Las personas deben ser el eje de la investidura para la presidencia del Gobierno de España

MARIA ZAMBRANO

Sevilla, 11/VIII/2019

Estamos viviendo la cuenta atrás para la próxima sesión de investidura para la presidencia del Gobierno de España, según lo previsto en el artículo 99 de la Constitución española, estando en este momento situados en el apartado 4 del citado artículo: “Si efectuadas las citadas votaciones no se otorgase la confianza para la investidura, se tramitarán sucesivas propuestas en la forma  prevista en los apartados anteriores”, es decir, “[1…] el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno. 2. El candidato propuesto conforme a lo previsto en el apartado anterior expondrá ante el Congreso de los Diputados el programa político del Gobierno que pretenda formar y solicitará la confianza de la Cámara. 3. Si el Congreso de los Diputados, por el voto de la mayoría absoluta de sus miembros, otorgare su confianza a dicho candidato, el Rey le nombrará Presidente. De no alcanzarse dicha mayoría, se someterá la misma propuesta a nueva votación cuarenta y ocho horas después de la anterior, y la confianza se entenderá otorgada si obtuviere la mayoría simple”.

Ahora, cuando escribo estas líneas, estamos en el día 21 del plazo de dos meses que figura en el artículo 99. 5: “Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Quedan exactamente 39 días para resolver esta cuestión de Estado y la preocupación ciudadana crece por momentos, porque hay un sentir popular al que se debería prestar especial atención por los actuales representantes políticos: no se deben repetir las elecciones generales.

He escrito recientemente dos artículos en relación con la situación transitoria actual de base constitucional, Obligatoriamente obligados a entenderse y El acuerdo programático de izquierda para un próximo Gobierno en España: ¡es el interés general! Hoy, escribo el tercero, bajo la responsabilidad ciudadana que me otorga la Constitución al haber emitido un voto con la idea de que haya Gobierno inmediatamente y de acuerdo con los plazos legales previstos en la Constitución. Con ardiente im-paciencia [sic], separándome de Neruda solo por unas horas, en las que se puede perder la paciencia ética de la espera y esperanza política. Lo he recordado hoy cuando pronunció una frase gloriosa al finalizar su discurso en el acto de entrega del Premio Nobel: “En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres”. Hoy, no disfruto de ella en su expresión paciente, sino modulada por el prefijo negativo “im”, con el significado que a través de los siglos conocemos: intranquilidad producida por algo que molesta o que no acaba de llegar. Reconozco que estoy instalado en ella, en la impaciencia ardiente.

Para armar las ideas a transmitir en esta ocasión, he acudido a un texto precioso de María Zambrano, una andaluza excepcional natural de Vélez-Málaga, de lectura imprescindible, en un libro escrito en 1958 fuera de España por su ideología republicana, Persona y Democracia (1), donde analiza la responsabilidad de cada persona en democracia, que me ha parecido de una actualidad rabiosa.

La primera cuestión es recordar a los politólogos y políticos en general, obligatoriamente obligados a entenderse y que participan en dimes y diretes de la próxima investidura, que la democracia es la sociedad española en la actualidad “en la cual no solo es permitido, sino exigido, ser persona”, tal y como lo define María Zambrano en el libro citado (p. 183). No se debería olvidar esta cuestión porque no hablamos de la definición clásica de “gobierno del pueblo”, porque ser persona, es pertenecer a un pueblo concreto, trascendiéndolo. Cuando se habla de empleo, sanidad, dependencia y educación, deberían pensar los artífices de los posibles pactos de investidura o los acuerdos programáticos que procedan, que para ser personas en este país democrático hay que tener empleo, servicios de salud personalizados, servicios sociales que atiendan los procesos de dependencia humana y acceso universal, obligatorio y gratuito a la reina de la democracia, la educación universal y estructurada desde la etapa infantil hasta la universitaria.

María Zambrano lo explica de forma muy clara y contundente: “Y si alguna vez, realmente, desaparecieran las clases sociales, solo podría suceder en virtud de que se hubiese llegado a vivir desde el ser persona del todo, de que esa realidad de la persona hubiese invadido, por decirlo así, toda el área de la realidad humana. De no ser así, las clases [sociales] nacerán y renacerán, una y otra vez. Más, en cambio, si el ser persona es lo que verdaderamente cuenta, no sería tan nefasto el que hubiese diferentes clases, pues por encima de su diversidad, y aún en ella, sería visible la unidad del ser persona, del vivir personalmente. Se trata, pues, de que la sociedad sea adecuada a la persona humana: su espacio adecuado y no su lugar de tortura” (p. 187).

La sociedad española tiene un futuro en manos de los representantes políticos actuales, en la dialéctica expresada: si los ciudadanos y ciudadanas del país se tienen en cuenta como personas en un acuerdo programático de Gobierno seguro, como los puertos, España será un espacio adecuado de empleo, sanidad pública, educación universal y gratuita, y atención cuidada a la dependencia en todas y cada una de sus manifestaciones. Y millones de personas de este país deberían dejar de sufrir los problemas de paro y sociales de todo tipo que inundan las estadísticas españolas del dolor humano.

Solo nos quedan 39 días para vivirlo o no. Lo he aprendido de María Zambrano, cuando justifica por qué escribió ese precioso libro: que se dé nuevamente en este pequeño planeta, en este país, “un triunfo glorioso de la Vida” por el solo hecho de ser personas.

 

(1) Zambrano, María. Persona y democracia, 2019. Madrid: Alianza Editorial.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

 

 

El acuerdo programático de izquierda para un próximo Gobierno en España: ¡es el interés general!

Sevilla, 1/VIII/2019

En estos días tan aciagos, en los que vamos del timbo al tambo político (como decía García Márquez sobre algunos días de su existencia), he recordado una frase que se repetía de forma machacona en la campaña presidencial de Clinton, de 1992, para que se instalara en los cerebros de la ciudadanía americana y, por extensión, mundial, hasta nuestros días: “¡es la economía, estúpido!” (the economy, stupid), ¡esa es la solución! Nada más. Y a estas alturas de la situación política del país, decepcionado mayoritariamente por lo ocurrido en la sesión de investidura del pasado 25 de julio, de cuya fecha no quiero acordarme, estamos ya en el filo cortante de la navaja, de la existencia, sin saber si hay camino hacia alguna parte, desconcertados a todos los niveles que alcanza el entendimiento político. Lo que debería resonar ahora en nuestros oídos, mucho más fuerte que el viento, es esta idea cargada de sentimiento y pensamiento: el acuerdo programático de izquierda para un próximo Gobierno en España, ¡es el interés general! Por este motivo, no quiero callarme en estos tiempos difíciles, de tanta desazón, como los lugareños de las últimas escenas de una película extraordinaria, La lengua de las mariposas, presa del terror de la indecencia, con silencio cómplice, ante la cordada de personas dignas, que piensan de forma diferente, que creen por encima de todo en el interés público, general, que preconiza siempre la Constitución que nos une.

Personalmente, con la sombra de aquella enigmática frase de Lenin, ¿qué hacer?, en la que crecí en tiempos de una España difícil, creo que cada persona puede en su pequeña persona de secreto, sola o acompañada, trabajar por otro país mejor a través de un Gobierno imprescindible, porque es posible, sin esperar que el telediario, las noticias a través de diferentes medios, o las opiniones de barra de café, vengan a solucionar los problemas acuciantes que atraviesan España, Andalucía, las familias andaluzas. Pero ¿qué hacer? He leído la carta que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, en su calidad de Secretario General del Partido Socialista Obrero Español, envió ayer a los militantes de su Partido, donde habla de los seis ejes de actuación que presentó en su discurso de investidura el martes pasado: empleo de calidad, transformación digital de la economía, transición ecológica, feminismo, justicia social y voluntad de cohesionar España dentro de una Europa unida. Para empezar creo que hay un planteamiento serio sobre la mesa para aunar esfuerzos y voluntades en el denominado Acuerdo Programático de Gobierno que permita obtener los votos necesarios para que se constituya el Gobierno más adecuado de izquierda. Las carteras ministeriales serán siempre un asunto posterior.

Lo han dicho en todos los medios de comunicación social del país: el Gobierno no se irá de vacaciones porque España tiene en estos momentos un problema muy serio, dado que hay que formar un Gobierno antes del 23 de septiembre, no a cualquier precio, con objeto de que no se vuelvan a convocar elecciones generales. Ocupo desde hace muchos años un sitio en la amura de babor de “La Isla Desconocida”, el barco imaginario de José Saramago para los que amamos los cuentos de las islas desconocidas, saliendo de nosotros mismos para estar siempre con los demás, defendiendo la vida digna de todos y, sobre todo, la de los que menos tienen. Escribo porque me queda la palabra en un momento transcendental para este país para conformar un Gobierno de progreso y porque creo que a través de ella, la palabra, podemos crear un Partido de Personas Dignas, virtual en este momento, pero que podría llegar a ser algo más, con un objetivo también muy claro: acabar con silencios cómplices que se visibilizan de forma dramática con la abstención de votos de determinada izquierda desunida en el Congreso de los Diputados, que impidió la investidura de Pedro Sánchez, el candidato designado por el Rey para formar un Gobierno a la mayor brevedad posible. Si nos lo proponemos con la dignidad de cada una, de cada uno, que tanto amo, venceremos. Dignidad de la izquierda, por encima de todo.

Las elecciones generales del pasado 28 de abril ya han pasado y necesitamos gritar a los cuatro vientos que hasta aquí hemos llegado en este país, que la izquierda tiene que organizarse urgentemente, olvidar rencillas y disputas cortesanas, y dedicarse a formar una alternativa de progreso y cambio que devuelva a través del Gobierno y del Congreso el sentido de la vida y de la dignidad humana a todo el país y sobre todo a millones de personas que malviven por el paro, por el dolor de la pobreza y que a pesar de todo piensan que un día no muy lejano se resolverá su drama personal y familiar. Los agoreros mayores del reino piensan que fuera de la derecha no hay salvación, como nos enseñaban en el catecismo de nuestra infancia sobre la pertenencia salvadora a la Iglesia oficial. Pero no es verdad.

Ha llegado el momento de actuar. Con independencia de lo que puedan hacer definitivamente los partidos de izquierda o de abajo, los de toda la vida al final, con el Acuerdo Programático de Gobierno para la nueva Legislatura, deberíamos aunar voluntades con el amor y el sufrimiento, desde las bases ciudadanas de la izquierda popular, para luchar por un futuro digno, propio y ajeno, como aprendimos de la voz de Quilapayún en la Cantata de Santa María de Iquique y que no me avergüenza citarla todavía hoy. Deberíamos celebrar encuentros en la calle, tomarla en el sentido más democrático del término, inundar las redes de mensajes solidarios de la izquierda digna, publicar artículos en blogs y mensajes cortos en redes sociales, plantear debates en el tejido asociativo en el que estemos insertos, estar presentes en todos los medios de comunicación y celebrar actos en la Universidad Pública y en la Universidad de las Aceras y de las Calles que tanto amaba la urbanista Jane Jacobs, entre otras muchas actividades, para demostrar y demostrarnos que todavía hay una solución a la gobernabilidad de este país sin tener que esperar pacientemente y en silencio cómplice al mes de septiembre desde las zonas de confort. Hay que romper definitivamente con el mantra de la crónica de una falta de entendimiento crónico de la izquierda. Es imprescindible la movilidad popular y las redes sociales son esenciales para organizarnos y encontrarnos en lugares abiertos, en la Noosfera (la piel pensante que envuelve el mundo), para demostrar que otro país es posible.

¿Qué hacer? Creer en el interés público, el general, en el que tanto insiste la Constitución actual, por encima del personal o el de partido con siglas concretas: es la única solución, aunque haya que cambiar cuestiones vitales en el desarrollo actual de la misma, porque si nos podemos salvar todos, siempre será mejor que uno solo, o unos pocos, sobre todo aquellos que mueven los hilos de la marioneta mundial de la economía de mercado, a través del rating, de las primas de riesgo, de los bancos malos de remate, etcétera, etcétera. Solidaridad frente a codicia. Interés público, general, para salvar la situación del empleo, de la educación, salud y servicios sociales para todos los que lo necesiten, no solo para los que puedan acceder a ellos con privilegios o porque puedan pagarlos. En definitiva, frente a los mercados implacables, simbolizado en aquellas palabras de la campaña de Clinton y sus adláteres actuales, hay que gritar muy fuerte: “Es el diálogo, el interés público”. Sin más. Y sin insultar como lo hicieron ellos, como lo hacen todavía en el momento actual, creyendo que la malla mundial de personas que habitan el planeta Tierra o, por extensión, España, es tonta. O estúpida, como creían en 1992 y creen muchos todavía hoy.

En estos tiempos tan modernos, rescato a Chaplin y vuelvo siempre a mi rincón de pensar y de escuchar la banda sonora de mi vida, con una fuerte carga ideológica porque la música tampoco es inocente al igual que las ideologías, según Lukács. Aprendí de Víctor Jara que “hoy es el tiempo que puede ser mañana”. La mejor forma de no olvidarlo es atender estas palabras en su hoy, que ahora es el nuestro, porque no han perdido valor alguno al recordarlas en estos momentos cruciales para este país. Sería una forma de salir del silencio cómplice en el que a veces estamos instalados para complicarnos la vida en el pleno sentido de la palabra. Merece la pena porque en la izquierda digna se sabe que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pasen las personas libres para construir una sociedad mejor. Palabra de Allende y ¿por qué no?, nuestra. Para quien la quiere seguir escuchando y practicando a pesar de todo.

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Soñar es crear despiertos

EL SUENO

Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Sevilla, 31/VII/2019

El neurocientífico Mariano Sigman decía recientemente que mientras dormimos “[…] el cerebro ni se apaga ni trabaja a media máquina. Al contrario, funciona a pleno consumiendo tanta energía como durante la vigilia. Y muchas historias sugieren que el sueño es de hecho una usina creativa”. La palabra usina se utiliza en Argentina con un sentido más acotado que en España, que interpretamos como fábrica, aunque conviene leer con precisión su significado según nos enseña el diccionario de la Real Academia Española, que tiene un sentido más profundo relacionado con el cerebro y derivado de la palabra francesa “usine”: “Instalación industrial importante, en especial la destinada a producción de gas, energía eléctrica, agua potable, etc.”. Es un término utilizado frecuentemente en Latinoamérica, sobre todo en Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Perú.

Es verdad. El cerebro no “duerme” sino que se organiza de nuevo durante el sueño, dejando fluir escenas preciosas o tristes para nuestra vida, mientras que los millones de neuronas trabajan de forma armónica para reagruparse por estructuras mientras dormimos: amígdalas, hipocampo, córtex y el resto de las estructuras cerebrales preparan el cerebro para su “encendido” general al despertarnos. Los resultados cada mañana son mágicos e impredecibles.

La magia de soñar despiertos o dormidos, es una realidad cerebral que no está en el mercado ni podemos comprar en Amazon en oferta prime. La tiene de fábrica (nunca mejor dicho) cada ser humano, aunque el desarrollo de las diferentes estructuras cerebrales no es inocente y la preparación para el sueño confortable o no, a lo largo de la vida, es cooperante necesario para cada persona. Es una singularidad humana por excelencia y la dificultad estriba en saber contar o narrar el sueño de cada uno, de cada una. Me parece una cualidad humana fascinante.

Hace unos años pudimos ver una campaña en televisión de Lotería y Apuestas del Estado (Sociedad Mercantil Estatal adscrita al Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas de España), pagada con dinero público y que curiosamente intentaba convencernos de una realidad tergiversada por la crisis de valores que atraviesa la sociedad actual. La campaña tenía una idea fuerza que machaconamente se repetía en cada spot: no tenemos sueños baratos. Nos transmitía un mensaje directo, no subliminal, porque comprando La Primitiva se pueden cumplir los sueños caros, en una descarada declaración de principios y de valores sobre la que ya nos alertaba Machado al recordarnos algo proverbial: todo necio confunde valor y precio.

¿Soñar creando es caro? No, todo es ponerse en determinados momentos de la vida consciente (el sueño inconsciente es harina de otro costal humano, sin acudir necesariamente a las interpretaciones de Freud), cuando nos hacemos con las riendas de nuestros valores y los echamos a volar despiertos. En este sentido vuelvo a mi museo de sueños queridos viendo la fotografía que encabeza estas palabras, realizada por Man Ray, en 1937, a la que tituló Sueño, en la que aparecen Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito, tan de actualidad siempre) y Germaine Huguet. Pertenece a esa colección de imágenes que cada uno lleva en su cerebro de secreto, que no necesitan comentarios especiales, porque siempre se asocian a experiencias personales e intransferibles, aunque observándola con detalle sobrecoge la posición de los párpados de ambas mujeres, los labios entreabiertos de Germaine como queriendo decir algo bello, que sugieren un sueño reparador en un momento preciso en la vida de cada una.

Saco una bella lección. En estos momentos de contexto complejo para todos, sin excepción, hay que mirar la excelente fotografía de Ray con atención preferente y aprender a cerrar los ojos ante aquello que no nos proporciona bienestar alguno, buscar un rincón de paz en la vida particular de cada uno y soñar de forma consciente, como lo hacen estas mujeres, sin esperar al sueño de la noche, que casi siempre se queda en el olvido. O al sueño caro al que nos invitaba el spot citado y de forma no inocente.

Me acuerdo…, emulando a Joe Brainard, de que en 2015 leí un artículo en una revista de la Fundación Vicente Ferrer, sobre las fábricas de sueños en India, formando parte de su cultura desde hace más de cien años a través de la industria del cine. La pregunta del millón de dólares es obvia: ¿por qué se denominan así y perviven todavía hoy de esta forma?: “Al público indio le apasionan las películas espectaculares y fantásticas: películas que tienen poco en común con el día a día de la mayoría de la población. Lo cuenta Álvaro Enterría en el libro “La india por dentro”: “Una vez un amigo mío me dijo que no le gustaba el cine occidental: para ver un mundo realista ya tenía el mundo normal. El cine indio fabrica sueños”.

Una última reflexión, de economía circular y de bajo coste, por cierto: es conveniente soñar junto a la persona que queremos, porque la felicidad es mayor, al trenzarse el amor como una cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Y en este tiempo de campaña de lotería que anima a soñar en cosas caras, a tener y no a ser, quiero probar de nuevo las sensaciones que me proporciona contemplar una y otra vez esta bella fotografía. Es lo que tiene no confundir, como todo necio, el valor y precio de este tipo de sueños que, digan lo que digan los demás, no es caro.

La vida sigue siempre dispuesta a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos. Descansar en este verano tan prometedor y controvertido desde la vertiente política que tanto nos afecta es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Como en el campo, los sueños realizados son solo para quienes los trabajan.

Tenemos un derecho barato que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

 

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Donde pongo la vida pongo el fuego

ANGEL GONZALEZ

Sevilla, 27/VII/2019

Ángel González escribió estas bellas palabras (1) en un soneto inolvidable para momentos difíciles. Tengo que reconocer que lo que sucedió el pasado jueves en el Congreso de los Diputados y Diputadas me dejó tocado, pero no hundido: otra vez la izquierda desunida que, así, siempre será vencida.

Abro el libro donde creo que está la clave de lo que me pasa y leo de nuevo, con emoción reverencial, un soneto precioso grabado en mi memoria de secreto, escrito por Ángel González, que sin salir nunca de su infancia se convirtió “de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía”. Zarandeado siempre por el destino, que urdió su trama sin contar nunca con su voluntad:

Donde pongo la vida pongo el fuego
De mi pasión volcada y sin salida.
Donde pongo el amor, toco la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
Vuelvo a empezar sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
No me doy por vencido, y sigo, y juego

Lo que me queda: un resto de esperanza.
Al siempre va. Mantengo mi postura.
Si sale nunca la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza.
Pero nunca o amor, la fe segura:
Jamás o llanto, pero mi fe es fuerte.

La vuelvo a leer varias veces, para convencerme de que mi fe es fuerte, porque a veces, en la vida, sale amor al siempre va y porque sé que la primavera avanza para unirnos y para que tengamos fe en que, de esta forma, jamás seremos vencidos.

(1) González, Ángel. Palabra sobre palabra. Barcelona: Planeta-Seix Barral, 2018, p. 128.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: https://elpais.com/cultura/2018/01/11/actualidad/1515698954_706494.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Obligatoriamente obligados a entenderse

[…] El tema 83, la democracia,
el ácido sulfúrico, los ceros,
el tacón, las hambres, el casamiento
orgánico.

De este mundo los dos sabemos poco.
Y sin embargo, estamos aquí, obligatoriamente obligados a entenderlo.

Rafael Ballesteros, Ni yo tampoco entiendo

La izquierda desunida siempre será vencida. Lo vimos ayer en el espectáculo del Congreso de los Diputados. Lo he escrito en bastantes ocasiones en este blog y a diferencia de lo que decía de forma sabia y metafórica Groucho Marx, recurro a mis principios porque no tengo otros. En el álbum musical de mi vida ocupa un sitio privilegiado una canción muy breve interpretada por Aguaviva, Ni yo tampoco entiendo, con letra del poeta malagueño Rafael Ballesteros, que procuro aplicarla todos los días por su mensaje final. Ha finalizado un largo proceso electoral de casi cinco años, con un acelerón último en los meses de abril y mayo de este año, que muestra de forma clarividente que todos, sin excepción, estamos obligatoriamente obligados a entendernos: partidos políticos y ciudadanía, casi por igual, tanto monta monta tanto, porque los votos son de los ciudadanos que votan. Pretendemos, con nuestro voto, ser dueños de nuestro destino, algunos con más ensoñación democrática de su destino que otros.

Los más antiguos del lugar recordarán esa preciosa canción sobre nuestro destino, interpretada por Aguaviva y sus estrofas finales: “De este mundo los dos sabemos poco. / Y sin embargo, estamos aquí, obligatoriamente obligados a entenderlo”. Decía Manuel Rivas en su columna del domingo electoral de 26 de mayo, en el diario El País, hablando de lo que hace verdaderamente daño a la política, nacional y europea, que “Hay mucha gente desencantada de la política, tal vez porque tenía de ella una visión providencial. Yo no estoy desencantado, ni encantado, porque no espero milagros. Me parece suficiente milagro una política que no haga daño. Aunque imperfecta, que no cause desperfectos. Que no penalice la libertad, que no normalice la injusticia, que frene la guerra contra la naturaleza. Una política que no se nos caiga encima”.

Aquella canción nos dejaba inquietos ante el permanente mundo al revés, tan frecuente en nuestras vidas:

Ni yo tampoco entiendo si se me abre
el grifo y sale una bala tras otra
bala, si abro la puerta y se nos entra
el fusilado y cierro y se me queda
fuera el dedo, si unto amor en el labio entreabierto
y nada, si miro al muro
y todavía distingo los boquetes

A casi veinticuatro horas de la votación de investidura de ayer, tenemos que reconocer que de este mundo de la política de pactos sabempoco, pero estamos aquí obligatoriamente obligados a entenderlo. Por encima de todo, amamos una política que no haga daño, “aunque imperfecta, que no cause desperfectos. Que no penalice la libertad, que no normalice la injusticia, que frene la guerra contra la naturaleza. Una política que no se nos caiga encima”. Y, sobre todo, al estar viviendo en una democracia representativa, ahora toca a los políticos tomar la responsabilidad de entenderse entre ellos. Están obligatoriamente obligados a hacerlo. La izquierda sabe que hay una palabra mágica que no hay que traicionar: unidad. Eso sí, sin esperar milagros, porque es suficiente con que la política no haga daño a nadie que es el principal milagro, terrenal y cercano.

Sevilla, 26/VII/2019

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / y 14. La Micaela

LA MICAELA-MARÍA CELESTE

La Micaela (izda.), acompañada de La María Celeste y La Marinera de la Rosa, en Isla Negra

Sevilla, 25 /VII/2019

Abordo el último post de esta serie comentando la existencia de una mascarona de proa de nombre asombroso, La Micaela, el último que incorporó a su colección de Isla Negra, en 1964, aunque tengo que aclarar que Neruda tenía más mascarones en su casa que no he detallado, sí nombrado, en esta serie: El Gran Jefe Comanche, el Pirata Drake, El Armador, La Sin Nombre y algún otro mascarón o mascarona no comentados por el poeta. ¿Los abandono a su suerte? No, porque estoy convencido que tienen historias admirables detrás, sobre todo después de leer atentamente la elegía “A una estatua de proa” (Canto General XIV, El gran Océano, XV), que describe a la perfección lo que sentía Neruda en relación con sus “juguetes grandes”, con bellísimas palabras envueltas en tristeza y lamentación, comprendiendo la intrahistoria de cada uno, de cada una, de todos y todas, siempre desde su amura de babor en tierra:

En las arenas de Magallanes te recogimos cansada
navegante, inmóvil
bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce
y doble
desafió dividiendo en sus pezones.

Te levantamos otra vez sobre los mares del Sur,
pero ahora
fuiste la pasajera de lo oscuro, de los rincones,
igual
al trigo y al metal que custodiaste
en alta mar, envuelta por la noche marina.

Hoy eres mía, diosa que el albatros gigante
rozó con su estatura extendida en el vuelo,
como un manto de música dirigida en la lluvia
por tus ciegos y errantes párpados de madera.

Rosa del mar, abeja más pura que los sueños,
almendrada mujer que desde las raíces
de una encina poblada por los cantos
te hiciste forma, fuerza de follaje con nidos,
boca de tempestades, dulzura delicada
que iría conquistando la luz con sus caderas.

Cuando ángeles y reinas que nacieron contigo
se llenaron de musgo, durmieron destinados
a la inmovilidad con un honor de muertos,
tú subiste a la proa delgada del navío
y ángel y reina y ola, temblor del mundo fuiste.
El estremecimiento de los hombres subía
hasta tu noble túnica con pechos de manzana,
mientras tus labios eran oh dulce! humedecidos
por otros besos dignos de tu boca salvaje.

Bajo la noche extraña tu cintura dejaba
caer el peso puro de la nave en las olas
cortando en la sombría magnitud un camino
de fuego derribado, de miel fosforescente.
El viento abrió en tus rizos su caja tempestuosa,
el desencadenado metal de su gemido,
y en la aurora la luz te recibió temblando
en los puertos, besando tu diadema mojada.

A veces detuviste sobre el mar tu camino
y el barco tembloroso bajó por su costado,
como una gruesa fruta que se desprende y cae,
un marinero muerto que acogieron la espuma
y el movimiento puro del tiempo y del navío.
Y sólo tú entre todos los rostros abrumados
por la amenaza, hundidos en un dolor estéril,
recibiste la sal salpicada en tu máscara,
y tus ojos guardaron las lágrimas saladas.
Más de una pobre vida resbaló por tus brazos
hacia la eternidad de las aguas mortuorias,
y el roce que te dieron los muertos y los vivos
gastó tu corazón de madera marina.

Hoy hemos recogido de la arena tu forma.
Al final, a mis ojos estabas destinada.
Duermes tal vez, dormida, tal vez has muerto,
muerta:
tu movimiento, al fin, ha olvidado el susurro
y el esplendor errante cerró su travesía.
Iras del mar, golpes del cielo han coronado
tu altanera cabeza con grietas y rupturas,
y tu rostro como una caracola reposa
con heridas que marcan tu frente balanceada.

Para mí tu belleza guarda todo el perfume,
todo el ácido errante, toda su noche oscura.
Y en tu empinado pecho de lámpara o de diosa,
torre turgente, inmóvil amor, vive la vida.
Tú navegas conmigo, recogida, hasta el día
en que dejen caer lo que soy en la espuma.

La Micaela fue la última mascarona que adquirió Neruda, en 1964, para completar su colección de mujeres que navegaban siempre con él, “recogidas, hasta el día en que dejen caer lo que soy en la espuma”, aunque por el contexto histórico de sus azarosas vidas agradezcan ahora la presencia entre ellas del Gran Jefe Comanche, hecho de sequoia roja, como bien decía de él el propio Neruda: “Lo cierto es que nunca desarrugó el ceño: que con arco, hacha, cuchillón y ademán es el valiente entre mis desarmadas doncellas del mar”.

La última en llegar a mi casa (1964) fue la Micaela. Es corpulenta, segura de sí misma, de brazos colosales. Estuvo, después de sus travesías, dispuesta en un jardín, entre las chacarerías- Allí perdió su condición navegativa, se despojó del enigma que ciertamente tuvo (porque lo trajo de los embarcaderos) y se transformó en terrestre pura, en mascarona agrícola. Parece llevar en sus brazos no el regalo del crepúsculo marino sino una brazada de manzanas y repollos. Es silvestre.

Ha sido una experiencia preciosa subirme a la amura de babor de “La Isla Desconocida” para elegir la mascarona de proa incardinada en el bauprés del velero soñado por Saramago, que me ayuda a cumplir todos los días la misión encomendada con la lectura de su “Cuento de la Isla Desconocida”, porque todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, aunque sea la mujer del cuento, la limpiadora convertida hoy en mascarona de proa, la que conoce mejor que nadie lo que de verdad significa buscar islas desconocidas y gritarlo a los cuatro vientos: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

THE END

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 13. El manuscrito de Una casa en la arena 

MANUSCRITO UNA CASA EN LA ARENA

Sevilla, 24/VII/2019

La verdad es que me impresionó conocer que los dos cuadernos manuscritos de Una casa en la arena, el mejor registro oficial de los mascarones y mascaronas de proa y popa de Neruda, están en España, depositados en la Real Academia Española, en el legado correspondiente al académico Antonio Rodríguez-Moñino (rehabilitado por el gobierno franquista para impartir docencia y acceder a la Real Academia Española por sus antecedentes republicanos), a quien se los regaló el poeta, fechado en París, el 25 de noviembre de 1965, con el siguiente texto y su impecable caligrafía de tinta verde: “Estos dos cuadernos son el manuscrito original de Una casa en la arena, que dedico a mi gran amigo Antonio Rodríguez Moñino, a quien me une toda una época de grandes alegrías y dolores mortales”.

En el detalle de los manuscritos, según se puede consultar en la ficha técnica correspondiente de la RAE, se pueden identificar las páginas dedicadas a los mascarones en los dos cuadernos, con la siguiente disposición general de los textos:

Una casa en la arena [Manuscrito] / Pablo Neruda– , 1965
2 v. ; 23 x 17 cm

Autógrafo en dos «caderno de desenho para fins didáticos» de la marca «Minerva»

Incluye: Carta impresa de Pablo Neruda dirigida a Antonio Rodríguez-Moñino, indicándole que le envía este manuscrito

Contiene: Cuaderno 1: El mar. – Laënnec, 19-III-65 ; Estas arenas de granito amarillo son privativas…. – 20-III-65 ; Nadie conoce apenas o todos conocen en vilo… ; Piedras, peñas, peñascos… tal vez fueron segmentos del estallido…. – Laënnec, 21-III-65 ; Ceremonia. – Laënnec, 23 marzo 1965 ; La bandera. – Marzo 22 ; El ancla. – 22 Marzo ; El locomóvil ; La sirena. – 22-III-65 ; La María celeste ; La Micaela. – 23-III-65 ; El gran jefe comanche. – 23-III-65 ; La Cymbelina. – 23-III-65 ; La bonita. – Las Palmas, 28-III-65 / Pablo Neruda.

Cuaderno 2: Dedicatoria a Antonio Rodríguez-Moñino. – París, 25-Noviembre-1965 ; La casa en la arena ; El pueblo. – 25-III-65 ; El pueblo ; Los nombres. – 26-III-65 ; La medusa. – 27-III-65 ; El armador. – Las Palmas, 27-III-65 ; La señalada. – 28-III-65 ; Amor para este libro. – 1-Abril-65 / Pablo Neruda

En el primer cuaderno tít. autógrafo de Pablo Neruda en la cubierta.: «Desde Montevideo al Havre» y en el segundo: «Una casa en la arena»

Manuscritos, con bolígrafo en tinta azul y roja

Leo con respeto reverencial que los escribió en “dos cuadernos de dibujo para fines didácticos, de la marca Minerva”, en tinta azul y roja, situándolos en tiempo y espacio muy concretos, detalle que me ha descubierto localizaciones precisas de sus recuerdos, iniciándolos en el viaje de Montevideo al Havre, después en el tiempo detenido en Laënnec (Lyon) y breves incursiones en Las Palmas, escritos a partir de 19 de marzo de 1965 y hasta 1 de abril del mismo año.

Ceremonia, La Sirena, La María Celeste, La Micaela, La Sirena, El Gran Jefe Comanche, La Cymbelina, La Bonita (éste escrito en Las Palmas), La Medusa, El Armador (de nuevo en Las Palmas) y una incógnita que no he podido descifrar, La Señalada, son recuerdos que he vivido directamente al escribir sobre ellos. ¿La Señalada era otra mascarona? Es una duda que tengo que despejar. Algún día visitaré la Real Academia Española y consultaré los originales. Por ahora, sé que La Micaela fue la última mascarona de proa que añadió a su colección de Isla Negra en 1964.

Junto a La Sin Nombre, La Separada es un reto por descubrir. Apasionante lo aprendido y lo que queda por aprender.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 12. La Marinera de la Rosa

CASAS NERUDA PEHUEN

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus (De la rosa solo nos queda el nombre)

Última línea de El nombre de la rosa, de Umberto Eco

Sevilla, 23/VII/2019

De la mascarona La Marinera de la Rosa solo nos queda su nombre, no su historia. No he localizado justificación alguna en la obra de Neruda, de este nombre de la mascarona con traje de marinera y con una rosa en su mano derecha, con rostro serio, pómulos resaltados y mirada perdida en el mar. Pablo Neruda no lo explica en una obra fundamental para conocer a estas compañeras del alma: los cuadernos de su casa en la arena, en Isla Negra. En cualquier caso, es fácil deducir su nombre sencillo por el aprecio que Neruda tenía hacia esa flor. He querido unirla a la María Celeste porque me parece una composición mágica, no inocente, por parte del poeta.

El nombre de la rosa siempre está presente en la obra de Neruda. Se puede comprobar de forma manifiesta en un trabajo publicado en 2000, que llevaba un título emblemático: El nombre de la rosa en la poesía de Pablo Neruda (1), escrito por Luis Robilar Solís, en cuyo resumen hace patente el aprecio por parte del poeta de este vocablo: “Avance de una variable de tesis doctoral sobre los factores que van configurando la identidad de Pablo Neruda en su obra. Su relación materno-infantil, la vida en su hogar de la Araucanía, la ausencia y necesidad de la figura materna, sus primeras lecturas infantiles en Parral, la adolescencia como proceso de transformación identitaria en la erótica de su naturaleza. La rosa, nombre femenino y vegetal, es la palabra clave de sus referencias personales y de sus ulteriores experiencias con distintas mujeres: Rosauras, Rosías, Rosarios, Rosaledas, Rositas, etc. En Neruda, a partir de sus recursos semánticos, se apreciaría una doble identidad, entre su persona y los mensajes polisémicos de su poesía. Su proto-identidad, sin embargo, se mantuvo siempre intacta y unitaria”.

Matiza, a lo largo del artículo que Neruda es explícito en adjetivar las rosas: “[…] luminosas, triunfales, lujuriosas, dolidas, humildes, buenas, encendidas, ausentes, desatadas, quemantes, santas, parraciales, embriagadoras, inútiles, desgarradas, humedecidas, secas, rotas, aladas, dentadas, perdidas, sangrientas, dolidas, únicas, ocultas, pequeñas, tremantes, primeras, fragantes, heridas, vanas, ingenuas, inmensas, confiadas, últimas, tristes, evidentes, iracundas, rápidas, suspendidas, encallecidas, alegres, renacidas, magnánimas, incomprendidas, renacedoras, incitantes, perpetuas, retardadas, sacudidas, rosadas, inencontradas, grandes, silenciosas, sangrientas, incorruptibles, palpitantes, solas, inmensas, ardientes, floridas, recientes, reinas, extendidas, abstractas, quebradas, nutricias, desnudas, obreras, venenosas, insalvables, arquitectónicas, frescas, resurrectas, desnudas, reclinadas, turgentes, descabelladas, nuevas, bellas, profundas, adultas, plenas, espaciosas, escondidas, puras, partidas, instantáneas, inundadas, azarosas, pálidas, locas, abiertas, arrasadas, repentinas, marinas, oscuras, picantes, físicas, ardorosas, extrañas, sensuales, tejidas, feas, róseas, voladoras, inciertas, emperadoras, convertidas, claras, explosivas, duras, diosas, profundas, redondas, sombrías, cenicientas, marchitas, fogosas, silbantes, divididas, hirvientes, madres, indomables, muertas, olorosas, multiplicadas, erigidas, descabelladas, suavísimas, desfallecientes, aromáticas, salvajes, construidas, amadas, endurecidas, voladoras, desbordadas, destrozadas, colosales, congeladas, incesantes, combatidas, fluviales, trituradas, pesadas, rubias, metálicas, imaginarias, educadas, salinas, permanentes, nupciales, enigmáticas, coloridas (la rosa roja del dolor/ o la amarilla del olvido/ o la blanca de la tristeza /o la insólita rosa azul), claras o grises, incluso negras -como la muerte-, deslizantes, libres, saladas, ultramarinas, íntegras, ordenadoras, nadadoras, terrestres, deshojadas, divertidas, mías, adultas, obreras, nuestras, extraviadas, gallardas, hurañas, caídas, resbaladas…; u otras tantas ‘rosas’ predicadas: de poesía, de arrabal, de sudor, del Diablo, de soledad, de emoción, de silencio, del futuro, del pubis, del herbolario, del mar, de invierno, de pulpa, del deseo, de sal, de sensualidad, de alegría, de seda, del porvenir, del espacio, del pezón encendido, de neblina, de nieve, de espinas, de desconsuelo, del olvido, del dolor, de arena, de energía, de tierra, de papel, de alambre maldito, de tristeza, del roble polvoriento, del seno rojo, de alas secas, de pecado capital, de agua, de sangre, de la tierra perdida, de rocío, de la mordedura, de la carne cansada, de púrpura, de ceniza, de Rosía, de aire, de la Patagonia, de leche, de granito, de Ronsard y Du Bellay, de purificación…; otras veces, socializadas en ‘colectivas’, acunadas en ‘regazos’ y ‘lechos’, o viajando sus rutas en ‘naves y veleros’, ‘en libertad’, cantando ‘en el fuego’ o ‘en el cántaro’, y hecha movimiento como: ‘marea escarlata de la rosa’. Así pobló Pablo sus jardines imaginarios, desde aquel desconsolado jardín adolescente, hasta el último, el de ‘invierno’, ya casi letal. Y no contento con tal sumatoria de rosas las amplifica en Rosauras, Rosías, Rosales, Rosarios, Rosalías, rosaledas, Rositas, Evarosas, rosetas, Rosaflores, sonrosos, Rosos; las congrega rubendariamente en ‘Rosal de todas las rosas’ las separa: de una rosa a otra había/ tantos rosales de distancia […].

El gran descubrimiento para comprender por qué llamó La marinera de la rosa a esta mascarona (algo obvio por lo que se ve pero no por lo que esconde en su persona de secreto), llega de la mano de uno de sus preciosos predicados de la rosa, cuando Luis Robilar dice que a las mascaronas “las saliniza como rosas de mar“. Esa chiquilla, acostumbrada a ser besada por el mar es, efectivamente, una rosa marinera, probablemente con un cierto dolor porque estuvo sola ante los peligros de los océanos procelosos, contenta ahora por estar acompañada de una amiga personal de Neruda, la María Celeste, para contarle halagos preciosos del poeta, porque así es la rosa.

NOTA: la imagen de cabecera es la portada del libro publicado por la Editorial Pehuén, Casas Neruda.

(1) https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-58112000001200003

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 11. La Medusa

LA MEDUSA

Sevilla, 22/VII/2019

Creo que esta mascarona estaba presente siempre en el corazón de Neruda, porque le recordaba a Mercedes Urrutia, su última compañera de viaje por la vida: “Me falta tiempo para celebrar tus cabellos. / Uno por uno debo contarlos y alabarlos: / otros amantes quieren vivir con ciertos ojos, / yo sólo quiero ser tu peluquero. / En Italia te bautizaron Medusa / por la encrespada y alta luz de tu cabellera. / Yo te llamo chascona mía y enmarañada: / mi corazón conoce las puertas de tu pelo” (Cien sonetos, XIV). Es una conjetura mía, solo eso, porque era una mascarona muy querida, con una historia increíble en su azarosa vida marina.

Me ocultaron en Valparaíso. Eran días turbulentos y ni poesía andaba por la calle. Tal cosa molestó al Siniestro. Pidió mi cabeza.

Era en los cerros del Puerto. Los muchachos llegaban por la tarde. Marineros sin barco. Qué vieron en la rada? Van a contármelo todo.

Porque yo desde mi escondrijo no podía mirar sino a través de medio cristal de la empinada ventana. Daba sobre un callejón, allá abajo.

La noticia fue que una vieja nave se estaba desguazando. No tendrá una figura en la proa?, pregunté con ansiedad.

Claro que tiene una “mona”, me dijeron los muchachos. Una mona o un mono es para los chilenos la denominación de una estatua imprecisa.

Desde ese momento dirigí las faenas desde la sombra. Como costaba gran trabajo desclavarla, se la darían a quien se la llevara.

Pero la Mascarona debía seguir mi destino. Era tan grande y había que esconderla. Dónde? Por fin los muchachos buscaron una barraca anónima, y extensa. Allí se la sepultó en un rincón mientras yo cruzaba a caballo las cordilleras.

Cuando volví del destierro, años después, habían vendido la barraca (con mi amiga, tal vez). La buscamos. Estaba honestamente erigida, en un jardín de tierra adentro. Ya nadie sabía de quién era ni quién era.

Costó tanto trabajo sacarla del jardín como del mar. Solimano me la llevó una mañana en un camión. Con esfuerzo la descargamos y la dejamos inclinada frente al océano en la puntilla, en el banco de piedra.

Yo no la conocía. Toda la operación del desguacé la precisé desde mis tinieblas. Luego nos separó la violencia, más tarde, la tierra.

Ahora la vi, cubierta de tantas capas de pintura que no se advertían ni orejas ni nariz. Era, sí, majestuosa en su túnica volante. Me recordó a Gabriela Mistral, cuando, muy niño, la conocí en Tamuco, y paseaba, desde el moño hasta los zapatones, envuelta en paramentos franciscanos.

Hasta aquí las primeras aventuras y desventuras de Medusa. Años difíciles para Neruda cuando fue perseguido por sus ideas y su fuerte oposición al régimen, encerrado en mil escondites en búsqueda de la libertad. La historia que cuenta Neruda se sitúa a finales de 1949, reencontrándose con Medusa hacia 1953, aproximadamente, cuando ya había vivido alguna aventura importante en Italia con Mercedes Urrutia. Confesado por él. No es baladí el hecho de que La Medusa o Matilde Urrutia podrían ser la misma persona, teniendo en cuenta que la cuidada edición clandestina de Los versos del capitán, llevaba en su portada la imagen de una Medusa: “La primera edición salió el ocho de julio de 1952 de la imprenta Arte Tipográfico de Nápoles con papel marfil hecho a mano, la tipografía Bodoni e ilustraciones de Ricci” (1). En 1953 se publicó por primera vez con el nombre auténtico del autor, Pablo Neruda, dejando atrás el que utilizó en la edición de 1952, Rosario de la Cerda.

VERSOS DEL CAPITAN

En la segunda parte de “Una casa en la arena” de Isla Negra, dedicada a esta mascarona tan peculiar, es la primera vez que la cita por su nombre, La Medusa.

“La Medusa” se quedó pues con los ojos al Noroeste y el cuerpo grande se dispuso como su proa, inclinado sobre el océano. Así, tan bien dispuesta, la retrataron los turistas de verano y se las arreglaba para tener un pájaro sobre la cabeza, gaviotín errante, tórtola pasajera. Nos habituamos todos los de casa, agregándose también Homero Arce, a quien dicté muchas veces mis renglones bajo la frente cenicienta de la estatua.

Pero comenzaron las velas. Encontramos a las beatas del caserío muy arrodilladas, rezándole al aventurero mascarón. Y por la tarde le encendían velas porque el viento, antiguo conocedor de santos, apagaba con indiferencia.

Era demasiado: desde la bahía de Valparaíso, en compañía continua de marineros cargadores, haciendo vida ilegal en el subterráneo político de la patria hasta ser Pomona de Jardín, sacerdotisa sonora, y ahora santísima sectaria. Porque como de cuanto pasa en Chile me echan a mi la culpa, me habrían colgado luego la fundación de una nueva herejía.

Disuadimos, Matilde y yo, a las devotas contándoles la historia privada de aquella mujer de madera, y las persuadimos de no seguir encendiéndole velas que además podrían incendiar a la pecadora.

Pero por fin, contra las amenazas del cerote que ensucia, de las llamas que incineran y de la lluvia que pudre, la llevamos a Medusa adentro. La dispusimos en el coro de los mascarones.

Vivió una vez más. Porque al sacarla con formón y gubia retiramos una pulgada de pintura gruesa y grosera que la escondía y salió a relucir su perfil decidido, sus exquisitas orejas, un medallón que nunca se le divisó siquiera y una cabellera selvática que cubre su clara cabeza como el follaje de un árbol petrificado que aún recuerda su pajarerío.

NOTA: la imagen de La Medusa es una fotografía de Sergio Larraín publicada en Una casa en la arena. Barcelona: Lumen, 1984 (3ª edición). La imagen de la portada de Los versos del capitán, en su primera edición, se ha recuperado hoy de https://www.levyleiloeiro.com.br/peca.asp?ID=343416

(1) https://olivelaia.wordpress.com/category/diego-rivera/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 10. La Bonita

LA BONITA1

Sevilla, 21/VII/2019

Sé que la isla Procida sí se conoce en el mundo del turismo insular de mercado, pero para mí es completamente desconocida, al igual que las islas a las que canta Saramago en un cuento preferido por mi persona de secreto. Por ello se convierte en algo deseado y deseante, tal y como lo aprendí, un día ya muy lejano, de Juan Ramón Jiménez. Hay un motivo que la hace todavía más entrañable y claro objeto de deseo: allí se rodó una excelente película, El cartero (de Pablo Neruda), en una playa especial de esta preciosa isla, Pozzo Vecchio, llamada también Playa del cartero, donde se rodó una de sus escenas de más intensidad humana, en la que Mario (Massimo Troisi) y la bella Beatriz (Mariagrazia Cucinotta) se encuentran por primera vez y se enamoran, lo que le presta un efecto halo especial.

Recuerdo también el canto a la vida ante los silencios cómplices ante las dictaduras de cualquier origen que hizo Antonio Skármeta en esa película preciosa, que me impactó mucho, en una adaptación muy amable de su novela Ardiente paciencia. Mario Jiménez, el cartero preferido de Neruda, aporta a la vida su deseo de aprender del maestro lo que le enseña en el terreno de la metáfora, valora el amor con la experiencia de Beatriz y lo que supone poner el nombre de Pablo Neftalí a su hijo, en homenaje a quien le llevaba siempre puntualmente las cartas hasta que se trunca su oficio de entregas por culpa del golpe de estado de Pinochet, cuando rodean la casa del escritor, donde apoyaba su antigua bicicleta. Recurre finalmente a la transmisión oral para contarle a Neruda lo que no le puede entregar en modo texto. Una gran metáfora.

Procida e Isla Negra. Hoy he recordado estas experiencias de sentimientos y emociones al abordar unas palabras sobre la mascarona La Bonita, tan querida por Neruda, imaginando a la nieta de Rafita, su carpintero de cabecera, enseñando en este momento ese precioso recuerdo como la mejor guía de aquella casa en la arena que tanto visitaron sus antepasados (1).

No solo se llamó La Bonita la barcaza sino que, ya desmantelada, cogida por las ventoleras del Estrecho, pasó a ser, siempre bella, juguete de tempestades y desventuras. Las costillas del barco pudieron mantenerse por años después del naufragio pero la Figura de Proa se desmembró a pedazos. Las grandes olas la atacaron y las vestiduras se perdieron, fueron exterminados los brazos y los dedos, hasta que, por milagro, se sostuvo aquella solitaria cabeza, como empalada, en el último orgullo de la proa.

Allí, en un mediodía apaciguado, la encontraron las manos rapaces. Anduvo así, de manos en manos.

Pero por aquel rostro no había pasado nada. Ni la guerra del mar, ni el naufragio, ni la soledad tempestuosa del Magallanes, ni la ventisca que muerde con dientes de nieve. No.

Se quedó con su rostro impertérrito, con sus facciones de muñeca, vacía de corazón.

La hicieron lámpara de vestíbulo y la encontré por primera vez bajo una horrible pantalla de rayón, con la misma sonrisa que nunca comprendió la desdicha. Hasta una oreja, que la tempestad no destruyó, mostraba el lóbulo quemado por la corriente eléctrica. Lleno de ira le hice volar el sombrero barato que parecía satisfacerla, la libré de su electrificación ignominiosa para que siguiera mirándome como si no hubiera pasado nada, tan bonita como antes de naufragar en el mar y en los vestíbulos. 


NOTA: la imagen de la mascarona de proa La Bonita es la mejor que he encontrado y obra del excelente fotógrafo chileno Sergio Larraín, que tanta calidad humana encontró y fotografió en Isla Negra.

(1) Neruda, Pablo. Una casa en la arena. Barcelona: Lumen, 1984 (3ª edición).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.