla, 28/VII/2025 – 07:25 h (CET+2)
Pertenezco a una generación que creció con manuales de la buena educación, denominadas «Cartillas de Urbanidad» y la imagen y textos que presidían sus páginas, concretamente la correspondiente al «niño mal educado», las tuve que leer y aprender de memoria si quería ser «un niño bien educado». También y afortunadamente, leí con la atención que merecía en momentos muy complejos de dictadura en este país, un librito ejemplar, La educación del ciudadano, ¡publicado en 1918!, del que hablo más adelante y precursor de un intento fallido en nuestra democracia, la implantación obligada y curricular de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, tristemente desaparecida, acusada burdamente de adoctrinamiento encubierto. Han pasado muchos años, pero la esencia de la buena educación no está en manual alguno, sino que afortunadamente está al alcance de quien por encima de todo, en su fondo y forma, se respeta a sí mismo y lo hace con los demás, porque lo aprende en su casa, primero y, después, en la escuela, con amigos y así, sucesivamente con las diferentes redes sociales, reales sobre todo y virtuales ahora, que se establecen a lo largo de la vida, aunque las últimas son un ejemplo en multitud de ocasiones de mala educación hasta extremos insospechados. Es lo que decía en el prólogo el autor del libro citado, La educación del ciudadano: «Toda la obra tiende a ilustrar al joven de lo que es la sociedad, de lo que debe a la comunidad y del modo práctico cómo puede y debe cada ciudadano contribuir a la vida social; tiende, en una palabra, a darle la impresión de que todo lo que es lo debe a la sociedad y le enseña que su deber primordial consiste en vivir para la comunidad de que forma parte.Pero el libro por sí mismo sería un instrumento de poca eficacia sin la labor del Maestro o del padre, los cuales en esta formación de la moral cívica tienen ancho campo donde practicar las más nobles funciones de su ministerio». La buena educación ha evolucionado mucho, pero estos aspectos esenciales del respeto a sí mismo y a los demás, en formas de ser y estar en el mundo, a pesar de los cambios transcendentales que se han dado, sigue vigentes en la actualidad, siempre bajo el denominador común de la educación y respeto como enseñanza progresiva y permanente en la vida de cada uno, de cada una, hasta el final de nuestros días. Es un aprendizaje lento y pausado porque está adherido a múltiples formas de ser y estar en el mundo.
En el contexto «educado» anterior, la realidad actual es que desde que comienza el día, descubrimos a diario que la mala educación asola nuestro país y además constatamos que para muchas personas, como escribía el sábado pasado Antonio Muñoz Molina en una columna recomendable, Sálvese quien pueda, en el diario El País, es un identificador actual benéfico y ejemplarizante, para sorpresa de muchos: “Me llena de tristeza que la mala educación sea considerada en España un signo de autenticidad” (Belén Esteban, de infeliz memoria, ya lo dijo, lo dice y lo dirá, acompañada de su aureola de princesa del pueblo).
Desde que comienza el día, es fácil constatar esta cruda realidad. Sales de casa ya con escasos saludos de presuntos conocidos, de los que esperas humildemente -al menos- una mirada, escuchas el ruido ensordecedor de motos con escape libre y canciones a deshora tempranera en vehículos con las ventanillas bajadas, contemplas cómo los intermitentes se han convertido en objeto decorativo en los coches o saltarse el semáforo en rojo en maniobras a veces imposibles como deporte nacional, cruzas el paso de cebra encomendándote al santoral completo para que salgas indemne, sorteas las cacas de los perros por doquier en una gincana casi olímpica, evitas la marquesina del autobús porque alguien está fumando para los demás, procuras estar vigilante en la cola para que no se cuele algún avispado y subes finalmente al vehículo público donde en bastantes ocasiones ni te contesta el conductor o la conductora ante un amable “Buenos días”. Pasas al interior, si te dejan, y descubres que los asientos reservados con pictogramas para personas mayores, embarazadas y personas con movilidad reducida están ya ocupados por gente joven y de edad media, sin ademán alguno para cedértelos. Y comienza la fiesta garantizada: tonos de móviles por doquier y conversaciones cruzadas a todo volumen, a veces con lenguaje soez, que hacen poco viable un viaje amable hacia alguna parte tranquila. Por no hablar de los asientos enfrentados en los que habitualmente, si están libres, ves cómo algunas personas ponen sus pies en el de enfrente con total descaro y sin freno alguno. Igualmente y ante el retraso del conductor al llegar a una parada solicitada, sólo un segundo, suena también un grito altisonante, ¡Abre!, con un tuteo de familiaridad plena, mezclado de algún insulto que otro, en voz baja pero audible por todos, mezcla de mala educación e intolerancia ante la mínima adversidad diaria.
Llegas a tu destino y «la cosa» (la mala educación) sigue. Te acercas al semáforo y esperas porque está “en rojo» y con niños también en espera “del verde”. Da igual para muchos, porque cruzan veloces en rojo, incluidos niños, como si no hubiera un mañana, dejando a esos niños que esperan en la acera de forma educada con la boca abierta y sumidos en la confusión porque sus padres y abuelos les dicen siempre que “en rojo no se cruza”. Pasamos por fin a la otra orilla, a toda prisa porque los segundos adjudicados a los peatones cada vez son menos en favor de otorgar más tiempo a los vehículos, quizás por una “mala educación viaria” del Tráfico correspondiente, comenzando de nuevo, por las aceras, la gincana correspondiente para no pisar las numerosas cacas de mascotas que pasean dueñas y dueños maleducados. ¡Cómo echo de menos lo que que significaban las aceras para la urbanista americana Jane Jacobs!: «Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (1).
Después de un inquietante viaje plagado de fenómenos diversos de mala educación, de pronto, al pedir el café para desayunar, antes de proseguir con experiencias maleducadas, te sueltan un saludo del tipo “¡cariño, que quieres!”, muy típico en mi ciudad, que lejos de tranquilizarte te sume en un desconcierto total porque no conoces de nada a quien te saluda de esta forma tan efusiva. Servirte cogiendo la taza de café por los bordes y el vaso de agua también, ya es casi lo de menos, pero algo pasa en nuestro interior, porque en muy poco tiempo hemos constatado que la educación en nuestro país está en crisis total. Y el día no ha hecho nada más que empezar, soportando como cada uno puede el ruido ensordecedor del bar o cafetería en la que presuntamente iba a tomar un desayuno tranquilo, en una molienda continua del café y un tumultuoso ruido conversacional de fondo que va in crescendo en la medida que aumenta la clientela. ¡Qué me queda por experimentar!
Vuelvo a casa y conecto el televisor. Comienza el informativo de mediodía y veo con dolor democrático que el Congreso es un avispero de insultos y descalificaciones mutuas, a modo de curso acelerado de mala educación. Siguen después programas plagados de tertulianos y colaboradores que, salvo honrosas excepciones, se jactan de vivir en plena falta de educación, pisándose las palabras y comentarios cuando hablan y no escuchando a tiempo completo lo que dicen los enemigos por definición, cada uno colocado en su bando, izquierda y derecha. ¡Así es imposible que nuestros espectadores escuchen lo que decís!, grita el presentador o la presentadora de turno, suplicando orden y concierto. En pleno debate, suena el móvil personal a una hora intempestiva, con número oculto, que no cojo por imperativo categórico, pero que insiste, rompiendo la pausa posterior a la comida. Apago la televisión y leo el artículo de Muñoz Molina, buscando amparo ante su grito, ¡Sálvese quien pueda!, aunque tengo que reconocer que no me deja nada tranquilo: «En los juegos de la calle y en los patios de la escuela asistí a la brutalidad de los grandullones y los crueles, en la universidad la de los policías de porras negras y uniformes grises, en el servicio militar la de los mandos y los veteranos serviles, en los años de Granada la de los guerrilleros fascistas que quemaban kioscos y asaltaban bares. He presenciado y sufrido la brutalidad clásica española ejercida por los matones reaccionarios, y por la simple burricie humana, pero también la otra brutalidad que consintió y muchas veces alentó y alienta la izquierda: la brutalidad de los represores y tristemente la de los antirrepresores, que en algún momento, allá por los ochenta, decidieron que la mala educación y la bronca, la imposición intolerante de la juerga, eran progresistas, y hasta tenían un alto interés cultural. Y para finalizar unas palabras que comparto plenamente: «Me ofende la brutalidad de los conductores que dedican insultos atroces en un semáforo, y la de los moteros que atruenan un barrio entero con sus acelerones de obsceno exhibicionismo masculino, y la de los viajeros del metro que mantienen una conversación a todo volumen en el móvil sin la molestia de ponerse unos auriculares. Me llena de tristeza que la mala educación sea considerada en España un signo de autenticidad […] En España un ciudadano está tan inerme frente a la brutalidad como a la corrupción».
Visto lo visto sobre la mala educación que nos asola, he entrado en mi clínica del alma, mi biblioteca, rescatando de nuevo una joya de 1918, La educación del ciudadano (2), donde ya existía en su contexto histórico antecedente y consecuente, una necesidad de que las adolescentes y los adolescentes de aquella época, los llamados “jóvenes”, debían conocer la sociedad, de lo que se debe siempre a la comunidad y de cómo, prácticamente, se debe contribuir a la vida social. Para no contaminar su contenido, prefiero trasladar exactamente las palabras del Prefacio escrito por el autor del libro, Juan Palau Vera, en Barcelona, año 1918, con una Nota final fantástica como idea a propagar en todos los hogares del país: Todos los datos, grabados, postales y dibujos que pueda recoger el alumno, pueden conservarse ordenados en un álbum que podría llamarse álbum cívico.
PREFACIO DEL AUTOR
Este libro tiene por objeto servir de base a una completa educación del ciudadano en el amplio sentido que debe darse a la palabra educación. La finalidad rebasa, pues, los límites de la pura instrucción cívica que se concreta a dar nociones escuetas de derecho civil, y a indicar los deberes del ciudadano en sus relaciones con los organismos oficiales.
Toda la obra tiende a ilustrar al joven de lo que es la sociedad, de lo que debe a la comunidad y del modo práctico cómo puede y debe cada ciudadano contribuir a la vida social; tiende, en una palabra, a darle la impresión de que todo lo que es lo debe a la sociedad y le enseña que su deber primordial consiste en vivir para la comunidad de que forma parte.
Pero el libro por sí mismo sería un instrumento de poca eficacia sin la labor del Maestro o del padre, los cuales en esta formación de la moral cívica tienen ancho campo donde practicar las más nobles funciones de su ministerio.
Los niños, dicen las Pedagogías, han de desarrollarse integralmente, es decir, física, moral e intelectualmente. En la práctica, los esfuerzos por conseguir este desarrollo en esos tres sentidos, son esfuerzos dispersos; para el desarrollo físico se practica la gimnasia y se organizan juegos; para el desarrollo moral se predican bellas cosas y se leen historietas; para el desarrollo intelectual se enseñan las distintas materias del programa. Aunque sea sobradamente conocida se olvida, no obstante, el mantener ante los ojos la finalidad de esos esfuerzos. ¿Para qué desarrollar el cuerpo, el carácter moral y la inteligencia? La contestación no puede ser más que ésta: para formar buenos ciudadanos, es decir, miembros sanos y útiles de la Comunidad.
Si todo en la escuela se mantiene fiel a esta finalidad, los detalles de la vida escolar y de los estudios adquieren mayor valor y sentido y aumentan la capacidad social del alumno. No obstante, hace falta algo que hable al niño o joven más directamente de la vida social, que trate ésta y los deberes y derechos que con ella se relacionan, de un modo metódico y completo. A esta necesidad obedecen los manuales de educación cívica como el presente.
Antes de terminar me permito insistir en la conveniencia de que se hagan los ejercicios prácticos que van intercalados en el texto, muchos de ellos exigen un trabajo de ligera información que han de hacer los alumnos mismos para acostumbrarse a buscar datos, cosa utilísima en todas las actividades. Una manera práctica de facilitar una información completa puede consistir en elegir parejas de alumnos inteligentes y encargar a cada pareja el trabajo de hacer determinadas informaciones. Luego en clase cada grupo aporta el fruto de su trabajo para la ilustración de todos. Estos ejercicios adquieren así un carácter moral, puesto que representan una cooperación al trabajo común de la clase con vistas a un resultado colectivo.
Con alma de niño, ávido de emociones como las que sentí el día que abrí por primera vez este precioso libro, vuelvo a compartir su lectura, dando vueltas a mi forma de comprender la vida educada, para la ciudadanía, bajándome al mundo real y entregando de nuevo a la Noosfera la referencia de este precioso libro, un álbum cívico por excelencia. Utilizando una reproducción facsímil que poseo, comienzo por recordar mediante atenta lectura la primera página real del Índice, donde la familia, la escuela, la ciudad o el pueblo y lo que debe el ciudadano a la Comunidad, es una forma de adentrarse en una forma de corresponsabilidad social que nos asombra quizá en la realidad actual, más de cien años después de su publicación. La siguiente página aborda realidades cotidianas para el bienestar personal y comunitario: la salud, la solidaridad con los más débiles o disminuidos desde la dimensión persona física, psíquica y social, respectivamente. Y la vida espiritual, donde centra la preocupación de la Comunidad (con mayúscula) respecto de la instrucción y educación del ciudadano. Recoge un ejemplo que no deja indiferente en su lectura: la importancia de los Museos: “Además del sistema escolar, la Comunidad contribuye a educar al ciudadano por medio de sus Museos. Y siempre comentando lo que “cuesta” mantener esta estructura educativa. Deliciosas las frases dedicadas a los “maestros” en la Universidad, de los que se reciben “método de trabajo, un ejemplo de conducta y un contagio de entusiasmo científico”. Y se adentra en el análisis de la estructura de la gran Comunidad nacional, estableciendo diferencias sutiles entre Nación y Estado, que haría temblar a las Cámaras actuales si se hiciera en algún momento una operación rescate para quedarnos, evangélicamente hablando, con lo “bueno”. Cito textualmente: “Es tan fuerte el sentimiento de nacionalidad, que es imposible destruirlo por medios materiales, pues resiste a todas las pruebas y resurge muchas veces cuando parecía muerto para siempre. (…) En España mismo podemos leer en la prensa y en folletos cómo algunas regiones formulan claramente sus aspiraciones nacionalistas, habiendo sido ya tratada esta cuestión en el Parlamento”. Es que estamos hablando de un gran reto: conocer e identificarse con la gran Comunidad nacional [sic] y con sus aciertos y debilidades.
La página tercera del Índice me ofrece de nuevo grandes sorpresas: hay que defender los intereses generales contra los apetitos individuales, como una función maestra del Estado español. Y camina en terrenos difíciles definiendo, por ejemplo, la política: arte de gobernar a los pueblos. Define a los políticos, hacer política, estableciendo la diferencia clara y contundente con hablar de política: “Hay individuos que pierden horas y horas sentados en las mesas de los cafés hablando de política, pero que se retraen y no votan llegando el periodo de elecciones, que es cuando el ciudadano puede con su voto influir directamente en la vida pública y hacer política”. Votar es un “sagrado deber cívico”. A partir de aquí y para finalizar, comienza el sacrosanto deber contemporáneo de los deberes del ciudadano, destacando la escala gradual de los compromisos al respecto de los niños, los jóvenes y los adultos como ciudadanos con deberes muy concretos. Se define, por ejemplo, “cómo llega un joven a ser un buen ciudadano, con frases tan esclarecedoras que pueden constituir el mejor fotograma final, The End (Fin), de esta película de papel de filigrana ética impresa: “El ciudadano ideal es aquél que vive sobre todo por la sociedad, es aquel que puesto ante el dilema de tener que elegir entre su interés particular y el interés colectivo, sacrifica su interés particular en aras de la Comunidad”.
Sobran más palabras y reinterpretaciones. Sigo creyendo que es impecable en su contexto y aleccionador, hoy, para los timoratos mayores del Reino, que haberlos haylos. Como pasaba en mi niñez rediviva, antes de comenzar la proyección de películas en sesión continua y cuando se presentaban los tráiler de los próximos estrenos con una frase final rotunda: ¡próximamente en este salón!, lo expuesto anteriormente es sólo un extracto de una joya literaria que conviene leerla completa, con una recomendación añadida:¡Acomódense bien en sus butacas, porque la palabra admiración ha sido sustituida por intrepidésssssss!, que anunciaba por megafonía el director de pista del Circo que se montaba en la parcela que ocupa hoy en Madrid el Palacio de los Deportes, cuando actuaba aquella familia portuguesa, con sus motos voladoras, que daban vueltas y vueltas en el cilindro metálico, vertical, sorprendiéndonos en nuestras almas de niñas y niños en el Madrid antiguo.
Cuando he finalizado, de nuevo, la lectura de este libro y de determinados pasajes del mismo, me he ido a mi “ambigú” particular al igual que hacía cuando asistía a la sesión continua del cine Tívoli, en Madrid, porque ya sabía que la mejor película de vida ciudadana es la que estaba por venir. Perdón: por poner, por echar. Por vivir. Apasionadamente, con los visos de aquella educación de los años cincuenta, diferente, como ciudadano bajito (sin la locura atribuida por Serrat a los niños de aquellas épocas…) por mis pocos años de difícil existencia. Ahora sí que se puede afirmar algo muy vinculado con los títulos de crédito del cine de mi infancia: no es una película lo expuesto sobre la mala educación, porque -en este caso- cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Es lo que hay, por mucho que nos cueste reconocerlo. Hoy por hoy y siguiendo la recomendación del autor de La educación del ciudadano, sigo buscando «cromos» actualizados de un necesario álbum cívico del siglo XXI, año 2025, para incorporarlos a este cuaderno digital.
(1) Jacobs, Jane), Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, Nueva York: Vintage, 1961, pág. 50.
(2) Palau Vera, J. (1918). La educación del ciudadano. Barcelona: S.A.I.G. Seix&Barral Herms. Editores (edición facsímil publicada por RBA Coleccionables, 2007).
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
El pasado lunes, la Administración tutelada por el presidente Donald Trump con mano de hierro, la que firma órdenes ejecutivas sin compasión alguna contra los más débiles con su afamado rotulador Sharpie, no inocente, ha desclasificado más de 240.000 páginas relativas a Martin Luther King, líder de la lucha por los derechos civiles asesinado en 1968 en Memphis y mi gran maestro para tener sueños como él, desarrollados en su discurso I have a dream (Yo tengo un sueño), a través de 1.666 palabras que sacudieron a la sociedad mundial con tres principios: más unidad, más igualdad, más democracia.
No lo ha hecho Trump por convicción de acceso a la información relacionada con su asesinato, sino para tapar la alargada sombra que le persigue en estos días el caso Epstein, provocando así silencios cómplices para no facilitar la publicación de estos papeles que le implican de forma manifiesta. Prueba de ello es que sólo es una parte del total de documentos que se iban a desclasificar sobre Luther King, globalmente, en 2027.
También y pasando por el túnel del tiempo, le debo a la cantaora Carmen Linares el fondo del título de este artículo, al leer una entrevista publicada recientemente en el diario El País, donde manifestaba que “la misión del artista es alimentar el alma de quien le escucha”.
Es verdad, en mi caso, la correlación entre tener un sueño y desear cumplirlo cada día. En este cuaderno digital he explicado en diversas ocasiones por qué escribo en este aquí y ahora, resumido en un artículo publicado en 2021, con palabras inspiradas en Orhan Pamuk (1), extraídas de sumemorable discurso en el acto de recepción del premio Nobel: “[…] el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”.
Con estos antecedentes, ¿por qué al escribir deseo cumplir el sueño de alimentar el alma de quien me leee? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).
En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones. La primera, porque se cuestiona la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, cuando sólo se cuida el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, que permite romper moldes y nos lleva a preguntarnos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea como privilegiada zona de confort y mirar alrededor, que en sí mismo ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. La segunda razón, se debe a que al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, en segundo lugar, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida “decidiendo”. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora. La de los nadies organizados, también.
En tercer lugar, porque escribir me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada: Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro o de su artículo más allá de las ideas que quiere contar. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en este cuaderno digital en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión”.
Querida lectora, querido lector: si hoy, mis palabras han alimentado tu alma, ¡sueño alcanzado y misión cumplida! Gracias, siempre gracias por abrir este cuaderno, leerlo y quedarte alguna vez con sus palabras, para comprender por qué sigo al pie de la letra el mensaje profundo de Blas de Otero: Si abrí los labios para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra.
(1) Pamuk, Orhan (1997). La maleta de mi padre. Barcelona: Random House Mondadori.
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