¿Personas o programas?

ELECCIONES ANDALUCIA
El ideal democrático es la fe, continuamente puesta a prueba, en que los hombres y mujeres corrientes puedan elegir adecuadamente a aquellos que van a gobernar en su nombre, y en que aquellos que elijan puedan gobernar con justicia y compasión.

Michael Ignatieff, Fuego y cenizas

Se acerca el día de las elecciones al Parlamento de Andalucía. En la situación actual, surgen muchas preguntas a la hora de preparar ese momento transcendental de depositar en la urna -que no echar- la papeleta verde con la lista de personas que representan al partido elegido. La mayoría son grandes desconocidas, salvándose solo las que identificamos a través de los medios de comunicación.

El dilema está servido. Es una dialéctica muy importante a dirimir porque el marco electoral actual de listas cerradas no permite elecciones directas mediante procesos de primarias u otros más representativos. Sólo se permite la confianza en los aparatos de los partidos y en su militancia de acuerdo con sus correspondientes estatutos.

El contexto político actual cuestiona mucho a las personas que ejercen la política y ostentan cargos orgánicos y representativos. El problema radica en que no se debe generalizar porque parto de la base de que todos los partidos políticos no son iguales, ni sus militantes y representantes tampoco. A la hora de decidir prefiero decantarme por el programa más acorde con mi ideología y, sobre todo, mis creencias, porque no son inocentes. Ahora está casi mal visto hablar de derechas o izquierdas e incluso algún dirigente muestra actitudes vergonzantes al respecto, pero en este país está muy clara esta división marcada por la historia. Otra cosa es que se generalice de forma extrema y se piense que uno u otro no pueden hacer nunca nada destacable. Craso error. Lo que sucede es que aquí sí entran en liza los programas, porque nunca son iguales. En ellos se muestran las ideologías y las opciones a favor de la igualdad y la solidaridad o los que priman de forma manifiesta a los que más tienen. También, suele ser un buen índice de opción política las posiciones en los programas respecto de educación, salud y bienestar social, así como en la recaudación de impuestos para blindar los pilares de la democracia garantista de derechos y deberes ciudadanos. Porque los programas políticos no son inocentes.

En esta tarea estoy. Vuelvo a publicar los programas de los siete partidos con opciones de obtener representación política en el Parlamento andaluz(por orden alfabético):

Ciudadanos
Izquierda Unida-Los Verdes-Convocatoria por Andalucía
Partido Andalucista
Partido Popular
Partido Socialista
Podemos
Unión Progreso y Democracia

Voy a identificar la relación más acorde del programa que elija con mis principios, porque no tengo otros obviando la famosa recomendación de Groucho Marx (Éstos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros…). Persigo sobre todo que le guste a mi alma de secreto y la de todos. Los políticos que representen finalmente mi opción programática y de creencias, procuraré seguirlos de cerca para participar activamente en la consecución de sus objetivos. Si no los cumplen, entendidos como resultados pretendidos, ejerceré la denuncia pública por canales democráticos, porque pertenezco al Club de las Personas Dignas, que cada día necesita más miembros activos para denunciar, mediante la política participativa, los silencios cómplices que tanto daño hacen a la democracia.

Sevilla, 13/III/2015

Hay que utilizar el cerebro para afrontar la crisis

AGORA TALENTIA

Todos y todas hablamos de la crisis que nos rodea (del latín crisis, y éste del griego krisis, juicio, decisión), que nos cerca en el día a día. Como miembro activo de la Noosfera, he localizado en 0,04 segundos “187.000.000 de crisis” [sic] en Google, a las 21 horas y 26 segundos del sábado 7 de febrero de 2009, es decir, existen ciento ochenta y siete millones de búsquedas en Internet en las que figura, de una ú otra forma, la palabra “crisis”. Si quieren, es un juego de palabras, pero su alcance es muy importante: la palabra interesa mucho al mundo Internet. Esta oferta es desbordante. Yendo a territorios más próximos, descubro que cuando concreto la búsqueda mediante la expresión “la crisis en Andalucía”, la localización se reduce a 904.000 resultados, en el argot de Google. Y siguiendo el discurso de detective digital, busco algunas respuestas científicas en el afrontamiento de esta realidad, la crisis, intentando centrar posibles respuestas a la misma en las estructuras cerebrales, encontrándome con “resultados” esplenderosos, más de un 1. 530.000 y con una búsqueda atractiva, localizando una referencia que me parece sugerente en los tiempos que corren: Cerebro contra crisis, eje del foro mundial del talento. Solucionar la crisis utilizando el cerebro (Ésta es la meta del Primer Foro Mundial ‘Ágora Talentia’ [http://www.agoratalentia.es/], organizado por el Gobierno de Navarra, que se celebrará los días 11 y 12 de febrero en Baluarte. En este encuentro bienal, unos 350 expertos internacionales en diferentes ámbitos ofrecerán un ciclo de conferencias seguido de un debate. El objetivo es el desarrollo del talento como herramienta para “cambiar el modelo económico”, dijo Enrique Mulder, comisario del foro. Una de las claves para conseguirlo es “ver cómo interactúan empresa, familia, sociedad y escuelas y conseguir que haya una mayor coordinación entre estos agentes”, comentó Mulder. “En la globalización, no se consigue prosperar a través de materias primas, tecnología, sino por la inteligencia humana”, afirmó. Sir Ken Robinson, un líder mundial en la educación y los negocios, Richard Florida, escritor y columnista del New YorkTimes, y Sam Lipson, director de Salud Ambiental de Cambridge serán algunos de los expertos invitados).

Me ha sobrecogido un posible conductor del encuentro: Solucionar la crisis utilizando el cerebro. Estoy plenamente de acuerdo con este desideratum: tenemos una oportunidad en la nueva era que se abre paso en el mundo convulso: recurrir al cerebro, a la inteligencia aplicada, como estructura integradora de la búsqueda de soluciones a la crisis. Basta una lectura pausada de la importancia del conocimiento, del principal recurso humano para abordar este desorden mundial, para comprender que es muy probable que se produzca una convulsión en el mercado de los valores del mercado, valga la redundancia, descubriendo que el cerebro humano es el único recurso capaz de ordenar el caos real en el que se desenvuelve el mundo, a trancas y barrancas. Y el secreto no está en el dinero, en sí mismo, ni en la producción, sino en la nueva forma de entender la inteligencia que se muestra como talento para resolver los problemas latentes y manifiestos. Y, obviamente, recomiendo la lectura pausada de los post que he escrito a lo largo de tres años en este cuaderno de derrota, dedicados a las estructuras básicas del cerebro, para comprender de forma sencilla por qué es la base de la inteligencia que nos permite ser más libres, controlar cualquier tipo de crisis y situarnos ante el gran dilema de la felicidad humana: conocer la existencia y tener libertad para tomar decisiones. Conocimiento y libertad para dar respuesta a la crisis, a cualquier crisis, que nuestros antepasados del país siempre entendieron desde 1729 como “el juicio que se hace sobre alguna cosa, en fuerza de lo que se ha observado y reconocido acerca de ella” (RAE A 1729 (Pág. 661,1).

Lea el programa del encuentro citado anteriormente, sobre talento en la era de la crisis del conocimiento. Los “resultados” del mismo, próximamente en este salón virtual, una vez que se clausure el Foro y sepamos, por ejemplo, que el futuro depende del talento propio y asociado, porque la solución a la crisis está mas cerca de lo que a menudo creemos, porque quizá vive en la puerta de al lado… Desde luego, en nuestro cerebro individual y conectivo, en un descubrimiento que puede durar un milisegundo vital. También, mediante la inteligencia digital en la aldea global.

Sevilla, 7/II/2009

Duelo y cerebro

El núcleo accumbens, principal estructura cerebral que interviene en el proceso de duelo (imagen recuperada, de http://thebrain.mcgill.ca/flash/i/i_03/i_03_cr/i_03_cr_que/i_03_cr_que.html, el 23 de agosto de 2008)

Desde el 20 de agosto, estamos asistiendo a un proceso de duelo permanente por las víctimas del accidente sufrido por el avión de la compañía Spanair, en el vuelo JK 5022. Todas las interpretaciones en torno al desgraciado suceso están rodeando los mecanismos de defensa del ser humano, centrados en el fenómeno de duelo, fundamentalmente el que protagonizan los principales afectados, es decir, los familiares y principales allegados de las personas que han fallecido en el mismo. También, el que desarrollan los profesionales que intervienen en grandes catástrofes, porque tienen que elaborar de alguna forma el retorno a lo vivido tan próximo y dar rienda suelta a los sentimientos y emociones que han experimentado y grabado en cada hipocampo personal e intransferible de forma tan dramática. El duelo es un proceso muy desconocido, con sede en una estructura cerebral, el núcleo accumbens, responsable de nuestras formas de reaccionar ante la separación radical, arraigadas en el cerebro primitivo desde hace millones de años, que en estos momentos, puede ayudar a todas y todos, conocerlo en profundidad, al identificarlo como cauce fisiológico del malestar y bienestar personal paradójico, al obtener la persona afectada determinadas recompensas físicas y psíquicas mientras que estamos instalados en él.

¿Por qué vivimos y experimentamos el duelo? Parto de la definición de duelo como proceso psicológico ante la pérdida de una persona, objeto o evento significativo, emocional y comportamental, en forma de sufrimiento y aflicción, cuando el vínculo afectivo se rompe (1). Este proceso psicológico, que se desencadena a raíz de un acontecimiento vital de muerte y desaparición, de separatidad, en definitiva, tiene una base cerebral de gran importancia para desentrañar su base neuronal en el núcleo accumbens que actúa a modo de interruptor cognitivo, sentimental y emocional para desencadenar una serie de comportamientos que se han descrito en la literatura neurocientífica actual del duelo.

Se han estudiado de forma muy rigurosa las diferentes fases del proceso que desencadena el duelo y su elaboración posterior, destacando personalmente el esquema de Bowlby, autor al que he seguido a lo largo de cuarenta años desde que estudié su concepto de “separatidad” (2):

“La fase 1, “fase de entumecimiento o shock”, es la fase temprana de intensa desesperación, caracterizada por el aturdimiento, la negación, la cólera y la no aceptación. Puede durar un momento o varios días y la persona que experimenta el duelo puede recaer en esta fase varias veces a lo largo del proceso de luto.
– La fase 2, “fase de anhelo y búsqueda”, es un periodo de intensa añoranza y de búsqueda de la persona fallecida, caracterizada por inquietud física y pensamientos permanentes sobre el fallecido. Puede durar varios meses e incluso años de una forma atenuada.
– La fase 3 o “fase de desorganización y desesperanza”, en la que la realidad de la pérdida comienza a establecerse, la sensación de sentirse arrastrado por los acontecimientos es la dominante y la persona en duelo parece desarraigada, apática e indiferente, suele padecer insomnio, experimentar pérdida de peso y sensación de que la vida ha perdido sentido. La persona en duelo revive continuamente los recuerdos del fallecido; la aceptación de que los recuerdos son sólo eso provoca una sensación de desconsuelo.
– La fase 4, “fase de reorganización”, es una etapa de reorganización en la que comienzan a remitir los aspectos más dolorosamente agudos del duelo y el individuo empieza a experimentar la sensación de reincorporarse a la vida, la persona fallecida se recuerda ahora con una sensación combinada de alegría y tristeza y se internaliza la imagen de la persona perdida”.

Indiscutiblemente, lo sucedido en el avión de Spanair, de nombre Sunbreeze (Brisa del Sol), ha contado con variables intervinientes que agudizan estos procesos por reunir factores múltiples de desconcierto centrados en el desconocimiento real de lo que ocurrió, cuestión que adquiere una importancia transcendental en estos procesos y que debe ser atendido con prioridad absoluta.

Desde el proceso de inteligencia digital, se ha descubierto recientemente, una base científica para “alojar” (valga la expresión) el duelo, en su fase complicada, en el núcleo accumbens, al llevar a cabo un estudio comparativo entre el duelo no complicado y el complicado (3), utilizando imágenes de Resonancia Magnética Funcional: “Hasta ahora, poco se sabía de los mecanismos neurales que distinguen ambos tipos de duelo, explican los investigadores en la revista especializada Neuroimage [(4)], pero se habían considerado algunos mecanismos hipotéticos, como la actividad relacionada con el dolor (con la angustia social por la pérdida) y la actividad relacionada con la recompensa (con los comportamientos de apego). Una de las investigadoras, la doctora Mary-Frances O’Connor, declaró para la publicación de la UCLA que, en lo que se refiere al mecanismo de recompensa, la idea es que, mientras nuestros seres queridos están vivos, obtenemos señales gratificantes cuando los vemos o cuando vemos objetos que nos los recuerdan. Tras la muerte de un ser allegado, los que se adaptan a la pérdida dejan de obtener esta recompensa neural. Por el contrario, los que no consiguen adaptarse, continúan anhelándola, porque cada vez que ven una señal del ser querido aún obtienen la recompensa neural correspondiente. Todo este mecanismo sucede a nivel inconsciente, es decir que el doliente no pone en ello ninguna intención. El estudio se centró en analizar si las personas que sufren de duelo complicado presentan una mayor actividad tanto en el circuito de recompensa del cerebro como en el circuito del dolor. Para ello, fueron analizadas 23 mujeres que habían sufrido la pérdida de sus madres o de alguna hermana como consecuencia del cáncer de mama”.

El resultado ha ayudado a localizar bien la reacción cerebral ante imágenes de los seres queridos que han fallecido, activándose de forma sustancial el núcleo accumbens, es decir, se ha demostrado que el dolor crea adicción porque esta estructura se activa al visualizar o recordar a los seres que se querían y que han fallecido. Se necesita en definitiva este recuerdo porque es lo “único gratificante”, aunque “El estudio respalda por tanto la hipótesis de que los apegos activan los circuitos de recompensa y pueden por tanto convertirse en una interferencia para la adaptación a las pérdidas. Es decir que, aunque la activación del núcleo accumbens no satisfaga emocionalmente a los dolientes, señala O’Connor, se convierte en una respuesta que hace aún más difícil de superar la realidad del fallecimiento”. Y la adicción al dolor “puede llegar a generar el anhelo recurrente de emociones dolorosas como la ansiedad intensa o el deseo de morir. Ahora, este síndrome ha sido definido por un conjunto de criterios empíricos y se está considerando su inclusión en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association (Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos), el DSM-IV. Este manual consiste en una clasificación de los trastornos mentales con el propósito de proporcionar descripciones claras de éstos para facilitar sus diagnósticos”.

Ya sabemos la importancia de estos estudios de laboratorio con personas afectadas por procesos de duelo. El conjunto de neuronas que se recuestan cerca del sistema límbico, implicando la amígdala, el hipocampo y la corteza cerebral, se conoce como el “núcleo accumbens” (del verbo latino “accumbo”: recostarse, tenderse). Este núcleo cumple también una misión importante en el cerebro: obtener placer y mantenerlo el mayor tiempo posible, gracias a un neurotransmisor, la dopamina, que produce sentimientos y emociones de gozo como refuerzo ante determinados problemas que elabora la corteza prefrontal, con los que se encuentra en una experiencia tan traumática como la ocurrida en Barajas, llevándola a una proactividad encaminada a buscar continuamente actividades que permitan bienestar, bien-ser, en definitiva.

Una maravillosa función de esta estructura cerebral que nos hace más vulnerables ante desórdenes de la vida y de la muerte de seres queridos, pero que también está preparada desde hace millones de años para interactuar con otras estructuras y buscar quizá, desesperadamente, la felicidad robada en la propia vida.

Sevilla, 24/VIII/2008

(1) Navarro Serer, Mariano (2006). La muerte y el duelo como experiencia vital: acompañando el proceso de morir. Informació Psicològica (88), pág. 17.
(2) Flórez, S.D. (2002). Duelo. Anales del Sistema Sanitario de Navarra, 25 (3), 77-86.
(3) Martínez, Y. (2008). El duelo por la muerte de un ser querido puede volverse adictivo. Los recuerdos tristes activan las neuronas de los centros de recompensa del cerebro (recuperado de http://www.tendencias21.net/El-duelo-por-la-muerte-de-un-ser-querido-puede-volverse-adictivo_a2380.html, el 23 de agosto de 2008).
(4) O’Connor, M.F., Wellisch, D.K., Stanton, A., Eisenberger, N.I., Irwin, M.R. & Lieberman, M.D. (2008). Craving love? Enduring grief activates brain’s reward center. NeuroImage, Volume 42, Issue 2, 15 August 2008, p. 969-972.

NOTA: por problemas técnicos derivados de un cambio de versión en el programa sobre el que está soportado este blog, no es posible insertar imágenes, temporalmente, hasta su resolución. Pido disculpas sinceras a todas las personas que se aproximan a esta “Isla Desconocida”, porque en un post como el que antecede es más fácil conocer la estructura cerebral correspondiente a través de la imagen adecuada, aunque los enlaces que introduzco en el texto puede ser una solución provisional. Informaré puntualmente cuando atiendan la solicitud que he formulado al proveedor de servicios de Internet donde tengo alojado el blog. Gracias.

La media luna negra

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La lección difícil, William-Adolphe Bouguereau.

Sigo trabajando en la tarea de divulgación científica de las estructuras del cerebro con objeto de comprender mejor el mayor fondo de riqueza que poseemos los seres humanos, como recurso que está -todavía- libre de precio en el mercado de la vida (no es mercancía), en el acontecer diario de cada una, de cada uno, desde la concepción. Hoy quiero adentrarme en una lámina de sustancia gris que contiene melanina, responsable del característico color oscuro de las neuronas que forman parte de ella, denominada “sustancia negra”, con forma de media luna y que desarrolla funciones trascendentales para la inteligencia humana. ¿La conocías?

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Sustancia negra: sección coronal (recuperado de http://es.brainexplorer.org/glossary/substantia_nigra.shtml, el 8 de junio de 2008).

Está situada en la base de los hemisferios cerebrales, interconectada con grupos de neuronas ó ganglios, basales, determinantes para el movimiento de las personas y la memorización del mismo. Básicamente, con el complejo estriado, formado por los núcleos caudado y putamen. Y lo verdaderamente maravilloso radica en su poder de transformación de las órdenes que transmite y recibe de la corteza cerebral y del sistema límbico para llevar a cabo la representación motora y ejecutiva de lo que elaboramos como pensamiento y como sentimiento ó emoción. Es su brazo ejecutor, habiéndose objetivado en la investigación clínica y radiológica de última generación que la disminución de sustancia negra es una de las manifestaciones claras del mal de Parkinson.

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Sustancia negra y mal de Parkinson (recuperado de http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/esp_imagepages/19515.htm, el 8 de junio de 2008).

Pero existe una correlación clara de la profusión o no de las sustancia negra, que se investiga en la actualidad con la realidad del aprendizaje y de los fracasos y/ó recompensas que se reciben del mismo, como resultado de la presencia de esta estructura durante millones de años en el cerebro reptiliano de los seres humanos, alcanzando su cénit filogenético por el impacto de la sustancia negra en la corteza prefrontal, donde se produce el control exhaustivo del aprendizaje de las conductas a observar en el desarrollo ontogenético del ser humano, incidiendo sobremanera en las llamadas “funciones ejecutivas” (1), cuando se trata desde la integración en los ganglios basales, entre las que se pueden señalar las siguientes:

Regulación cognitiva: Memoria de trabajo, regulación de la atención (incluyendo detección, vigilancia, control de la distraibilidad), planificación, establecimiento de objetivos y monitorización, estimación del tiempo, manejo del tiempo, organización de estrategias, flexibilidad mental, habilidad para cambiar los supuestos (set) cognitivos, fluencia y eficiencia del procesamiento, pensamiento abstracto y formación de conceptos, resolución de problemas novedosos y juicio, mantener el auto-conocimiento e identidad a lo largo del tiempo y el espacio, integración de la información socio-emocional en planes de futuro y conductas (incluye la sensibilidad hacia las emociones y estados cognitivos de los demás).

Regulación conductual: iniciación del movimiento y de la conducta, inhibición de las respuestas motoras automáticas, mantenimiento del rendimiento motor a lo largo del tiempo, parar la respuesta motora cuando sea apropiado, habilidad para post-poner la gratificación inmediata (control del impulso), anticipación y sensibilidad hacia las consecuencias futuras de las acciones presentes.

Regulación emocional: modulación del arousal [estado de alerta] emocional, modulación del humor, estrategias de auto-alivio”.

Todo ello relacionado íntimamente con la retroalimentación que se produce con áreas en las que la sustancia negra juega un papel esencial: “Los ganglios basales está formados por el estriado (caudado y putamen y acumbens), pálido y la parte reticulada de la sustancia negra. Son ricos en neurotransmisores excitatorios e inhibitorios (glutamato, dopamina, serotonina, acetilcolina y gamma-aminobutírico (GABA). El tálamo es un núcleo subcortical que integra los inputs sensoriales, motores e información emocional-cognitiva, enviando esta información al córtex. Juega un importante papel en el mantenimiento del arousal” (2).

Solo quería introducir el principio aristotélico de la admiración de todas las cosas como definición de la cualidad humana por excelencia: “capacidad que tiene el ser humano (él, decía el hombre y por eso no nos debemos enfadar…) de admirarse de todas las cosas. Aseguro que en griego suena precioso (inténtelo conmigo leyéndolo tal cual): jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic) o lo que es lo mismo: el hombre es el único ser capaz de admirarse de todas las cosas” (3). Una mancha negra sobre una estructura de forma de mariposa que como ellas también pasea sus vestidos de colores por el mundo. A mayor color, más vida cerebral. Cuando se pierde este color negro, la vida desaparece con él y las enfermedades debilitan el cerebro hasta límites exasperantes. Sobre todo porque dejamos de aprender y admirar la vida, por mucho que la niña que simboliza la lección difícil nos recuerde que la sustancia negra es imprescindible que esté perfectamente integrada en la base del cerebro humano para seguir aprendiendo…

Sevilla, 10/VI/2008

(1) Díaz Atienza, J. (s/d). Tema 8. Funciones ejecutivas y aprendizaje: I) Neuroanatomía y Evaluación. (recuperado de http://www.tdah-andalucia.es/TDAH/funcionesejecutivas1.pdf, el 8 de junio de 2008).
(2) Díaz Atienza, J. Ibídem, p. 82.
(3) Cobeña Fernández, J. A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (edición digital), p. 48.

Estructuras cerebrales y Dios

Existen circunstancias en la vida humana, como la muerte, que obligan a parar el mundo, bajarse de él un momento y hacer preguntas existenciales que, en mi caso, siempre se encierran en tres, a modo de mandamientos de creencia necesaria y que se podría denominar en términos neuroteológicos síndrome de Qohélet, extraordinariamente presentado en el libro del Eclesiastés, 3, 1-22:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? ó en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?
– ¿Quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra?
– ¿Quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él?

Estas preguntas demandan respuestas que se elaboran en el cerebro a lo largo de la vida, habiendo ocupado las religiones diversas que existen en el mundo, dominadas por dos monoteístas, cristianismo e islamismo (3.400 millones de personas), un papel estelar en el prontuario de soluciones, orientando a millones de seres humanos hacia una creencia específica alojada en el “alma”: la de la existencia de Dios y sus diversas manifestaciones como solución integral e integrada a la lógica ilógica de la existencia humana resumida en las tres preguntas anteriores. Y curiosamente ya estábamos advertidos por Qohélet: la respuesta no la vamos a saber nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

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Aceptando esta realidad incuestionable sobre las creencias, por mera constatación histórica y estadística, se ha producido un acontecimiento científico que deseo profundizar como un capítulo de sumo interés en este cuaderno de inteligencia digital y que se abre a partir de hoy para sucesivas entregas. Se trata de un proyecto que se va a llevar a cabo en la Universidad de Oxford (fiel a su lema desde hace ocho siglos: Dominus illuminatio mea, “El Señor me ilumina”), “para investigar durante tres años “cómo las estructuras de la mente humana determinan la expresión religiosa”, en palabras de uno de los directores del proyecto, el psicólogo evolucionista Justin Barrett, del Centro para la Antropología y la Mente de la Universidad de Oxford y autor del libro ¿Por qué alguien creería en Dios?, para el que acaba de recibir 2,5 millones de euros de la fundación privada John Templeton (1), porque se constata hoy que “A sociólogos, antropólogos o filósofos, que tradicionalmente han estudiado el fenómeno de la religión o la religiosidad, se unen ahora biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos. Incluso hay quienes usan un nuevo término: neuroteología, o neurociencia de la espiritualidad”. Se podría comprender también en este enfoque la teoría del “descubrimiento del gen de Dios [VMAT2]”, discutida hasta la saciedad y preconizada desde 1998 por el genetista Dean Hammer, al descubrir una mutación genética de los transportadores vesiculares de monoaminas tipo 2 VMAT2 en el cerebro y sobre los que hablaremos en los siguientes post. Su fundamento científico radica en la importancia de esta proteína de membrana dado que “los VMAT2 están localizados en las terminales presinápticas de las neuronas dopaminérgicas, serotoninérgicas y noradrenérgicas y son los encargados del transporte de serotonina, dopamina, norepinefrina e histamina” (2). Y todas estas neuronas “predisponen” y “son facilitadoras” del “bien-ser” y “bien-estar” personal, en determinadas estructuras cerebrales y gracias a ellas. ¿Predisponen, por tanto, en un acto personal e intransferible de base química a tener fe y determinadas creencias?.

En el estudio de referencia, codirigido por Barrett, no se intentará resolver la cuestión de si Dios existe realmente, sino que se tratará de demostrar sobre todo si la creencia en Dios ha representado una ventaja para la humanidad desde el punto de vista de la evolución. También se analizará la posibilidad de que la fe se haya desarrollado como producto derivado de determinadas características humanas como, por ejemplo, la sociabilidad, utilizando las bases científicas de las ciencias cognitivas, que combinan una serie de disciplinas como la neurociencia, la biología evolutiva o la lingüística para estudiar el comportamiento humano: “Estamos interesados en averiguar exactamente en qué sentido la creencia en Dios es natural. Pensamos que hay más de eso de lo que la gente cree comúnmente”, porque Barrett estima que se pueden comparar perfectamente los creyentes con los niños pequeños que creen que los adultos saben todo lo que hay que saber, es decir, esa tendencia a creer en la omnisciencia de los otros y aunque se corrige con la experiencia que dan los años, es necesaria para la cooperación y la socialización, y continúa con la fe en Dios: “normalmente continúa en la vida adulta. Es fácil. Es intuitiva y natural”. También se investigará sobre si los conflictos de índole religiosa son producto de la naturaleza humana o si la creencia en la vida después de la muerte es fruto de la selección natural o es algo que se aprende.

Cuando comenzaba a escribir este post he recordado también la investigación llevada a cabo por el neurólogo canadiense Mario Beauregard en 2006, autor del libro The Spiritual Brain (3), en una investigación sobre la actividad cerebral en 15 monjas carmelitas: “Tras una larga preparación, el cerebro de las carmelitas fue analizado por aparatos de resonancia magnética nuclear con imagen, electroencefalografía y tomografía mediante emisión de positrones, que miden el riego sanguíneo y los procesos celulares bioquímicos y psicopatológicos. Nunca se habían utilizado para este tipo de experimentos. El resultado fue que la actividad eléctrica y el oxígeno en la sangre aumentaron en 12 zonas del cerebro —un número superior al que suele requerir cualquier actividad intelectual—, y éste emitió también ondas theta, asociadas con la creatividad, la meditación y la memoria, y también delta, relacionadas con fases profundas del dormir y sueños que se hacen despierto” (4). Aunque “… las hermanas nos recordaron que Dios no puede ser convocado cuando se les antoje, y menos en el laboratorio de una Universidad, por mucho que esté insonorizado y que hayamos reproducido los colores y la luminosidad de sus celdas de clausura”, tal y como señalaba el doctor Beauregard. Más o menos como Qohélet, cuando recordaba la vanidad del afán en nuestros corazones al buscar la felicidad humana en el laboratorio de la vida, desesperadamente. Porque somos inteligentes, resolvemos los problemas cotidianos de la vida y somos capaces de creer en Dios ó en la Naturaleza, ó en las Personas, ó en la Sociedad (El hombre en la encrucijada, José Ferrater Mora), con carácter conjunto ó exclusivo, gracias a neurotransmisores que facilitan la posibilidad de “fabricar”, guardar y recrear las creencias, en determinadas estructuras del cerebro. Sencillamente, porque el cerebro humano está preparado y programado “naturalmente” para que seamos felices, aunque la felicidad se haya convertido en una mercancía y no en un derecho inalienable para los seres humanos.

Sevilla, 25/V/2008

(1) Salomone, M. (2008, 20 de mayo). ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios? El País, p. 34.
(2) Quincoces, G., Collantes, M. Catalán, R. et allii (2008). Síntesis rápida y simplificada de 11C-(+)-_-dihidrotetrabenazina para su utilización como radioligando PET de los transportadores. Rev Esp Med Nucl. 2008;27(1):13-21
(3) Cembrero, Ignacio (2006, 24 de septiembre). Cuando Dios pone en ebullición el cerebro. El País, Domingo, p. 8.
(4) Beauregard, M. & Paquette, V. (2006). Neural correlates of a mystical experience in Carmelite nuns. Neuroscience Letters 405: 186-190

Los cerebros del platelminto: nou-darake

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«Platodes», en El arte de la naturaleza, de Ernst Haeckel, 1904 (recuperado de http://es.wikipedia.org/wiki/Platyhelminthes, el 21 de marzo de 2008)

Vamos aproximándonos al conocimiento científico de las neuronas. Mucho debemos a la investigación actual de la regeneración neural en los platelmintos: “gusanos planos, … filo [agrupación de animales basada en su plan general de organización] de animales invertebrados acelomados [cuerpo macizo ya que entre la pared del cuerpo y el intestino existe una masa de células (mesénquima) y fibras musculares] protóstomos [constituyen el origen embrionario de la boca] triblásticos [sinónimo de los animales bilaterales con simetría bilateral, en la cual el organismo es simétrico respecto a un plano (plano sagital) que divide el cuerpo en dos mitades especularmente idénticas], que comprende unas 25.000 especies. La mayoría son hermafroditas que habitan ambientes marinos, fluviales y terrestres húmedos; muchas de las especies más difundidas son parásitos que necesitan varios huéspedes, unos para el estado larvario y otros para el estado adulto” (1). En la lectura que recomendaba en el post anterior, Gary Marcus expone una teoría sorprendente sobre la paradoja del carácter innato y la flexibilidad del genoma humano, adentrándose en la explicación científica sobre una investigación (2) llevada a cabo en 2002 en el Centro Riken de Biología del Desarrollo en Kobe, Japón, con una especie de gusano denominada Dugesia japonica, donde “se ha observado que aproximadamente una docena de genes distintos están regulados al alza (más expresados) durante la regeneración, cada uno en un momento concreto, unos en las primeras fases, otros en periodos intermedios o posteriores. Como sucede en muchos otros aspectos del desarrollo, la expresión genética se halla sometida a un estricto control temporal” (3).

Y presenta en sociedad a la investigación que se está desarrollando en el citado Centro Riken sobre los platelmintos, con la finalidad de saber si es posible la total regeneración de tejido cerebral en zonas que se ha perdido, porque el platelminto es un especialista en regenerar tejido cerebral perdido, cuando se le corta la cabeza [si a un platelminto le cortamos la cabeza, la región de esta desarrollará una cabeza y un tronco nuevos (y el tronco y la cola desarrollarán una cabeza nueva, completa, con un nuevo cerebro)], siempre y cuando no se encuentre con zonas en las que se expresa un gen conocido como ndk, acrónimo del japonés nou-darake, que significa “cerebro en todas partes”. Este laboratorio ha conseguido alterar este gen y los platelmintos entrenados como regeneradores desarrollaron tejido cerebral por todo el cuerpo.

NOU DARAKE
Nou-darake

¿Qué aporta esta investigación? Algo rotundo: si manipulamos los genes, podemos actuar también en el cerebro, actuando sobre lesiones concretas, en las estructuras dañadas. ¡Qué futuro tan esperanzador se abre ante patologías tan invasivas como el Alzheimer, por ejemplo! El gen NDK está muy relacionado con el gen humano FGFRL1 y de acuerdo con Marcus “hay muchas posibilidades de que lo que suceda en el gusano tenga consecuencias en la regeneración del tejido neural humano” Han transcurrido seis años desde la publicación de este avance científico. Se sigue investigando sobre esta realidad científica y el profesor Francesc Cebriá da prueba de ello. Personalmente, me empeñaré también en ello, en su divulgación científica, sabiendo que a priori se encontrará esta investigación con múltiples barreras al llegar al laboratorio real de los cerebros humanos. En estos momentos rescataré también, junto a la investigación científica ordinaria, mi aprendizaje privilegiado de bioética aplicada, durante un Curso académico completo, junto al profesor Bernard Häring, para discernir bien donde está situada la ética de situación para la reparación del daño humano, de sus tejidos, de su cerebro. De su legítima vida en condiciones de felicidad básica, en definitiva.

Sevilla, 21 de marzo de 2008, Viernes Santo, cuando el mundo católico recuerda la muerte de Jesús de Nazareth y la investigación del cerebro sigue buscando la resurrección de las neuronas dañadas en la vida humana. La que tanto quería, según los cronistas de la época. Marcos, por ejemplo…

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Platyhelminthes
(2) Francesc Cebrià, Chiyoko Kobayashi, Yoshihiko Umesono, Masumi Nakazawa, Katsuhiko Mineta, Kazuho Ikeo, Takashi Gojobori, Mari Itoh, Masanori Taira, Alejandro Sánchez Alvarado & Kiyokazu Agata (2002). FGFR-related gene nou-darake restricts brain tissues to the head region of planarians. Nature, 419, 620-624.
(3) Marcus, G. (2005). El nacimiento de la mente. Barcelona: Ariel, p.147.

La estructura cerebral del talante

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Los cuatro humores: colérico, melancólico, sanguíneo y flemático. Imagen recuperada de http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Alletemp.jpg, el 2 de marzo de 2008.

Llevo tiempo deseando incorporar una página a este cuaderno de inteligencia digital que trate el traído y llevado “talante”. En estos días de discurso electoral complicado, se exige un buen talante a todas, a todos, candidatos y electores, como muestra de un progreso humano, democrático, pero creo que como modo de ser y actuar es un gran desconocido, asumido además con carácter peyorativo como “cualidad” de un solo candidato, cuando es una posibilidad de ser de todas las personas, de todos los seres humanos. De esta forma, me he puesto manos a la obra, a la palabra, a la investigación y he verificado como punto de partida el lema “talante” en el Diccionario de la Real Academia (Del ár. hisp. ṭál‘a, y este del ár. clás. ṭal‘ah, aspecto, infl. por semblante), encontrándome las siguientes acepciones: 1. m. Modo o manera de ejecutar algo; 2. m. Semblante o disposición personal; 3. m. Estado o calidad de algo y 4. m. Voluntad, deseo, gusto. Es decir, a priori es una cualidad neutra, como disposición ó posibilidad para ejecutar bien o mal algo: una palabra, un gesto, una actitud. Excelente.

Pero mi curiosidad no tiene límites, porque antes que investiguen otros (que diría Unamuno) me gusta investigar a mí. Sobre todo para saber si en el cerebro se aloja la base del talante, lo que me dejaría tranquilo porque se sabría así que es una posibilidad de todos los seres humanos, transmitido genéticamente por nuestros antepasados primates humanos, para no tener que hacer mofa de una posibilidad innata de base cerebral atribuida ahora en esta legislatura a una sola persona y a sus seguidores (pero en segunda fila) y que se desarrolla o no sobre la base de los aprendizajes que se hacen a lo largo de la vida sobre una posibilidad real de manifestarlo como disposición personal. Es más, cuando he consultado el Diccionario de Autoridades, que tanto aprecio y admiro, por ser la primera vez que se ordenan en España las palabras tal y como se viven, piensan y sienten, me encuentro con unas acepciones rotundas basadas, por ejemplo, en pasajes del Quijote: “para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante [voluntad]”, dependiendo, eso sí, de la buena o mala disposición, ánimo o inclinación para hacer o conceder alguna cosa [sic]. Y para cerrar esta búsqueda descubro que el adjetivo “talantoso” es el claro exponente de lo que queremos decir cuando una persona tiene talante, es decir, se asegura que la persona está de buen humor ó semblante. Y aquí es donde quería llegar: al humor ó semblante. Ya lo decía Nebrija y el Padre Alcalá en sus Vocabularios y acertaban en su análisis, porque, al final, de humores se trata cuando hablamos de talante.

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Fragmento de la página facsímil 215,1 del Diccionario de Autoridades, S-Z (RAE A 1739)

Se trata de humor, porque respetando la tradición somos más o menos talantosos en función del humor que tengamos. Si es de “perros”, en una acepción muy coloquial, está garantizado el talante malo. Si es “bueno”, la buena disposición, ánimo ó inclinación para hacer ó conceder una cosa (recuerda esta acepción de la persona talantosa…) está garantizada. Esta visión clásica responde a la teoría de los cuatro humores, “adoptada por los filósofos y físicos de las antiguas civilizaciones griega y romana. Desde Hipócrates, la teoría humoral fue el punto de vista más común del funcionamiento del cuerpo humano entre los físicos europeos hasta la llegada de la medicina moderna en el siglo XIX. En esencia, esta teoría mantiene que el cuerpo humano está lleno de cuatro sustancias básicas, llamadas humores, cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. Así, todas las enfermedades y discapacidades resultarían de un exceso o un déficit de alguno de estos cuatro humores. Estos fueron identificados como bilis negra, bilis, flema y sangre. Tanto griegos y romanos como el resto de posteriores sociedades de Europa occidental que adoptaron y adaptaron la filosofía médica clásica, consideraban cada uno de los cuatro humores aumentaba o disminuía en función de la dieta y la actividad de cada individuo. Cuando un paciente sufría de superávit o desequilibrio de líquidos, entonces su personalidad y su salud se veían afectadas”.

Hoy, la situación ha cambiado y sabemos ya dónde está la sede de estos estados de ánimo: en determinadas estructuras del cerebro, formando un conjunto armónico que no se puede separar entre sí, destacando dos sobremanera: la amígdala y el hipotálamo. Más o menos se podría decir ahora, utilizando los ejemplos anteriores, que tener una “humor de perros” supone tener afectada la amígdala correspondiente (tenemos dos en el cerebro), tal y como lo analizaba en un post anterior sobre “cerebro y género: una cuestión de amígdalas”: “Los elementos de contexto en los que vivimos nuestra existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en nuestro interior sin que tomemos plena conciencia de ello!. Es lógico que a veces digamos “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos. El binomio miedo-agresión, está asentado en la amígdala. Si el tamaño es mayor en el hombre, por mera determinación anatómica, la correlación es más compleja. Por ello, las salidas de tono virulentas en los hombres tienen una determinación estructural cerebral, más acusada que en las mujeres. Y con una responsabilidad añadida: la corteza prefrontal, esa zona maravillosa de razonamiento neurológico, al intervenir otras muchas entradas de información a esa zona y equilibrar todas las balanzas imaginables de los procesos que se computan en el cerebro, hace que se module la conducta a observar finalmente, creando patrones para la memoria predictiva: si ya me pasó esto en una situación anterior, atención, porque me puede volver a pasar lo que ya sé que va a pasar. Sorprendente. No es el destino biológico preprogramado de hombre y mujer lo que justifica determinadas conductas, sino que los aprendizajes de situaciones que se han repetido en muchas ocasiones de la vida, “modula” una determinada forma de ser en el mundo, desencadenando procesos hormonales y activaciones eléctricas de circuitos neuronales que ya han “aprendido” a desenvolverse así en situaciones similares. Y la amígdala sigue ejecutando siempre su trabajo”.

Y en relación con el hipotálamo, la realidad de una de las sedes del talante es pareja, “situándonos –valga la metáfora- bajo la cama nupcial, la habitación reservada, que así llamábamos al tálamo. Esta estructura cerebral, en su clave etimológica pura, participa en la regulación del sistema neurovegetativo y endocrino. Es otra “tarjeta” neuronal que cuando se estropea (no funciona bien) acarrea muchísimos problemas a las personas. Y lo peor es que no existen todavía recambios de piezas originales, solo tratamientos -“reparaciones”- paliativos. El hipotálamo, del tamaño de una ciruela pequeña (seguimos en la cocina de la inteligencia…), compuesto por diversos núcleos interrelacionados entre sí, es responsable de una central química más alojada en el cerebro, en su zona central. Controla el equilibrio del agua en el cuerpo, provoca la sensación de hambre o de inapetencia, regula la temperatura corporal (sobre todo la emocional), regula el sueño, también las hormonas, casi todas las “reacciones” emocionales asociadas a conductas de hiperexcitación ó de depresión, la expresión de la libido, y lleva a feliz término el largo viaje que necesita el olfato. Una joya, en definitiva. Y nosotras y nosotros, sin saberlo”.

Solo ha sido una aproximación a las personas talantosas, que no talentosas, ¡cuidado! Es maravilloso pensar que el conocimiento nos hace más libres a través del saber. Es posible que con motivo de estas elecciones sepamos ya que tener talante es un examen de nuestras personas de secreto y que la palabra talante no es patrimonio admirado por unos, denostado por otros, mercancía para aquellos ó derecho a ser, para éstos. Sería extraordinario que cada vez que pronunciemos esta palabra manifestemos un gran respeto por la historia de las palabras en nuestro país y, mirando de frente a las personas que están cerca de nosotros descubramos en ellas qué les puede estar pasando en sus amígdalas cerebrales, en su hipotálamo, entre otras maravillosas estructuras cerebrales que intervienen en los procesos diarios para vivir ó para actuar con buen o mal talante. Por qué sus semblantes (componente esencial del talante) representan un estado de ánimo en el rostro acorde con lo que les está pasando en ese momento trascendental ú ordinario de sus vidas. Sería una buena demostración de la necesidad de expresión del talante humano. Compartido en el respeto, sobre todo.

Sevilla, 2/III/2008, analizando de forma responsable la campaña electoral. Participando.

Cerebro y placer musical: endorfinas en la mente

Déjate llevar, por las sensaciones
Que no ocupen en tu “vía”, malas pasiones

Esa pregunta que te haces sin responder
Dentro de ti está la respuesta para saber
Tú eres el que decides el camino a escoger
Hay muchas cosas buenas y malas, elige bien
Que tu futuro se forma a base de decisiones
Y queremos alegrarte con estas canciones

Fragmento de Ahí estas tú, Chambao, en Endorfinas en la Mente, que tantas veces ha promocionado el fondo de Andalucía en un anuncio institucional

Dedicado a una persona muy próxima, a quien tanto quiero…, sabiendo que hoy tengo cuarenta y siete razones para compartir estas experiencias.

Estoy escuchando en este momento el Andantino del Concierto para flauta y arpa (K. 299) de Mozart, ejecutado por la Filarmónica de Viena, bajo la batuta de Karl Böhm ¿En cuantas ocasiones he sentido sensaciones placenteras al entrar la flauta junto a la orquesta en compases que al menos, en mi caso, me producen sensaciones placenteras, auténticas emociones y sentimientos asociados? Y como estudioso del cerebro en un modesto laboratorio digital, me he preguntado muchas veces cómo se producen estas reacciones a un estímulo tan concreto y tan personal e intransferible.

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Vuelvo a escucharlo otra vez: “El Andantino central es una página maravillosamente melódica, decorativa y sensual, pero no exenta de emoción” (1). Son ocho minutos y quince segundos de sensaciones múltiples, incluso con la casi imperceptible entrada del arpa a los cuatro minutos de esta maravillosa interpretación, los diálogos posteriores entre los dos instrumentos, un minuto después, con una parte final en la que la orquesta da paso de nuevo a la flauta que de forma pausada y con gran virtuosismo deja que la acompañe el arpa en una conjunción que como trinos de pájaros libres deja entrever que el final está próximo, pero sola, inmensamente sola, con acordes de orquesta que rubrican el compás recurrente de esta composición, un encargo para el Duque de Guines (flauta) y su hija (arpa), embajador de Inglaterra en Francia, que Mozart nunca cobró.

Pero, ¿dónde se sitúa el centro neurálgico de estas sensaciones? Ya se sabe desde las ciencias del cerebro que la base de estas relaciones estímulo-respuesta se encuentra en la glándula pituitaria, que es una superestructura del sistema endocrino con responsabilidades directas en la regulación del tráfico de los neurotransmisores directamente relacionados con estas sensaciones derivadas de la música: las endorfinas y la adrenalina, dado que ejerce un control férreo sobre ocho glándulas endocrinas, una de las cuales está directamente implicada en este proceso: la adrenocorticotrópica (ACTH), pero en el contexto de una sinfonía hormonal (nunca mejor dicho) junto a las siete restantes: “Esta glándula [la pituitaria] está unida al hipotálamo a través de fibras nerviosas y está formada por tres secciones: el lóbulo anterior, que representa el 80% del peso de la glándula, el lóbulo intermedio y el lóbulo posterior. El lóbulo anterior produce la hormona de crecimiento, la prolactina, que estimula la producción de leche materna después de dar a luz, la adrenocorticotrópica (ACTH) [objeto de este post], que estimula las glándulas adrenales, la estimulante de la tiroides (TSH), la folículo-estimulante (FSH), que estimula los ovarios y los testículos al igual que la luteinizante (LH), también presente”.

Las endorfinas, también reconocidas como péptidos opioides (pequeñas proteínas), se clasifican en tres familias, encefalinas, dinorfinas y ß-endorfina, siendo este último grupo el de más importancia clínica debido a su gran potencial analgésico, habiéndose demostrado científicamente que de manera natural su producción es más intensa cuando sufrimos dolor. También, porque inhiben temporalmente otras conexiones que probablemente “recuerdan” la falta de placer. Se ha demostrado recientemente en estudios sobre los “escalofríos musicales” que “La liberación asociada de endorfinas –opiáceos internos- potencia, además, la memoria. Nuestro cerebro señala los cambios acústicos importantes en el entorno –posiblemente desde el alba de nuestra evolución-, que producen encogimiento y los graba en la memoria; piénsese en los ruidos de sospechosos de un depredador que se acerca sigiloso. En este escenario comenzaron los hombres más tarde a colocar, como jugando, semejantes estímulos escalofriantes de la música” (2). Es decir, automáticamente, la liberación de endorfinas busca desesperadamente recuerdos en el sistema límbico, en la memoria, para “asociar” efectos placenteros o displacenteros de completud ó incompletud, derivándose sensaciones en uno ú otro sentido. Es normal que en relación con la música volvamos a escuchar insistentemente determinadas composiciones ó fragmentos, de cualquier género, porque nos recuerda momentos transcendentales de nuestra vida, con un objetivo muy claro: buscar y encontrar placer.

Vuelvo a escuchar a Mozart. Probablemente no, realmente, porque lo tengo asociado a momentos de bienestar y bien-ser que se activan en el momento que la flauta y el arpa están acompañándome. ¿Efecto Mozart? Probablemente, efecto cerebral, personal e intransferible de mi central pituitaria. Una maravilla.

Déjate llevar, por las sensaciones
Que no ocupen en tu “vía”, malas pasiones

Esa pregunta que te haces sin responder
Dentro de ti está la respuesta para saber
Tú eres el que decide el camino a escoger
Hay muchas cosas buenas y malas, elige bien
Que tu futuro se forma a base de decisiones
Y queremos alegrarte con estas canciones

Sevilla, 29/I/2008

(1) Reverter, A. (1999, 2ª ed). Mozart. Barcelona: Península, p. 89.
(2) Altenmüller, E, Grewe, O., Nagel, F y Kopiez, R. (2008). Escalofrío musical. Mente y Cerebro, Enero/Febrero, p. 18-23.

La historia de las células huso (spindle) en el cerebro ó lo que debemos al cerebro de las ballenas jorobadas

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Ha saltado la noticia a los medios de comunicación: Japón reinicia la pesca de ballenas jorobadas tras 34 años de moratoria. No soy persona ávida de la última noticia de Greenpeace, pero ayer escuché atentamente la noticia acerca de la autorización japonesa para que barcos de su flota pesquera zarparan desde el puerto de Shimonoseki, en el sur de Japón, por la mañana, con órdenes de cazar hasta 50 de estos cetáceos que desde hace décadas se encuentran protegidos por la ley internacional. Junto con el desastre ecológico que provocan estas cacerías mortíferas, el posible exterminio de la especie puede tener consecuencias también irreparables para la investigación de unas células que se hallan en su cerebro y que se denominan células spindle por la forma de huso que tienen (especie de tubo alargado que se estrecha en sus extremos). También se denominan neuronas VENs, neuronas Von Economo, nombre que se les otorga por su descubridor, Constantin von Economo (1876-1931).

El interés de la investigación se centra en que estas neuronas podrían estar envueltas en procesos cognitivos, -aprender, recordar y reconocer-, dado que se ha comprobado fehacientemente que estas ballenas tienen sofisticadas habilidades comunicativas, capacidad de formar alianzas, de cooperar, de transmitir cultura, haciendo uso de determinadas aptitudes. Se sabe también que estas capacidades habrían evolucionado en los cetáceos hace unos 30 millones de años, dos veces antes que en hombres y simios. Son células que se encuentran en la corteza cerebral, sede la inteligencia humana elaborada. Así se publicó como noticia de gran alcance en noviembre de 2006, a través de la agencia Reuters, gracias a la publicación científica de los profesores Patrick R. Hof y Estel Van der Gucht, de la Escuela de Medicina Monte Sinaí, en Nueva York, sobre La estructura del córtex cerebral de la ballena jorobada (1). Por tanto, es probable que “algunas de estas capacidades estén relacionadas con la complejidad histológica comparativa en la organización del cerebro, tanto en los cetáceos como en los homínidos”.

El cerebro de las ballenas jorobadas es muy valorado en laboratorios de neurociencias. Sus 9 kilos de peso, aproximadamente seis veces el tamaño medio del cerebro humano, permite lograr una disección completa y compleja para analizar la estructura de las neuronas spindle, cuyo papel trascendental ya traté en el post dedicado a las islas de Reil, recogiendo un texto de Sandra Blakeslee que no dejaba lugar a dudas sobre su importancia neuronal: “El lugar que sirve como la estación emocional para toda la información que llega desde los distintos circuitos dedicados a las emociones se encuentra al final de todos esos caminos neuronales en dos conjuntos celulares conocidos como ínsulas. Sin embargo, ha sido en la ínsula derecha frontal donde los científicos han encontrado más actividad emocional. Todas estas regiones están conectadas a través de las enormes células spindles [células directamente involucradas en la producción, organización y manipulación de los sentimientos, las emociones y el sentimiento de moral, ubicadas la mayor parte de ellas en la ínsula derecha frontal] y otros circuitos neuronales que se encargan de reproducir y de percatarse de todo tipo de sentimientos y emociones. Estas células y el área insular derecha controlan y ordenan las emociones, poseen un mapa sentimental de lo que ocurre en el cuerpo internamente y lo que pasa en el mundo externo. La enigmática región se activa cuando miramos al ser que amamos, cuando percibimos injusticias y decepción o cuando sentimos incertidumbre frente a ciertas recompensas. También cuando nos avergonzamos y, si se trata de una madre, cuando escucha a un bebé llorar. En esta área también encontramos otra región en donde se almacenan los recuerdos autobiográficos y donde hacemos conciencia de que somos una persona, un ser humano con nombre y pasado y que nos desplazamos en el espacio-tiempo que caracteriza el universo en que vivimos. La conciencia y la moral se alojan en estos lugares”.

Otra vertiente de sumo interés en la investigación de la función neuronal de las células spindle, se encuentra en estudios científicos sobre su relación con las demencias que causan la pérdida de inhibición en determinadas situaciones sociales. Se ha descubierto en ensayos científicos dirigidos por el profesor que las personas con demencia frontotemporal (FTD) incurren en un comportamiento inapropiado e impulsivo y algunas veces hasta llevan a cabo actos criminales como el hurto en tiendas. Se examinaron los cerebros de 7 pacientes fallecidos con FTD y los compararon con 7 controles que habían muerto de causas no relacionadas con el cerebro, al igual que 5 pacientes diagnosticados con enfermedad de Alzheimer, un tipo de demencia muy diferente que afecta fundamentalmente la memoria. Los investigadores encontraron que uno de las dos áreas del cerebro que contienen VENs, el córtex anterior cingulado, tenía un aspecto muy diferente en pacientes con FTD: había una reducción del 74% en el número de VENs en comparación con los controles. En contraste, los pacientes con Alzheimer tenían solamente una reducción pequeña y no significativa desde el punto de vista estadístico (2).

En la investigación que llevé a cabo en mi Tesis Doctoral sobre las inteligencias sociales, abordé la importancia de esta patología, de la que traigo a colación la siguiente aportación: “Por ser de especial interés para la presente investigación, es conveniente detenerse en el análisis pormenorizado de la inteligencia social expresada mediante las dos inteligencias propias de esta tipología: la intrapersonal y la interpersonal. Comenzamos por la primera: la inteligencia interpersonal. Los orígenes biológicos de esta inteligencia son fácilmente identificables por razones antropológicas y etológicas: Gardner cita la prolongada infancia de los primates, que nos lleva de la mano a la problemática de la separatidad (problemática estudiada con detenimiento por Bowlby, 1978b, con bebés humanos), que demuestra a todas luces que el desarrollo interpersonal corre desde ese momento un serio peligro. Por otra parte, el segundo factor peculiar de la especie humana, es la importancia que para los seres humanos tiene la interacción social. Todas las habilidades de interacción de nuestros antepasados requerían de la interacción, traducida en participación y cooperación, así como necesidad de cohesión, liderazgo, organización y solidaridad. La operación nuclear identificable es la capacidad para sentir distinciones entre los demás: en un primer estadio, los contrastes en los estados de ánimo, temperamentos, motivaciones e intenciones. En un estadio más avanzado, consistiría en leer las intenciones y deseos de los demás, aunque se hayan ocultado. La máxima expresión de esta habilidad social se da en los líderes religiosos y políticos, en los profesores y maestros, en los terapeutas, en los padres. La investigación cerebral apunta a que los lóbulos frontales desempeñan un papel muy importante en el conocimiento interpersonal. De acuerdo con Gardner, la enfermedad de Pick, una variedad de demencia presenil, implica una rápida pérdida de las habilidades sociales al estar dañados los lóbulos frontales (Holman, Chandak y Garada, 1995). Estos estudios recientes y el apoyo de tecnologías tan importantes y exactas como RNM, TAC y, sobre todo, PET, permitirán ir consolidando la base neurofisiológica de patologías invalidantes para las habilidades sociales por estar dañada la inteligencia social” (3).

La noticia de agencias finalizaba con una frase desgarradora: “Estas ballenas no tienen que morir”, afirmó Junichi Sato, portavoz de Greenpeace, el viernes pasado: “Las jorobadas son ballenas muy sensibles que viven en entornos muy cerrados, por lo que con sólo una muerte se podría provocar un enorme daño”. Entre otras razones porque a ellas debemos sentimientos nobles para investigar el legado que los seres humanos hemos recibido a través de evolución de las especies a lo largo de millones de años: sofisticadas habilidades comunicativas, capacidad de formar alianzas, de cooperar, de transmitir cultura, haciendo uso de determinadas aptitudes, que a los cazadores de hoy los debería dejar, cuando menos, atónitos.

Sevilla, 19/XI/2007

(1) Hof, P. R. y Van der Gucht, E. (2006). Structure of the cerebral cortex of the humpback whale, Megaptera novaeangliae (Cetacea, Mysticeti, Balaenopteridae). The Anatomical Record, Published Online: November 27, 2006. (DOI: 10.1002/ar.a.20407).

(2) Seeley, W. W, Carlin, D. A., Allman, J. M, Macedo, M. N., Bush, C, Miller, B. L. & Dearmond, S. J. (2006). Early frontotemporal dementia targets neurons unique to apes and humans. Annals of Neurology, 60 (6), 660-667.

(3) Cobeña Fernández, J.A. (2001). Las inteligencias sociales. Un modelo conceptual de las habilidades sociales desde el marco de la Psicología de la salud. Tesis Doctoral no publicada, Universidad de Sevilla, p. 49s.

El cerebro feliz

Louis van Gaal, aquél polémico entrenador del Fútbol Club Barcelona, reprendió el 23 de diciembre de 1999 a un periodista holandés con una frase que hizo historia: “Tú, siempre negativo, nunca positivo”. Aquel cerebro deportivo hizo diana en una conducta que atormenta al ser humano con una frecuencia inusitada. A menudo, sentimos que no nos encontramos bien, mentalmente hablando. Comenzamos a ver todo oscuro, negro, con una preconcepción de la vida, de las cosas, del trabajo, de la familia y de las amistades, donde no brilla lo positivo de la vida. Proyectamos en todo lo que nos rodea nuestro propio estado de des-ánimo [sic] y comenzamos a verlo todo, siempre, de forma negativa, nunca positiva. Y aquí es donde adquiere carta de naturaleza la inteligencia, el cerebro humano. Porque con independencia del aserto afortunado de Van Gaal, ¿es cierto que algunas personas suelen actuar así de forma habitual?, ¿se puede justificar esta conducta humana?.

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Las zonas señaladas en rojo, la corteza cingulada anterior y la amígdala, aparecen con activación importante en la RMNf (fotografía del experimento citado en Nature)

El pasado 24 de octubre saltó a la Noosfera un mensaje muy esperanzador, porque se ha descubierto cómo funciona el cerebro optimista, posiblemente feliz, habiéndose detectado mediante resonancia magnética nuclear funcional (RMNf) que se puede localizar ya la predisposición a esperar hechos positivos. En un artículo publicado en la revista Nature (1), por la doctora israelí Tali Sharot y colaboradores, pertenecientes al Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York, se ha demostrado que a través de las imágenes obtenidas mediante la RMNf se puede observar el mecanismo cerebral que subyace al optimismo y las diferencias entre unos individuos y otros. También se ha concluido que este mecanismo está localizado en la amígdala y en la región de la corteza cingulada anterior. También se ha comprobado que estas estructuras son más pequeñas cuando las personas sometidas a este estudio pensaban en situaciones negativas del futuro y cuando se recordaba el pasado. Por el contrario, estas áreas son mayores en los más optimistas.

Elisabeth Phelps, coautora del artículo de referencia y directora del laboratorio donde se ha llevado a cabo la investigación, ha declarado al respecto que “Comprender el optimismo es crítico, ya que se lo relaciona con la salud física y mental. Por otro lado, una visión pesimista está correlacionada con la gravedad de los síntomas de la depresión”. La bondad de este tipo de avances científicos es que nos permite vislumbrar los efectos contrarios de los hallazgos, descubriéndose al mismo tiempo que la depresión sabemos también dónde reside, por decirlo de forma metafórica. Tal y como se sabe a través del artículo publicado en Nature, el equipo de Phelps sometió a un grupo de siete hombres y a ocho mujeres, de edades comprendidas entre los 18 y los 36 años, a que pensaran en acontecimientos de su pasado, y que luego imaginaran su futuro durante 14 segundos, mientras sus cerebros eran analizados mediante resonancia magnética funcional, pidiéndoles también que se imaginaran a sí mismos en situaciones futuras como “ganar un premio” o “terminar con una relación amorosa”.”Cuando los participantes imaginaban circunstancias positivas, se detectaba una mejora de la activación en el cíngulo anterior y en la amígdala, que son las mismas áreas cerebrales que parecen funcionar mal en la depresión”, dijo la doctora Tali Sharot, principal autora del trabajo, que actualmente realiza un posdoctorado en el University College London, en Gran Bretaña. Los participantes más optimistas mostraban una mayor actividad en esta región al imaginar eventos futuros positivos”, agregó la doctora Sharot. “Nuestros resultados sugieren que mientras el pasado está cerrado, el futuro está abierto a interpretación, lo que permite a las personas tomar distancia de posibles eventos negativos y acercarse hacia aquellos que son positivos”, declaró Phelps por su parte.

En el post que publiqué sobre la estructura de la amígdala en este cuaderno de inteligencia digital, el 25 de febrero de 2007, Cerebro y género: una cuestión de amígdalas, abría unas líneas de investigación muy importantes para conocer bien esta pequeña estructura cerebral: “Desde el punto de vista científico, ya sabemos muchas cosas de la amígdala cerebral. Es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. Se puede llegar a conocer hoy, a través de técnicas no invasivas de tomografía mediante emisión de positrones (PET), el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala”. Y así fui adentrándome en el conocimiento de esta maravillosa central emocional y sentimental que tantos quebraderos de cabeza (nunca mejor dicho) suele darnos a lo largo de la vida. Sobre todo porque como finalizaba en ese post, es probable que cambie nuestra actitud ante la vida sabiendo que depende muchas veces de procesos en la neurotransmisión que, si los conocemos bien, podemos autojustificar las reacciones del periodista holandés que no gustaba a Van Gaal: “Tengo la impresión que la próxima vez que nos comamos una almendra, vamos a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacemos. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que ya sabe por qué está sintiendo algo especial. Misión cumplida”.

Hoy, de forma especial, porque ya sé que muchas veces no se puede controlar de forma autónoma la actitud positiva o negativa ante la vida propia ó asociada, maravillándonos de dos pequeñas estructuras, del tamaño de una almendra, las amígdalas cerebrales, que me proporcionan un bien-estar ó un bien-ser (perdón por el neologismo), que el cerebro se encarga de tratarlo para que cada persona sea más inteligente en el acontecer diario, con sus cadaunadas, de cada una, de cada uno, de todos.

Sevilla, 7/XI/2007

(1) Tali Sharot, Alison M. Riccardi, Candace M. Raio & Elizabeth A. Phelps (2007). Neural mechanisms mediating optimism bias. Nature 450, 102-105 (1 November 2007).