El puzzle inhumano

Cuando a primera hora de la mañana, de este soleado domingo de febrero, repasaba una publicación que entregaban hoy junto al periódico sobre La Transición, rescaté un artículo que escribí hace casi veintinueve años, al que solo he introducido cambios motivados por el lenguaje sexista de la época (en cursiva), como homenaje también a todas las mujeres y hombres que siguen comprometidos con la lucha continua debida a la ausencia de valores en la que vivimos instalados y que hoy he podido ver de forma palpable en un reportaje en video, donde por motivos estrictamente petrolíferos, unos soldados golpean sin piedad a unos adolescentes iraquíes que han crecido en el horror de la violencia, cualquier violencia, y en la sinrazón humana. Vaya como homenaje a ese grito desgarrador de un joven tirado en el suelo, que se escuchaba en el audio de la cinta: ¡No me pegues más!.

Han pasado veintiocho años, cinco meses y tres días, pero podría publicarse hoy sin perder frescura de denuncia. Gracias por compartirlo a través de esta malla humana que teje, día a día, Internet. 

La crisis crónica que ahoga existencialmente a las personas, grita justificación y no sólo ajustamiento en el entramado socio-político de un país. Llevamos unos años en los que inconscientemente sentimos la vida como desasosiego, evasión, suerte o lotería, dado que en la mente de todos se fragua una imagen de persona, mundo y Dios, que es difícil construir. Quizá es debido a que estábamos acostumbrados a obtener respuestas a cuantas preguntas hacíamos, incluso en los niveles más insospechados.

Ahora bien, las preguntas no tienen por qué tener siempre respuestas. De hecho, muchas de nuestras últimas preguntas no las tienen. Las personas se desconciertan por esto y pierden la «fe» en Dios, en el Hombre, en la Sociedad  y en la Naturaleza, según el contenido de Ferrater Mora. ¿La pierden o la encuentran? Si el ser humano en encrucijada «pierde la fe», está en situación óptima para encontrar su sí mismo y desde aquí replantearse de nuevo su cosmovisión, su indigencia y su posible trascendencia. Con esto quiero reafirmar la necesidad que tienen las personas de hoy de reforzar el terreno de la pregunta, de «matar» el miedo. Durante cuarenta siglos, el ser humano, hombres y mujeres, han preguntado a Dios, al otro, a sí mismo, sobre las cuestiones radicales de la existencia. Casi siempre obtenían respuestas: en cosas, en palabras, en dioses, en Dios. Hoy, por el contrario, se experimenta un vacío silencioso impresionante, quizá porque el encuentro con el tú, necesita la solidez de una concatenación de preguntas que comprometan la existencia en el amor. No es rescatar el mito prometeico, no. Se trata precisamente de dejar cada cosa en su sitio, en cierto sentido; confiar en cada ser humano como «ser perfecto» y con capacidad suficiente para poner nombre a las personas, a los animales y a las cosas. Así puede empezar a concretar su fe, puede llegar a ser persona, creer en algo, en alguien, en alguna verdad -por muy radicalizada que esté-, pensar en un futuro.

En este tiempo que corre, donde casi todo es provisional y cuestionable, duda e interrogante, ¡qué difícil es mantenerse en el juego de la vida, sin convertirse en pieza o sin saltarse las reglas del mismo! Aunque parezca paradójico dentro de un clima de perfecta calma y libertad (del que muchas veces la sociedad hace gala), la mujer y el hombre acusan cansancio de vida por la manipulación constante de que son objeto, dentro de la planificación más sofisticada e inhumana que podamos imaginar. Todo es debido a que toman conciencia de que están programados las veinticuatro horas del día y de que cada vez tienen menos espacio vital para existir, en esa persona sorpresa que todos llevamos dentro.

B. F. Skinner, psicólogo americano de fama mundial por su atención al conductismo, habla a menudo de la preocupación del ser humano por la explotación demográfica, de los problemas acerca de los recursos naturales, alimentación, carburantes, problemas de sanidad, etc.: «y en todos estos sectores podemos comprobar adelantos muy notables (…). Pero, de hecho, las cosas empeoran constantemente y es descorazonador comprobar que buena parte de la culpa es imputable a la tecnología misma. La higiene y los adelantos médicos agudizan el problema demográfico; la guerra ha añadido un nuevo error a los suyos propios tras el descubrimiento de las armas nucleares; y la búsqueda masiva de felicidad y bienestar es la principal responsable de la contaminación ambiental». Ahonda en la crítica de cómo el hombre y la mujer se han enfrentado con sus grandes problemas a lo largo de la historia, y concluye diciendo: «así nos ha lucido el pelo». A esta situación hemos llegado por culpa del ser humano autónomo: nos tenemos que convencer de una vez para siempre de que hay que perder la vanidad occidental, ya que lo «que necesitamos es una tecnología de la conducta», aunque sea a costa de sacrificar al propio ser humano.

Hay que salvar el ambiente mundial, crear nuevas dimensiones de trabajo, diversión, ocio, planificación familiar, etc., donde unos ingenieros de la conducta planifiquen y manejen a la humanidad en el «puzzle» más inhumano jamás soñado. Skinner profetiza al conjunto de personas torpes e inconscientes que poblamos el planeta Tierra, que mucho es lo que nos falta para llegar a ser capaces de evitar la catástrofe hacia la que el mundo parece moverse irremisiblemente. Surge entonces una pregunta: este ambiente desolador que preconiza Skinner, ¿es fruto del ambiente enrarecido del mundo actual o de la ausencia de los denominados «valores fundamentales», es decir, libertad, dignidad, amor, justicia, etc.? Y aquí de nuevo, el «filósofo de la conducta» habla en términos muy duros acerca de la culpabilidad intrínseca que existe en cada mujer y en cada hombre. Por la vanidad del ser humano libre y responsable, «el mundo está como está». Sin comentarios.

Indiscutiblemente, no se le puede negar a Skinner una parte de verdad en sus manifestaciones, pero nunca podremos reconocer su doctrina como la piedra filosofal para resolver los múltiples problemas que se plantean el mundo y cada persona en particular.

El ser humano actual se resiste a ser mera pieza sometida al libre arbitrio del otro ser humano. El orgullo despliega todos sus resortes de dignidad y libertad, que entre otras cosas, constituyen su patrimonio inalienable. La toma de conciencia de que algún día no muy lejano el mundo pueda llegar a ser un «puzzle» de cuatro mil millones de seres humanos, hace que muchos se «pierdan» voluntariamente como piezas, para convertirse en personas.

El proceso de llegar a ser persona -siendo también muchas veces un rompecabezas- nos hará disfrutar de una vida plena. En definitiva, el hecho de que la mujer y el hombre sean unas auténticas personas, donde la libertad y la dignidad sean respetadas en su justa medida (justificación como justicia), es el único camino viable para que lleguen a ser lo que verdaderamente son: personas.

El Correo de Andalucía, 9/IX/1977

Género y vida

Encontrar una persona

En el año 1977, cuando empezábamos a construir la democracia, inicié una forma de colaboración en un equipo de trabajo solidario, entre otras realidades, mediante artículos «de fondo» en un periódico de aquella época, que permitía abrir ventanas en la sociedad contemporánea. Tengo que reconocer que su director, José María Requena, un demócrata amante de la literatura y periodismo comprometidos, junto a Salvador Petit Caro, maestro en el silencio, sabían esperar hasta la noche para que pudiera llegar mi entrega periódica. No existía el fax, ni el teléfono móvil, ni el correo electrónico. No se hablaba de Internet. Había que ir personalmente al periódico, a oler la tinta, para cumplir con un compromiso de ideales. Casi treinta años después, cuando el pasado martes 8 de febrero de 2006, corría la noticia por el mundo del descubrimiento de nuevas especies en Foja, una remota selva de Indonesia, me acordé que también podríamos encontrar seres humanos con nuevas capacidades para enseñarnos que una nueva especie de«persona en el mundo» es posible. Más o menos como pensábamos algunos «locos» en 1977, cuando arrancaba una nueva especie de ser ciudadano en España, en Andalucía. En mi compromiso diario por la lucha de género y vida en la sociedad, he cambiado algunas alusiones al hombre (en cursiva) que hoy se comprenden mejor referidas al ser humano como persona en el mundo. ¿Por qué? Sinceramente, porque el orden del género, en este caso, si podía alterar el producto… Además, estoy seguro de que Diógenes no se enfadaría conmigo.

¿Quién se atrevería hoy a gritar por las calles y plazas: «¡Busco un hombre!»? Nos tomarían por locos…, pero cuando las personas hablamos en serio, afloran los secretos y las locuras individuales y colectivas. Todo encuentro humano -filo cortante de la existencia- afrontado con honradez y coraje de vivir, puede gritar al mundo que cualquier persona puede y debe buscar a otra persona. No hay «yo» sin «tú». Hablar así en y de la habitación interior de cada uno, supone una sintonía de principios, proyectos y necesidades. Quizá también de intercomunicación de «crisis» personales, al ponerse en tela de juicio el sentido existencial del ser humano. Es una forma de abandonar el camerino ambulante y la representación subsiguiente en el gran teatro del mundo, para dedicarse a pensar, forjar ideales, luchar y transformar. No se trata, por otra parte, de buscar «gente, mundo o pueblo», sino una persona concreta, quizá cercana, quizá andaluza, quizá hermana, que quiera compartir la construcción diaria de una casa humana, con numerosas «habitaciones interiores». Podríamos entender «casa humana» como el país, la provincia, la ciudad, la fábrica y la familia que sentimos todos los días.

Siempre recuerdo a este propósito, una simpática anécdota. Diógenes de Sínope, aquel filósofo que también «buscó un hombre», prototipo de la escuela cínica y que aspiraba a ser todo un hombre, estaba un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores.

La anécdota es una ironía de la vida. Al menos, nos sirve para damos cuenta de que la empresa de «buscar una persona» exige en principio, autenticidad de vida personal «para que no se nos note la farsa a través de los agujeros de los hechos».

Corren unos tiempos francamente atractivos. Si la democracia es auténtica, podemos cantar libremente esta necesidad humana, signo de que la autosuficiencia cobarde ha sido desbancada por la comunión de esencias y existencias. Ya se puede salir del tonel de Diógenes, prescindir del consumismo en el vestir (ya no nos podemos fiar de su única túnica), y estrechar las manos por una lucha común y cósmica, sin necesidad de la linterna irónica. Aunque necesitemos un líder. Aunque necesitemos de alguna persona «loca» que grite estas cosas que a nosotros no se nos ocurren o no quisiéramos gritar.

El Correo de Andalucía, 6/IX/1977, página 3.

Género y vida

Subsaharianos

rescate subsahariano
Reuters, El País, 7 de febrero de 2006

Con una frecuencia enfermiza volvemos a tratar diariamente del largo camino de los subsaharianos en búsqueda de una vida mejor. La foto que figura a continuación arranca compasión y rabia por la injusticia mundial que abre cada día más la brecha de la existencia y convivencia entre los seres humanos. Es una mirada perdida que recibe el calor de un miembro de Cruz Roja, extendiéndole una mano que simboliza lo que podemos hacer todavía por mejorar la vida de los demás. Sobran las palabras. Quizá tengamos que acudir a la memoria de Augusto Monterroso para repetir a los cuatro vientos una idea que podría pasarnos por la cabeza ante tanta desgracia ajena:

Cuando he visto sus ojos y la expresión de su cara, la injusticia todavía estaba allí…

Sevilla, 7/II/06

Dar la cara

Seguimos el hilo conductor iniciado ayer. Hoy tiene un protagonismo especial Isabelle Dinoire, la mujer francesa a la que se practicó en el mes de noviembre de 2005 un trasplante de boca, nariz y mejillas. Hoy, ha manifestado en una rueda de prensa consentida –no robada-, que ahora “tras el accidente, que le dejó “destrozada”, la operación le ha devuelto la “valentía”. Hoy triunfa el ser humano, la inteligencia como manifestación y capacidad de solucionar problemas. Es una maravilla contemplar cómo la inteligencia al servicio de las personas hace posible que el ser humano sea y viva mejor, que la medicina se cubra de gloria a través de profesionales que trabajan a diario por dar salud en todas sus manifestaciones.

Y asegura que a partir de ahora tiene una cara como todo el mundo. ¡Cuantas sugerencias nacen con esta expresión! ¿Nos planteamos a diario qué importancia tiene la cara en la autoestima que permite ser persona en el mundo?.  La ciencia ayuda a dar la cara en el compromiso diario con la vida. Quizá es así hasta que la propia existencia nos parte la cara por el cansancio de vivir en un entorno que no es amable, es más, se jacta de ser despiadada con todo aquél que encuentra. Y nace la desesperación y la incapacidad para mirarnos a la cara…

Hemos crecido en el convencimiento de que la cara es el espejo del alma. Hoy, viendo a Isabelle en las fotos de agencia, he vislumbrado que tiene ya una nueva razón para vivir y “ser valiente”, tiene “alma”. Alguien, que perdió la vida, ha permitido que vuelva a dar la cara en la existencia que se la robó. Primero, porque no tenía ilusión ni ganas para seguir viviendo, como ha contado, por su intento de suicidio. En segundo lugar, porque su perro fiel la quiso despertar, en una tarea imposible que no habían conseguido sus próximos, ocasionándole daños que han sido reparables, a diferencia de otros daños humanos que siempre dejan huella indeleble. En tercer lugar, porque hay personas y familias que son generosas con el cuerpo humano y consienten una donación ayudados por unos profesionales que utilizan la inteligencia para ser más libres, utilizando una técnica asombrosamente humana y científica.

En definitiva, un precioso ejemplo para dar la cara por la mujer. Aunque nos la parta la vida por las últimas noticias tan asombrosamente cerca de donde vivimos. Quizá, detrás del lavabo de casas inimaginables, de familias supuestamente ejemplares, como nos recordaba recientemente el anuncio que la Junta de Andalucía ha entregado a la televisión de todos los días… removiendo la conciencia de los que hacen oídos sordos a la violencia de género y se lavan las manos como si no pasara nada.

Gracias, Isabelle. Gracias  también a los doctores Bernard Devauchelle y Jean Michel Dubernard, y a su equipo anónimo, porque permiten hoy que el mundo crea todavía más en el ser humano, dando entre todos la cara…

Sevilla, 6/II/06

Género y vida

Mujer: género y vida

Hasta aquí hemos llegado con tres situaciones diferentes de violencia de género: mujeres apalizadas (así se escribió), apaleadas y acuchilladas. El hombre fue detenido, en un pueblo de Sevilla, tras el ataque en este último caso, cerrándose la noticia cotidiana con la siguiente estadística: “con estas dos muertes, el número de víctimas en lo que va de año por la violencia machista se eleva a 12”.

Y surge la eterna pregunta: ¿qué puedo hacer yo ante esta realidad inexorable?, si eso es cosa de la justicia y de la policía, si nosotros no podemos hacer nada, si eso ha pasado siempre, sin son secretos de alcoba; además, si te metes, sales trasquilado…

No estoy de acuerdo con esa tranquilidad existencial. Sé que en este siglo de ausencia de valores, donde millones de personas están más interesadas en ver, oír y callar ante la violencia de género con intermediación generosa de entornos mediáticos (prensa, radio y televisión), por ejemplo, sobre la presunta “esquizofrenia paranoide” (utilización malvada de diagnósticos virtuales) de Raquel Mosquera, con declaración de su patología “interpretada” a los cuatro vientos, donde se explica con una crueldad maquiavélica que “ya se veía venir” y donde hasta los amigos tienen la oportunidad de vislumbrar la auténtica tragedia de una mujer “pública”, no es de extrañar que se oigan con total frialdad las doce noticias de muerte de mujeres a manos de sus parejas y sigamos desayunando o cenando como si no pasara nada. O lo compartamos, a lo sumo, en la barra del bar o mesa de trabajo, con compañeros, con comentarios jocosos y soeces sobre el “merecido” de determinadas mujeres.

Hasta aquí hemos llegado. Por mi parte voy a comprometerme a escribir en este cuaderno de bitácora (blog) con carácter continuado de compromiso, para hacer visible que aún es posible cambiar la situación, transformándola a través de las pequeñas cosas.

Pasen y vean.

Lunes cualquiera de una semana real, no imaginaria. Trabajo en sede pública, con funcionarios reales. Compromiso personal en la Administración. Delante de mí no voy a permitir ninguna licencia de mal gusto sobre el mal trato a la mujer, por lo que ocurrió ayer. Ni los chistes insultantes para su esencia y formas como persona. Ni la vejación por su tradicional preocupación por los hijos. Ni la falta de comprensión hacia su tiempo familiar, robándole minutos de su prisa justificada por volver a casa a estar con sus hijos, ni hacia su hora de lactancia. Las escucharé atentamente, las ayudaré a crecer como si fuera yo mismo, sin discriminación. No me reiré de la discriminación positiva en responsabilidades públicas, porque de otra forma estaremos perdiendo oportunidades de ser juntos. No utilizaré almanaques insultantes hacia la mujer. No pasaré por Internet y correo electrónico chistes y consideraciones impresentables sobre la mujer. No las gritaré. No repetiré la doble personalidad: vicios privados, públicas virtudes… No volveré a decir que “hablan como cotorras”. Y, por supuesto, ayudaré a desterrar del vocabulario machista aprendido en la infancia, expresiones tales como: mujer tenía que ser, de qué te quejas si no te falta de nada, más pueden dos tetas que dos carretas ó detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (y después, su esposa, como diría Groucho Marx).

Por aquí podemos empezar. Luego vienen todos los días de la semana, el tedio y aburrimiento. Los fines de semana, donde hombres y mujeres nos vemos las caras. La realidad de los niños pequeños que nos exigen esfuerzos redoblados de compenetración y solidaridad con el tiempo ocupado y/ó libre para ser y/ó, desgraciadamente, solo tener. Las vacaciones, época muy triste para mujeres solas.

Podríamos formar, por tanto, una célula de arranque, bajo la denominación de “género y vida”, con carácter virtual, en la red, del que formáramos parte aquellas personas que creemos en el proyecto de que la mujer es una realidad de persona en el mundo sin más diferencia que las meramente anatómicas y fisiológicas que, por cierto, es patrimonio universal de cualquier ser inteligente. Posiblemente, llegará el día, como decía Saramago en el acto de nombramiento como hijo adoptivo de Granada, el pasado 3 de febrero, en el que las mujeres aplaudirán desde las aceras una manifestación de hombres -y solo hombres- proclamando la nueva realidad de las mujeres libres de la esclavitud ética, psíquica y social del machismo ibérico, demostrada por una violencia de género que suma y sigue como si no pasara nada en el cálculo de la muerte.

Y, perdonen, tal como escribía hace unos meses en la actitud rebelde frente a la oportunidad de ser más, con el ejercicio del voto, llegamos al final. Yo no quiero callarme, como aquellos lugareños (al final de la “Lengua de las mariposas”), presa del terror de la indecencia, ante la cordada. Tengo prisa, porque se agotan los billetes de los autobuses de la utopía de “género y vida” para la mujer, que salen de la estación de Andalucía.

Sevilla, 5/II/06

Encuentro con Tagore

A Marcos, celoso de crear con pequeñas cosas…, desde que era pequeño

Ayer fui a la oficina de Correos de mi barrio con la ilusión de hace cuarenta años. Iba a recoger un libro antiguo que había localizado por Internet para hacer un regalo muy especial. Abrí el paquete cuidadosamente y poco a poco, entre las burbujas protectoras, apareció una edición muy querida, de 1958, en la editorial Losada de Buenos Aires, de uno de los libros que han marcado mi vida: Pájaros perdidos, de Rabindranath Tagore, con una traducción impecable de Zenobia Camprubí, la compañera y amiga de Juan Ramón Jiménez, a quienes tanto visité, utilizando incluso sus mesas de trabajo, en Moguer. Y gracias a Pepito, el guía de la Casa-Museo, que lucía orgulloso el perejil de plata en su solapa, que me explicaba una y mil veces, con un encanto especial, sus confidencias con las miradas de ambos en una habitación de la primera planta…

Quería recuperar un pájaro perdido, el 178, como si fuera una anilla recordada por mi, sentado a la sombra de un pino solitario de la carretera de Umbrete a Bollullos de la Mitación, ambos pueblos cercanos a Sevilla, en diciembre de 1965 y que eché a volar en mi imaginación. Era una época en que crecía en la búsqueda de la verdad machadiana, ni tuya ni mía, porque haciendo caso a D. Antonio la guardé siempre en una jaula dorada de silencios. Pasando páginas amarillas, de un libro maravillosamente usado, con dos apellidos anónimos en la página interior del título: Gómez Aldemira, XI-1959, encontré por fin el pájaro que había buscado incluso en épocas en que me había distraído con un encantador de pájaros, Papageno, que me había presentado Mozart a través de sus limpias manos puestas sobre mi:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas;
las cosas grandes son para todos.

En esta época, donde el caballo grande, ande o no ande, es lo que entusiasma en nuestros alrededores, ha merecido la pena iniciar esta búsqueda de tiempo ganado, hace muchos años, de un pájaro pequeño, porque nos hace más libres la posibilidad de dejar, regalar, ofrecer, entregar aquello que es verdaderamente cercano y que es posible compartir, aunque sea aparentemente muy poca cosa, muy pequeño. Aunque cuando nos retiremos a nuestra soledad sonora, que tan magníficamente vivieron Zenobia y Juan Ramón, por este orden, necesitemos recoger en nuestras manos un nuevo pájaro perdido, el 130, que nos marca caminos para ser mejores:

Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera la verdad.

Sevilla, 4/II/06

Cumpleaños de Mozart

Desde el 27 de enero, fecha en la que se ha recordado en la aldea global el nacimiento de Mozart, (recuerda: Trazom) he escuchado con gran interés una parte de una obra que llena el espíritu de búsqueda de verdad: el concierto para flauta y arpa en do mayor, K 299. La pieza central, el Andantino, es una exposición sublime del entendimiento de la música como interpretación del mundo compartido, dado que desde cualquier lugar del planeta la conjunción de flauta y arpa te sumergen en una aventura de contrapuntos de gran valor humano.

Basta pensar que dos seres humanos, mediante el diálogo de flauta y arpa, logran llamar la atención desde una composición apresurada de Mozart, durante su estancia en París en 1778, escrita por encargo -como siempre- para poder sobrevivir y con un final doloroso: nunca le pagaron su trabajo. Quizá con la eterna oferta a los seres humanos que todavía se emocionan al escucharla, como es mi caso, Mozart recibe la mejor contraprestación del valor del concierto en este aquí y en este ahora. Una vez más, no hay que confundir valor y precio.

Si al mismo tiempo que escuchas el Andantino, quieres recrearte en un pequeño documental sobre su aniversario, te invito a que entres en esta dirección: http://www.cico.tv/austria/mozart/mozartspanish-512k.wmv y compartas el tamaño del archivo (al revés: K 512) como símbolo de una nueva obra catalogada por Köchel (la actual k que aparece junto a cada una de sus obras) …

Sevilla, 29/01/06

Historia de mujer

Siempre que puedo dedico un tiempo a Ángeles Caso (Magazine, 29/I/06) para aprender de su lucha. En esta ocasión, en su artículo ¿Quién dijo igualdad…?,  la lista de marginación de mujeres es interminable y, por razones del guión, ha tenido que poner un punto final apresurado, que por desgracia se actualiza diariamente. Pero he querido mirar hacia atrás sin ira, y un relato de los pueblos ribereños en Oriente Medio, a los que siempre acudo en momentos de crisis, me abre una perspectiva histórica de que ha habido momentos, quiero pensar que hay momentos, en que determinados hombres han pensado en el papel de la mujer y han intentado que tenga su sitio.

Me refiero al relato de Elcaná y Ana, en el primer libro de Samuel, en el mal llamado Antiguo Testamento, porque podría ser actual si tuviéramos la oportunidad de leerlo con visión de género compartido. Hay un momento muy emocionante, cuando Elcaná ve a su otra mujer llorando por los rincones porque no puede tener hijos, es decir, porque no cumple su misión, lo que hoy justifica simbólicamente cualquier marginación que narra Ángeles Caso, sin interferir la historia real de España. En un gesto sin precedentes, en el contexto social y religioso en el que vivían, dice: ¿Por qué lloras, Ana, no vale mucho más nuestro amor que muchos hijos?. Y nació su hijo, Samuel, “pedido a Dios”, en hebreo, a pesar de que un sacerdote cercano creía que estaba ebria “porque, habitualmente, no decía nada”. Elcaná fue un hombre colaborador, rompedor de barreras multiseculares, que enseña a los hombres de hoy que Ana es capaz de dejar de llorar si le damos su sitio. Sin ayuda de Dios. Con la nueva visión de los que permiten que la mujer se incorpore a la vida diaria con igual derecho que cualquier hombre, a pesar de que algunas leyes, las costumbres y determinados hombres se lo estén robando.

Enviada a «Magazine, 29/I/06

Regreso a Turín

Leyendo el reportaje “Turín, de Fiat al sueño olímpico”, en el Magazine de 29/I/06, he recordado mi estancia en esa ciudad en 1968, en una época donde era practicar espíritu olímpico salir de España y buscar nuevos horizontes de realización personal bordeando el mayo francés. Aquellas tardesnoches de Turín, con la luz enterrada a las cuatro de la tarde, saliendo de los jardines del Valentino, con manifestaciones por problemas sociales, que dejaban entrever que la malla obrera en el entorno de Fiat y Olivetti, nos enseñaban a cinco españoles que buscábamos a Dios por todas partes, sin encontrarlo, que otra España era posible.

Recuerdo también una lectura apresurada, como la carrera olímpica que nos animaba a llegar a alguna parte, sobre una manifestación obrera cerca de Turín. La pancarta que presidía la manifestación, recogía en una foto-testimonio excelente, unas frases que dejaban entrever un empeño social de grandes dimensiones: “los hijos de los ricos están cansados, los hijos de los pobres están siempre locos…”. Nacía la psiquiatría alternativa con Giovanni Berlinguer entre sus promotores, así como la locura de Turín, con su trabajo en cadena que nutría los psiquiátricos del lugar. Todo un símbolo en el nuevo despertar olímpico de la ciudad, dejando atrás una etapa de contraluces digna de una interpretación propia del neorrealismo italiano. Bienvenida sea.

Enviada a «Magazine», 29/I/06

El tren de la vida

 Dedicado a todos los amantes de la revolución digital, dispuestos siempre a viajar hacia alguna parte…

 – Perdone. Es tarde y hoy tengo una cita con el tren.

– ¿Cómo dice? ¿Una cita con el tren?

– Sí.

Abro la puerta del coche. Me introduzco en él con una prisa inhabitual. Los semáforos en rojo ponen a prueba mi paciencia. El cronómetro me obsesiona. ¿Llegaré? Todo es matrícula cercana, peatón imprudente, cielo gris, color rojo, pesadilla fugaz. Yo solo pendiente de la cita. El mundo pendiente de su supervivencia. Ni el mejor enemigo me detendría. Ni el dinero más honrado. Otro frenazo. Casi nos rozamos. Hora punta. Caravana interminable. Sudor. Miro por el espejo retrovisor: coches, parejas fundidas, hombres solos, cigarrillos quemados nerviosamente. Música cercana poniendo una nota de serenidad al maremagnum de tráfico. Discusión. Otro semáforo. Estación.

¿Por qué no existirá una ventanilla para «LEJANÍAS»…? Siempre me ha sorprendido la palabra «cercanía».

– Buenas tardes. ¿Puede darme, por favor, un billete para «LEJANÍAS», perdón, para Madrid?

– ¿?

– ¿Cuánto le debo, aparte de su sorpresa?

Llego a la puerta de Salidas. Un empleado se interpone en el paso:

– ¡Oiga! ¿Lleva usted billete?

– Sí.

– ¿Y el equipaje?

– Va conmigo. Es ligero.

Si supiera que mi bagaje es de 30 años, no lo habría comprendido. Busco mi tren. Ayer leía en una revista: «El tren está al servicio de la comunidad y necesita su confianza, porque nuestro tren es, eso, nuestro». Sí, mi tren. Tengo la impresión de que me agrego a una romería… Su nombre es mariano y contradictorio: «Virgen de la Soledad». Al menos, ya somos tres en este viaje: el tren, la soledad y yo.

Música ambiental. Refrigeración. Sillón reclinable. Compañía. Una mujer. ¿Quizá sola? Físicamente, sí. Qué extraño que dos voluntariamente solos, estemos obligatoriamente unidos por un billete. ¿Diálogo? ¿Por qué no? Primero procuraré serenarme. Pensar.
Casi sin darme cuenta me he alejado del ruido de la ciudad, del trabajo habitual, de los amigos, de mi casa y de mi parentela, en busca de algo nuevo, de experiencias hecha carne, de caminos por andar. ¿Por qué? Quizá por la propia insatisfacción que siempre viaja conmigo desde aquel encuentro brutal con la vida. Estoy cansado, hastiado de tanta mentira, tanto fraude, de tanto convencionalismo y de tanta contemporización. Confieso que hoy busqué refugio en el tren, por todo el valor simbólico que encierra… La lectura de un «slogan» publicitario me cuestionó hace pocos días este momento climático: «EL TREN: una voluntad en marcha». Es verdad. La inteligencia necesita complementarse con otra facultad espiritual que me cualifica como hombre: la voluntad. Así justifico los hechos y mis actitudes. Para poder dar razones de mi yo, de mi hombre de secreto, necesito que mi voluntad esté en marcha, como motor móvil que dé sentido a mi vida. En este caso tengo que estar agradecido a los medios de comunicación social, porque indudablemente han «situado» mi crisis humana.

He sentado la impaciencia de los semáforos y de las matrículas cercanas. Juntos, nos hemos puesto a reflexionar. Ahora tengo que desempeñar el rol de viajero. Pero no, quiero romper los moldes clásicos del viajero español y demostrarme a mí mismo que llevo también un alimento invisible…, como el equipaje de la pregunta en la estación. Soy un hombre que he buscado lejanía de lo habitual, para encontrar paz. Tengo mis convicciones religiosas y políticas. Cuando decidí olvidarme de todo y dejarlo sobre el andén, la búsqueda de un tren de vida me situó frente al recuerdo religioso. Y aquel «affiche» político y publicitario me miró desafiándome a una lucha en mi sitio, en mi tierra, con los míos, como gritándome: ¡Alto a la huida existencial!.

Sentir el desarraigo a esta velocidad, es arrancarte algo y alguien. Quizá es que ha sonado la alarma de la vida, de la limitación humana. Aquí no hay tirador, ni instrucciones suplementarias. Ni siquiera multa. Sólo, miedo existencia!. Vacío. En definitiva, contradicción.

Camino fijo, nuevos semáforos, nuevas paradas. Pero al menos no soy consciente, ni me siento responsable. Me llevan…

– ¿Un cigarrillo?

– No, gracias. Acabo de tirar uno.

– ¿Quiere hojear este libro?

– ¿Cómo se titula?

– «Poesía», es una edición muy importante de la poesía de Rafael Alberti.

– Si no le molesta, prefiero hablar.

– Sí, sí, encantado.

Inconscientemente he sentido un estremecimiento físico y psíquico. Por primera vez en muchos años, alguien ha preferido hablar a distraerse de la vida. Al menos, así lo intuyo. Recuerdo cuando era alumno, aquella clase de Filosofía sobre Pascal, cuando nos explicaban su doble camino: o compromiso, o diversión… existencial.

– Mire, le vengo observando desde media hora antes de sentarnos casualmente juntos. Nos hemos conocido a la luz de los semáforos. Éramos dos inquietos. Intuí su prisa. Quizá fue su simpatía humana, en su sentido más profundo. Le envidié al verle entrar en la estación, con ese aire tan desenfadado. Aquella pregunta acerca del billete para «Lejanías», me centró la imagen difusa que hasta ese momento tenía de Vd. ¿Paradoja? Éramos dos voluntariamente solos y obligatoriamente unidos por unas horas. Gracias al tren, aquí y ahora. El mañana no lo conocemos. Pero perdone, no he parado de hablar un momento y, en principio, he sido descortés con Vd., porque fue quien me invitó a la comunicación y al diálogo, en ese ofrecimiento tan superficial para muchos…

– Sí, es verdad. No importa que me hable ininterrumpidamente. Lo prefiero. Será la única forma de sentir el vértigo de la intercomunicación, porque la soledad me hace retroceder, me anquilosa. Hable, hable sin temor…

Cinco horas de viaje darían para escribir muchos libros y muchas impresiones. Fue una conversación plagada de silencios que hablaban por sí solos. La observación conjunta del paisaje, de los pueblos, de las montañas y de los hombres, fueron motivos de comunicación verbal profunda. Aprendí mucho de aquella soledad-mujer, sentada en la vida, como dice el pueblo alemán. Una soledad modelada como tren, me ofreció un camino corto y compañía para continuar la búsqueda incesante de la verdad. Aquello parecía una novela rosa, un cuento de mi abuela, contado con la prisa de acabar bien, pero yo lo vivencié con la tragedia de la vida y con la esperanza del cielo…

– Adiós…

– Adiós…

Cuando llegué a mi destino, decidí volver a lo mío. Esta fuga sirvió para darme cuenta de la inconsistencia humana. Regresaré con nuevo equipaje. Invisible, pero esperanzador. Me subiré al tren de la vida y procuraré evitar ser el farol rojo…, aunque esté en marcha. Tendré que encontrarme de nuevo con coches, personas, semáforos y niños inconscientes. Si es verdad que mi voluntad está en marcha, tengo que demostrarlo.

Nuevo coche. El 021. Asiento de pasillo. Ha cambiado el panorama paradójicamente. De la contemplación de la naturaleza, he pasado al roce con la realidad del hombre, en ese corredor de la vida donde el retorno se hace innecesario… Poesía. Abro el libro de Alberti y leo:

«Tren del día, detenido
frente al cardo de la vía.

– Cantinera, niña mía,
se me queda el corazón
en tu vaso de agua fría.

Tren de noche, detenido
frente al sable azul del río.

– Pescador, barquero mío
se me queda el corazón
en tu barco negro y frío».

Pienso. Duermo. Sueño. Y es verdad, porque mi corazón se ha quedado en el mundo abierto y humano, en un tren de mediodía…

Huelva, 1977