A Guernica, por un vado de arena / 3. Regreso a Donostia / San Sebastián

Efectivamente, he regresado finalmente a Donostia en un viaje de placer y no profesional. No es lo mismo. Llegué en autobús público desde Hondarribia, con una parada final en la Plaza de Guipúzcoa, el centro de la parte vieja de esta preciosa ciudad. Solo disponía de unas horas y había que administrar bien el tiempo. Me detuve en el Hotel María Cristina tantas veces visualizado por el mundo cultural que ama el cine por su extraordinario Festival anual, así como en el Teatro Victoria Eugenia. Seguí por el puente de la Zurriola hasta el Kursaal, obra de Rafael Moneo, sede también de grandes manifestaciones culturales y congresuales, dos naves arquitectónicas ancladas cerca de la playa de la Zurriola, desde donde se puede contemplar la desembocadura del Urumea en el Cantábrico. La gracia de esta ciudad preciosa radica en pasearla y saborearla en todas sus manifestaciones artísticas y humanas. Sentí una emoción especial pasear por la Avenida de la Zurriola porque en una de mis últimas estancias profesionales en San Sebastián, pude oír desde mi hotel la explosión de una bomba puesta por ETA en un cajero de esta zona. Es maravilloso constatar en directo el alto el fuego definitivo y el abandono de las armas, con calles que hacían palpable la alegre vida de la ciudad. No era así antes.

ÁRMONÍA DEL SONIDO
Maximilian Peizmann, Armonía del sonido, 2014 / JA COBEÑA

Paseamos por las calles antiguas que te llevaban como en volandas hacia la Plaza de la Constitución, con una parada obligada en la basílica de Santa María del Coro, llena de contrastes desde la visualización de una obra sorprendente alojada en sus muros, Armonía del Sonido, una obra de Maximilian Peizmann, instalada allí en 2014, antesala de lo que contemplaríamos después en sus naves barrocas. Un detalle que no me pasó desapercibido es la participación ciudadana en la construcción de esta iglesia, simbolizada por ejemplo en el escudo que figura en el retablo del altar mayor, en agradecimiento a la contribución económica para su construcción por parte de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Nos detuvimos especialmente en la obra realizada por Chillida en 1975, Elogio del silencio, en diferentes texturas de alabastro, obra que expresa cómo la Cruz es para él el encuentro con la Humanidad, el Perdón, en definitiva. Asimismo, son muy interesantes las obras contemporáneas de artistas vascos que figuran en la Basílica: Piedad, de Jorge Oteiza, que me sobrecogió; Sebastián (2007), de Gotzon Etxeberría; San Sebastián Mártir (1997), de Mikel Cristti y Refugio viviente (2014), de Javier Machinbarrena.

ELOGIO DEL SILENCIO
Eduardo Chillida, Elogio del silencio, 1975 / JA COBEÑA

Es deslumbrante la salida de la parte vieja y encontrarte con la Bahía de La Concha, tantas veces retratada a través de su barandilla blanca de hierro forjado. Contemplamos la sede del Ayuntamiento y comprendimos bien las palabras del escudo de la ciudad grabadas en su piedra caliza: Fidelidad, Nobleza y Lealtad, ganadas a pulso a través de su historia. La panorámica hacia el Peine del Viento, de Chillida, hace que la vista se llene de imágenes preciosas en un recorrido visual lento pero lleno de pensamiento y sentimiento, elevándonos al Cielo a través del Monte Igueldo.

BARANDILLA DE LA CONCHA
Barandilla de La Concha, creada por Mariano Arrieta / JA COBEÑA

Es difícil describir con detalle el encanto de esta hermosa ciudad, pero basta pasearla en silencio para llenarte de riqueza interior. La Plaza de Cervantes, con el pequeño monumento dedicado a Don Quijote y Sancho Panza, que te hace volver a la infancia con la presencia de un tiovivo encantador. El Alderdi-Eder (lugar o paraje hermoso), rodeado de tamarices (que no tamarindos), es un parque que permite la contemplación de la ciudad y sus paseantes. Desde allí nos dirigimos a la Catedral del Buen Pastor, de planta neogótica, con los setenta y cinco metros de torre que hace de guía visual de la parte vieja de la ciudad, abriéndonos el camino romántico por donde disfrutar de sus edificios afrancesados, señoriales, respondiendo a patrones del Modernismo, Art-Nouveau y con motivos decorativos preciosos. Después de un baño de santidad laica, con ambas iglesias que se miran de frente, a pesar de la distancia, regresamos a la Plaza de Guipúzcoa para cruzar su cuidado trazado con un respeto reverencial al tiempo, con su monumental reloj floral, su pequeño estanque y el centro meteorológico de corte modernista.

Volvimos a Hondarribia, siendo conscientes de que teníamos que volver algún día a Donostia para convertirnos en los niños del tiovivo, recordando la zarzuela La Bella Easo, donde se cantaba una estrofa alegórica al tamaño pequeño de los tamarices: “Aunque somos chiquititos…” o a la paciente espera en su crecimiento y cuidado: «Buena sombra daremos el siglo que viene». Damos fe de ello.

Sevilla, 29/VIII/2018

A Guernica, por un vado de arena / 2. ¡Soy Cantábrico!

Océano de mixturas que surcaron las fragatas
Entre historias de piratas, amores y desventuras
Y en el margen de tu herida, susurrando como el viento
Se desgranó tu quebranto a golpe de despedidas

Atlántico, yo soy Atlántico

Los Sabandeños, Atlántico

Llegué al Bidasoa y a su desembocadura en el Cantábrico, el rey azul de mi juventud. Comprendí bien la traducción de Hondarribia, el vado de arena. Ver para creer. Hondarribia muestra también la belleza del hermanamiento de ríos y mares con su propio ejemplo, uniendo también países desde las dos orillas, Francia y España. Desde la Arma Plaza se contempla la belleza de este encuentro de siglos que no siempre fueron de paz sino también de guerras. Se celebraba aquella noche un acto programado por el XVIII Bidasoa Folk Festival, actuando el grupo canario Los Sabandeños. Su director y fundador, Elfidio Alonso Quintero, explicó su inmenso amor a esa tierra y su presencia allí, por lo ocurrido con el destierro a Irún de su padre al finalizar la guerra civil, que ahora simboliza en son de paz al recordar que donó su biblioteca personal al pueblo de Irún que un día, ya lejano, lo acogió con los brazos abiertos.

De su repertorio, sonó de forma especial su canción Atlántico, que al igual que Serrat convirtió Mediterráneo en un himno nacional para la banda sonora de demócratas, la han convertido ellos en himno de su tierra canaria. Sonó maravillosamente en aquella plaza con el aforo abierto a quien los quisiera escuchar. Sentí en mis oídos algo así como un sentimiento que me hizo expresar en ese momento: ¡Soy Cantábrico, Mediterráneo y Atlántico! O lo que es lo mismo, el ansia de un mar común:

Un abrazo de atlante de la Habana hasta Orchilla
Salpicada está tu orilla con anhelos de emigrantes
Y va cuajado de azul, el alisio peregrino
Que pregona en los caminos el ansia de un mar común

Pasear por Hondarribia es pasar páginas de historia desconocidas para el Sur. El sobrio Castillo de Carlos V representa en su atalaya el ámbito defensivo de aquella plaza, desde su primera construcción por Sancho Abarca de Navarra a finales del siglo X, que Carlos V convirtió en castillo y palacio. Conserva en el actual edificio destinado a Parador, una serie de tapices con bocetos de Rubens bajo el título de La vida de Aquiles, que diseñó entre 1630 y 1635, compuesta por ocho escenas de la cuales se exhiben seis: Tetis sumergiendo a Aquiles en el río Éstige, La educación de Aquiles, Aquiles descubierto, La cólera de Aquiles, La devolución de Briseida, y La muerte de Aquiles. Muy cerca y enclavada en restos de la muralla defensiva de la ciudad se encuentra la iglesia de Santa María de la Asunción y del Manzano, de estilo gótico y renacentista, donde se celebró la boda por poderes de María Teresa de Austria y Luis XIV en 1660. Se visitan también los baluartes de la Reina y de Leyva o San Nicolás. Se dice que Hondarribia tiene tres almas: la ciudad amurallada con su trazado medieval y elegantes palacios, el barrio de pescadores y una seña de identidad del progreso marítimo simbolizado en un barco varado, el Mariñel, como última representación de barcos de madera, y su entorno rural en torno al monte Jaizquíbel. He estado muy cerca de ellas, procurando descubrirlas en su estado más puro, aunque hoy están dominadas por la actividad turística como reclamo de la ciudad.

REKALDE.GIF
Barco Rekalde / JA COBEÑA

Una experiencia interesante ha sido cruzar el Bidasoa en dos pequeñas embarcaciones, Rekalde y Marie Louise, que en pocos minutos te trasladan de una orilla a otra, desde Hondarribia a Hendaya y viceversa, en un viaje lleno de encanto. La sensación durante el viaje es que éramos ciudadanos de Europa sin fronteras, sin que tengamos que perder por ello las correspondientes señas de identidad.

Todos los días, en Arma Plaza, he dedicado unos minutos a contemplar el Bidasoa, recordándome la importancia de creer en una España unida que hoy resuena en mi memoria de secreto como desembocando a un país bañado por dos mares y un océano, que hemos convertido en enseñas nacionales de una forma de ser y estar en el mundo, mares en los que miles de migrantes tienen su horizonte para vivir un mundo mejor. Es verdad que vivimos muy ajenos a estas situaciones reales y muy próximas, que utilizan un mar que cantamos históricamente como hermoso y tranquilo, en una contradicción memorable, que llevó a Joan Manel Serrat a cantar “Mediterráneo”, desde la tragedia de Alepo en Siria, con sumo cuidado y respeto reverencial a los migrantes y refugiados que pierden con frecuencia su vida en él, porque ese mar maravilloso se ha convertido en la sepultura de miles y miles de refugiados que escapan también de sus países de origen, en un auténtico sinsentido. Además, porque los que mueren a cientos en ese mar ya no serán desgraciadamente caminos para nadie, tampoco le darán verde a los pinos ni amarillo a la genista.

Los Sabandeños me lo mostraron de forma preciosa durante su actuación en Arma Plaza que no olvido, cuando resonaban en aquella plaza encantada los ecos de Atlántico, tan cerca del Cantábrico:

Un abrazo de atlante de la Habana hasta Orchilla
Salpicada está tu orilla con anhelos de emigrantes
Y va cuajado de azul, el alisio peregrino
Que pregona en los caminos el ansia de un mar común

Atlántico, yo soy Atlántico

[Mediterráneo, yo soy Mediterráneo]
[Cantábrico, yo soy Cantábrico]

También he recordado a un grupo de los 80, La Dama se Esconde, que cantó al Cantábrico, el rey azul, con expresiones muy bellas sobre la quintaesencia de este mar. Con él repaso mi estancia en Hondarribia, respetando su realeza azul porque No hay distancia que / me separe de su denso despertar, / de sus formas, su color, su inquieta aura. / Fieros vientos que arropáis / cada gota de su intimidad / no os olvidéis de arropar a nuestro hermano. Porque yo, hoy, soy Cantábrico.

Sevilla, 28/VIII/2018

A Guernica, por un vado de arena / 1. Ítaca, siempre en nuestra mente

IMG_1807

Salamanca, a Lazarillo de Tormes, 1974 / JA COBEÑA

Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Constantino Cavafis, Ítaca

Siempre que emprendo un viaje recuerdo a Cavafis, no apresurando el camino, deseando que sea largo, que sean muchas las mañanas de mi vida en que, con alegría, con gozo, llegue a puertos nunca vistos. Estos días atrás inicié un viaje hacia Hondarribia (vado de arena, en euskera), un puerto seguro para el alma en busca de aventuras y conocimiento, pero con un alto en el camino especial para mi persona de secreto, en Guernica, por su memoria histórica en una parte importante de mi vida y porque la llevo pintada en mi alma.

La primera parada hacia el vado de arena fue en Salamanca, que como decía el licenciado Vidriera, “enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Es verdad, aunque en la breve estancia en la ciudad ha sido un objetivo frustrado visitar el Centro Documental de la Memoria Histórica de nuestro país, creado en 2007 con la finalidad de reunir los fondos relativos al periodo comprendido entre 1936 y 1978, siendo su núcleo documental fundamental el existente en el Archivo General de la Guerra Civil Española, que se creó en 1999 con la finalidad de conservar y disponer sus fondos documentales para la investigación, la cultura y la información. Cuando llegué a la calle Gibraltar, una de las sedes del Centro, comprobé que estaba cerrado, frustrando mis expectativas porque quería acceder a su información in situ a través de su exposición permanente sobre la Guerra Civil, la Masonería y la Logia Masónica.

ARCHIVO GUERRA CIVIL
Centro Documental de la Memoria Histórica / JA COBEÑA

Caminando de nuevo por el puente romano hacia la vivienda que he gustado, saludé al Lazarillo de Tormes, recordando sus fortunas y adversidades con una declaración final del autor anónimo de esta obra homónima que no deja insensible al lector más ávido de noticias de última hora que pueda existir: “Pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parescióme no tomalle por el medio, sino del principio, para que tenga noticia entera de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues la Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndole contraria, con fuerza y maña salieron a buen puerto”. Cuando la fortuna no es parcial, es justo reconocer aquello que se tiene a través del esfuerzo o lo que es lo mismo: la gracia no presupone nunca lo que la naturaleza no da (gratia no datur, natura dispensatur).

La experiencia del Lazarillo fue una premonición, porque días después leí un artículo precioso de Julio Llamazares, A las orillas del Tormes, en una serie dedicada a la picaresca de nuestro país, en el que relata que “[…] los vestigios del Lazarillo en su ciudad de origen hay que bajar a buscarlos al río Tormes, en concreto al entorno del puente romano, donde se alzan una escultura del ciego y él, obra del salmantino Agustín Casillas, que la moldeó en el año 1974, y el verraco o toro de piedra que protagonizó una de las escenas más populares del libro, aquella en la que el pobre Lázaro fue sacado de golpe de la “simpleza en que, como niño, dormido estaba” por quien debía protegerle de peligros: “Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo: —Lázaro, llega el oído a ese toro y oirás gran ruido dentro dél. Yo, simplemente, llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: —Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto de saber más que el diablo. Y río mucho la broma”.

Lo decía antes refiriéndome a la gracia que siempre hace justicia, que Llamazares recupera en el ámbito de tan docta Universidad: “La picaresca sigue hoy como ayer en la ciudad que lo vio nacer y que tantos pícaros vio pasar por su Universidad, ésa que, según el refrán popular, no presta lo que la naturaleza no ha dado al que viene a estudiar en ella” (quod natura non dat, Salmantica non praestat).

La verdad es que esta primera parte de la parte contratada de un viaje hacia alguna parte de este país tan pícaro, solo fue una premonición de un caminante seducido por un poema precioso de Cavafis. Nada más.

Sevilla, 27/VIII/2018

El Congreso del Mundo

EL LIBRO DE ARENA

El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo.

Jorge Luis Borges, en El Congreso (El libro de arena, 1975)

Los cuentos de Borges son un ejemplo de realismo existencial que siempre pone ribetes de acero a la forma en la que intentamos comprender, cada día, cómo se desenvuelve la vida ordinaria. He vuelto a leer, recientemente, El Congreso, cuento que nos aproxima al relativismo del mundo en el que vivimos, poniendo cada persona y cosa en su sitio. Es un ejercicio de reflexión certera sobre los límites de vivir apasionadamente, donde la política juega un papel esencial.

Simulando la experiencia de uno de los protagonistas del cuento, Alejandro Ferri, que habita en un Sur que ya no es un Sur (que tanto reivindico), leo lo que sucedió a un grupo de personas singulares que un día ya lejano tomaron la decisión de crear un Congreso del Mundo, en momentos en los que la cuenta atrás de la vida aparece con una frecuencia inusitada: “Soy ahora el último congresal. Es verdad que todos los hombres lo son, que no hay un ser en el planeta que no lo sea, pero yo lo soy de otro modo. Sé que lo soy; eso me hace diverso de mis innumerables colegas, actuales y futuros. Es verdad que el día 7 de febrero de 1904 juramos por lo más sagrado no revelar —¿habrá en la tierra algo sagrado o algo que no lo sea?— la historia del Congreso, pero no menos cierto es que el hecho de que yo ahora sea un perjuro es también parte del Congreso. Esta declaración es oscura, pero puede encender la curiosidad de mis eventuales lectores”.

Es verdad que la curiosidad por conocer la intrahistoria de este cuento está garantizada, pero lo que más me ha interesado es saber por qué nace esta idea y qué pasó después en su devenir histórico, narrado por el propio Ferri: “No puedo precisar la primera vez que oí hablar del Congreso. Quizá fue aquella tarde en que el contador me pagó mi sueldo mensual y yo, para celebrar esa prueba de que Buenos Aires me había aceptado, propuse a Irala que comiéramos juntos. Éste se disculpó, alegando que no podía faltar al Congreso. Inmediatamente entendí que no se refería al vanidoso edificio con una cúpula, que está en el fondo de una avenida poblada de españoles, sino a algo más secreto y más importante. La gente hablaba del Congreso, algunos con abierta sorna, otros bajando la voz, otros con alarma o curiosidad; todos, creo, con ignorancia. Al cabo de unos sábados, Irala me convidó a acompañarlo. Ya había cumplido, me confió, con los trámites necesarios”.

Lo que sucede allí queda para quienes quieran leer el cuento de Borges, pero hay algunos matices que adelanto sin rubor alguno porque me han ayudado a comprender las limitaciones que impone la vida a los grandes sueños por nobles que sean. Las reuniones de los sábados en la Confitería del Gas, los atrevidos congresales, que serían quince o veinte, que manifestaban respeto reverencial al presidente efectivo de ese proyecto tan noble, de nombre Alejandro Glencoe, junto a otros nombres y una sola mujer con funciones de secretaria. También había un niño de unos diez años. Dice Ferri que “el Congreso, que siempre tuvo para mí algo de sueño, parecía querer que los congresales fueran descubriendo sin prisa el fin que buscaba y aun los nombres y apellidos de sus colegas. No tardé en comprender que mi obligación era no hacer preguntas y me abstuve de interrogar a Fernández Irala, que tampoco me dijo nada. No falté un solo sábado, pero pasaron uno o dos meses antes que yo entendiera. Desde la segunda reunión, mi vecino fue Donald Wren, un ingeniero del Ferrocarril Sud, que me daría lecciones de inglés”.

Comienza a desarrollarse esta microhistoria, apasionante y llena de incertidumbres, en la que don Alejandro Glencoe, sueña con “organizar un Congreso del Mundo que representaría a todos los hombres de todas las naciones. El centro de las reuniones preliminares era la Confitería del Gas; el acto de apertura, para el cual se había previsto un plazo de cuatro años, tendría su sede en el establecimiento de don Alejandro. Éste, que como tantos orientales, no era partidario de Artigas, quería a Buenos Aires, pero había resuelto que el Congreso se reuniera en su patria. Curiosamente, el plazo original se cumpliría con una precisión casi mágica”.

Empiezan a aparecer los gestos ejemplares de aquel Congreso en ciernes: desparecerían las dietas que empezaron a cobrarse, comprobándose que “Esa medida fue benéfica, ya que sirvió para separar la mies del rastrojo; el número de congresales disminuyó y sólo quedamos los fieles. El único cargo rentado fue el de la Secretaria, Nora Erfjord, que carecía de otros medios de vida y cuya labor era abrumadora. Organizar una entidad que abarca el planeta no es una empresa baladí. Las cartas iban y venían y asimismo los telegramas. Llegaban adhesiones del Perú, de Dinamarca y del Indostán. Un boliviano señaló que su patria carecía de todo acceso al mar y que esa lamentable carencia debería ser el tema de uno de los primeros debates”.

Surge el problema de base: ¿cómo tan pocas personas, que además no cobran, pueden llegar a formar el Congreso del Mundo? Es verdad que se sugiere que se hagan agrupaciones de representaciones y es curiosa la propuesta que hacen a Ferri, en boca de su presidente: “El señor Ferri está en representación de los emigrantes, cuya labor está levantando el país”. Sin comentarios. Otro protagonista de difícil pronunciación, Twirl, hizo la propuesta de que el Congreso del Mundo no podía prescindir de una biblioteca, aprobándose por unanimidad la misma. Tanto avanza el proyecto que don Alejandro invita a todos los asistentes a las reuniones preparatorias de la fundación del mismo a una propiedad suya en Uruguay, La Caledonia, a la que llegan para conocer el estado de las obras que se están desarrollando allí para acoger el Congreso del Mundo.

Se distribuyen por el mundo los contados miembros regulares del proyecto, con objeto de enriquecerlo en aquellas materias en las que estaban interesados en las utopías que solo se podían encontrar en París y Londres. Todo transcurría con normalidad hasta que llegó un día especial en el que don Alejandro, en su casa, donde se archivaban los fardos de libros adquiridos para la biblioteca del Congreso, dijo en presencia de varios congresales del mundo: “Vayan sacando todo lo amontonado ahí abajo. Que no quede un libro en el sótano”, con otra orden explícita: “Ahora le prenden fuego a estos bultos…”. Sobrevolaba allí una frase comentada por uno de los asistentes a este momento trágico: “Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría”.

Dicho y hecho. Don Alejandro lo explicó de forma precisa: “Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es unos cuantos charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté. El Congreso es los libros que hemos quemado. El Congreso es los caledonios que derrotaron a las legiones de los Césares. El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras”.

Tomaron un coche de caballos y pasearon por calles amigas, por donde quería el cochero. Ferri lo narra con precisión existencial: “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida. La que ahora quiero historiar es mía solamente; quienes la compartieron han muerto. Los místicos invocan una rosa, un beso, un pájaro que es todos los pájaros, un sol que es todas las estrellas y el sol, un cántaro de vino, un jardín o el acto sexual. De esas metáforas ninguna me sirve para esa larga noche de júbilo, que nos dejó, cansados y felices, en los linderos de la aurora. Casi no hablamos, mientras las ruedas y los cascos retumbaban sobre las piedras”.

Es verdad. Formamos parte del Congreso del Mundo, tú y yo, todos.

Sevilla, 15/VIII/2018

Debemos cuidar el alma

ARTE DE CALLAR
Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio

Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Una de las bondades que ofrece el mes de agosto es la de cuidar el alma con la lectura de libros. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C.

Leer es un acto artístico en el sentido más profundo del arte y hay que “saber hacerlo”, tal y como lo expresaba mi maestro Alberto Manguel en un artículo en el que distinguía bien la acción de consumir de la de leer: “Pero ¿qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).

Siempre he pensado que la lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida que los demás no llegarán nunca a descifrar.

Cuando la lectura cuida el alma, suele estar acompañada siempre del silencio, del arte de callar, en la clave preciosa que un día aprendí de Joseph Antoine de Dinouart, en su libro muy cuidado (2) sobre este arte tan peculiar, el de callar, que regalo con frecuencia y donde todo el secreto se encierra, como los mandamientos, en un gran principio primero: solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Mientras…, leo para cuidar el alma.

Es verdad. Hay silencios al leer que hablan por sí solos y que cuidan con mimo nuestra alma. Es el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer. Quizá podamos hacerlo en este mes, en un agosto callado y perfecto, sobre todo para que no enfermemos del alma.

He vuelto a leer la página 53 del arte de callar, en el que el abad Dinouart cita el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, cuido mi alma leyéndolo de nuevo para animarme a denunciar los silencios cómplices que tanto daño hacen a los que menos tienen en este mes de agosto, con el arte de leer la vida que a cada uno dios nos da. Por ejemplo, cuando leemos y vemos lo que está pasando con los 67 menores no acompañados, de Eritrea y Somalia, junto a las restantes personas rescatadas, que siguen embarcados en el Aquarius, en el mar Mediterráneo, por la actual deriva política europea sobre la interpretación jurídica de a quién le toca ahora ofrecer el mejor y más solidario “puerto seguro” ante una situación social de silencio público tan dolorosa y explosiva.

Sevilla, 14/VIII/2018

(1) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.
(2) Dinouart, Joseph Antoine (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / y 9. Un poeta imaginario: Nicanor Parra

PODCAST 17: HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / y 9. Un poeta imaginario: Nicanor Parra

El pasado 23 de enero falleció a los 103 años, en su querida tierra chilena, el antipoeta Nicanor Parra, al que dediqué en 2014 unas palabras en este cuaderno digital que busca islas desconocidas de compromiso activo, que vuelvo a publicar. Comprendo hoy, mejor que nunca, las palabras que un día ya lejano, dando gracias a la vida, le dedicó a su hermana Violeta Parra, cuando falleció en 1967:

Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.

Hago mías estas palabras en aquel día triste para el mundo de la libertad viva. Es lo que le pido también a Nicanor Parra en la montaña rusa en la que siempre estuvo instalado, dando gracias a la vida, que nos ha dado tanto, en la que estamos perdidos, a veces, yendo del timbo al tambo.

Sevilla, 12/VIII/2018

Culmino hoy esta serie dedicada a un mes especial, que he querido tratar de forma diferente. Agosto es siempre una oportunidad de descanso activo para muchas personas, mientras otras lo aprovechan en sus negocios buscando que sea también especial, haciendo probablemente su agosto particular. He pretendido a través de estos post resaltar lo que hacen algunas personas en Agosto, o lo que han hecho, aportando vidas ejemplares desde diversas ópticas de interpretación de lo que merece la pena destacar en la rutina diaria, resaltando la importancia del aprendizaje de personas que aportan muchas cosas a la vida, sobre todo su forma de pensar diferente, sin ruido ni alharacas, su forma de ser y estar en el mundo. Finalizo hoy dando gracias a la vida por poder escribir pensando en lo que nos puede interesar de los demás, en un mes a veces anodino pero que también puede ser una oportunidad de vivirlo de forma diferente, positiva, lejos del ruido infernal que nos produce el sinsentido humano de guerras, corrupción y desencanto pasivo.

El próximo 5 de septiembre cumplirá cien años el poeta Nicanor Parra. Es verdad que su obra no ha sido una lectura personal habitual, solo recordada con motivo del Premio Cervantes que recibió en 2011, que me permitió volver a la lectura compleja de la antipoesía que representa, comprometido sobre todo con la contradicción de la vida, porque para él es una fuerza que le permite seguir viviendo, conduciendo su viejo coche del pueblo (Volkswagen), camino de un lugar muy querido para él: Las Cruces. Y esa forma de pensar, de transgredir la vida instalada, me sorprendió siempre, tanto como el crucifijo que preside el salón principal de la biblioteca que lleva su nombre en la Universidad Diego Portales, con una inscripción memorable escrita a mano en un cartel rutinario: “Voy y vuelvo”.

“Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían de otra. ¿Por qué utilizan esa jerga que se llama lenguaje poético y que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad?». Lo resolvió con un poema inolvidable:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.

Y muere casi de forma contemporánea al esplendor de su obra, en 1967, su hermana Violeta Parra, una extraordinaria mujer que siempre recuerdo en una canción grabada en mi persona de secreto, que daba gracias a la vida por sus dos luceros, por el oído, el sonido, el abecedario, sus pies cansados, el corazón, la risa, el llanto:

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
Perfecto distingo lo negro del blanco,
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
Graba noche y día grillos y canarios;
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
Y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
Con él las palabras que pienso y declaro:
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
Con ellos anduve ciudades y charcos,
Playas y desiertos, montañas y llanos,
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano;
Cuando miro el bueno tan lejos del malo,
Cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
Los dos materiales que forman mi canto,
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos, que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Comprendo más que nunca que un día le dedicara su hermano estas hermosas palabras:

Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.

Probablemente se pare un día la montaña rusa de su poesía, solo cuando no la pueda interpretar él directamente, aunque hayamos aprendido de su testimonio vital que hay que mantenerla viva, transmitiendo la cruda realidad, sin palabras artificiales, recurriendo sin descanso a su canto con la imaginación más bella, para que no termine ni se olvide nunca, para que cuando cumpla ahora cien años pueda bailarla al ritmo de una cueca, porque todavía va y viene por su vida de todos, por la de secreto. Poniendo música a su persona imaginaria, a la que a todos nos gustaría copiar algún día:

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

Sevilla, 31/VIII/2014

THE END

La librería de las niñas rebeldes

LIBRERIA SAN MARCOS1

Librería San Marcos, Plaza de San Marcos – Sevilla / JA COBEÑA

¿Estamos dispuestos a cambiar lo mejor de nuestra forma de ser para gustar a los demás? ¿Vale la pena?

En Yo voy conmigo, de Raquel Díaz Reguera

Sevilla tiene rincones especiales y así lo han reconocido escritores de fama mundial. Recuerdo ahora a Stefan Zweig cuando en su visita a Sevilla en 1905 dijo que “Aquí se puede ser feliz”. Lo leí en unas páginas dedicadas a esta ciudad en un libro suyo muy interesante, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia (1), escritas por un joven de veinticuatro años, buscando rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. Tampoco olvido sus contrapuntos en el siglo en el que despertaba la ciudad a un mundo nuevo: “Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro -porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas- te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción. Y Sevilla es así”. Y nos une a Salzburgo, a Mozart, declarando a ambas “ciudades gemelas”. Cuando avanza en este hermanamiento (que alguna vez habría que honrar), aborda una cuestión dolorosa en la historia de Sevilla: “La vida parece tener aquí un ritmo más veloz, y las personas la sangre más viva; en ningún lugar hay más estómagos hambrientos que en Andalucía y, aun así, Sevilla brilla con su portentoso colorido, resplandece de alegría y nos saluda con miles de banderas. Aquí ser puede ser feliz”.

Esta mañana he entrado en el barrio de San Gil por la antigua calle Real, buscando esa felicidad que pregonó Zweig de Sevilla a los cuatro vientos de un mundo convulso y me he encontrado de nuevo con una librería feliz, dedicada a las niñas rebeldes, que conozco bien, con una seña de identidad dedicada a la plaza de su mismo nombre, San Marcos y con un escaparate ilusionante para leer historias de niñas especiales que un día quisieron ser diferentes. Estaba hoy cerrada por vacaciones del cuerpo, pero abierta a la actividad de almas inquietas. Los títulos reflejaban su forma de vender ilusiones para cambiar este mundo en un esfuerzo de barrio por mostrar a los cuatro vientos de Zweig que las niñas tienen que aprender, leyendo, a ser rebeldes.

LIBRERIA SAN MARCOS2b

Cierre metálico de la entrada a la librería San Marcos, Plaza de San Marcos-Sevilla / JA COBEÑA

Hay cuentos por doquier, pero de títulos y autoras no inocentes. También pequeñas postales con historias de mujeres rebeldes, colgadas de un cordel con pequeñas pinzas como si fuese una alegoría de ropa tendida para todos o aviso, para navegantes, de que otro mundo es posible. Es una maravilla quedarte minutos o el tiempo que haga falta delante de su escaparate para comprender el esfuerzo de sus dueñas para hacerte llegar mensajes diferentes en un mercado literario que no tiene compasión.

LIBRERIA SAN MARCOS3

Mensaje en el interior de la librería San Marcos / JA COBEÑA

He repasado algunos títulos y he comprendido que queda mucho por leer sobre literatura de mujeres extraordinarias, imprescindibles, que escriben sobre la peligrosidad de ser libres, rebeldes. He anotado algunos que forman ya parte de una cesta de la compra que tengo dedicada a estos menesteres: Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, Yo voy conmigo y Blue y el secreto de las lágrimas, entre otros muchos, apasionantes. Por si les interesa, como miembros de un improvisado Club de la Curiosidad Digna de Niñas Rebeldes, con sede aquí, en Sevilla, donde enseñan que las niñas rebeldes pueden ser felices.

Sevilla, 10/VIII/2018

(1) Zweig, Stefan (2015). De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur.

 

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / 8. Una obrera del arte: Kati Horna

KATI HORNA
Kati Horna en el estudio de József Pécsi en Budapest en un retrato atribuido a Robert Capa (1)

PODCAST 16: HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / 8. Una obrera del arte: Kati Horna

La actitud permanente de aprender es la que nos posibilita conocer a personas extraordinarias, anónimas en la mayor parte de los casos, pero que han contribuido a mantener vivas las imágenes de este país en un momento muy doloroso, la guerra civil. Y la historia hay que conocerla, sobre todo para no volver a repetirla, como en este caso. Esta reflexión la hago al conocer la vida y obra de una mujer Kati Horna (Szilasbalhási, Hungría, 1912 / México, 2000), fotógrafa anarquista, de la que se recupera ahora su obra gráfica más significativa y se pone a disposición de quien quiera seguir aprendiendo de la trayectoria de personas que aportan vida, siendo solo eso, obreras de la vida. O del arte, como en este caso.

Esta fotógrafa “Difuminó el rastro de sus primeros trabajos durante años, se mostró esquiva o directamente contraria a la realización de exposiciones, entrevistas o publicaciones, renunció con firmeza al mercado y en general a cualquier actividad que tuviera que ver con la promoción de su obra. Por el contrario, afirmó con rotundidad a lo largo de toda su vida, que su oficio de fotógrafa era una misión, sus fotos un instrumento útil y ella misma una obrera del arte” (2).

La exposición retrospectiva que se ha inaugurado en París, en el Jeu de Paurne en colaboración con el Museo Amparo de Puebla (México), recoge por primera vez en Europa su itinerario personal a través de su obra gráfica: sus primeros pasos en Budapest, París (1933-1937), España y la guerra civil (1937-1939), París (1939) y México. También se ha editado un libro con bastantes fotografías suyas y artículos de Péter Baki, Jean-François Chevrier, Estrella de Diego, Norah Horma, Juan Manuel Bonet junto a los comisarios de la exposición, Ángeles Alonso Espinosa y José Antonio Rodríguez. España también ha aportado fotografías a la exposición del fondo existente en el Centro Documental de la Memoria Histórica, ubicado en Salamanca, que contiene las 272 fotografías referidas a la guerra civil que fueron compradas a la autora.

La historia archivística de estas fotografías realizadas en España, nos ha permitido saber que la mayor parte de su trabajo en el periodo 1937-1939 “se quedó en España al ser derrotada la República y probablemente esté disperso o destruido. Sin embargo, según declaraciones de la autora, logró llevar en su exilio una pequeña caja de hojalata con una selección de negativos tomados durante la contienda. Durante los cuarenta años siguientes no quiso hacer uso de ese material, por la convicción de que debía ser devuelto y utilizado por el pueblo español. El 12 de mayo de 1983, la serie fotográfica sobre la Guerra Civil, fue ofertada al Estado Español por la fotógrafa que residía entonces en México [se incorporó al Centro Documental de la Memoria Histórica el 7 de noviembre de 1983]. En 2002 se publicó el catálogo de las fotografías, realizado por Blanca Desantes Fernández”. Las fotografías “son un excelente reportaje de gran calidad artística sobre la contienda civil española durante los años 1937 y 1938, tanto en los frentes como en la retaguardia, especialmente de testimonios de la vida de la población civil durante la tragedia bélica. Son fotos poco conocidas pues quedaron fuera de los circuitos internacionales de distribución”.

Kati Horna colaboró en diversas revistas anarquistas como ‘Libre Studio’, ‘Mujeres Libres’, ‘Tierra y Libertad’, ‘Tiempos Nuevos’ y ‘Umbral’, de la que fue redactora gráfica y donde conoció a José Horna, su esposo, pintor español que también colaboró en la mencionada publicación.

Invito a contemplar diez fotografías extraordinarias de Kati Horna, de las cuales tres son del tiempo que dedicó a España, durante la guerra civil, extraídas del álbum que dedicó a este país, realizado por petición expresa del gobierno republicano entre 1937 y 1939, en una mezcla muy interesante de surrealismo y fotoreportaje.

Merece la pena verlas y agradecer que se mantenga viva la realidad de la España que nos heló el corazón y que ella retrató magistralmente, porque gracias a los trabajos de una obrera del arte hoy podemos seguir valorando mediante imágenes el sinsentido de una guerra que solo aportó dolor y sufrimiento.

Ella cumplió una misión, sus fotos son hoy un instrumento útil y ella misma nos aportó el hilo conductor de su vida, lejos de la realidad del mercado, siendo solo una obrera del arte, porque no le preocupó nunca hacer un agosto especial con su obra gráfica, es decir, no confundió tampoco valor y precio, en un proverbio especial que cantó Antonio Machado por esos campos de Dios como contemporáneo suyo en una de las dos Españas que ella conoció muy bien, a quien estoy seguro que le hubiera gustado hacerle un retrato para la posteridad democrática en un blanco y negro muy especial, tan serio él, utilizando solo gelatino-bromuro de plata seca.

Sevilla, 29/VIII/2014

(1) Martín, Alberto (2014, 28 de agosto). Un puzle en el tiempo y el espacio. El País (Babelia).
(2) Ibídem.

Por un grano de café

ALBERTO MANGUEL

Dedicado al escritor Alberto Manguel, de quien tanto aprendo

Acabo de conocer la renuncia de mi querido maestro Alberto Manguel como director de la Biblioteca Nacional de Argentina. He regalado en los últimos días ejemplares de su libro premonitorio Mientras embalo mi biblioteca, que recomiendo como lectura de agosto, cuando ahora me encuentro con él embalando de nuevo los libros acumulados en los dos años de su destino argentino, que acompañarán a los que embaló en Francia, en su presbiterio querido, con destino al depósito común en el que se encontrarán en Canadá.

Dice que se va por recomendación de su médico de cabecera, porque tiene que cuidarse, pero las buenas lenguas dicen que se va porque ya no podía más con la situación interna del personal de la Biblioteca, por la continua amenaza de despidos y porque no tenía presupuesto público, ni siquiera “un peso para comprar un grano de café: «En la biblioteca no tenemos ni un mango [ni un peso] para comprar un grano de café. ¿A quién puede sorprenderle que en la Argentina una entidad cultural no tenga presupuesto?», se preguntó Manguel a principios de mayo, durante la presentación de su libro La biblioteca de noche (Siglo XXI) en la última Feria del Libro de Buenos Aires. «En la Biblioteca yo soy solo el administrador, hay decenas de personas que trabajan y mucho, y lo hacen con sueldos miserables».

Este mundo solo nos prepara a vivir por un puñado de dólares. El gesto de denuncia del grano o puñado de café de Manguel ennoblece el alma humana para seguir pensando que otro mundo es posible. La verdad verdadera es que este mundo y yo estamos obligatoriamente obligados a entendernos.

La cultura se abre paso siempre entre los escombros de la ética pública. Manguel lo ha intentado en el país que le vio crecer junto a Borges, un regalo vital precioso. Pero era la crónica de una renuncia digna anunciada. Me dicen que lo de verdad le duele es el alma. Por esa razón sigue escribiendo su último libro dedicado a Maimónides, buscando consuelo saludable en su literatura querida.

Sevilla, 9/VIII/2018

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://elpais.com/cultura/2018/07/03/actualidad/1530637233_607480.html

 

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / 7. Una reflexión política ejemplar: Michael Ignatieff

MICHAEL IGNATIEFF

PODCAST 15: HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / 7. Una reflexión política ejemplar: Michael Ignatieff

…pensemos en la política como una llamada que nos empuja hacia adelante, siempre hacia adelante, como una estrella que nos guía… Aquellos de nosotros que respondimos a la llamada sabemos que el éxito o el fracaso importan menos que el hecho de haber respondido…

Michael Ignatieff, en Fuego y cenizas

El hombre es un lobo para el hombre (Homo homini lupus). Aprendí este principio social de Hobbes y no lo he olvidado nunca, porque lleva una parte de razón. Solo es necesario leer estos días las principales noticias del mundo bélico y político que nos rodea para comprender bien este aserto. En este contexto, he leído un libro reciente de Michael Ignatieff, Fuego y cenizas (1), que no me ha dejado indiferente, que puede hacernos comprender que el hombre también puede ser un cordero para el hombre. Lo he vuelto a leer hasta en dos ocasiones porque me han impactado sus reflexiones acerca de la experiencia política que vivió en su país natal, Canadá, desde 2008 a 2011, liderando la oposición y con una clara opción a gobernar ese país como Primer ministro. Un profesor universitario en Harvard que es captado para iniciar una carrera política implacable, tal y como nos la narra él en sus reflexiones cargadas sobre todo de sentimientos y emociones, éxitos y fracasos, fuego y cenizas…

El libro es excelente y lo recomiendo sin ninguna duda, porque es bueno e higiénico leerlo con detenimiento en cualquier posición que uno ocupe en la sociedad como ciudadano. Da igual, porque es importante conocer cómo todos los políticos no son iguales y cómo existen también políticos dignos, por mucho que en este país cueste creerlo, visto el panorama actual, aunque personalmente no pertenezca a este club del desencanto permanente.

Tengo la tentación de hacer una reflexión pormenorizada en este post sobre sus principales puntos de vista, una vez culminada la experiencia y no con éxito político, indudablemente, aunque sí ético. Por ello, solo voy a subrayar varias puntualizaciones de los tres primeros capítulos, con objeto de que si interesa su contenido iniciático, se pueda acometer la lectura completa del libro sin adelantar las claves subjetivas que puedo introducir sobre el mismo.

1ª. El ideal democrático es la fe, continuamente puesta a prueba, en que los hombres y mujeres corrientes puedan elegir adecuadamente a aquellos que van a gobernar en su nombre, y en que aquellos que elijan puedan gobernar con justicia y compasión.

Es una declaración de principios, en toda regla, en el primer capítulo. Ignatieff habla de creencia en los procesos democráticos para elegir personas, de forma abierta (adecuadamente) a los que se traslada un poder mediante empoderamiento compartido y que mediante esta confianza transmitida, a veces fe ciega, se actúe dando a cada uno lo suyo y sintiendo de verdad lo que siente la ciudadanía de a pie. Por ello, es urgente transformar los procesos democráticos de elección de candidatos y las votaciones consiguientes, porque ya no funciona el sistema actual.

2ª. Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad.

Comienzo con la que me ha parecido el hilo conductor de todo lo que narra el autor. Es escalofriante el poder de esta reflexión, porque es una realidad ciudadana que emerge sobre todas las querellas más o menos criminales en torno a las personas que trabajan en política, porque muchas personas están convencidas de que en política se miente continuamente: “los políticos, mienten más que hablan”. Es una realidad flagrante, que solo se puede combatir si el poder político en todas sus escalas se instala una vez por todas en la verdad, teniendo una clave machadiana contundente al respecto: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela”. Así de sencillo, pero así de difícil en la situación actual. Muchos siglos antes, un tal Jesús de Nazareth ya lo había declarado con contundencia: “La verdad os hará libres (Jn, 8,32)”.

3ª. La pregunta de por qué quieres ser un político significa en realidad por quién quieres serlo.

Sin lugar a duda, establece una jerarquía de intereses generales de la ciudadanía, en política, sobre los particulares. Ahí estriba el secreto de esta reflexión sobre la ambición política, de tanta actualidad en este país con los casos de corrupción que todos los días saltan a la luz pública. En el caso de Ignatieff, él reconoce el error de no haber dado la respuesta correcta en su momento, porque fundamentalmente lo hizo para homenajear a sus padres, un interés legítimo, pero equivocado. No vale solo la estirpe o experiencias anteriores de tu familia, de amigos, de camaradas, de compañeros y compañeras, porque en política hay que ganarse todos los días los votos de forma certera, es decir, con la verdad por delante, y ya hemos dejado constancia de que no es precisamente la verdad la flor que adorna la política hoy en día. El tuvo también un gran maestro, que preservó el interés general de los canadienses, Pierre Trudeau, primer ministro en una etapa floreciente del partido de Ignatieff, porque sabía por qué y por quienes estaba en política. Es probable que intentara sacarse la espina del fallido nombramiento de su padre como Gobernador general, por parte de Trudeau, que llenó de desolación su casa, aunque él lo transmita como una de las mejores lecciones de su padre, al confiarle que esa experiencia, el fracaso, era lo mejor que le había ocurrido en su vida. Toda una premonición.

4ª La política se desarrolla bajo la mirada de Fortuna, una diosa caprichosa.

Aquí hace una digresión aprendida en la Academia a través de Maquiavelo, llena de interés. Piensa que las aptitudes para entender la Fortuna pueden aprenderse pero no enseñarse, porque hay un factor en política, el tiempo, donde todo es imprevisible: “Un intelectual puede estar interesado en las ideas y las políticas en sí mismas, pero el interés de un político reside exclusivamente en saber si el tiempo para una determinada idea ha llegado o no. Cuando llamamos a la política el arte de lo posible nos referimos a lo que es posible aquí y ahora” (hic et nunc). Ya lo dijo Harold Macmillan en su momento, cuando le preguntaron cuál era la parte más difícil de su trabajo: “Los acontecimientos, querido, los acontecimientos”. Precisamente, en el capítulo dedicado a Fortuna, recoge un aspecto de transparencia nada desdeñable, referido al pasado de cada político y cómo se interpreta normalmente por la oposición, en un trabajo sucio que hay que cuestionar siempre, ante una “investigación de oposición” casi siempre torticera y fuera de contexto. Esa situación también está tocada por la diosa caprichosa Fortuna. Otra vez aparece la verdad, como auténtica vía para hacer política de altura, con visión, no de salón, aunque estas situaciones de combate total solo tiene un fin correcto: ganar la pelea, porque la buena o mala fe en política, al final, no cuentan. Terrible reflexión.

De aquí en adelante, se abordan temas de un interés excelente, tales como la necesidad de entender al público, la dialéctica del dinero y el lenguaje, la responsabilidad y la representación, el derecho a ser escuchado, la identificación de los enemigos y adversarios, las reflexiones sencillas de un taxista y la llamada, con unas palabras mágicas de Max Weber. Impecables reflexiones para alcanzar un grado de conocimiento de la política desde la óptica de una persona que estuvo a punto de ser Primer ministro pero que la diosa Fortuna no lo acompañó en el momento y sitio oportunos.

Dice Ignatieff, reinterpretando una frase de Ernest Renan, que la democracia es un “plebiscito diario” mediante el que evalúas “cómo te mira la gente en la calle, como te saludan cuando les estrechas la mano, cómo reaccionan cuando atraviesas el pasillo del avión buscando tu sitio”. Y hace hincapié en la necesidad de que en política siempre haya un hilo conductor como pregunta permanente: ¿cómo cree Vd. que lo estoy haciendo?. Y que sirvan para algo estas respuestas de forma directa, no solo a través de las encuestas.

Para finalizar estas breves reflexiones voy a utilizar unas palabras de Ignatieff, sin reinterpretación alguna, que me han parecido excelentes. Espero que sirvan de acicate para animarte/animarle a comprar el libro y leerlo sin desmayo, para comprender mejor la política y a quienes la desempeñan. Estoy convencido que saldrá fortalecido o fortalecida como persona ante el desafío de la política, que es más cercana a nosotros de lo que a veces creemos, porque “Los ciudadanos saben la diferencia entre alguien que busca su aprobación y alguien que busca su respeto. No siempre tienes que ser popular para tener éxito. No necesitas gustar a tu gente, pero su respeto es esencial. Deben notar que eres una persona íntegra y que estás esforzándote por ellos”.

Sevilla, 25/VIII/2014

(1) Ignatieff, Michael (2014). Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Madrid: Taurus.

La fotografía de Michael Ignatieff está tomada de la siguiente URL: http://blogs.elpais.com/.a/6a00d8341bfb1653ef017d3dff73be970c-pi