El cerebro prefiere siempre la izquierda

Escribo estas líneas en momentos difíciles en este país, cuando es necesario reivindicar el papel que debe jugar la izquierda auténtica, aquella que siempre permitió comprender que es mejor caminar juntos que solos, como pueblo unido, como frente popular, porque si alguien cae ante la adversidad siempre tendrá cerca una persona que la levante. En todos los planos de la vida que podamos imaginar, sin excepción alguna. Los señores de negro (con barras rojas y blancas y estrellas blancas) o los de azul (solo con estrellas doradas) que pertenecen a la Unión Europea, ya avisan sin piedad: “Las dificultades para formar Gobierno podrían provocar una pérdida de confianza”. Y estas palabras nunca son inocentes.

Al buen entendedor pocas palabras bastan. Hoy es complicado hablar de la izquierda. Algunas personas tienen una actitud vergonzante para reconocerse como de izquierda ante la presión mediática de algunos líderes políticos, tertulianos de dos al cuarto y prensa más que amarilla que arremeten contra los que utilizan este término para situarse en un determinado espectro político. Los que quizá nos hemos equivocado de siglo, asistimos con cierta estupefacción a este demolición, acoso y derribo de todo aquello que suena a izquierda, porque es un lenguaje de la casta, que dicen algunos. Verdaderamente lamentable. Es de bien nacido ser agradecido y creo que quienes pasamos el examen histórico de ser de izquierdas, tenemos la suerte de pertenecer a un club digno, consecuente, coherente y comprometido con la conciencia de clase, no con el sentimiento de la misma. La conciencia fluye y permanece. El sentimiento siempre es fugaz. Por ello, debemos agradecer a la vida que nos haya dado tanto a la izquierda, incluso hermosas canciones (Violeta Parra dixit y Quilapayún cantavit).

También es justo reconocer que el cerebro juega una buena pasada con esto de ser de izquierdas, porque puestos a elegir le gusta más este lado de la vida. ¿Por qué? Existen razones de la neurociencia que el corazón también acaba reconociéndolas con el hemisferio derecho. Pero lo primero es lo primero. Por ejemplo, el lado izquierdo cerebral es el que nos permite hablar y preparar los conceptos para expresarnos adecuadamente, porque allí se alojan determinadas estructuras cerebrales que nos pre-disponen para ello. El habla es la principal característica de los seres humanos y cuando el hemisferio izquierdo enferma el ser humano sufre mucho, porque enferma el lado izquierdo de la vida. Ya lo he demostrado en varias publicaciones de este blog. Recuerdo especialmente una de 2007, cuando abordé la correlación entre inteligencia y pobreza, a raíz de una noticia publicada en la prestigiosa revista científica The Lancet y que podría ser una noticia de rabiosa actualidad hoy: “Más de 200 millones de niños menores de cinco años no consiguen alcanzar el pleno desarrollo de su potencial cognitivo a causa de la pobreza, la mala salud, la desnutrición y el cuidado deficiente”. La importancia de la inteligencia individual tiene ya su punto de partida en el hecho de la gestación del ser humano y en sus ciclos antecedentes de la unión de una pareja, por la aportación futura a la configuración de la inteligencia individual y conectiva. Y hay un dato irrefutable: cada año nacen en torno a 136 millones de niñas y niños, con unas capacidades determinadas por el carné genético de cada uno y por su entorno”.

Este bucle perverso, generado por la pobreza extrema que está más cerca de nuestras vidas de lo que a veces creemos, se forja en la visión integrada de la correlación existente entre inteligencia, gestación y nacimiento, como kilómetro cero de la proyección humana de la inteligencia individual. Y también por el extraordinario poder de la palabra, alojado en el hemisferio izquierdo del cerebro si se respetan las reglas del juego democrático de garantizar la educación, la salud y laos servicios sociales durante la vida de cada persona. Esta perspectiva de peligro de los desajustes sociales que tanto quiere proteger la izquierda, está mucho más cerca de la realidad social desarrollada de lo que muchas veces se piensa e investiga. Y llena de frustración saber que las posibilidades de cada inteligencia en particular se forjan en esta fase de los preliminares de la vida. Más tarde, comienza el camino errático de la pobreza global: física, psíquica y social.

El hecho de que las personas hablen, de que el pueblo hable, gracias a la izquierda cerebral, nos permite conocer hoy que las interacciones de los genes y el medio en el que se desenvuelven durante la gestación, nacimiento y crecimiento del ser humano, están aún por descifrar pero se sabe a ciencia cierta que constituyen una garantía de futuro cerebral escrita en el carné genético de cada uno para que pueda ser feliz si lo garantiza una ideología de forma equitativa y solidaria, porque las ideologías no son inocentes.

Quiero hacer una declaración de principios sobre la lateralidad de la izquierda cerebral, como aviso para navegantes malintencionados: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, que es una evidencia científica, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía: “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable.

Si la ciencia es capaz ya de anunciar a los cuatro vientos estas posibilidades, la injusticia social denunciada en el artículo de The Lancet anteriormente citado evidencia la gran fractura humana que sufrimos. Por cierto más cerca de nosotros de lo que creemos. Quizá en el piso de arriba de nuestras casas, en el teórico primer mundo, donde la inteligencia de las niñas y niños que conocemos pueden estar viviendo un auténtico infierno en su desarrollo cognitivo, afectivo y social. Eso sí, con una pobreza diferente que parece ser que solo interesa defender a los que no les importa seguir reconociéndose como miembros de la izquierda comprometida con compartir el sentido de vivir todos, no solo algunos, dignamente. Con conciencia de clase, naturalmente, porque todos no somos ni son iguales. Afortunadamente.

Sevilla, 25/I/2016

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