Los que vamos en patera

PATERA

1. A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…
2. A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…

Aforismos

Hace muchos años decidimos tres amigos embarcar en una patera de aspecto clandestino, camino de la barra de La Punta del Moral (Ayamonte), acompañados por marineros avezados y una perra, Cañaílla, que ladraba a los cuatro vientos como ahuyentando aquellos espíritus que adivinábamos a babor y estribor. Las instrucciones eran precisas: todos de pie, en fila india, en el centro de la frágil patera y sin movernos. Todos en silencio, excepto la perrilla, en una cáscara de nuez sin quilla. Lo que sucedió después fue una aventura que no he olvidado nunca, que todavía mantengo viva en mi memoria de desván.

En tiempos de pensamiento único, deserciones políticas, corrupción, desencanto con casi todo lo que se mueve, justificaciones imposibles, desafección del compromiso social y mala prensa del sector público, es fácil iniciar conversaciones en las que los que piensan de forma diametralmente opuesta a nuestras convicciones suelen rematar la faena dialógica diciendo con sonrisa sarcástica algo que me enerva: al fin y al cabo, da igual lo que estamos discutiendo porque estamos diciendo lo mismo. Por si había alguna duda sobre este aserto tan vano, agregan un estrambote final más impresentable todavía: es que todos vamos en el mismo barco.

No. Hay que huir como de la peste de las personas que opinan de esta forma con maniobras envolventes, querulantes, para agregarnos al Club de los Tibios e Indignos, que todos los días fletan barcos de desencanto y conformismo, porque no soportan verte en la cola del Club que está siempre enfrente: el de las Personas Dignas, siempre abierto, sobre todo para los que navegan en patera, en mares sociales procelosos y no suelen tirarse al mar cuando la sociedad en general va a la deriva.

Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el «suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos», que tantas veces he abordado en este blog. Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad.

Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras.

Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cascara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como a los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos.

Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que ésto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta.

Es cuando tiene sentido seguir viajando en las pateras éticas que hacen singladuras difíciles y comprometidas con la sociedad que menos tiene, con un cuaderno de derrota (en lenguaje del mar) que lleva a localizar las islas desconocidas que tanto amaba Jose Saramago: si no salimos de nosotros mismos, nunca nos encontraremos. Lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba su cuento de la isla desconocida, buscando siempre puertas de compromiso más que las de regalos o peticiones sin causa, viajando en pateras de dignidad.

Sevilla, 13/V/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: http://valencianews.es/wp-content/uploads/2014/09/patera-vacia.jpg

Lo que le pasa a la gente

No conocen ni a su padre cuando pierden el control,
ni recuerdan que en el mundo hay niños.
Nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Juan Manuel Serrat, Algo personal

Vivimos momentos muy difíciles para saber lo que nos pasa y seguro que no es solo algo personal. Dependemos mucho de la información masiva que se lanza todos los días sobre nuestra vida, a través de los medios de comunicación, como si se tratara de un avance en toda regla de la División Acorazada Guzmán el Bueno. Siempre recuerdo una frase que leí en 2014 a Juan Cruz, periodista que admiro, que decía algo muy clarificador en estos tiempos que, más que correr, vuelan: “el periodismo no está en crisis, está en crisis la industria que lo hace posible. Periodismo es, aún, lo que dijo Eugenio Scalfari, el fundador de La Repubblica de Roma, en una frase ante estudiantes españoles en la Escuela de EL PAÍS: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”.

Efectivamente, esperamos conocer la verdad de lo que pasa en la vida de todos, no en la de secreto, a través de los profesionales dignos del periodismo, que también existen y que dicen con objetividad lo que nos pasa, para que lo entendamos de la mejor forma posible. Los atenienses contemporáneos de Platón corrían todos los días hacia el areópago, ávidos siempre de la última noticia, aunque tenían un principio de confianza, envidiable hoy, que consistía en que sabían a ciencia cierta que todo lo que allí se anunciaba y comentaba era verdad (alétheia, en estado puro). Habían aprendido de Parménides, a distinguir la verdad de la simple opinión.

Atravesamos momentos de desconcierto mundial por la posverdad, verdaderamente lamentables, porque quienes propagan noticias que falsean lo que le pasa a la gente, están convencidos de antemano que poseen la verdad absoluta desde su medio de comunicación convertido en una maquinaria de mercado que paga al mejor postor, importándoles un bledo el gran aserto de Machado sobre la búsqueda ávida de la verdad en el areópago de la vida: ¿Tú verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela. No digamos el de Parménides: Es justo que lo aprendas todo, tanto el corazón imperturbable de la persuasiva verdad como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera (Sobre la Naturaleza).

Les aseguro que esta reflexión no es solo algo personal, sino un aviso para periodistas navegantes: creo que le pasa a más gente.

Sevilla, 12/V/2017

Es verdad: la mujer mueve el mundo

Hoy se han entregado en Sevilla las medallas de oro de la Cruz Roja y la Media Luna, con un lema explícito, no inocente, «Mujer, compromiso y solidaridad», que se entregan a personas que luchan todos los días por la igualdad de las mujeres. Este año se han otorgado a la periodista Rosa María Calaf, Rafael del Río Sendino, ex Presidente de Cáritas Española, Excmo. Colegio Oficial de Enfermería de Sevilla; Asociación de Mujeres Jurístas Senegalesas, Sole Giménez, cantante; Ana Bella, de la Fundación Ana Bella; Elena Barraquer, Vicepresidenta y Directora Ejecutiva de la Fundación Barraquer y a Isabel García Salguero, diseñadora con síndrome de Down, por su esfuerzo, compromiso social y labor solidaria.

Más allá de la ceremonia de entrega de medallas, que al igual que la música militar «nunca me supo levantar», he conocido que el acto lo ha cerrado la cantante Sole, con una canción conmovedora, La mujer que mueve el mundo, dedicada a su madre. La he escuchado con un profundo respeto, tal y como como lo hice el primer día que la conocí a través de Presuntos Implicados. Hoy, a través de personas como Sole y sus compañeros del acto, Manifiestamente Implicados en luchar por un mundo diferente, en el que la mujer es una gran protagonista siempre. Porque lo mueve…, sin bajarse nunca de él.

Sinceramente, gracias por recordárnoslo.

Sevilla, 11/V/2017

Stefan Zweig visita de nuevo Sevilla

“Aquí se puede ser feliz”. Así se expresaba Stefan Zweig en su visita a Sevilla en 1905, cuando comenzaba a despertar el siglo XX. Leo con atención las páginas dedicadas a esta ciudad en un libro suyo muy interesante, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia (1), escritas por un joven de veinticuatro años, buscando rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. Me acompaña un “momento estelar de la humanidad” que sobrecogió a Zweig, la resurrección de Händel a través de su obra magna “El Mesías”, que escucho con atención reverencial. Quizá me ayude a comprender bien y en toda su extensión esa frase rotunda de Zweig, «aquí [en Sevilla] se puede ser feliz», tras una experiencia de juventud en esta ciudad.

El escritor austriaco ha vuelto ahora a esta ciudad como protagonista de una película, Stefan Zweig: Adiós a Europa, en la que se resaltan episodios que justifican el dolor por el exilio a Sudamérica debido al sentimiento de fracaso de Europa, aun creyendo firmemente en ella, dominada por la ideología nazi que le lleva finalmente a la decisión del suicidio como única salida a su desgarrador exilio ideológico interior. Es una película conmovedora que deja al espectador la gran tarea de componer el puzle inhumano de Zweig, que retrata con desgarro y calculada frialdad. Salvando lo que haya que salvar, Europa está atravesando otra vez una encrucijada histórica en la que movimientos de extrema derecha están cobrando un protagonismo sospechoso, ante el fracaso de la denominada izquierda organizada en torno a la socialdemocracia y con la llegada de partidos antisistema que también desean ocupar espacio político en el rescate de este viejo continente. ¿Adiós a Europa otra vez?

Es por esta razón que deseo recordar a Zweig y agradecerle su visita a esta ciudad en la primavera de 1905 y ahora, en la de 2017, con esta película de culto que afortunadamente ha entrado en el circuito de distribución comercial para público de amplio espectro. He vuelto a leer sus reflexiones del viaje a Sevilla y deseo compartir algunas semblanzas que deberían ayudarnos a comprender mejor a este controvertido autor, ahora rescatado por un programa en Be Mad, dirigido por Mercedes Milá y que lleva el sello de Zweig, Convénzeme.

Hace ciento doce años, comenzaba el autor austriaco sus apuntes sobre esta sacrosanta ciudad con una expresión que probablemente mantenga todavía hoy su vigencia: “Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro -porque las ciudades puedes ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas- te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción. Y Sevilla es así”. Y nos une a Salzburgo, a Mozart, declarando a ambas «ciudades gemelas». Cuando avanza en este hermanamiento (que alguna vez habría que honrar), aborda una cuestión dolorosa en la historia de Sevilla: “La vida parece tener aquí un ritmo más veloz, y las personas la sangre más viva; en ningún lugar hay más estómagos hambrientos que en Andalucía y, aun así, Sevilla brilla con su portentoso colorido, resplandece de alegría y nos saluda con miles de banderas. Aquí se puede ser feliz”. Una reflexión que bordea los típicos tópicos de esta ciudad pero que resuena todavía en mayo de 2017, cuando sabemos que Andalucía es una de las cinco regiones españolas que está entre las diez con mayor paro en la Unión Europea.

Después de una incursión sobre las dos Españas, de Norte y Sur, que no tiene desperdicio, se adentra en lo que sabe que le une en Sevilla a su alma mozartiana: “Vamos primero en busca de la jovial barbería de Fígaro, suspirando por identificar, entre las numerosísimas casitas centelleantes, aquella en la que tuvo Don Juan esa encantadora y enrevesada aventura que nos relata Lord Byron en su poema. Aquí entona Fígaro sus cancioncillas, se oye a Carmen tararear sus habaneras, el arte ha repartido por estas calles sus símbolos más alegres, calles por las que ya trotó en su día el ingenioso hidalgo Don Quijote a lomos de su dócil Rocinante […] Sevilla no es el símbolo de España, pero sí su sonrisa”.

Recuerda también el paso por la civilización árabe en Andalucía, en esta ciudad, de la que aprendimos “el arte de vivir”. Más allá de los grandes edificios, Zweig se detiene a detallar una realidad del legado árabe: las casas y su distribución exterior e interior, con la incorporación sevillana de ventanas y balcones “rompiendo las paredes cerradas de los árabes”, llenando de luz las estancias. Fachadas de colores claros, puertas (abiertas, a falta de recelo y desconfianza), pasillos con azulejos, patios, flores, fuentes, “incluso en la judería», cerca de la casa natal de Murillo. Se adentra en un análisis de las mujeres en fiestas de primavera en Sevilla, que como las flores tienen algo así como su belleza efímera, deslumbrado por la gracia en la forma de bailar flamenco: “El baile es aquí lo que siempre ha de ser: un arte que surge de forma natural de la gracilidad del cuerpo, de sus movimientos, de sus gestos de deseo, de la excitación que produce el ritmo; no es un arte limitado al juego de piernas, sino que busca el placer y la alegría de ir trazando líneas, la flexibilidad y el cimbreo, un arte que trata de desarrollar todas las formas de belleza a que puede aspirar el cuerpo humano”.

Finaliza su semblanza recordando que, junto a este ambiente festivo, Sevilla, como sonrisa de España, esconde un pasado lleno de sobriedad y grandeza. Habla de forma breve de su Semana Santa y dedica unas palabras hermosas a la panorámica que ofrece la ciudad desde lo alto de la Giralda: “Al contemplar tamaña riqueza cromática se entiende bien que Velázquez y Murillo sean hijos de esta ciudad, pregoneros eternos de su belleza, de la misma manera que los dramas de Lope de Vega han dado testimonio de su historia, y los músicos han sabido expresar su jovialidad”.

Era justo dedicar este pequeño homenaje a Zweig y agradecerle simbólicamente sus visitas a Sevilla, pasando por el túnel del tiempo de ciento doce años encerrados en tres siglos tan diferentes, porque para él era una ciudad que ofrecía muchas cosas: “el disfrute de una vida llena de colorido, el ritmo vivo que marca los acontecimientos y ese allegro que revela una felicidad profunda”. Él comprende también la vanidad de Sevilla, porque quien no la ha visto, no ha visto lo maravillosa que es y no es capaz de reprochársela porque: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?».

Entendiendo así la persona de secreto de Zweig en Salzburgo y Sevilla, ¡ojalá pudiéramos decir -hoy y siempre- lo mismo de Europa, a la que tanto quiso y que un día ya lejano en el tiempo le tuvo que decir adiós!

Sevilla, 6/V/2017

(1) Zweig, Stefan (2015). De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur.

Gustavo Dudamel levanta su voz

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El director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel publicó ayer en sus redes sociales un comunicado, que transcribo a continuación, conmovido por la muerte de un miembro del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela, Armando Cañizales Carrillo, violinista de 17 años, que recibió un tiro en la cabeza, convirtiéndose en la víctima número 34 en los últimos días de represión en su país:

Mi vida entera la he dedicado a la música y al arte como forma de transformar las sociedades. Levanto mi voz en contra de la violencia y la represión. Nada puede justificar el derramamiento de sangre. Ya basta de desatender el justo clamor de un pueblo sofocado por una intolerable crisis. Históricamente el pueblo venezolano ha sido un pueblo luchador pero jamás violento.

Para que la democracia sea sana debe haber respeto y entendimiento verdadero. La democracia no puede estar construida a la medida de un gobierno particular porque dejaría de ser democracia. El ejercicio democrático implica escuchar la voz de la mayoría, como baluarte último de la verdad social. Ninguna ideología puede ir más allá del bien común. La política se debe hacer desde la consciencia y en el más absoluto respeto a la constitucionalidad, adaptándose a una sociedad joven que, como la venezolana, tiene el derecho a reinventarse y rehacerse en el sano e inobjetable contrapeso democrático.

Los venezolanos están desesperados por su derecho inalienable al bienestar y a la satisfacción de sus más básicas necesidades. Las únicas armas que se le puede entregar a un pueblo son las herramientas para forjar su porvenir: instrumentos musicales, pinceles, libros; en fin, los más altos valores del espíritu humano: el bien, la verdad y la belleza.

Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente. Debemos a nuestros jóvenes un mundo esperanzador, un país en el que se pueda caminar libremente en el disentimiento, en el respeto, en la tolerancia, en el diálogo y en el que los sueños tengan cabida para construir la Venezuela que todos anhelamos.

Es el momento de escuchar a la gente: Ya basta.

gustavo-dudamel

Como ciudadano del mundo diferente, me uno a este momento de dolor de Dudamel, que representa a la mayoría del pueblo venezolano que desea vivir en paz. Como alumno de violín en una Escuela de Música en Sevilla, me entristece la muerte de este joven músico venezolano, perteneciente a una orquesta modélica que solo ha llevado la paz al mundo que la ha querido escuchar. Mi pequeño homenaje en el tiempo consistirá en seguir aprendiendo como él a tocar el violín, un instrumento frágil que muestra la levedad del ser porque, como se recordaba en el periodo barroco, la música siempre es «compañera en la alegría y consuelo en el dolor» (Musica laetitiae comes, medicina dolorum).

Sevilla, 5/V/2017

NOTA: la imagen de Gustavo Dudamel se recuperó el 29/XII/2016 de http://www.solkes.com/gustavo-dudamel-the-orchestra-director-that-makes-berlin-talk/

Mar Vaquero, figura no oculta en la NASA

Hay hombres y [mujeres] que luchan un día y son buenos, otros [y otras] luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los [hombres y mujeres] que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles

Adaptado de un texto de Bertolt Brecht en Elogio a los combatientes

He conocido hoy una experiencia apasionante en la vida profesional de Mar Vaquero, ingeniera de control de trayectoria de la sonda Cassini de la NASA (1). Recomiendo la lectura completa de este artículo, porque es ejemplarizante. En los tiempos modernos y convulsos que vivimos en nuestro país y en nuestra Comunidad, con el drama galopante del paro, he recordado las palabras del cardiólogo Valentín Fuster, también residente durante muchos años en América, que pronunció en 2013 durante una visita a España: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…” o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en Andalucía, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…. Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas que aparentemente son de otro mundo pero que gracias a una española contribuimos a dignificar el país en la meca de la ciencia.

La aventura espacial en la que colabora Mar Vaquero tiene fecha de caducidad, el 11 de septiembre de 2017, fecha en la que Cassini realizará su último acercamiento a Titán: “Pasará a 118.745 kilómetros de la luna, una distancia suficiente como para que su gravedad desvíe su rumbo hacia la atmósfera de Saturno, a la que llegará cuatro días después, y todo si usar los motores, explica Vaquero. Se espera que pueda transmitir datos a la Tierra durante uno o dos minutos antes de quedar destrozada”. Lo sorprendente es que el día después, “Vaquero comenzará a trabajar en su próximo proyecto: diseñar la ruta más eficiente para llevar un robot de exploración a la superficie de Europa, la luna de Júpiter donde también es posible que haya vida extraterrestre”. Es un ejemplo vivo de que el mundo sólo tiene interés hacia adelante.

No quería dejar pasar sin pena ni gloria esta noticia, una realidad positiva extraordinaria de la que se debe hablar, en un mar proceloso de situaciones sangrantes a escala mundial, además con especial énfasis en este país después de días de corrupción y desasosiego político en la estabilidad democrática que tanto necesitamos defender. Obviamente, Mar Vaquero es una bocanada de aire fresco para reflexionar qué significa el esfuerzo personal y la emigración de la inteligencia científica española más allá de nuestras fronteras y con escasa probabilidades de que regresen personas que como Mar aportan tanto a la humanidad.

Afortunadamente, Mar Vaquero ya no es una figura oculta en la NASA, sino una profesional imprescindible, en el sentido que utilizaba Bertolt Brecht en Elogio a los combatientes, tal y como lo comentaba en un artículo reciente sobre la película Figuras ocultas, excelente, trayéndome a la memoria de secreto la vida de personas que están en el anonimato más terco y que son imprescindibles ocultos gracias a su inteligencia y a su conciencia de clase. Recuerdo que en la película se resaltaba el papel estelar de tres mujeres afroamericanas, Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, que fueron pioneras en el mundo aeroespacial, gracias a su inteligencia matemática y a su conciencia de clase. Impecable en su trama, que desarrolla un guion basado en hechos reales. Las tres protagonistas trabajaron en la división segregada de cálculo en el área oeste de Langley Research Center (NASA). Gracias a los cálculos matemáticos de Katherine Johnson, el coronel John Glenn se convirtió en el primer astronauta norteamericano en hacer una órbita completa de la Tierra. Dorothy Vaughan consiguió ser la primera supervisora de los servicios de IBM en la Agencia y Mary Jackson fue la primera mujer en ser ingeniera aeroespacial de Estados Unidos.

Cuando te recuerdan esta realidad histórica ejemplarizante, tomamos conciencia del valor de los talentos ocultos, que protagonizan las realidades positivas que defendía Valentín Fuster y que están muchas veces muy cerca de nosotros. Ha llegado el momento de hacerlos visibles, porque además los necesitamos para cambiar el mundo que, como se demuestra en la película, siempre es posible. En este caso, porque el parecido de las inteligencias imprescindibles con la realidad expuesta en la película y en la experiencia de Mar Vaquero, pasando por el túnel del tiempo, no es pura coincidencia.

Sevilla, I/V/2017

(1) http://elpais.com/elpais/2017/04/28/ciencia/1493398662_665692.html

No hay nada mejor que comprender

Siempre adelante
Siempre hacia adelante  –  DAR YASIN (AP) | 25-11-2011
El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)

Me gusta leer aforismos, sobre todo los de un maestro como Jorge Wagensberg, sabiendo que ya en el siglo XVIII se definía por primera vez el lema “aforismo”, en el Diccionario de Autoridades, como “Sentencia breve y doctrinal, que en pocas palabras explica y comprehende la esencia de las cosas” (RAE A 1726, pág. 338,1). Hoy he leído con especial atención uno, entresacado entre otros dedicados a la interdisciplinariedad (1), que lo considero de especial interés para los que necesitamos viajar imaginariamente a islas desconocidas y no tener problemas al elegir qué llevarnos para meditar en la persona de secreto que se queda sola. Dice exactamente así: ¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano).

Es verdad. Sobre todo, cuando la comprensión es fruto del perdón por lo que no acabamos de comprender, en una tautología de términos que se confunden casi siempre en estos tiempos tan modernos. Porque perdonar es comprender y a veces comprendemos tanto que no hay nada que perdonar.

Vivimos momentos desconcertantes, porque no sabemos lo que nos pasa a los de alma inquieta. Nos rodea una mediocridad galopante y una desvergüenza de lo corrupto que casi todo lo invade de forma silente. Solo nos queda comprender el comportamiento humano que nos rodea, porque nada nos puede ni debe ser ajeno, tomando conciencia de que no tenemos nada mejor que hacer si queremos comprender lo que nos pasa. Y lo que pasa es que la realidad nos rodea, porque la tenemos a mano en cualquier ámbito en el que nos movemos al despertar cada día. Y hay que comprenderla, caminando por las aceras de la vida que nos llevan al interesante Club de las Personas Dignas.

Un aforismo de Jorge Wagensberg precioso y útil, sobre todo en una sociedad de mercado que en este aquí y ahora de la comprensión no necesita recurrir al poderoso caballero don dinero. Es el deber de vivir con los demás y el derecho a comprenderlo para aprender a perdonar a los que hacen cosas que no nos gustan y seguir luchando por transformar la sociedad (la que no es digna, justa y equitativa). Aunque, repito, estamos advertidos: perdonar es comprender y a veces comprendemos tanto que no hay nada que perdonar.

Necesitamos recordar siempre que durante las veinticuatro horas del día este país necesita rescatar segundos de preguntas, comprensión y perdón si el acontecer diario abre heridas de amor y muerte, que para unas y unos puede ser entregar por cansancio existencial lo más querido y para aquellas y aquellos, alcanzar el sueño más esperado. Ir siempre hacia adelante. Así recuperamos, al mismo tiempo, la dignidad, como cualidad de lo más digno, es decir, aquello que nos hace merecedores de algo tan importante como la comprensión de los demás. Además, sin necesitar el perdón, porque todas y todos aprendemos a comprender nuestras propias limitaciones, llevándonos de la mano al necesario tiempo de silencio nacional preconizado por Azaña: si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar. También, comprender la realidad para no tener que perdonar tanto.

Sevilla, 30/IV/2017

(1) Wagensberg, Javier (2017, 26 de abril). La interdisciplinariedad en aforismos, en Babelia (El País.com).

25 de abril, un día para no olvidar

Hoy es un día especial en mi imaginario particular y donde siempre juega un papel especial la banda sonora de mi vida. Cada año procuro dedicar unas palabras, también especiales, a este día por lo que simboliza en mi vida de todos y en la de secreto. Existen tres recuerdos, que siempre son antecedentes de hechos vitales, programáticos, que no son inocentes. En primer lugar, porque nuestro hijo se llama Marcos, que lo celebra hoy el calendario católico como santo, aunque siempre me gustó más descubrir su perfil humano, incluso de primer periodista, como tantas veces he explicado en este cuaderno. En segundo lugar, porque Grándola Vila Morena es la canción que me sitúa en un espacio y en un tiempo de la revolución de los claveles en Portugal, que viví tan de cerca en 1974, en momentos difíciles para este país. Por último, porque ese día presenté en el hospital de Antequera, en 2000, un proyecto que significa mucho en mi vida de administrador público, el proyecto «Diraya», en sus primeros pasos como historia de salud del ciudadano en Andalucía, de base digital, para que siempre estuviera en alta disponibilidad para quien la necesitara recuperar, escribir o estudiar en ella, como ya ocurre en la actualidad.

Cada año, tres días en uno solo. Así lo he recordado como telón de fondo en alguna ocasión, volviendo a leer hoy estas palabras en mi rincón de pensar:

Cada año vivo este día de forma especial. En primer lugar, porque celebramos el santo de nuestro hijo Marcos, no tanto por el olor de la santidad de su nombre sino porque su nombre programático, que ya he explicado otras veces en este cuaderno digital, me activa la memoria de hipocampo para recordar que poner el nombre no debe ser nunca una tarea inocente, sino un programa de vida que hay que cumplir. Marcos, un avezado “periodista” en tiempos de Jesús de Nazareth, hizo un trabajo encomiable: preparar las buenas noticias de un tal Jesús a pesar de hacer una maravillosa crónica de una muerte anunciada (lo que luego se llamó “evangelio”), de que el mundo podía cambiar, de que podemos ser diferentes, más siendo que teniendo: “Al apearlo de la peana santa, Marcos es hoy símbolo de revolución humana, de los que pensamos que todavía es posible ser personas en su real medida, la que cada uno desea a pesar de los pesares”. Marcos fue el intérprete directo y sincero de las historias que contaba Pedro sobre la amistad que tuvo con Jesús de Nazaret, y que le sobrecogió de tal forma que decidió grabarlas en su cerebro y transmitirlas boca a boca a toda aquella persona que quisiera escucharle, tal como lo ha confiado a la historia Eusebio de Cesarea: Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso (Eusebio, Hist. Ecl. iii. 39).

En segundo lugar, porque tal día como hoy, hace ya cuarenta y un años, aprendimos de la revolución de los claveles que era verdad, que la vida puede y debe ser más agradable para todos, sobre todo para los que menos tienen. Y que las revoluciones silenciosas o ruidosas existen, son necesarias y triunfan cuando compartimos ideologías, sentimientos y emociones: “En 1974, tal día como hoy, 25 de abril, festividad de San Marcos, muchos portugueses pensaron en sus corazones que otro mundo era posible en su país y surgió la revolución de los claveles, con expresiones cantadas por Jose Afonso (Grândola, Vila Morena) de forma admirable:

“en cada esquina, un amigo
en cada rostro, igualdad…”

No es una fecha inocente, como le ocurre siempre a las ideologías cuando son sinceras y comprometidas con las personas que nos acompañan a vivir juntos, con el tu quiero y mi puedo que cada uno, cada una, mejor conoce, se aplica a sí mismo y entrega a los demás.

Sevilla, 25/IV/2017

Escribir es como cavar un pozo con una aguja

DÍA DEL LIBRO 2017

Dedicado, el Día Internacional del Libro 2017, a las personas que desde hace más de diez años se acercan a este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, a cuantos sienten el placer de leer libros y palabras unidas en otros formatos, que dan sentido a sus vidas; a quienes descubren el sentido de la existencia a través de autores concretos, a las personas que se sienten acompañadas por libros de cabecera que nunca les abandonan, a quienes confían en que quienes escriben tienen la paciencia turca de cavar pozos con una aguja, porque solo desean transformar la realidad poco a poco para poder soportarla.

Un día ya lejano aprendí el significado de este dicho turco leyendo el discurso de Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre. Es verdad que la vida de un escritor se hace poco a poco, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual a imagen y semejanza de cada uno. Esa es la razón de que existan pocos escritores que aporten al mundo sus pozos con agua, porque es su misión, no la de estar secos.

El día 23 de abril de cada año se celebra el Día Internacional del Libro en lugares concretos, una de las preocupaciones de más de veinticinco años de soledad de Pamuk en Estambul, buscando su lugar ansiado de escritor, encerrado en una habitación con fronteras domésticas. En este día, cada año vuelvo a hacer la reflexión que acompaña a este autor a lo largo de su vida, todavía hoy: ¿por qué escribo? Y he buscado las razones de Orhan Pamuk cuando hablaba de la maleta que un día le entregó su padre y que reflejaba lo que había aprendido de él y de una premonición hecha hacia él después de un abrazo de silencio: “…me dijo de repente y como si tal cosa que algún día me darían el premio [Nobel de Literatura] que hoy recibo con gran alegría”.

Pamuk, en ese delicioso discurso, confesó por qué escribía y hoy lo he recordado: “¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”.

Otro día, yendo del timbo al tambo, en expresión muy querida por Gabriel García Márquez, me atreví a responder también a esa pregunta, que reproduzco a continuación como justificación personal e intransferible de por qué escribo, siendo consciente de que tengo que volver a leer las palabras de Pamuk para aprender de él cómo se cava, con una aguja, un pozo literario de secreto.

Lo hago porque es una pregunta a la que todavía no había dado respuesta, como a tantas preguntas de mi vida, sobre todo tres que superan con creces a ésta (Eclesiastés, 3, 1-22): ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?; ¿quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra? y, por último, ¿quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él? A día de hoy, la única respuesta que me sigue pareciendo coherente es la del propio Eclesiastés, un auténtico líder de las asambleas: hay que hacer camino al andar y aprender una gran respuesta provisional en la vida: es mejor caminar con otros, porque si nos caemos siempre habrá alguien que te levante, porque la amistad es como la cuerda de tres hilos: jamás se puede romper.

¿Por qué escribo? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea como privilegiada zona de confort y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. Además, porque al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida decidiendo. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora.

En tercer lugar, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero si le falta alma, no es nada: Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro más allá de las ideas que quiere contar. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión.

José Manuel Blecua, ex director de la RAE, dijo en una ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. Quizá, al escribir hoy estas palabras especiales, para decir algo especial, he copiado una experiencia contada una vez por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, como cavando un pozo con una aguja.

Sevilla, 23/IV/2017

NOTA: la imagen, que representa el Cartel del Día del Libro 2017, del Ministerio de Educación, Ciencia y Deporte y cuyo autor es Javier Sáez Castán, Premio Nacional de Ilustración 2016, inspirado en la obra Sin noticias de Gurb del último Premio Cervantes, Eduardo Mendoza, se ha recuperado hoy de: http://www.librerosmadrid.es/cartel-del-dia-del-libro-2017-del-ministerio-educacion-cultura-deporte/

Eduardo Mendoza, Premio Cervantes a la forma de recrear su tiempo

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Hoy han entregado a Eduardo Mendoza el Premio Cervantes. Cuando se difundió la noticia del otorgamiento de este apreciado reconocimiento, el 30 de noviembre de 2016, escribí un artículo en este cuaderno digital. El tiempo según Eduardo Mendoza, como pequeño homenaje personal, porque el autor ha hecho siempre un homenaje al tiempo, bien muy apreciado en mi historia de todos y en la de secreto.

Lo reproduzco a continuación de forma íntegra en fechas próximas el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, que se celebra el 23 de abril, porque es una forma de crear un clima propiciatorio para celebrar un día especial, hermoso, en el que se pretende recordar la importancia de la lectura de libros, atómicos o digitales, para ser respetuoso con los avances tecnológicos, pero respetando siempre la esencia de leer.

DIA DEL LIBRO

Les dejo con la lectura propuesta. Si disfruta con estas líneas, sepa que siempre está detrás Eduardo Mendoza, como contaba el gran escritor Lobo Antúnes recordando a un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo estuviera el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”.

Es verdad, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas… atreviéndonos a leer páginas inolvidables de Eduardo Mendoza.

Sevilla, 20/IV/2017

El tiempo, según Eduardo Mendoza

Ayer se otorgó el Premio Cervantes 2016, máximo galardón de las letras españolas, al escritor Eduardo Mendoza. Me alegró especialmente, porque lo relacioné inmediatamente con una experiencia personal del pasado mes de septiembre, leyendo un artículo suyo de despedida en la colaboración mensual de sus publicaciones en la última página de la revista ICON (Septiembre, 2016), publicada por la editora del diario El País. Lo envié a las personas que quiero, porque estimé que abordaba una cuestión transcendental en la vida que siempre me ha llamado la atención existencial: amar el tiempo propio y el de los demás. Llevaba por título “Tiempo de despedida” (1), una reflexión preciosa sobre la forma de estar en el mundo, sentarse en él (sitz in leben), teniendo en cuenta el factor tiempo, relativizando la forma de ser cada persona en su forma de comprenderlo, sentirlo y expresarlo.

Es verdad que en bastantes ocasiones he tratado en este cuaderno digital la relación humana con el tiempo, porque me preocupa apasionadamente. Decía Mendoza en su artículo que “Si me voy es porque me gusta hacer la mudanza de tanto en tanto, sin ton ni son. Por lo demás, el tiempo es relativo. Es un lugar común, pero en el fondo, no lo creemos. Vivimos pendientes del tiempo y nos cuesta imaginar cómo sería la vida sin un calendario y sin un reloj”. Es lo que aprendí hace ya muchos años del Eclesiastés, en su maravilloso capítulo 3, que nunca olvido, porque leyéndolo con atención siempre podemos reflexionar sobre momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno, en cada ecosistema temporal, sabiendo que todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: tiempo de nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Casi sin darnos tiempo para recuperarnos, aborda también una cuestión enigmática de profundo calado: “lo que es, ya antes fue; lo que será, ya es”, resolviéndola con una solución teísta: “Y Dios restaura lo pasado”. ¿Qué Dios, en un mundo descreído?

Con motivo de la proclamación de este premio, he recordado también un dicho turco que me emocionó al conocer su profundo sentido: “Todo al final es como quien cava un pozo con una aguja”, donde el tiempo marca las diferencias para ser y estar en el mundo. Aprendí su significado en el universo extraordinario de la literatura que libera, leyendo el discurso que leyó Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre. Es verdad que la vida de un escritor se hace poco a poco, como la de Mendoza, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual. Esa es la razón de que existan pocos escritores que aporten al mundo sus pozos con agua, porque es su misión, no la de estar secos.

Es lo que a lo largo de su producción literaria nos ha entregado Eduardo Mendoza. Aunque haya ido muchas veces del timbo al tambo, haciendo mudanzas, como él dice, “sin ton ni son”, pero escribiendo con el alma, como lo escuché una vez en una experiencia contada por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un Hoy, sobre la forma en que Eduardo Mendoza escribe para entender su tiempo de recibir premios.

Sevilla, 1/XII/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www-livreshebdo-fr.sargasses.biblio.msh-paris.fr/article/eduardo-mendoza-recoit-le-prix-franz-kafka-2015
(1) Sólo conservo una imagen del artículo, que adjunto, pidiendo disculpas por la dificultad probable de su lectura:
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