Educación para la ciudadanía, para ESO (IV)

Entre los tesoros que guardo en mi Nooteca particular, están dos palabras que las aprendí en latín: esto fidelis, sé fiel, y las he vuelto a recordar ahora, porque me debo a la tarea comprometida de analizar algunos contenidos contemplados en textos de Educación para la ciudadanía, que he comprado expresamente para no hablar de memoria sobre un asunto que me preocupa desde el rol de ciudadano. Suelo ir con frecuencia, de la mano de Miguel Hernández, de “mi corazón a mis asuntos”.

EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS
Fotograma de El Club de los poetas muertos

He seguido leyendo atentamente las ocho Unidades que me quedaban por analizar del texto publicado por Santillana. En los dos post anteriores, me he detenido expresamente en sus contenidos por varias razones: su importancia didáctica, sus claves de conocimiento y acción y, sobre todo, por intentar leerlos con atención suficiente para vislumbrar “desviaciones” que hicieran sospechar que estábamos ante un nuevo Catecismo “ideológico” ó Cartilla de Urbanidad para salvar “el Régimen” de hoy (recuerdo los que yo sí estudié, sin ir más lejos), según una parte de la Iglesia oficial y de algún partido político, en particular y de determinadas asociaciones llamadas “a-confesionales” y “a-políticas” . Nada de nada. A partir de la Unidad tercera, sobre las relaciones humanas, pasando por el pluralismo social, la igualdad entre hombres y mujeres, la política y el bien común, el consumo y el desarrollo sostenible, la convivencia ciudadana, la ayuda al desarrollo y la construcción de la paz, transmiten todas ellas, bajo la misma metodología que expliqué en el post dedicado a la Unidad primera, un contenido perfectamente asumible por cerebros lógicos y razonables, libres sobre todo de los prejuicios que continuamente se analizan como modos incorrectos de abordar la convivencia, palabra que aparece siempre como hilo conductor del texto.

Entrando en los contenidos que hoy se podrían denominar –con permiso de la escolástica- “cuestiones en discusión”, las posiciones de las autoras del texto son de una prudencia benedictina. La posición abierta y sensata sobre la familia, la sociedad intercultural, el análisis de los prejuicios contra lo diferente, las tribus urbanas, el derecho a ser iguales pero diferentes, el papel de la mujer a lo largo de la historia (con una declaración exacta de que en España existen desigualdades como por ejemplo la diferencia salarial), los estereotipos femeninos (sobre los que he escrito algunas reflexiones en este cuaderno de inteligencia digital), la violencia contra la mujer, la participación en la vida política y pública, la importancia de los impuestos, los problemas derivados del desarrollo, el consumo responsable, los atentados contra la convivencia, el comportamiento irresponsable en la circulación vial, la relación alcohol y tráfico, la distribución real de la riqueza junto a la identificación real de los auténticos pobres y, por último, como colofón de esta escuela de principios de convivencia para ser ciudadanas y ciudadanos responsables, el análisis de la realidad de un mundo sin paz, de la violencia armada, del derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, son un conjunto de contenidos impecables para unos docentes que se comprometan profesionalmente con la asignatura y que permiten respetar la ética de origen (“el suelo firme de cada una, de cada uno” según Aranguren), de cada adolescente en su rol de alumna ó alumno de la asignatura.

Termina la última Unidad en la página 147, dedicada a la construcción de la paz, con un texto extraordinario de Manu Leguineche (Los ángeles perdidos), al que también cedo la palabra como colofón de este post, como homenaje explícito a un demócrata al que conocí en Madrid, en 1983, en un encuentro personal a dos, verdaderamente apasionante y que se emocionará seguro al saberse leído por adolescentes de toda España, como ejemplo y elemento integrador para la ciudadanía responsable que tanto ha defendido:

Las dictaduras, de cualquier signo que sean, soportan mal a los jóvenes porque su sed de justicia les lleva a pedir algún cambio, a exigir la verdad, a pedir lo imposible. Nadie podía detener una idea cuya hora había llegado. Lo malo es que en ocasiones los adultos empujan a los niños hacia malas causas. Hitler pedía «una juventud violenta, dominadora, valiente y cruel, con el brillo en los ojos de la bestia feroz». Para Gandhi, «la paz empieza por los niños». Lo que empieza, más que nunca estos últimos años, es la guerra. En una guerra la primera víctima es la inocencia. Y es verdad. El niño es una mercancía valiosa, seductora, evocadora; enternece, sacude conciencias, produce dividendos. La radio de Irán de Jomeini repetía el lema: «Que ninguna escuela se quede sin la felicidad de hacer la guerra». Hasta que los ayatolás comprendieron que el precio que habían pagado era demasiado alto. En 1959 la Declaración de Derechos del Niño de las Naciones Unidas establecía que la «humanidad debe dar al niño lo mejor de sí misma».
No hace falta que el niño vaya a la guerra o sea sumergido en ella y en sus desastres: basta con echar un vistazo a las estadísticas de malos tratos en los hogares de Occidente. «Para desarrollar su personalidad, el niño debe estar rodeado de afecto»
.

Y la última palabra se ofrece a las alumnas y alumnos, para que reflexionen, a la luz de este texto, “¿de qué manera contribuyen las acciones de la gente ordinaria a construir una sociedad más justa y en paz?”. Me encantaría, al finalizar esta asignatura, conocer sus respuestas, porque estoy convencido que en sus vidas, también ordinarias, habrán comprendido mejor como ciudadanas y ciudadanos de pro que el afecto siempre va unido a estar bien consigo mismo y con los demás. Además, comentarán que “eso lo decía Leguineche, el de la última página… ¿te acuerdas?”. Misión cumplida. Carpe diem.

Sevilla, 8/IX/2007

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