Estereotipo machista 1: las mujeres hablan como cotorras.

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Figura 1: Mujeres hablando. Luis Garay.

Dentro del epígrafe “Género y vida”, que inicié el 25 de febrero de 2006, voy a intercalar a partir de hoy algunas reflexiones científicas sobre los estereotipos machistas (imágenes inmutables) que tanto pesan en la sociedad española en particular, para sentar unas nuevas bases de respeto a la mujer. Me refiero al sambenito que colgamos en las mujeres desde hace muchos años, en relación con el habla, la conversación permanente y sus derivados, como característica multisecular de la mujer. ¿Qué hay de verdad en ello? El pasado 5 de julio saltó a la prensa mundial un informe científico elaborado en la Universidad de Arizona y publicado en la revista Science (1), con un titular determinante: Las mujeres no hablan más que los hombres. La realidad de las 16.000 palabras que, de promedio, utilizamos diariamente en la conversación ordinaria, muestra un equilibrio entre hombres y mujeres que tiran por tierra tanta afrenta histórica: “Se trata del primer estudio que registra conversaciones naturales de cientos de personas durante varios días y revela que las mujeres utilizan alrededor de 16.215 palabras al día y que los hombres emplean 15.669, una diferencia que en términos estadísticos no es significativa. “Aunque mucha gente cree en el estereotipo de que las mujeres son habladoras y los hombres poco comunicativos, no existen estudios a gran escala que hallan registrado de forma sistemática las conversaciones naturales de grandes grupos de personas en periodos de tiempo amplios”, ha explicado James W. Pennebaker, coautor del estudio” (2).

La investigación analiza las conversaciones grabadas de 396 estudiantes universitarios en edades comprendidas entre los 18 y 29 años, de Estados Unidos y México, incluyendo 210 mujeres y 186 hombres. El estudio no se centra sobre el uso del vocabulario o de las palabras en sí mismas, sino las que se registraban en un reproductor que los investigadores desarrollaron y adaptaron durante el estudio, llevado a cabo entre 1998 y 2004.

Inmediatamente, he recordado la lectura reciente de un libro que ya he comentado en este blog y de lectura obligada para el compromiso de género, El cerebro femenino, que venía a concluir de forma diferente, dando la razón al estereotipo aunque sin la carga peyorativa que se da en la actualidad a la expresión “hablan como cotorras”: “Muchas mujeres encuentran alivio biológico en compañía de otra; el lenguaje es el pegamento que conecta a las mujeres entre sí. No es de sorprender, pues, que algunas áreas verbales del cerebro sean mayores en las mujeres que en los hombres, ni que éstas, en general, hablen mucho más que ellos. Las cifras cambian pero, como promedio, las muchachas pronuncian dos o tres veces más palabras al día que los chicos. Ya sabemos que las niñas hablan antes y que a los veinte meses tienen en su vocabulario el doble o el triple de palabras que los niños (3).

La doctora Brizendine defiende este aserto sobre el desequilibrio en el habla cuando se refiere a la mujer, por el papel que juega el estrógeno en la formación de su personalidad y carácter, activando la oxitocina y los circuitos cerebrales que son sexualmente específicos de la mujer, sobre todo los referidos al habla, el flirteo y los tratos sociales. Se abre así un campo de investigación fascinante para justificar la necesidad de religación, más que la del habla. Y como consecuencia de la necesidad de compartir, surge la realidad del habla. Han sido muchos siglos de soledad para la mujer, desde que el hombre decidió viajar hacer millones de años y descubrir nuevos mundos para realizarse, quedándose siempre la mujer en el territorio de origen, cuidando de la casa, hijos y ganado.

Es importante constatar que en un post que publiqué el 28 de enero de 2007, que llevaba por título Cerebro y género: materia blanca contra materia gris ya dejaba claro que: “Además, la materia gris tiene una responsabilidad dramática sobre el control muscular, las percepciones sensoriales como vista y audición, la memoria, las emociones y el habla. Y no me gustan los chistes fáciles forjados en estereotipos: “las mujeres hablan como cotorras”. Todos podemos hablar como estos simpáticos animalitos, porque todavía no conocemos bien por qué el habla se hace fuerte en el ser humano, aunque tanto se haya escrito sobre este elemento diferenciador de los seres humanos”.

La paradoja surge cuando sabemos también por experiencias científicas recientes que a nuestros antepasados humanoides no les gustaba hablar: “Agradezco a Josep Call que siga trabajando en el Instituto Max Planck de Antropología de la Evolución de Leipzig. Está demostrando a través del lenguaje cómo desde España y desde Cataluña, su país natal, un ser humano puede volver a su territorio natural a contarnos cómo a los chimpancés, por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse”. Sin que nos pese tanto cargar las tintas sobre quien habla más, si el hombre o la mujer. A pesar de los tiempos que corren, que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo.

Tal y como concluía al comienzo de mis publicaciones sobre Mujer: género y vida, merecería la pena poner freno a los estereotipos como éste, cargados de un magma social e histórico que solo se puede justificar porque hace solo “doscientos mil años que la inteligencia humana comenzó su andadura por el mundo. Los últimos estudios científicos nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. Hoy comienza a saberse que a través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado. Los africanos, que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates, a través de una curiosa proteína denominada “reelin”. Y las mujeres quedaban a la espera de un regreso jamás anunciado, hablando con las demás mujeres, porque no cazaban, porque no recolectaban, porque desde hace millones de años las mujeres ocupaban un puesto diferente en el mundo (4).

Hay que tener cuidado con los estereotipos que perjudican a la mujer y la rodean de formas de ser que no tienen casi nunca bases científicas, sino solo el peso negativo de la historia social que solo el propio cerebro humano puede salvar. Esta es la razón última para iniciar este tipo de publicaciones: de esta forma “podríamos formar, por tanto, una célula de arranque, bajo la denominación de “género y vida”, con carácter virtual, en la red, del que formáramos parte aquellas personas que creemos en el proyecto de que la mujer es una realidad de persona en el mundo sin más diferencia que las meramente anatómicas y fisiológicas que, por cierto, es patrimonio universal de cualquier ser inteligente. Posiblemente, llegará el día, como decía Saramago en el acto de nombramiento como hijo adoptivo de Granada, el pasado 3 de febrero, en el que las mujeres aplaudirán desde las aceras una manifestación de hombres -y solo hombres- proclamando la nueva realidad de las mujeres libres de la esclavitud ética, psíquica y social del machismo ibérico, demostrada por una violencia de género que suma y sigue como si no pasara nada en el cálculo de la muerte”.

Sevilla, 13/VII/2007

(1) Mehl, M.R., Vazire, S., Ramírez-Esparza, N., Slatcher, R.B., and Pennebaker, J.W. (2007). Are Women Really More Talkative Than Men? Science 6 July, 317: 82
(2) Europa Press (2007, 5 de julio) Las mujeres no hablan más que los hombres. Un estudio de la Universidad de Arizona publicado en ‘Science’ acaba con el tópico. El Pais.com.
(3) Brizendine, L. (2007). El cerebro femenino. RBA: Barcelona, p. 58.
(4) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital, p.15.

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