Armstrong, niño de la luna


Dedicado a Neil Armstrong, aquél americano en la luna, que hizo posible creer en la innovación y en el progreso, en una España que tenía helado el corazón.

Pertenezco a la generación que escuchó a Jesús Hermida la narración de la llegada de Neil Armstrong a la luna. Era de noche y mi abuela desconfiaba de todo lo que estaba viendo: ¡Hermida es así de fantástico!, decía tan tranquila. Y todos nos deshacíamos en esfuerzos para entender aquello que nos superaba, más que a mi abuela a decir verdad, todavía en una película de blanco y negro. España vivía un mes de julio muy caluroso desde el compromiso político. A lo más que aspirábamos a mi edad era a no estar en la luna y, sobre todo, a no pedirla, como se decía en mi casa si algo era desproporcionado.

Yo no estaba en la luna, porque al día siguiente me iba a atender a los familiares de enfermos del Hospital de las Cinco Llagas, para invitarlos a dormir y asearse, en una habitación limpia, de un piso que había alquilado la asociación a la que pertenecía, para entregarles dignidad como personas, a pesar de que fueran pobres de solemnidad, como se decía en aquella época. Estaba de vacaciones, y cogía un autobús desde de Valencina de la Concepción a Sevilla, ida y vuelta, con una misión posible, muy terrenal por cierto.

Aquella noche de 20 de julio de 1969, la voz trémula y engolada de Hermida, muy americano él, nos hizo muy cercana la llegada del primer hombre a la Luna, algo que se nos escapaba a los que estábamos muy cerca de la Tierra, en su difícil día a día, luchando por cambiar un país que vivía aquello como el mundo del nunca jamás.

Y al cabo de los años, recordábamos a la luna con una canción que Ana Torroja, del grupo Mecano, nos dejó para la posteridad, haciéndonos comprender que la Luna, a pesar de la visita de Amstrong, estaba sola, “quería ser madre”, y no respondía, muy celosa ella, cuando se le preguntaba, de forma más desafiante que el astronauta lo pudo hacer, aquello de:

Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer.
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.

Y la luna lo tenía muy claro. Un día no muy lejano, ese niño estaría muy cerca de ella porque nadie entendió el conjuro de una gitana, desafiante ella, ya estuviera en fase menguante o llena, o detectara una atrevidas huellas humanas de un tal Armstrong en su suelo:

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

Sevilla, 26/VIII/2012

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