Volar, volar, volar…

Dedicado a los familiares, amigas y amigos de las personas que fallecieron en el accidente del avión de Spanair, de 20 de agosto de 2008. Para construir, en medio de una ceremonia de confusión de opiniones de todo tipo que saturan la inteligencia humana y digital.


Paisaje con la caída de Ícaro, Pieter Brueghel el Viejo, c.1558, Museos reales de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas.

Desde hace millones de años, el ser humano ha visto volar a los pájaros y esa imagen se ha grabado en el cerebro de cada mujer, de cada hombre, de nuestros antepasados, formando un archivo documental de millones de imágenes que se han perpetuado en la genética neuronal, creando millones de archivos en hipocampos humanos, en caballos encorvados que se asemejan a los que surcan las profundidades submarinas. Un día, el ser humano quiso volar, surcar los cielos y se puso a ello. Podía ser.

Quizá, a través del pintor Brueghel, el Viejo, tenemos noticias de diversos momentos de la historia en que las personas quisieron estar cerca de los cielos, de Dios, echando a volar su imaginación, pasando en primer lugar, históricamente, por la tradición oral sobre los acontecimientos de Babel, donde se quiso tocar el cielo escalando hacia él. Y no se sabía volar, aunque hoy volvamos a Brueghel, desesperadamente: “La pasión por el cuadro de Brueghel [La construcción de la Torre de Babel (1563)] comienza a complicarse. Mucho más cuando entramos de lleno en el texto bíblico del libro del Génesis, 11, 1-9, del que extractamos pasajes que no tienen desperdicio para nuestra finalidad digital. El versículo de arranque es una realidad parcial hoy: “Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras (…) Entonces se dijeron el uno al otro: “Ea, vamos a fabricar ladrillos y cocerlos al fuego” (…). Después dijeron: “Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra”. Pero Dios decidió darse una vuelta por el mundo y, en concreto, por aquel sitio y dijo: “He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo. Y desde aquel punto los desperdigó Yahvéh por toda la haz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel; porque allí embrolló Yahvéh el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Yahvéh por toda la haz de la tierra”. No pudo ser.

Quizá sea el mito de Ícaro y Dédalo, desde la visión escéptica de Brueghel en su cuadro “Paisaje con la caída de Ícaro” (porque las personas tienen que seguir viviendo [arando y pescando…] a pesar de un acontecimiento tan importante como la caída de Ícaro al mar), el que resume de forma más profunda el fracaso humano de experimentar el vuelo libre por imitación, llegando al siglo XXI con necesidad de apoyos metálicos y electrónicos para alcanzar ese sueño. Ícaro, hijo del arquitecto Dédalo, fue encarcelado junto a su padre en Creta: “Dédalo consiguió escapar de su prisión, pero no podía abandonar la isla por mar, ya que el rey mantenía una estrecha vigilancia sobre todos los veleros, y no permitía que ninguno navegase sin ser cuidadosamente registrado. Dado que Minos controlaba la tierra y el mar, Dédalo se puso a trabajar para fabricar alas para él y su joven hijo Ícaro. Enlazó plumas entre sí empezando por las más pequeñas y añadiendo otras cada vez más largas, para formar así una superficie mayor. Aseguró las más grandes con hilo y las más pequeñas con cera, y le dio al conjunto la suave curvatura de las alas de un pájaro. Ícaro, su hijo, observaba a su padre y a veces corría a recoger del suelo las plumas que el viento se había llevado, y tomando cera la trabajaba con sus dedos, entorpeciendo con sus juegos la labor de su padre. Cuando al fin terminó el trabajo, Dédalo batió sus alas y se halló subiendo y suspendido en el aire. Equipó entonces a su hijo de la misma manera, y le enseñó cómo volar. Cuando ambos estuvieron preparados para volar, Dédalo advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar. Entonces padre e hijo echaron a volar. Pasaron Samos, Delos y Lebintos, y entonces el muchacho comenzó a ascender como si quisiese llegar al paraíso. El ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y cayó al mar. Su padre lloró y lamentando amargamente sus artes, llamó a la tierra cercana al lugar del mar en el que Ícaro había caído Icaria en su memoria. Dédalo llegó sano y salvo a Sicilia bajo el cuidado del rey Cócalo, donde construyó un templo a Apolo en el que colgó sus alas como ofrenda al dios”. No pudo ser.

Ahora, sabemos ya cómo se puede volar, nuestro cerebro permite elegir, pero solo “pareciéndonos” a las aves del Cielo, aquellas que vio Dios como “bueno” cuando las creó, a diferencia de la creación del ser humano. Aunque nunca hemos podido volar por nosotros mismos, el acto creador de la inteligencia humana, aquél que ya nos permite volar a nuestra manera, ser inteligentes para seguir viviendo, dice el cronista histórico que proporcionó una gran satisfacción al Creador (para cada una, para cada uno, dondequiera que esté ó quienquiera que sea): y vio Dios que muy bueno… (no solamente bueno). Pudo ser, aunque no conozcamos todavía el Paraíso que al fin y al cabo también buscaban Ícaro y los constructores de Babel, apasionadamente.

Sevilla, 27/VIII/2008

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