Cerebro y placer musical: endorfinas en la mente

Déjate llevar, por las sensaciones
Que no ocupen en tu “vía”, malas pasiones

Esa pregunta que te haces sin responder
Dentro de ti está la respuesta para saber
Tú eres el que decides el camino a escoger
Hay muchas cosas buenas y malas, elige bien
Que tu futuro se forma a base de decisiones
Y queremos alegrarte con estas canciones

Fragmento de Ahí estas tú, Chambao, en Endorfinas en la Mente, que tantas veces ha promocionado el fondo de Andalucía en un anuncio institucional

Dedicado a una persona muy próxima, a quien tanto quiero…, sabiendo que hoy tengo cuarenta y siete razones para compartir estas experiencias.

Estoy escuchando en este momento el Andantino del Concierto para flauta y arpa (K. 299) de Mozart, ejecutado por la Filarmónica de Viena, bajo la batuta de Karl Böhm ¿En cuantas ocasiones he sentido sensaciones placenteras al entrar la flauta junto a la orquesta en compases que al menos, en mi caso, me producen sensaciones placenteras, auténticas emociones y sentimientos asociados? Y como estudioso del cerebro en un modesto laboratorio digital, me he preguntado muchas veces cómo se producen estas reacciones a un estímulo tan concreto y tan personal e intransferible.

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Vuelvo a escucharlo otra vez: “El Andantino central es una página maravillosamente melódica, decorativa y sensual, pero no exenta de emoción” (1). Son ocho minutos y quince segundos de sensaciones múltiples, incluso con la casi imperceptible entrada del arpa a los cuatro minutos de esta maravillosa interpretación, los diálogos posteriores entre los dos instrumentos, un minuto después, con una parte final en la que la orquesta da paso de nuevo a la flauta que de forma pausada y con gran virtuosismo deja que la acompañe el arpa en una conjunción que como trinos de pájaros libres deja entrever que el final está próximo, pero sola, inmensamente sola, con acordes de orquesta que rubrican el compás recurrente de esta composición, un encargo para el Duque de Guines (flauta) y su hija (arpa), embajador de Inglaterra en Francia, que Mozart nunca cobró.

Pero, ¿dónde se sitúa el centro neurálgico de estas sensaciones? Ya se sabe desde las ciencias del cerebro que la base de estas relaciones estímulo-respuesta se encuentra en la glándula pituitaria, que es una superestructura del sistema endocrino con responsabilidades directas en la regulación del tráfico de los neurotransmisores directamente relacionados con estas sensaciones derivadas de la música: las endorfinas y la adrenalina, dado que ejerce un control férreo sobre ocho glándulas endocrinas, una de las cuales está directamente implicada en este proceso: la adrenocorticotrópica (ACTH), pero en el contexto de una sinfonía hormonal (nunca mejor dicho) junto a las siete restantes: “Esta glándula [la pituitaria] está unida al hipotálamo a través de fibras nerviosas y está formada por tres secciones: el lóbulo anterior, que representa el 80% del peso de la glándula, el lóbulo intermedio y el lóbulo posterior. El lóbulo anterior produce la hormona de crecimiento, la prolactina, que estimula la producción de leche materna después de dar a luz, la adrenocorticotrópica (ACTH) [objeto de este post], que estimula las glándulas adrenales, la estimulante de la tiroides (TSH), la folículo-estimulante (FSH), que estimula los ovarios y los testículos al igual que la luteinizante (LH), también presente”.

Las endorfinas, también reconocidas como péptidos opioides (pequeñas proteínas), se clasifican en tres familias, encefalinas, dinorfinas y ß-endorfina, siendo este último grupo el de más importancia clínica debido a su gran potencial analgésico, habiéndose demostrado científicamente que de manera natural su producción es más intensa cuando sufrimos dolor. También, porque inhiben temporalmente otras conexiones que probablemente “recuerdan” la falta de placer. Se ha demostrado recientemente en estudios sobre los “escalofríos musicales” que “La liberación asociada de endorfinas –opiáceos internos- potencia, además, la memoria. Nuestro cerebro señala los cambios acústicos importantes en el entorno –posiblemente desde el alba de nuestra evolución-, que producen encogimiento y los graba en la memoria; piénsese en los ruidos de sospechosos de un depredador que se acerca sigiloso. En este escenario comenzaron los hombres más tarde a colocar, como jugando, semejantes estímulos escalofriantes de la música” (2). Es decir, automáticamente, la liberación de endorfinas busca desesperadamente recuerdos en el sistema límbico, en la memoria, para “asociar” efectos placenteros o displacenteros de completud ó incompletud, derivándose sensaciones en uno ú otro sentido. Es normal que en relación con la música volvamos a escuchar insistentemente determinadas composiciones ó fragmentos, de cualquier género, porque nos recuerda momentos transcendentales de nuestra vida, con un objetivo muy claro: buscar y encontrar placer.

Vuelvo a escuchar a Mozart. Probablemente no, realmente, porque lo tengo asociado a momentos de bienestar y bien-ser que se activan en el momento que la flauta y el arpa están acompañándome. ¿Efecto Mozart? Probablemente, efecto cerebral, personal e intransferible de mi central pituitaria. Una maravilla.

Déjate llevar, por las sensaciones
Que no ocupen en tu “vía”, malas pasiones

Esa pregunta que te haces sin responder
Dentro de ti está la respuesta para saber
Tú eres el que decide el camino a escoger
Hay muchas cosas buenas y malas, elige bien
Que tu futuro se forma a base de decisiones
Y queremos alegrarte con estas canciones

Sevilla, 29/I/2008

(1) Reverter, A. (1999, 2ª ed). Mozart. Barcelona: Península, p. 89.
(2) Altenmüller, E, Grewe, O., Nagel, F y Kopiez, R. (2008). Escalofrío musical. Mente y Cerebro, Enero/Febrero, p. 18-23.

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