Mascarón de proa / y 14. La Micaela

LA MICAELA-MARÍA CELESTE

La Micaela (izda.), acompañada de La María Celeste y La Marinera de la Rosa, en Isla Negra

Sevilla, 25 /VII/2019

Abordo el último post de esta serie comentando la existencia de una mascarona de proa de nombre asombroso, La Micaela, el último que incorporó a su colección de Isla Negra, en 1964, aunque tengo que aclarar que Neruda tenía más mascarones en su casa que no he detallado, sí nombrado, en esta serie: El Gran Jefe Comanche, el Pirata Drake, El Armador, La Sin Nombre y algún otro mascarón o mascarona no comentados por el poeta. ¿Los abandono a su suerte? No, porque estoy convencido que tienen historias admirables detrás, sobre todo después de leer atentamente la elegía “A una estatua de proa” (Canto General XIV, El gran Océano, XV), que describe a la perfección lo que sentía Neruda en relación con sus “juguetes grandes”, con bellísimas palabras envueltas en tristeza y lamentación, comprendiendo la intrahistoria de cada uno, de cada una, de todos y todas, siempre desde su amura de babor en tierra:

En las arenas de Magallanes te recogimos cansada
navegante, inmóvil
bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce
y doble
desafió dividiendo en sus pezones.

Te levantamos otra vez sobre los mares del Sur,
pero ahora
fuiste la pasajera de lo oscuro, de los rincones,
igual
al trigo y al metal que custodiaste
en alta mar, envuelta por la noche marina.

Hoy eres mía, diosa que el albatros gigante
rozó con su estatura extendida en el vuelo,
como un manto de música dirigida en la lluvia
por tus ciegos y errantes párpados de madera.

Rosa del mar, abeja más pura que los sueños,
almendrada mujer que desde las raíces
de una encina poblada por los cantos
te hiciste forma, fuerza de follaje con nidos,
boca de tempestades, dulzura delicada
que iría conquistando la luz con sus caderas.

Cuando ángeles y reinas que nacieron contigo
se llenaron de musgo, durmieron destinados
a la inmovilidad con un honor de muertos,
tú subiste a la proa delgada del navío
y ángel y reina y ola, temblor del mundo fuiste.
El estremecimiento de los hombres subía
hasta tu noble túnica con pechos de manzana,
mientras tus labios eran oh dulce! humedecidos
por otros besos dignos de tu boca salvaje.

Bajo la noche extraña tu cintura dejaba
caer el peso puro de la nave en las olas
cortando en la sombría magnitud un camino
de fuego derribado, de miel fosforescente.
El viento abrió en tus rizos su caja tempestuosa,
el desencadenado metal de su gemido,
y en la aurora la luz te recibió temblando
en los puertos, besando tu diadema mojada.

A veces detuviste sobre el mar tu camino
y el barco tembloroso bajó por su costado,
como una gruesa fruta que se desprende y cae,
un marinero muerto que acogieron la espuma
y el movimiento puro del tiempo y del navío.
Y sólo tú entre todos los rostros abrumados
por la amenaza, hundidos en un dolor estéril,
recibiste la sal salpicada en tu máscara,
y tus ojos guardaron las lágrimas saladas.
Más de una pobre vida resbaló por tus brazos
hacia la eternidad de las aguas mortuorias,
y el roce que te dieron los muertos y los vivos
gastó tu corazón de madera marina.

Hoy hemos recogido de la arena tu forma.
Al final, a mis ojos estabas destinada.
Duermes tal vez, dormida, tal vez has muerto,
muerta:
tu movimiento, al fin, ha olvidado el susurro
y el esplendor errante cerró su travesía.
Iras del mar, golpes del cielo han coronado
tu altanera cabeza con grietas y rupturas,
y tu rostro como una caracola reposa
con heridas que marcan tu frente balanceada.

Para mí tu belleza guarda todo el perfume,
todo el ácido errante, toda su noche oscura.
Y en tu empinado pecho de lámpara o de diosa,
torre turgente, inmóvil amor, vive la vida.
Tú navegas conmigo, recogida, hasta el día
en que dejen caer lo que soy en la espuma.

La Micaela fue la última mascarona que adquirió Neruda, en 1964, para completar su colección de mujeres que navegaban siempre con él, “recogidas, hasta el día en que dejen caer lo que soy en la espuma”, aunque por el contexto histórico de sus azarosas vidas agradezcan ahora la presencia entre ellas del Gran Jefe Comanche, hecho de sequoia roja, como bien decía de él el propio Neruda: “Lo cierto es que nunca desarrugó el ceño: que con arco, hacha, cuchillón y ademán es el valiente entre mis desarmadas doncellas del mar”.

La última en llegar a mi casa (1964) fue la Micaela. Es corpulenta, segura de sí misma, de brazos colosales. Estuvo, después de sus travesías, dispuesta en un jardín, entre las chacarerías- Allí perdió su condición navegativa, se despojó del enigma que ciertamente tuvo (porque lo trajo de los embarcaderos) y se transformó en terrestre pura, en mascarona agrícola. Parece llevar en sus brazos no el regalo del crepúsculo marino sino una brazada de manzanas y repollos. Es silvestre.

Ha sido una experiencia preciosa subirme a la amura de babor de “La Isla Desconocida” para elegir la mascarona de proa incardinada en el bauprés del velero soñado por Saramago, que me ayuda a cumplir todos los días la misión encomendada con la lectura de su “Cuento de la Isla Desconocida”, porque todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, aunque sea la mujer del cuento, la limpiadora convertida hoy en mascarona de proa, la que conoce mejor que nadie lo que de verdad significa buscar islas desconocidas y gritarlo a los cuatro vientos: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

THE END

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.