Benedetti y su buzón de tiempo


Mario Benedetti (recuperado de http://www.cervantesvirtual.com/boletines/general/79/p0000001.shtml, el 24 de mayo de 2009)

Mi cerebro no se quedó tranquilo cuando conoció y archivó la noticia de la muerte de Mario Benedetti, ocurrida el domingo pasado, 17 de mayo de 2009. Y era lógico porque conservo muchas neuronas que han reconocido la huella de Benedetti en mi corteza cerebral, en mi sistema límbico, en mis sentimientos, en mis emociones. Mario es un referente en años difíciles de España, cuando él me recordaba que el Sur también existe: pero aquí abajo/cerca de las raíces/es donde la memoria/ningún recuerdo omite/y hay quienes se desmueren/y hay quienes se desviven/y así entre todos logran/lo que era un imposible/que todo el mundo sepa/que el Sur también existe. Y día tras día, desde el lunes de mi agitada semana laboral, he buscado un hueco para recoger en este cuaderno vital una reflexión sobre una persona importante en mi vida, como signo de agradecimiento humilde desde un Sur que también quiso mucho.

He leído muchas palabras suyas. Las he interiorizado y he recordado una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). Un post tampoco se ruboriza. El cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. Solo pide auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano. Y siempre queda el buzón de tiempo (1):

En el buzón del tiempo se deslizan
la pasión desolada /el goce trémulo
y allí queda esperando su destino
la paz involuntaria de la infancia /
hay un enigma en el buzón del tiempo
un llamador de dudas y candores
un legajo de angustia / una libranza
con todos sus valores declarados

En el buzón del tiempo hay alegrías
que nadie va a exigir / que nadie nunca
reclamará / y acabarán marchitas
añorando el sabor de la intemperie
y sin embargo / del buzón del tiempo
saldrán de pronto cartas volanderas
dispuestas a afincarse en algún sueño
donde aguarden los sustos del azar.

Quiero dar las gracias a Benedetti, al que la vida le ha regalado la posibilidad de afincarse en muchos cerebros de mujeres y hombres, entre los que me encuentro, a los que no nos importa soñar despiertos aún cuando nos aguardan muchos “sustos del azar”. Por esta profunda razón no muere, porque probablemente, con su muerte, solo ha dejado una brújula a los que le queremos, con la advertencia de que el norte es el sur y viceversa, a pesar del “relámpago de la memoria” que, a veces, ilumina los baldíos de nuestras conciencias sureñas.

Sevilla 24/V/2009

(1) Benedetti, M. (1999). Buzón de tiempo. Alfaguara: Madrid

Recordar y predecir (II)

Decía en mi post anterior, Recordar y predecir (I), dedicado a la memoria personal e intransferible, que “comienza ahora el esfuerzo denodado por hacernos profesionales de la predicción, si fuera posible, para refugiarnos paradójicamente en los mejores recuerdos, utilizando la memoria como el mejor recurso/escudo humano en el cerebro”. No era inocente esta reflexión, porque predecir es una aventura extraordinariamente humana, esencialmente compensatoria para el cerebro humano, según se demostró ya en investigaciones que se publicaron en 2004 en la revista Nature Neuroscience: “El cerebro humano reacciona a determinados movimientos externos antes de que se produzcan, según han comprobado neurólogos europeos. Estudiando el comportamiento de 22 voluntarios, han comprobado que la onda cerebral que rige los movimientos, conocida como potencial de preparación, se registra antes de que el movimiento sea observado, lo que explica las ventajas que en ocasiones algunos deportistas muestran sobre sus adversarios. Aunque la predicción no ha sido considerada como una forma de conocimiento, después de este experimento la cuestión queda planteada” (1).

El potencial de preparación (readiness-potential, RP) ha abierto unas posibilidades extraordinarias para comprender bien de forma antecedente “actos motores que han sido generados endógenamente de forma libre y caprichosa”, [… ] “Antes que el sujeto sea consciente de un deseo (moverse), el cerebro ha generado de forma inconsciente la programación del movimiento en cuestión” (2). La realidad experimental demuestra que el desfase “antecedente” se cifra en 800 milisegundos de promedio. Es decir, el cerebro va por delante de nuestra intencionalidad ó voluntad consciente ¡Qué debate tan interesante, por ejemplo, desde la ética de situación!, cuando el cerebro “creemos que decide” de forma instantánea y la ciencia neurológica nos demuestra que va más rápido el movimiento de la corteza cerebral que nuestra toma de conciencia personal e intransferible para la decisión que nos compromete la voluntad. Conclusión: las estructuras cerebrales van por delante de la voluntad, de la decisión humana. El cerebro no sabe, a veces, por qué ya estaba decidido todo por el conjunto de estructuras cerebrales que intervienen en estas decisiones, antes de que apareciera mi decisión ante la conciencia personal, ante los demás. ¡Qué paradoja, ante la presunta firmeza original de nuestras decisiones!.

Es obvio que el avance científico sobre la memoria predictiva sigue siendo de enorme interés para cuantos trabajamos en la ciencia neurocognitiva, en la inteligencia digital, a la hora de saber más sobre memoria y predicción. En este blog he hablado ya en bastantes ocasiones de esta tipología de memoria y basta que las personas que estén interesados en este estado del arte localicen los textos principales, a través del buscador o de la etiqueta (tag) “memoria predictiva”, entre los que destaco uno en particular: Camino de Sión, deconstruyendo ya el cerebro digital, sobre la intervención de un ponente, muy querido para mí, en una actividad científica que compartimos en 2007: “Y seguimos caminando hacia Sión, el templo del conocimiento. Supimos que el auténtico protagonista del encuentro era Jeff Hawkins, el autor del libro iniciático en estas lides investigadoras, Sobre la inteligencia [3], que tantas veces he citado en este cuaderno. Excelente y recomendable, para empezar. De obligado cumplimiento, diría yo. No te defraudará, como miembro que eres de la Noosfera digital. Supimos que la corteza cerebral es un mundo por descubrir, que tiene el tamaño de una servilleta desplegada, que su grosor es el de seis cartas de una baraja, y nos enseñó una cáscara de nuez por su similitud con la superficie rugosa del cerebro, su interior, afirmando rotundamente para quien lo quisiera escuchar que “el universo cerebro es una cáscara de nuez” [el tachado es original], la comparó con la orquesta cerebral que todos los días celebra un concierto sempiterno, con millones de partituras, y cerró su presentación con dos hipótesis: 1ª. ¿Es posible que el actual estado del arte digital pueda “copiar” la actividad desarrollada por la corteza cerebral?, 2ª. ¿Es posible jerarquizar los actuales avances científicos sobre la corteza cerebral para establecer la interoperabilidad de base digital (conectividad)?. Y cuando todos estábamos en la soledad sonora que obligaba a descifrar estos planteamientos, nos mostró solo tres siglas: HTM (Memoria Temporal Jerarquizada)”. Significa de forma muy sencilla que “la corteza aprende secuencias, su nombre y no los detalles, un patrón, otras inhiben entradas informativas para dejar paso a las que “interesan” a la corteza en ese momento, aquí y ahora, efectúa predicciones a partir de este “aprendizaje” y forma representaciones constantes o “nombres” para las secuencias. La neurona Bill Clinton. O el 11M. Y salió a relucir el “ingeniero informático”. Explicó la importancia de las estructuras jerárquicas –la jerarquía cortical- que se producen y los análisis correspondientes de sinapsis y dendritas actoras e inhibidoras, en conjunción las áreas visuales con las motoras (M) y auditivas (A). Cada una en su papel estelar”.

Hoy, solo he agregado una cuestión en discusión: el cerebro se adelanta a determinados acontecimientos y “decide” por nosotros. Esa es la cuestión. Predecir ha sido siempre una pre-ocupación muy humana. El Diccionario de la Real Academia así lo atestigua en pleno siglo XXI, al explicar (fijar) con brillo y esplendor el lema “predecir”, repartiendo juego divino y humano: (Del lat. praedicĕre). 1. tr. Anunciar por revelación, ciencia o conjetura algo que ha de suceder. El cerebro, mientras, “va tomando” las decisiones antes de que se anuncien por gracia divina, por investigación el laboratorio o por mera reflexión personal. Aunque, ¡ironías de la vida (¿de la ciencia infusa?)!, desde el siglo XVIII, en España, el Diccionario de Autoridades (1737) dejaba claro al Universo hispánico que predecir significaba “adivinar” y que tenía su “anomalía”, como se demuestra en esta enigmática frase recogida en el citado Diccionario al demostrar una clave de la predicción: la eterna felicidad (sic):

“¡Ay, triste (con la voz trémula) dijo,
Que esta desdicha muchos años antes
Tepolémo mi amigo me
predijo

Sin comentarios, antecedentes…

Sevilla, 10/V/2009

(1) Recuperado de: http://www.tendencias21.net/El-cerebro-humano-prefiere-predecir-antes-que-reaccionar_a474.html
(2) Giménez-Roldán, S. (2006). Interpretación neurobiológica de la histeria, en Histeria Una perspectiva neurológica. Elsevier-Masson: Barcelona, p. 65.
(3) Hawkins, J. y Blakeslee, S. (2005). Sobre la inteligencia. Espasa Calpe: Madrid.

Todas las revoluciones tienen su octava

CLAVEL EQUIVOCO
Clavel equívoco

Han pasado unos días sin pasear por las calles virtuales de Grándola, vila morena. Y es verdad que ese día, 25 de abril, tuve un recuerdo para la revolución de los claveles, también para Marcos, aquél joven propagador de buenas noticias (que tanta falta hace…), lo que luego se llamó “evangelio” y, lógicamente, para nuestro hijo al que decidimos ponerle un nombre programático, de los que no se deben olvidar nunca por lo que significan. Hoy me lo ha vuelto a recordar un amigo virtual en la Noosfera, eraser, al que gusta pasear también por calles revolucionarias, cuidadoso de cualquier detalle digital que conmueva conciencias adormecidas. Gracias eraser, porque ese recuerdo marquiano, ¿se podría decir así?, nos une a personas que no nos adormece el estado actual de la cuestión de vivir, existir, ser ó estar, ser ó tener. Es verdad: Marcos ó José Afonso.

Y Marcos, que después la Iglesia oficial lo declaró “santo”, a su pesar, me permite recordarlo en su octava, tal y como se decía en mi casa madrileña cuando el discreto encanto de la burguesía se había olvidado felicitar a alguien y pretendía siempre llegar a tiempo. Probablemente, porque no lo sentían de verdad. Al apearlo de la peana santa, Marcos es hoy símbolo de revolución humana, de los que pensamos que todavía es posible ser personas en su real medida, la que cada uno desea a pesar de los pesares. Es probable que a partir de este sentimiento de pertenencia, ya no necesitemos octavas, porque si la revolución interior siempre está viva, porque no nos deja estar tranquilos en el conformismo, no hace falta institucionalizarla. Se vive día a día. Sin octavas.

Sevilla, 2/V/2009

El olvido se podrá comprar

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

¡Que viene, que viene!. Se va sabiendo cada vez más de los procesos cerebrales que nos permiten recordar, que protegen los archivos de la memoria que, a veces, preferiríamos borrar. Y el 26 de abril saltó al mundo una noticia de interés manifiesto: el olvido se podrá comprar. Sugerente, éticamente hablando. Se abren unas perspectivas extraordinarias para recuperar felicidad perdida, bienestar legítimo, bien-ser (¡perdón, por el neologismo!), del que algunas veces he hablado en este blog (El cerebro feliz). Y el texto de referencia dice lo siguiente (tal cual: http://www.elpais.com/articulo/opinion/olvido/disposicion/elpepiopi/20090427elpepiopi_3/Tes):

ANÁLISIS: EL ACENTO
El olvido a su disposición

“Preferiría no hacerlo», era todo lo que necesitaba decir Bartleby el escribiente para no hacer nada que le desagradara. Pronto, las personas de carne y hueso podremos contar con una opción casi tan buena como la del personaje de Herman Melville: «No quiero acordarme». El pasado es inmutable, pero la memoria es frágil. Sobre todo ahora que ha llegado un compuesto químico llamado ZIP. En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento. La molécula funciona tanto para borrar procedimientos motores, hábitos afectivos y conocimientos geométricos. Es eficaz y altamente específico. Y no destruye neuronas. Borra limpiamente el recuerdo, con más eficacia y nitidez que el propio paso del tiempo.

Los científicos utilizan esta molécula del olvido para estudiar las bases biológicas de la memoria, uno de los grandes problemas no resueltos de la neurología clásica. Pero también discuten su posible uso futuro en pacientes humanos. La idea inicial sería usarlo para ayudar a las personas a olvidar hechos traumáticos, como una violación, o los hábitos asociativos que les conducen a las drogas.

El problema, como suele ocurrir, está en las fronteras invisibles. ¿Por qué no borrar toda memoria dolorosa? ¿Por qué no acceder al paraíso en la cabina de montaje? Borrar o modificar los recuerdos de la gente, aun cuando sean recuerdos dolorosos, es una posibilidad llena de incertidumbres. Una cosa es que las personas tengan aversión al sufrimiento en el momento de experimentarlo, y otra que quieran eliminarlo de su pasado. El aprendizaje del dolor es parte de la formación del individuo, y las experiencias desagradables constituyen un valioso cuerpo de conocimiento sobre el mundo al que, probablemente, sería arriesgado renunciar en ciertas situaciones. Otra cosa es que estos argumentos lograran detener a alguien que tuviera el fármaco en su mano y un recuerdo insoportable en su cabeza. Contra todo consejo médico, la amnesia selectiva podría convertirse en una droga de abuso del futuro.

Todo venía por la publicación, el pasado 26 de abril, de un reportaje publicado en el diario El País firmado por Javier Sampedro, de sumo interés: “¿Te gustaría borrar los malos recuerdos?. Utilizar fármacos ‘amnésicos’ para eliminar los recuerdos parece posible por primera vez. Una molécula ha demostrado en ratones que es capaz de hacerles olvidar todo: desde experiencias placenteras hasta las desagradables”, donde se planteaba una pregunta muy inquietante: “¿Qué es mejor, borrar lo que uno ha hecho o lo que piensan los demás? La memoria es inestable, maleable y muy manipulable”. Y ya hay respuestas en el laboratorio.

Todo se ha andado y todo se andará. La molécula del olvido se ha descubierto en el laboratorio. Ya se sabe que algunos ratones han agradecido el experimento y ¡ya son felices!. Un día escribí en este blog un post, Cerebro humano, cerebro de ratón, en que manifestaba lo siguiente: “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey [Mouse]”.

Aquella situación, no tan lejana, del queso que un día desapareció de su vista y les produjo tanto dolor, ya no lo volverán a recordar jamás. Lo decía la noticia: “En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP [compuesto químico] elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento”. Y la he vuelto a leer muchas veces, en una composición artística del autor o autora, porque me ha parecido extraordinario que el propio cerebro humano haya llegado a este descubrimiento. Y vuelta a empezar. Situaciones como esta no las deberíamos olvidar. Y el drama shakesperiano está servido, porque olvidar o no olvidar, esa es la cuestión.

Sevilla, 28/IV/2009

Andalucía sin tópicos

MAGAZINE-ANDALUCIA

En un texto dedicado a sus paisanos, decía el poeta sevillano Luis Cernuda que “el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros”. La edición especial de Magazine dedicada a Andalucía en el alma, del pasado 5 de abril, merece el reconocimiento.

Es un trabajo hecho con amor hacia una comunidad que respira tradición y revolución a través del conocimiento. Averroes, filósofo y médico cordobés, dejó escrito que era más importante trabajar en el conocimiento creativo que en la tradición, es decir, diraya versus riwaya. Y atendiendo al talento andaluz se ha avanzado en una tierra colmada de civilizaciones multiseculares que han gestionado el trabajo bien hecho en todas las manifestaciones artísticas posible.

Aprendí de otros que cuando falta alma, falta vida. Por el contrario, cuando existe alma, como en este caso de Andalucía, existe vida. Y me puse a leer atentamente, como gustaba a Cernuda, este Magazine, con amor hecho, en el que ha triunfado el mejor recurso compartido de la vida: el talento de la palabra humana. Con alma.

Carta publicada en la Revista dominical Magazine, el 26 de abril de 2009

Inteligencia digital para niños y niñas autistas

Un ejemplo paradigmático de inteligencia digital lo he encontrado hoy al conocer, con detalle, la disponibilidad en la red de un programa, Zac Browser, concebido desde su origen para los niños autistas. No quiero explicar nada que lo hace por sí solo. Entren en estas páginas http://www.zacbrowser.com/es/index.html y http://www.peoplecd.com/) y lean, vean y sientan cómo es una realidad la inteligencia digital, tal y como la he definido tantas veces en su tercera acepción, de las cinco propuestas en mi libro Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (1): 3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación”, sabiendo que en sí misma no es software, en una dialéctica posible: “Y me quedó claro que la inteligencia es un don humano (para algunas personas “divino”), pero que afortunadamente, no es una lotería: venimos pre-programados a la vida, después de un proceso de concepción y construcción cerebral que se prolonga a lo largo de nueve meses (sinceramente, de toda la vida…). En cualquier caso, se viene demostrando científicamente que la inteligencia, ni siquiera la estrictamente digital, no se puede instalar como un software” (por cierto, ¿libre ó de mercado? Ninguno)”.

Solo me queda el reconocimiento y agradecimiento personal a John LeSieur, el programador que ya está haciendo muy felices a más de 750.000 niños en el mundo gracias a Zac Browser. ¿Por qué? Porque su software…, sobre todo, tiene alma.

Sevilla, 10/IV/2009

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital).

Recordar y predecir (I)

Me acuerdo de esas veces en que no
sabes si estás muy feliz o muy triste.

Joe Brainard (1942-1994), Me acuerdo

He comenzado a leer un libro sorprendente, Me acuerdo (1), que simboliza una actividad cerebral de importancia transcendental en la vida de las personas. Recordar o no recordar, esa es la cuestión. He llegado a esta lectura por dos razones fundamentales: la localización del libro a través de un artículo de Guillermo Altares, Cuando un recuerdo es algo que tenemos (2), y mi permanente actitud de investigación sobre las estructuras cerebrales que nos permiten recordar a través de la memoria. Una aventura apasionante.

Dice Altares que “Esa mezcla, lo que tenemos, lo que hemos perdido, es lo que nos convierte en nosotros y el pintor Joe Brainard (1942-1994) encontró una fórmula maravillosa para navegar por la memoria, los Me acuerdo…”. Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno.

¿Por qué recordamos? Lo hacemos por aprendizaje y programación genética. También, como autoprotección ante determinadas agresiones de la vida. Aprendemos a recordar situaciones vitales, resultados placenteros o displacenteros y, gracias al recuerdo, consciente o inconsciente, reaccionamos de forma controlada ó incontrolada. Fundamentalmente, porque los sentimientos y emociones acompañan siempre al conocimiento, a la respuesta medida o desmedida donde el recuerdo de situaciones anteriores de cariz similar han grabado ya un “programa” reactivo o proactivo (mejor, predictivo) en la memoria. De esta forma se acepta científicamente la realidad del intenso trabajo del hipocampo, estructura cerebral responsable de ordenar y organizar la memoria, sobre todo, la de largo plazo.

Así lo explicaba en un post anterior, El caballo encorvado, del que recomiendo su lectura pausada: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum, (la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera” [3]. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

He seguido leyendo el libro de Brainard. Creo que con sus “me acuerdo…” comprendo mejor el porqué de la soledad sonora de muchas personas a la hora de quedarse solas consigo mismas, más en su caso histórico al tener que demostrar al mundo que su soledad gay lo podía conducir a la muerte por sida, como fue su caso. Conjugar el verbo acordarse sería un ejercicio práctico para compartir experiencias necesarias en la vida. Porque por mucho que nos esforcemos en olvidar, el hipocampo particular nos recuerda que todavía están allí millones de grabaciones neuronales para cuando las queramos rescatar de la filmoteca existencial. Con la dificultad añadida de que muchas veces, estos recuerdos “nos vienen” a borbotones, sin control posible.

Y me acuerdo ahora, de una frase rotunda del artículo de Altares: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado”.

Comienza ahora el esfuerzo denodado por hacernos profesionales de la predicción, si fuera posible, para refugiarnos paradójicamente en los mejores recuerdos, utilizando la memoria como el mejor recurso/escudo humano en el cerebro. Pero sobre esta realidad hablaré el próximo día. Si me acuerdo…, Amarcord.

Sevilla, 6/IV/2009

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.
(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemos, El País (Babelia), p. 8.
(3) Almaguer Melian, W., Bergado Rosado, J. y Cruz Aguado, Reyniel (2005). Plasticidad sináptica duradera (LTP): un punto de partida para entender los procesos de aprendizaje y memoria. Revista Cubana de Informática Médica, 1 (5).

Próximamente, en este salón…

Al igual que Juan Manuel Serrat, en aquella preciosa canción de “Los fantasmas de Roxy”, anuncio que “próximamente, en este salón” virtual, a diferencia de aquella demolición del cine de sus sueños más preciados, el Roxy, presentaré un post que me está llevando tiempo y estudio, porque me atrevo a mostrar al mundo entero (el que rodea a cada una, cada uno …, ¡nada más y nada menos!), que vivimos siempre atados y bien atados a una dialéctica incuestionable de origen cerebral: recordar y predecir. Esa es la cuestión.

No ocupará este blog, con ocasión del nuevo post anunciado, ningún proyecto bancario, como el de aquella canción, destruyendo sesiones continuas donde “echaban NO-DO y dos películas de ésas que tú detestas y me chiflan a mí, llenas de amores imposibles y pasiones desatadas y violentas”.

Estoy descubriendo la importancia que hoy día damos a los recuerdos, jugando a recordar lo que no podemos olvidar, porque un día aprendí que solemos vivir mucho de la represión existencial al rechazar hacia el inconsciente tendencias inaceptables que surgen como consecuencia de conflictos psicológicos no resueltos. Las que nos hacen recordar aquello que nos cuesta borrar y que nos impide predecir sin riesgos.

Y es que no es posible la destrucción de nuestras intrahistorias. Por eso he recordado a Serrat, en su canción, tarareando su preciosa letra: “Yo fui uno de los que lloraron/cuando anunciaron su demolición,/con un cartel de: «Nuñez y Navarro,/próximamente en este salón»./En medio de una roja polvareda/el Roxy dio su última función,/y malherido como King-Kong/se desplomó la fachada en la acera./Y en su lugar han instalado/la agencia número 33/del Banco Central./Sobre las ruinas del Roxy/juega al palé el capital”.

Y mientras, estudio esta relación para el recuerdo grato, con el que se disfruta. Porque Joan Manuel Serrat, como obrero de la canción que protesta por no estar cómodo en este salón real -que no virtual- en el que nos toca vivir, me susurra al oído que hoy, mañana, pasado mañana, cuando siga avanzando en esta micro-investigación, puede ser un gran día/donde todo está por descubrir,/si lo empleas como el último/que te toca vivir./Saca de paseo a tus instintos/y ventílalos al sol/y no dosifiques los placeres;/si puedes, derróchalos./Si la rutina te aplasta,/dile que ya basta/de mediocridad”.

Porque los fantasmas del Roxy, los recuerdos, a veces, no descansan en paz…

Sevilla, 29/III/2009

El cerebro disfruta con los libros

Cartel de la Feria del Libro (Bogotá), s/d

El cerebro percibe o goza de los contenidos y formato de un buen libro. Así lo hemos aprendido de la tradición de las palabras vividas en determinados contextos, porque así se ha transmitido. En el siglo XIX se fijó por primera vez la palabra disfrutar en el ámbito de la lengua castellana, para dar brillo y esplendor a su contenido: coger, lograr, percibir los productos y utilidades de alguna cosa (RAE U, 1822). Es decir, cojo un libro, logro hacerme con él y percibo su contenido adaptándolo a mis expectativas, a mi conocimiento, a mis sentimientos y emociones. Lo abrazo. Me abraza. Todo eso produce un libro ó una revista de historia, por ejemplo.

Este juego de palabras lo he experimentado con un descubrimiento en días pasados de una revista publicada en Andalucía, por el Centro de Estudios Andaluces, Andalucía en la historia, que me ha llenado de orgullo al percibir en su contenido, al que he tenido acceso por primera vez en el número 23, que la historia es una fuente de conocimiento que despierta interés social por conocer claves de aproximación a la verdad de lo ocurrido durante siglos en este territorio tan creativo. Me interesó su contenido, centrado en un dosier sobre la prensa andaluza, por haber formado parte de esta intrahistoria andaluza, al haber sido Presidente de un Consejo de Administración de la sociedad editora de un periódico en la provincia de Huelva (1983-1984), La Noticia, que marcó un desafío a una forma de manifestarse la sociedad, en clave periodística de integración de opiniones y creencias. Con anterioridad, en 1976, por colaboraciones periódicas en un diario que rompía moldes en clave de apertura y compromiso social, El Correo de Andalucía, en el que me ilusionaba entregar mis originales muy cerca de la rotativa, en el edificio del Polígono de la Carretera Amarilla, para la célebre página 3 de opinión, en noches apresuradas de la nueva Andalucía que soñábamos, que queríamos.

Me han regalado dos libros con la suscripción: La Andalucía del exilio y Magia y vida cotidiana. Andalucía, siglos XVI-XVIII, que ya están en lista de espera para coger, lograr, percibir y gozar su contenido, su utilidad. Gracias a las posibilidades del cerebro, aunque tengo que reconocer que el sistema límbico va a jugar un papel primordial: me va a permitir disfrutar de ellos. Una vez más, procurando no confundir valor y precio.

Sevilla, 22/III/2009

A la mayor gloria de Dios (AMDG), de las personas

RESTAURANTE SAN IGNACIO LOYOLA

Ha sido una vuelta a la memoria de hipocampo, un ejercicio de moviola existencial. Ha ocurrido el sábado 14 de marzo de 2009, en una visita cálida a Fuenteheridos (Huelva), el pueblo de los ciudadanos de la fuente, no sé si heridos todavía en su amor propio… Me habían comentado que habían inaugurado un nuevo restaurante en la calle Cruz, 6, junto a la parroquia, en una antigua residencia de retiro de los jesuitas. No lo podía creer. Allí, en aquella casa, había pasado días de compromiso existencial hace más de 35 años, cuando formaba parte de una Asociación pre-ocupada por la situación de familiares de las personas que ingresaban en el Hospital de las Cinco Llagas, hoy sede del Parlamento andaluz, de sus hijos, a los que el ingreso les impedía atenderlos adecuadamente. Y los llevábamos allí en verano, para ofrecerles la mejor calidad de vida humana. Éramos muchas personas, jóvenes y mayores que poníamos ilusiones, dedicación personal e intransferible y compromiso social para atender situaciones sociales muy complejas.

Entré en aquella casa, restaurada y adaptada a su nuevo cometido. Me permitieron recorrerla casi palmo a palmo: las dos habitaciones de la entrada (sin el tapiz de damasco rojo), el salón de la antigua capilla, la escalera central de caoba, el tragaluz cenital redivivo, el azulejo de San Ignacio, rodeado de sus palabras programáticas: a la mayor gloria de Dios, las habitaciones ó celdas de la planta alta, de la planta baja, el pozo y el jardín.

Los nuevos gestores de la casa, del restaurante, me explicaron todos los detalles de la restauración, una obra emprendida por jóvenes de la sierra de Huelva, con muchas ilusiones y proyectos para hacer mudanzas importantes en tiempo de turbación económica y existencial. Excelentes.

La moviola personal me devolvió muchos recuerdos imborrables, de personas a las que quiero, de algunas que ya no están físicamente en este mundo pero que me permitieron ser persona, de experiencias que daban sentido a la vida en años difíciles para el compromiso social, de nombres concretos: Don Antonio, Salvador, Pedro, Enrique (grande), Enrique (chico), Mari-Carmen (hasta 2), Concha, Merche, Margarita, Tanché y otros muchos que no cabrían en este post sentido. Miguel y Dolores, ciudadanos con residencia permanente en Fuenteheridos, con su actitud de generosidad hasta límites insospechados. Gracias a todas y todos, porque fueron personas entrañables, cuyo valor excelente radicaba en la disponibilidad para estar contigo, conmigo, con aquellas niñas y niños que corretearon en su día por aquella casa que había sido residencia de los jesuitas, con un único objetivo: devolverles la felicidad que la enfermedad robaba a sus padres en un hospital de Sevilla.

Ayer, 14 de marzo de 2009, me volví a encontrar con todos aquellos protagonistas de aquél mundo feliz. Cuando bajaba por la calle Maestra Adame recordé que para mayor gloria de las personas, la ética del compromiso personal y social fue -y todavía hoy lo es- posible.

Sevilla, 15/III/2009