La independencia no existe

EL ROTO RAYA

Suenan tambores de independencia de todo lo que se mueve en el mundo que nos rodea. La viñeta de El Roto, publicada en el diario El País, en su edición de 29 de enero de 2012, que preside este post, me pareció una interpretación muy inteligente de una tentación que rodea nuestra vida cuando llega el hartazgo de casi todo. En el momento actual, donde el fariseísmo gana adeptos día a día, se propaga la idea de que como el mundo está imposible, ¿yo no?, no hay más remedio que independizarse del propio mundo en el que vivimos y “a mí que no me llamen”, pidiendo a gritos aprendidos de Groucho Marx, de que lo paren ¡ya! porque hay que bajarse de él.

Nada más lejano de la realidad, cuando conocemos bien las estructuras de nuestra caja negra particular: el cerebro, que cada uno posee como un tesoro extraordinario y que poco se nos ha enseñado sobre él. He escrito mucho sobre esta realidad en este cuaderno de inteligencia digital y como pertenezco al llamado sector independiente, desde una perspectiva política, para entendernos, he creído necesario hacer unas reflexiones breves sobre esta realidad que existe, pero que al final es una realidad imposible, porque al igual que en el caso de la ideología, no hay independencia inocente.

El Diccionario de la Real Academia Española, en su última versión (22ª), define el lema independiente en sus acepciones segunda y cuarta como: 2. “Que no tiene dependencia, que no depende de otro; 4. Dicho de una persona: Que sostiene sus derechos u opiniones sin admitir intervención ajena”. Es decir, pretendemos en una gran operación cerebral no tener dependencia de nada ni de nadie, por una parte y blindar nuestros derechos u opiniones contra viento y marea, por otra.

Sencillamente imposible. El cerebro no descansa nunca. Tenemos hasta cien mil millones de posibilidades de ordenar lo que percibimos y sentimos a diario, afectos incluidos, y nada se borra salvo por accidentes vasculares cerebrales o traumas de etiología diversa. Siempre está atento a lo que nos rodea. Por eso salimos indemnes de tantos ataques conceptuales, educativos, familiares, políticos, físicos, psíquicos y éticos. O dañados. Porque dependemos de los demás, de los otros, de otros derechos. Para empezar, los de los demás, y porque nuestras opiniones son eso, solo opiniones, cuando crecen sin cesar teorías, relaciones, personas, decisiones políticas, partidos, religiones, que dan al traste con lo que intentamos proteger y mantener en el cerco de la llamada independencia.

Además, desde la perspectiva digital y siguiendo los principios expuestos por Manuel Castells, en La Galaxia Internet, “existen malas noticias para los que sólo quieren vivir su vida: si no nos relacionamos con las redes, las redes si se relacionan con nosotros. Mientras queramos seguir viviendo en sociedad, en este tiempo y en este lugar, tenemos que tratar con la sociedad red. Porque vivimos en la galaxia Internet”.

Porque toda la vida nos pasamos cuidando la raya que un día decidimos pintar en nuestro cerebro de secreto, en nuestro suelo firme de la existencia, en frase del Profesor López-Aranguren, la ética de secreto, porque tomamos esa decisión y la realidad nos demuestra que no es viable, cuando se cruza tantas veces sin contemplaciones y nos invaden los otros. Aunque la pintemos de rojo, delgada o gruesa, da igual.

Por estas razones y otras muchas existe su alternativa: el compromiso activo, en cualquier ámbito, porque se descubre que no podemos caminar solos, ser independientes en estado puro. Es lo que hacen nuestras neuronas a diario: reciben unas órdenes y las pasan a la neurona siguiente, a decenas o miles de siguientes, con impulsos eléctricos. Y se quedan todas en algún sitio a la espera de nuevas órdenes, sin descanso, es decir, de viajar siempre hacia alguna parte cuando las órdenes van cargadas de un único compromiso que no falla al hacer lo que se tiene que hacer: el trabajo bien hecho, la búsqueda de la felicidad propia y ajena. Eso sí, cuidando las delgadas líneas rojas propias y de los otros, estando pendientes siempre de ellas, como el protagonista de El Roto.

Sevilla, 5/II/2012

Un comentario en “La independencia no existe

  1. nicolas dijo:

    La independencia, asi como la libertad y la verdad son conceptos abstractos elevados (o quizás demasiado básicos) que marcan mas el deseo del ser humano y su sociedad que la realidad en que vive. Son eso: deseos. Podremos intentar acercarnos a ellos, no tenerlos plenamente en el sentido puro, porque el planteo ideal es demasiado para nuestro mundo limitado. Los limites (y sus regulaciones) de estos conceptos son los que determinan a la larga a las sociedades y a sus caracteres.
    Voy primero con el que me nace mas natural: la verdad. Tenemos la ferrea voluntad de capturarla, pero bella y enorme se nos escapa. Porque tener la verdad de algo o alguien implicaria conocer desde la forma mas profunda el algo o alguien que estudiamos.
    La libertad: aquella saltarina y divertida. Ella tampoco podemos tomarla.”A cada libertad se le asocia una responsabilidad”, nos termina atando con pequeños hilos y seducidos por la idea de movernos “libres”; para cuando comenzamos a ver que mi movimiento fue producto de otros, y los míos producen otros mas, es cuando mas libres nos sentimos y mas atados estamos.

    La independencia, mas adusta y seria, quien ha visto en nuestro afan de alcanzarla guerras, luchas y demas yerbas, sigue en la misma linea de sus hermanas mayores. Para conseguirla tiene que ser un “solo yo” pero no podemos situarnos en tamaña condición. La solución es compartirla: un “nosotros” y tal vez de esa manera se nos acerca, pero esto sera a costa de tener reglas como conjunto, generando una identidad.

    Vease que tamaños conceptos en nuestra lengua son femeninos: se nos generan atractivos,nos seducen y son bellos, pero asi también inalcanzables aun con sacrificios.

    Replanteando desde ahí tenemos:
    La Verdad nos establece conocimiento,
    La Libertad nos establece responsabilidad,
    La Independencia nos establece tolerancia.
    La Realidad nos establece limites a cada construcción ideada por nuestras mentes.

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