Estereotipo machista 6: “¡Buscad la mujer!”

Estoy leyendo en estos días, en los que por razones personales e intransferibles tengo que practicar sobremanera el arte de callar, empezar y acabar, un libro de gran valor historiográfico, Historia general de Al Ándalus, de Emilio González Ferrín. Paso páginas en un entorno muy especial, un hospital comarcal, en el que los silencios son cómplices de una microhistoria de andaluzas y andaluces que luchan por mejorar sus vidas, por estabilizar sus cerebros, por encauzar sus sentimientos y emociones. Y llegando a la página 65 me encuentro con una expresión, cherchez le femme, que constituye un claro exponente de estereotipo machista, a sumar a los cinco que comencé a analizar en julio de 2007 (Estereotipo machista 1: “las mujeres hablan como cotorras”) y que animo a leer de nuevo. Esta expresión la utiliza González Ferrín para plantear de forma espléndida que todo está en perpetuo movimiento y que Al Ándalus es “hijo de su tiempo anterior y padre del posterior”, es decir, coincide con el hilo conductor de este cuaderno de derrota: el mundo solo tiene interés hacia adelante: “aquel célebre cherchez le femme -la machista exageración ilustrativa acerca de que en cada delito hay una mujer implicada de alguna forma- debe cambiarse por ¿qué hay más?, cada vez que afrontemos un supuesto conflicto religioso” (1).

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Estando en esta dialéctica de viaje permanente de mi corazón a mis asuntos, he encontrado hoy una razón para escribir en mi cuaderno preferido sobre un estereotipo que aparece siempre detrás de muchas investigaciones sociológicas sobre la violencia de género. Parece que aquella frase de Alejandro Dumas, padre, ¡buscad la mujer!, que pone en boca del jefe de policía por nombre Monsieur Jackal (Il y a une femme dans toute les affaires; aussitôt qu’on me fait un rapport, je dis: “Cherchez la femme”: Hay una mujer en todos los asuntos; tan pronto como se me hace un informe, digo: ”¡Buscad la mujer!”) (2), resuena todavía en muchas cabezas de hombres mal-educados desde la perspectiva de género, dejando sombras de dudas y sospechas en la sórdida acción de cada mujer maltratada, ¡algo habrá hecho!, cada vez que conocemos que una mujer ha muerto a manos de sus parejas, maridos ó cualquier fórmula que se utilice para simbolizar la paradójica convivencia hombre-mujer.

Y es curioso constatar cómo la misma historia también ha elaborado socialmente una expresión de raíces poco claras desde el rol de mujer: detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, con conflictos claros de los diferentes roles a desempeñar por cada una y por cada uno en la vida, sin admitirse todavía la inversión de los términos, es decir, las claras dificultades que existen para admitir socialmente que detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre [sic]. Es más, rizando el rizo genético y de las actuales investigaciones en neurociencias, en el cerebro de hombres y mujeres, se sabe ya a ciencia cierta (nunca mejor dicho) que en cada cerebro de hombre están presentes también las estructuras del cerebro de mujer (con un papel estelar de las hormonas y de los neurotransmisores), y viceversa, y que el desarrollo de las mismas es lo que nos hace inteligentes para resolver los problemas de rol femenino y masculino de todos los días.

Pero mientras que avanzamos en esta demostración científica, es decir, que en el cerebro del hombre también está presente el cerebro de la mujer, y viceversa, cherchez l´homme et le femme dans le cerveau, lo que todavía -por desgracia- parece como más acertado desde la perspectiva de este estereotipo machista por excelencia, es la interpretación que de esta frase nuclear hizo en su día Groucho Marx: “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer y, detrás de ella, su esposa”. Aunque solo le hubiera faltado decir: ¡que la busquen!…, como a su famoso niño de cuatro años, sabelotodo.

Y continúo con la lectura sobre Al Ándalus, ¿qué hay más?, buscando como Mario, el inteligente cartero de Neruda, la poesía de la vida, porque en este aquí y ahora “no es de quien la escribe, es de quien la necesita“.

Sevilla, 6/IV/2008

(1) González Ferrín, E. (2007). Historia general de Al Ándalus. Córdoba: Almuzara (2ª ed.), p. 63-65.
(2) Dumas, A. (1874). Les Mohicans de Paris (acto tercero, escena VI), en Théatre complet de Alexandre Dumas (Vol XXIV), París: Michel Lévy Frères, p. 103-104.

Estereotipo machista 5: “las mujeres, que leen, son peligrosas”

He localizado un libro de edición muy cuidada, Las mujeres, que leen, son peligrosas (1), que simboliza muy bien la posición andrógina del monopolio de la lectura y, por ende, de las capacidades intelectuales localizadas en el hemisferio cerebral correspondiente. El planteamiento del autor no es inocente y nos hace reflexionar sobre el acontecimiento de la mujer leyendo como si paseáramos a través de las salas de un museo que representara diversas épocas en las que diversos pintores nos ofrecieran el prototipo de la mujer de cada época en torno a una realidad difícil de plasmar sin suscitar comentarios de todo tipo.

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Desde la perspectiva de género, es un estereotipo que me interesa mucho investigar. Conocer a fondo el miedo ancestral del hombre en relación con el grado de conocimiento que la mujer puede llegar a alcanzar y, de esta forma, rebelarse, perder la sumisión, palabra sobre la que se centra esta realidad lectora de la vida. Recuerdo muy bien que en los años en que leía con mucha atención a Jean Delumeau, que publicaba en la Editorial Labor (tristemente desaparecida en 1996), un gran experto en los pueblos ribereños en los que nace la realidad cultural de los seres humanos en relación con los demás y con los dioses, las genealogías cuidaban mucho que nunca aparecieran nombres de mujeres en las mismas, es decir, los linajes se relacionaban siempre con los hombres, “artífices” de la creación de los seres humanos y así se debía transmitir de padres-hombres a hijos varones. La lectura de estos libros sagrados no debía recoger ninguna presencia de mujer generadora de linajes humanos, artífices de la creación de los pueblos seguidores de los dioses o del innombrable, Yahveh. Era el justo castigo a su perversidad, tal y como ya lo planteaba en el post titulado: Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”. Negación pura y dura del papel de la mujeres en la creación de los linajes, hecho que debía hacerse patente en las tradiciones orales de los pueblos. Posteriormente, en las escritas.

Manifestación contundente de esta realidad histórica que tanto pesa en la historia de las religiones hoy es la descripción genealógica de Jesús de Nazareth, donde el evangelista Mateo en el capítulo primero de su relato y desde el versículo 1 al 17, ambos inclusive, solo recoge los nombres de cuatro mujeres, Tamar, Rajab, Rut y Betsabé (perdonándoles la vida), que engendraron de forma irregular para justificar el pecado de los hombres, sobre todo de las mujeres por aquello de la manzana prohibida, resaltando de manera particular y de acuerdo con la tradición más conservadora solo la figura de hombres, patriarcas, que eran los auténticos artífices de los linajes puros. A pesar de todo se les brinda una oportunidad, refrendada de forma magistral por el papel que desde entonces viene a jugar a María, la madre de Jesús. Todo encaja en este puzle divino y humano. A partir de estas realidades se comprende mejor que la mujer solo pudiera aportar a la historia la lectura de la vida, no de los libros, porque de alguna forma tenía que espiar siempre su pecado “primitivo”, condenadas al ostracismo y ninguneo histórico. Fecundidad (pecado) y maternidad (gloria) se abrazaron históricamente para siempre.

Esther Tusquets, en el prólogo del libro, dice como contrapartida al planteamiento anterior, que “desde Sherezade hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias”. Y desde la primera obra pictórica La Anunciación de Simon Martin, hasta la última, en reproducción fotográfica, Marilyn leyendo “Ulises”, el autor va desgranando interpretaciones que aportan mucha frescura sobre la revolución del compromiso de lo que se lee en la vida personal de las mujeres representadas, en una interpretación henchida de libertad como la que se va buscando de forma subliminal. Me ha parecido de un interés especial la manifestación de la escritora francesa Laure Adler sobre el contenido de este libro y resaltado también por Esther Tusquets: “El libro puede llegar a ser más importante que la vida. El libro enseña a las mujeres que la verdadera vida no es aquella que les hacen vivir. La verdadera vida está fuera, en ese espacio imaginario que media entre las palabras que leen y el efecto que éstas producen. Las lectora se identifica totalmente con los personajes de ficción…”.

Continuando con la perspectiva de género en la interpretación de la capacidad lectora en la mujer y sus resultados, es obvio que se ha avanzado de forma espectacular en el conocimiento de las inmensas posibilidades del cerebro del hombre y de la mujer en la captación de las representaciones simbólicas que puede ofrecer la lectura, en el enfoque que planteé en el post titulado Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?: “se conoce muy bien la llamada “lateralidad cerebral” a través de los hemisferios que lo conforman, tal y como lo expresaba la doctora Barral en el encuentro que ya cité en el post Cerebro y género: mitos a desmontar: “los hombres tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo, es decir, el cerebro racional, y las mujeres el área del lenguaje y el hemisferio derecho, que es el que controla la vida emocional. “De eso se ha extraído que las mujeres son más lábiles e impredecibles, lo que ha tenido consecuencias clínicas, como una mayor prescripción de ansiolíticos a las mujeres”. O por ejemplo la constatación siguiente: “Y una aclaración a la lateralidad de los hemisferios cerebrales: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía; “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable”.

La lectura, en definitiva, libera la mente humana y nos hace más inteligentes para comprender la vida. Y no debe ser un proyecto de frustración o de advertencia de peligro latente y manifiesto en las mujeres: “Para esto sirve la ciencia, para descubrirnos las maravillosas posibilidades que nos ofrece el cerebro, a cada una y a cada uno, a pesar de aquellas limitaciones en nuestra conducta, que siempre permanecen en la memoria histórica para nuestra desgracia. Y esa es otra, porque reconstruir la vida y predecir la conducta actual se hace con mucho esfuerzo de romper barreras creadas por los patrones sociales que tanto nos marcan en la vida. Y vamos viendo a través de estos artículos, de estos post, que ser hombre y mujer no tiene por qué llevarnos por unos derroteros poco asimilados y acordes con nuestra forma de ser. Porque contamos con un activo maravilloso: un cerebro bien diferenciado y con un programa genético que solo tiene un hándicap importante, porque todavía no sabe la ciencia como explicarlo de forma que podamos tomar el control pleno de nuestra existencia. Ahí radica el problema del gobierno por parte de los otros. De cualquier “otro”, porque al buen entendedor, pocas palabras bastan. Sinceramente, porque a diferencia del doctor Mazziotta, no creo que defender esta tarea científica sea ya un “proyecto de frustración”.

Creo que el problema de la peligrosidad de la mujer lectora de ficción, de ensayo, de literatura no vinculada con el término “basura” es un mero juego de palabras cargado de intencionalidad teledirigida. Somos conscientes, todas y todos, que estamos hablando de mujeres que utilizan su inteligencia para obtener conocimiento pleno de la realidad circundante y de cómo otras y otros han interpretado la posibilidad de ser diferente y de vivir en un mundo mejor, sin sumisión. Buscando en mis escritos y trabajos realizados en años romanos (2), he encontrado uno que hice sobre la personalidad frustrada de Simone de Beauvoir declarada en su obra “El segundo sexo”, que puede cerrar bien esta hoja del blog, fechada hoy, como un canto ya latente a la potencialidad de ser en el mundo de la mujer inteligente, como capacidad para resolver problemas de la vida ordinaria y recurriendo, por ejemplo, a la lectura en términos de libertad: “Las relaciones madre-hija se abordan también en un clima frustrante: hasta la madre más generosa, en el fondo, no hace más que preparar a su hija para que entre en sociedad, sueña a menudo con vestirla de largo, tiene que hacer de ella “una verdadera mujer”. La frase de Simone “me tomaban por bestia, por cosa”, es muy gráfica para un análisis de sus conflictos y frustraciones a nivel paterno-filial. Lanza de forma velada una tremenda acusación contra la formación sexual que reciben los niños normalmente, reflejada en la historia de Ana, contada por Jung en su libro Los conflictos del alma infantil. Simone toca uno por uno los problemas que se plantean en la convivencia familiar y escolar. El análisis tradicional de la familia es el análisis de su familia. El ámbito de las lecturas de las niñas es también una acusación directa; los cuentos de hadas y los libros de “Mujercitas” son un exponente –según ella- de la infravaloración humana”.

Y finalizaba el trabajo con una reflexión premonitoria: “Es indudable que el análisis de Simone de Beauvoir sobre la infancia, no pasa de ser un análisis monocolor de su infancia, que era también la infancia de la época, década de los años diez y veinte del Siglo XX. Paradójicamente, acepto que muchas reflexiones de ella podrían aplicarse a décadas posteriores, donde la educación sexual (no olvidemos que es u preocupación fundamental en esta obra) ha brillado por su ausencia. Hoy, asistimos a un momento diferente, donde los jóvenes han hecho periclitar el edificio clásico de las inhibiciones y frustraciones sexuales. Bastaría citar el fenómeno registrado en Italia, con la publicación del libro “Porci con le ali”, donde Rocco y Antonia viven una experiencia sexo-política muy similar y donde el vocabulario utilizado para sus expresiones dialécticas, desde el principio y hasta el fin del libro, darían que pensar incluso a Simone. Junto a esta realidad, la formación real hoy es una formación de la calle, de los diferentes clubes, de la filmografía, donde el lenguaje desenfadado manifiesta un epifenómeno muy curioso: la insatisfacción por saturación (…). El problema radicó en que la lectura de “El segundo sexo”, a escondidas, por ser manzana prohibida, facilitó un curso acelerado de formación y de satisfacción de curiosidad, con todos los problemas que podría acarrear a las mujeres lectoras. Hoy, su obra, aporta datos de interés a nivel histórico, pero cualquier manual o revista “avanzada” abre ya los ojos a muchas realidades. Aún así, hay que reconocer la valiente realización de Simone de Beauvoir, su desesperada lucha por encontrar su libertad…”.

N.B.: La portada del libro reproduce una pintura preciosa, Sueños, realizada en 1986 por el pintor florentino Vittorio Matteo Corcos, pudiéndose contemplar en la Galería Nacional de Arte Moderno, en Roma. Según Bellmann, “el tema del cuadro podría ser éste: el verano que se retira ha hecho de una muchacha una mujer dueña de sí misma. La lectura ha contribuido tal vez a este cambio, y la rosa parece haber servido de punto de lectura del libro. La manera enérgica y casi desafiante con que la modelo alza la cabeza muestra en todo caso una cosa: la nostalgia del retorno a la edad de la inocencia no es su problema. El título del cuadro es engañoso: esta lectora no es soñadora”.

Sevilla, 15/VIII/2007

(1) Bellmann, S. (2007). Las mujeres, que leen, son peligrosas. Barcelona: Maeva.
(2) Cobeña, J.A. (1976). La personalidad frustrada de Simone de Beauvoir. Trabajo de doctorado realizado en mayo de 1976, en Roma (sin publicar).

Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

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René Magritte, Le fils de l’homme (1964)

Uno de los primeros fracasos del machismo ibérico fue constatar que la mujer podía conducir, aunque no se le permitiera ni el más mínimo fallo. La primera vez que escuché esta expresión fue en 1970, dirigida a mi tía, que con su 600 recién estrenado sufría este tipo de improperios en la Sevilla de toda la vida. La verdad es que daba igual el sitio, porque toda España era una, grande y atada a estos estereotipos celtibéricos que se exhibían con orgullo rancio. Crecíamos con este lenguaje de la calle, moldeado por siglos de patrones sexistas donde aparentemente todo el mundo “sabía las cosas que correspondían a su sexo”. Y que las mujeres condujeran no estaba entre ellas. Afortunadamente, hemos avanzado mucho sobre esta realidad inexorable, pero todavía quedan restos de las conductas reptilianas, del primer cerebro humano, donde los hombres nos podríamos aplicar el cuento a estas alturas del siglo XXI: ¡reptil tenías que ser!.

Y como entre reptiles hemos crecido, todas y todos sabemos la importancia que tuvo la serpiente desde que éramos niñas y niños. Y una vez más, por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada: ¡mujer tenía que ser!.

Diez líneas de texto son la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (1).

Toda mi generación ha crecido con estas realidades culturales grabadas a fuego, donde la responsabilidad de la mujer era clara: se había dejado tentar por una serpiente porque a partir de ese momento pasaba a ser sabionda, es decir, conocería la causa del bien y del mal, y además fue la que arrastró al hombre para que también “pecara”: ¡mujer tenía que ser! En la corteza cerebral ha pesado mucho esta doctrina durante siglos, a pesar de la elaboración del sistema límbico que ha llevado a mujeres y hombres a manifestar por primera vez, de forma abierta, sus cerebros emocionales, poniendo las cosas en su sitio, incluido paraísos, serpientes y árboles situados en medio de un determinado jardín de la vida que nadie sabe donde está.

Lo que si tengo claro es que cada vez que un hombre asoma la cabeza por la ventanilla de su coche y grita a los cuatro vientos esta frase estereotipada, traduce siglos de vejación de la mujer porque en el subconsciente personal y colectivo, una vez, tan solo una vez, una serpiente convenció a una mujer que podía saberlo todo y ella, paradójicamente, sin encomendarse a Dios ni al diablo, induce al hombre a que también lo haga, condenándose ambos de por vida. Es lo que no me cuadra científicamente, porque de acuerdo con el relato bíblico el único estereotipo que todavía estaría permitido sería el siguiente: ¡seres humanos teníais que ser, para intentar descifrar el mensaje de la vida! A partir de ahora, deberíamos calibrar mejor la importancia de la inteligencia de cada mujer, de cada hombre, para comprender que al igual que la serpiente bíblica, puedo cambiar de forma de ser, me corresponde transmitir vida en todas las manifestaciones posibles y poseo inteligencia en la corteza cerebral para distinguir humildemente entre el bien y el mal a los que estamos, diariamente, obligatoriamente obligados a entenderlos.

Es posible que a partir de ahora, pueda deducir también que el pecado capital de los españoles, por excelencia, el de la envidia, sea una razón nuclear de este estereotipo, porque “Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo” (Sabiduría, 2,24). Ésta es la primera vez que la serpiente del Paraíso, que en el Génesis representaba a la religión cananea, aparece identificada con el Diablo. Y desde entonces esta idea se popularizó y habitó entre nosotros al grito unánime de: ¡hombres y mujeres teníais que ser! para no comprender la quintaesencia de la vida… Por eso no comprendo por qué seguimos diciendo esta barbaridad a las mujeres cuando todo apunta a que la responsabilidad de ser en el mundo y no hacer las cosas bien es, en principio, compartida.

Sevilla, 26/VII/2007

(1) Álvarez Valdés, A. La enigmática serpiente del paraíso. Recuperado de http://www.iglesia.cl/especiales/mesbiblia2006/articulos/enigmatica.pdf, el 25 de julio de 2007.

Estereotipo machista 3: “si no eres para mí, no eres para nadie”.

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Hace años leí un texto de Max Aub que aparecía como fe de erratas de unos cuentos basados en crímenes ejemplares, y que decía de forma metafórica: Donde dice: La maté porque era mía. Debe decir: La maté porque no era mía. Todo el mundo alrededor de Gardel cantaba y bailaba a los cuatro vientos este eslogan del machismo más recalcitrante por mucho que sesudos estudios ensalcen los diversos amores narrados en las letras de los tangos. La realidad inexorable es que todavía suena actual la muerte de la mujer convertida en propiedad privada como una frase recurrente en los últimos episodios de violencia machista. Así lo leía en el periódico digital 20 minutos.es, del pasado 2 de mayo: “«si no eres para mí, no vas a ser para nadie, así que mejor te mato». Con esta crueldad amenazó de muerte a su mujer en Alicante. Tenía orden de alejamiento, pero volvió a casa la misma semana”. Es una verdad incuestionable esta realidad “patrimonial” de la mujer, con una carga histórica y social de marcado interés para este análisis de estereotipos machistas.

Existe un temor desde los albores de la humanidad a que la mujer deje de ser un elemento patrimonial en la vida de los hombres. Una cita clásica de Catón, dejaba bien claro ya en el año 195 a.C. que existían temores subyacentes en el cerebro humano sobre la igualdad hombre-mujer: “Extemplo simul pares esse coeperint, superiores erunt [tan pronto como hayan empezado a ser iguales, serán superiores]. Pero donde tenemos los documentos y vestigios más sofisticados de estas actitudes larvadas en la historia y en la antigüedad clásica los encontramos en la cultura griega: “La razón hay que buscarla en la consideración de la mujer como un ser inferior. Más ¿de dónde viene esta idea? Como no podía ser de otra manera, tratándose de “ideas”, del pensamiento griego, para el cual la forma de actuar de la mujer no se rige por la razón, sino por las pasiones. Veámoslo en algunos de sus principales autores. Sócrates atribuye la inferioridad femenina a su propia naturaleza y a la falta de educación, siendo deber del marido proporcionársela; en el mismo sentido, Platón abunda en la referida subordinación al varón; Aristóteles, basándose en la pasividad de la mujer en la reproducción, justifica su sometimiento social y jurídico en que el macho es más apto para el mando que la hembra, exceptuando algunos casos contra natura y por consiguiente, es necesario que ésta sea tutelada” (1).

Más de veinte siglos después siguen vigentes en muchas estructuras cerebrales estos aprendizajes. ¿A qué es debido desde el punto de vista científico cerebral?. Según McLean, el cerebro humano integra tres subsistemas constituidos: el cerebro básico o reptiliano, el cerebro emocional que compartimos con los mamíferos (sistema límbico), y el neocórtex (corteza cerebral frontal). El cerebro reptiliano hace honor a su nombre de pila obedeciendo siempre su actuación a pautas básicas de conducta, como las relativas a la alimentación, caza, emparejamiento, competición, imitación, dominancia y agresión. Y por su base estrictamente animal, el problema básico es establecer la demarcación territorial donde entra lógicamente la “señalización” de sus hembras: “Este cerebro responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo “no igual” se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (2).

Es muy importante conocer estas paleoestructuras cerebrales para comprender bien por qué se hacen estas manifestaciones tan rotundas. Si el segundo y tercer cerebro humano no han tenido la oportunidad de desarrollarse adecuadamente en algunos hombres, por múltiples razones (hay que recordar que no existen dos cerebros iguales), la tragedia está servida, porque los meros convencionalismos sociales o religiosos (con todos los sacramentos incluidos) no son capaces de “cambiar” la preconcepción de la “mujer” poseída, adobada por rasgos y patrones culturales de gran calado social (la mujer serpiente del Génesis, como causa de tanto mal) y con una “comprensión” casi demencial, esquizofrénica, por parte de muchos hombres, aunque no lo digan en público por miedo a la etiqueta social machista que hoy no está bien vista.

Recuerdo que el “segundo cerebro” proporciona soporte biológico a la vida afectiva. Está representado neurológicamente por el sistema límbico. En este cuaderno he recogido múltiples referencias a este sistema regulador de sentimientos y emociones: el caballo encorvado (hipocampo), la amígdala, el tálamo, el hipotálamo, el tabique transparente, la pituita, las islas de Reil, y el giro cingulado anterior, entre otras estructuras. Vemos también que al final, un cerebro no controlado por la corteza prefrontal, es un vivero de experiencias de agresividad latente y manifiesta. El “tercer cerebro” permite, entre otras cosas, la capacidad de anticipación regulada por la memoria de predicción, a la que también he dedicado artículos de interés científico para toda persona preocupada por la responsabilidad de sus actos cerebrales y la forma en que se tiene que efectuar la consulta sobre comportamientos anteriores en su particular archivo cerebral, personal e intransferible.

En definitiva, si estos dos cerebros no están “controlados” adecuadamente por la corteza cerebral, la realidad es que el desequilibrio entre el cerebro más básico en las personas, el reptiliano, puede llegar a desbordar al cerebro más complejo, la corteza cerebral, sufriendo vaivenes afectivos y emocionales en el cerebro emocional, en una ceremonia de confusión de los neurotransmisores al trabajar en rutas desordenadas del cerebro por las instrucciones que cursa para el habla y la conducta motora agresiva y sin control superior.

Existen muchas causas analizadas o no para explicar estas conductas derivadas del estereotipo machista objeto de este post. No se deben simplificar los análisis, pero en el esfuerzo por abordar de forma didáctica la génesis de estas conductas antisociales de gran carga peyorativa hacia la mujer, es muy importante profundizar las raíces cerebrales para entender que son muchos siglos de historia estructurada de la soledad y la pareja, y muchos millones de años desde que se produjo el punto alfa de la inteligencia humana que permitía comenzar a respetar a la mujer sin los miedos ancestrales de Catón con los que se iniciaban estas Notas de cuaderno digital: tan pronto como [las mujeres] hayan empezado a ser iguales, serán superiores. Yo diría también, independientes. Y eso, los hombres, tradicionalmente, no lo pueden aguantar, dando la razón a Max Aub en su fe de errata existencial, superando al hilo conductor de Gardel: La maté porque no era mía.

Sevilla, 25/VII/2007

(1) Tello Lázaro, J.C. (2003-2005). Sobre la situación de la mujer en la Antigüedad Clásica. Revista de Aula de Letras. Humanidades y Enseñanza.
(2) Universidad Autónoma de Madrid. Unidad de Psicología Médica. (recuperado el 23 de julio de 2007 de: http://www.uam.es/departamentos/medicina/psiquiatria/psicomed/psicologia/tema14.htm#2%20-%20-%20EL%20SUSTRATO%20FISIOLOGICO%20DE%20LA%20AGRESIVIDAD).

Estereotipo machista 2: los hombres no lloran

Yo pensé también un día
que los hombres nunca lloran
porque es una cobardía
que ninguno debe hacer

que por mucho sufrimiento
que haya dentro de sus vidas
en los hombres hay heridas
que nunca se dejan ver

Raphael, Los hombres lloran también (1964)

Sabemos muy poco del llanto. Recuerdo, cuando era niño, que en mi casa sabían cómo provocar sentimientos contradictorios niño/niña para sentirme mal después de una caída en la calle, cuando llegaba a casa llorando porque el dolor era insoportable en las rodillas destrozadas, al grito unánime de varias mujeres que me rodeaban: “¡los hombres no lloran!”. ¡Cuántas veces lo habré escuchado! Y así hemos crecido durante varias generaciones, desde una perspectiva de género muy confusa porque me lo decían las mujeres más queridas en mi vida, porque cuando lloraba mi hermana yo lo veía como lo más natural del mundo y porque cuando había que llorar en común en la clave del Padre Peyton: la familia que llora unida, permanece unida, todas las miradas de mi tía y abuela iban hacia mis ojos como espías impertérritas ante la radio “Philips” que presidía la repisa principal de la sala de estar, lanzando a los cuatro vientos a través de Radio Madrid las voces de las radionovelas, los seriales radiofónicos y los programas del tipo “Ustedes son formidables” y “Operación Clavel”, en los que tenía que reprimir mis emociones y sentimientos para no caer en el ridículo más espantoso. Además, si lloraba, era candidato seguro a ser “mariquita”, cuestión de la que ya estaba advertido por lo que pudiera pasar…, porque al único que se le permitía decir algo en tal sentido era al cantante Raphael (ejem, ejem), en la canción que abre este post: y aunque sea cobardía, cuando se ha querido bien, se diga lo que se diga, los hombres lloran también.

Y lo que puedo asegurar es que lloraba, tragándome las lágrimas de una represión colectiva que no me enseñaba a llorar adecuadamente, porque la preocupación estribaba más en la representación del llanto y casi nunca en su causa. Pesaban más los fárragos que las quintaesencias, en lenguaje casi arcano. Así hemos crecido. Por ello, en esta tarea de deconstrucción del cerebro, me encuentro con una realidad que voy a analizar desde la perspectiva de género. Y como siempre, voy a intentar explicar bien por qué llora el ser humano. Por qué lloramos todas y todos, sin excepción.

Lloramos, porque todos los seres humanos estamos preprogramados para ello. En palabras del Dr. Murube del Castillo, un gran experto en dacriología (dácrion en griego: lágrima), la ciencia que estudia la lágrima: “Hace 280-360 millones de años los peces crosopterigios comenzaron a salir frecuentemente de su medio acuático al terrestre, ya por la presión ecológica de otros animales, ya por vivir en charcas de desecación repetida. Así, surgieron los anfibios, uno de cuyos principales cambios fue la creación de un aparato lacrimal que mantuviese mojada permanentemente su córnea, ya que ésta necesita estar cubierta por una película lacrimal para su correcto metabolismo y para mantener una superficie ópticamente lisa. A lo largo de la evolución de las especies fueron apareciendo muchos cambios en el aparato lacrimal, entre los que están la aparición y perfeccionamiento de un sistema nervioso de conexión, que dio lugar a la lágrima refleja, y de un sistema nervioso de elaboración que dio lugar a la lágrima emocional”. Es decir, la evolución ha llevado a su expresión más desarrollada la estructura cerebral que controla también el llanto de los seres humanos y todos los procesos desencadenantes para su estudio e interpretación científica.

Tres tipologías de lágrima se estudian hoy en la investigación dacriológica: la basal, la refleja y la emocional. La lacrimación basal es la que el ojo produce en circunstancias normales, ejerciendo una función protectora en el globo ocular, de forma que lubrica su superficie, procurando a la córnea oxígeno y nutrientes para su metabolismo y finalmente mantiene en suspensión sustancias relacionadas con la defensa inmunitaria. La lágrima está compuesta en su mayor parte por agua, siendo los otros componentes lípidos y proteínas. La glándula lagrimal principal produce el 95% del componente acuoso de las lágrimas, siendo las glándulas lagrimales accesorias de Krause y Wolfring las encargadas de la producción del resto. La secreción lagrimal refleja es varios cientos de veces superior a la producción basal o de reposo, y está producida por la estimulación sensorial conjuntival y corneal superficial. El estímulo secretor que actúa sobre la glándula es parasimpático y produce secreción refleja en ambos ojos. También existe una lacrimación emocional que se produce siempre a través de una orden cerebral relacionada con determinados estados anímicos.

De acuerdo con el Dr. Murube, “la lacrimación emocional es filogenéticamente muy reciente, y sólo existe en la especie humana. Hay 5 teorías para explicar su aparición, todas basadas en la transformación del lagrimeo en un reflejo condicionado asociado a la angustia del llanto: La compresión de las glándulas lacrimales al comprimir las glándulas con el blefarospasmo del llanto (Darwin 1872), la liberación catártica de un estímulo nervioso por vía parasimpático-lacrimal (Freud 1893, 1929), la humidificación del aparato fonatorio (Montagu 1969), el aclaramiento de productos biológicos liberados a la sangre por la emoción (Frey et al 1983), y la simbolización de la lágrima como manifestación de dolor, derivada de que el derramamiento de lágrima por lagrimeo reflejo se hace siempre asociado a dolor (Murube). La secreción emocional se admitía hasta el presente que se inicia a las pocas semanas o meses del nacimiento. Desde que se descompuso la lacrimal emocional en dos tipos, el de petición de ayuda y el de donación de ayuda (Murube et al 1990a), esta fecha queda asignada a la lacrimación de petición de ayuda, apareciendo la de donación de ayuda al acceso del uso de razón, es decir, entre los 5 y 7 años” (1).

Daniel Goleman, en referencia a la lágrima emocional, sintetizó muy bien el proceso del llanto en su presentación mediática de la inteligencia emocional: “El llanto, un rasgo emocional típicamente humano, es activado por la amígdala y por una estructura próxima a ella, el gyrus cingulatus. Cuando uno se siente apoyado, consolado y confortado, esas mismas regiones cerebrales se ocupan de mitigar los sollozos pero, sin amígdala, ni siquiera es posible el desahogo que proporcionan las lágrimas” (2). Tal y como manifestaba en el post dedicado al gyrus cingulatus, “sus funciones básicas están centradas en proporcionar comunicación continua -es zona de paso y proceso continuo- desde el tálamo hasta el hipocampo, estructuras ya analizadas en la cartografía cerebral que estoy construyendo y que se puede volver a consultar para ir montando este puzle humano de cien mil millones de piezas, ninguna igual. El giro colabora con la memoria emocional, con reminiscencias muy primitivas cercanas al olor, al llanto y al dolor, es decir, esta realidad nos permite constatar que hace millones de años que el ser humano llora, sufre. Es también el lugar de control para el trabajo atencional ejecutivo y esta misma estructura cerebral recibe las aferencias desde las estructuras emocionales en red que se asocian con el malestar humano, procesan las respuestas al estrés y modulan la conciencia, expresión esta última a la que habría que dedicar muchas anotaciones en este cuaderno y que asumo como responsabilidad científica (3). En definitiva, existe una correlación causa-efecto, en el marco emocional de las personas, determinante para llorar. Además, al llorar hacemos una exhibición de lo que somos, siendo uno de los momentos estelares en la representación del llanto que alcanzan las actrices y los actores: “lloran como si fuera verdad lo que está pasando”, solemos decir.

A partir de estos planteamientos básicos, solo queda aceptar la realidad del llanto como patrón de conducta aprendido en la sociedad que rodea a cada persona. La investigación al respecto nació en la década de los años setenta del siglo pasado. En un estudio llevado a cabo en 2004 por el investigador y fisiólogo William Frey, autor del libro Llorar, el misterio de las lágrimas (4), ya se van acercando más hombres y mujeres al llanto común: 64 episodios de llanto como promedio anual para las mujeres y 17 para los hombres, lo que implica un volumen cuatro veces menor de lágrimas masculinas que femeninas. Asimismo, el informe señalaba que los hombres lloran un promedio de cuatro minutos por episodio, mientras las mujeres lo hacen durante seis o más. Pero, aunque, hoy, los hombres lloran sin pudor, los estereotipos de género siguen teniendo un peso decisivo. Al menos eso fue lo que manifestó otro estudio, que comprobó que las mujeres lloran más que los hombres si miran una película emotiva en compañía de alguien del sexo opuesto que cuando lo hacen con alguien del propio (5).

Las pocas veces que al fin pude llorar en mi infancia, recuerdos de Castilla, se interpretaban mis lágrimas con la dura expresión de “¡Lágrimas de cocodrilo!”, que nunca entendí en la razón última de su origen, porque precisamente nunca había podido vincular la firmeza del saurio con una debilidad tan extrema. Entre mujeres y cocodrilos crecíamos para ser personas. Luego supe que esta frase tenía una base cultural importante en nuestro país, porque según el propio Dr. Murube: “En el siglo XIII, Bartolomeu Angelicus escribió que cuando el cocodrilo encuentra a un hombre a la orilla del agua lo mata, si puede, después llora sobre él y, finalmente lo devora». De ahí nació la expresión de «lágrimas de cocodrilo», aquellas derramadas hipócritamente por quien hizo el daño. De todos modos, «hasta hace siglo y medio no se aclaró que la razón no es psicógena, sino de pura fisiología digestiva: el cocodrilo produce poca saliva, por lo que llora para que las lágrimas pasen a la cavidad orofaríngea y le sirvan para lubricar y deglutir el bolo alimenticio».

Siempre me ha impresionado cómo influyen los estereotipos sociales en estas manifestaciones machistas. Aquí en Andalucía tenemos un capítulo en la intrahistoria penosa de la erradicación de las culturas invasoras, cuando solo sabemos de las lágrimas de Boabdil en el “Suspiro del Moro” tal y como nos lo ha contado la historia hasta hoy en palabras de su madre: Llora como mujer lo que no supiste guardar y defender como un hombre. Sin embargo, poco han trascendido sus lágrimas del silencio, en una tumba del pueblo granadino llamado Mondújar. En esa tierra dejó Boabdil los restos mortales de la persona que amó tanto como a Granada, a su esposa Morayma, la mujer que se mantuvo fiel a su lado, que le dio dos hijos y que sufrió en silencio, tanto como él, su vida y reinado desdichado. Un ejemplo clarividente de aprendizaje y estereotipo injusto para la posteridad, de las niñas y niños que lloran en Andalucía.

Sevilla, 15/VII/2007

(1) Murube del Castillo, J. Mesa Redonda, 73 Congreso de la Sociedad Española de Oftalmología – Granada, 1997 (recuperado de http://www.anatomiahumana.ucv.cl/estructura/modulo8.html).
(2) Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós, p. 39.
(3) González, C., Carranza, J. A., Fuentes, L. J., Galián, M. D. y Estévez, A. F. (2001). Mecanismos atencionales y desarrollo de la autorregulación en la infancia. Anales de psicología, vol. 17, nº 2 (diciembre), 275-286.
(4) William H.F. and Muriel, L. (1985). Crying, the Mystery of Tears. Minneapolis: Winston Press.
(5) Diaz Prieto, M. (2004). Los hombres lloran 4 veces menos que las mujeres
Sin embargo, dice un estudio, antes lloraban aún menos. La moda del varón sensible
(recuperado de http://www.unsl.edu.ar/~dospu/archivos/llora.htm, el 12 de julio de 2007).

Estereotipo machista 1: las mujeres hablan como cotorras.

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Figura 1: Mujeres hablando. Luis Garay.

Dentro del epígrafe “Género y vida”, que inicié el 25 de febrero de 2006, voy a intercalar a partir de hoy algunas reflexiones científicas sobre los estereotipos machistas (imágenes inmutables) que tanto pesan en la sociedad española en particular, para sentar unas nuevas bases de respeto a la mujer. Me refiero al sambenito que colgamos en las mujeres desde hace muchos años, en relación con el habla, la conversación permanente y sus derivados, como característica multisecular de la mujer. ¿Qué hay de verdad en ello? El pasado 5 de julio saltó a la prensa mundial un informe científico elaborado en la Universidad de Arizona y publicado en la revista Science (1), con un titular determinante: Las mujeres no hablan más que los hombres. La realidad de las 16.000 palabras que, de promedio, utilizamos diariamente en la conversación ordinaria, muestra un equilibrio entre hombres y mujeres que tiran por tierra tanta afrenta histórica: “Se trata del primer estudio que registra conversaciones naturales de cientos de personas durante varios días y revela que las mujeres utilizan alrededor de 16.215 palabras al día y que los hombres emplean 15.669, una diferencia que en términos estadísticos no es significativa. “Aunque mucha gente cree en el estereotipo de que las mujeres son habladoras y los hombres poco comunicativos, no existen estudios a gran escala que hallan registrado de forma sistemática las conversaciones naturales de grandes grupos de personas en periodos de tiempo amplios”, ha explicado James W. Pennebaker, coautor del estudio” (2).

La investigación analiza las conversaciones grabadas de 396 estudiantes universitarios en edades comprendidas entre los 18 y 29 años, de Estados Unidos y México, incluyendo 210 mujeres y 186 hombres. El estudio no se centra sobre el uso del vocabulario o de las palabras en sí mismas, sino las que se registraban en un reproductor que los investigadores desarrollaron y adaptaron durante el estudio, llevado a cabo entre 1998 y 2004.

Inmediatamente, he recordado la lectura reciente de un libro que ya he comentado en este blog y de lectura obligada para el compromiso de género, El cerebro femenino, que venía a concluir de forma diferente, dando la razón al estereotipo aunque sin la carga peyorativa que se da en la actualidad a la expresión “hablan como cotorras”: “Muchas mujeres encuentran alivio biológico en compañía de otra; el lenguaje es el pegamento que conecta a las mujeres entre sí. No es de sorprender, pues, que algunas áreas verbales del cerebro sean mayores en las mujeres que en los hombres, ni que éstas, en general, hablen mucho más que ellos. Las cifras cambian pero, como promedio, las muchachas pronuncian dos o tres veces más palabras al día que los chicos. Ya sabemos que las niñas hablan antes y que a los veinte meses tienen en su vocabulario el doble o el triple de palabras que los niños (3).

La doctora Brizendine defiende este aserto sobre el desequilibrio en el habla cuando se refiere a la mujer, por el papel que juega el estrógeno en la formación de su personalidad y carácter, activando la oxitocina y los circuitos cerebrales que son sexualmente específicos de la mujer, sobre todo los referidos al habla, el flirteo y los tratos sociales. Se abre así un campo de investigación fascinante para justificar la necesidad de religación, más que la del habla. Y como consecuencia de la necesidad de compartir, surge la realidad del habla. Han sido muchos siglos de soledad para la mujer, desde que el hombre decidió viajar hacer millones de años y descubrir nuevos mundos para realizarse, quedándose siempre la mujer en el territorio de origen, cuidando de la casa, hijos y ganado.

Es importante constatar que en un post que publiqué el 28 de enero de 2007, que llevaba por título Cerebro y género: materia blanca contra materia gris ya dejaba claro que: “Además, la materia gris tiene una responsabilidad dramática sobre el control muscular, las percepciones sensoriales como vista y audición, la memoria, las emociones y el habla. Y no me gustan los chistes fáciles forjados en estereotipos: “las mujeres hablan como cotorras”. Todos podemos hablar como estos simpáticos animalitos, porque todavía no conocemos bien por qué el habla se hace fuerte en el ser humano, aunque tanto se haya escrito sobre este elemento diferenciador de los seres humanos”.

La paradoja surge cuando sabemos también por experiencias científicas recientes que a nuestros antepasados humanoides no les gustaba hablar: “Agradezco a Josep Call que siga trabajando en el Instituto Max Planck de Antropología de la Evolución de Leipzig. Está demostrando a través del lenguaje cómo desde España y desde Cataluña, su país natal, un ser humano puede volver a su territorio natural a contarnos cómo a los chimpancés, por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse”. Sin que nos pese tanto cargar las tintas sobre quien habla más, si el hombre o la mujer. A pesar de los tiempos que corren, que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo.

Tal y como concluía al comienzo de mis publicaciones sobre Mujer: género y vida, merecería la pena poner freno a los estereotipos como éste, cargados de un magma social e histórico que solo se puede justificar porque hace solo “doscientos mil años que la inteligencia humana comenzó su andadura por el mundo. Los últimos estudios científicos nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. Hoy comienza a saberse que a través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado. Los africanos, que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates, a través de una curiosa proteína denominada “reelin”. Y las mujeres quedaban a la espera de un regreso jamás anunciado, hablando con las demás mujeres, porque no cazaban, porque no recolectaban, porque desde hace millones de años las mujeres ocupaban un puesto diferente en el mundo (4).

Hay que tener cuidado con los estereotipos que perjudican a la mujer y la rodean de formas de ser que no tienen casi nunca bases científicas, sino solo el peso negativo de la historia social que solo el propio cerebro humano puede salvar. Esta es la razón última para iniciar este tipo de publicaciones: de esta forma “podríamos formar, por tanto, una célula de arranque, bajo la denominación de “género y vida”, con carácter virtual, en la red, del que formáramos parte aquellas personas que creemos en el proyecto de que la mujer es una realidad de persona en el mundo sin más diferencia que las meramente anatómicas y fisiológicas que, por cierto, es patrimonio universal de cualquier ser inteligente. Posiblemente, llegará el día, como decía Saramago en el acto de nombramiento como hijo adoptivo de Granada, el pasado 3 de febrero, en el que las mujeres aplaudirán desde las aceras una manifestación de hombres -y solo hombres- proclamando la nueva realidad de las mujeres libres de la esclavitud ética, psíquica y social del machismo ibérico, demostrada por una violencia de género que suma y sigue como si no pasara nada en el cálculo de la muerte”.

Sevilla, 13/VII/2007

(1) Mehl, M.R., Vazire, S., Ramírez-Esparza, N., Slatcher, R.B., and Pennebaker, J.W. (2007). Are Women Really More Talkative Than Men? Science 6 July, 317: 82
(2) Europa Press (2007, 5 de julio) Las mujeres no hablan más que los hombres. Un estudio de la Universidad de Arizona publicado en ‘Science’ acaba con el tópico. El Pais.com.
(3) Brizendine, L. (2007). El cerebro femenino. RBA: Barcelona, p. 58.
(4) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital, p.15.