Cerebro y género: ¿diferentes inteligencias?

Hay amigos que me dicen que he iniciado una misión imposible. Sin embargo, creo que no es difícil abordar estas aportaciones al debate de género si se parte de unas bases científicas irrefutables al día de hoy, no sé mañana, en relación con el conocimiento de las características cerebrales de las mujeres y de los hombres, con la finalidad confesable de que no se trate igual a los desiguales, es decir, para que no asignemos roles iguales a quienes parten de características genéticas y hormonales diferentes. Fundamentalmente, para que no se desplacen a la ciencia problemas conceptuales y de la realidad cotidiana que solo pertenecen al ámbito estrictamente social y político, en la más amplia acepción de los términos.

Hoy voy a analizar con base científica, al menos así lo pretendo, la realidad de la llamada “inteligencia femenina y masculina”. ¿Existen, realmente? Creo que no. Existe una inteligencia concreta de un ser humano, comprensiva de otras muchas formas de ser inteligentes, que ha sido concebido como hembra, como varón, y que obedece a un patrón genético personal e intransferible, con un programa de vida desconocido que lo va a modelar a lo largo de su existencia. Es verdad que existen unas diferencias anatómicas evidentes, indiscutibles. Pero las capacidades derivadas del carné genético todavía no se conocen, es decir, se desconocen las auténticas posibilidades de ser de cada una, de cada uno, como una limitación de base existencial que nos debería hacer reflexionar hacia la sencillez y humildad del “todavía no sabemos porqué ocurren estas cosas” en el cerebro, en la corteza cerebral sobre todo. Y esta realidad nos afecta a todos, por igual. Somos iguales en el desconocimiento del porqué de nuestras comprensiones, de nuestro desarrollo cognitivo, de nuestra consciencia y, sobre todo, de nuestro devenir particular. No nos engañemos, podemos predecir, pero no sabemos con exactitud de reloj suizo qué es lo que va a suceder en nuestros cerebros en el segundo siguiente. Aquí se parte de la principal igualdad de género. Y esta aventura la contrataron nuestros padres. Así, hasta el infinito.

Pero las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y hoy se saben muchas cosas sobre la morfología de muchos cerebros de hombres y de mujeres. Se ha elaborado el mejor atlas mundial del cerebro, con sede en el Laboratorio de Neuroimagen (LONI) de la Universidad de California, que “describe la actividad cerebral, localiza el sitio preciso de funciones tales como el habla, la memoria, la emoción y el lenguaje, a la vez que destaca que esos emplazamientos cerebrales dependen de variables como las características del individuo y la población. Es como si a un Atlas de geografía tradicional se le añadiera información sobre los patrones del clima, las temperaturas del océano, datos socioeconómicos y el flujo de habitantes. Los primeros cartógrafos del cerebro dependían de un solo ejemplar para crear un Atlas cerebral que supuestamente representa a todos. Los datos para trazar este Atlas se recopilaron a partir del estudio de siete mil cerebros, incluyendo los de 342 gemelos. Tal y como ha proclamado en bastantes ocasiones el doctor Mazziotta (experto en el tratamiento de estas imágenes) “este es un proyecto de la frustración básicamente. Por muchos años, todos lo que estudiamos la estructura y funciones del cerebro hemos tenido que lidiar con el hecho de que no hay dos cerebros iguales ni en forma o tamaño, como tampoco en función, pero cuán diferentes son y cómo debemos compararlos eran dos cosas que no se sabía” (1). Y algunas conclusiones se pueden aportar ya al conocimiento humano. Esa es la misión de hoy.

Por ejemplo, se conoce muy bien la llamada “lateralidad cerebral” a través de los hemisferios que lo conforman, tal y como lo expresaba la doctora Barral en el encuentro que ya cité en el post Cerebro y género: mitos a desmontar: “los hombres tienen más desarrollado el hemisferio izquierdo, es decir, el cerebro racional, y las mujeres el área del lenguaje y el hemisferio derecho, que es el que controla la vida emocional. “De eso se ha extraído que las mujeres son más lábiles e impredecibles, lo que ha tenido consecuencias clínicas, como una mayor prescripción de ansiolíticos a las mujeres”. Sin comentarios. Llevo estudiando desde hace quince años la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner y sin que tengamos que elevarla a los altares, junto a otro santo de la devoción mundial, Goleman, a través de su afamada y nada inocente “inteligencia emocional”, es indiscutible que han hecho unas aportaciones muy importantes a la comunidad científica, porque las posibilidades de ser inteligentes, a cualquier escala, se han ampliado, sin dejarlas reducidas a determinados patrones americanos, para mayor INRI, donde los cocientes intelectuales se definían solo por una forma de demostrar la inteligencia de cada uno. Pero no se aborda la quintaesencia que posibilita esta forma de ser inteligentes. ¡Cuánto han sufrido mujeres y hombres, niñas y niños en el mundo porque durante su crecimiento no respondían a los patrones educativos y sociales de su entorno: padres, familia, amistades, escuela, Instituto, Universidad, iglesias, creencias, empresas y organizaciones diversas! Y que poco tenía que ver su comportamiento con su corteza cerebral personal e intransferible, solo analizado por el “laboratorio de la vida” en el que cayeran, en el sentido más duro del término, en el que nacieran y se desarrollaran hasta alcanzar algún umbral de libertad personal y de conocimiento, si es que alguna vez lo alcanzaban. ¡Qué falta de rigor y de base científica para juzgar una forma de ser y estar en el mundo!, ¡qué irresponsabilidad individual y colectiva en el tratamiento de género!  Y no hay nada más inteligente que el cerebro individual, donde se ha demostrado en el laboratorio que millones de neuronas hacen un trabajo ordinario, excelente, para ordenar el comportamiento de cada una, de cada uno, en una soledad sonora jamás contada a la que los científicos llaman plasticidad.

Y una aclaración a la lateralidad de los hemisferios cerebrales: el hecho de que el hemisferio izquierdo esté más desarrollado en los hombres, no significa que sean por sí mismos más inteligentes. ¿Por qué? Sencillamente porque el hemisferio izquierdo siempre es el dominante tanto en la mujer como en el hombre, porque es el responsable de la capacidad lingüística, de la categorización y de la simbolización: es el que otorga todas las posibilidades de agregar valor a la palabra. Y también es el responsable del control de las extremidades usadas en los movimientos habilidosos, con sentido: la mano, el brazo, la pierna. Dar la mano, adquiere así un valor incalculable. Y los grandes descubrimientos que quedan por hacer vienen de un hemisferio también compartido, el derecho, llamado también hemisferio menor, no dominante. Por eso nunca entendí aquella frase de mi infancia madrileña, en el discreto encanto de la burguesía; “los hombres no lloran”. Era imposible entenderlo porque la maduración cognitiva de mi cerebro, a los seis años, estaba muy distante de tener preparado mi “cableado” cerebral para comprender esta forma de ser en el mundo, debido siempre a una forma de entender la cultura. Pero igual mi hermana, que aunque lloraba desconsoladamente y con alguna frecuencia, tampoco lo estaba. Aunque sí estaba permitido para ella y se justificaba con displicencia a quienes nos preocupaba el sentimiento de la vida. Torpeza para muchos, en aquella época, cuando crecíamos en unas condiciones muchas veces lamentable.

En el artículo tantas veces citado (2), se aborda esta realidad en la proyección social y política: “Por la misma razón, según Ferrús, no deberían adoptarse decisiones de políticas de igualdad sin una sólida base científica. “Si hay un ámbito tintado de intereses acientíficos, ése es el de las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento”, sostuvo. “Efectivamente, esas diferencias existen y tienen consecuencias en los comportamientos. Pero si se quiere conseguir que la sociedad sea igualitaria, no se debe tratar igual a quienes son diferentes”. Ferrús indicó que determinados centros educativos de élite de Estados Unidos están considerando seriamente volver a la segregación en determinados aspectos educativos “porque se han dado cuenta de que es la única forma eficaz de que surja el liderazgo entre las mujeres y no se reproduzca el fenómeno de inhibición en presencia del macho. Es un tema abierto, pero habría que reflexionar sobre ello”.

Para esto sirve la ciencia, para descubrirnos las maravillosas posibilidades que nos ofrece el cerebro, a cada una y a cada uno, a pesar de aquellas limitaciones en nuestra conducta, que siempre permanecen en la memoria histórica para nuestra desgracia. Y esa es otra, porque reconstruir la vida y predecir la conducta actual se hace con mucho esfuerzo de romper barreras creadas por los patrones sociales que tanto nos marcan en la vida.  Y vamos viendo a través de estos artículos, de estos post, que ser hombre y mujer no tiene por qué llevarnos por unos derroteros poco asimilados y acordes con nuestra forma de ser. Porque contamos con un activo maravilloso: un cerebro bien diferenciado y con un programa genético que solo tiene un handicap importante, porque todavía no sabe la ciencia como explicarlo de forma que podamos tomar el control pleno de nuestra existencia. Ahí radica el problema del gobierno por parte de los otros. De cualquier “otro”, porque al buen entendedor, pocas palabras bastan. Sinceramente, porque a diferencia del doctor Mazziotta, no creo que defender esta tarea científica sea ya un “proyecto de frustración”.

Sevilla, 3/II/2007

Género y vida

(1) LONI, Laboratory of Neuro Imaging, UCLA. Recuperado el 9 de septiembre de 2006,  de http://www.loni.ucla.edu/media.

(2) Pérez Oliva, M. (2006, 21 de marzo). Cerebro de hombre, cerebro de mujer. El País, p. 48.

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