Me lo ha recordado hoy una excelente escritora, Irene Vallejo, que la he incorporado a las grandes maestras de mi vida, de las que tanto aprendí y aprendo: es necesario -yo diría que urgente- reflexionar sobre los modos de ver lo que está pasando y estamos viendo. En la tribuna publicada hoy en el diario El País, Quizás, quizás, quizás, cita a sus queridos clásicos populares, Pirrón, Platón y Sócrates, también a Mafalda, para recordarnos que no hay nada más importante en la vida que reconocer el gran beneficio de la duda, sobre todo en nuestro aquí y ahora, en días en que apenas sobrevivimos a una Gran Mentira, en sesión continua, propiciada por grandes y potentes máquinas de fango, con sus maquinistas dentro, personajes mediocres y no inocentes, por cierto.
Junto a sus queridos clásicos, cita a un ”moderno”, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente hoy, John Berger, que saltó a la fama mundial en los primeros años de la televisión, a través de un programa de la BBC, Modos de ver, que no daba nada por resuelto en el modo de proceder los artistas de la pintura, bien sintetizado en su sinopsis oficial: «El programa televisivo Ways of seeing, dirigido en 1972 por un jovencísimo John Berger, se propuso analizar cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar. La serie recibió diversos premios, revolucionó la teoría del arte y fue adaptada al presente libro, convirtiéndose desde entonces en un título indispensable de la teoría del arte y de la comunicación visual. En estas páginas, Berger analiza cuatro aspectos de la interpretación de la pintura al óleo: su origen relacionado con el sentido de la propiedad, el uso continuado de la mujer como objeto pictórico, la relación entre la herencia visual de la pintura y la publicidad y, finalmente, la transformación del significado de la obra original en el marco de sus múltiples reproducciones. En esta nueva edición, minuciosamente revisada, se ha recuperado el diseño original de Richard Hollis». Así ,lo explica también Irene Vallejo en su artículo: «Aconsejó al público de la BBC buscar en los museos, más allá del aura de misterio y religiosidad que impregna las obras expuestas, el discurso agazapado del poder. Advirtió que todas las imágenes incorporan los sesgos, prejuicios y manipulaciones de su tiempo y, por eso, la mirada nunca debería renunciar a su potencia crítica. Y para dar fe de ello, lo dejó claro en sus palabras de despedida al finalizar la emisión de su exitoso programa: “Espero que tomen en cuenta lo que les he dicho. Pero sean escépticos con ello”. En una palabra: duden.
Julio Numhauser, junto a su hijo Maciel – Todo cambia (vídeo oficial, 2016)
Personalmente amo el cambio ante muchas dudas existenciales, porque detesto el conformismo, inmovilismo y la mediocridad galopante de la sociedad que no duda ante nada, salvando los principios éticos que, en mi caso, los mantengo aunque no gusten a los demás, porque no tengo otros y son el suelo firme de mi vida, la solería que he ido poniendo poco a poco en mi persona de secreto para justificar mis actos, no por el ajustamiento mediocre que nos rodea por tierra, mar y aire, según aprendí hace ya muchos años de mi querido profesor José Luis López Aranguren. Permanecer en el Club del Cambio, gran maestro de la vida, sé que me va a ayudar ante esas dudas diarias, porque sé también que Cambia lo superficial /Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo. Por tanto, Cambia el rumbo el caminante / Aunque esto le cause daño / Y así como todo cambia / Que yo cambie no es extraño. En esta ocasión, esa actitud la aprendí de la letra de la canción de Julio Numhauser, Todo cambia, uno de los fundadores de Quilapayún, junto a Mercedes Sosa, la voz como cantora que era, que llevaba la duda existencial dentro, que -salvando lo que haya que salvar- poco tenían que envidiar a Pirrón o Sócrates, cerca siempre de John Berger, porque tenían algo en común: su modo de ver lo que pasa en la vida y vemos a diario, que nunca fue ni será inocente. Quizás, quizás, quizás, que yo dude ya de casi todo a esta altura de mi matusalénica edad, les aseguro que no es extraño.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
¡Oh Deporte, tú eres la Paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de una emulación generosa y pacífica.
Pierre de Coubertin (bajo el seudónimo de Georges Hohrod y Martin Eschbach), Oda al deporte, IX, en el Pentatlón de las Musas de Estocolmo, 1912, galardonada con la medalla de oro.
Lema: «Ouvrons Grand les Jeux» («Abramos a lo grande los Juegos»)
Sevilla, 26/VII/2024
No es la primera vez que recuerdo a Píndaro de Tebas, el precursor de narrar bellas historias sobre lo que ocurría en cuatro localizaciones de los Juegos Olímpicos, en los siglos V y IV a. C., Olimpo (olímpicas), Nemea, Delfos (la pitia délfica) y Corinto (Ístmicas), con expresiones que no olvido ensalzando a la figura olímpica y también terrenal del ser humano: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95). Es lo que podemos añorar hoy cuando se inauguran los Juegos Olímpicos de París 2024, en los que al igual que hizo Píndaro en su tiempo y momento, conoceremos a los grandes triunfadores que obtendrán medallas de oro, plata y bronce, convirtiéndose en seres especiales de un día.
En este sentido, sé que dentro de la persona de secreto de los y las atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita el alma de personas muy dignas, aunque la verdad sea que no siempre somos los más rápidos, los más altos, ni los más fuertes en la Olimpiada de la Vida. Incluso ellos o yo mismo, porque tengo que reconocer que como millones de personas que poblamos este planeta Tierra, no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte), aunque sí emocionente [sic], es decir, podemos vivir unidos por las emociones en esa Olimpiada real de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, la cuna cerebral de las emociones, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.
La Olimpiada de París inicia hoy su recorrido deportivo, con una situación que clama a los cuatro vientos la urgencia del cambio en el espíritu meramente competitivo de la misma, atendiendo lo ocurrido a grandes atletas y deportistas de élite en general por la ansiedad que viven en sus carreras deportivas, donde la competición y el triunfo final es lo más importante, no tanto participar, que queda sólo como reclamo olímpico trasnochado, desde aquella famosa frase que pronunció monseñor Ethelbert Talbot, arzobispo de Pensilvania, en la catedral de Saint Paul, en el oficio de la víspera de la jornada inaugural de los Juegos de 1908, celebrados en Londres, atribuida erróneamente a Pierre de Coubertin: Lo más importante en los Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar, así como en la vida lo más importante no es el triunfo, sino la lucha. Lo más importante no es la conquista, sino el combate. Lo digo porque en la intrahistoria de los Juegos Olímpicos, que se celebran por la magna decisión y empeño del barón de Coubertin, desde 1896 (Atenas), hay que reconocer una realidad del olimpismo mundial porque en los Juegos de Estocolmo, en 1912 y en su quinta edición, es la primera vez que se recupera algo esencial en las Olimpiadas desde su nacimiento en el siglo VII antes de Cristo: la relación íntima entre el arte y el deporte. Ya lo había manifestado el barón de Coubertin en un artículo publicado en Le Figaro el 4 de agosto de 1904, titulado “L’Olympiade romaine”: “Ha llegado la hora de iniciar una nueva etapa y restaurar la Olimpíada en su belleza primera. En la época de esplendor de Olimpia –e incluso después, cuando Nerón, vencedor de Grecia, ambicionaba recoger en las riberas del Alfeo unos laureles siempre envidiados- las letras y las artes, armoniosamente combinadas con el deporte, garantizaban la grandeza de los Juegos Olímpicos. En el futuro debe ocurrir lo mismo” (1).
En esa ocasión, Olimpiada de 1912, volvieron a ser convocados artistas en general, al igual que en aquellas Olimpiadas griegas, donde escritores, poetas, filósofos, escultores, historiadores y otros líderes en diferentes ramas del saber, se encontraron de nuevo en una competición artística denominada Pentatlón de las Musas, que contemplaba cinco manifestaciones artísticas relacionadas con la arquitectura, música, literatura, pintura y escultura, con el requisito esencial de que las obras tenían que estar basadas en el deporte, sabiendo que en las Olimpiadas originales también se contemplaba el Pentatlón deportivo: lucha, carreras, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco y salto de longitud. Coubertin, bajo el seudónimo de Georges Hohrod y Martin Eschbach, participó también con una Oda al deporte en el Pentatlón de las Musas de Estocolmo, en 1912, que fue galardonada con la medalla de oro, en la que ensalzaba el deporte como placer de dioses, esencia de la vida, porque representa la belleza, la justicia, la audacia, el honor, la alegría, la fecundidad, el progreso y la paz: ¡Oh Deporte, tú eres la Paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de una emulación generosa y pacífica.
Recuerdo ahora también que en la Olimpiada de Londres, en 1948, se entregó la última medalla de oro a la poetisa finlandesa Aale Maria Tynni, por versos como: «Laurel de Grecia de noble origen el más celebrado de los árboles, mirando a tu noble corona, deslumbrada debe estar la mente». Fue la última vez que se celebraron este tipo de encuentros, con un manifiesto deterioro por la Olimpiada celebrada en Berlín, en 1936, por las maniobras del fascismo alemán al mando de Goebbels, donde se escoraron todas las medallas a favor de poetas alemanes e italianos por razones obvias. El espíritu de este Pentatlón, auspiciado por el barón de Coubertin, en su primera celebración en la Olimpiada de Estocolmo de 1912, se perdió íntegramente, desapareciendo definitivamente en la Olimpiada de Helsinki de 1952.
Sería maravilloso que el Comité Olímpico Internacional recuperara este pentatlón de las musas y, también, una nueva visión de la ética del deporte en general, debiéndose operar un giro copernicano en su ordenación y organización a través del Comité Olímpico Internacional (COI). Creo que es urgente su recuperación y contar con muchas más manifestaciones artísticas. Es probable que en esa relación del deporte con el arte o del arte con el deporte, tanto monta monta tanto, se pudiera recuperar la belleza de la vida ensalzada por Coubertin en su Oda, que ahora se podría completar con una nueva Oda al Deporte y al Arte. No faltarían candidatos. Otro gallo cantaría si un día decidiéramos buscar las musas de nuestra vida, sin distinción de género buscador y sin necesidad de Olimpiadas específicas, como si lo pudiéramos considerar como una rutina diaria, participando todos los días de nuestro quehacer cotidiano, sin competitividad alguna. Nos daríamos cuenta de que sólo consiste en estar atentos a lo que nos transmite la vida a través de pequeñas cosas, sobre todo de palabras que suenan como la música, el auténtico secreto de las musas que desean transmitir en todo momento.
Las nueve Musas que nos ha legado la historia de la humanidad, representan disciplinas artísticas de un valor incalculable, sin olvidar la perspectiva de género a lo largo de los siglos, porque fueron el mejor incentivo para interpretar la belleza de vivir despiertos: Calíope, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Clío, la historia; Erató, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Euterpe, la música; Melpómene: la tragedia; Polimnia, los cantos sagrados y la poesía sacra; Talía, la comedia; Terpsícore, la danza y la poesía coral y Urania, la astronomía, poesía didáctica y las ciencias exactas. ¿No sería fantástico recuperar, para empezar, estas musas en una Olimpiada de la Cultura y el Deporte? Para empezar a recorrer este camino es recomendable leer el único libro que hasta ahora, salvo error por mi parte, se ha dedicado a esta interesante historia del arte en el Olimpismo mundial, The Forgotten Olympic Art Competitions: The Story of the Olympic Art Competitions of the 20th Century, escrito por Richard Stanton: “Todas las personas con las que he hablado acerca de esto han quedado sorprendidas” dice Richard Stanton, autor de The Forgotten Olympic Art Competitions (Las olvidadas competiciones Olímpicas de arte) “Me enteré de éstas mientras leía un libro de historia, en él me encontré con un pequeño comentario acerca de las competiciones olímpicas de arte, sólo alcancé a pensar —¿Qué competiciones?—”. Impulsado por su curiosidad, escribió el primer y único libro publicado sobre el tema…” (2).
Llevamos siglos con una invocación muy bien relatada por John Milton, en El paraíso perdido, cuando pide a las musas algo muy sutil: “Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande, reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada”. Como si no existieran otras Musas que nos indicaran una y mil veces el camino de la belleza y del amor sin tener que recurrir al pecado, al fracaso humano, a perder muchas veces en las diversas carreras de la vida sin alcanzar los sueños soñados. Lo explicó de forma espléndida Píndaro de Tebas hace ya veinticinco siglos, hablando de las Olimpiadas en Delfos: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95).
NOTA: la fotocomposición de cabecera representa (izquierda) el cartel original de la Olimpiada de Estocolmo, celebrada en 1912, donde tuvo lugar por primera vez el Pentatlón de las Musas. A la derecha (arriba), figura un cuadro del pintor francés Michel Dorigny, Apolo y las Musas (El Parnaso), pintado en 1640 (ca.) y que figura en la actualidad en los fondos del Szépmûvészeti Múzeum, en Budapest (Hungría). Abajo, a la derecha, figura la escultura El trotón americano, “un caballo de 20 pulgadas de altura, tirando de un pequeño carro”, que fue premiada por primera vez con medalla de oro, en el Pentatlón citado, realizada por el tirador, escritor, escultor y pintor estadounidense Winans Walter para esa ocasión. Se da la feliz coincidencia de que también había conseguido ya su primera medalla de oro en la Olimpiada de Londres, de 1908, en la modalidad de tiro de precisión.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.
Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?
Eduardo Galeano, Extranjero, en El cazador de historias
Hace ya unos años que tomé nota de esta frase de Galeano, en una presentación de su obra Los hijos de los días y no la he olvidado. Buscando historias propias y asociadas junto a él, en mi calidad de averiguador de la vida, tal y como lo pensaban los mayas, he encontrado una de título muy breve, Extranjero (1), que me suena muy próxima en estos días en los que hemos asistido en el Congreso de los Diputados a un espectáculo de falta absoluta de solidaridad con los menores migrantes en nuestro país, al no aprobarse el pasado martes la modificación de la Ley de Extranjería que permitiría la obligatoriedad de asumir cada Comunidad Autónoma un cupo detallado en la citada modificación legal, como muestra de solidaridad y corresponsabilidad ante la migración de menores, que desborda en la actualidad a Canarias.
Galeano cuenta en Extranjero una experiencia personal, probablemente durante su estancia en Barcelona como consecuencia de su exilio, que ahora no olvido:
“En un periódico del barrio de Raval, en Barcelona, una mano anónima escribió:
Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.
Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?”
Creo que sobran palabras para demostrar que una cosa es ser extranjero y otra muy diferente sentirlo como algo propio en esta aldea global en la que hemos convertido el mundo al revés. Por si nos quedaba alguna duda, todavía es más lacerante opinar sobre los extranjeros, entre los que se encuentran los menores migrantes citados anteriormente, como diablos responsables de los males de este mundo o de este país, como si se tratara del Infierno de Dante. Es Galeano el que reflexiona de nuevo sobre esta realidad en El diablo es extranjero (2), en una historia con nombre propio que no admite paliativos:
El culpómetro indica que el inmigrante viene a robarnos el empleo. Y el peligrosímetro lo señala con luz roja. Si el intruso, el venido de afuera, es joven y pobre y no es blanco, está condenado a primera vista por indigencia o inclinación al caos o portación de piel. Pero si no es joven ni pobre, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida porque ha venido a trabajar el doble a cambio de la mitad.
El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo.
Y la verdad es que el inmigrante está siempre situado a primera mano, ahí no más, a la vista, a la hora de encontrar culpables del desempleo, de la inseguridad y de otras muchas temibles desgracias.
Antes Europa derramaba sobre el mundo, sobre el mundo entero: soldados, presos, campesinos muertos de hambre… que eran protagonistas de las aventuras coloniales y han pasado a la historia como mensajeros de Dios. Era la civilización lanzada al rescate de la barbarie.
Ahora el viaje ocurre al revés. Eso quiere ser la invasión de los invadidos. Los que llegan o intentan llegar desde el sur al norte son protagonistas de las desventuras coloniales que pasan a la historia como mensajeros del Diablo. Es la barbarie lanzada al asalto de la civilización.
Creo que debe llegar el día en el que hablemos con estos menores migrantes “de extranjeros a extranjeros”, porque de eso sabemos mucho a través de la Historia, que -por cierto- se nos olvida en este país muy pronto. Como decía Galeano, los humanitossomos contradicciones que caminan, extranjeros de cuerpo y alma, en cualquier lugar o en alguna parte de la gran Aldea Global en la que se ha convertido el mundo al revés en el que vivimos, también nuestro país. Lo que puedo asegurar ante lo sucedido en el Congreso, es que detesto el culpómetro y el peligrosímetro hacia los menores no acompañados y migrantes en general, extranjeros en definitiva, porque reconozco que también lo soy en este mundo al revés, en este país, diseñado a veces por el enemigo.
(1) Galeano, Eduardo. El cazador de historias, 2016, Madrid: Siglo XXI España, p. 69..
(2) Galeano, Eduardo. Espejos. Una historia casi universal, 2008. Madrid: Siglo XXI España.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!
Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta recién casado, 1916-1917
Sevilla, 23/VII/2024
Hoy cumple un año la legislatura actual, plagada de sobresaltos y situaciones políticas nada edificantes, propiciadas por un hecho irrefutable: la derecha, en todas sus versiones, incluyendo la ultraderecha ultramontana y su más allá, no aceptó los resultados de las urnas, porque lo que pensaron que iba a ser un paseo triunfal para entrar en La Moncloa, se perdió para ellos hasta hoy, un año después, más cada día después que la democracia agregue hasta el final de la legislatura, gracias a la realidad objetiva de los votos de la izquierda y nacionalismos históricos de este país, convirtiendo aquellos resultados en la crónica de una coalición progresista anunciada para llevar adelante el Gobierno progresista, legítimo, de este país.
He vuelto a leer el artículo que publiqué ese Día Grande de la Democracia, ¡Cuidemos bien el voto, en este día tan esencial para la democracia!, hace exactamente un año, y respetando lo allí expuesto, incluso con palabras idénticas, lo he contextualizado en la realidad actual, tarea nada fácil porque estoy muy preocupado con el telón de fondo de la política en este país al revés, en pleno ocaso de la democracia. Cambiando los tiempos de los verbos utilizados hace un año, surgen muchas preguntas sin respuesta en la misión diaria de cuidar del voto, aunque lo importante es no olvidar aquellas palabras que aprendí de Julio Numhauser, en su preciosa canción, “Cambia, todo cambia”: Pero no cambia mi amor / Por mas lejos que me encuentre / Ni el recuerdo ni el dolor / De mi pueblo y de mi gente
Pasen y lean…
Hoy, un año después de la celebración de las elecciones generales, un día clave para la democracia en nuestro país, en el que gracias a él se eligieron los miembros del Congreso de los Diputados y del Senado, he recordado de nuevo unas palabras preciosas de Juan Ramón Jiménez, poeta al que tanto admiro, a modo de introducción a su querido diario como poeta recién casado (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia!-, porque resumen perfectamente el cuidado extremo que debemos observar con nuestras responsabilidades individuales y colectivas en cada día después de este día grande para la democracia:
¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.
El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!
Es difícil encontrar un prontuario de cómo actuar de forma responsable en tiempos difíciles para la política digna, pero estas palabras de Juan Ramón Jiménez descubren todos los ámbitos de la vida de cada persona que ahora, más que nunca, debemos tener en cuenta mediante actos responsables, personales e intransferibles. Cuidamos aquél día, el de hace un año, en el que se votó un proyecto de país, que encerraba también todas las realidades y todas las variedades de la existencia, proyectadas en tres situaciones que ese día nos llenaron de esperanza al conocer los resultados de las votaciones, en momentos que personas progresistas y del amplio espectro de las izquierdas y nacionalismos democráticos, necesitábamos reforzar ilusiones y oportunidades para seguir adelante, políticamente hablando: crecer, caminando siempre hacia adelante, actuar de forma saludable de tal forma que ennoblezca cada acto humano y descubrir la belleza de la hermosura de todo aquello que se hace bien respondiendo a la ética personal y colectiva, atendiendo al suelo firme (la solería de nuestra vida) que justifica todos los actos humanos, algo sobre lo que escribo con frecuencia en este cuaderno digital.
Este principio de realidad freudiano, nos permite, un año después, reflexionar sobre lo que ha ocurrido hasta ahora en la política general en este país, para mí unos hechos muy preocupantes para la consolidación del Estado de Bienestar en este año de legislatura, con voladuras controladas de las bases democráticas que lo sustentan, lo que nos lleva a reflexionar que con lo que está pasando y estamos viendo, no se sabe cómo será el mañana. Juan Ramón Jiménez abordó esta dialéctica con una recomendación muy sabia: si hoy, 24 de julio de 2024, hacemos bien las cosas, cuidando nuestro voto progresista de forma responsable, puede convertirse el tiempo transcurrido hasta ayer en un sueño y cada mañana en una visión de esperanza. Esa es la razón y no otra, de seguir cuidando bien el voto de hace un año, de aquél día que, un año después, sigue siendo mío, que es también tuyo, de los demás, de todos, porque encierra todas las realidades y todas las variedades de nuestra existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura de la vida digna, viviendo la libertad que nos entregó el resultado final de las elecciones generales, en un camino vivo para seguir defendiendo hoy la democraciaen nuestro país: Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día, 23 de julio de 2024.
(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916-1917), Madrid: Visor Libros, 2011.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo: ¡la gente va allí a bañarse! Yo no he visto nunca el mar. El maestro nos dice que iremos a bañarnos. Yo digo que no voy a ir porque tengo miedo de que me voy a ahogar.
Lucía Carranza, enero de 1936
Sevilla, 18 de julio de 2024, en el 88 aniversario del comienzo de la guerra civil
El texto que figura en la cabecera de este artículo lo escribió Lucía Carranza, una alumna de la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos), en el cuaderno El Mar, Visión de unos niños que no lo han visto nunca, editado artesanalmente en enero de 1936. Si hoy lo rescato es para simbolizar, con las palabras que aún nos quedan, un pequeño homenaje a las personas que sufrieron en nuestro país el escarnio de la guerra civil durante casi tres años y, posteriormente, durante casi cuarenta años de dictadura franquista, víctimas del mal llamado “glorioso alzamiento nacional”, que comenzó el 18 de julio de 1936 y que tristemente recordamos hoy, con un profundo respeto a la memoria histórica y democrática de este país.
Con este motivo, vuelvo a publicar hoy el artículo que figura en este cuaderno digital desde el 8 de noviembre de 2023, con un título, En memoria de Antoni Benaiges Nogués, un maestro imprescindible, que encierra en sus palabras un relato que sobrecoge y da a conocer razones de fondo para amar, 88 años después y con todas nuestras fuerzas, la democracia y no las guerras propiciadas por el fascismo y las ultraderechas de todo tipo.
En memoria de Antoni Benaiges Nogués, un maestro imprescindible
En mi singladura diaria por el mar abierto de mi vida, he llegado a una isla desconocida por mí, la vida y obra de Antoni Benaiges Nogués, un maestro olvidado por la España que, todavía hoy, siempre hiela el corazón, que decía Antonio Machado, una persona de las imprescindibles de Bertolt Brecht, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente mediante este pequeño homenaje que deseo tributarle con palabras, que nos quedan, en este cuaderno digital, pero no sólo a él, sino a miles de maestros y maestras que fueron maltratados de mil formas indeseables, incluso con la muerte, durante la guerra civil y años posteriores de dictadura.
Esta localización extraordinaria la he podido llevar a cabo gracias al cine, ¡bendito cine!, a una película, El maestro que prometió el mar, que se presentó en la Semana Internacional del Cine (SEMINCI), de Valladolid, en octubre pasado, dirigida por Patricia Font y cuya sinopsis ya es atractiva, de por sí, para almas inquietas: “Ariadna, descubre que su abuelo busca desde hace tiempo los restos de su padre, desaparecido en la Guerra Civil. Decidida a ayudarlo, viaja a Burgos, donde están exhumando una fosa común en la que podría estar enterrado. Durante su estancia allí, conocerá la historia de Antoni Benaiges, un joven maestro de Tarragona que antes de la guerra fue profesor de su abuelo. Mediante un innovador método pedagógico Antoni inspiró a sus alumnos y les hizo una promesa: llevarlos a ver el mar”, poniendo en valor la lucha de tantas familias que todavía buscan a sus familiares enterrados anónimamente en fosas comunes a lo ancho y largo de este país. He procurado buscar antecedentes históricos de esta historia verdadera, porque en esta ocasión cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, al estar basado el guion en la vida y obra de un maestro, nacido en un pueblo de Tarragona, Mont-roig del Camp, en 1903, que ejerció su preciosa tarea en un destino rural desde 1934, concretamente en la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba, un pequeño pueblo de Burgos, de infeliz memoria por su trágico fusilamiento, llevado a cabo el 25 de julio de 1936, recién iniciada la guerra civil, siendo enterrado en una fosa común que todavía no se ha podido localizar, para mayor escarnio de sus familiares y allegados más directos, así como para la memoria histórica y democrática de este país.
Gracias a la búsqueda citada, he localizado también una obra imprescindible para conocer detalles necesarios para comprender el alcance de la vida y obra de Antonio Benaiges, El maestro que prometió el mar, una publicación coordinada por Francesc Escribano, junto a textos de Francisco Ferrándiz y Queralt Solé, con trabajo de documentación y fotografías de Sergi Bernal, en una coedición llevada a cabo por las editoriales Blume y Ventall, que ha servido de base para el guion de la película, cuya sinopsis amplia la intrahistoria de esta vida ejemplar llevada al cine: “Antoni Benaiges, un maestro de Mont-roig del Camp, Tarragona, fue destinado a la Escuela Nacional Mixta de Bañuelos de Bureba, un pequeño pueblo de la provincia de Burgos, en 1934. Gracias a una metodología de enseñanza pionera y revolucionaria para la época, basada en la participación activa de los niños y el uso de la imprenta, comenzó a transformar la vida de sus alumnos y la del pueblo. A finales de julio de 1936, el maestro desapareció. Durante más de 75 años, su trabajo y personalidad permanecieron en la intimidad del recuerdo de sus antiguos alumnos y su familia, hasta que, en agosto de 2010, a pie de fosa, un vecino de Bañuelos haría emerger la figura del maestro asesinado en 1936 y la conmovedora historia de una promesa que no se pudo cumplir. «El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo. La gente va allí a bañarse. Yo no he visto nunca el mar. El maestro nos dice que iremos a bañarnos».
Me ha sobrecogido conocer algo que deseo compartir con quienes me acompañan a menudo en esta singladuras hacia islas desconocidas. Se trata del pequeño homenaje que el 18 de julio de 2021 se celebró en el cementerio de Bañuelos de Bureba, al levantarse un cenotafio, un pequeño monumento funerario dedicado a este maestro inolvidable, imprescindible, sin su cadáver, porque no se sabe dónde está, en un nicho en el que depositaron objetos y recuerdos actuales sobre su vida y obra, el guion de la película citada, por ejemplo y en el que sobre una lápida roja se colocó una inscripción que todavía, al escribirla, me emociona y conturba: “ANTONI BENAIGES NOGUÉS, MAESTRO DE NUESTRA ESCUELA. Nos dejó ser niños, antes de ser hombres, nos enseñó el valor de la palabra, nos prometió el mar”.
Como una premonición de la censura que viene y que ya está presente en las ciudades y pueblos gobernados por la derecha y su más allá en este país, la ultraderecha intolerante por principio, esta historia real llevada a una producción teatral dirigida por Xavier Bobés y Alberto Conejero, El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca, fue vetada durante el verano pasado por el alcalde de Briviesca (Burgos) del Partido Popular, recién formado el nuevo gobierno de la localidad, aludiendo a razones “económicas y técnicas”, cuando con el consistorio anterior todo habían sido facilidades para su representación.
Para que no se olvide la maravillosa obra didáctica de Antoni Benaiges Nogués, ni siquiera un momento, hay que decirlo alto, claro y fuerte: estamos avisados. Como ejemplo a secundar, podemos aprender y reforzar la historia democrática de este país, viendo esta película a partir del próximo viernes 10 de noviembre en cines de este país, difundiéndola a los cuatro vientos para reforzar nuestra democracia, en momentos cruciales como los que estamos viviendo en la actualidad ante la próxima investidura progresista y de futuro alentador, cargado también de legítimas esperanzas. Como las que transmitió el maestro Benaiges a tantos niños y niñas de un pueblo burgalés, Bañuelos de Bureba, recordados hoy gracias a la magia del cine y de la memoria democrática.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Y es que en el mundo traidor nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira.
Ramón de Campoamor (1817-1901), en Las dos linternas, 1846.
Sevilla, 14/VII/2024
La verdad es que decir que “España es hoy roja” no deja de ser una utopía temporal, de recorrido muy corto, porque hay que reconocer que después del partido final de la Eurocopa, nuestro país, gane o pierda, volverá a recuperar su tonalidad gris que la caracteriza en los últimos tiempos. Lo cierto es que los colores no son inocentes, como tantas veces he expuesto en este cuaderno digital. Basta recordar, repasando la memoria histórica de nuestro país, que el color de la camiseta del equipo nacional nació rojo en 1920, con un león rampante en el pecho, escogido por Gonzalo Figueroa y Torres, presidente del Comité Olímpico Español (C.O.E), utilizado desde ese año con motivo de la participación en los Juegos Olímpicos en Amberes. El cambio al color azul se produjo al finalizar la guerra civil, en 1939, por el acuerdo del Consejo Nacional de Deportes por el que los jugadores sólo podían vestir camiseta azul marino y pantalón blanco, llevando en el pecho el escudo nacional con sus colores. Así fue hasta que en 1947, se cambió de nuevo por el rojo gracias a la decisión tomada por el general Moscardó, Delegado Nacional de Deportes, militar por supuesto. Queda demostrado que el color de la equipación del equipo nacional tampoco fue y es inocente.
Escribir hoy sobre esta dialéctica rojo y gris, se debe a la publicación reciente de un libro excelente, Gris. El color de la contemporaneidad (1), de Peter Sloterdijk, en el que su sinopsis nos ilumina sobre lo que está pasando y estamos viendo en esta sociedad, en el ocaso de la democracia, con el color gris de fondo, no inocente por supuesto: “A lo largo de cuatro digresiones, Sloterdijk sigue el hilo de este «no-color» desde el Génesis hasta la fotografía, desde el mito platónico de la caverna hasta Hegel, desde los fenómenos atmosféricos hasta las vanguardias de Piero Manzoni y Marcel Duchamp, y traza la historia de la humanidad a la luz de los significados simbólicos de este tono fluido y ambiguo. «Mientras no se haya pintado un gris, no se es pintor». Estas palabras de Cézanne, escribe Peter Sloterdijk, suscitan otra afirmación: mientras no se haya pensado en el gris, no se es filósofo. En un ensayo lúcido y provocador explora este tono, aparentemente el color de la indiferencia y la neutralidad, cuya presencia ha permeado la historia de la política, la filosofía y las artes, así como la mitología y la religión. Sloterdijk presenta una nueva teoría estética y filosófica sobre la relación entre la luz y la oscuridad, en la que los colores tienen una fuerza icónica innegable. Analiza aspectos tan diversos como la hegemonía del gris en la Alemania reunificada, como resultado de la mutua desilusión del reencuentro, y que marcaría a más de una generación con el «gris Merkel», o la gran cantidad de automóviles grises de alta gama, con una amplia variedad de tonos y nombres que sugieren exclusividad y privilegio. El autor afirma que la capacidad de mutabilidad del gris lo convierte en el color de nuestro tiempo, pues es símbolo de una era de indiferenciación y —nos alerta Sloterdijk— puede llevarnos hacia una neutralización moral que se opone a la celebración contemporánea de la diversidad”.
En este contexto afirmo de nuevo que, desde una perspectiva científica de la psicología del color, éste proyecta siempre un acorde cromático, entendido como la asociación del mismo a un determinado efecto, promovido siempre por el sistema límbico en el cerebro, es decir, los sentimientos y las emociones, demostrando que el color no tiene una presencia inocente en nuestras vidas: “Ningún color aparece aislado; cada color está rodeado de otros colores. En un efecto intervienen varios colores -un acorde de colores-. Un acorde cromático se compone de aquellos colores más frecuentemente asociados a un efecto particular. Los resultados de nuestra investigación ponen de manifiesto que colores iguales se relacionan siempre con sentimientos e impresiones semejantes. Por ejemplo a la algarabía y a la animación se asocian los mismos colores que a la actividad y la energía. A la fidelidad, los mismos colores que a la confianza. Un acorde cromático no es ninguna combinación accidental de colores, sino un todo inconfundible. Tan importantes como los colores aislados más nombrados son los colores asociados. El rojo con el amarillo y el naranja produce un efecto diferente al del rojo combinado con el negro o el violeta; el efecto del verde con el negro no es el mismo que el verde con el azul. El acorde cromático determina el efecto del color principal (2). Sin ir más lejos, estamos asistiendo en estos días al efecto “la Roja”, en el que el color rojo de la equipación del equipo de España, demuestra que no fue, no es, ni será inocente en la vida de centenares de miles de personas en este país.
Es verdad que todo depende del color con el que se mire la vida. No hay nada más terrible que permanecer ciegos al color, tal y como lo aprendí de Oliver Sacks en un libro suyo, La isla de los ciegos al color, que me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Surge entonces la pregunta del doctor Sacks en su fascinante libro, cuando se refiere a la persona ciega al color: “¿nos considerarían acaso seres singulares, engañados por aspectos irrelevantes o triviales del mundo visual, o insuficientemente sensibles a su verdadera esencia visual?” (3). Esa es la cuestión a dilucidar en la niña o niño “coloreados” de azul o rosa que, todavía, algunas o algunos llevamos dentro…, porque es verdad que no depende todo del color con el que el mercado del fútbol, hoy, más allá del cristal, nos obliga casi siempre a mirar la vida. La ceguera al color democrático de cada día, seguirá mañana presente en nuestro país, en nuestras vidas.
Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.
Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva, en Moguer: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”. Nada que ver con lo que será la revolución del color rojo hoy en Berlín, en la final de la Eurocopa, en el supermercado grotesco del primer mundo, porque el negro y el gris de la realidad actual de los que sufren es el color predominante, por mucho que le pese al Mundo Pantone de cada año, que intenta imponer el color de mercado en nuestras vidas. Al final, es verdad lo afirmado por Ramón de Campoamor: todo depende del color del cristal existencial no inocente por el que se contempla la vida y cómo cada uno, cada una, la siente y la vive.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante, más se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, con un pulso que golpea las tinieblas,
Gabriel Celaya, en La poesía es un arma cargada de futuro
Sevilla, 6/VII/2024
Hoy he vuelto a encontrarme con la poesía combativa de Gabriel Celaya, leyendo una crítica de cine escrita por Carlos Boyero, a quien sigo en esta bella proyección cultural. Precisamente, porque inicia sus palabras con una frase de un poema de Gabriel Celaya, «Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante», que resume bien hasta qué punto el hartazgo sobre lo que está pasando y estamos viendo a diario, satura nuestras almas inquietas, no conformistas. Por esta razón, abro mi cuaderno digital por la página dedicada en agosto del año pasado a este excelso poeta, a quien tanto aprecio, porque le dediqué un pequeño homenaje a uno de los poemas que más me ayudó a comprender el compromiso social en nuestro país, en los tiempos difíciles de la dictadura, «La poesía es un arma cargada de futuro», con un objetivo claro: que no se me olvide, ni siquiera un momento. Hoy, rescato lo esencial de aquellas palabras siguiendo mis pasos en la escritura circular, que también existe, trayéndola a este aquí y ahora, que decían los clásicos. Tengo que reconocer que me reconforta como si fuera la primera vez que leo este precioso poema de Celaya, tan actual, tan presente, tan necesario y tan vivo.
La poesía es un arma cargada de futuro, poema de Gabriel Celaya (Hernani, Guipúzcoa, 1911 – Madrid, 1991), musicalizado e interpretado por Paco Ibáñez.
Agosto sigue muy presente en la memoria histórica y democrática de la cultura. Un ejemplo lo tenemos en Miguel Hernández, cuando impartió una conferencia en el Ateneo de Alicante, el 21 de agosto de 1937, con el título “La poesía como un arma”, que suponía una elocuente declaración de principios: “La poesía es para mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme […]. En la guerra, la escribo como un arma, y en la paz será un arma también, aunque reposada” (1). Si traigo a colación esta cita es porque hoy quiero dedicar unas palabras especiales a la poesía social de Gabriel Celaya, simbolizada en el poema La poesía es un arma cargada de futuro, publicado en 1955 (2), que se considera prototipo de ella, denostado muchas veces por algunas voces críticas, pero alabado en numerosas ocasiones por quienes se han acercado y se acercan hoy a él salvando su texto y contexto personal y social:
Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante, más se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, con un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades, las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto, con el rayo de prodigio, como mágica evidencia, lo real se nos convierte en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando. Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica, qué puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía–herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.
La verdad es que sobrecoge la lectura de este poema, en un género literario que muchos consideran inútil, porque para ellos es una mera contemplación burguesa de lo que está pasando, a través de bellas palabras, pero sin mezcla de compromiso personal y social alguno, aunque personalmente comprendo muy bien y comparto abiertamente la tesis mantenida en el tiempo, que expresó de forma magistral Nuccio Ordine, sobre la utilidad de lo aparentemente inútil, a lo largo de sus obras más significativas.
Es verdad, también, que la poesía no sólo es un arma de futuro, sino de presente, que puede y debe transformar la sociedad a través de la palabra, que en definitiva puede ser “útil” en el mundo actual frente al estereotipo que se le cuelga muchas veces de “inútil”. Luis García Montero, poeta y escritor al que aprecio y admiro, lo resumió perfectamente en un artículo que no olvido (3): “Por respeto a la poesía, debemos negarnos a que se convierta en una carta blanca para decir o escribir tonterías. Se puede estar en contra de la hostilidad de John Locke contra la poesía, sin caer en la trampa de despreciar lo útil. Me parece más interesante afirmar, contra los gobernadores y los buitres del negocio, que la poesía es tan útil como la ciencia o la técnica. El asunto no es superficial. Está en juego el espacio del saber democrático. El libro de Nuccio Ordine [La utilidad de lo inútil] da suficientes datos para abandonar la vieja polémica entre letras, ciencias y técnica. Es una inercia reaccionaria el desprecio de las ciencias y las letras. Conviene tenerlo claro para afirmar después que es también muy reaccionario despreciar el saber humanístico. Estamos hablando de cosas decisivas, como los programas de estudio, las universidades y la educación”. Queda claro en estos momentos tan delicados en el país, por el desprecio a la cultura y la censura galopante que ejercen las derechas, de teórico centro y ultras, autodenominadas “gentes de bien”, ante el resto, el populacho, que somos según ellos millones y, por supuesto, gente de mal: la poesía debe ser un arma para transformar el presente, que construye el mejor futuro de un país.
Entiendo así, mejor que nunca, las palabras de Celaya en el poema citado hoy como ejemplo: Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse, porque su poesía No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. No es un fruto perfecto. / Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. / Son palabras que todos repetimos sintiendo / como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. / Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. / Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos. Así lo dejó escrito y así lo comparto, para el presente y para la posteridad, una sucesión de presentes útiles.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
La vida es tránsito. El hombre nace en un punto y desaparece en otro: el tránsito que hay en medio es lo que importa. Hay una mudanza constante en lo que hago, figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan.
Dedicado a Adrián y Alejandro, a quienes tanto quiero
Ayer puede contemplar, asombrado como el niño que siempre llevo dentro, una orquesta de calle compuesta por ocho marionetas semi autómatas, tocando ocho instrumentos diferentes e interpretando Paradise (Mimmo Mirabelli), en una acera de Sevilla entre las sempiternas «aceras» consideradas por la urbanista Jane Jacobs como las grandes maestras de la vida en la gran ciudad: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (1).
En ese encuentro callejero recordé también la visita que hice en 2017 al Museo de la Ciudad de Antequera, donde contemplé la colección de cuadros de Cristóbal Toral (Torre Alháquime (Cádiz), 1940), que sobrecogen por su realismo trágico, siendo las maletas su hilo conductor: “La vida es tránsito. El hombre nace en un punto y desaparece en otro: el tránsito que hay en medio es lo que importa. Hay una mudanza constante en lo que hago, figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan» (2).
¿Por qué este recuerdo en un momento tan mágico? Fundamentalmente, porque acompañando al «director» de la orquesta, sentado y dirigiendo el artilugio móvil que daba vida a los ocho músicos de esa orquesta de calle, formaban parte del decorado improvisado dos maletas que, una vez finalizado el espectáculo, imagino que guardan con especial cuidado a cada músico junto a sus instrumentos, formando una familia bien avenida que cumple diariamente su ritual de encantar a grandes y pequeños al contemplarla tocando, una y otra vez, Paradise, en una interpretación de ensueño a lo largo y ancho de las aceras del mundo, en un viaje siempre hacia adelante, hacia alguna parte en el largo tránsito de la vida, el que muestra siempre Toral en sus sempiternas maletas pintadas. Quizás, esas maletas de la orquesta de marionetas, reflejaron en mi ánimo que su vida como músicos es tránsito, que ayer estaban en una acera de Sevilla y mañana en otra muy lejana, porque el tránsito es su modo de vida. Reflejan una mudanza permanente, porque son figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan. Todo, a cambio de unas monedas en el cubo blanco y lo que es mejor, la mirada de niños y niñas asombrados. Su mejor pago, el mejor valor, sin precio alguno.
Orquesta de marionetas en Sevilla / MJ MORIÁN
Al escribir hoy estas líneas, me acuerdo… también, siguiendo la dinámica que aprendí en su día de Joe Brainard, de un discurso que me marcó mucho la vida cuando leí, con un título sugerente, La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, porque comprendí la metáfora de su discurso en el acto de recepción oficial del galardón, como homenaje a lo que su padre le entregó un día en una pequeña maleta que contenía su tránsito por la vida: “Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que regresar de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que ocultaba en su interior, por supuesto” (3).
Sin desvelar su contenido, les aseguro que tiene mucho que ver con el efecto balsámico de la literatura y de la música, como sentí ayer al escuchar una orquesta de marionetas, en una acera de la Sevilla antigua, en una muestra de su uso íntimo, acompañado de una sucesión de miradas de personas, pequeñas sobre todo, compartiendo con mis nietos la grandeza de la música. Confieso lo que viví ayer, porque en mi memoria de hipocampo mantengo vivo el mensaje de las obrasde Toral y Pamuk, que justifican hoy la realidad de las maletas imaginarias y reales que me han acompañado a lo largo de mi vida. Todo es tránsito y siempre hay en ellas un misterioso peso de carga o belleza, que ocultan en su interior. porque es verdad que todo depende del color del cristal con el que se miren en nuestro caminar continuo para saber de verdad lo que llevan dentro. La orquesta de marionetas de ayer, nada menos que un Paradise eterno.
(1) Jacobs, Jane, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, 1961, Nueva York: Vintage, pág. 50.
(2) Pamuk, O., La maleta de mi padre, 2007. Barcelona: Mondadori, p. 11-44.
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Camarón de la Isla, interpretando Viejo Mundo, en su obra magna, La leyenda del tiempo, 1979
Sevilla, 24/VI/2024
Muchas personas llevan en nuestro país el nombre de Juan o Juana, en sus diferentes versiones, vinculadas en la celebración de su “santo “ al Bautista (24 de junio) o al Apóstol (27 de diciembre) -quien lo celebre a estas alturas de la supuesta laicidad del Estado-, como símbolo de una tradición multisecular que se perdió hace ya muchos años, cuando se decidía en el seno de cada familia el nombre de los hijos e hijas porque era un programa o proyecto de vida, es decir, el nombre encerraba en sus letras y grafía una historia personal y colectiva, familiar, que siempre se debía contar. Llevaban con mucho orgullo su nombre, su Vida. Era un momento apasionante que daba pleno sentido a la vida propia y a la de los demás.
En este contexto, repaso mi agenda para localizar y felicitar a amigos y amigas, también a maestros y maestras de vida que llevan este nombre, cada uno, cada una, con su estela. Sin dejar a nadie atrás, tengo presente hoy a un poeta llamado Juan Ramón Jiménez, que me mostró en su obra maestra, Platero y yo (Domingo, LXVIII), la existencia de otro poeta, matemático y astrónomo, Omar Jay´yam (1057-1123), al que leía bajo un árbol lleno de pájaros que no se iban, refrendado en su esencia, años más tarde, por un investigador andaluz de otros mundos, Marte, también de nombre Juan, Pérez Mercader por más señas, que me dio a conocer unas reflexiones de Jay´yam a través de Camarón de la Isla, interpretando una bulería, Viejo Mundo, con letra adaptada por Kiko Veneno, en una obra sublime para “escuchaores” de flamenco, La leyenda del tiempo, publicada en 1979.
En 2006, ese maestro, de nombre Juan Pérez Mercader, culminó su intervención magistral sobre un planeta cada día menos lejano, “La exploración de Marte en el siglo XXI”, a la que asistí como alumno privilegiado, con una canción de Camarón, Viejo Mundo, destacando una estrofa con versos de Jay´yam, pura esencia de sus Rubaiyat:
El mundo es un grano de polvo en el espacio La ciencia de los Hombres, palabras Los pueblos, los animales y las flores de las siete colinas, Son sombras de la nada.
Con este sentimiento de la relativa importancia de nuestras vidas, formando parte de ese grano de polvo en el espacio, del que desgraciadamente nos adueñamos día a día, maltratando a la Madre Naturaleza hasta hacernos los unos a los otros la vida imposible, sólo me quedan palabras para recobrar la importancia de los nombres de personas que nos aportan casi todo en la vida, con palabras tan bellas como las del poeta de Moguer, las de un astrofísico que investiga sobre el más acá de la vida o la forma de transmitir Camarón el significado de la humildad humana para cantarla a la posteridad. Todos con un nexo común, las bellas palabras de Omar Jay´yam.
Además, en el caso del nombre Juan, porque sé lo que significa, lo que ha perdurado a lo largo de los siglos, cuando ponerlo era una tarea encomendada a padres y abuelos, sentados hace miles de años en las orillas de los ríos Tigris y Éufrates, en la actual Irak, preparando el gran acontecimiento del nacimiento de los nuevos descendientes de sus familias, porque los nombres que debían llevar no eran inocentes sino un programa de vida para formar parte de la genealogía familiar. Me parece una aventura extraordinaria, que se debería rescatar como lección de la historia para cada uno, cada una, para todos.
Lo que he recordado son impecables proyectos de vida, según la historia, de personas de nombre Juan, que siguen siendo necesarios e imprescindibles. La historia sigue siendo una gran maestra de vida. Para que no se olvide, ni siquiera un momento y expresado hoy en palabras de felicitación dedicadas a las personas que conozco, de nombre Juan o Juana, cuyo nombre en hebreo, Yohanan, su “programa de vida”, significaba que “iba a tener el corazón cerca de los que menos tienen”, porque Dios era “miseri-cordioso” (así, con guion) con la familia que “ponía ese nombre” y porque siempre “estaría cerca de ellos”, porque era su protector.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Una vez más volvemos a tropezar con la misma piedra: la situación lamentable en verano de miles de niños y niñas de este país que tienen vacías las neveras de sus casas, los comedores escolares cerrados y el aburrimiento garantizado en un tiempo libre complejo y no tutelado en muchas familias. Así lo atestigua el reciente informe publicado por la ONG Educo, Los derechos de la infancia no se van de vacaciones. Infancia en riesgo y alimentación saludable en verano, que deberíamos leer con atención casi reverencial, como uno de los documentos de obligado conocimiento para un verano ético, que también existe.
El fenómeno con el que nos encontramos cada verano, el olvido vacacional de miles de niños y niñas de este país, se demuestra con datos objetivos en citado informe: “Es lógico pensar que, para los niños y niñas, las vacaciones de verano son uno de los mejores momentos del año. Casi tres meses por delante para disfrutar con la familia, en la playa o en la montaña, en el pueblo o en la ciudad, yendo a pasear, a comer helados y a jugar con los amigos y amigas. Sin embargo, esta idílica imagen se aleja, y mucho, de la realidad de miles de niños y niñas en España. En 2014, Educo denunció que los más de 500.000 niños y niñas perceptores de las becas comedor se quedaban sin este tipo de ayuda al terminar las clases. Hoy, 10 años después, son más de 850.000 quienes reciben este apoyo durante el curso escolar. Es decir, en una década casi se han duplicado las becas públicas para acceder al comedor. Este aumento es debido a una mayor preocupación a nivel social y por parte de las administraciones de asegurar la alimentación de niños, niñas y adolescentes en el espacio educativo. Sin embargo, cuando llega el verano y cierra la escuela, dejan de recibir esta ayuda, poniendo en riesgo su derecho a la alimentación. Y solo son la punta del iceberg. Estos niños y niñas forman parte de los 2,7 millones que viven en riesgo de pobreza y exclusión».
Junto a estas cifras tan elocuentes, también se informa que «poco se sabe de lo que pasa durante casi tres meses la infancia vulnerable, que sufre “olvido vacacional”. De hecho, según los datos recabados en los centros educativos con los que Educo trabaja sabemos que solo 1 de cada 7 escuelas encuestadas afirman que los niños y las niñas que tienen beca comedor tendrán la alimentación asegurada todo el verano». Además, «no solo está en riesgo su alimentación, sino también su bienestar. Para la infancia más vulnerable, las vacaciones equivalen a estar prácticamente todo el día dentro de un piso. Y, a veces, dentro de una habitación, porque el piso lo comparten varias familias. Probablemente formen parte del 19,90% de niños y niñas que viven en hogares mal acondicionados, en los que se pasa frío en invierno y calor en verano. Sus padres y madres pasan el día fuera trabajando porque es ahora en verano cuando encuentran empleo haciendo substituciones. Además, a veces se quedan a cargo de sus hermanas y hermanos pequeños, y con la televisión, la tableta o el móvil como única distracción».
Más adelante señalan en el informe unos puntos críticos de vital importancia:
Hay más becas comedor pero siguen siendo insuficientes y «según el Instituto Nacional de Estadística, el 34,5% de los menores de 18 años está en riesgo de pobreza o exclusión social; es decir, uno de cada tres, dato que nos sitúa, tristemente, en los primeros puestos de Europa en cuanto a pobreza infantil […] De hecho, la pobreza infantil en España parece estar estancada».
En relación con la alimentación en las familias más vulnerables, «En España, el 6,9% de los menores de 18 años no comen carne, pollo, pescado o su equivalente proteico cada dos días. Es decir, no comen la cantidad adecuada para su edad» y lo verdaderamente importante y razonable es que «No se trata solo de comer y de que las cantidades sean suficientes, sino que se coma de manera saludable, algo que puede ser difícil para las familias de los 2,7 millones de niños y niñas en riesgo de pobreza y exclusión».
Lo anteriormente expuesto cobra especial importancia en el periodo vacacional de verano: «Poco se sabe de lo que pasa con la alimentación de la infancia vulnerable en verano. No hay un único registro, las iniciativas y las ayudas dependen de comunidades autónomas, ayuntamientos, barrios, entidades sociales o centros educativos y asociaciones de familias. Ante esta situación, una encuesta realizada a 200 centros educativos que participan en los programas de Educo ha mostrado que solo 1 de cada 7 escuelas (14,3%) afirman que los niños y niñas con beca comedor durante el curso tienen asegurada su alimentación todos los meses de verano. Y 1 de cada 15 (6,7%) detalla que esa continuidad es parcial y no cubre todo el periodo estival. El resto de centros respondió que no lo sabían (28,6%), que no había ninguna continuidad en su alimentación o muy poca (25,7%) o que había oferta de actividades con comida, pero que no todos accedían (24,8%)».
La realidad de las vacaciones veraniegas es casi un imposible para miles de familias en nuestro país, siendo los niños y jóvenes los principales perjudicados: «En España, el 34,1% de los menores de 18 años no pueden irse ni una semana de vacaciones al año con sus familias, aunque es justo reconocer que la situación ha mejorado desde el dato amargo de 2014, con un porcentaje abrumador, el 48,20%, siendo preocupante un dato más: desde 2017 se observa un estancamiento en las cifras, dado que en ese año se alcanzó la mejor cifra en este indicador, el 32,30%, que se ha visto superado desde entonces hasta alcanzar la cifra actual.
Otro dato a tener en cuenta, las altas temperaturas que se registran en el país, que tienen que ver mucho con el cambio climático, también se recoge en el informe: «Es la realidad del 19,90% de niños, niñas y adolescentes, que viven en hogares en los que no se puede mantener una temperatura adecuada. La cifra se ha ido incrementando significativamente en los últimos años. En el caso de los hogares monoparentales, se encuentran en esta situación 1 de cada 3».
La realidad en este verano es que ante lo anteriormente expuesto, no tienen alternativas al alcance de la mano: los «niños y niñas en situación de vulnerabilidad no tienen garantizadas ayudas para campamentos de verano». Además, «Es difícil saber qué ayudas reciben las familias vulnerables para que sus hijos e hijas puedan disfrutar de colonias o campamentos de verano. También es complicado saber si incluyen las tres comidas (desayuno, almuerzo y merienda) en este periodo no lectivo. Si bien sabemos que existen muchos actores que ofrecen becas, cuesta mucho ver la complementariedad entre las que dan comunidades autónomas, diputaciones provinciales, ayuntamientos o entidades sociales. Tampoco hay claridad sobre cómo se dan estas ayudas (de forma directa a las familias o a través de otras entidades), el presupuesto destinado o el total de beneficiarios. Por lo que cuesta mucho saber cuántos niños, niñas y adolescentes pueden disfrutar de un espacio de ocio de calidad y de una alimentación garantizada cuando termina la escuela».
En las conclusiones del documento se afirma algo importante: «[…] el tejido local se activa para asumir el liderazgo y poder ofrecer espacios protectores con actividades de ocio educativo y alimentación a la infancia más vulnerable. Se trata de iniciativas para “pasar la antorcha sin que se apague” y garantizar el derecho a la alimentación y a la educación durante el verano para todos los niños, niñas y adolescentes en riesgo de pobreza y exclusión social. Entidades y ayuntamientos junto con ampas, ONG, centros deportivos, y otros agentes locales son quienes proponen y organizan campamentos y colonias. El verano es un espacio interesante para generar red por la infancia, conexiones de las instituciones del entorno, el tejido asociativo y la Administración local. Sin embargo, hace falta activar una mayor coordinación, apoyar con recursos técnicos y económicos a las redes locales para que puedan ofrecer más plazas en campamentos y colonias. Con actividades que aseguren la alimentación y también la nutrición equilibrada. Actividades que les permitan desarrollar conocimientos, habilidades y actitudes, conectar con la naturaleza y con nuevas amistades. Actividades en espacios protectores, con referentes adultos que les guíen hacia nuevas aventuras. Así, en septiembre, el verano se reflejará en relatos infantiles llenos de aventuras, de nuevas amistades y experiencias. Con gran entusiasmo todo el alumnado se verá en igualdad de condiciones para hablar sobre sus alegrías, aprendizajes, convivencia, naturaleza y buena alimentación durante las vacaciones. El mejor comienzo para un nuevo curso escolar».
Ante lo expuesto anteriormente, vuelvo a recordar algo que me conmueve a diario y que resalté este año cuando abordé en el mes de febrero, en este cuaderno digital, los resultados definitivos de la Encuesta de condiciones de vida (ECV) de 2023, elaborados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), aplicados a Andalucía, donde finalizaba mi exposición diciendo que es imprescindible conocer con datos científicos que 3.185.308 ciudadanos y ciudadanas en Andalucía (INE, padrón continuo a 1 de enero de 2022), es decir, un 37,5% del total de población en esta Comunidad, están viviendo la pobreza en sus vidas y, de forma más aguda, la pobreza severa, en un porcentaje del 11,9% del total, más de un millón de personas en Andalucía, arrojando cifras lo suficientemente elocuentes para confirmar que algo no estamos haciendo bien en esta Comunidad, porque contra datos no valen argumentos. Lo digo una vez más: ahí están los datos anteriormente expuestos, desnudos, junto a la gran pregunta que nos compromete a todos, qué hacer en una contraescuela del mundo al revés en nuestro país, un mundo magistralmente descrito por Eduardo Galeano, en mi Comunidad Autónoma.
Personalmente, lo tengo claro: debemos compartir datos para poder emitir juicios bien informados, porque sólo ante un gobierno de Estado o Comunidad Autónoma, pre-ocupado (así, con guion) por la desigualdad actual económica, laboral y social en la población, no cualquier gobierno, porque todos no son iguales, se deben denunciar estas cifras que afectan a tantas personas, a tantos niños, a tantas niñas, a tantos jóvenes, con un objetivo claro: que se aprueben leyes y disposiciones con urgencia para solucionar esta situación. Es la única vía para que se transforme la sociedad española, permitiendo que la igualdad, solidaridad y justicia social permita a todos avanzar en derechos y libertades que mejoren las condiciones de vida para salir de la pobreza en cualquiera de sus estadios, que afectan a millones de ciudadanos en este país, de andaluces y andaluzas también, niños y niñas sobre todo, los más desfavorecidos, los pobres severos, los nadies, tantas veces citados en este cuaderno digital, que procuro no olvidarlos aunque a veces yo sea un pájaro herido por el principio de realidad de la pobreza severa y exclusión social que nos asola, con cifras -desde mi punto de vista- insoportables para atender como merece la dignidad humana.
Por último. el documento de EDUCO se cierra con un mensaje breve y bueno, que es muchas veces «muy bueno», porque de lo que se trata es de alcanzar «un verano con derechos. ¡Esto sí son vacaciones!».
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.