Cambiar sin tregua

White Angel Breadline (1933), Dorothea Lange

Ayer leí una frase en un folleto de propaganda que me sorprendió por su agresividad comercial: no pudiendo cambiar los hombres, se cambian sin tregua las instituciones, atribuida al escritor y filósofo francés Jean Lucien Arréat (1841-1922). Al abrirlo, me encontré con publicaciones diversas sobre textos legales vinculados expresamente con la Administración Pública. Una forma original de presentar en sociedad la desconfianza hacia la evolución del ser humano. Es indudable el carácter cambiante de la legislación que emana del Estado, pero la frase me causó estupor porque daba por hecha la enorme dificultad que se encuentra en las personas para abordar cualquier cambio personal, profesional o familiar. Entonces, ¡acudamos al Estado, que sí tiene potestad para cambiar las personas, las cosas!

En los dos últimos años hemos asistido a uno de los mayores espectáculos del mundo, la desintegración de la llamada riqueza mundial. España no ha escapado a esta situación y ahí están las cifras y las realidades económicas consecuenciales para atestiguarlo. Pero lo verdaderamente sorprendente es que el gran hermano total, el vigilante de la gran playa mundial, la riqueza americana de este a oeste, controladora de los controladores, se ha desplomado con la misma violencia que las Torres Gemelas. Por eso era necesario Obama, porque todo el pueblo americano se había quedado en los últimos años sin control de riqueza propia y ajena. Es decir, comprobaba día a día que “los hombres no pueden cambiar”. Hacía falta un super-Hombre, como símbolo del super-Estado (aunque no se diga…)

Ayer, leí un artículo muy interesante que reforzaba esta tesis enunciada en el post. Lo firmaba Joaquín Estefanía en un análisis aleccionador: Lo peor no es inevitable, que se podría sintetizar en la siguiente frase: “La crisis se ha extendido como un pulpo a todos los ámbitos de la vida. Frente al temor de que el capitalismo sin reglas que ha provocado la Gran Recesión desemboque en una nueva burbuja, los ciudadanos han descubierto la prioridad de lo colectivo y la importancia de estar bien gobernados. Varios libros demuestran que el Estado vuelve a tener un lugar en el mundo”. Es decir, no es fiable el cambio posible de los hombres, como hilo conductor de la vida. Además, en el análisis de las premisas metodológicas que hace el autor, se evidencia que “mucho antes que las burbujas tecnológicas, inmobiliarias, bursátiles, financieras, había una burbuja del conocimiento que duró ya al menos un cuarto de siglo, basada en una visión economicista del mundo, según la cual éste se autorregulaba sin intervención de los poderes públicos, la agregación del interés de cada uno generaba el interés común y no había límites a la acción humana sobre la naturaleza. Es muy significativo comprobar cómo el estallido de la crisis económica ha coincidido con la llegada a la sociedad del debate sobre el cambio climático, afortunadamente superado el círculo de los expertos”. Es decir, se veía venir, pero nada erre que erre, como en los mejores tiempos de Paco Martínez Soria.

Hoy, para comenzar la jornada, he leído con atención otro artículo que confirma mi hipótesis de fondo, escrito por Paul Kennedy, titular de la cátedra J. Richardson de Historia y director de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. El título y subtítulos no tienen desperdicio: El Estado ha vuelto… y a lo grande. ¿Qué fue de los Amos del Universo satirizados por Tom Wolfe? Los ministros de Finanzas ocupan hoy su lugar. En contra de tantos augurios, Al Qaeda y la crisis han devuelto el protagonismo a los Gobiernos. Las reflexiones son extraordinarias, no las voy a transcribir completas, pero las resumo también en una sola frase: dos grandes erupciones de principios del siglo XXI han puesto en tela de juicio la hipótesis de que ya no necesitamos ni tenemos que prestar atención a lo que los conservadores estadounidenses llaman, con desprecio, el “gran gobierno”. Y lo explica a través del análisis del 11 S y sus consecuencias evidentes de retorno a la autoridad por todas partes (Gran Hermano Total), y “la crisis financiera internacional de 2008-2009, en la que la irresponsabilidad generalizada en el mercado de las hipotecas basura de Estados Unidos ha causado una onda expansiva que ha alcanzado a todo el mundo”.

Claro, como la evidencia demuestra que “no se pueden cambiar los hombres”, Kennedy dice que “el Estado ha vuelto a primera fila (si es que alguna vez dejó el teatro, y no estaba meramente descansando entre bambalinas). En la mayoría de los países, la parte gubernamental del PIB está aumentando sin cesar, en consonancia con el gasto oficial y las deudas nacionales. Todos los caminos parecen llevar al Congreso, o el Parlamento, o el Bundestag; o al Banco Popular de China. Los mercados observan con ansiedad el menor indicio de alteración de los tipos de interés o cualquier afirmación, por muy calculada o torpe que sea, sobre la fortaleza del dólar estadounidense” (el Gran Hermano Total que -¡ríanse de la nueva gripe!- cuando estornuda el mundo coge una pulmonía).

Hace muchos siglos y lo digo sin irreverencia temporal, leyendo algo sobre la dificultad de que “los hombres”, mejor, las personas, cambiemos, recordé una cita bíblica a la que profeso alta estima, localizada en un ámbito tan terrenal como el de la búsqueda de salidas a momentos de crisis, donde de alguna forma la persona “se muere” en vida, porque se formulan preguntas existenciales sobre el porqué de la pobreza total que nos hace “salir” de este mundo. Y las múltiples preguntas que cualquier ser humano afectado por la “crisis” (por fin salió la temida palabra) se hace a diario, porque las cosas (las personas) no cambian, demandan respuestas que se elaboran en el cerebro a lo largo de la vida, habiendo ocupado las religiones diversas que existen en el mundo, como sucede ahora con la proliferación de las creencias, un papel estelar en el prontuario de soluciones, orientando a millones de seres humanos hacia una creencia específica alojada en el “alma”: la de la existencia de Dios y sus diversas manifestaciones como solución integral e integrada a la lógica ilógica de la existencia humana. Y curiosamente ya estábamos advertidos por Qohélet: la respuesta no la vamos a saber nunca porque “[Dios] también ha puesto el afán en sus corazones, sin que el hombre llegue [nunca] a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (Eclesiastés 3, 11).

Y cuando creíamos que ya no podíamos obtener la mejor respuesta en el libro citado, se inicia el capítulo siguiente con la referencia a la amistad y al caminar juntos, porque si uno se cae siempre habrá alguien que te levante, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos: jamás se puede romper. La amistad del Estado, de los Gobiernos, que corren presurosos a buscar soluciones eficaces ante tanto desconcierto humano. Solo hay un peligro. Que los gobiernos, a veces, no son humanos y la cuerda de muchos hilos, incluso se puede romper. En el fondo, porque las personas sí cambian, cuando buscan la felicidad legítima del bien-ser, del bienestar, del que sí saben hacerlo bien –de este último- determinados Estados.

Sevilla, 7/VI/2009

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