Cerebro y género: mitos a desmontar

Cuando inicié esta serie de artículos, sabía que era una aventura apasionante, sobre todo porque responde a una razón muy clara: sabemos muy poco de la inteligencia del hombre y casi nada de la inteligencia de la mujer. Además, podía ser una contribución para que aprendiéramos, de forma compartida, hombres y mujeres de buena inteligencia (aprendimos a decir solo “de buena voluntad”, junto con la paz de los hombres como curiosa paradoja…), las últimas razones de las conductas cerebrales que después las reproducen hombres y mujeres, con expresión desajustada. De esta forma, pensé, podríamos acabar con la frase más repulsiva en la conducta de los hombres y fabricada por la inteligencia de algunos, de muchos: mujer tenías que ser. Nunca más, al menos en nuestro entorno, porque sabemos que las cosas no son así. Para esto puede servir este artículo, otros: comentarlo, pasarlo, divulgarlo, criticarlo, pero con una idea común: contribuir a reforzar la verdad del cerebro en el ser humano, como el principio de todas sus acciones.

El primer mito que hay que clarificar y desmontar es el de la diferenciación desequilibrada desde la concepción, antes del propio nacimiento, causa irrefutable de que ya vengamos programados para ser “desgraciadamente” como somos. El cerebro nace y se hace. Es verdad que hay una diferenciación genética, dado que no hay dos cerebros iguales, pero tampoco existe la igualdad dentro del mismo sexo.  Lo comentaba en mi post anterior, el que abrió este camino de investigación divulgativa. La genómica va a darnos unas sorpresas muy agradables a corto plazo. Una, podrá ser el conocimiento del carné genético individual, como persona, desde antes del nacimiento. En la medida que se pueda tener y conocer porque ya se está en el mundo de cada uno, de cada cual, sabremos cual puede ser la hoja de ruta de nuestra vida, eso sí desde una sola perspectiva, porque el desarrollo cerebral estará sometido siempre a múltiples cambios y para eso está preparado: así se ha demostrado con su plasticidad, como seña de identidad de un valor incalculable. Pero ya vamos aclarando cuestiones de principio: somos diferentes los hombres y las mujeres y lo vamos a seguir siendo, pero la diferenciación sexual es algo extraordinario porque nos condiciona solo a conocernos mejor para “ser” en el mundo. Y la inteligencia va a ser una gran alidada, porque las neuronas no se compran en el mercado, venimos al mundo con ellas, ordenadas mágicamente si el desarrollo del feto ha sido saludable, en el amplio sentido de la palabra.

Otra sorpresa que nos tiene guardada la concepción es que el cerebro es una fábrica de realidades que nunca cierra. Desde el momento de la concepción, ya está garantizado el trabajo para todos los componentes cerebrales, al menos los que conocemos. Y trabajan con una sincronización tan maravillosa como la de la relojería suiza. Y nadie niega, el mundo científico tampoco, que es trascendental la forma en la que se desarrolla el cerebro de las niñas y de los niños, desde antes de su nacimiento. La realidad de conocer el sexo de la criatura que se está formando en el vientre materno, mediante las ecografías tridimensionales que se empiezan a implantar, debería ser una oportunidad para conocer a partir de ese momento el mejor manual de vida probable, porque el principal problema con el que se encuentran los artífices de la vida es cómo garantizar el desarrollo cerebral, como órgano que compromete. Y curiosamente es el más olvidado, porque no se sabe como actuar para que alcance el mejor desarrollo cognitivo. Sabemos que aprendemos a alimentar al bebé, a identificar posibles enfermedades, a estimularle al dar sus primeros pasos, para pronunciar las primeras palabras, pero existen muy pocos aprendizajes sobre los compromisos que tiene el cerebro con la forma de ser cada una y cada uno, en momentos trascendentales para su crecimiento. Y los momentos que se pierden en el progreso de maduración cerebral ya no vuelven: nadie se baña dos veces en el mismo río.

Comprar la ropa azul, si es niño el ser que va a nacer, ó rosa, si es niña, eran grandes preocupaciones de mis abuelos, quizá de mis padres, quizá de El Corte inglés. Saber qué juguetes les va a gustar más, también estaba muy claro para nuestros progenitores. Pistolas, camiones y balones de fútbol, para los niños. Muñecas, cocinitas y fregonas, para las niñas. La diferenciación les venía impuesta por la sociedad. Y empezamos en la década de los sesenta a invertir los términos, porque queríamos “enseñar al cerebro cómo comportarse”, es decir, teníamos que cargar de ideología a la corteza cerebral y seguir así por los siglos de los siglos, hasta que la investigadora Melisa Himer, llevó a cabo un experimento en 2002, donde puso al alcance de individuos de ambos sexos de muy corta edad juguetes de marcado sesgo sexista: un camión y una pelota, una muñeca y una sartén: “Se supone que, si no existen condicionantes culturales, ambos sexos correrán indistintamente hacia cualquiera de los juguetes” (1). Pero Alberto Ferrús, doctor en Biología y subdirector del Instituto de Neurobiología Ramón y Cajal del CSIC, en Madrid, lo comentaba en 2006, de forma contundente y paradójica, para demostrarnos que por ahí no van los tiros científicos de la diferenciación: “Pero —¡oh, sorpresa!— no es así: a tan tierna edad, los sujetos de sexo masculino muestran una clara predilección por el coche y la pelota, y los del sexo femenino, por la muñeca y la sartén. Un tercer grupo de juguetes absolutamente neutros apenas tiene éxito. ¿Por qué, si no han tenido tiempo de contaminar sus preferencias con roles sexistas, se comportan tan sexistamente en su elección? El conferenciante, Alberto Ferrús, no tiene respuesta. Pero tiene una sorpresa para el auditorio: la siguiente diapositiva muestra a los sujetos de la investigación: ¡son monos!” (2).

Seguiremos avanzando en esta realidad y podremos ir sacando conclusiones, porque tenemos un gran aliado: el cerebro es una máquina muy compleja, que trabaja sin descanso, que se retroalimenta permanentemente de lo que ve y siente cada ser en el mundo. Con el respeto a lo desconocido seguiremos investigando, escribiendo y divulgando. Con neuronas asexuadas, en principio, pero alimentadas por la realidad genética de cada una y de cada uno, como seres individuales que tienen posibilidades extraordinarias de ser personas inteligentes. El tamaño, por tanto, no es lo que más debe importar. Nos separa solo la realidad sexual. Afortunadamente.

Vuelvo al laboratorio de la vida. Estoy leyendo muchos artículos científicos que intentaré apearlos de hojarasca tecnicista para aportar lo mejor de ellos. Aprendí hace muchos años, que el mejor elogio que se podía hacer de la encina, es saber que da corazón. Quizá cerebro, porque la inteligencia es lo que nos permite a hombres y mujeres, por igual, comprender la maravilla intrínseca a estas palabras.

Sevilla, 20/I/2007

(1) Pérez Oliva, M. (2006, 21 de marzo). Cerebro de hombre, cerebro de mujer. El País, p. 48.
(2) Pérez Oliva, M. Ibídem.

Un comentario en “Cerebro y género: mitos a desmontar

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