Quitarse el cerebro de la cabeza

Lo ha dicho hoy Pau Gasol: No quiero pensar en nada, ojalá pudiera quitarme el cerebro de la cabeza. Ha planteado una cuestión de Estado. A las personas que trabajamos en la investigación del cerebro, frases como ésta nos sugieren investigaciones por doquier. Vamos a entrar en el contenido de sus palabras. Cuando Pau expresa con sentimiento por qué está en conflicto con su cabeza es por una razón muy importante. Su cuerpo es capaz de ser dirigido por la corteza cerebral, por patrones de conducta que ha asimilado con técnicas de entrenamiento, con estrategias y tácticas de equipo, sofisticadas, dibujadas en la Vileda de turno. Pero una cosa es jugar con cabeza y otra controlar el cerebro. O poner el cerebro en juego, pagando un alto precio: su cabeza.

Pau juega, salta, recoge rebotes, obstaculiza las torres humanas de la NBA. Encesta en la cancha de la vida. Pero su cerebro necesita descanso, aunque se teme que aún descansando, las grabaciones hechas recientemente sobre su futuro inmediato no le dejen tranquilo. Ha manifestado de forma excelente el potencial del cerebro para lo bueno y para lo que aceptamos de forma común: para “lo malo”. Pero busca un imposible: quitarse de encima lo que le permite curiosamente ser una estrella rutilante, el primer motor móvil que le permite triunfar en el Memphis Grizzlies. Mucho me temo que no va a poder comprar una operación tan sofisticada. Porque aunque parezca mentira, Paul es humano y su cerebro lo necesita incluso para lo que demanda ahora a gritos: estar tranquilo. El mismo cerebro que lo encumbra. El mismo cerebro que lo agota. Y esta realidad, a los humanos, nos cuesta aceptarla porque es una dialéctica endemoniada. Incluso para los que de forma tan frívola les gustaría interpretar por qué una persona toma la decisión de quitarse el cerebro de encima, definitivamente. Quizá, solo para experimentar y no se sabe todavía las razones últimas, que el cerebro es una máquina modulada –difícil de gobernar- por los ribetes de acero que impone la vida personal e intransferible. Para lo que decíamos anteriormente y extraído de la sabiduría popular: para lo bueno, para lo malo y, a veces, para lo imposible.  Comprendo a Gasol: es maravillosamente humano.

Sevilla, 15/II/2007

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