Inteligencia digital (II): memoria, recuerdos y cliques

“Pues bien, oí decir que vivió en Egipto en los alrededores de Náucratis uno de los antiguos dioses del país, aquél a quien le está consagrado el pájaro que llaman Ibis. Su nombre era Theuth y fue el primero en descubrir no sólo el número y el cálculo, sino la geometría y la astronomía, el juego de damas y los dados, y también las letras. […] Pero una vez que hubo llegado a la escritura, dijo Theuth:”este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y aumentará su memoria .Pues se ha inventado como un remedio de la sabiduría y la memoria”. Y aquél [Thamus] replicó: “Oh, Theuth, excelso inventor de artes, unos son capaces de dar el ser a los inventos del arte, y otros de discernir en qué medida son ventajosos o perjudiciales para quienes van a hacer uso de ellos. Y ahora tú, como padre que eres de las letras, dijiste por cariño hacia ellas el efecto contrario al que producen. Pues este invento dará origen en las almas de quienes lo aprendan al olvido, por descuido de la memoria, ya que los hombres, por culpa de su confianza en la escritura, serán traídos al recuerdo desde fuera, por unos caracteres ajenos a ellos, no desde dentro, por su propio esfuerzo. Así que, no es un remedio para la memoria, sino para suscitar el recuerdo lo que es tu invento. Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos.”
(PLATÓN. Fedro. Traducción de Luis Gil)

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Thot. Dios egipcio representado como un hombre con cabeza de Ibis. Imagen obtenida de Faulkner, Libro de los muertos, pl. 3 (recuperada de http://www.ancient-egypt.org/index.html, el 13 de octubre de 2007).

He leído muchas veces el texto anterior de Platón, un diálogo extraordinario entre Thot y Thamos, que simboliza la irrupción de la palabra escrita en nuestras civilizaciones humanas. Se dice que la escritura hará más sabias a las personas y aumentará su memoria. Y establece la diferencia entre recuerdo y memoria, argumentando que el recuerdo es algo que se produce por un estímulo exterior, la escritura, la palabra, mientras que la memoria es el resultado de una elaboración interior de cada persona. Siempre me ha provocado una reflexión de silencios ante la explosión de las palabras, de los signos externos, de las construcciones digitales, ceros y unos. Y estando en esta di-versión [sic] pascaliana, leí con atención estas palabras externas: “Las estrellas del pop olvidan las letras de las canciones, las reinas de la belleza echan a perder las entrevistas durante los concursos; todo el mundo experimenta averías momentáneas en el cerebro y lapsus de memoria. Pero, ¿por qué culpar a las víctimas? Son solamente el producto de una cultura que no favorece el desarrollo de la capacidad memorística”.

Así comenzaba un artículo reciente en El País, que me causó bastante impacto, En la era digital, la memorización se está extinguiendo (1), no por ser un asunto desconocido, sino porque es una contradicción más que se debe abordar científicamente por el dualismo que plantea con los avances que más adelante voy a exponer y donde la cultura y el ambiente, en definitiva, pueden marcar patrones de conducta para la memoria y para su gran exponente excitador, pre y post sináptico, de las acciones humanas: el recuerdo. Y prosigue el autor: “Se ha vuelto fácil olvidar cómo enseñar a los jóvenes a recordar. El ideal victoriano del conocimiento enciclopédico ha desaparecido. Con la actual explosión de información, nadie podría saberlo todo. Además, nadie se siente motivado para saber siquiera un poco, y desde luego no por la vía de memorizarlo. Conforme aumenta el espacio de almacenamiento en los chips del ordenador, el almacenamiento humano de datos mengua. Con los teléfonos móviles, ya nadie se sabe los números de teléfono. Los mecanismos de búsqueda en Internet se multiplican, y las cosas que antes confiábamos a nuestro cerebro, las tenemos ahora en las puntas de los dedos siempre que seamos capaces de recordar las contraseñas”.

En este marco tan contradictorio desde el punto de vista digital y de su inteligencia asociada, recordé, ¡menos mal!, que en marzo de 2007 escribí un post sobre la sede de las memorias humanas, de los recuerdos y de las cliques, el caballo encorvado, es decir, el hipocampo, que he consultado muchas veces porque estaba planteado como un compromiso científico permanente para la investigación de una de las estructuras más espectaculares en la sede de la inteligencia digital: “ya sabemos que no cabalga solo en el cerebro. Dijimos que integraba tres estructuras. La primera, la fascia dentada, es una circunvolución (elevación redondeada) que recibe aferencias (fibras que traen y llevan) desde la corteza entorrinal (que recibe dopamina y la proyecta hacia el hipocampo). La segunda, el hipocampo propio o cuerno de Ammon, es el hipocampo por definición, la estructura más antigua. Está dividido en tres áreas, formadas por células piramidales donde las dendritas juegan un papel fundamental en la neurotransmisión de naturaleza glutamatérgica. Por último, la tercera, el subiculum, como zona de transición entre el hipocampo y el giro parahipocámpico de la corteza temporal, la corteza de tres capas que rodea al hipocampo. Y la corteza entorrinal, área que se encuentra dividida en seis capas corticales bien definidas. Es responsable del tráfico interno en todas las áreas del hipocampo y de la mayor entrada de fibras en el mismo”.

Como el movimiento se demuestra andando, he rescatado de mis recuerdos una lectura reciente sobre la investigación que ha llevado a cabo Joe Z. Tsien, Profesor y Director del Centro de Neurobiología de Sistemas, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston, especialista en Código Neural y Bases Moleculares de los Procesos de la Memoria, sobre el código de la memoria en ratones muy inteligentes, junto a otra publicación base de la anterior (2). En este artículo, el autor plantea una hipótesis de trabajo e investigación muy importante: “La neurociencia lleva decenios esforzándose en desentrañar el proceso de formación de los recuerdos. Ahora, combinando un sistema de experimentos con análisis matemáticos de gran alcance y una capacidad de registrar simultáneamente la actividad de más de 200 neuronas en ratones despiertos, mis colegas y yo hemos descubierto, lo que creemos es el mecanismo básico por el cual el cerebro dibuja la información vital de sus experiencias traduciendo esa información en recuerdo. Además nuestros resultados indican que un flujo lineal de señales a partir de una neurona a otra no es bastante para explicar cómo el cerebro representa opiniones y memorias, por lo que la actividad coordinada de poblaciones grandes de neuronas es necesaria”. Estas agrupaciones neuronales se las denomina coloquialmente “cliques”, interpretando así el término que se utiliza en sociología y antropología para estudiar agrupaciones humanas en base a medidas de cohesión, derivando en un algoritmo mediante el cual se conocen los diferentes grupos a los que pertenece un actor.

Con este punto de partida “es viable estudiar la organización jerárquica que opera en la fijación de recuerdos para convertir series de impulsos eléctricos en percepciones, conocimientos y conductas. Se trataría de un código neural universal, un conjunto de reglas de que se valdría el cerebro para identificar y organizar las experiencias somáticas. Se han traducido en código binario registros de la actividad de agrupaciones neuronales. Tal digitalización de señales cerebrales podría sentar las bases de un libro de claves de la mente: un instrumento de catalogación de pensamientos y experiencias, que se compararían luego entre individuos y quizás entre especies” (3).

De las experiencias llevadas a cabo hasta ahora con ratones “sabios” (Doogie), para conocer a fondo el papel que desempeña en el hipocampo, sede la memoria y de los recuerdos, se deduce que los sucesos traumáticos fijan unos patrones de conducta que siempre se recordarán por el sujeto que los sufra. En el lenguaje coloquial se exterioriza esta sensación memorística de la siguiente manera: “lo que me ha ocurrido no se me va a olvidar jamás”. Y es verdad, porque aquella situación traumática que tanto nos perturbó anímicamente nunca se logra desterrar de nuestros pensamientos, de nuestra memoria. Y ya se sabe una posible razón de por qué ocurre: la experiencia en laboratorio consistió en someter a estos ratones “inteligentes ó superdotados”, valga la expresión, a duras pruebas tasadas en relación con simulaciones de terremotos, ataque inesperado de animales inhabituales ó caídas en picado de ascensores con pérdida de control individual. Se registró la actividad individual de hasta 260 neuronas de la región CA1 del hipocampo, mediante técnicas de análisis múltiple discriminante (AMD) y con una duración temporal en series que permitía recoger datos momento a momento (medio segundo de duración de cada toma). Esto permitió detectar cuatro globos nítidos de actividad que eran constantes en las pruebas: estado de reposo cerebral, estado asociado al terremoto, un tercero asociado al soplido dorsal (ataque de un animal) y el cuarto y último, al desplome del ascensor.

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Figura que representa la organización jerárquica de la memoria mediante codificación neural basada en cliques (cfr. artículo recogido en la nota (2), p. 52).

Además, de detectó también algo extraordinario: “las pautas de actividad asociadas a esas experiencias impactantes se repetían de forma espontánea a intervalos que oscilaban entre segundos y minutos después de acontecido el suceso real. Esos “ecos” exhibían una trayectoria similar (incluida la forma geométrica característica), aunque de amplitud menor que la respuesta original” (4). Los ecos responden probablemente a evocaciones de lo ya experimentado, fenómeno que abre unas expectativas extraordinarias para la evocación de recuerdos alojados en la memoria, en el hipocampo, en determinadas cliques del mismo.

Hasta aquí la exposición breve (no es una metáfora) de una interpretación actual de hasta dónde puede llegar la inteligencia digital en relación con la memoria y los recuerdos. Quedan muchas preguntas por contestar, pero es el mismo autor el que llega a decir: “Algún día, ordenadores y máquinas inteligentes, equipados con sensores refinados y dotados de una estructura lógica semejante a la organización categorial de las unidades codificadoras de recuerdos del hipocampo podrían no limitarse a remedar las facultades humanas y, quién sabe, si superar nuestra capacidad para afrontar situaciones cognitivas complejas”. En esta tarea científica apasionante estamos dedicando esfuerzos muchos investigadores, en áreas muy diversas, en la búsqueda de las claves de la vida humana, con un fin absolutamente lógico: alcanzar la felicidad en el día a día porque lo que sí sabemos ya es que no se justifica para nada que tengamos que vivir, que estemos obligatoriamente obligados a vivir, en un valle de lágrimas, de recuerdos y de memorias históricas insufribles: “Además, el procesamiento en tiempo real de códigos de memoria cerebrales podría, algún día, permitir la descarga directa de recuerdos en un ordenador, para su almacenamiento digital permanente”. De esta forma podríamos llenar nuestras estanterías del olvido con tarjetas de memoria entre las que podría aparecer la siguiente etiqueta: Mis sufrimientos en 2007. The End (por ahora), porque el sufrimiento como el saber, hasta ahora, no sabemos si ocupa lugar en el cerebro ¡Pero tenemos tan poco sitio…!

Sevilla, 15/X/2007

(1) Lyn Bader, J.(2007, 29 de septiembre). En la era digital, la memorización se está extinguiendo. Conforme aumenta el espacio de almacenamiento en los chips disminuye el humano. El País.com.
(2) Lin, L., Osan, R., Tsien, JZ. (2006) Organizing principles of real-time memory encoding: neural clique assemblies and universal neural codes. Trends Neurosci.: 2006 :48-57.
(3) Tsien, J.Z. (2007). El código de la memoria. Investigación y Ciencia, Septiembre 2007, p. 22.
(4) Tsien, J.Z., ibídem, p.25.

Un comentario en “Inteligencia digital (II): memoria, recuerdos y cliques

  1. Gabriela Polanco dijo:

    Jose Antonio, me parece genial, pensar, en lograr acumular las memorias y los recuerdos negativos en un disco dentro del cerebro y no volverlos a sacar para nada, o solo cuando tienes ganas de llorar o enojarte.
    Parece que a nuestro cerebro le gusta sufrir!!! No habría forma de guardar y sacar a flote, más seguido las experiencias alegres, amables, hermosas, verdaderas y amorosas??? Yo, estoy en esa búsqueda.

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