La escritura tiene nombre de mujer: Enheduanna

Enheduanna vivió en el reino donde se inventó la escritura, ahora llamado Irak,
y ella fue la primera escritora, la primera mujer que firmó sus palabras,
y fue también la primera mujer que dictó leyes,
y fue astrónoma, sabia en estrellas,
y sufrió pena de exilio,
y escribiendo cantó a la diosa Inanna, la luna, su protectora, y celebró la dicha de escribir, que es una fiesta, como alumbrar, dar nacimiento, concebir el mundo.

Eduardo Galeano, en Los hijos de los días

Sevilla, 9/VI/2020

Escribo con frecuencia del papel que han desempeñado las mujeres en la historia de la literatura, donde me consta que siempre han estado presentes desde la antigüedad, aunque las diferentes culturas, a través de los siglos, les hayan negado un sitio en los lugares de edición y conservación. Si las bibliotecas han sido denominadas con gran acierto, clínicas del alma, las mujeres han sido las doctoras del alma contemporánea con la sociedad en las que estaban inmersas, que aportaban su visión de lo que estaba pasando en sus vidas, en cada momento, con una calidad que todavía hoy nos asombra.

He comenzado con esta declaración de principios a favor de las mujeres que han escrito y escriben en la actualidad, reforzado por unas palabras que he escuchado con atención reverencial, pronunciadas con un encanto especial por la escritora Irene Vallejo, bajo un título demoledor y acusador implacable por el comportamiento que hemos tenido con mujeres extraordinarias que nunca se citaban por los hombres de su época: Las mujeres en la historia de los libros: un paisaje borrado. Conviene escucharla con la atención y respeto que merece, sobre todo porque da una visión esperanzadora de cómo podemos alcanzar el conocimiento actual de las mujeres que desde el siglo III antes de Cristo ya estaban presentes, escribiendo para el mundo y en su cultura sumero-acádica, porque allí empezó la historia escrita de la existencia humana hasta nuestros días.

Su exposición forma parte de una exposición más completa en relación con el mundo apasionante y apasionado de los libros, que se puede ver y escuchar también con detalle, con un título cautivador: Una declaración de amor a los libros. No me extraña el éxito de su libro, El infinito en un junco, porque es un canto junto y necesario de homenaje a cuantas personas, a lo largo de los siglos, “han hecho posible, han protegido y han salvado los libros”.

Irene Vallejo cuenta que las mujeres fueron las narradoras más antiguas, porque permanecían en sus casas por imperativo del guion de la historia y mantenían vivos los relatos aparentemente creados por los hombres, cuando la realidad es que hay algo en común cuando se estudia la historia de las mujeres escritoras en la antigüedad, utilizando frecuentemente metáforas relacionadas con el mundo de la costura: urdir una trama, el hilo conductor, nudo de una historia, desenlace de una narración, etc. En los primeros tiempos de la historia de la humanidad, piensa que las mujeres, mientras cosían, se contaban cuentos, historias, vivencias personales que luego se fueron transmitiendo en la oralidad que hasta ahora solo centraban en el papel del hombre que cuenta o narra, cuando la realidad nos lleva a comprobar que esto no era así.

Para demostrar sus hipótesis reveladoras del importante papel de las mujeres narradoras en la historia de la humanidad, cita a Enheduanna, la primera mujer escritora en el sentido estricto del término, que además firmaba todas sus obras en tablillas de arcilla, una sacerdotisa acadia cuyo nombre se podría traducir -con ciertos márgenes de libertad- la alta sacerdotisa de la Luna, un título con matices poéticos sin lugar a dudas, dado que sus principales obras escritas en arcilla son poesías de un contenido religioso, básicamente himnos.

Es un placer escuchar a Irene Vallejo. Un regalo en esta recta final de la desescalada, como homenaje a centenares y miles de mujeres narradoras en esencia, que nunca fueron reconocidas por la humanidad que cuidaba solo la genealogía de los varones y sus consecuencias existenciales. Lo afirmé cuando un día ya lejano dediqué en este cuaderno digital unas palabras a Zenobia Camprubí Aymar, la inseparable compañera de Juan Ramón Jiménez, porque salvando lo que haya que salvar, nunca figuró en la historia de la literatura y en el puesto que se merecía, por su sempiterno segundo plano en la vida y obra del poeta, como afirmaba Andrés Trapiello cuando se publicó el tercer tomo de su Diario: “estamos ante una obra donde no cabe mayor seriedad: han sido dictados por la consciencia y por la paciencia, es decir, por un pensar y un padecer únicos y muy hondos”. Zenobia sigue siendo una gran desconocida para el gran público, porque todos los honores se los llevó siempre Juan Ramón, pero la lectura de su obra diaria ha permitido recuperar la autenticidad y grandiosidad de esta mujer culta, inteligente, sensible, compañera, amiga y enfermera sempiterna de “su único hijo, Juan Ramón”, en un amor correspondido a su manera y que se traduce con exactitud existencial en su dedicatoria a los diarios: “A Zenobia de mi alma, de su Juan Ramón, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz” J.R. Sin fuerza ya”. La escritura, en este caso, también tuvo nombre de mujer: Zenobia.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Encuentros humanos en la tercera fase

Sevilla, 8/VI/2020

La nueva normalidad va también por tipos o barrios, según se mire. Hoy ha comenzado la Tercera Fase del Plan para la transición hacia una nueva normalidad, en la que se flexibilizan al máximo los encuentros humanos, familiares, profesionales y de ocio, viniéndonos rápidamente a la memoria la película de Spielberg Encuentros en la tercera fase, que en Latinoamérica se presentó en sociedad como Encuentros cercanos del tercer tipo, que es su título verdadero, porque obedece a la clasificación que en Ufología se da a este tipo (tercero) de observaciones de Objetos Volantes No Identificados (OVNI), según la escala de Hynek: “Es la observación de un OVNI junto a entidades biológicas, llamadas originalmente seres animados […] El escogió a propósito esa denominación relativamente vaga, evitando términos alternativos como «extraterrestres» o «alienígenas» (aliens) y así no dar ninguna opinión personal no fundamentada acerca del origen o naturaleza de aquellos seres”. La película tiene múltiples interpretaciones directamente proporcionales al respeto que nos merezcan o no los fenómenos extraterrestres, pero en el imaginario de los más antiguos del lugar siguen estando vivas las imágenes del inquieto electricista de Indiana, Roy Merary, su pareja, Ronnie y los investigadores oficiales.

Cualquier parecido con la realidad actual sí es pura coincidencia de nomenclátor, pero este recurso fácil por el título en español nos ayuda a quedarnos con un hilo conductor de la película: la frase musical que se emplea en la misma para la comunicación con los extraterrestres, porque Spielberg pensó que «estaría bien que los extraterrestres y los humanos se entendieran con lo que nos toca más adentro: la pasión por la música». Si algo hemos aprendido durante el confinamiento obligado por el estado de alarma es que la música ha sido el gran nexo de comunicación entre todas las personas confinadas. Escuchar “Resistiré”, casi como himno oficial de estos días tristes, no solo en España sino en muchos países afectados por la pandemia, pasando por versiones múltiples de su música y letra, hasta llegar a videoclips protagonizados por grandes intérpretes españoles de máxima actualidad, nos han demostrado el valor de la música que ya Spielberg entendía como una forma extraordinaria de alcanzar una comunicación comprensible en los encuentros cercanos del tercer tipo, sobre todo porque había posibilidad de comunicación con seres animados (sic). Algo evidente y constatable con lo que ha ocurrido con la música y determinadas canciones durante la pandemia, donde los habitantes de este planeta nos hemos comunicado a través de partituras que nos hacían más solidarios y copartícipes de un canto coral sobre la necesaria salida del confinamiento mundial.

A diferencia de lo que deseaba diferenciar bien Spielberg en su película, dejando atrás los otros dos tipos de encuentros, básicamente con cosas extrañas, platillos, luces, calor, interferencias de señales, entre otras, ha llegado la hora de establecer las normas para los encuentros humanos en varias dimensiones. Estos encuentros, previstos legalmente por la tercera fase del plan de transición hacia la nueva normalidad, serán una gran prueba para comprobar si todos los habitantes de este país podemos recibir la denominación de seres humanos o meramente animados, porque la responsabilidad personal de las medidas sanitarias que tendremos que respetar durante mucho tiempo, será la mejor frontera para garantizar que los encuentros ufológicos en el tercer tipo, son superados por los de esta tercera fase oficial de la desescalada. Spielberg podría hacer una nueva película que nos sorprendería a todos, porque entre nosotros existen muchos más seres solo animados de los que pensamos, viéndose la irresponsabilidad en determinados sectores de la población como si la pandemia no fuera un asunto de la inteligencia y corresponsabilidad de todos y cada uno, incluso habiendo cantado todos juntos «Resistiré» a los cuatro vientos.

La frase musical de Spielberg en su película, Re-mi-do-do-sol, en la que invirtió bastante tiempo el compositor John Williams, para convertirla en el tema principal de la misma, podríamos sustituirla hoy por la partitura completa de una primavera consagrada, que es lo que ocurrirá cuando el próximo día 21 de junio finalice, con casi total seguridad, el actual estado de alarma y entre, esplendorosa, la estación de verano. Es lo que manifestó recientemente el director de orquesta alicantino Josep Vincent, porque la música ha ofrecido acompañamiento en esta fase actual y lo ofrecerá con total seguridad en la salida del estado de alarma: “La música es un puente capaz de hacernos recuperar la ilusión […] la experiencia con la música es una experiencia personal e intransferible, cada uno tendría su propia banda sonora, pero algunas nos lleva a recordar, cualquier adagio, el de Barber, serviría para una transición como esta”.

Me pareció una interpretación muy inteligente de Josep Vincent sobre los diversos tiempos musicales que se adaptan a los tiempos humanos (a modo de una nueva versión de Williams y Spielberg sobre el momento actual, cada uno en lo suyo), en la que llegó a proponer la escucha de La consagración de la primavera, de Stravinski en el momento que podamos celebrar el triunfo final sobre la pandemia. Es una proposición que como empeño mío y de muchos que se afanan, como cantaba Pablo Milanés, servirá de fondo a estos encuentros humanos en la tercera fase que, afortunadamente, se multiplican hoy en beneficio de todos.

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Cinema Ideal

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Dedicado especialmente a todas las personas que hoy se acordarán de mí. A los que me siguen en este desfiladero digital. A los que aman el cine y sus bandas sonoras, incorporándolas a la vida.

Sevilla, 7/VI/2020

Mi infancia son recuerdos de mi nacimiento, tal día como hoy, hace setenta y tres años, en una calle de Sevilla, Jesús del Gran Poder, en un edificio cargado de historia porque se construyó en el siglo XIX sobre el solar que quedó al derribarse, después de la desamortización de Mendizábal, el Colegio de la Purísima Concepción regentado por los Jesuitas y que hacía esquina con la calle Becas, edificio en el que se alojaba también un cine de verano con nombre programático: Ideal.

Tengo solo vagos recuerdos de aquellos primeros años, antes de viajar a Madrid como niño del Sur, para quedarme allí durante bastante tiempo y sin volver más a esta tierra que me vio nacer. Así empezaban unos apuntes de la autobiografía que comencé a escribir en 2014, que abandoné unos meses después porque sentí el vértigo del rabino jasidista, Bunam de Przysucha, que intuyó la dificultad de escribir algo sobre el hombre que fuera convincente y tuviera fronteras: al calibrar la «locura» de su empresa dijo: «Pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo». Calibré mi locura y decidí no escribirla.

Hago esta reflexión hoy porque el título que escribí en aquellos días era, en el fondo, un homenaje a una película que me ha marcado para siempre: Cinema Paradiso. Mi vida ha sido también una película sin fin, de muchos géneros en uno solo: vivir apasionadamente. Me sentí reflejado en la misma de principio a fin, por el amor al cine, porque siendo muy niño hacía mis propias películas con dibujos animados, impregnándolos en aceite que, una vez secos, los unía y pasaba por rodillos laterales de un escenario, también hecho a mano, para imprimirles movimiento a demanda. Más o menos, observando aquel descubrimiento mágico con la cara de Totó, mi querido protagonista de la película de verdad, que he recogido en la imagen que preside estas líneas. También, porque seguí siempre el consejo de su gran amigo Alfredo cuando decía al niño que amaba tanto el cine, que debía salir de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”. En aquella escena memorable de la estación, Alfredo, ya ciego por el incendio del cine, le dice en un susurro inolvidable a Totó: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo: hagas lo que hagas, ámalo.

No he olvidado, nunca, el Cinema Ideal de mi infancia, del que solo escuchaba las bandas sonoras de las películas desde el balcón que daba a la calle Becas, en el que, entre barrotes, imaginaba historias preciosas de cuatro años. Pasado este tiempo, he comprendido muy bien el consejo de Alfredo, porque siempre he procurado amar todo lo que he hecho. Ahora, pienso también en los momentos difíciles que he vivido en esta larga vida, quizá por la especial sensibilidad que se ha creado por la pandemia creando anticuerpos para el dolor y la aflicción. Mi amor al cine me devuelve también a mi Cinema Ideal tan particular, un recuerdo de películas inolvidables de Spielberg, entre las que destaco por su lección histórica nacida en su corazón y en su alma judía, La lista de Schindler. Aunque parezca mentira, no me quiero quedar con el dolor de su argumento de fondo, sino con el tema principal de la banda sonora de la misma, compuesta por John Williams, de la que inserto hoy en este post una interpretación memorable, al violín, de su gran amigo de vida y creencias, Itzhak Perlman, uno de los mejores violinistas de la historia de la música que aún comparte vida con nosotros. Escucharlo y sentirlo al mismo tiempo nos permite comprender que, efectivamente, el hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre, porque todo lo humano no nos es ajeno, es más, nos pertenece.

Se acerca el “The End” de estas líneas. Les confieso que hablar de Cinema Paradiso y La lista de Schindler ha sido, en el fondo de estas palabras, un homenaje a su obra musical en el mundo del cine, a través de dos bandas sonoras memorables compuestas por Ennio Morricone y John Williams, respectivamente. El pasado viernes recibieron el Premio Princesa de Asturias de las Artes. El acta del jurado dice textualmente que “[…] Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo”.

En este momento tan crucial, cuando he tenido la oportunidad de decir todo o nada de mis 73 años recién estrenados, me van a permitir una debilidad cinematográfica también. Me refiero al síndrome de Errol Flynn, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba este último con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra.

Sinceramente, les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia.

THE END

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Cuando guardamos el alma en un bolsillo

Sevilla, 6/VI/2020

Ha sido una experiencia especial, de las que estremece la vida, porque he vuelto a descubrir el alma de una persona en su bolsillo. Me ocurrió por primera vez el día que supe que en un viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, unos días antes de su triste fallecimiento en el exilio, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La segunda experiencia y que motiva estas palabras escritas hoy con el vértigo que siento siempre ante la página en blanco, es el descubrimiento de una historia que merece ser leída con detalle a través de un extenso artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, protagonizada por una nota encontrada en el bolsillo de la chaqueta de su padre, el doctor y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el día que lo asesinaron (probablemente a manos de paramilitares), el 25 de agosto de 1987, en la calle Argentina de Medellín (Colombia), donde figuraba un poema de Borges, tal y como lo describió meses después en el Magazín Dominical de El Espectador. Fue el momento en el que dijo que el poema era de Borges. Lo que sucedió después, a lo largo de los años, es una historia muy larga de contar que propició la publicación de un libro, El olvido que seremos (1), que a su vez ha sido la base del guion de una película dirigida por Fernando Trueba y que ha sido seleccionada en la 73ª edición del Festival de Cannes, aunque no ha podido celebrarse el pasado mes de mayo por la pandemia mundial. Esta concatenación de hechos es muy sugerente, a modo de una novela no de ficción, sino de realismo mágico y trágico colombiano que tan bien trató siempre Gabriel García Márquez, aunque en esta ocasión con visión plena y triste de una gran realidad vivida y sentida en primera persona por Héctor Abad Faciolince.

EL OLVIDO QUE SEREMOS

El poema atribuido desde el primer momento a Borges, lo tiene grabado el autor del artículo en su mente y muestra de su creencia en la auténtica autoría, tan controvertida después, es que sirvió como epitafio en la tumba de su padre, recogiendo las iniciales JLB que recordaba haber visto en aquella nota que encontró en el bolsillo de su padre: “[…]el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Primero, le puso un título, Epitafio, hasta que con el paso de los años en el largo camino por demostrar la autoría de Jorge Luis Borges, apasionante, supo que su verdadero título era “Aquí. Hoy”. No he leído el libro que narra estos acontecimientos a modo de autobiografía novelada en tiempos de aquel suceso, solo algunas reseñas, entre las que escojo la de mi maestro, Manuel Rivas: “No sé si un libro puede cambiar la vida, pero sí que puede alterar tu reloj biológico. […] Me mantuvo en vigilia toda la noche. Es un libro con boca. La boca inolvidable de la gran literatura que ha sobrevivido a la extinción de las palabras”. Tampoco he visto la película, obviamente. Pero siento como si leyera hoy los versos de Machado y Borges, en primera persona y en directo, comprendiendo que el alma puede quedarse en el bolsillo de una chaqueta como si fuera el mejor lugar para una gran compañera en el camino de la vida: la dignidad del olvido. En el caso del padre de Héctor Abad Faciolince, muriendo también como Machado en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de la dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Porque es verdad: desde hoy mismo ya somos el olvido que seremos y podemos guardarlo dignamente, como el alma, en nuestro bolsillo más querido.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.las2orillas.co/el-olvido-que-seremos-llega-a-cannes/

(1) Abad Faciolince, H. (2017). El olvido que seremos. Madrid: Alfaguara

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¡No puedo respirar! (en memoria de George Floyd)

GEORGE FLOYD

I can´t breather, No puedo respirar

Sevilla, 5/VI/2020

Hemos asistido estos días pasados a un episodio que muestra la cara más detestable del ser humano. Se ha confirmado la acusación de asesinato por parte de un oficial de la policía implicado en la muerte del afroamericano George Floyd, en un barrio de Powderhorn, en la ciudad de Minneapolis (Minnesota, Estados Unidos). Escuchar algunas de las últimas palabras que pronunció el detenido durante la inmovilización que sufrió mientras el oficial le presionaba la rodilla sobre su cabeza, durante casi nueve minutos, sobrecogen profundamente y nos hacen reflexionar hasta dónde puede llegar el ser humano: “Es mi cara hombre, no he hecho nada grave, señor, por favor, por favor, por favor, no puedo respirar […]”. Estas tres palabras, no puedo respirar, resuenan en la mente de millones de personas que respetamos a George Floyd en estos momentos tan difíciles de comprender, como símbolo de que algo está pasando en el mundo para que se pierda el respeto a la dignidad humana, de forma tan execrable, en situaciones de tanta vulnerabilidad.

La quintaesencia de racismo sigue todavía viva en el alma americana y, probablemente, en casi todo el mundo. Mucho se ha avanzado, indiscutiblemente, pero todavía afloran tics de racismo en nuestras conversaciones ordinarias y en análisis políticos y de ciudadanos de a pie, acerca de la emigración subsahariana que tanto nos afecta. He reflexionado sobre estas cuestiones en este cuaderno digital y hoy escribo estas palabras en homenaje a lo que debemos a nuestros antepasados africanos que hace miles de años decidieron salir de su territorio y visitar el mundo para amarlo, respetarlo y aprender de la naturaleza las leyes inexorables de la evolución.

La inteligencia, el recurso más poderoso que tenemos los seres humanos sobre la Tierra, hoy por hoy no tiene color y su desarrollo se lo debemos a los primeros africanos que decidieron salir de su tierra, África, de su parentela, para crecer y multiplicarse como personas, llevados por la curiosidad de vivir de forma diferente. Tenemos que estar muy agradecidos al continente africano y llenos de dolor, al mismo tiempo, por la muerte letal que les rodea continuamente entre enfermedades, esclavitud histórica y de nuevo cuño en pateras, guerras fratricidas, tráfico de personas y con una deuda histórica mundial ante hechos como los de Minneapolis: “hace doscientos mil años que la inteligencia humana comenzó su andadura por el mundo. Los últimos estudios científicos nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. Hoy comienza a saberse que a través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado. Los africanos, que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates” (1).

De esta forma, quiero resaltar de nuevo la inteligencia africana porque, a través de ella, durante millones de años, hemos sido capaces de resolver los grandes problemas de la vida gracias al alma blanca de unos antepasados nuestros, de raza negra, que nos permitieron construir un mundo nuevo y diferente. Para que no se olvide, recuerdo unos diálogos de una película extraordinaria, El libro verde del conductor negro (Green Book), premiada con 3 Oscar en 2019, que comenté en su momento en este cuaderno digital y porque refleja la dureza histórica del sufrimiento de millones de afroamericanos en un territorio hostil, América del Norte, hasta límites insospechados.

La película “narra las vivencias reales de un músico afroamericano, Don Shirley, que tuvo una vida azarosa por cuna y color de piel. Fue un músico extraordinario que un día decidió viajar a un mundo casi imposible en su propio país, el Sur de América del Norte, para ofrecer conciertos con su Trío a blancos ricos y nada respetuosos con el color de la piel del artista. Se viven diversos episodios donde se palpa la transformación ideológica del conductor y guardaespaldas de Shirley, Tony Vallelonga, quien no comprende el porqué de este viaje hacia ninguna parte según él, tal y como lo expresa uno de los componentes de los músicos del famoso Trío, de nombre ruso, Oleg: “¿Me preguntaste una vez [Tony], por qué el Doctor Shirley hace esto? Te lo diré. Porque el genio no es suficiente. Se necesita valor para cambiar los corazones de la gente.

La contradicción de Shirley [el protagonista, negro, pianista de profesión] es constante en un mundo americano del Sur que es incapaz de aceptar la diversidad racial: “¡Sí, vivo en un castillo! Tony. ¡Solo! Y los blancos ricos me pagan por tocar el piano para ellos, porque los hace sentir cultos. Pero tan pronto como me bajo del escenario, vuelvo a ser sólo otro negro para ellos. Porque esa es su verdadera cultura. Y yo sufro ese desaire solo, porque no soy aceptado por mi propia gente, ¡porque yo tampoco soy como ellos! Así que, si no soy lo suficientemente negro, y si no soy lo suficientemente blanco, y si no soy lo suficientemente hombre, entonces…, dime Tony, ¿qué soy?

Tony [su conductor] descubre el alma blanca de un hombre negro, porque le enseña a decir cosas preciosas a su mujer que está muy lejos. Le asombra cómo toca el piano y descubre que a Shirley le enseñó a tocar el piano su madre, en una pequeña espineta, viajando por circuitos imposibles de Florida. En una ocasión -le cuenta- un hombre que le había escuchado le ofreció la oportunidad de estudiar en el Conservatorio de Música de Leningrado, siendo el primer negro que aceptaban allí. Aprendió a tocar, básicamente, música clásica, interpretando a compositores de la talla de Brahms, Franz Liszt, Beethoven, Chopin…, “todo lo que siempre quise tocar”. Pero el poderoso caballero don dinero de las compañías discográficas, la suya en concreto, Cadence, le aconsejó que tocara otras cosas más populares. La todopoderosa América de los años sesenta no aceptaría nunca que un músico negro tocara música clásica, sino la que le adjudicaban como algo suyo, el jazz: “Querían convertirme en otro “animador de color”. Ya sabes, del tipo que fuma mientras toca, pone un vaso de güisqui en su piano y luego se queja porque no es respetado como Arthur Rubinstein”.

Estas palabras simbolizan un homenaje a la necesaria comunicación entre millones de personas diversas (con color de raza incluido) en un mundo diseñado, a veces, por el enemigo. Un relato real y que merece todos los elogios posibles para que Estados Unidos salga de la acromatopsia (2) a la que a veces quiere someter al mundo, donde es verdad que hay algo más que los grises permanentes, que suelen utilizar sus líderes políticos actuales y sus temibles asociados a los que eufemísticamente llamamos “hombres de negro”. También, algo más que un policía frío y desalmado que no es capaz de comprender cómo puede arrebatar la vida a una persona que le suplica poder respirar tan solo, ni siquiera la libertad.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.latimes.com/espanol/california/articulo/2020-05-31/quien-era-george-floyd-10-cosas-que-pocos-saben-sobre-el-hombre-que-murio-a-manos-de-la-policia

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, p. 15-28.

(2) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la proyectaré en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

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Me queda la palabra… y Mozart

Sevilla, 4/VI/2020

En los últimos días de la desescalada me vuelvo a ratificar en una de mis declaraciones de principios: me queda la palabra, compañera infatigable en tiempos difíciles, a través de la lectura y escritura. También, Mozart. Ha sido un gran compañero en este complicado viaje y hoy quiero simbolizar mi agradecimiento con un vídeo de una orquesta del Norte de Europa, de un país frío, Islandia, pero con una interpretación impecable del Concierto para clarinete en La mayor, KV 622, en el que el segundo movimiento, Adagio, suena excelentemente bien en el clarinete de una profesora muy joven de la Orquesta Sinfónica de Islandia, Arngunnur Árnadóttir, bajo la dirección de Cornelius Meister. También porque me da el calor humano que tanto necesito, descubriendo una vez más el poder de la inteligencia musical de acuerdo con la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, a quien tanto tiempo de investigación he dedicado en mi vida personal y profesional. Arngunnur Árnadótir es también escritora y poeta, es decir, también le queda la palabra.

Arngunnur Árnadóttir

Mozart componía estas partituras como homenaje siempre a una persona. En este caso, fue dedicada a su amigo Anton Stadler (1753-1812), compañero en la logia masónica a la que pertenecía el compositor y gran virtuoso en la orquesta de Viena por la forma de tocar el clarinete tenor (corno di bassetto), cuyo sonido se ha logrado alcanzar en los que se fabrican en la actualidad por la incorporación de llaves adicionales. Si he elegido hoy esta obra maravillosa de Mozart, compuesta el mismo año de su fallecimiento, cuando tenía 35 años, se debe a una razón que conocí hace tiempo por una referencia de Arturo Reverter en una obra que guardo en mi maleta de libros elegidos (1), que siempre tengo preparada por lo que algún día pudiera ocurrir al viajar hacia una isla desconocida: «El corazón de la obra es el sublime Adagio […], aunque para algunos autores -Massin- lo que prevalece en definitiva es el optimismo: el músico ha salido victorioso de una lucha en la que ha debido vencer, en esta última parte de su vida, numerosos peligros de todo tipo». Toda una declaración de principios musicales.

Si quieren desconectar de la información tóxica que nos invade, escuchen conmigo el Adagio según la guía de audición que figura más adelante porque creo que comprenderán mejor que nunca que la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor:

Guía de audición del Concierto de Clarinete en La mayor, KV 622 – Harpa Concert Hall, Reykjavík, 10 de septiembre de 2015

– Allegro 0:27

– Adagio 12:58

– Rondo (Allegro) 20:07

Es difícil añadir palabras a estos momentos mágicos. Solo el consuelo de que en el momento después, me queda otro guion que hoy quiero seguir al pie de la letra, unas palabras preciosas de Blas de Otero en su poema «En el principio», para pensar en quienes han perdido la vida en la pandemia y en quienes pierden a diario la voz en la maleza, porque me permite comprender mejor a los que sufren la sed, el hambre; también, en lo duro que es pensar que lo que creemos que es nuestro luego resulta ser nada, porque se siegan a menudo las sombras en silencio cuando en estos días de pandemia he abierto muchas veces los ojos para ver el rostro puro y terrible de mi patria, abriendo al mismo tiempo los labios hasta desgarrármelos pidiendo unión y donde confieso que solo he tenido el consuelo de saber que solo me queda la palabra. Y Mozart.

(1) Reverter, A. (1999). Mozart (discografía recomendada y obra completa comentada (2ªed.). Barcelona: Península, p. 91.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La estrategia del océano verde

 

Sevilla, 3/VI/2020

Un niño mejicano de 6 años preguntó recientemente de qué color es el coronavirus, a lo que uno de los infectólogos más reconocidos de México respondió que “lo pintamos de muchos colores, pero en realidad los virus no tienen color. El color lo determina nuestra vista. Lo pintamos así para identificarlo, lo más común que yo he visto es que lo pinten de verde, de azul o de maneras fantasiosas” (1). Esta referencia me ha llevado a pensar que ante la situación actual de la pandemia de la COVID-19 y sus daños colaterales, la economía tendrá que plantear una nueva estrategia para que las empresas puedan emerger de nuevo con nuevas visiones que superen a las ya clásicas, denominadas del océano rojo y, la última, del océano azul. Yo propondría, en la clave de las proposiciones que aprendí hace ya muchos años de Pablo Milanés, porque la pandemia ha trastocado casi todas las teorías economías vigentes en la actualidad: Propongo compartir lo que es mi empeño / Y el empeño de muchos que se afanan / Propongo, en fin, tu entrega apasionada / Cual si fuera a cumplir mi último sueño.

Hace tan solo tres años, el color verde, con una tonalidad específica de nombre Greenery (15-0343), fue anunciado el color oficial del año, que marcaría tendencia en todas las variantes cromáticas de la vida. Me llamó en ese momento la atención de cómo se construye todo en el ecosistema de mercado en el que estamos instalados malgré tout (a pesar de todo). Esta declaración internacional inundó de verde Greenery todo lo que se mueve en el mundo y se eligió de forma no inocente, atendiendo las palabras de presentación de Leatrice Eiseman, Directora Ejecutiva del Pantone Color Institute: “Greenery irrumpe con fuerza en 2017 y nos ofrece la confianza que anhelamos en el tumultuoso contexto social y político en el que vivimos. Al satisfacer nuestro deseo creciente por re-juvenecer, re-vitalizar y unir, Greenery simboliza la re-conexión que buscamos con la naturaleza, con nosotros mismos y con un sentido más amplio de nuestras vidas”. El prefijo “re” es el que verdaderamente marcaria la tendencia, poniendo color a nuestras vidas, la de todos y la de secreto. Según ellos, utilizando el plural mayestático, una re-volución de mercado en toda regla.

Creo que lo que estamos viviendo desde la perspectiva económica con la pandemia es una auténtica revolución para la economía y para los mercados internacionales. Ya nada va a ser igual y un ejemplo basta para comprender que todo ha cambiado ya. El Circo del Sol, uno de los mayores espectáculos del mundo, por el que reconozco que siento desde que era un niño una gran admiración y debilidad personal, está atravesando momentos muy difíciles a consecuencia del coronavirus. Ha sido un ejemplo de gran proyecto empresarial basado en la estrategia denominada del océano azul, frente al rojo de toda la vida, debido a su búsqueda incesante de nuevos nichos que respondieran a su sentido de espectáculo envuelto en calidad e innovación. He conocido hoy (2) su situación de casi bancarrota y me ha entristecido. Es cierto que el poderoso caballero don dinero, a través de grandes fondos de inversión, cambiaron hace años la filosofía del Circo del Sol, porque la magia de su creador Guy Laliberté se perdió en el momento que desapareció de su esfera decisoria. ¡No todo es economía, payasos de negro!, se podría gritar hoy, sabiendo que el gran secreto del circo siempre ha sido abrir el espectáculo con alegría, abordar el más difícil todavía, porque el espectáculo siempre debe continuar. He recordado que cuando era niño y pensaba como niño, se presentó una vez en el Circo Price de Madrid, tan querido para mí, un espectáculo de motos voladoras. El director de pista, con voz engolada, anunció el número ¡más difícil todavía!, con una frase memorable, porque unos artistas portugueses tenían que subir y bajar en vertical por un majestuoso cilindro metálico a gran velocidad, obviamente sin caerse: “en el ejercicio que van a ver ahora, la palabra “miedo” ha sido sustituida por intrepideeez…”, con una “e” prolongada hasta el infinito que sobrecogía a nuestras almas pequeñas. Es verdad, en la nueva economía del océano verde habrá que sustituir la palabra miedo por intrepidez.

La economía tiene que analizar cómo se define la estrategia del océano verde. Todo cambia en el nuevo orden mundial o nueva normalidad, que no es tal. Problemas de distancia, aforo, protección, prelaciones y expectativas personales y sociales, necesitarán estudiarse por las Universidades y Escuelas de Negocio de todo el mundo (incluido el Circo del Sol, obviamente), porque ya nada es lo mismo. Cambiando lo que haya que cambiar, siguen siendo muy válidas las palabras que justifican la declaración del color verde para el año 2017, que ahora se deben rescatar para declararlo color oficial de la vida después del maremoto del coronavirus: “[…] nos ofrece la confianza que anhelamos en el tumultuoso contexto social y político en el que vivimos. Al satisfacer nuestro deseo creciente por re-juvenecer, re-vitalizar y unir, [el color verde] Greenery simboliza la re-conexión que buscamos con la naturaleza, con nosotros mismos y con un sentido más amplio de nuestras vidas”. Podría ser una re-volución de mercado en toda regla, porque el gran espectáculo de vivir dignamente debe continuar.

(1) https://verne.elpais.com/verne/2020/04/27/mexico/1588010389_405576.html
(2) https://elpais.com/cultura/2020-05-30/circo-del-sol-del-esplendor-a-la-ruina-en-tan-solo-tres-meses.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Hopper nos retrató a todos

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Hopper: más vivo que nunca / RTVE

Sevilla, 2/VI/2020

Edward Hopper (1882-1967) nos lleva frecuentemente de los ojos, de la mano también, para situarnos frente a ventanas y puertas de la vida cuando contemplamos sus obras, su realismo de eterna soledad y fría espera. Anoche, la televisión pública, una ventana no inocente, nos ofreció en el cierre del informativo 2 una referencia a un documental que el director Win Wenders ha recreado sobre determinadas obras de Hopper, que actualmente se pueden contemplar en la Fundación Beyeler, situándolo en el contexto tan cercano en el que nos ha instalado el estado de alarma y su largo confinamiento. Es muy interesante recrearse en sus personajes porque nos aportan algo que ya señalé en la serie que dediqué en este blog a la pandemia, en las primeras semanas de confinamiento: todos podemos ser en algún momento modelos de Hopper.

Hopper abordaba con frecuencia la realidad de la espera en muchos cuadros con ventanas y puertas que suponen un respiro en la soledad de cada protagonista y en situaciones personales, familiares, de pareja, a modo de juego existencial en las que cada uno tenemos que buscar la mejor salida al conflicto de vivir confinados con virus o sin él. Los óleos representan muy bien nuestra situación actual, porque son retratos anticipados. Estamos muchas veces solos ante el peligro, en silencio y permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar, reflexionar y pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Estamos viviendo todavía, durante el estado de alarma, en espacios cerrados frente al enemigo único, atrincherados, aunque siempre nos quedan ventanas amplias o pequeñas, desnudas, como invitando a saltar a través de ellas observando los cuadros de Hopper, porque no tienen limitación alguna, solo el vértigo existencial legítimo para trascenderlas y volver a la vida para recorrer las grandes alamedas de la desescalada en libertad.

HOPPER 2020

Aunque siempre nos queda la palabra para expresarnos, cuando frecuentamos la soledad y el silencio necesitamos la cultura de la pintura, como expresaba el autor: “Si determinadas situaciones vitales pudiesen contarse con palabras no sería necesario pintar”. La voz en off del documental finaliza con unas palabras inquietantes, que las recreo contemplando de nuevo algunos cuadros que tengo grabados en mi memoria de hipocampo: Hopper nos retrató a todos cuando éramos personajes vivientes de sus cuadros.

NOTA: la primera imagen es una recreación en vivo del cuadro de Hopper, Noche de verano, pintado en 1947. La segunda imagen, es otra recreación sobre una obra de Hopper, Sol de la mañana, fechado en 1952.

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El miedo a la desescalada final

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Sevilla, 1/VI/2020

En el fondo, es el miedo legítimo a la libertad del día después. Cuando leí por primera vez El miedo a la libertad, de Erich Fromm, recuerdo que lo que más me impactó fue su página de presentación anterior al prefacio, que me ha acompañado a lo largo de mi vida, siendo uno de los libros que me llevaré, entre otros, a una isla desconocida que ahora se llama “nueva normalidad”, cuando tenga que hacer la maleta para iniciar esta singladura tan especial, con una rapidez inusitada y el día después a tenor de los acontecimientos actuales. Además, viajando en patera, en mar abierto:

“No te di, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtengas y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás —de acuerdo con la decisión de tu voluntad— regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas”.

Este texto, presentado bajo el epígrafe de “El discurso de Dios al hombre”, corresponde a la Oratio de hominis dignitate, un texto introductorio de Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494) a las 900 Tesis (Conclusiones Filosóficas Cabalistas y Teológicas) que presentó a la Iglesia de Roma en 1486, en las que buscaba una confluencia sincrética entre diversas creencias y postulados religiosos de la época, con una trazabilidad importante de filósofos y teólogos latinos y árabes. Es importante conocer este contexto histórico, que le costó finalmente la excomunión al poner al hombre (como ser humano primigenio) en un puesto muy importante en la vida humana gracias a su libertad. Tras este breve análisis, comprendo mucho mejor por qué Fromm lo eligió como texto introductorio de su libro, de su miedo personal a la libertad y por qué ha pasado a la posteridad como el Manifiesto del Renacimiento.

Se aproxima el final de la desescalada con una fecha mágica, 21 de junio, como entrada libre en la “nueva normalidad”, siendo conscientes de que la Covid-19 sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Repasar palabra a palabra el texto expuesto nos puede dar una idea de lo que se llegó a pensar de la libertad humana en tiempos en los que lo más importante que había que hacer, visto cómo estaba la sociedad en general, era reforzar al ser humano por encima de todas las cosas: Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que —casi libre y soberano artífice de ti mismo— te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido.

Se comprende perfectamente que el miedo a la libertad estriba en la decisión de finalizar la desescalada como un bruto (no hacen falta muchas explicaciones) o ir y hacer “cosas superiores” que nos devuelvan la alegría de vivir despiertos y libres en el nuevo Renacimiento del Mundo, que algunos llaman ahora “Reconstrucción Mundial”.

NOTA: la imagen es del autor

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Tengo derecho a hacerme ilusiones

MAN RAY

Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Sevilla, 31/V/2020

Lo decía extraordinariamente bien Juan José Tamayo en una conferencia pronunciada en Madrid en noviembre de 2013, en la Fundación Juan March, sobre la necesidad de creer en las utopías en tiempos de crisis: “En la actualidad cuando calificamos a una persona, a un proyecto, o a un colectivo de utópicos, no es precisamente un piropo. Más bien todo lo contrario: es una descalificación en toda regla. Estamos diciendo que está en las nubes, que no tiene sentido de la realidad, que crea mundos imaginarios, que es un iluso… Por eso, las personas utópicas, los proyectos utópicos, los movimientos utópicos están siendo desterrados en nuestro mundo y en nuestro tiempo. Les pasa algo parecido a lo que les sucedía a los poetas en la República de Platón: eran excluidos, porque no eran capaces de alcanzar la verdad, lo único que hacían era fabular. Esto mismo sucede en nuestra sociedad: suele imperar el realismo, y las personas o los proyectos utópicos son desterrados de todos los campos del saber y del quehacer humano. Por ejemplo, me han transmitido desde muy pequeño una serie de máximas: “niño, no te hagas ilusiones; ten los pies en la tierra; no te vayas por las ramas…”. Esas tres afirmaciones dichas en la infancia, repetidas en la adolescencia y ratificadas en la juventud, surten el mismo efecto que el de un pájaro al que se le cortan las alas, te quedas sin futuro, te quedas sin horizonte”.

Es verdad porque ahora, saliendo poco a poco del estado de alarma a través de la desescalada hacia la nueva normalidad, me preocupa que ésta no deje mucho lugar a la utopía, a hacernos ilusiones de que las cosas pueden cambiar. Antonio Muñoz Molina escribió hace años un artículo, Notas en un cuaderno, que me hizo reflexionar sobre qué significa hacernos ilusiones de que la vida puede cambiar en un nuevo orden mundial. El artículo citado me ha devuelto de nuevo y de forma paradójica la ilusión de fijarme otra vez y con detenimiento en las cosas y en los humanos (todo lo humano me pertenece), a pesar del razonamiento contrario que allí reflejaba en torno a una publicación de gran interés social, South and West: From a Notebook, que vuelve a tener especial relevancia por los últimos sucesos acaecidos en Minneapolis: “Joan Didion [su autor] es una de esas inteligencias muy realistas que se fijan demasiado en las cosas y en los seres humanos como para hacerse demasiadas ilusiones sobre ellos, o para dejarse llevar por abstracciones celebradoras o condenatorias. El mundo es como es. Y comprender algo requiere un extraordinario ejercicio de atención que no siempre lleva a conclusiones satisfactorias”. Es verdad, pero la memoria fotográfica que mantengo de todo lo ocurrido en este país durante muchos años, a partir también de los setenta y en el sur de España, me hace meditar sobre lo que creemos que hemos conquistado con tanto esfuerzo, así como soñar despierto en la transformación de España, de Andalucía y de una sociedad que tanto sufre como aldea global por la pandemia del coronavirus.

Me reitero en una declaración de principios que ya escribí en este blog en 2017, porque vivo rodeado de personas “que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno”. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón a mis asuntos utópicos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de hacerse ilusiones con alguien o por algo.

Esta es la razón de por qué comprendo mejor cómo finaliza Muñoz Molina el artículo citado contemplando lo sucedido en EEUU: “En 1970, en el sur de Estados Unidos, Joan Didion se dio cuenta de que el pasado de cerrazón, oscurantismo y resentimiento no desaparece de un día para otro. Cuarenta y siete años después, una parte de esa negrura se ha mantenido intacta, y ha proliferado. Una parte de lo peor del pasado es ahora el presente y parece que va a ser el porvenir”. Para que no lo olvide en mis sueños e ilusiones, cincuenta años después, porque el mundo es como es por culpa de algunos. Para hacerme ilusiones también y seguir creyendo en utopías, a pesar de todo.

La vida sigue, dispuesta siempre a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, hacernos ilusiones, ¿habrá algo más bello?, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos en las sesiones continuas pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos en las ilusiones que hemos fabricado.

Salir de este estado de alarma es un sueño reparador para despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, de unas ilusiones legítimas que se cumplen, porque es legítimo que así sea. Como en el campo de la libertad, los sueños realizados y las ilusiones que nos hacemos, son solo para quienes lo trabajan. A pesar de lo que afirmaban Joan Didion: el mundo es como es o Antoine de Saint-Exupéry: los ojos preguntan.

Lo decía muy bien Juan José Tamayo en su conferencia: “en tiempos de crisis, las utopías son más necesarias que nunca, porque nos devuelven la esperanza y nos permiten soñar”. Esa es la razón de por qué tenemos derecho a hacernos ilusiones. Algo más que acudir a encuentros en la tercera fase [sic] y que nunca se publicará en esos periódicos oficiales o privados que nos abruman, en estos tiempos difíciles, con sus noticias flexibilizadoras de última hora.

NOTA: la imagen es un fragmento de una fotografía de Man Ray, Le somneil, realizada en 1937 y en la que aparecen Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito, tan de actualidad siempre) y Germaine Huguet, que figuraba en el programa oficial de una exposición sobre El surrealismo y el sueño, celebrada en Madrid, en 2014 en el Museo Thyssen-Bornemisza.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.