El pasado 2 de abril cerró definitivamente Imaginarium, una aventura empresarial en torno al mundo imaginario de los juguetes y derivados, después de 32 años de vida empresarial, tras una quiebra que ha sido la crónica de un cierre anunciado durante los últimos diez años, por causas múltiples, llevando al paro a más de cien trabajadores en su última etapa, en una organización que llegó a contar con más de 800 empleados y 420 tiendas repartidas por más de 20 países, alcanzando en el momento de máximo esplendor una facturación anual que sobrepasaba los 100 millones de euros. El símbolo más doloroso es que sus puertas azules, icónicas de la marca, diferenciando a adultos y niños o niñas, han echado también el cierre, casi sin decirnos adiós.
Su despedida en las redes es bastante demostrativa de lo ocurrido: “Queridas familias, mamás, papás, abuelas… Hemos aguantado hasta el último momento, hasta nuestro último aliento, para pulsar el botón y decir adiós. Con el corazón lleno de emociones encontradas y después de muchos años, nos entristece informaros que Imaginarium llega a su fin”. Siento de verdad esta situación, porque siempre he admirado la intrahistoria imaginaria de sus juguetes y porque he sido un cliente asiduo de estas tiendas azules, plagadas de estrellas, donde me asesoraban bien a la hora de comprar el mejor regalo posible para niñas y niños queridos.
Hoy, en plena pesadumbre, he recordado, respetando la denominación del proyecto, Imaginarium, a un poeta, Nicanor Parra, que cantó al hombre imaginario o, quizás, a la niña o niño imaginarios que todos llevamos dentro: Sombras imaginarias / vienen por el camino imaginario / entonando canciones imaginarias / a la muerte del sol imaginario. En una palabra, del sol de Imaginarium.
Juguetes también imaginarios, niñas y niños imaginarios, entre los que estaba Pablo Neruda. Él disfrutaba de sus juguetes preferidos, Mascarones de proa, porque les tenía un cariño especial y muchas veces soñaba con ellos y con sus barcos, imaginando que navegaban en mar abierto a pesar de su espacio reducido a unas botellas imposibles. Es curioso constatar que hay una tradición multisecular de que los juguetes son un asunto, sobre todo, de cumpleaños, Primeras Comuniones, sobre todo de la Navidad, de los Reyes Magos de Oriente, hasta que vinieron los americanos de Berlanga y establecieron la competencia con Papá Noel, como nos lo ha recordado en alguna ocasión Gabriel García Márquez dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos”, a modo de aviso para navegantes extraviados en la navidad actual. Más aún, los juguetes son, si queremos, un asunto de todos los días, de cada carpe diem particular.
En conclusión, el niño que llevo dentro sufre por el cierre de Imaginarium, por los sueños que trunca y por el paro que ocasiona a protagonistas de tantos sueños imaginarios, cada uno en su papel imaginario. Neruda sabía que sus mascarones, los juguetes más grandes de su casa, le acompañaban siempre para seguir contándoles historias increíbles vividas durante sus singladuras azarosas: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.
Espero seguir jugando con los juguetes imaginarios en el mundo imaginario que diseñó Nicanor Parra, el poeta imaginario. Al menos, para que ante este cierre anunciado, podamos seguir jugando, a veces, a vivir en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario / De los muros que son imaginarios / penden antiguos cuadros imaginarios / irreparables grietas imaginarias / que representan hechos imaginarios / ocurridos en mundos imaginarios / en lugares y tiempos imaginarios.
El ejemplo de Neruda puede ser también un regalo de palabras ante este acontecimiento triste de Imaginarium, que nos hagan reflexionar sobre su sentido y lo que transmitimos a quienes seguiremos regalando juguetes pequeños o grandes, aunque lo importante es seguir siendo niños o niñas, porque si no seguimos jugando perdemos para siempre la niña o el niño que vive en nosotros o que quizá se fue. Es lo que también expresa maravillosamente Pablo Neruda en un poema, Al pie de su niño, que puede ser un auténtico regalo para este momento triste en nuestras almas de niñas y niños dentro: “El pie del niño aún no sabe que es pie, / y quiere ser mariposa o manzana. / Pero luego los vidrios y las piedras, / las calles, las escaleras, / y los caminos de la tierra dura / van enseñando al pie que no puede volar, / que no puede ser fruto redondo en una rama. / El pie del niño entonces / fue derrotado, cayó / en la batalla, / fue prisionero, / condenado a vivir en un zapato […] (Estravagario, 1958).
No olvido hoy lo que aprendí de él hace ya muchos años: «el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta«. Incluso para comprender hoy este triste cierre anunciado.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Lo aprendí hace ya muchos años de Joan Manuel Serrat, cuando tomé conciencia de que estaba obligatoriamente obligado a entender el mundo al revés, del que reconozco sabía más bien poco: “Harto ya de estar harto, ya me cansé / de preguntar al mundo porqué y porqué, / la rosa de los vientos me ha de ayudar / y desde ahora vais a verme vagabundear, / entre el cielo y el mar / vagabundear”. O ir del timbo al tambo, que decía Gabriel García Márquez en sus “Cuentos peregrinos”, aunque no es la primera vez que me aproximo al mundo filosófico y ético de la ejemplaridad universal, algo imprescindible en nuestro acontecer diario y a todos los niveles imaginables. Abordé esta cuestión en un artículo publicado en 2021 en este cuaderno digital, Ejemplaridad pública, ética y real, en el que hacía referencia a un libro publicado por Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965), Ejemplaridad pública, porque es un escritor y filósofo al que admiro, sabiendo que “la propuesta de perfección” a través de la llamada “ejemplaridad” es un desiderátum de cualquier persona, para sí mismos y a la hora de analizar la de los demás, porque “[…] la perfección no existe en nuestro mundo imperfecto en el modo que existe una cosa o una persona. Su modo de ser es ideal y su residencia habitual está domiciliada en la conciencia de los ciudadanos, desde donde sugiere orientaciones, ilumina la experiencia individual y moviliza el deseo” (palabras escritas por el autor en el décimo aniversario de la publicación de “Ejemplaridad pública” (2009-2019)”.
En este contexto anímico, acabo de descubrir en mi singladura diaria el último libro publicado por este autor, Universal concreto (1), cuya sinopsis oficial explica sucintamente el gran objetivo personal de su obra: “Este es el libro que su autor siempre quiso escribir, pero hasta ahora no había sido capaz de hacerlo. Sus anteriores obras, inspiradas todas por una misma idea, son una preparación para ésta, que, por primera vez, hace de dicha idea su tema central y único. Universal concreto expone la filosofía de la ejemplaridad de manera integral, directa, breve y unitaria. Para favorecer la claridad del argumento, apenas cita obras ajenas y la relación que mantiene con las propias, sobre las que se sostiene, no es de resumen, compendio o introducción, sino que, por el carácter sistemático e independiente de la presentación, se parece más a una suma filosófica. Este libro contesta a las dos preguntas fundamentales de la filosofía: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. Lo primero conforma una ontología, lo segundo una pragmática. La respuesta en ambos casos es el universal concreto, sintagma que remite al ejemplo en cuanto caso concreto cuya regla vale también para otros. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien y por eso invita a pensar una universalidad concreta, no conceptual”.
Hubiera querido que éste fuera mi primer libro, incluso que fuera mi único libro.
Siempre me he visto como hombre de una sola idea y pasé muchos años de mi juventud dándole vueltas a cómo contarla. Daba por supuesto que una sola idea pedía un solo libro y me desvivía por imaginarme el mío. ¿Cómo sería? Ni siquiera había elegido el género literario: ¿novela, ensayo? Jugaba en mi mente con infinidad de posibilidades por ver si alguna me convencía y me sentaba a redactarla de una vez por todas. Pero ninguna valía, todas fallaban porque dejaban fuera algo importante. La visión original se iba enriqueciendo con intuiciones, facetas y conexiones, pero no se me ocurría cómo decirlo todo. Me sentía cada vez más ansioso y más impotente. La situación de atascamiento se prolongaba hasta que un buen día tomé una decisión.
Ya estaba en mi treintena cuando de pronto se me pasó por la cabeza escribir no un ensayo, sino cuatro. Entre resignado por renunciar a mi voluntad inicial y entusiasta por ver que por fin el plan funcionaba, me puse manos a la obra. Terminado Imitación y experiencia en torno al cambio de milenio, lo publiqué hace ahora veinte años. En la siguiente década (2003-2013) salieron los otros tres de la Tetralogía: Aquiles en el gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible.
Con la aparición de la Tetralogía de la Ejemplaridad, ¿había contado finalmente lo que me había tenido en vilo tanto tiempo? Sí y no. Sí, porque la idea inspiraba cada uno de los cuatro títulos y guiaba enteramente su contenido. Pero no, porque la idea era una, la unidad formaba parte esencial de la idea, y por mi incompetencia o inmadurez había tenido que trocearla. El resto de mi bibliografía —Ingenuidad aprendida, Filosofía mundana, La imagen de tu vida, Dignidad, Un hombre de cincuenta años— desarrolló y complementó la Tetralogía sin remediar esa falta.
El libro que siempre quise escribir, en el que, por fin, lo cuento todo, es éste, lector, que has abierto. Quién sabe si mis obras previas no son más que un rodeo o preparación para ésta, en la cual, después de tanto rodar por el mundo de las ideas, expongo la mía de manera directa, breve, unitaria y sistemática, dividida en cuatro partes. Todo lo que se dice en él ya lo he dicho antes de alguna manera, pero nunca hasta ahora había hecho de ese todo el tema único de un ensayo. Los disiecta membra [elementos dispersos] de mi literatura anterior se hallan aquí conjuntados y por vez primera puede contemplarse el cuadro entero de un solo golpe de vista.
¿Por qué antes no pude escribirlo y ahora sí? Tuve la idea en la primera mitad de mi vida, la cuento en la segunda, cuando por edad me siento independiente del joven que fui y puedo ponderar cuanto entonces pensé con un juicio, una objetividad y una perspectiva superiores a las de antes. Por otra parte, los escritos que entretanto he ido publicando me han servido para conceptualizar y verbalizar esa imagen antigua que me rondaba, además de que he seguido meditando sobre ella mientras envejecía y en mil situaciones de la vida —conferencias, colaboraciones en medios, entrevistas, correspondencia privada, reseñas, conversaciones con amigos y lectores— encontré oportunidades para sopesarla, mejorarla y contrastarla.
He querido despojar el texto de notas al pie y de la cita de autores —salvo algunas excepciones literarias— para que la idea desnuda se valga por sí misma y en la lectura prevalezca por encima de todo la unidad y claridad del argumento. Apenas me cito a mí mismo tampoco, porque, aunque este libro se sostiene sobre los anteriores, de los que extrae lo sustancial de su contenido, no los resume, ni compendia, ni introduce. La relación que mantiene con ellos se parece más a una suma filosófica.
Podría entenderse este libro como un discurso de contestación a las dos preguntas fundamentales que se plantea la filosofía sistemática: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. En ambos casos, la respuesta que da es la que luce en su título, dos palabras que definen la esencia del ejemplo. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien, un caso concreto que enuncia una regla universal válida para más casos, y es a esta duplicidad a la que llamo universal concreto. Interpreto el sintagma como universalidad sin concepto, en un sentido opuesto, por tanto, al usado en sus obras por Hegel.
Una década después de la Tetralogía, vuelvo a entregar a los lectores un ensayo monográfico. Cualquiera que sea el valor intrínseco que posea, ocupa en mi corazón esa posición privilegiada que se reserva para un viejo amor, que es lo contrario de un amor viejo. Me consideraría muy afortunado si quien lo lea percibe en sus páginas ese enamoramiento intelectual con que ha sido escrito y más si se deja contagiar un poco por deseo tan exagerado.
En el artículo citado de 2021, hacía una referencia expresa al Rey, a la Corona en este país, en un momento de horas muy bajas, de una falta de ejemplaridad alarmante. Ha pasado el tiempo y todo lo allí expuesto se podría aplicar en estos momentos a determinados políticos en la actualidad, con su nombres y apellidos, especialmente a los que no son precisamente ejemplares, porque todos no son iguales, a pesar de los esfuerzos de la derecha de toda la vida y la extrema por salvarse siempre, debido a que ellos son “gente de bien”, frente a la izquierda global catalogada globalmente como “gente de mal”, algo que ya expliqué también en su momento en este cuaderno digital. Lo dije entonces y lo vuelvo a repetir ahora: el pueblo, una vez más, espera siempre actitudes ejemplares de sus gobernantes, aunque las actitudes propias “ejemplares” de quienes los critican sin compasión alguna, sean muchas veces harina de otro costal (que por ahí deberíamos empezar a manejar la cosa).
Porque, ¿qué significa ser ejemplar? Llama la atención que en este país no se introdujo la palabra “ejemplar” hasta el siglo XVIII, como adjetivo, con una sola palabra para definirla: edificativo, según el diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […], tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, publicado en Madrid por la Viuda de Ibarra, en 1787. Ser edificativo quiere decir que una persona “conmueve y excita al seguimiento de una virtud”. Es verdad que en el lenguaje ordinario que pudieron recogerla “las autoridades académicas” del siglo XVIII, no lo hicieron en este afamado siglo y sí en un diccionario de la lengua española usual, no de autoridad en el siglo XIX, lo que nos lleva a deducir que no era algo que preocupara de verdad a la población en general, menos a las monarquías y a los poderes absolutos. Aparece por primera vez, como adjetivo, en el diccionario de la lengua castellana editado en Madrid por la Real Academia Española, (5ª edición), por la Imprenta Real (sin comentarios), en 1817. Se definía como “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros” (imitazione dignus, ad virtutem provocans), que en principio sonaba muy bien, quizá mejor como máxima de un taco de almanaque de la época.
También sorprende que el lema “ejemplaridad”, adjetivo que recogía “la calidad de ejemplar”, no apareciera hasta la edición del diccionario de la Real Academia publicado en 1925. Estas disquisiciones sólo pretender contextualizar un hecho claro: los adjetivos “ejemplar” y “ejemplaridad” no pertenecían al lenguaje común de este país y su clamorosa ausencia en el argot académico traducía algo muy claro: estas palabras no se suponían de los reyes y gobernantes, a diferencia del valor de los soldados que eran casi siempre “ejemplares” para los demás. Entre “edificativo” y “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros”, anda la cosa de lo ejemplar y la ejemplaridad asociada. Así de sencillo y así de complejo a la vez, aunque de lo que sí estamos convencidos es que lo que ha pasado en la historia en reiteradas ocasiones, con muchas Coronas, Emperadores, Jefes de Estado y Presidentes, hasta nuestros días, es que todo el mundo sabía identificar qué personajes reales o no iban desnudos -de ahí el cuento de Andersen- ante los ojos pasmados de todos los que habían escuchado que el emperador llevaba un traje nuevo en su desfile ético por el mundo (el que quiera entender que entienda), también por este país y a lo largo de los siglos. Los silencios cómplices y los miedos reverenciales hicieron el resto, a lo largo de la historia, porque ya se sabía desde antiguo que “del Rey, abajo, ninguno”.
Ya sabemos por el cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, que los “tejedores” más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean los reyes -al buen entendedor en este país con pocas palabras basta para comprender la extensión de este sustantivo regio a todas las clases políticas y sociales-, porque de todo hay en esa viña del Señor). Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño, el del cuento de Andersen citado anteriormente o el de cuatro años que Groucho Marx buscaba apasionadamente para resolverle un gran problema (“¡hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“) o cualquier persona digna, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de que podamos ser otros, verdaderos ciudadanos ejemplares, porque son los que de verdad denuncian a personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores, Reyes o Reinas, Jefes o Jefas de Estado, Presidentes o Presidentas, y así sucesivamente ante cualquier rango en las cadenas de mando en el mundo actual al revés, ropa cosida puntada a puntada por modistos o tejedores -supuestamente imparciales- que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio y de clamorosos silencios cómplices.
En el contexto político en el que nos movemos en la actualidad, hay que empezar como Diógenes a buscar a políticos y personas ejemplares. Ya sabemos que lo “normal” es buscar el Norte De La Ejemplaridad en un mapa ético, que nos lleve a identificar y denunciar la dialéctica “vicios privados, públicas virtudes”, un nicho que cada vez ocupa más gente de todo tipo. Lo demás, consiste en tener cada día más claro que la ejemplaridad ética empieza por uno mismo para poder exigirla a los demás, aunque es verdad que lo que estamos viviendo en la actualidad, en relación con determinados representantes políticos y asociados (el que quiera entender, que entienda o se ubique por tanto), no es edificativo, es decir, no nos “conmueve” ni “excita al seguimiento de una virtud”. Lo que tenemos claro por ahora es que la ejemplaridad pública y ética de quienes nos gobiernan, tiene domiciliada su residencia habitual en la conciencia de los ciudadanos. Eso nos basta.
Vuelvo al último libro de Gomá, Universal concreto, quedándome ahora con una reflexión que emana de un planteamiento muy acertado: nos regimos por las leyes democráticas y por las costumbres, la ética consuetudinaria: “Las costumbres son imitaciones colectivas y, como todas las imitaciones, pueden tener por objeto un modelo o un ejemplo no ejemplar. En este último caso, las costumbres equivalen a un romo mimetismo que no cumple función política alguna y carece de simbolismo. Son de esta naturaleza las que practica la vulgaridad, que idolatra en masa ciertas notoriedades consagradas por los medios de comunicación como si se trataran de divinidades del Olimpo, cuando, en perspectiva filosófica, apenas son más que meros ejemplos sin ejemplaridad, que, en lugar de usar la inmensa influencia que atesoran para universalizar la ratio y favorecer el embellecimiento de la vida privada, entierran la vulgaridad triunfante en el mundo con toneladas de más vulgaridad. Las costumbres que van a tenerse en consideración en lo que sigue son de la otra clase: imitaciones colectivas de un modelo ejemplar, las llamadas buenas costumbres. No todas las costumbres son buenas, solo lo son las buenas costumbres, aquellas que con suavidad y tácito consenso contribuyen al cumplimiento de los fines políticos del Estado. Y son buenas costumbres democráticas las que promueven la socialización masiva y emancipadora del ciudadano, quien a causa de ellas tiene más fácil emprender la reforma pendiente”.
(1) Gomá Lanzón, Javier, Universal concreto, Barcelona: Taurus – Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2023.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
La imagen que preside hoy estas líneas la he recuperado de mi salvapantallas actual, que me recuerda todos los días, a la hora de aproximarme a la pantalla en blanco para escribir de forma especial y con alma, la presencia de un hilo conductor muy importante en mi vida a través de la lechuza (Tyto Alba), el símbolo de la filosofía, entendida como la capacidad de admirarse a diario de las personas y de todas las cosas. En este contexto, se acaba de publicar un libro de sumo interés para los que estamos cerca de aprehender el significante y significado de la sabiduría, que tantas veces he tratado en páginas de este cuaderno digital. Lleva un nombre que hace justicia a su contenido, La sabiduría de los búhos, escrito por Jennifer Ackerman, cuya sinopsis oficial nos prepara para una lectura reconfortante en medio de tanta pesadumbre humana como la que nos rodea en la actualidad: “Una maravillosa síntesis de etología, asombro y pasión por estas silenciosas y misteriosas rapaces nocturnas. ¿Por qué ejercen tanta influencia en la imaginación humana? Tienen fama por su sabiduría, ¿pero son inteligentes? ¿Actúan solo por instinto o son curiosos e ingeniosos? ¿Tienen sentimientos y emociones? ¿Por qué sus ojos miran de la misma manera que los nuestros? Ya sea que aparezcan como antiguos símbolos atenienses de sabiduría, presagios fantasmales de la muerte o los tiernos compañeros de Winnie the Pooh y Harry Potter, estas aves continúan fascinando y perturbado en igual medida. A través de una nueva investigación del comportamiento, Jennifer Ackerman ofrece una visión íntima de la vida de estas criaturas, cuya anatomía es todo un prodigio de la naturaleza. Desde las peculiaridades evolutivas detrás de su penetrante mirada y cabezas giratorias, hasta sus relaciones románticas y estilos de crianza, La sabiduría de los búhos da vida a la increíble historia natural de los búhos. Entrelazando hábilmente ciencia y arte, Ackerman viaja al mundo de este animal tan sugestivo y se pregunta por qué ha fascinado tanto a la humanidad desde el comienzo de los tiempos”.
La editorial facilita la lectura de un fragmento de la obra, el capítulo uno, Cómo entender a los búhos. Desentrañar su misterio, del que se desprende algo muy importante para situar científicamente al símbolo de la filosofía, la lechuza Tyto Alba, perteneciente a la especie Tytonidae: “Impulsar el recuento de especies y modificar el árbol genealógico de los búhos también supone una comprensión más profunda de especies de búhos ya conocidas. Al examinar más detenidamente las estructuras del cuerpo, las vocalizaciones y el ADN, los científicos están encontrando suficientes diferencias entre las poblaciones como para escindir una especie en dos o más especies. Veamos por ejemplo las lechuzas comunes. Siendo el linaje de búhos más antiguo, probablemente aparecieron por primera vez en Australia o África, se expandieron por el Viejo Mundo y ahora viven en casi todos los continentes. Como son parecidas en toda su área de distribución, en su momento fueron clasificadas como una sola especie. Pero los búhos nos enseñan que las apariencias pueden engañar. Unos estudios del ADN han revelado que las Tytonidae, el nombre científico de las lechuzas comunes, son en realidad un rico complejo de al menos tres especies, con un total de unas veintinueve subespecies. Y puede haber otras en lugares remotos que aún no han sido reconocidas. Asimismo, los investigadores han usado recientemente la genética para determinar con exactitud dos nuevas especies de búhos chillones de Brasil que habían sido agrupadas con otras especies sudamericanas: el búho chillón de Alagoas, de la selva tropical atlántica, y el búho chillón de Xingu, de la Amazonia. Los dos búhos están amenazados por la deforestación y se hallan en peligro de extinción”.
Esta singladura tan especial la justifico hoy porque leí ayer una entrevista publicada en elDiario.es, Jennifer Ackerman, naturalista: “Ojalá fuéramos como los búhos y escucháramos sin hacer tanto ruido”, realizada por Antonio Martínez Ron, que me ha parecido fascinante, sobre todo porque me ha reforzado mi aprecio por esta lechuza tan inteligente, contestando a la primera pregunta del entrevistador: “Advierte usted de que estamos ante una “cuenta atrás para la extinción de los búhos” ¿Cómo sería un mundo sin estas aves? Creo que el mundo sería un lugar mucho más pobre. Realmente le dan magia y misterio al paisaje y a la vez están presentes en las historias de muchísimas culturas. Los búhos tienen un enorme valor simbólico para los humanos, aparecen en nuestro arte y en nuestros objetos, ocupan un lugar tan importante en nuestra imaginación que no puedo pensar en un mundo sin ellos”. Asimismo, la pregunta y respuesta final de la entrevista encierra un mensaje que cobra en la actualidad importancia extrema: “Estar callados y mirar alrededor, ¿es una filosofía de vida con la que nos iría mejor a los humanos? Desde luego. ¡Ojalá fuéramos un poco más como los búhos y escucháramos más sin hacer tanto ruido!”.
Tyto Alba está muy presente en mi vida, sobre todo porque en el silencio, algo tan característico de esta especie, la capacidad de admiración se hace muy presente en nuestro acontecer diario. Tengo que reconocer que la atención es algo que me preocupa dese hace ya muchos años, quizás porque estoy educado en la necesidad de admirarme de las personas y de casi todas las cosas, como tantas veces he explicado en este cuaderno digital. Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como “el universo del entretenimiento” donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, prestándole mucha atención, por muy intranscendente que sea o supuestamente inútil, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía, hace ya muchos años, lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él. Tengo que reconocer que tener presente a Tyto Alba en mi imaginario diario, me ha abierto muchos caminos para navegar por los mares procelosos de la vida.
En 2018, el año en que Tyto Alba, la lechuza común, fue declarada ave del año por su peligro de extinción en España, escribí un artículo, 2018 ha sido un año difícil para las damas de la noche en silencio, que cobra hoy una especial importancia en el contexto de la nueva publicación, porque detecto que existe preocupación mundial por la realidad científica de estas aves. Al estar tan íntimamente ligada a la filosofía, las declaré a ambas como “damas de la noche”, con su trabajo atento y en silencio, porque son grandes desconocidas y desarrollan un trabajo extraordinario. Solo necesitan la noche en silencio para cumplir su cometido (el que quiera entender que entienda). Lo necesitamos urgentemente, porque estamos obligatoriamente obligados a filosofar y a crear conciencia crítica de lo que nos pasa, porque de lo que estamos cada vez más seguros es que no sabemos lo que nos pasa. El auténtico problema de los curiosos que nos admiramos de las preguntas que nos hacemos en vida, es que cuando nos aproximamos a ellas y las interiorizamos para aprender de las respuestas que vislumbramos, la vida ordinaria nos las cambia. Es lo que aprendí un día de Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y vuelta a empezar, porque la curiosidad -en expresión genuina del escritor Alberto Manguel – es “el motor de nuestras vidas”, en un mundo que se agota en la mediocridad ruidosa de lo cotidiano.
De ahí la importancia de leer con la atención que merece esta nueva publicación, La sabiduría de los búhos, como aviso para navegantes, descubierta por mi parte como una isla desconocida en el archipiélago mundial de la incapacidad de admiración y atención ante la belleza de la vida que tenemos los seres humanos por el actual y controvertido mundanal ruido, el que Fray Luis de León detestaba de forma especial, enseñándonos a seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido: despiértenme las aves / con su cantar sabroso no aprendido; / no los cuidados graves / de que es siempre seguido / el que al ajeno arbitrio está atenido.
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No conocen ni a su padre cuando pierden el control, ni recuerdan que en el mundo hay niños. Nos niegan a todos el pan y la sal. Entre esos tipos y yo hay algo personal.
Juan Manuel Serrat, Algo personal
Me pasa casi todos los días cuando veo un informativo en televisión o leo noticias en periódicos atómicos o digitales, en los que de forma recurrente están presentes la guerra de Ucrania, cada vez más en el olvido, la invasión sangrienta y sin límites de Gaza por parte de Israel, el camino errante hacia alguna parte de millones de refugiados, las lanchas y cayucos de migrantes que se pierden para siempre en el Mediterráneo o llegan “a la otra orilla” en un estado calamitoso, la violencia vicaria, las mujeres maltratadas, las agresiones sexuales, la corrupción política por doquier, la dura realidad de miles de niños y niñas, también adultos, que viven con amargura su realidad diferente de ser y estar en el mundo con los demás y el paro que golpea a familias completas en nuestro país, llevándolas a cifras estadísticas insoportables de pobreza extrema y exclusión social en este mundo al revés. En este contexto, me acuerdo siempre de una canción preciosa de Serrat, Algo personal, porque entre esos tipos y tipas que propician estas situaciones tan dolorosas y yo, efectivamente, hay algo personal.
Sería mucho más importante y de amplio impacto social que entre esos tipos de personas y los Estados, incluido el nuestro, también nuestra Comunidad, hubiera también algo personal, para que las consecuencias de su existencia pasaran de ser tristes noticias tristes a hechos atendidos con prioridad absoluta sobre otros, porque ya está bien de mirar hacia otro lado calificándose siempre como noticias molestas y recurrentes, porque mientras que no se actúe con contundencia política, ética y práctica, no se eliminarán del imaginario diario de nuestras vidas.
Por eso vuelvo a escuchar a Serrat, porque a esos responsables de estas situaciones “Probablemente en su pueblo se les recordará / como cachorros de buenas personas, / que hurtaban flores para regalar a su mamá / y daban de comer a las palomas. / Probablemente que todo eso debe ser verdad, / aunque es más turbio cómo y de qué manera / llegaron esos individuos a ser lo que son / ni a quién sirven cuando alzan las banderas”. El que quiera entender que entienda, aunque estoy convencido de que desde una perspectiva de ética individual y colectiva, estamos obligatoriamente obligados a entenderlo.
Ahora comprendo, mejor que nunca, que entre esa clase de tipos de personas, mediocres hasta la saciedad, personajes de negro y líderes políticos no democráticos y yo, perfectamente identificados con sus siglas nacionales e internacionales, con sus nombres y apellidos, sigue habiendo algo personal.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Cuando era niño y hacía y sentía las cosas de niño, conocí a Popeye, sus inseparables espinacas, a la enjuta Olivia y al encantador Cocoliso, personajes llegados de América para divertir también a Europa, aunque muchas de sus historietas eran de todo, menos inocentes. Hoy, leyendo un excelente artículo en ICON, sobre la verdad verdadera del rodaje de la película sobre este personaje, dirigida por Robert Altman e interpretada por un jovencísimo Robin Williams en su primer papel cinematográfico, dando vida a uno de los ídolos de mi infancia, he vuelto a encontrarme con él y su familia, con sus amigos y enemigos eternos.
Entre las diferentes etapas de este superhéroe de mi infancia, la caracterización como “marino”, fue para mi la más conocida desde su nacimiento en la tira cómica Timble Theatre de King Features Syndicate, en la edición del The New York Evening Journal del 17 de enero de 1929. Es importante recordar, por tanto, que Popeye está cerca de cumplir cien años, un personaje con estilo propio y con su intrahistoria real, creado por Elzie Crisler Segar.
Wikipedia describe bien este personaje: “En la mayoría de sus apariciones, Popeye es caracterizado como un marinero independiente con una peculiar forma de hablar y reír, músculos de los antebrazos muy desarrollados, con tatuajes de ancla en ambos, y una omnipresente pipa decaña de maíz en su boca. Tiene el cabello rojo y una prominente quijada. Varía observarlo vestido de marino con uniforme blanco o con pantalón de mezclilla azul, camisa azul marino o negra y su gorra de marino, ya sea como de capitán o pequeña. Generalmente es dibujado con su ojo izquierdo de color azul. Jamás se ha revelado cómo perdió el derecho”. Así lo recuerdo, sobre todo cuando gracias a las omnipresentes espinacas cambiaba su vida para vencer cualquier obstáculo.
Lo que nunca supe cuando era niño, es que la verdadera protagonista de esta larga historia era Olivia, quizás por el puritanismo ideológico y de falsa ética en aquellos difíciles años en América. Popeye fue, en sus comienzos, un personaje secundario, porque su aparición se debe a su trabajo como piloto de una embarcación que traslada a Olivia, a su novio Castor y a su hermano, Ham, con una misión: cazar una gallina mágica, finalizando estas aventuras arrebatando Popeye a Castor su querida Olivia, la que sería posteriormente su sempiterna novia, en una misión arriesgada para el citado puritanismo americano. Cocoliso, el hijo llegado por correspondencia, fue el otro héroe de mi infancia que formó el trío que todavía no he olvidado de mi niñez rediviva.
A pesar de que en mi casa me animaban a comer espinacas para “ponerme fuerte” (sic), como Popeye, tampoco sabía entonces que a él tampoco le hacían mucha gracia: “Los dibujos animados de Popeye fueron los primeros en sugerir que la fuerza del marino era debida al consumo de espinacas −en las tiras cómicas a Popeye no le gustaban las verduras (un tema que abordaría nuevamente Robert Altman en la película Popeye). El cortometraje de 1954 Greek Mirthology muestra el origen del consumo de estos vegetales en la familia de Popeye. El ancestro griego del personaje, Hércules, olía ajo para adquirir sus poderes. Cuando, tras contrarrestar el efecto del ajo utilizando clorofila, el ancestro de Bluto lanza a Hércules a un campo de espinacas, este, tras comerlas, descubre que le dan mayor fuerza que el ajo”.
Lo que me demuestra este recuerdo hoy, especial, en la búsqueda de la isla desconocida en la que en realidad vivía Popeye, es que cualquier parecido con la realidad de su forma y existir en el mundo, era como en sus películas una pura coincidencia. Quizás, como la que vivió el inolvidable Robin Williams, con su alma de niño, cuando interpretó de forma tan personal y controvertida a Popeye en la película de Altman, en 1980.
Escribiendo estas líneas, he comprobado que Popeye no sólo era un marino como lo recuerdo hoy, gritando a los cuatro vientos, ¡Popeye, marino soy!, cuando comenzaban o finalizaban siempre sus cortos, sino un personaje que buscaba permanentemente su isla desconocida particular, sin necesidad de comer espinacas, el lugar que tantas veces he citado en este cuaderno digital, gracias a José Saramago, el descrito por su humilde heroína en “El cuento de la isla desconocida”: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual”.
Quizás, es lo que Robin Williams legó para la posteridad en su forma de interpretar al verdadero Popeye que llevaba dentro. Es lo que me pasa a mí, porque sólo sé, al igual que Rafael Alberti, que marinero en tierra soy, buscando incesantemente islas desconocidas, aún por descubrir.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano, también en nuestro país, se calla la vida y la palabra.
El Consejo de Ministros celebrado ayer recibió por parte del Ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, un “Informe sobre la situación de la Memoria Democrática, el desarrollo de la Ley e incidencia en las comunidades autónomas”. En mi deseo de divulgar situaciones de extrema importancia social y democrática de este país, con objeto de que mediante esta información objetiva se puedan emitir juicios bien informados y no sesgados por las noticias falsas, bulos indiscriminados y opiniones sesgadas de todo tipo sobre las últimas acciones llevadas a cabo por los Parlamentos de Aragón, Valencia y Castilla y León en referencia a la futura aprobación de nuevas Leyes de Concordia, con objeto de derogar de facto la verdadera Memoria Democrática de este país, publico a continuación el citado texto del informe, obtenido de la fuente oficial por excelencia, la referencia del mismo en el Consejo de Ministros.
Creo que estamos atravesando una etapa muy preocupante en nuestro país, donde sigue avanzando de forma imparable el ocaso de la democracia existente, que muchos millones de ciudadanos y ciudadanas deseamos defender con ardor guerrero. Transcribo a continuación el informe citado, sin interpretación alguna, manifestando mi incondicional apoyo a la vigente Ley de Memoria Democrática, como ciudadano político, que cuido la democracia de este país y su memoria, así como la de mi Comunidad Autónoma, mi ciudad y mi barrio, como tantas veces he escrito en este cuaderno digital. Considero imprescindible volver a leer hoy esta Ley, porque son páginas imprescindibles que ordenan en su objeto y finalidad la recuperación, salvaguarda y difusión de la memoria democrática, entendida ésta como conocimiento de la reivindicación y defensa de los valores democráticos y los derechos y libertades fundamentales a lo largo de la historia contemporánea de España, con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales: “Asimismo, es objeto de la ley el reconocimiento de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de pensamiento u opinión, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 18 de julio de 1936, la Guerra de España y la Dictadura franquista hasta la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978, así como promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal, familiar y colectiva, adoptar medidas complementarias destinadas a suprimir elementos de división entre la ciudadanía y promover lazos de unión en torno a los valores, principios y derechos constitucionales. Se repudia y condena el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior dictadura franquista, en afirmación de los principios y valores democráticos y la dignidad de las víctimas. Se declara ilegal el régimen surgido de la contienda militar iniciada con dicho golpe militar y que, como consecuencia de las luchas de los movimientos sociales antifranquistas y de diferentes actores políticos, fue sustituido con la proclamación de un Estado Social y Democrático de Derecho a la entrada en vigor de la Constitución el 29 de diciembre de 1978, tras la Transición democrática”.
Estamos avisados, aunque nos queda algo grandioso en democracia, la palabra de denuncia, tal y como aprendí en un día ya lejano de Blas de Otero: Si abrí los labios para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra.
Desde la Transición hasta la actualidad, se han producido avances en la recuperación de la Memoria Democrática en nuestro país.
Desde la ley de Amnistía de 1977 hasta la actualidad, con la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática, unas 610.000 personas víctimas de la guerra y la dictadura franquista han sido reparadas, desde el punto de vista económico, por un montante económico que asciende a más de 25 mil millones de euros.
La Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil o la dictadura, conocida como la de Memoria Histórica, fue la que supuso un avance significativo.
Se alcanzaron logros como la publicación del mapa de fosas y se retiraron los vestigios franquistas de los bienes de la Administración General del Estado.
Durante las X y XI Legislaturas, se frenaron estas políticas, que tomaron un nuevo impulso a partir de 2018.
La Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática ha supuesto un impulso decidido y definitivo a las políticas de Memoria. Incluye el repudio y condena al Golpe militar y el franquismo y pone a las víctimas en el centro, reconociendo expresamente el papel de las mujeres en la conquista de valores democráticos.
La Ley de Memoria Democrática se vertebra en torno a grandes principios del derecho internacional humanitario: Verdad, Justicia y Reparación, como garantías de no repetición, que la nueva ley recoge como Deber de Memoria.
Una importante novedad es que el Estado asume el liderazgo de la búsqueda de las personas desaparecidas durante la Guerra y la Dictadura, como una responsabilidad de Estado, y se crea un banco de ADN.
Además, la Memoria Democrática pasa a estar integrada en la Educación pública.
Entre los avances logrados, destacan la declaración de la nulidad de las sentencias de los tribunales de excepción franquistas por motivos políticos o ideológicos o la exhumación ya de 4.500 víctimas.
Entre las acciones que se llevarán a cabo en virtud de la ley, además de seguir con las exhumaciones, se trabaja en la resignificación del Valle de Cuelgamuros; y se llevará al Consejo de Ministros la creación de tres comisiones relativas al pueblo gitano, a la restitución económica de las víctimas y al estudio de posibles vulneraciones de los derechos humanos entre 1978 y 1983.
Normativa y disposiciones autonómicas de varias CCAA
Las comunidades autónomas de Aragón, Comunitat Valenciana y Castilla y León han iniciado en el último mes y medio una revisión de la normativa sobre Memoria Democrática, derogando o intentando derogar las leyes y decretos autonómicos de Memoria Democrática.
Aragón promulgó la Ley 1/2024, de 15 de febrero, de derogación de la Ley autonómica 14/2018, de 8 de noviembre, de Memoria Democrática.
Más tarde, el 21 de marzo, se presentó en la Comunitat Valenciana una proposición de Ley de la Concordia, para sustituir a la actual Ley Valenciana de Memoria Democrática que fue impulsada en 2017.
Por último, más recientemente, el 26 de marzo, en Castilla y León se presentó una proposición de Ley de Concordia, que pretende derogar el actual Decreto de Memoria Histórica y Democrática de 2018.
La Ley aragonesa que deroga la de Memoria Democrática contiene aspectos como negar cualquier homenaje a personas que fueron prisioneras y represaliadas en campos de concentración nazis; elimina el mapa de fosas y retira el inventario de lugares de Memoria que se estaba implementando en la comunidad. Los servicios jurídicos del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática determinan que hay una vulneración de la Constitución y el Derecho Internacional.
Por otro lado, las proposiciones de ley de la Comunitat Valenciana y Castilla y León equiparan los años de la Dictadura con los de la II República y evitan condenar el franquismo.
Acciones del Gobierno
Ante estos hechos, el Gobierno de España ha determinado llevar a cabo las siguientes acciones:
Convocar, mediante el artículo 33.2 de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional (LOTC), una Comisión Bilateral con la Comunidad de Aragón, para intentar alcanzar un acuerdo sobre el cumplimiento de la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática.
Si Aragón no acepta la Comisión Bilateral para buscar un acuerdo, o aceptándola, no se alcanzara un acuerdo en los seis meses preceptivos, este Gobierno planteará un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional de la Ley 1/2024, de 15 de febrero, de Derogación de la Ley 14/2018, de 8 de noviembre, de Memoria Democrática de Aragón.
Con respecto a las proposiciones de las llamadas leyes de la Concordia de Comunitat Valenciana y Castilla y León, al igual que con Aragón, se intentará llegar a un acuerdo con ambas comunidades, pero, si persiste la colisión con la Ley Estatal de Memoria Democrática, el Gobierno acudirá también al Tribunal Constitucional.
El Gobierno incorporará en la Ley estatal las cuestiones derogadas en las leyes autonómicas. El Gobierno considera que la reparación de las víctimas es justa, y hay que restituir la verdad de una parte de la población que murió y fue enterrada en fosas comunes por defender el régimen democrático. Esta reparación tiene que ser un pilar sobre el que no haya discusión y si no lo hace una comunidad autónoma, lo hará el Gobierno de España.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
A todos los que a través de su vida se han emocionado con la copla lejana que viene por el camino, a todos los que la paloma blanca del amor haya picado en su corazón maduro, a todos los amantes de la tradición engarzada con el porvenir, al que estudia en el libro como al que ara la tierra, les suplico respetuosamente que no dejen morir las apreciables joyas vivas de la raza, el inmenso tesoro milenario que cubre la superficie espiritual de Andalucía.
Federico García Lorca, en la presentación oficial en 1922, en Granada, del l Concurso de Cante Jondo.
Sevilla, 31/III/2024
Hoy se celebra en este país, según el calendario gregoriano, el Domingo de Resurrección. Convencido, como estoy, de que en la «superficie espiritual» de Andalucía somos “escuchaores” de su dolor y de su alegría, doy un sentido muy especial a esta palabra, vinculada al flamenco, porque una cosa es cantar y tocar la guitarra, cantaores y cantaoras, así como guitarristas y, otra, escuchar, por parte de los escuchaores o escuchaoras, como le gustaba decir a Antonio Mairena: ¨[…] la actitud experimental, la búsqueda, la inquietud y la curiosidad, son cualidades imprescindibles para ser y hacer flamenco. La cantaora y el bailaor, la guitarrista o el fotógrafo que intenta captar el duende inaprensible, así como el oyente o escuchaor -que diría Antonio Mairena- buscan -o deberían buscar- no salir indemnes de la experiencia. Quiero decir con ello que el flamenco no resbala por la piel, sino que la modifica para siempre. Es un elogio de la caricia o, si quieren, una exaltación del impacto” (1). Por este motivo, he recurrido a la banda sonora de mi vida para rescatar una joya bastante desconocida en nuestra tierra, Ven y Sígueme. Un gitano llamado Mateo (1982), una obra discográfica llevada a cabo por Manolo Sanlúcar, Rocío Jurado y El Lebrijano, escogiendo hoy una canción de esta magna obra, Anunciación de la Pascua.
Lo he expresado en diversas ocasiones en este cuaderno digital: las personas que vivimos en Andalucía, que respetamos su identidad, es decir, su extraordinaria «superficie espiritual», que decía García Lorca, porque llevamos la luz con el tiempo dentro, como Juan Ramón Jiménez definía a Moguer, su pueblo y las personas que vivían en él, hemos aprendido a escuchar la vida de nuestro alrededor y llevarla al cante, al baile, al sentir cotidiano, el de todos los días. Luis Cernuda hizo también un retrato precioso del andaluz porque somos un enigma a pesar de la luz interior que el dolor de nuestra historia no olvida, siempre con el tiempo dentro, amor desbordante, pasión en nuestra música que acompaña siempre la alegría y calma el dolor, que compartimos hasta buscar la luz con el tiempo fuera, como escuchaores y escuchaoras de todo lo que se canta con el dolor de esta tierra. Nos tratamos como hermanos, cuando a veces no sabemos si somos amigos o seres lejanos, aunque lo único que sabemos, en tiempos políticos, es que unos de otros -no inocentes- lejos estamos.
Personalmente, sigo viviendo con la esperanza de que el dios que corresponda comprenda qué significa hoy ser andaluz o andaluza en Andalucía, más allá de los que nos llevan al diccionario de uso del andaluz corriente como una sola palabra, cuando lo que necesitamos es una definición urgente como personas con luz interior, pero con un enigma de fuego y nieve dentro, escuchaores y escuchaoras por definición cuando el pueblo canta y clama a través de sus “palos”, como palabras hilvanadas en la melodía del dolor diario, incluso cuando canta la “Anunciación de la Pascua”. Como lo soñó Luis Cernuda en un día ya lejano, esperando el alba de su tierra que, muchos años después, seguimos esperando para todos, sobre todo para los que menos tienen y no pueden salir a día de hoy de las jaulas de pobreza en que viven. Casi un millón de parados y otro millón de pensionistas en el umbral de pobreza, sin ir más lejos, que están entre los andaluces que llevan la soledad dentro, tal y como lo expresó nuestro paisano, sevillano y andaluz, que siempre soñó con el despertar del alba de la libertad y dignidad en Andalucía, su auténtica resurrección laica: “Sombra hecha de luz, / que templando repele, / es fuego con nieve / el andaluz. // Enigma al trasluz, / pues va entre gente solo, / es amor con odio / el andaluz. // Oh hermano mío, tú. / Dios, que te crea, / será quién comprenda / al andaluz. Con las letras de su cante jondo, desgarrado, que escucho siempre con atención reverencial para seguir luchando y viviendo en pleno siglo XXI: no te creas si te dicen que ya no sufre [Andalucía], mi pueblo, porque aunque los pobres reímos y algunas veces cantamos, la procesión va por dentro, que cantaba Ricardo Cantalapiedra en mis años jóvenes, porque el quejío del flamenco, como escuchaor, no resbala por mi piel, sino que la modifica para siempre. He comprendido bien que escuchar el dolor actual de esta tierra es un elogio de la caricia o, si quieren, una exaltación de su impacto en mi alma de secreto, para honra de Andalucía y sus gentes, tal y como lo aprendí de las palabras de García Lorca pronunciadas hace tan solo cien años, en el primer Concurso de Cante Jondo, “canto primitivo andaluz”, tal y como rezaba en el cartel promocional del evento, celebrado en Granada en los días 13 y 14 de junio de 1922.
Escuchen atentamente esta canción. La Anunciación de la Pascua, es un mensaje laico, alentador, en un Domingo de Resurrección de estos tiempos tan modernos, difíciles y rodeados de un mundo al revés, que busca la dignidad humana continuamente. No hacen falta más palabras, porque para Él, tos somos iguales, tos somos hermanos.
No temáis, ¡no!, porque el que habéis matao no está muerto, ¡no!, que ha resucitao.
Y para Él, y para Él no hay judíos ni ciegos, ni blancos ni negros, ni payos ni gitanos. Que para Él, tos somos iguales. Que para Él, tos somos hermanos.
¡Cristo ha resucitao! ¡Cristo ha resucitao! ¡Victoria, victoria, victoria de la raza humana!
No miréis tristes al cielo —gitanos, gitanos—, gitanos sin alegría, lo que hoy parece duelo —gitanos, gitanos— ya es vía y cercanía.
Venid, gitanos, venid, gitanos venid, gitanos… venid, que Cristo aquí nos aguarda.
Todos nosotros veremos el gran día de la Pascua, —¡ay, Jesús, ay, Jesús!— el gran día de la Pascua.
Cantareis con alegría —gitanos, gitanos—, decía todo el que crea, que Cristo ha resucitao —gitanos, gitanos—, comienza nuestra tarea.
Todos nosotros creemos que en Él la muerte no manda, —¡Jesús, ay, Jesús!— que en Él la muerte no manda.
(1) Ordóñez Eslava, Pedro, Flamenco y vanguardia. En un instante, un quejío y un anhelo, en Andalucía en la historia, 74, 2022, p. 41.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Como recuerdo simbólico de las 7.291 personas mayores que murieron en las Residencias de Madrid durante los primeros meses de la pandemia, sin atención sanitaria, abandonadas a su suerte; también, recordando a sus familias, porque merecen nuestro respeto y denuncia continua de lo sucedido, sin descanso, sin silencios cómplices de todo tipo, hasta que se sepa la verdad de lo que ocurrió y se depuren las responsabilidades públicas de muertes que se pudieron evitar.
Sevilla está muy presente estos días en mi persona de secreto. Hoy me acuerdo…, como decía Joe Brainard, una vez más, que en diciembre de 2018 asistí a un acto en el Consulado General de Portugal en esta ciudad, con motivo de la celebración del día de la lectura en Andalucía, en el que se homenajeaba a José Saramago y en el que su viuda, Pilar del Río, contó una anécdota sobre el origen del libro más polémico de su compañero de vida. Paseando los dos en Sevilla por la calle Sierpes, se volvió Saramago hacia el célebre quiosco de Curro situado en la zona de La Campana y allí vio escritas unas palabras que luego dieron el título a una obra preciosa: El evangelio según Jesucristo, denostada por el Vaticano, incluso en un obituario dedicado al fallecimiento del autor, en junio de 2010, a modo de libelo de repudio, de Claudio Toscani, publicado en L´Osservatore Romano (El observador romano), periódico oficial de la Iglesia Católica, bajo el título de L´onnipotenza (presunta) del narratore, que juzgaba esta obra como un “desafío a las memorias del cristianismo del que no se sabe qué salvar si, entre otras cosas, Cristo es hijo de un Padre que, imperturbable, lo manda al sacrificio; que parece entenderse mejor con Satanás que con los hombres; que dirige el universo con potestad y sin misericordia. Y Cristo no sabe nada de Sí mismo hasta que se encuentra a un paso de la Cruz; y que María fué para él una madre ocasional; y que a Lázaro se le deja en la tumba para no destinarlo a una muerte suplementaria. Irreverencias a parte, la esterilidad lógica, antes que teológica, de esos asuntos narrativos, no produce la deconstrucción ontológica buscada, sino que se enrosca en una parcialidad dialéctica tan evidente que es preciso negarle toda credibilidad”.
Aquella mirada de Saramago, en un momento mágico para Sevilla, es justo recordarla hoy, porque lo que ayer fue duda hoy se puede convertir en certeza, intentando comprender el final de aquella obra nacida curiosamente en esta tierra, cuando Dios decía: “[…]: Hombres, perdonadle [a Jesús], porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazareth y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.
Hoy, quiero recordar al ciudadano Jesús del que tantas veces he hablado en este cuaderno digital, al que descubrí con seis años en Madrid, viendo aquella película del régimen que me enseñó muchas cosas, Marcelino, Pan y Vino, entre ellas admirar a ese Jesús del madero que fue antes un niño proletario y cómo Marcelino me animó a decir en mi casa que conocía a alguien que se llamaba “dios” y que sabía que tenía un amigo imaginario de nombre Manuel, que siempre tuvo un sitio en mi alma de niño. En este mundo tan complejo, siento la ausencia de esos amigos de la infancia, de ese líder de juventud, Jesús, comprendiendo mejor que nunca lo que Saramago quería transmitir en su atrevida lectura laica del evangelio, cuando nos recordaba que su padre le decía a Jesús aquello de “ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.
Inolvidable libro, porque después de haber pasado tanto tiempo, sigo pensando lo mismo que el Nobel portugués. O lo que es lo mismo, … tras un día, otro viene, y lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza, a pesar de que sigo sin encontrar respuestas a la mayor parte de las grandes preguntas de la vida. Quizás, porque aquellas palabras agónicas del ciudadano Jesús, sobre el abandono que sintió aquel día lejano que se recuerda en la Semana Santa, ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?, nueve palabras en español, cuatro en hebreo, siguen todavía sin respuesta alguna para el común de los mortales, los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada, a los que defendió siempre Eduardo Galeano en su compromiso social y laico, entre las dudas y certezas de cada día, incluso hoy, en un sábado universal, santo y laico, por la gracia de Dios y de la democracia.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Enrique Irazoqui y Pier Paolo Pasolini, durante el rodaje de Il Vangelo secondo Matteo (1964)
Sevilla, 29/III/2024
La verdad de la historia que justifica que hoy sea un día festivo, se debe -al igual que ayer- a un relato de un héroe en su época llamado Jesús de Nazareth. Desde una perspectiva estrictamente laica, siempre me ha interesado la historia en torno a este día que, en alguna ocasión, he recogido en este cuaderno digital. Después del nacimiento de este héroe, cuentan los cronistas de la época que María, su madre, estaba loca de contenta por las cosas maravillosas que los pastores decían de su niño. También citan a una profetisa anciana de nombre Ana, que conocía muy bien a la gente del templo y hablaba a todo el mundo de las cosas del niño. Y Jesús comenzó su vida normal, creciendo en todos los sentidos.
La verdad es que los citados cronistas han sido muy escuetos en sus manifestaciones, pero constituyen en sí mismas un dato muy importante para la humanidad: es necesaria la revolución en las épocas de estancamiento social, de aburguesamiento en todos los sentidos, en las que el denominado “orden social” enloquece en detrimento de millones de personas que suelen ser los más pobres de cada lugar.
Cuentan que la clave del «éxito» de Jesús estaba en su presencia como revulsivo ante los conformismos manifiestos. Toda su vida estuvo llena de intervenciones puntuales en determinadas problemáticas personales y sociales de sus paisanos o ciudadanos próximos. Vino a llamar las cosas por su nombre, que además en hebreo o arameo, tiene una importancia vital porque allí la palabra era lo que les quedaba. La verdad es que a Jesús de Nazareth se le ha situado tan alto en la historia posterior a lo que verdaderamente ocurrió que para muchos no hay posibilidad de entenderlo en su justo sentido. Quizás el cronista Marcos ha sido el más sencillo de todos los profesionales de la época para traemos a la lectura actual una figura de Jesús rica en contenidos humanos. Su enseñanza con autoridad ética es entendida en contraposición a los profesionales de la fe de su época, es decir, se le notaba que lo que decía era importante para el mismo Jesús, se lo creía (en vocabulario actual), a diferencia de los jefes espirituales de siempre, que ya no convencían a nadie por su falta de testimonio y compromiso con las personas sencillas, pobres, marginadas y enfermos físicos, psíquicos o sociales que les rodeaban a diario.
Para un intérprete progresista de la fe o de la creencia en el ser humano, lo lógico era sufrir los reveses del poder vigente. Su muerte estaba anunciada de antemano. Nadie se debía escandalizar. Molestaba y no interesaba. Y sabía que al final se iba a quedar solo. Así fue. Se podía convertir en un desaparecido u olvidado cualquiera. Y al fin, este hombre molesto para la sociedad aletargada es eliminado por el procedimiento de la época. La misma autoridad que empadrona, es la autoridad que mata, apoyada por la institución religiosa, por la muchedumbre aborregada, que compara a Jesús con Barrabás. Esa es su miseria. Así se hizo. Muchos le delataban. La realidad es que el ciudadano Jesús se quedó solo ante el peligro del poder constituido, de los de siempre, de los que no aceptan el progreso ni en orden social equitativo, distributivo y justo.
Siendo muy joven tuve la oportunidad de conocer al director italiano Pier Paolo Pasolini a través de una película que me pareció entonces la mejor crónica visual de lo narrado anteriormente en lenguaje cinematográfico del siglo XX. Su título El evangelio según Mateo, era la justificación de una narración cruda de esta historia tan interesante y liberadora. La hizo sin concesión alguna a la tradición, resaltando en cada plano la humanidad de Jesús. Pasolini había creado una escuela digna de ser explicada. Partiendo de su modo y manera de ser, luchó por rescatar el lenguaje de los barrios más pobres de Roma, incorporándolo al cine del proletariado. Nadie se puede imaginar, sin cierta sorpresa, a Pasolini cerca de Vittorio de Sica como ayudante de dirección. Quizá esta didáctica del costumbrismo y realismo italiano llevó a nuestro autor-director de escena a revolverse y comprometerse con la sociedad a través del cine, medio de expresión no inocente y desconcertante a veces en nuestra sociedad contemporánea. El evangelio según Mateo es un claro exponente de lo explicado anteriormente.
Pasolini hizo con esta película un cine diferente, singular, diverso: “Jesús (Enrique Irazoqui) es mostrado continuamente caminando entre el desierto o entre pueblos en ruinas. Su mirada, como la de Pasolini, no evita a los leprosos ni a los cojos, sino que se detiene en ellos; la cámara, por su parte, se complace, por ejemplo, en la mano del mesías que acaricia los rostros marchitos de quienes acuden a él para encontrar salud. El contacto entre dos cuerpos alivia, de ahí la alegría del rostro de la adolescente María (Margherita Caruso) al ver regresar a José, al saber que, sin importar lo que digan los demás, él ha decidido estar con ella” (1).
Lo que verdaderamente me conmocionó, en mis años jóvenes, fue conocer que la Oficina Católica Internacional del Cine entregó a Pasolini, cuatro años después, en 1968, un premio por una obra jamás entendida desde la institución: Teorema. La posibilidad de que el Espíritu Santo entrase en cada uno de nosotros constituyó el móvil del premio. Cuando se descubrió que Pasolini volaba más bajo que el espíritu, la institución se arrepintió y explicó a los cuatro vientos su voto. El anatema estaba servido. En definitiva muy poca gente había entendido el mensaje real de la película: no es necesario invocar a los espíritus para llenarse de amor en vida, cualquier amor.
La dialéctica pasoliniana estaba precisamente en esa denuncia de la corrupción personal y social de la moral establecida, farisaica en la mayor parte de las ocasiones. El canto al hombre total a lo largo de su obra, belleza cósmica, verdad acrisolada por el amor a los cuatro vientos, la denuncia de todos los totalitarismos, incluido el del amor establecido en normas legales y religiosas más o menos vigentes, es un magnífico título de crédito para una obra jamás filmada: la de la vida de cada uno en el compromiso sencillo/difícil de existir, siendo copartícipe y compañero de los más pobres de la tierra, los pobres del Señor, que él gustaba llamar, imbuido de un marcado carácter sacral en su fotocomposición diaria de la vida, real como ella misma.
NOTA: la imagen está tomada durante el rodaje de la película de Pier Paolo Pasolini “Il vangelo secondo Matteo” (1964), que considero una obra maestra para comprender el mensaje humano del ciudadano Jesús. Figuran en ella Enrique Irazoqui, que interpretó el papel de Jesús y el director, Pier Paolo Pasolini.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la Plaza Nueva.
Federico García Lorca, en Semana Santa en Granada
Sevilla, 28/III/2024
Preparando los avíos en tierra para iniciar la singladura de hoy hacia islas desconocidas, he localizado un mapa literario que me ha recordado unas palabras en prosa de Federico García Lorca, entre la escasa obra en este género que nos legó. Se trata de unas “impresiones” sobre la Semana Santa en Granada (1), la ciudad que tanto amó y que tan mal lo trató. He vuelto a leerlas, descubriendo nuevas formas de comprender el alma secreta del poeta. Lo comparto en este Jueves Santo, porque necesito su compañía en este mundo al revés, turbulento y descreído, tan falto de horizontes próximos de grandeza democrática y ciudadana. Sobre todo, porque en plena Semana Santa, atento a las palabras del poeta, estoy lejos del “tumulto barroco de la universal Sevilla”.
El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra.
A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.
A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.
O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.
El que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla; el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá una vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada. Desde luego, se encontrará el viajero con la agradable sorpresa de que en Granada no hay Semana Santa. La Semana Santa no va con el carácter cristiano y anti espectacular del granadino. Cuando yo era niño, salía algunas veces el Santo Entierro; algunas veces, porque los ricos granadinos no siempre querían dar su dinero para este desfile.
Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial, hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez. Entonces era una Semana Santa de encaje, de canarios volando entre los cirios de los monumentos, de aire tibio y melancólico como si todo el día hubiera estado durmiendo sobre las gargantas opulentas de las solteronas granadinas, que pasean el Jueves Santo con el ansia del militar, del juez, del catedrático forastero que las lleve a otros sitios. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón.
En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los «soldaos» romanos para ensayar. Los «soldaos» no eran cofradía, como los jacarandosos «armaos» de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: «porón…, ¡chas!», y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los «soldaos» romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: «Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.
Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con ta-ta-chín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía. Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la Plaza Nueva.
Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.
El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.
La prodigiosa mole de la catedral, el gran sello imperial y romano de Carlos V, no evita la tiendecilla del judío que reza ante una imagen hecha con la plata del candelabro de los siete brazos, como los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga a veces en el pecho de los más finos hijos de Granada. La lucha sigue oscura y sin expresión… ; sin expresión, no, que en la colina roja de la ciudad hay dos palacios, muertos los dos: la Alhambra y el palacio de Carlos V, que sostienen el duelo a muerte que late en la conciencia del granadino actual.
Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaycín llaman «los tíos turistas», para ésos no está abierta el alma de la ciudad.
(1) García Lorca, Federico, Semana Santa en Granada, en Otras impresiones y paisajes. Obras completas, I (19ª edición), Madrid: Aguilar, p. 941-944, 1995.
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