Cerebro y género: una cuestión de amígdalas

¿Quién nos iba a decir que entre las inteligencias múltiples de cada persona, la emocional tiene el tamaño de una almendra?. Es así. En el cerebro se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala” (del griego ὰμυγδάλη, almendra), situada exactamente en el lóbulo temporal y forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Todo ello configura el denominado sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza prefrontal, como corteza de asociación situada en el lóbulo frontal. Una parte muy importante de la corteza (servilleta) cerebral, utilizando la descripción del tamaño de la misma hecha por Jeff Hawkins (1).

Desde el punto de vista científico, ya sabemos muchas cosas de la amígdala cerebral. Es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. Se puede llegar a conocer hoy, a través de técnicas no invasivas de tomografía mediante emisión de positrones (PET), el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala.

Se ha demostrado también que pacientes con la amígdala cerebral lesionada no son capaces de reconocer la expresión de un rostro o si una persona está contenta o triste. Por otro lado, en experimentos con monos a los que se les extirpó esta glándula, se demostró que éstos manifestaban tras la extirpación un comportamiento social alterado, con una pérdida de la comprensión de las reglas de relación de la manada, además de verse afectadas las actitudes maternales y las reacciones afectivas frente a sus iguales. Asimismo, la amígdala cerebral también se relaciona con la capacidad de aprendizaje y con la memoria.

He leído con atención el estudio llevado a cabo por la Unidad de “neuroimaginería cognitiva” del Inserm (el instituto francés de la salud y de investigación médica) y por el hospital Pitié-Salpêtrière de Francia, que ha demostrado que nuestro cerebro es capaz de integrar nociones tan abstractas como las de un campo semántico, las de los significados, incluso antes de que conscientemente podamos leer las palabras que los contienen. Además, el papel jugado por la implantación de electrodos en las amígdalas cerebrales de un grupo de pacientes epilépticos desvelaron actividad cerebral derivada de la significación de una serie de palabras mostradas a gran velocidad, a pesar de que los pacientes no pudieron ni leerlas. La complejidad de nuestros procesos mentales inconscientes es por tanto mucho más rica de lo que se estimaba. El trabajo ha sido dirigido por el neurólogo y doctor en Neurociencias cognitivas, profesor Lionel Naccache y ha sido publicado por la revista Proceedings of the National Academy of Science. El cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan al sujeto de manera subliminal, señalan los resultados de un estudio. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia. Obvio. Y qué campo tan interesante se abre para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad. Los elementos de contexto en los que vivimos nuestra existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en nuestro interior sin que tomemos plena conciencia de ello!. Es lógico que a veces digamos “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

El binomio miedo-agresión, está asentado en la amígdala. Si el tamaño es mayor en el hombre, por mera determinación anatómica, la correlación es más compleja. Por ello, las salidas de tono virulentas en los hombres tienen una determinación estructural cerebral, más acusada que en las mujeres. Y con una responsabilidad añadida: la corteza prefrontal, esa zona maravillosa de razonamiento neurológico, al intervenir otras muchas entradas de información a esa zona y equilibrar todas las balanzas imaginables de los procesos que se computan en el cerebro, hace que se module la conducta a observar finalmente, creando patrones para la memoria predictiva: si ya me pasó esto en una situación anterior, atención, porque me puede volver a pasar lo que ya sé que va a pasar. Sorprendente. No es el destino biológico preprogramado de hombre y mujer lo que justifica determinadas conductas, sino que los aprendizajes de situaciones que se han repetido en muchas ocasiones de la vida, “modula” una determinada forma de ser en el mundo, desencadenando procesos hormonales y activaciones eléctricas de circuitos neuronales que ya han “aprendido” a desenvolverse así en situaciones similares. Y la amígdala sigue ejecutando siempre su trabajo.

El estrógeno, la progesterona y la testosterona son las principales actrices invitadas en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. De ahí la importancia de la memoria predictiva (teoría de Jeff Hawkins), de la que ya he hablado en post anteriores. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina ó femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada uno en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir. Es lo que en América se trata de solucionar con Prozac, sabiendo que mi amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) ó duradera (sentimientos).

Y una realidad estructural del cerebro, la mielina, tiene una responsabilidad crucial en la conexión obligada, autopista o camino vecinal, entre la amígdala y el centro de control de las emociones: la corteza prefrontal. Me gusta comparar la mielina con el cable de antena del televisor, forrado con una malla de cobre a modo de dendritas y con un plástico que le aisla del mundo exterior y protege la conductividad, ofreciendo todas las garantías de neurotransmisión, de transmisión en definitiva de las señales eléctricas. La corteza cerebral se alimenta de millones de descargas de la amígdala y pide retroalimentación. Y esto se aprende. Es la experiencia del ciclo de vida de hombres y mujeres, desde que somos niñas y niños, experimentamos la adolescencia (cuantos cables sin mielina, sin protección se intercomunican a esta edad, desencadenando explosiones afectivas que ahora sabemos ya por qué ocurren), crecemos en el estereotipo del “amor” solo, homosexual ó heterosexual, y nos hacemos personas mayores donde las garantías del cableado cerebral comienzan a caducar, a deteriorarse e incluso a morir (Alzheimer). Este conocimiento nos lleva a ser muy prudentes con los autojuicios o sobre los que hacemos de los demás. Es “cuestión de química” (¿de amígdala?), siendo esta expresión coloquial una verdad como un templo, porque la conducción química es vital para nuestra amígdala, como explico a continuación.

Por su importancia actual, derivada de investigaciones recientes, es importante resaltar los últimos descubrimientos sobre unas células olvidadas desde los trabajos de Cajal, las células glía y en un papel muy importante: la neurotransmisión de sustancias vitales para el funcionamiento del cerebro, en una tarea muy concreta, en el trayecto que va desde la amígdala a la corteza cerebral y viceversa (a la amígdala le gustan las distancias cortas…), de acuerdo con unas declaraciones recientes de R. Douglas Fields, del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano, en Bethesda, Maryland, especialista en plasticidad del sistema nervioso: «Aún tenemos mucho que aprender, pero entre los neurocientíficos hay un tremendo interés (en estas células), ya que creen que podrían haber ignorado casi la mitad del cerebro». Este investigador, junto a Beth Stevens-Graham, ha escrito un artículo de revisión sobre la glía, publicado en la revista Science (2), de sumo interés: «Cada vez más, se hace evidente que la glía contribuye al proceso de información en el cerebro detectando la descarga de las neuronas y comunicándose entre ellas para, a su vez, regular la actividad neuronal». La nueva conciencia sobre la importancia de las células gliales se ha desarrollado, en parte, debido a nuevos métodos de radiografía por imágenes que permiten a los científicos observar las señales químicas que la glía usa para comunicarse, entre ellas mismas y con las neuronas. La glía y las neuronas operan en formas diferentes. Aunque a menudo se comparan las señales eléctricas de las neuronas con las que tienen lugar en las líneas telefónicas, la glía se comunica por medio de señales químicas, que son mucho más lentas. Entre las numerosas funciones de la glía, dijo Fields, están las de regular la intensidad de las conexiones interneuronales llamadas sinapsis. Pero la glía también puede detectar señales eléctricas de otras partes del cerebro, además de las sinapsis, según el investigador. Estas señales, añadió Fields, «son particularmente importantes para regular el desarrollo glíal en la vida fetal y postnatal temprana».

Los mensajes también controlan la actividad de la glía que forma la mielina, el «aislante» que protege las fibras nerviosas, mencionó el científico. La comunicación entre las neuronas y las células gliales podría formar parte de las actividades cerebrales que suceden en un período relativamente largo de tiempo, según Fields. «Esto sería importante», dijo el científico, «en aquellos procesos como el desarrollo del sistema nervioso, la formación de las sinapsis, la migraña, la depresión, el aprendizaje y la memoria». Esta comunicación podría también estar presente en la forma en que el cerebro responde al daño, a la enfermedad y al dolor crónico, añadió el investigador”.

Estudios recientes llevados a cabo en la Clínica de Neurocirugía de la Universidad de Bonn, han señalado el papel trascendental de las células glía, neuroglías, en su argot, destacando las funciones que desempeña un tipo de célula glial, el astrocito, desconocidas hasta ahora pero que pueden revolucionar el conocimiento del procesamiento del entendimiento entre neuronas, como árbitro imprescindible. Es una célula muy común en el cerebro y su relación con la sinapsis y con los vasos sanguíneos, pero junto a las funciones clásicas de nutrición y sostén de las neuronas, se han descubierto funciones auxiliares muy diversas: “se ocupan de que las concentraciones iónicas permanezcan constantes en el espacio situado entre las células cerebrales; recogen las sustancias mensajeras –los neurotransmisores- liberadas por las neuronas y bloquean sus efectos; por último proveen de nutrientes a las células nerviosas. Va ganando terreno, además, la idea de que el propio grupo de astrocitos se compone, a su vez, de tipos celulares muy distintos que, en parte, realizan trabajos completamente diferentes. Por si fuera poco, se les empieza a reconocer a los astrocitos, su participación en el procesamiento de la información cerebral, capacidad que se suponía exclusiva de las neuronas” (3).

Tengo la impresión que la próxima vez que nos comamos una almendra, vamos a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacemos. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que ya sabe por qué está sintiendo algo especial. Misión cumplida.

Sevilla, 25/II/2007

(1) Hawkins, J. y Blakeslee, S. (2005). Sobre la inteligencia. Espasa Calpe: Madrid.

(2) Douglas Fields, R. & Stevens-Graham, B. New Insights into Neuron-Glía Communication. Science 18 October 2002: Vol. 298. no. 5593, 556–562.

(3) Krebs, C., Hüttmann, K. y Steinhäuser, Ch. (2005). Células de la glía. Mente y Cerebro, 11, 66-69.

Cerebro y género

Género y vida

El niño del Serengueti

Lo ha cantado Javier Ruibal en Cádiz, cuando todavía sonaban notas de Carnaval: El niño del Serengueti fantaseaba mientras llevaba agua a casa. Y ya no se cantaba a esa hora con la misma sorna. No conozco bien la letra de la canción, pero la intuyo. Ha sido con motivo de un encuentro de gran interés público que se ha celebrado en esta preciosa ciudad, el pasado miércoles, organizado por EL PAÍS en la Diputación de Cádiz alrededor del cambio climático. Intervinieron líderes de opinión y de laboratorio sobre las incongruencias de la “mano del hombre” (con perdón) y hasta se llegó a manifestar, con gran dolor de mi cerebro, que hemos llegado hasta aquí gracias a la inteligencia humana (?). Siempre hablando de culpa y siempre de la culpa de la gente, como diría Jorge Cafrune. Y así lo contaba el redactor de la noticia: “El científico Miguel Delibes de Castro aportó que gran parte de los inconvenientes para hallar soluciones al problema es la falta de una conciencia sobre su existencia. “Hasta que no lo vemos, no lo creemos”, sostuvo. Sin embargo, no coincidió con Negrillo [Juan Negrillo, Director de EMCG 2007, Primer Encuentro sobre energía, municipio y calentamiento global] a la hora de apuntar como una causa la revolución científica. “Es como culpar a nuestra inteligencia. Si nos hubiésemos quedado como monos seguramente no hubiese ocurrido nada de esto”, añadió, “pero tampoco podríamos ahora alcanzar nuestro grado de desarrollo y las posibilidades de investigación” (1).

No sé que le pasa últimamente al cerebro y a la inteligencia, pero están en horas bajas, debido a los “mayores espectáculos del mundo”: Irak, Afganistán, Atocha, África Subsahariana y la misma Tanzania, el país del niño del Serengueti, donde el SIDA hace estragos. Es paradójico el momento actual porque, por un lado, todos los días se publican noticias sobre el maravilloso cerebro y lo que queda por descubrir. De la misma forma, por otro, se les ataca desde todos los frentes posibles. Y la contradicción está servida. Pero en el caso que nos ocupa es que la campaña de sensibilización que ha promovido Al Gore “nos ha dado” el siglo actual, el día de hoy y de mañana, que se dice coloquialmente, porque el cambio climático, del que tanto se habla, no lo sufrimos de forma directa pero es una tabarra que no cesa.

Y Ruibal, con su encanto personal, coge la guitarra en su tierra y con la gracia que el Sur le ha dado, comienza a gritar a los cuatro vientos que mientras el niño del Serengueti admira el entorno tanzano como una maravilla para sus ojos cautivos, va arrojando agua sin la conciencia de estar perdiendo un auténtico tesoro. A diferencia de nosotros, los más inteligentes de la tierra, el primer mundo, que no podemos fantasear más allá de lo que nuestros ojos son capaces de transmitir a un cerebro cautivo y desarmado por la sequía de la inteligencia en muchas de sus manifestaciones posibles. Por cierto, humanas. Y que no es capaz de descubrir ya la realidad del “aire azul” tanzano ó gaditano, fantástica recreación del escritor australiano Alan Mooheread, enamorado del continente africano, escapándosele también el agua entre los dedos…

Sevilla, 23/II/2007

(1) Espinosa, P. (2007, 21 de febrero). Las heridas de la tierra. El País, p. 45.

Quitarse el cerebro de la cabeza

Lo ha dicho hoy Pau Gasol: No quiero pensar en nada, ojalá pudiera quitarme el cerebro de la cabeza. Ha planteado una cuestión de Estado. A las personas que trabajamos en la investigación del cerebro, frases como ésta nos sugieren investigaciones por doquier. Vamos a entrar en el contenido de sus palabras. Cuando Pau expresa con sentimiento por qué está en conflicto con su cabeza es por una razón muy importante. Su cuerpo es capaz de ser dirigido por la corteza cerebral, por patrones de conducta que ha asimilado con técnicas de entrenamiento, con estrategias y tácticas de equipo, sofisticadas, dibujadas en la Vileda de turno. Pero una cosa es jugar con cabeza y otra controlar el cerebro. O poner el cerebro en juego, pagando un alto precio: su cabeza.

Pau juega, salta, recoge rebotes, obstaculiza las torres humanas de la NBA. Encesta en la cancha de la vida. Pero su cerebro necesita descanso, aunque se teme que aún descansando, las grabaciones hechas recientemente sobre su futuro inmediato no le dejen tranquilo. Ha manifestado de forma excelente el potencial del cerebro para lo bueno y para lo que aceptamos de forma común: para “lo malo”. Pero busca un imposible: quitarse de encima lo que le permite curiosamente ser una estrella rutilante, el primer motor móvil que le permite triunfar en el Memphis Grizzlies. Mucho me temo que no va a poder comprar una operación tan sofisticada. Porque aunque parezca mentira, Paul es humano y su cerebro lo necesita incluso para lo que demanda ahora a gritos: estar tranquilo. El mismo cerebro que lo encumbra. El mismo cerebro que lo agota. Y esta realidad, a los humanos, nos cuesta aceptarla porque es una dialéctica endemoniada. Incluso para los que de forma tan frívola les gustaría interpretar por qué una persona toma la decisión de quitarse el cerebro de encima, definitivamente. Quizá, solo para experimentar y no se sabe todavía las razones últimas, que el cerebro es una máquina modulada –difícil de gobernar- por los ribetes de acero que impone la vida personal e intransferible. Para lo que decíamos anteriormente y extraído de la sabiduría popular: para lo bueno, para lo malo y, a veces, para lo imposible.  Comprendo a Gasol: es maravillosamente humano.

Sevilla, 15/II/2007

Valor y precio

Tenía razón Antonio Machado: todo necio confunde valor y precio. Se me ha ido el alma a la lectura de un reportaje publicado hoy en el diario El País, Cosas que el dinero puede comprar, o no (1), que me ha activado áreas cerebrales que estaban dedicadas desde hace días a otros escenarios de progreso, quizá porque estaba influenciado por un ataque de admiración de Woody Allen, en torno a una frase suya que ahora, paradojas de la vida, publicita un Banco: Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida. Y haciendo caso al Dr. Cardoso, un personaje peculiar en la vida de Pereira (Tabucchi), he comenzado a frecuentarlo, como una forma de invertir inteligencia para ser más feliz. Y andando en estas cuitas de Allen, tempus fugit, anuncio del Banco de Madrid (?), futuro, resto de mi vida, blog, compromisos varios, descubro una lectura de las que llamo “necesarias”, al menos para mí, reforzando una creencia clara: en el futuro en el que quiero vivir, el dinero no te lo facilita todo.

Veamos por qué, según el estudio publicado por Manuel Baucells, profesor de la escuela de negocios IESE, y Rakesh K. Sarín, de la UCLA Anderson School of Management de la Universidad de California (2): Does more money buy you more happiness?. Malas noticias, para algunos. Parece ser que algo de felicidad se puede comprar con dinero pero no toda la felicidad, porque el estudio citado dice que cuando compramos algo y lo empezamos a disfrutar, de forma inversamente proporcional “decae” la ilusión, más o menos, “porque ya tenemos lo que deseábamos”: el dinero no da la felicidad, pero la puede comprar, la única duda es cuánta cantidad. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas. Y empezamos a ver lo que los demás tienen y así indefinidamente, generando la envidia. Luego parece ser que es más importante desear las cosas que tenerlas. Interesante. El problema radica en que nos programan los deseos. Y me he puesto a comprobarlo en la publicidad de hoy, un sábado de febrero, normal y corriente, en mi periódico habitual, El País, desde la primera a la última página:

– En relación con la salud y la belleza: volverás otra vez a la deliciosa lentitud de las horas.
– En relación con los viajes en el mar: en el centro estás tú.
– Referido a un vehículo de gama alta: hacer algo juntos no significa hacer siempre lo mismo. Exprime, explora, experimenta.
– Windows ha cambiado: que no te coja desprevenido.
– Lleva a tu mesa la clase del mejor club del siglo XX (una cubertería con el logotipo de un equipo de fútbol).
– Toma el control. El hombre que controla todas las situaciones busca potencia y respuesta en su coche.

Solo he destacado una parte de la publicidad directa, sin analizar la subliminal que tanto afecta a nuestra inteligencia. Y las conclusiones del estudio nos llevan a pensar con Machado que no se debe confundir valor y precio, porque cuando volvamos a las prisas diarias, al estrés puro y duro, finalice el crucero, exprimamos, exploremos y experimentemos el nuevo coche, dé a los demás una lección de hombre previsor al comprarme la última versión del software comercial de los últimos días, ponga en mi mesa la cubertería de mi “equipo predilecto” y tome el control de mi vida con el coche (otra vez), me daré cuenta que me ha pasado algo parecido a cuando era niño: cuando los Reyes Magos de Oriente me traían el caballo de cartón, ya no tenía gracia montarme muchas veces en él. Y me iba a la habitación a escribir de nuevo a un rey desconocido que me permitiera ser feliz todos los días, porque tenerlo (el juguete…) me permitía comprobar que ya se me había escapado la ilusión por la montura del equino. Y así desde entonces, buscando por todas partes la forma de disfrutar los placeres basados en bienes básicos y en personas cercanas bajo la forma de familia, compañeras y compañeros de trabajo, amigos, proveedores conocidos y respetados (en clave de valor), frente a lo que me ofrecen los bienes de consumo (puro precio y mercado), por mucho que se empeñe en ello, con perdón, la agencia donde trabaja Risto Mejide.

Sevilla, 10/II/2007

(1) Mars, A. (2006, 10 de febrero). Cosas que el dinero puede comprar o no. El País, p. 64.
(2) Baucells, M., and Rakesh K. Sarin (2007). Does more money buy you more happiness?. Draft of a forthcoming Book Chapter.

Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?

Hay amigos que me dicen que he iniciado una misión imposible. Sin embargo, creo que no es difícil abordar estas aportaciones al debate de género si se parte de unas bases científicas irrefutables al día de hoy, no sé mañana, en relación con el conocimiento de las características cerebrales de las mujeres y de los hombres, con la finalidad confesable de que no se trate igual a los desiguales, es decir, para que no asignemos roles iguales a quienes parten de características genéticas y hormonales diferentes. Fundamentalmente, para que no se desplacen a la ciencia problemas conceptuales y de la realidad cotidiana que solo pertenecen al ámbito estrictamente social y político, en la más amplia acepción de los términos.

Hoy voy a analizar con base científica, al menos así lo pretendo, la realidad de la llamada “inteligencia femenina y masculina”. ¿Existen, realmente? Creo que no. Existe una inteligencia concreta de un ser humano, comprensiva de otras muchas formas de ser inteligentes, que ha sido concebido como hembra, como varón, y que obedece a un patrón genético personal e intransferible, con un programa de vida desconocido que lo va a modelar a lo largo de su existencia. Es verdad que existen unas diferencias anatómicas evidentes, indiscutibles. Pero las capacidades derivadas del carné genético todavía no se conocen, es decir, se desconocen las auténticas posibilidades de ser de cada una, de cada uno, como una limitación de base existencial que nos debería hacer reflexionar hacia la sencillez y humildad del “todavía no sabemos porqué ocurren estas cosas” en el cerebro, en la corteza cerebral sobre todo. Y esta realidad nos afecta a todos, por igual. Somos iguales en el desconocimiento del porqué de nuestras comprensiones, de nuestro desarrollo cognitivo, de nuestra consciencia y, sobre todo, de nuestro devenir particular. No nos engañemos, podemos predecir, pero no sabemos con exactitud de reloj suizo qué es lo que va a suceder en nuestros cerebros en el segundo siguiente. Aquí se parte de la principal igualdad de género. Y esta aventura la contrataron nuestros padres. Así, hasta el infinito.

Pero las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y hoy se saben muchas cosas sobre la morfología de muchos cerebros de hombres y de mujeres. Se ha elaborado el mejor atlas mundial del cerebro, con sede en el Laboratorio de Neuroimagen (LONI) de la Universidad de California, que “describe la actividad cerebral, localiza el sitio preciso de funciones tales como el habla, la memoria, la emoción y el lenguaje, a la vez que destaca que esos emplazamientos cerebrales dependen de variables como las características del individuo y la población. Es como si a un Atlas de geografía tradicional se le añadiera información sobre los patrones del clima, las temperaturas del océano, datos socioeconómicos y el flujo de habitantes. Los primeros cartógrafos del cerebro dependían de un solo ejemplar para crear un Atlas cerebral que supuestamente representa a todos. Los datos para trazar este Atlas se recopilaron a partir del estudio de siete mil cerebros, incluyendo los de 342 gemelos. Tal y como ha proclamado en bastantes ocasiones el doctor Mazziotta (experto en el tratamiento de estas imágenes) “este es un proyecto de la frustración básicamente. Por muchos años, todos lo que estudiamos la estructura y funciones del cerebro hemos tenido que lidiar con el hecho de que no hay dos cerebros iguales ni en forma o tamaño, como tampoco en función, pero cuán diferentes son y cómo debemos compararlos eran dos cosas que no se sabía» (1). Y algunas conclusiones se pueden aportar ya al conocimiento humano. Esa es la misión de hoy.

Por ejemplo, se conoce muy bien la llamada “lateralidad cerebral” a través de los hemisferios que lo conforman, tal y como lo expresaba la doctora Barral en el encuentro que ya cité en el post Cerebro y género: mitos a desmontar: “los hombres tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo, es decir, el cerebro racional, y las mujeres el área del lenguaje y el hemisferio derecho, que es el que controla la vida emocional. “De eso se ha extraído que las mujeres son más lábiles e impredecibles, lo que ha tenido consecuencias clínicas, como una mayor prescripción de ansiolíticos a las mujeres”. Sin comentarios. Llevo estudiando desde hace quince años la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner y sin que tengamos que elevarla a los altares, junto a otro santo de la devoción mundial, Goleman, a través de su afamada y nada inocente “inteligencia emocional”, es indiscutible que han hecho unas aportaciones muy importantes a la comunidad científica, porque las posibilidades de ser inteligentes, a cualquier escala, se han ampliado, sin dejarlas reducidas a determinados patrones americanos, para mayor INRI, donde los cocientes intelectuales se definían solo por una forma de demostrar la inteligencia de cada uno. Pero no se aborda la quintaesencia que posibilita esta forma de ser inteligentes. ¡Cuánto han sufrido mujeres y hombres, niñas y niños en el mundo porque durante su crecimiento no respondían a los patrones educativos y sociales de su entorno: padres, familia, amistades, escuela, Instituto, Universidad, iglesias, creencias, empresas y organizaciones diversas! Y que poco tenía que ver su comportamiento con su corteza cerebral personal e intransferible, solo analizado por el “laboratorio de la vida” en el que cayeran, en el sentido más duro del término, en el que nacieran y se desarrollaran hasta alcanzar algún umbral de libertad personal y de conocimiento, si es que alguna vez lo alcanzaban. ¡Qué falta de rigor y de base científica para juzgar una forma de ser y estar en el mundo!, ¡qué irresponsabilidad individual y colectiva en el tratamiento de género!  Y no hay nada más inteligente que el cerebro individual, donde se ha demostrado en el laboratorio que millones de neuronas hacen un trabajo ordinario, excelente, para ordenar el comportamiento de cada una, de cada uno, en una soledad sonora jamás contada a la que los científicos llaman plasticidad.

Y una aclaración a la lateralidad de los hemisferios cerebrales: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía; “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable.

En el artículo tantas veces citado (2), se aborda esta realidad en la proyección social y política: “Por la misma razón, según Ferrús, no deberían adoptarse decisiones de políticas de igualdad sin una sólida base científica. “Si hay un ámbito tintado de intereses acientíficos, ése es el de las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento”, sostuvo. “Efectivamente, esas diferencias existen y tienen consecuencias en los comportamientos. Pero si se quiere conseguir que la sociedad sea igualitaria, no se debe tratar igual a quienes son diferentes”. Ferrús indicó que determinados centros educativos de élite de Estados Unidos están considerando seriamente volver a la segregación en determinados aspectos educativos “porque se han dado cuenta de que es la única forma eficaz de que surja el liderazgo entre las mujeres y no se reproduzca el fenómeno de inhibición en presencia del macho. Es un tema abierto, pero habría que reflexionar sobre ello”.

Para esto sirve la ciencia, para descubrirnos las maravillosas posibilidades que nos ofrece el cerebro, a cada una y a cada uno, a pesar de aquellas limitaciones en nuestra conducta, que siempre permanecen en la memoria histórica para nuestra desgracia. Y esa es otra, porque reconstruir la vida y predecir la conducta actual se hace con mucho esfuerzo de romper barreras creadas por los patrones sociales que tanto nos marcan en la vida.  Y vamos viendo a través de estos artículos, de estos post, que ser hombre y mujer no tiene por qué llevarnos por unos derroteros poco asimilados y acordes con nuestra forma de ser. Porque contamos con un activo maravilloso: un cerebro bien diferenciado y con un programa genético que solo tiene un handicap importante, porque todavía no sabe la ciencia como explicarlo de forma que podamos tomar el control pleno de nuestra existencia. Ahí radica el problema del gobierno por parte de los otros. De cualquier “otro”, porque al buen entendedor, pocas palabras bastan. Sinceramente, porque a diferencia del doctor Mazziotta, no creo que defender esta tarea científica sea ya un “proyecto de frustración”.

Sevilla, 3/II/2007

Género y vida

(1) LONI, Laboratory of Neuro Imaging, UCLA. Recuperado el 9 de septiembre de 2006,  de http://www.loni.ucla.edu/media.

(2) Pérez Oliva, M. (2006, 21 de marzo). Cerebro de hombre, cerebro de mujer. El País, p. 48.

Cerebro y género: materia blanca contra materia gris

Es una verdad histórica, pero no científica que los hombres tienen más materia blanca que las mujeres, porque “ellas” tienen más materia gris. Y eso “los hombres” no lo pueden aguantar: cómovaasereso, todo seguido, como dando más fuerza al grito de desesperación biológica, sobre algo aprendido desde la tierna infancia para gran desconsuelo de la realidad humana de todos los días. Pero, ¿qué se quiere decir con manifestaciones grotescas de la materia gris, algo más conocida, o sobre la supremacía de la materia blanca? Y Lawrence Summers, el director de la Universidad de Harvard, vino en 2005 a reforzar estas ideas, echando leña al fuego, cuando aportó reflexiones científicas en relación con el progreso más lento de las mujeres en las ciencias y las matemáticas, porque “podría deberse a diferencias innatas entre los sexos”.

Primero vamos a explicar el origen de sus nombres. La materia gris, mejor explicado científicamente como sustancia gris, que lleva ese nombre porque a simple vista se ve de ese color, es una porción del sistema nervioso central que incluye la corteza cerebral, los ganglios basales y el núcleo del cerebro, así como el cordón espinal que queda envuelto por la materia blanca. La materia blanca (sustancia blanca) es el nombre que se le da a las partes del cerebro y la médula espinal que tienen a su cargo la comunicación entre las diferentes zonas de materia gris, y entre la materia gris y el resto del cuerpo. Su apariencia es blanca, con fibras nerviosas (lípidos y proteínas) cubiertas de mielina (sustancia en forma de vaina que rodea ciertas fibras nerviosas, a modo del plástico de color que rodea los cables de cobre). Es un elemento muy importante del llamado “cableado cerebral”, porque tiene la responsabilidad de proteger y dar seguridad a la conducción de señales nerviosas a lo largo de grandes distancias.

Aclarado su origen, es importante conocer a fondo sus funciones. Ambas sustancias están presentes en todos los seres humanos, con diferencias anudadas al tamaño real, corporal, de cada uno de ellos, pero siendo una realidad constatada en el atlas cerebral mundial que la sustancia gris es patrimonio esencial de todos los seres humanos, que su problema principal llamado a ser la cuna del desarrollo cognitivo no está vinculado ni con el tamaño del cerebro ni con el sexo y que ambos necesitan de forma personal e intransferible contar con la plasticidad de la sustancia blanca, de ambas sustancias en definitiva. El desarrollo de cada sustancia en cada ser humano es el enigma que parte del carné genético y, posteriormente, del desarrollo evolutivo en un entorno específico. Por tanto, es un mito a desmontar también: con independencia del tamaño del cerebro del hombre y de la mujer, ajustado a su desarrollo natural y específico, cuentan con dos realidades que están obligatoriamente obligadas a desarrollarse y convivir de por vida. Si importante son los cables (las neuronas, de color gris central), igualmente lo son las fundas de esos cables (las fibras nerviosas ordenadas para transmitir señales de vida).

Los problemas surgen con la “instalación” de este maravilloso cableado (valga el símil) a lo largo de la vida, porque hay una evidencia científica, una más, inapelable: la mielina se forma en la etapa prenatal, determinante, que expliqué en el artículo anterior, encontrándose casi completada en el momento del nacimiento. Es decir, hombres y mujeres venimos preparados para desarrollar el cerebro para la inteligencia de cada cual.

Además, la materia gris tiene una responsabilidad dramática sobre el control muscular, las percepciones sensoriales como vista y audición, la memoria, las emociones y el habla. Y no me gustan los chistes fáciles forjados en estereotipos: «las mujeres hablan como cotorras». Todos podemos hablar como estos simpáticos animalitos, porque todavía no conocemos bien por qué el habla se hace fuerte en el ser humano, aunque tanto se haya escrito sobre este elemento diferenciador de los seres humanos.

Por otra parte, la materia blanca está formada por estructuras situadas en la parte central del cerebro como el tálamo y el hipotálamo. Y el núcleo de la materia blanca está implicado, tanto en el hombre como en la mujer, en la liberación de la información sensorial del resto del cuerpo a la corteza cerebral, así como también en la regulación de las funciones autónomas (inconscientes) como temperatura corporal, frecuencia cardíaca y tensión arterial. También son responsables de las emociones y de la liberación de las sustancias químicas sobre las que se han construido gran parte de los mitos sexuales de la historia, es decir, las hormonas, grandes expertas en el trabajo a distancia, en enviar mensajes codificados a través de la glándula pituitaria, por ejemplo, a diferencia de los neurotransmisores, a los que gustan las distancias cortas, es decir, su misión se cumple en la unión de las neuronas, en las sinapsis, haciendo posible, a veces, las emociones y los sentimientos de hombres y mujeres expuestos a la vida. También regulan la ingesta de agua y alimentos. Y trabajan muy próximos al maravilloso e impreciso sistema límbico, responsable de la codificación todavía misteriosa de las emociones y las motivaciones.

Es muy difícil, en el contexto enunciado, echar culpas a las diferentes sustancias presentes en el cerebro humano, para identificar comportamientos que están cargados muchas veces de meras ideologías. Es verdad que nacemos con determinación sexual y con componentes que están asociados a una configuración corporal derivada de sustancias químicas que llegan a conformar una forma de ser en el mundo. Pero la necesidad de mantener en buen estado el cableado del cerebro es fruto de la conjunción indisoluble e interactiva de la sustancia gris y blanca en cada ser humano, con posibilidades ingentes de que la vida proporcione o no las posibilidades ocultas del carné genético. Y de ello sabemos todavía más bien poco. Ahí radica la belleza de la investigación: porque sabemos que está todo en la sede de la corteza cerebral, aunque todavía no lo hayamos descubierto. Y eso que todavía no hemos explicado la función de una tercera sustancia de funciones atractivas: la sustancia negra. Para algunos, “la que faltaba”, porque sabemos que como parte de la sustancia gris, con aspecto de media luna, contiene melanina que le proporciona el color oscuro, siendo responsable de neuronas donde juega un papel fundamental un neurotransmisor, la dopamina, cuyo déficit o hiperactividad nos hace enfermar  siendo jóvenes ó mayores, a través de la esquizofrenia ó el Parkinson.

La torpeza o la necedad no es cosa de hombres ó mujeres, como muchas veces queremos ejemplificarlo. Las palabras que anteceden nos iluminan la equidad en la forma de tener una corteza cerebral con posibilidades ingentes. Es más bien cosa de múltiples variables intervinientes en el desconcierto de la inteligencia que busca sencillamente ser feliz en el mundo en el que cada uno vive, personal e intransferible. Y en esa tarea científica estamos: devolver esperanza de género a través del autoconocimiento del potencial cerebral de cada ser humano, para que comprendamos mejor qué podemos hacer en el suma y sigue de la violencia que no permite a las mujeres ser ellas mismas en el siglo del cerebro, a pesar de que el punto de partida de la forma del ser el cerebro es igual en el bebé, niña o niño, que nace a una nueva vida.

Sevilla, 28/I/2007

Cerebro y género: mitos a desmontar

Cuando inicié esta serie de artículos, sabía que era una aventura apasionante, sobre todo porque responde a una razón muy clara: sabemos muy poco de la inteligencia del hombre y casi nada de la inteligencia de la mujer. Además, podía ser una contribución para que aprendiéramos, de forma compartida, hombres y mujeres de buena inteligencia (aprendimos a decir solo “de buena voluntad”, junto con la paz de los hombres como curiosa paradoja…), las últimas razones de las conductas cerebrales que después las reproducen hombres y mujeres, con expresión desajustada. De esta forma, pensé, podríamos acabar con la frase más repulsiva en la conducta de los hombres y fabricada por la inteligencia de algunos, de muchos: mujer tenías que ser. Nunca más, al menos en nuestro entorno, porque sabemos que las cosas no son así. Para esto puede servir este artículo, otros: comentarlo, pasarlo, divulgarlo, criticarlo, pero con una idea común: contribuir a reforzar la verdad del cerebro en el ser humano, como el principio de todas sus acciones.

El primer mito que hay que clarificar y desmontar es el de la diferenciación desequilibrada desde la concepción, antes del propio nacimiento, causa irrefutable de que ya vengamos programados para ser “desgraciadamente” como somos. El cerebro nace y se hace. Es verdad que hay una diferenciación genética, dado que no hay dos cerebros iguales, pero tampoco existe la igualdad dentro del mismo sexo.  Lo comentaba en mi post anterior, el que abrió este camino de investigación divulgativa. La genómica va a darnos unas sorpresas muy agradables a corto plazo. Una, podrá ser el conocimiento del carné genético individual, como persona, desde antes del nacimiento. En la medida que se pueda tener y conocer porque ya se está en el mundo de cada uno, de cada cual, sabremos cual puede ser la hoja de ruta de nuestra vida, eso sí desde una sola perspectiva, porque el desarrollo cerebral estará sometido siempre a múltiples cambios y para eso está preparado: así se ha demostrado con su plasticidad, como seña de identidad de un valor incalculable. Pero ya vamos aclarando cuestiones de principio: somos diferentes los hombres y las mujeres y lo vamos a seguir siendo, pero la diferenciación sexual es algo extraordinario porque nos condiciona solo a conocernos mejor para “ser” en el mundo. Y la inteligencia va a ser una gran alidada, porque las neuronas no se compran en el mercado, venimos al mundo con ellas, ordenadas mágicamente si el desarrollo del feto ha sido saludable, en el amplio sentido de la palabra.

Otra sorpresa que nos tiene guardada la concepción es que el cerebro es una fábrica de realidades que nunca cierra. Desde el momento de la concepción, ya está garantizado el trabajo para todos los componentes cerebrales, al menos los que conocemos. Y trabajan con una sincronización tan maravillosa como la de la relojería suiza. Y nadie niega, el mundo científico tampoco, que es trascendental la forma en la que se desarrolla el cerebro de las niñas y de los niños, desde antes de su nacimiento. La realidad de conocer el sexo de la criatura que se está formando en el vientre materno, mediante las ecografías tridimensionales que se empiezan a implantar, debería ser una oportunidad para conocer a partir de ese momento el mejor manual de vida probable, porque el principal problema con el que se encuentran los artífices de la vida es cómo garantizar el desarrollo cerebral, como órgano que compromete. Y curiosamente es el más olvidado, porque no se sabe como actuar para que alcance el mejor desarrollo cognitivo. Sabemos que aprendemos a alimentar al bebé, a identificar posibles enfermedades, a estimularle al dar sus primeros pasos, para pronunciar las primeras palabras, pero existen muy pocos aprendizajes sobre los compromisos que tiene el cerebro con la forma de ser cada una y cada uno, en momentos trascendentales para su crecimiento. Y los momentos que se pierden en el progreso de maduración cerebral ya no vuelven: nadie se baña dos veces en el mismo río.

Comprar la ropa azul, si es niño el ser que va a nacer, ó rosa, si es niña, eran grandes preocupaciones de mis abuelos, quizá de mis padres, quizá de El Corte inglés. Saber qué juguetes les va a gustar más, también estaba muy claro para nuestros progenitores. Pistolas, camiones y balones de fútbol, para los niños. Muñecas, cocinitas y fregonas, para las niñas. La diferenciación les venía impuesta por la sociedad. Y empezamos en la década de los sesenta a invertir los términos, porque queríamos “enseñar al cerebro cómo comportarse”, es decir, teníamos que cargar de ideología a la corteza cerebral y seguir así por los siglos de los siglos, hasta que la investigadora Melisa Himer, llevó a cabo un experimento en 2002, donde puso al alcance de individuos de ambos sexos de muy corta edad juguetes de marcado sesgo sexista: un camión y una pelota, una muñeca y una sartén: “Se supone que, si no existen condicionantes culturales, ambos sexos correrán indistintamente hacia cualquiera de los juguetes” (1). Pero Alberto Ferrús, doctor en Biología y subdirector del Instituto de Neurobiología Ramón y Cajal del CSIC, en Madrid, lo comentaba en 2006, de forma contundente y paradójica, para demostrarnos que por ahí no van los tiros científicos de la diferenciación: “Pero —¡oh, sorpresa!— no es así: a tan tierna edad, los sujetos de sexo masculino muestran una clara predilección por el coche y la pelota, y los del sexo femenino, por la muñeca y la sartén. Un tercer grupo de juguetes absolutamente neutros apenas tiene éxito. ¿Por qué, si no han tenido tiempo de contaminar sus preferencias con roles sexistas, se comportan tan sexistamente en su elección? El conferenciante, Alberto Ferrús, no tiene respuesta. Pero tiene una sorpresa para el auditorio: la siguiente diapositiva muestra a los sujetos de la investigación: ¡son monos!” (2).

Seguiremos avanzando en esta realidad y podremos ir sacando conclusiones, porque tenemos un gran aliado: el cerebro es una máquina muy compleja, que trabaja sin descanso, que se retroalimenta permanentemente de lo que ve y siente cada ser en el mundo. Con el respeto a lo desconocido seguiremos investigando, escribiendo y divulgando. Con neuronas asexuadas, en principio, pero alimentadas por la realidad genética de cada una y de cada uno, como seres individuales que tienen posibilidades extraordinarias de ser personas inteligentes. El tamaño, por tanto, no es lo que más debe importar. Nos separa solo la realidad sexual. Afortunadamente.

Vuelvo al laboratorio de la vida. Estoy leyendo muchos artículos científicos que intentaré apearlos de hojarasca tecnicista para aportar lo mejor de ellos. Aprendí hace muchos años, que el mejor elogio que se podía hacer de la encina, es saber que da corazón. Quizá cerebro, porque la inteligencia es lo que nos permite a hombres y mujeres, por igual, comprender la maravilla intrínseca a estas palabras.

Sevilla, 20/I/2007

(1) Pérez Oliva, M. (2006, 21 de marzo). Cerebro de hombre, cerebro de mujer. El País, p. 48.
(2) Pérez Oliva, M. Ibídem.

Inteligencia y pobreza

Ayer se publicó en la prestigiosa revista The Lancet, un artículo muy interesante (1) que a los estudiosos del cerebro nos estimula para seguir investigando la relación que existe entre inteligencia y pobreza en cualquiera de sus manifestaciones. La noticia de agencias estaba servida: “Más de 200 millones de niños menores de cinco años no consiguen alcanzar el pleno desarrollo de su potencial cognitivo a causa de la pobreza, la mala salud, la desnutrición y el cuidado deficiente, revela un informe que publica esta semana la revista The Lancet. La mayoría de estos niños (89 millones) vive al sur de Asia y en 10 países (India, Nigeria, China, Bangladesh, Etiopía, Indonesia, Pakistán, República Democrática del Congo, Uganda y Tanzania) donde se concentra el 66% de los 219 millones de niños desfavorecidos de los países en desarrollo. Estos niños probablemente abandonarán la escuela y en el futuro tendrán bajos ingresos, una alta fertilidad y no podrán colmar las necesidades básicas de sus propios hijos, lo que contribuirá a la transmisión intergeneracional de la pobreza”.

Podríamos sacar diversas conclusiones en torno a esta crónica del fracaso anunciado de la inteligencia conectiva, pero la lectura pausada del último Informe sobre la salud en el mundo 2005, con el sugerente título ¡Cada madre y cada niño contarán! (2), permite tomar conciencia de esta realidad cerebral en el corto, medio y largo plazo. Las cifras que aporta el Informe (y contra hechos científicos no valen determinados argumentos éticos de justificación ajustada y políticamente correcta), presentan un panorama preocupante para la frontera de la Noogénesis (3) y de su proyección en la Noosfera (malla pensante, la corteza cerebral del mundo, lo más próximo a la realidad de la red de redes), con el respeto científico que encierra en relación con los derechos a la inteligencia individual de cada una, de cada uno, en palabras de LEE Jong-wook, cuando ocupaba la Dirección General de la Organización Mundial de la Salud y fallecido en mayo de 2006: “La maternidad/paternidad se acompaña siempre de un fuerte deseo de ver crecer a los hijos felices y sanos. Ésta es una de las pocas constantes de la vida de las personas en todo el mundo. Sin embargo, incluso en el siglo XXI, todavía permitimos que muchos más de 10 millones de niños y medio millón de madres mueran cada año, pese a que la mayoría de esas defunciones pueden evitarse. Setenta millones de madres y sus recién nacidos, así como innumerables niños, están excluidos de la atención sanitaria a que tienen derecho. Aún más numerosos son los que sobreviven sin protección alguna contra la pobreza que puede acarrear la mala salud” (4).

La importancia de la inteligencia individual tiene ya su punto de partida en el hecho de la gestación del ser humano y en sus ciclos antecedentes de la unión de una pareja, por la aportación futura a la configuración de la inteligencia individual y conectiva. Y hay un dato irrefutable: cada año nacen en torno a 136 millones de niñas y niños, con unas capacidades determinadas por el carné genético de cada uno y por su entorno.

Este bucle perverso, generado por la pobreza extrema que está más cerca de nuestras vidas de lo que a veces creemos, se forja en la visión integrada de la correlación existente entre inteligencia, gestación y nacimiento, como kilómetro cero de la proyección humana de la inteligencia individual. Esta perspectiva está mucho más cerca de la realidad social desarrollada de lo que muchas veces se piensa e investiga. Y llena de frustración saber que las posibilidades de cada inteligencia en particular se forjan en esta fase de los preliminares de la vida. Más tarde, comienza el camino errático de la pobreza global: física, psíquica y social.

Cuando leía recientemente el reportaje de National Geographic sobre La Mente, de James Shreeve (5), en el que se comentan las circunstancias que rodeaban una intervención en el cerebro de Corina Alamillo, paciente con un tumor cerebral en el lóbulo frontal izquierdo, comprendí mejor lo que desde hace muchos años vengo analizando en publicaciones científicas: el cerebro alcanza su desarrollo más perfecto en los meses de gestación en el vientre materno y ya viene “programado” para su existencia particular: “Por lo que se refiere al crecimiento cerebral, los nueve meses que pasó en el vientre materno fueron una hazaña de desarrollo neuronal de dimensiones épicas. Cuatro meses después de la concepción, el embrión que iba a convertirse en Corina estaba produciendo medio millón de neuronas por minuto, que a lo largo de las semanas siguientes migraron al cerebro, hacia destinos específicos determinados por señales genéticas e interacciones con las neuronas adyacentes. Durante el primero y el segundo trimestre de su gestación, las neuronas comenzaron a tender tentáculos entre sí, estableciendo sinapsis (puntos de contacto) a un ritmo de dos millones por segundo”. Sigue narrando, posteriormente, esta apasionante aventura del cerebro humano: “Tres meses antes de su nacimiento, Corina tenía más células cerebrales de las que volvería a tener en toda su vida: una sobrecargada jungla de conexiones. Muchas más de las que necesita un feto en el ambiente cognitivamente poco estimulante del útero, muchas más incluso de las que necesitaría de adulta”.

Esta deslumbrante descripción plantea cuestiones sobre las que también se está avanzando científicamente, porque puede ayudar a “cuidar” el cerebro desde la creación del embrión humano y, de esta forma, cuidar el desarrollo del mismo y de la inteligencia, como corolario adecuado. Quizá sea la fase en la que la “transmisión” de afectos y serenidad en la vida de la madre, puede “preprogramar” el cerebro del bebé con todas las garantías: “los bebés son buscadores natos de información”, afirma Mark Jonson, del Centro sobre Desarrollo Cerebral y Cognitivo de Birkbeck, en la Universidad de Londres (6).

En el Informe sobre Salud Mental: nuevos conocimientos, nuevos esperanzas, presentado por la OMS en 2001, se confirmaba la importancia del desarrollo fetal y su interrelación con el del cerebro: “Durante el desarrollo fetal, los genes dirigen la formación del cerebro. El resultado es una estructura específica y muy organizada. Este desarrollo temprano puede también verse afectado por factores ambientales como la alimentación de la embarazada y el abuso de sustancias (alcohol, tabaco y otras sustancias psicotrópicas) o la exposición a radiaciones. Después del nacimiento, y a lo largo de la vida, experiencias de todo tipo pueden no sólo dar lugar a una comunicación directa entre las neuronas, sino también poner en marcha procesos moleculares que remodelen las conexiones sinápticas (Hyman, 2000). Este proceso se describe como plasticidad sináptica y modifica literalmente la estructura física del cerebro. Puede darse la creación de sinapsis nuevas, la eliminación de sinapsis antiguas y el fortalecimiento o el debilitamiento de las existentes. El resultado es que la información que se procesa en el circuito cambiará para incorporar la nueva experiencia” (7).

Las interacciones de los genes y el medio en el que se desenvuelven durante la gestación, nacimiento y crecimiento del ser humano, están aún por descifrar pero se sabe que constituyen una garantía de futuro cerebral escrita en el carné genético de cada uno.

Si la ciencia es capaz ya de anunciar a los cuatro vientos estas posibilidades, la injusticia social denunciada en el artículo de The Lancet evidencia la gran fractura humana que sufrimos. Por cierto más cerca de nosotros de lo que creemos. Quizá en el piso de arriba de nuestras casas, en el teórico primer mundo, donde la inteligencia de las niñas y niños que conocemos pueden estar viviendo un auténtico infierno en su desarrollo afectivo y social. Eso sí, con una pobreza diferente.

Sevilla, 9/I/2007

(1) S. Grantham-McGregor, S., Cheung, Y., Cueto, S., Glewwe, P., Richter, L., Strupp, B.  (2007). Developmental potential in the first 5 years for children in developing countries.  The Lancet, Volume 369, Issue 9555, págs. 60-70.
(2) O.M.S. (2005). Informe sobre la salud en el mundo 2005. ¡Cada madre y cada niño contarán!. Ginebra: O.M.S.
(3) La biogénesis (origen de la vida) disparó la noogénesis (el origen de la inteligencia), en lenguaje de Teilhard y la noogénesis sigue evolucionando en el ámbito que le es más propicio: el cerebro humano, dejando un camino expedito para que se manifieste lo que todavía no es en el ser humano o, mejor dicho, no sabemos que es, “porque no nos ha dado tiempo de saberlo” o porque no se destinan los fondos suficientes para saberlo y nos “distraemos” en otras cuestiones que deciden otros. Eso es lo que nos ofrece el estado del arte actual en el terreno de las neurociencias.
(4) O.M.S. (2005). Ibídem, 2
(5) Shreeve, J. (2005). La Mente. National Geographic, Marzo, 2-27.
(6) Shreeve, J., Ibídem, pág. 10.
(7) O.M.S. (2001). Informe sobre la Salud en el Mundo 2001. Salud mental: nuevos conocimientos, nuevas esperanzas. Ginebra: O.M.S.

La esperanza todavía estaba allí

El día 23 de marzo de este año, a las nueve de la noche, escribí unas líneas sobre el alto el fuego de ETA y lo entregué a la red de inteligencias digitales, sabiendo que entraba en vigor tres horas después. Terminaba mi pequeña contribución digital al principio de la esperanza con un símil en relación con el cuento más breve y más famoso de Augusto Monterroso: cuando despertamos, después de entrar en vigor el alto el fuego de ETA, la esperanza todavía estaba allí… Hoy, cuando he conocido la realidad del nuevo atentado de ETA, a las nueve de la mañana, no tuve duda alguna sobre su autoría y de que el final del cuento, colorin, colorado, para muchos se ha acabado…

Personalmente, no comparto estos finales de amargura. Sigo creyendo que la esperanza merece ser trabajada sin descanso, en alta disponibilidad para construirla segundo a segundo. Desde esta situación comunicativa, conectiva, deseo contribuir con palabras de concordia, de paz y de esperanza renovada, afirmando con mi conducta que la paz es posible, que otro mundo puede ser una realidad, pero que hay que empezar por los movimientos celulares, otra vez. Cuando en épocas pretéritas luchábamos por cambiar el país, contra la dictadura, teníamos que trabajar en el silencio a gritos de la lucha boca a boca y puerta a puerta. Conozco bien este tipo de trabajo y no hablo de memoria.

En relación con el final de ETA, creemos siempre que todo radica en un territorio, lejano a veces, “en los vascos”, despreciando el hecho de que la violencia solo se puede erradicar cuando crecemos todos en códigos de paz. Si no, nos engañamos todos, porque hoy es ETA pero mañana puede ser otra forma de terrorismo, el machista, por ejemplo, o el de los mensajes de programas llamados de realidad, donde se permite que un protagonista “gran hermano” proclame a los cuatro vientos que los homosexuales son enfermos y que los gitanos, los negros y los moros son seres inferiores y que a las mujeres ó se les paga el sexo de una vez ó se les prorratea el precio. Todo rodeado de risas, gestos, recriminaciones, máquinas de no se sabe qué verdad, anuncios por doquier, donde a una dirección de cadena televisiva parece que no le importa nada este terrorismo televisivo, que deja tantas víctimas en el camino, en el silencio cómplice, porque al final, ganar dinero es lo único que funciona. Por eso creo que debemos luchar en el cuerpo a cuerpo de la paz, la que muchos entendemos y queremos. Porque el estallido de una furgoneta bomba es para muchos una mera noticia, para otros, los que viajan hoy en Madrid y tienen que estar en la Terminal T-4 de Barajas, un fastidio, para la oposición un consabido “ya lo veníamos diciendo: a ETA ni agua». Y a los que nos llaman “idealistas redomados”, les pediría, por favor, que nos permitan seguir creyendo en personas que aún equivocándose pretenden devolvernos a todos segundos de paz. Hablar de días o de nuevos tiempos, francamente, es mucho.

Nos conformamos con menos. Porque sabemos lo que cuesta crecer en paz y armonía en el día a día.  Y porque a pesar de lo ocurrido hoy en Barajas, bien vale seguir luchando por la paz duradera, en la de las pequeñas vidas, en la de las pequeñas cosas.

Sevilla, 30/XII/2006

Ciudadano Jesús

Hace veintidós años escribí este artículo en un periódico de Huelva, La Noticia, muy querido por mí, y siempre lo he recordado en cada navidad posterior. Hoy lo entrego a la comunidad digital de Internet, como símbolo de respeto a una tradición pero que sigue vigente para mí sólo por la quintaesencia, no los fárragos, de la personalidad cercana de Jesús, como ciudadano en el mundo, en una parte crucial de su interesante pasado.

Hoy, veinticuatro de diciembre de 1984, es un día más para gran parte de la humanidad. La quintaesencia del recuerdo del renacimiento de Jesús de Nazareth está en el olvido de un progreso cultural cuestionado por días. Hoy se inician vacaciones, fiestas, se intercambiarán regalos y se consumirá en cotas insospechadas el turrón más caro de España (así aparece en los anuncios)… Hoy, veinticuatro de diciembre de 1984 seguirá clamando en nuestros oídos la realidad tangible del sinsentido de la pobreza o miseria. Este mes de diciembre que transcurre en medio de situaciones dolorosas para la humanidad es en sí mismo una pura reflexión. Etiopía, Chad, San Juanico, Bhopal, Afganistán, son una pregunta dura a la simbología cultural de la Navidad, de cualquier día del año que pasa, del año que viene.

A pesar de todo, estamos en las fiestas navideñas. Un todo cada vez más aceptado y asumido en la tranquilidad de la mesa de camilla y del colchón multielastic. Un todo de intranquilidad manifiesta, no latente, de una humanidad que se encuentra en una situación de desconcierto y sinsentido preocupante. Las mejores fotos del año suelen ser de miseria, de hambre, fotos que ganan grandes premios por traernos ante los ojos al niño más triste del globo o a la madre más desconsolada que se pueda encontrar, horrorizada ante los cadáveres de los hijos maltratados por la guerra.

Y en medio de todo el marco incomparable de la sociedad de consumo, utilizando su propia fraseología de las fiestas de diciembre, se trabaja la necesidad de la paz, concordia, buena voluntad, amor, sabiendo utilizar la paga extraordinaria y el toque del perfume que subyuga al amanecer del día veinticinco, después de una juerga nocturna donde todo está permitido, todo autorizado «porque estamos en Navidad». Y todo este montaje «dorado» se debe a que unos cronistas del siglo quinto antes de Cristo, comenzaron a tomar apuntes de un hecho sociológico interesante en sí mismo: el empadronamiento y, en un momento dado de la historia, el ordenado por el emperador romano César Augusto. José y María de Nazareth, ciudadanos responsables, buenos demócratas en su sentido primigenio, acuden a empadronarse a Belén, en hebreo «casa del pan», y allí, fuera del drama que siempre nos han pintado del rechazo a la familia «sagrada», al no encontrar sitio en la posada porque estaba hasta los topes, debido al empadronamiento masivo, se le cumplen los días a María, «estaba cumplida», y nace Jesús, niño-ciudadano, en el acto de empadronamiento de sus padres. María estaba loca de contenta por las cosas «maravillosas» que los pastores decían del «niño».

Había también por allí una profetisa anciana de nombre Ana, que conocía muy bien a la gente del Templo, y hablaba a todo el mundo de las cosas del niño. Y Jesús comenzó su vida normal, creciendo en todos los sentidos. El cronista de la época ha sido muy escueto en sus manifestaciones, pero constituyen en sí mismas un dato muy importante para la humanidad: es necesaria la revolución en las épocas de estancamiento social, de aburguesamiento en todos los sentidos.

La clave de Jesús estaba en su presencia como revulsivo ante los conformismos manifiestos. Toda su vida está llena de intervenciones puntuales en determinadas problemáticas personales y sociales de sus paisanos o ciudadanos próximos. Viene a llamar las cosas por su nombre, que además en hebreo o arameo, tiene una importancia vital. A Jesús de Nazareth se le ha situado tan alto que para muchos no hay posibilidad de entenderlo en su justo sentido. Quizás el cronista Marcos ha sido el más sencillo de todos los profesionales de la época para traemos a la lectura actual una figura de Jesús rica en contenidos humanos. Su enseñanza con autoridad es entendida en contraposición a los profesionales de la fe de su época, es decir, se le notaba que lo que decía era importante para el mismo Jesús, en vocabulario actual, «se lo creía»… a diferencia de los «jefes espirituales» de siempre, que ya no convencían a nadie por su falta de testimonio y compromiso con los sencillos, pobres, marginados y enfermos psíquicos o sociales que les rodeaban a diario.

Para un intérprete progresista de la fe, lo lógico era sufrir los reveses del poder vigente. Su muerte estaba anunciada de antemano. Nadie se debía escandalizar. Molestaba y. no interesaba. Y sabía que al final se iba a quedar solo. Así fue. Así se hizo. Muchos les delataban.

Se podía convertir en un desaparecido cualquiera. Y al fin, este hombre molesto para la sociedad vigente, es eliminado por el procedimiento de la época. La misma autoridad que empadrona, es la autoridad que mata, apoyada por la institución religiosa, por la muchedumbre aborregada, que compara a Jesús con Barrabás. Esa es su miseria.

Esta Navidad podía ser algo diferente. No sería bueno entrar en maniqueísmos desfasados, pero sí sería conveniente no malinterpretar el contenido revolucionario del mensaje del ciudadano Jesús. Con normalidad, con alegría, con coherencia, pero sabiendo de antemano que trabajar en su ideología y actitud de creencia lleva indefectiblemente a encontrarse de lleno con la actitud oceánica de la sociedad actual, donde el oleaje de consumo, violencia y desprecio humano suele ser el acicate para todo aquel que prescinde de la realidad del compañero. Porque nuestro sistema democrático vigente debe mucho al ciudadano Jesús, sobre todo a su actitud ante la necesidad de cambiar una sociedad tranquilizada con el bienestar codificado por las multinacionales de la alegría navideña.

Sevilla, 24/XII/2006