Las caras de la inteligencia

Ayer volví a analizar con detenimiento un cuadro de Rafael, que he contemplado muchas veces en vivo y en directo en los Museos Vaticanos, en tardes furtivas romanas y que siempre me ha sobrecogido desde cualquier ángulo que lo mirase. Se trata de “La Transfiguración”, un cuadro de encargo (no inocente) de medidas considerables: 410×279, donde me ha interesado en esta ocasión observar (al margen de la transfiguración como hecho místico superpuesto) cómo se contempla la enfermedad mental por unos ciudadanos privilegiados, en concreto la expresión de un epiléptico joven interpretada por los apóstoles, amigos de Jesús de Nazareth. He centrado la mirada en una composición de ocho rostros cargados de expresión mental y corporal ante el fenómeno de la epilepsia, la “enfermedad sagrada” según Hipócrates de Cos. Rostros próximos, caras encontradas a través de la inteligencia individual y conectiva.

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Cuatro rostros pertenecen a los apóstoles, que están muy cerca de lo que está ocurriendo en ese aquí y ahora. Si miran con detenimiento sus caras podrán comprobar cómo existen cuatro formas de aproximarse a la enfermedad sagrada. Son cuatro formas de introyectar y elaborar lo que aparece a simple vista: la visión desgarrada del joven, con los ojos en blanco y su entorno cargado de dolor e incomprensión ante lo sucedido. Veamos uno a uno. Me ha generado emociones internas la cara de desconcierto, magníficamente tratada por Rafael, de un apóstol joven. Da la impresión de intentar recoger en su policromía exacta la verdad de la incomprensión de la enfermedad mental, mirando, no viendo. Mirada profunda, directa, silenciosa. No hay palabras en ese momento. Otro apóstol, de barba canosa, que está muy cerca del anterior, refleja la comprensión de los hechos irrefutables de la vida: la enfermedad está y hay que asumirla. Arriba, aparecen dos rostros muy descriptivos. Uno se vuelve a su compañero y amigo para decirle: ¿has visto?, ¿entiendes lo que está pasando? Su compañero expresa curiosidad por mirar y comprender lo que está ocurriendo.

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Los cuatro rostros restantes, reflejan el dolor y la incomprensión. La cara del joven poseído por el demonio (así se concebía por la sociedad contemporánea, con las mismas culpabilidades que posiblemente se vivencian hoy, cambiando lo que haya que cambiar) es el espejo de su alma enferma, auténtica preocupación de la época por la maldición implícita. Su dedo indica la existencia de una posibilidad de curación. Es una mano dirigida por la inteligencia interpersonal, en un último esfuerzo por indicar la única solución posible que ha corrido por aquellos pueblos ribereños de boca en boca. Su madre y los dos ciudadanos que los rodean expresan en sus rostros la mezcla de realismo fatal y la sombra de la duda de la intervención de los amigos de Jesús que han hablado mucho de la posible curación pero no saben cómo aproximarse a ella.

Las ocho caras de la inteligencia que he comentado pueden suscitar otros muchos comentarios. Son caras de  desconcierto ante la enfermedad mental, con una elaboración personal e intransferible de cada inteligencia particular. Y la realidad social continúa reflejando estas situaciones maravillosamente “pintadas” en el cuadro de Rafael. El cerebro sigue siendo una maravillosa caja de sorpresas que ante la enfermedad de la inteligencia, en sus múltiples versiones, sigue desconcertando a casi todos, aunque admitamos la posibilidad de que la ciencia pueda transfigurar hoy lo que la religión no ha podido explicar finalmente a los seis mil millones de personas inteligentes, cada uno a su manera, que poblamos ahora, en este aquí y ahora, el planeta Tierra. Y solo porque un día muy lejano, comenzó la vida y los seres humanos empezaron a viajar a  tierras desconocidas, con la experiencia ineludible de la enfermedad mental que todavía nos cuesta trabajo explicar. Y se nos nota en la cara que pone ante el cerebro de los demás, sano y enfermo, cada inteligencia en su particular Noosfera.

Sevilla, 16/IX/2006

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