Tengo derecho a hacerme ilusiones

MAN RAY

Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Sevilla, 31/V/2020

Lo decía extraordinariamente bien Juan José Tamayo en una conferencia pronunciada en Madrid en noviembre de 2013, en la Fundación Juan March, sobre la necesidad de creer en las utopías en tiempos de crisis: “En la actualidad cuando calificamos a una persona, a un proyecto, o a un colectivo de utópicos, no es precisamente un piropo. Más bien todo lo contrario: es una descalificación en toda regla. Estamos diciendo que está en las nubes, que no tiene sentido de la realidad, que crea mundos imaginarios, que es un iluso… Por eso, las personas utópicas, los proyectos utópicos, los movimientos utópicos están siendo desterrados en nuestro mundo y en nuestro tiempo. Les pasa algo parecido a lo que les sucedía a los poetas en la República de Platón: eran excluidos, porque no eran capaces de alcanzar la verdad, lo único que hacían era fabular. Esto mismo sucede en nuestra sociedad: suele imperar el realismo, y las personas o los proyectos utópicos son desterrados de todos los campos del saber y del quehacer humano. Por ejemplo, me han transmitido desde muy pequeño una serie de máximas: “niño, no te hagas ilusiones; ten los pies en la tierra; no te vayas por las ramas…”. Esas tres afirmaciones dichas en la infancia, repetidas en la adolescencia y ratificadas en la juventud, surten el mismo efecto que el de un pájaro al que se le cortan las alas, te quedas sin futuro, te quedas sin horizonte”.

Es verdad porque ahora, saliendo poco a poco del estado de alarma a través de la desescalada hacia la nueva normalidad, me preocupa que ésta no deje mucho lugar a la utopía, a hacernos ilusiones de que las cosas pueden cambiar. Antonio Muñoz Molina escribió hace años un artículo, Notas en un cuaderno, que me hizo reflexionar sobre qué significa hacernos ilusiones de que la vida puede cambiar en un nuevo orden mundial. El artículo citado me ha devuelto de nuevo y de forma paradójica la ilusión de fijarme otra vez y con detenimiento en las cosas y en los humanos (todo lo humano me pertenece), a pesar del razonamiento contrario que allí reflejaba en torno a una publicación de gran interés social, South and West: From a Notebook, que vuelve a tener especial relevancia por los últimos sucesos acaecidos en Minneapolis: “Joan Didion [su autor] es una de esas inteligencias muy realistas que se fijan demasiado en las cosas y en los seres humanos como para hacerse demasiadas ilusiones sobre ellos, o para dejarse llevar por abstracciones celebradoras o condenatorias. El mundo es como es. Y comprender algo requiere un extraordinario ejercicio de atención que no siempre lleva a conclusiones satisfactorias”. Es verdad, pero la memoria fotográfica que mantengo de todo lo ocurrido en este país durante muchos años, a partir también de los setenta y en el sur de España, me hace meditar sobre lo que creemos que hemos conquistado con tanto esfuerzo, así como soñar despierto en la transformación de España, de Andalucía y de una sociedad que tanto sufre como aldea global por la pandemia del coronavirus.

Me reitero en una declaración de principios que ya escribí en este blog en 2017, porque vivo rodeado de personas “que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno”. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón a mis asuntos utópicos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de hacerse ilusiones con alguien o por algo.

Esta es la razón de por qué comprendo mejor cómo finaliza Muñoz Molina el artículo citado contemplando lo sucedido en EEUU: “En 1970, en el sur de Estados Unidos, Joan Didion se dio cuenta de que el pasado de cerrazón, oscurantismo y resentimiento no desaparece de un día para otro. Cuarenta y siete años después, una parte de esa negrura se ha mantenido intacta, y ha proliferado. Una parte de lo peor del pasado es ahora el presente y parece que va a ser el porvenir”. Para que no lo olvide en mis sueños e ilusiones, cincuenta años después, porque el mundo es como es por culpa de algunos. Para hacerme ilusiones también y seguir creyendo en utopías, a pesar de todo.

La vida sigue, dispuesta siempre a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, hacernos ilusiones, ¿habrá algo más bello?, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos en las sesiones continuas pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos en las ilusiones que hemos fabricado.

Salir de este estado de alarma es un sueño reparador para despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, de unas ilusiones legítimas que se cumplen, porque es legítimo que así sea. Como en el campo de la libertad, los sueños realizados y las ilusiones que nos hacemos, son solo para quienes lo trabajan. A pesar de lo que afirmaban Joan Didion: el mundo es como es o Antoine de Saint-Exupéry: los ojos preguntan.

Lo decía muy bien Juan José Tamayo en su conferencia: “en tiempos de crisis, las utopías son más necesarias que nunca, porque nos devuelven la esperanza y nos permiten soñar”. Esa es la razón de por qué tenemos derecho a hacernos ilusiones. Algo más que acudir a encuentros en la tercera fase [sic] y que nunca se publicará en esos periódicos oficiales o privados que nos abruman, en estos tiempos difíciles, con sus noticias flexibilizadoras de última hora.

NOTA: la imagen es un fragmento de una fotografía de Man Ray, Le somneil, realizada en 1937 y en la que aparecen Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito, tan de actualidad siempre) y Germaine Huguet, que figuraba en el programa oficial de una exposición sobre El surrealismo y el sueño, celebrada en Madrid, en 2014 en el Museo Thyssen-Bornemisza.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.