En el contexto del desasosiego provocado por el apagón eléctrico masivo del pasado lunes, he recordado la excelente obra pictórica de Georges de la Tour (1593-1652), como uno de los exponentes reconocidos del tenebrismo, definido por la RAE como “tendencia pictórica del Barroco que tiende a destacar, mediante fuertes contrastes de luminosidad, la irrupción de la luz en un contexto oscuro”. Nos viene como anillo al dedo para valorar la importancia de la luz, en una operación rescate de medios simples para iluminar la vida compleja que nos rodea.
¿Por qué volver a contemplar la interpretación del tenebrismo pasado, en un día tan especial para 49 millones de personas, el pasado lunes, cuando se acercaba la noche y nos daba miedo llegar a ese momento sin luz o echar de menos casi todo, todavía con la luz natural del día? Volvieron los transistores a pilas para saber qué estaba pasando y velas, muchas velas, porque las linternas se agotaron rápidamente. Es el momento en el que me acordé de Georges de la Tour: una simple vela o una lamparilla de aceite iluminaban instantes mágicos de la vida. Pasen y vean las pinturas citadas, guardando un cierto orden cronológico, comenzando por Job, el mejor representante de la duda existencial humana, sin respuesta alguna cuando le faltaba luz para seguir viviendo, agotada su paciencia, burlándose su mujer de él según de la Tour, a pesar de lo que nos enseñaron en nuestra infancia nacional y católica sobre su fe inquebrantable:
Me emocionan tanto estas pinturas que provocan en mí un sentimiento de plenitud en mi alma de secreto, pero la emoción es algo muy diferente del sentimiento. Es un estado afectivo pasajero pero de alcance incalculable. El sentimiento, por el contrario, nos deja con un afecto permanente hacia algo o alguien. Somos emocionentes, personas que vivimos las emociones de una forma muy especial que intenté describir en un relato publicado en este cuaderno digital en 2010, Emocionentes, en el que explico la forma de vivir plenamente las emociones en nuestra vida. Emocionarse, al contemplar estas obras de Georges de la Tour, es para mí una gran respuesta sentimental al apagón actual de ideologías y creencias.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Artemisia Gentileschi (Roma, 1593 – Nápoles, 1654), María Magdalena en éxtasis, 1620-25.
Sevilla, 8/IV/2025
Hace unos años, expresé en este cuaderno digital la emoción que sentí al descubrir dos cuadros concretos de Artemisia Gentileschi, en los que la protagonista era siempre la misma mujer, María Magdalena en estado de melancolía, pero sobre todo cuando vi un tercero, el de María Magdalena en éxtasis, dando la razón a una reflexión muy acertada de Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste, porque no creo tanto en la situación de éxtasis de la Magdalena como en la de su auténtica melancolía, es decir, un estado de soledad y tristeza, un sentimiento que puede inundar el alma humana y recrearnos en él porque siempre queda la esperanza de la espera de algo o alguien que estuvo o que llegará a tiempo para hacernos felices. Contemplando esta María Magdalena, suenan muy bien las palabras de Neruda en este momento: Mariposa de sueño, te pareces a mi alma y te pareces a la palabra melancolía.
Me emociona tanto este cuadro de éxtasis, que provoca en mí un sentimiento de plenitud en mi alma de secreto, pero la emoción es algo muy diferente del sentimiento. Es un estado afectivo pasajero pero de alcance incalculable. El sentimiento, por el contrario, nos deja con un afecto permanente hacia algo o alguien. Somos emocionentes, personas que vivimos las emociones de una forma muy especial y que intenté describir en un relato publicado también en este cuaderno digital en 2010, Emocionentes, en el que explico la forma de vivir plenamente las emociones en nuestra vida.
En este contexto, he conocido un proyecto de investigación a través del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, la Universidad Rey Juan Carlos y Quirónsalud, con un título muy sugerente, Emociones a través del arte, que aporta“un análisis objetivo y cuantitativo de las emociones generadas por la contemplación de obras de arte”, uniendo arte, tecnología y salud: “¿Qué sentimosal observar una obra de arte? ¿Qué emociones despiertan el color, la composición o la mirada de un retrato? Aunque la experiencia del arte es profundamente subjetiva, nuestras reacciones pueden medirse y analizarse”.
Esta es la gran aportación científica de este proyecto, “Mediante técnicas de análisis biométrico, neuromarketing y comportamiento, y con la ayuda de la inteligencia artificial, se han identificado las emociones predominantes en 125 obras de las colecciones Thyssen-Bornemisza, descubriendo de este modo el poder transformador del arte y sus vínculos con nuestro bienestar emocional”. En concreto y a partir de los datos obtenidos en el estudio, “se ha construido una experiencia visual interactiva única donde explorar qué emociones despiertan las obras. A través debarras de colores se representan las emociones identificadas por los participantes en el estudio. Cada barra contiene una de las siete emociones analizadas: alegría, aversión, desprecio, ira, miedo, sorpresa y tristeza. Puedes filtrar por cada una de ellas y visualizar cuánto de cada emoción hay en las obras del museo”. Además, “La combinaciónde datos objetivos (mediciones biométricas) y subjetivos (autoinformes) ha permitido validar las emociones identificadas mediante herramientas tecnológicas. De este modo avanzar en la comprensión de las emociones humanas puede ayudar en la creación de aplicaciones prácticas que aprovechen el impacto del arte para mejorar la salud y el bienestar de las personas”.
He visualizado los resultados expuestos y creo que es un avance espectacular en el análisis de nuestras emociones, que muchas veces acaban en sentimientos especiales como estados afectivos duraderos que nos reconfortan. Recomiendo conocer bien este proyecto de investigación, que nos ofrece un refugio anímico en estos tiempos de turbación. La emoción ganadora ha sido la alegría, de las siete estudiadas, demostrando que “con un 26,64 % esla emoción más sentida por los participantes”. En definitiva, se ha podido constatar que “aplicaciones prácticas que beneficien directamente a la sociedada través de aquellas obras que tengan una carga emocional positiva, pueden ayudar a mejorar la calidad de vida de pacientes, médicos, familiares y otro personal de apoyo presente en los hospitales”.
Reitero lo expuesto al principio: me emociona el arte, por ejemplo a través de unos cuadros en concreto, grabados en mi memoria de hipocampo, que provocan en mí un sentimiento de plenitud en mi alma de secreto, siendo consciente de que la emoción es algo muy diferente del sentimiento. Es un estado afectivo pasajero pero de alcance incalculable. El sentimiento, por el contrario, nos deja con un afecto permanente hacia algo o alguien. Somos emocionentes, personas que vivimos las emociones de una forma muy especial, pero que las cuidamos sobre todo para que se conviertan en sentimientos. Fundamentalmente, porque son estados afectivos duraderos que permanecen siempre en nuestra alma de secreto, recordando a Rafael Alberti: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. O lo que es lo mismo, el arte sin corazón y sentimiento es eso, sólo arte.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
El Globo de Hunt-Lenox, por B. F. De Costa, con la inscripción “Aquí hay dragones”, resaltada por el círculo rojo.
Sevilla, 28/III/2025
A un buscador empedernido de islas desconocidas, las que cuenta José Saramago que existen en el cuento homónimo, tan querido por mí y tantas veces citado en este cuaderno digital que, además, figuran como hilo conductor en su entradilla y unidas siempre a la inteligencia digital, sigue llamándole la atención una referencia que se escribió por primera vez en el Globo de Hunt-Lenox (1503–1507), exactamente con la denominación latina «HC SVNT DRACONES» (es decir, hic sunt dracones, “aquí hay dragones”), como figura exactamente en la reproducción del citado Globo (enmarcada en rojo en la imagen de cabecera), concretamente en la costa oriental de Asia, vinculado probablemente con los dragones (cocodrilos de tierra) de Komodo, que habitan todavía hoy en aquella zona. Este documento milenario se conserva en la Rare Book Division de la Biblioteca Pública de Nueva York (EE.UU.), siendo importante señalar que se desconocen datos de su origen. Se sabe que “fue comprado en Paris en 1855 por el arquitecto Richard Morris Hunt, que se lo dio al bibliófilo James Lenox, cuya colección formó parte de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde se conserva en la actualidad el globo de cobre hueco que mide 112 mm de diámetro y 345 mm de circunferencia.
Expuesto lo anterior, hoy deseo resaltar la importancia de detectar en nuestras vidas la existencia de “dragones”, como figura metafórica de seres peligrosos que habitan en islas remotas, casi siempre desconocidos hasta que desembarcamos en ellas, en nuestras singladuras diarias. Hace diez años escribí una reflexión sobre la publicación de un libro precioso, Atlas de islas remotas, conocidas hasta donde había podido investigar, en el que propuse que también se debería hacer un atlas de islas desconocidas, algunas con dragones dentro, que sería maravilloso compartir en la Noosfera de miles de millones de personas que ahora vivimos en el planeta tierra. Aunque en el libro se hacía una reflexión sorprendente y, quizá, disuasoria: “El paraíso es una isla. Y el infierno también”, con “dragones” metafóricos incluidos.
Suelo subirme en este tipo de singladuras al barco que pintó Eduard Hopper en 1944, El «Martha Mckeen», situado físicamente en Wellfleet, un pueblo pequeño ubicado en el condado de Barnstable en el estado estadounidense de Massachusetts, porque me recuerda siempre que también hay que saber hacia dónde navegamos en los ríos de la vida, que suelen dar a la mar e islas desconocidas casi siempre, donde puede haber dragones, gente de mal, y a qué puerta se llama de las ofertas reales de este vivir cotidiano para descubrir el amor que lo mueve todo, pero saliendo cada uno de sí mismo para contemplar lo que hay que cambiar en cada persona de secreto para compartirlo con los demás. En esas islas, junto a esos dragones de Lenox, ¡estamos avisados!, sabemos que para desembarcar y entrar en ellas, existen varias puertas a modo de oportunidades, a las que podemos llamar y entrar dependiendo de nuestra actitud ante la vida: la Puerta de las Peticiones, la de los Obsequios y… la del Compromiso. Además, ese atlas de nuestras islas desconocidas, a configurar, es siempre personal e intransferible, de difícil localización por personas ajenas a nuestro barco de secreto. A menos que la mujer zurcidora, que limpia el barco, tal y como nos la presentó Saramago en su cuento, acuda también en nuestra ayuda…
Así lo escribí un día, no tan lejano, cuando describía la forma de acceder a esas islas tan necesarias para vivir con dignidad humana: “Sigo entretejiendo una telaraña digital en torno a la divulgación científica de las estructuras del cerebro humano, de la inteligencia digital, porque estoy convencido que la Noosfera es la gran aventura por descubrir en toda su potencialidad”, porque […] “El viaje de la “Isla desconocida” que me regaló en el más puro anonimato su autor, José Saramago, no se me olvidará nunca. Gracias a él, fueron 43 pequeñas páginas las que el 10 de diciembre de 2005, cuando registré este blog, aparecieron como por arte de magia en mi memoria a largo plazo como abriéndose paso, hoja a hoja, para tener un sitio preferente -intercaladas- en este cuaderno de derrota, en términos marinos. Quizá fuera porque siempre he insistido en mi vida que lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba el cuento de Saramago. Su compromiso”.
El paraíso y el infierno existen, sin lugar a dudas, en el viaje hacia alguna parte, hacia islas desconocidas, que hacemos cada día. Los dragones, también (hic sunt dracones). Quizá deberíamos aprender en el aquí y ahora de cada uno, de la misión y visión perfecta del charrán ártico, por ejemplo, que persigue un objetivo claro que siempre cumple: alcanzar las metas propuestas volando por esos mundos de dios. Porque buscar islas desconocidas, es decir, descubrir cómo somos cuando decidimos vernos desde fuera, es lo mejor que nos puede pasar en la vida sola o asociada. Al fin y al cabo, la vida se nos pasa… volando, sorteando dragones por todas partes, porque en las cartas de navegación imaginaria y digna de hoy día no figura la inscripción de Lenox.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL,
Detalle de El éxtasis de Santa María Magdalena (Marcantonio Franceschini, Bolonia, C.a. 1680)
El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!
William Shakespeare, en El mercader de Venecia
Sevilla, 18/III/2025
En los primeros meses de 2016 me acerqué por primera vez en mi vida a un instrumento musical, un clavecín, en este caso digital, para proseguir mis clases de piano, simultaneando los dos, pero interpretando en él, sobre todo, las obras de mi admirado compositor, Mozart, obviamente las de Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel y las de eximios maestros del clavecín en la escuela francesa, tales como Louis Couperin, Michel Corrette y Elisabeth Jacquet de la Guerre, entre otros.
En el contexto mundial en el que nos encontramos, recurro de nuevo a la música, porque sé que es compañera en la alegría y medicina en el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum). Concretamente, vuelvo a poner mis manos en el clavecín que junto al piano presiden el salón de mi casa, a modo de extensión de mi clínica del alma, mi biblioteca. Lo hago después de un paréntesis importante por la pandemia de 2020, donde perdí la docencia directa de mi inolvidable profesora, que siempre cuidó mi técnica con su buen hacer e infinita paciencia, ante un alumno de matusalénica edad.
El clavecín llegó a mi casa en 2016, desde Japón, atravesando mares de nubes, junto a dos láminas preciosas para intercambiarlas en su tapa, aunque una de ellas, la que denominan Latín, era la más deseada por mí después de haberla contemplado en el cuadro de Vermeer, La lección de música. El texto recoge la quintaesencia del periodo barroco, citada anteriormente: Musica laetitiae comes, medicina dolorum (La música es compañera en la alegría y medicina en el dolor). En un mundo digitalizado me sigue asombrando la belleza atómica de estas muestras de arte que se pueden ver y tocar, nunca mejor dicho.
La música es compañera en la alegría y medicina en el dolor (Musica laetitiae comes, medicina dolorum) – Leyenda que figura en una de las tapas de mi clavecín
La gran sorpresa en aquellos días fue desenvolver la segunda lámina, Ángel, para cambiar el decorado de este clave todavía no muy bien temperado a pesar de los consejos de Bach. Es un fragmento superior de un cuadro que desconocía, El éxtasis de Santa María Magdalena, del pintor boloñés Marcantonio Franceschini (Bolonia 1648-1729), censurado en esta ocasión, porque solo aparecen los ángeles laicos, tocando instrumentos de época, pero no entendiendo nada de lo que le estaba pasando más abajo a María Magdalena, que todos los pintores han representado siempre como la mala de la historia más grande de Jesús peor contada. Recuerdo ahora lo que significó para Artemisia Gentileschi, la gran pintora barroca tantas veces citada en este cuaderno digital, la figura histórica de María Magdalena a través de su melancolía, obra también maltratada por la censura de la época.
El éxtasis de Santa María Magdalena (Marcantonio Franceschini , Bolonia, C.a. 1680)
Esta lámina sacra pertenecía a la colección del director de orquesta italiano Francesco Molinari Pradelli, ya fallecido, que autorizó su reproducción a Roland, fabricante del clave digital citado, para que figurase en esta serie instrumental. Es una pintura en cobre, realizada en torno a 1680 y que acabó siendo un regalo diplomático de la ciudad de Bolonia, al Papa Clemente X, en 1709.
Es maravilloso volver a recordar esta sencilla historia gracias al mundo digital que la rodea. El clave que toco tiene registros maravillosos de claves que puedo reproducir hasta llegar al fortepiano, pasando por el órgano francés y flamenco, así como por los diversos temperamentos hasta llegar al sonido celesta. Igualmente, me aproximo de nuevo al cuadro de Vermeer donde aparece el texto en latín citado, que se puede visitar virtualmente en el Museo donde está colgado. Obviamente, tan cerca también de la pintura de Marcantonio Franceschini, que se puede conocer por diversas fuentes de Google y Wikipedia. Asimismo, de la vida del mecenas Francesco Molinari Pradelli, porque el cuadro sigue en su ciudad natal, Bolonia, aunque personalmente lo puedo contemplar todos los días, cuando abro el clave, apareciendo allí unos ángeles que seguirán observando, con censura forzada, la realidad tan humana de una mujer, María Magdalena, que solo quiso comprender un día ya muy lejano qué le pasaba a un tal Jesús, de carne y hueso, que tan bien se había portado con ella. Para que no lo olvide nunca en el mundo digital, aunque allí no esté.
Cuando nuevamente abro la tapa de mi clavecín, contemplo imaginariamente el cuadro completo de El éxtasis de Santa María Magdalena, sin censura alguna, aunque lo asocio inmediatamente con el de Artemisia Gentileschi, María Magdalena en éxtasis, sola, sin ropajes especiales ni ungüento divino, de la que se ha conocido su existencia hace muy poco, concretamente en 2014, ya que solo se tenía una referencia de ella por una fotografía en blanco y negro tomada a principios del siglo XX que se conservaba en el fondo artístico de un marchante de arte italiano. El mensaje del cuadro no deja duda alguna sobre la autoría de Gentileschi y puedo dar la razón en este momento a una expresión de Víctor Hugo: la melancolía es la felicidad de estar triste, porque no creo tanto en la situación de éxtasis de la Magdalena como en la de su auténtica melancolía, es decir, un estado de soledad y tristeza que puede inundar el alma humana y recrearnos en él porque siempre queda la esperanza de la espera de algo o alguien que estuvo o que llegará a tiempo para hacernos felices. Contemplando esta María Magdalena, suenan muy bien las palabras de Neruda en este momento: Mariposa de sueño, te pareces a mi alma y te pareces a la palabra melancolía. Hago una pausa mental y coloco mis manos sobre el teclado del clavecín, con la seguridad de que la interpretación que hago en ese momento me acompaña en la alegría del reencuentro con la música, convirtiéndose al mismo tiempo en una medicina para el dolor que siento a diario en este mundo al revés. Hoy, sin ir más lejos, por las más de 400 personas que han muerto en Gaza por un nuevo ataque por sorpresa de Israel, con el beneplácito de Donald Trump.
Una cosa más. Entrego hoy de nuevo a la Noosfera una composición muy breve de Michel Corrette, José es un buen compañero, de quien aprendo tanto, como antesala de la celebración mañana de una festividad muy apreciada históricamente en nuestro país, San José. Disfruten de ella como yo la siento cuando la interpreto en mi querido clavecín. Hoy, haciendo caso a Shakespeare, atiendo a la música.
Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL,
Antonio Machado Ruíz (Sevilla, 26 de julio de 1875-Colliure, 22 de febrero de 1939)
Sevilla, 6/II/2025 – 14:38 (CET+1)
Recibí hace unos días un comentario a mi artículo sobre Mr. Trump, Al presidente Trump no le gustó lo que le dijo ayer la obispa episcopal Mariann Edgar Budde (“radical de izquierda”, según él), del que me siento muy orgulloso de haberlo publicado con mi nombre y apellidos, en el que de forma inequívoca me tildaban de “caballero marxista”, por el contenido del mismo, supongo, acompañado de interpretaciones de las maldades del comunismo que destilaban mis palabras y que asola el mundo. La verdad es que no me ofende porque mi ideología es pública y no inocente, pero no coincide exactamente con lo que pienso y configura mi auténtico retrato, aunque genéricamente me aproxime a lo que se llama “de izquierdas”, sin sonrojo alguno, valga la curiosa expresión. “Socialdemócrata” me viene mejor, de profundas raíces cristianas que no católicas, apostólicas y romanas, vinculadas al ciudadano Jesús, como se puede comprobar en múltiples páginas de este cuaderno digital, fundamentalmente porque creo que fuera de la iglesia sí hay salvación, frente a los apologetas que manifiestan a los cuatro vientos y desde hace siglos lo contrario: extra ecclesia nulla salus. Las derechas defienden este dogma a capa y espada, por más señas. Lo que tengo claro es que no voy en su barco, porque afortunadamente todos no somos iguales.
En mi etapa de estudios universitarios en Roma, recuerdo que saqué matrícula de honor en una asignatura que seguí con ardor guerrero, Neomarxismo se llamaba, impartida por un profesor irlandés, Ambrosio McNicholl, que me enseñó a distinguir muy bien el materialismo histórico del dialéctico y, sobre todo, que en las tesis “marxistas” sobre Ludwig Feuerbach había una, la XI y última, que ha supuesto desde entonces un primer motor inmóvil, que decía Aristóteles, en mi vida, para justificar mi suelo firme (López Aranguren, dixit), como ética humana y humanista, cuando decía que lo importante no es interpretar el mundo sino transformarlo, con revoluciones incluidas: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo«. Tal cual, sin las modificaciones que introdujo Engels en 1888, cuando se publicaron las Tesis por primera vez, después del fallecimiento de Karl Marx. Sí, también soy, irremisiblemente, un “caballero marxista” de espíritu que cree en estos principios y, además, si no gustan, casi todo el mundo que me conoce sabe que, a diferencia de los de Groucho Marx sobre si no gustaban los suyos, no tengo otros. ¿Podrían llamarme, por favor, “caballero marxiano”? Quizás sería todo un acierto o respetando mis principios, ¿alguien niega que no es necesario transformar este mundoal revés en el que estamos instalados, ahora trágicamente teledirigido por Mr. Trump, junto a sus oligarquías multimillonarias y tecnológicas, en un nuevo tecnofeudalismo feroz que hace estragos por donde pasa?
Tengo que confesar que si tengo que hacer ahora un retrato personal mío, con adjetivos de todo tipo, al fin y al cabo, con palabras, es verdad que lo vivo como una oportunidad para recuperar sentimientos y emociones de la intrahistoria mía y de determinadas personas, en la clave del que describió magistralmente Antonio Machado, Retrato, así como en la interpretación dada por Bertolt Brecht de las personas cuyos “retratos” he pintado especialmente en este cuaderno digital desde 2005, cambiando el término “hombre” por “personas”: hay personas que luchan un día y son buenas, otras luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenas, pero están las que luchan toda la vida, y esas son las imprescindibles. Lo importante es que mi retrato sea de corazón, tal y como lo recogía el lema “retrato”, rastreando los diccionarios de la Real Academia Española, en el tesauro de Baltasar Henríquez, en 1679, primer documento en el que figura esta acepción para la posteridad del español, sabiendo que las palabras van a estar presentes siempre en la paleta lexicográfica del mío:
RAE – HEN B 1679 (Pág: 396,2)
Esta acepción, retratos del corazón, nunca más se recuperó, quedando en el día de hoy sólo varias acepciones que desde 1788 fueron enriqueciendo esta forma de comprender qué significaba retratar a alguien, aunque en la actualidad se mantiene un lema de resultados más pobres en nuestro lenguaje diario
RAE – TER M 1788 (Pág: 368,2)
El Diccionario de mayor divulgación del español, de la Real Academia Española, recoge a partir de 1869 (RAE U 1869 (Pág: 681,1) una acepción extraordinaria de retrato, descripción de la figura y carácter de alguna persona, que ya se ha mantenido hasta nuestros días, enriqueciéndola en la última edición oficial de 2001: descripción de la figura y carácter, o sea, de las cualidades físicas o morales de una persona, aunque habiendo perdido aquella referencia tan magistral a la que hacíamos referencia anteriormente, es decir, los retratos del corazón.
Para finalizar, me gustaría, al fin y al cabo, emular el precioso poema de Machado, Retrato, del que reproduzco a continuación unos versos, porque me siento plenamente identificado con él, mutatis mutandis, cambiando lo que necesariamente hay que cambiar, para quedarme con una idea principal, porque creo que más que caballero marxista, “soy, en el buen sentido de la palabra, un caballero bueno”: Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno; / y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Queda perfectamente claro mi retrato en unas palabras que publiqué en 2007, sobre el niño que llevo dentro, tal y como aprendí de Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez y José Saramago, retrato del corazón pintado con mis palabras que reproduzco a continuación.
Ayer cumplí 60 años. Siempre he tenido muy cerca la foto que abre hoy estas anotaciones en el cuaderno de bitácora, a los seis años, y se puede apreciar que en aquellos otros cuadernos Rubio ya se simulaban, a gusto del fotógrafo de turno, las primeras impresiones de la vida de un niño andaluz en un Colegio laico, el Sagrado Corazón de Jesús, en la calle Narváez, en Madrid, donde doña Antonia, mi querida maestra, iba llenando de afectos y sabiduría infinita (como su paciencia) la sede de la inteligencia de cada niña, de cada niño. También, la mía. Todo, en sus bolsillos, se convertía siempre en caramelos de infinitos colores. Jugábamos juntos, niñas y niños, en el patio trasero, donde en los momentos de aventuras incontroladas, poníamos una escalera de madera apoyada en el muro medianero y nos asomábamos –atemorizados- para escudriñar los rollos de película de la productora que lindaba con el Colegio, tirados en aquél otro patio, de mala manera, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño.
Imaginábamos aventuras muy particulares, como las de los patios de nuestras casas, hasta que una vez corrió la noticia de que se estaba haciendo el casting para la película “Marcelino, Pan y Vino”. Y mi familia me llevó (¡ay, el discreto encanto de la burguesía!), con mis seis años, a los estudios Chamartín y participé en aquella selección artificial en la que mi abuela me empujaba a la primera fila cuando pasaba la comitiva para la elección del futuro actor que interpretaría a Marcelino. No di la talla (Dios me recogió a tiempo…), pero conocí a Pablito Calvo, a José María Sánchez Silva, a Ladislao Vajda, el director, y todavía recuerdo el día del estreno de la película, subiendo al escenario del cine Coliseum, en la Gran Vía, dándonos un abrazo Pablito y yo y dedicándome José María su cuento, editado de forma muy cuidada. Aplausos. Fue una experiencia sobrecogedora, a mis seis años. Y siempre busqué un amigo como Manuel, el imaginario compañero de Marcelino.
Han pasado cincuenta y cuatro años y he recordado algunas experiencias grabadas en el corazón porque todavía no sabía mucho del poder de la inteligencia. El número seis, aunque multiplicado en esta ocasión por diez, permanece con toda la frescura de la mirada que captó muy bien el fotógrafo escolar. Ahí radicaba el desarrollo de la inteligencia creadora que me ha permitido llegar hasta este momento en el que recuerdo aquél día en el que el Director del Colegio, D. Enrique Berenguer, se deshacía en atenciones para que aquella ceremonia ritual quedara para la posteridad en el cerebro de un niño de Sevilla, que veía en su soledad la vida de otra forma y al que quería tanto.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA Y ORIENTE MEDIO, REPÚBLICA DEL CONGO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Crisis de identidad, angustias del desarraigo, fantasmas que acosan, que acusan: el exilio plantea dudas y problemas que no necesariamente conoce quien vive lejos “por elección”.
Eduardo Galeano, El exilio: entre la nostalgia y la creación, 1979.
Sevilla, 10/I/2025
Ayer se inauguró en la Fundación Hassan II para los marroquíes residentes en el extranjero, en Rabat (Marruecos), la exposición “Cartografía del desarraigo” del artista marroquí-español Yassine Chouati, en el Espace Rivages, que permanecerá abierta hasta el 8 de febrero. La exposición invita a una profunda reflexión sobre el exilio, el desarraigo y la soledad, a través de dibujos, serigrafías y litografías.
Con motivo de esta muestra, Yassine ha explicado su hilo conductor: “Busco transcribir la soledad y la alienación del exiliado, reconociendo al mismo tiempo los límites del lenguaje frente a la intensidad y complejidad de estas experiencias. Sin embargo, mi enfoque se distingue por su naturaleza visual y sensorial, donde busco traducir lo intangible con una puesta en escena que desestabiliza al espectador”.
Conozco bien a Yassine y las páginas de este cuaderno digital recogen muestras del respeto personal y profesional que le profeso. Quizá sea esta cercanía la que ha propiciado que me invitara a incluir en el catálogo oficial de esta exposición unas palabras mías, que agradezco profundamente, a modo de crítica artística, en su sentido helénico primigenio, es decir, procurando emitir juicios bien informados sobre su azarosa y ejemplar vida personal y profesional, en esta muestra concreta en Rabat.
Estoy convencido de que la exposición será un éxito rotundo en su país de origen y un refuerzo positivo en su trayectoria artística, en el sentido que el gran poeta andaluz, Luis Cernuda, expresó desde el exilio a sus paisanos: “Más el trabajo humano / Con amor hecho, / merece la atención de los otros”.
EL ARTE DE CARTOGRAFIAR EXILIOS
Cartografiar la vida propia es el arte de trazar, dibujar, pintar o fotografiar momentos vitales que fijan, de la mejor forma posible y hasta el último detalle, los sentimientos y emociones que nos acompañan a lo largo de la vida, a modo de guía de “instantes” que, siguiendo a Heráclito, tienen el valor de lo que ocurrió en un momento dado en el alma del artista porque nadie se baña dos veces en el mismo río. La exposición Cartografía del desarraigo, de Yassine Chouati (Tánger, 1988), artista plástico marroquí, doctor en Arte y Patrimonio de la Universidad de Sevilla (España), es un claro ejemplo, didáctico por supuesto, de lo que significa entrar en el alma desarraigada de quien vive su propio exilio, para intentar comprender el significado de los desgarros vitales que quedan grabados para siempre en la memoria del hipocampo alojada en su cerebro.
A través de cuatro cartas de navegación interior, Cartografía del desarraigo, Hogar, Ecos de distancia y Mi piel es mi hogar, Yassine nos invita a explorar su noción del tiempo de exilio en su persona de secreto y en la de todos, como afirmaba Ortega y Gasset, para que nadie convierta su obra objetiva, llena de instantes de exilio, en objetos, sino que, al visionarla, se conozca su alma, plena de experiencias existenciales irrepetibles, fugaces, pero grabadas a fuego en su memoria de artista hecho a sí mismo, a través del dibujo en negro o la pintura que muestra también el arco cromático, negando la acromatopsia humana, la de las personas ciegas al color, que tan maravillosamente explicó Oliver Sacks a lo largo de su vida, para finalizar en esta exposición con la fotografía fija y su proyección con medios audiovisuales de gran impacto emocional, “buscando siempre desestabilizar” emocionalmente al espectador.
Yassine pretende con su obra artística, presentada en esta excelente muestra, lejos del hermetismo de los academicismos canónicos al uso, exponer abiertamente “su melancolía asociada al exilio”, sin llegar a lo sentido por Víctor Hugo cuando decía que “la melancolía es la felicidad de estar triste”, porque es un artista que busca en su obra los intermedios continuos que vive en su exilio interior, lo más íntimo de su propia intimidad (intimior intimo meo) que decía San Agustín, en una dialéctica permanente entre lo que es y lo que podría ser. Lo verdaderamente atractivo de su exposición, es constatar que hay una búsqueda permanente de diálogo entre quien contempla su obra y los mensajes manifiestos del artista.
Significantes y significados están presentes en esta muestra, utilizando dibujos, serigrafía y litografías, con temas recurrentes en torno a la melancolía, la nostalgia, la muerte, el tiempo, la identidad y otras cuestionesexistenciales profundas, como la pérdida de pertenencias queridas y desarraigos dolorosos de todo tipo. No he olvidado el día que contemplé en una exposición suya en Sevilla, la imagen de un pasaporte que un día perteneció a alguien que buscaba un mundo diferente donde poder realizarse como persona digna, cruzando a la otra orilla del mal llamado primer mundo. Este espacio situaba al espectador en el estrecho de Gibraltar, donde las imágenes que se contemplan en sus cuadros recogían el sentimiento de pérdida de identidad del fenómeno migratorio, porque en esa dura travesía en busca de la dignidad, se pierde casi todo, incluso lo más preciado del ser humano, la vida.
Es en esta ocasión cuando aparece de forma esencial el niño que siempre fue Yassine en Tánger, llevando a la pintura en blanco y negro símbolos, como en las películas de los mejores tiempos del celuloide, aunque al contemplarlas se comprende bien que lo que allí figura no es como se decía en los títulos de crédito, “pura coincidencia”, sino su vida misma. En el proyecto “Hogar”, lo afirma de forma rotunda el artista: “La obra puede interpretarse como un viaje metafórico que refleja la experiencia de desarraigo y cruce del Estrecho de Gibraltar, a menudo descrita como una frontera líquida entre dos mundos”. Nadie mejor que él para expresar estos sentimientos, como estados afectivos permanentes, grabados en su alma migrante envuelta en ropaje de exilio. Como buen cartógrafo, evoca “fragmentos dispares de un mapa emocional inacabado”.
La exposición quiere dejar también una huella especial indeleble para sus visitantes, la del desarraigo, íntimamente unida al exilio en su intrahistoria, quizás uno de los espacios de más difícil comprensión, porque el autor “sabe lo que entrega” a través de sus obras, “pero no lo que se recibe”, como bien expresaba el poeta Antonio Porchia en Voces (1958). Yassine Chouati nos muestra cómo su cartografía emocional y sentimental del exilio, que conlleva inexorablemente desarraigos de todo tipo, es un esfuerzo de dibujar, pintar o fotografiar instantes existenciales a modo de piezas de un puzle humano, para ir completando una forma de ser en el mundo especial, diferente, diversa, a través de su obra. Obstinación artística y existencial en estado puro, buscando su propio sentido, el que definió de forma magistral Herman Hesse.
Sé que su piel es su casa. Yassine vive sin vivir en él porque camina siempre con ardiente impaciencia, próxima a la de Neruda, para transmitir lo que vive en sus “instantes” artísticos, expuestos anteriormente. Algo parecido a lo que describió Francisco de Quevedo en A la brevedad de la vida: Cualquier instante de la vida humana / es nueva ejecución, con que me advierte / cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana. También, porque en un reciente encuentro personal, me explicó algo muy importante en su vida artística, porque para él “lo personal es análogo a lo político, la comunicación en mi práctica se logra mediante el acto de sugerir más que de informar. Así pues, no pretendo convertir la estética en una forma de activismo, sino que, a través del arte busco plantear preguntas abiertas, interrogar al espectador y hacer que se cuestione a sí mismo”. Es lo que al fin y al cabo, pretende con esta excelente exposición.
Yassine, doctor hoy en Arte y Patrimonio en la Universidad de Sevilla, fue un niño marroquí que dejó un día ya lejano sus zapatos en la orilla de Tánger y quiso navegar hacia la libertad sin olvidar nunca su pasado, su tierra y su parentela, con un mensaje claro de revolución activa, dándole una vuelta a la forma de ser y estar muchas personas en el mundo propio y de los demás. Para que él y su pueblo, también el arte árabe en general, puedan estar arriba después de años de estar abajo, dejando de ser alfombra roja de los poderosos. Y me ha emocionado saber que gracias a personas como él podemos confiar, tal día como hoy, en que otro mundo aún es posible, respetando la migración continua en nuestro país, en Andalucía, mi Comunidad, su Comunidad también, en su país, en su pequeño mundo. En definitiva, porque nos entrega con su obra una excelente cartografía de lo que significa el desarraigo, el exilio (no por elección, según Galeano), en su alma humana.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL
La Natividad, obra pictórica de Francisco de Osona (Valencia, 1465 – Valencia, 1514 y de Rodrigo de Osona (Valencia, 1440 – Valencia, 1518), que figura este año en el décimo de la lotería de Navidad, es una obra incautada y protegida durante la guerra civil, considerada en la actualidad como “huérfana”, según se detalla en la ficha técnica del Museo Nacional del Prado, actual entidad depositaria de la misma.
La obra escogida este año es un óleo sobre tabla, realizada en 1490 (Ca.), no expuesta en el Museo, en el que “la Virgen María y San José oran de rodillas junto a Jesús recién nacido, acompañados por tres ángeles que arropan al Niño. Tres pastores se asoman desde el exterior por las ruinas del portal y, al fondo, quedan representados el buey y la mula. Tanto el paisaje idílico, como las arquitecturas típicas de las ciudades del norte de Europa, la composición, los colores gris azulados utilizados y el hieratismo de las figuras con ropas de pliegues acartonados, remiten al estilo hispanoflamenco en el que inicia su formación Rodrigo y que asimila su hijo Francisco. Esta obra es compañera de La Adoración de los Magos (P2835), también conservada en las colecciones del Museo del Prado. Probablemente proceden del retablo mayor de la iglesia de Santa María de Alicante”.
Para identificar su procedencia, el Museo señala lo siguiente: “Gonzalo Rodríguez, calle Serrano 100, 1º derecha, Madrid, 1937; Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, 1937; Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, 1941”. Intervinieron en la misma dos instituciones, la primera de la parte republicana y la segunda de la parte vencedora de la guerra, franquista, sin que hasta la fecha se haya podido devolver a su legítimo dueño o herederos. Así figura en la actualidad, depositado en el Museo del Prado desde 1937, con el número 19643 y desde 1941, con el número de inventario 1718 y con identificación fotográfica número 10889, que figura también en tiza en la trasera del cuadro. Hoy día figura en la Base de datos del Museo con la identificación, P02834. Es curioso verificar el documento de entrega al Museo del Prado de este cuadro, entre otros, el 13 de octubre de 1941, por parte de la Comisaría General del Patrimonio Artístico Nacional, organismo franquista por excelencia, en el que figura en el texto oficial de entrega en calidad de depósito, una frase final tachada nada inocente: «Depósito, Museo del Prado, de los objetos que a continuación se relacionan, los cuales juro por Dios y por su honor reconocer como de su absoluta propiedad«.
En este contexto, es relevante señalar que gracias a un estudio iniciado en 2022 por el Museo, esta obra figura entre las 70 que se encuentran en sus fondos procedentes de incautaciones durante la guerra civil (1936-1939), a las que se podrían sumar, tras una investigación interna, 7 medallas y 89 dibujos cuya procedencia en origen es desconocida. El resultado de este estudio se mostró en una exposición del Museo llevada a cabo en el mes de marzo del año pasado, Obras incautadas. Un proceso abierto, cuya sinopsis oficial recomiendo leer atentamente: «Desde hace tiempo el Museo del Prado viene revisando las obras de su colección procedentes de depósitos de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, encargada de recopilar y almacenar obras de arte de particulares e instituciones religiosas para su salvaguarda durante la Guerra Civil, o por el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, que se ocupó de la devolución de estos objetos en la posguerra. Muchos bienes culturales depositados no pudieron retornar a sus dueños porque estos no lograron acreditar la propiedad, habían fallecido, se encontraban exiliados, habían sido represaliados o simplemente eran desconocidos por no haber quedado registrados sus nombres en las actas de incautación. Por dichos motivos, parte de estos fondos huérfanos, principalmente pinturas, permanecieron en el Museo del Prado, en el de Arte Moderno o en otras instituciones museísticas. […] Los datos de procedencia, obtenidos tras la consulta de documentos de archivo o de las etiquetas y anotaciones presentes en los reversos de las piezas, han permitido trazar el periplo de estos objetos artísticos, información que el Museo del Prado pone a disposición de investigadores y ciudadanía a través de su página web».
El cuadro escogido este año para ser reproducido en el décimo de lotería de Navidad, está considerado como «huérfano», pero con su intrahistoria dentro, porque no se devolvió a su legítimo dueño. Para conocer con detalle la procedencia y línea de tiempo desde la incautación hasta el momento actual, es importante leer el informe Las obras incautadas durante la guerra civil y la posguerra en los fondos del Museo del Prado, elaborado por Arturo Colorado Castellary, Catedrático y Profesor Emérito UCM, con la participación en el equipo de investigación de Alberto García Alberti e Ignacio González Panicello, donde en la página 34 se describen todos los pormenores de la incautación, reflejándose algo muy importante sobre la situación real del cuadro, dado que esta obra “fue entregada por el Sdpan [Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional] el 13/10/1941. El acta de entrega especifica título, foto y referencia del Libro 3 de la JTA [Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico] (1964), que confirma esta procedencia. No existe acta de devolución del Sdpan a nombre de Gonzalo Rodríguez”. La última frase, destacada por mí en negrita, certifica que la obra permanece «huérfana», es decir, no se ha devuelto todavía a su legítimo propietario. Una hipótesis que habría que estudiar a fondo sería la localización del segundo apellido de la persona propietaria del cuadro, porque en ese año era muy conocido un psiquiatra que vivía en Madrid, Gonzalo Rodríguez Lafora, de ideología republicana, que motivó su exilio, siendo probable que entregara a la Junta de Incautación y Protección, los dos cuadros de Francisco y Rodrigo de Osona, uno de ellos «La Natividad», ante las vicisitudes de la guerra civil, siendo difícil su devolución por su deriva republicana, motivo que en muchos casos se esgrimió por la dictadura franquista para no proceder a las devoluciones legítimas, quedando incautados en depósitos del país y ocultos para siempre. Repito, que sería una interesante hipótesis de trabajo.
Creo que al buen entendedor con pocas palabras basta para comprender la intrahistoria, no inocente por supuesto, del cuadro reproducido en el décimo de lotería de Navidad de este año. Acostumbrado en mi vida a ver siempre, si es posible, vasos medio llenos y no medio vacíos, así como a no confundir nunca, como todo necio, valor y precio, me quedo hoy con una reflexión sobre este hecho más allá del precio a pagar por cada décimo o participaciones del mismo, dado que hoy podemos disfrutar de la obra pintada en el siglo XV por un padre y un hijo, valencianos por más señas, Francisco de Osona y Rodrigo de Osona, con el valor de poder disfrutar de esta obra de pintores naturales de una región muy dañada por la DANA de octubre pasado, entregada hoy a millones de personas para que la orfandad de la obra se supla con la ilusión de millones de compradores de lotería de navidad, al contemplarla a través de 193 millones de décimos, en busca de sueños de suerte y felicidad a raudales. También, en el fondo, viviendo este hecho con una cierta sorpresa al descubrir mediante estas palabras de su intrahistoria, que nos quedan, la procedencia del cuadro, un homenaje a la transparencia de la memoria democrática sobre lo ocurrido en la guerra civil, que hoy, simbolizada en La Natividad, como obra pictórica incautada o protegida y no devuelta a su legítimo dueño, nos recuerda momentos trágicos de este país, tan dual, tan cainita, sobre algo que nunca debió ocurrir desde la perspectiva democrática. Para que no se olvide, ni siquiera en el momento de contemplar La Natividad, en los 193 millones de décimos de la lotería de Navidad editados este año. De forma simbólica, se podrá hacer, como «dueños» legítimos del cuadro, por su valor, no sólo por su precio, por la intrahistoria que lleva dentro.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
En un mercadillo solidario de libros de segunda mano, volví a encontrarme la semana pasada con la pintora barroca Artemisia Gentileschi (Roma, 1593 – Nápoles, 1654), a través de un libro canónico de ficción sobre su vida y obra, Artemisia (Versal, 1992), escrito por Anna Banti y con un Prólogo y una traducción cuidada de Carmen Romero, filóloga y en aquel año diputada por Cádiz y esposa del presidente del Gobierno Felipe González.
Quien está cerca de la lectura de este cuaderno digital, sabe que no es la primera vez que escribo sobre esta excelente pintora, a la que he dedicado palabras especiales en torno a una obra, María Magdalena, como la melancolía, que forma parte del fondo pictórico del Museo de la Catedral de Sevilla.
Cogí el libro inmediatamente de la mesa de exposición y deposité la cantidad fijada para fines solidarios. Me detuve un momento para hojearlo y una vez más, al igual que me ha pasado en situaciones similares descritas en estas páginas, descubrí que ya había tenido un destinatario anterior a través de una dedicatoria autógrafa de la prologuista y traductora Carmen Romero. Cuando me ocurre esto, siento que no me pertenece el libro comprado, pero en esta ocasión he considerado que es un regalo de la economía circular en beneficio de los demás y, en el caso de la autora del libro y su traductora, una forma de mantener viva la dignidad de la Gentileschi, una mujer extraordinaria que sigue siendo un ejemplo a seguir a través de los siglos.
En una entrevista en 2020, con motivo de la celebración de una exposición dedicada a Artemisia en la National Gallery, en Londres, Carmen Romero explicó su admiración por Anna Banti que la llevó a traducir el libro citado, que me ha permitido un nuevo encuentro con la pintora: “Leí también algunos de sus relatos, Le donne muoiono y el último que escribió, Un grido lacerante. La Banti es una personalidad compleja porque comenzó siendo ensayista de arte y acabó en la literatura. Cuando su marido, Roberto Longhi, publicó el ensayo Gentileschi, padre e figlia en 1916 ella supo que tenía que darle una vida a Artemisia. Que el ensayo no lo había dicho todo. Y estuvo entre esos dos campos, el del arte y la literatura, pero fue una figura muy destacada en la vida intelectual de la Florencia de esos años. Y después Artemisia la hizo muy conocida y apreciada en Italia”.
Igualmente, afirmó que traducir este libro no fue por respeto a una novela histórica o un tratado artístico, sino por algo mucho más importante: “Es casi un manifiesto en defensa de Artemisia. Y creí que no podía simplemente disfrutarlo, que tenía que darlo a conocer. Me parecía que una obra que tanta relación guardaba con esa celebración de la mujer que supera todas las barreras escondía un gran tema. Y además era el barroco español, porque era el claroscuro en la pintura, que para los italianos es la herencia española y no lo era porque tiene toda la ascendencia florentina. Al final de su vida ella había vivido en Nápoles, que entonces era española, y allí murió. No podía estar desaparecida. Y la Banti había escrito un buen relato”.
Agradezco este regalo de la vida. En mi relación de lecturas pendientes estaba hasta la semana pasada este libro de Anna Banti, ensalzando la vida y obra de Artemisia Gentileschi. Es verdad que no olvido a esta artista extraordinaria y esta incorporación a mi biblioteca, a mi clínica del alma, me permite reencontrarme con ella para agradecerle su magna obra, sobre todo volver a contemplar su María Magdalena, como la melancolía, tan próxima en mi ciudad, porque con sus trazos he comprendido perfectamente qué significa la melancolía en el ocaso mundial de la democracia, que tanto afecta mi alma de secreto, en tiempos tan difíciles, modernos y convulsos, es decir, un estado de soledad y tristeza que puede inundar el alma humana y recrearnos en él porque siempre queda la esperanza de la espera de algo o alguien que estuvo o que llegará a tiempo para hacernos felices. Es lo que siento aquí, en Sevilla, cuando contemplo “su” María Magdalena, porque suenan muy bien las palabras de Neruda en ese momento mágico: Como todas las cosas están llenas de mi alma emerges de las cosas, llena del alma mía. / Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, y te pareces a la palabra melancolía.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
La visión de IKEA es crear un mejor día a día para la mayoría de las personas
Ingvar Kamprad, fundador de IKEA
Sevilla, 29/XI/2024
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el Museo de Todos según figura en su eslogan, acoge desde el pasado martes y hasta el 6 de enero de 2025, una exposición temporal, IKEA y el arte del hogar. Diseño para un mejor día a día, en la que se “propone un recorrido por las salas del museo que invita al visitante a un apasionante viaje histórico y artístico. A través de una selección de obras maestras de la colección permanente, que culmina en un espacio expositivo en el que la firma sueca nos abre las puertas de su historia, reflexionaremos sobre las transformaciones estilísticas y de función que durante seis siglos han experimentado los hogares, hasta llegar a la democratización del diseño en el siglo XX, concepto del que IKEA es máximo exponente”.
La sinopsis oficial de esta exposición, resalta algo esencial para comprender su alcance: “La búsqueda de versatilidad, funcionalidad, belleza y comodidad en el hogar a lo largo de la historia, nos lleva hasta IKEA como el exponente del triunfo del planteamiento del diseño democrático. Esta idea que nació como un sueño, como una aspiración social, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, se convierte en realidad en lacompañía fundada por Ingvar Kamprad mediante las cinco dimensiones esenciales en las que basa su producción: forma, función, calidad, sostenibilidad y precio bajo. Estos cinco pilares son el resultado de algunas de las ideas reflejadas en las obras del recorrido y los podremos analizar en profundidad en la propuesta que IKEA ha preparado para la Sala Rodin”.
Ingvar Kamprad, fundador de IKEA (acrónimo de las iniciales de su fundador Ingvar Kamprad (I.K.) más la primera letra de Elmtaryd y Agunnaryd, la granja y la aldea donde creció)
Para comprender el motivo de esta muestra tan sorprendente, nada mejor que leer con la atención que merece el espacio dedicado al Manifiesto del Diseño Democrático de IKEA, porque nos permite comprender la quintaesencia empresarial de esta aventura dirigida por su fundador, Ingvar Kamprad, reformulada “de una manera más pormenorizada en el libro que se presentó en la Feria del Mueble de Milán del año 1995, junto a la colección que resumía el espíritu del proyecto: la colección IKEA PS”. Creo que es de especial interés recoger en estas palabras el extracto del citado Manifiesto resaltado por el Museo: “Queremos agitar el mundo, hacerlo un lugar mejor. Y decidimos empezar creando un mejor día a día. Uno que fuera más humano, divertido, simple, práctico y bonito. Y queremos que el mayor número de personas puedan experimentar ese mejor día a día. […] Nuestra misión parece casi imposible: combinar formas atractivas con una gran función, una calidad que perdure, una producción cuya cadena de valor sea sostenible y a un precio bajo. […] Creemos firmemente que es posible integrar estas cinco dimensiones y a esto lo llamamos Diseño Democrático IKEA”.
Me ha sorprendido que de las 16 obras del fondo del Museo elegidas para esta interesante muestra pictórica, se encuentre una muy significativa, El espejo psiqué (1876), de Berthe Morisot, pintora a la que dediqué en 2021, un artículo, Berthe Morisot pintó siempre el mejor blanco de su vida, en el que analicé curiosamente esta obra, centrándome sobre todo en el espejo y en la luminosidad que aporta siempre el color blanco, tan preferido por IKEA. El Museo Thyssen analiza detalles importantes de esta obra, tales como la luz y la ventilación, que crean un ambiente especial en la habitación retratada, “el sillón de muelles de acero que seguramente pintó aquí Morisot, una de las aportaciones del momento, como también el capitoné que acentúa su aspecto mullido. Tapicería y cortinas perfectamente conjuntadas unifican la composición y contribuyen a crear la sensación de bienestar y recogimiento de una estancia, ahora sí, estrictamente privada, con la que la protagonista del cuadro parece de alguna manera mimetizarse”. Y…, el espejo de vestir o espejo psyché, estilo Imperio, que se sabe que pertenecía a Berthe Morisot: “¿acaso es ella misma la que se mira en él? Un encuentro de una mujer consigo misma, en cualquier caso, pintado por una artista, en un gesto que habla de reconocimiento y autoafirmación, así como de esa creciente necesidad de encontrar un espacio propio, en la casa y fuera de ella”.
IKEA aporta en esta exposición su visión revolucionaria de la democratización del diseño, para que las personas alcancemos la felicidad democratización cada día en el espacio en el que vivimos, estamos y somos, cumpliendo los objetivos de su Manifiesto de 1995, agitando el mundo, para hacerlo cada día un lugar mejor, “más humano, divertido, simple, práctico y bonito. Y queremos que el mayor número de personas puedan experimentar ese mejor día a día. […] Nuestra misión parece casi imposible: combinar formas atractivas con una gran función, una calidad que perdure, una producción cuya cadena de valor sea sostenible y a un precio bajo. […] Creemos firmemente que es posible integrar estas cinco dimensiones y a esto lo llamamos Diseño Democrático IKEA”. Ese es su gran éxito mundial, que perdura hoy día en un siglo muy complejo en el que, por ejemplo, la vivienda humana sufre la violencia injusta del mercado y los mercaderes, sin mezcla a veces de bien alguno.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Yassine Chouati (Tánger, 1988), Yo soy el pueblo, Welcome, 2016 / JA COBEÑA
Sevilla, 8/XI/2024
No es la primera vez que me acerco en estas páginas digitales a la realidad personal y profesional de Yassine Chouati, artista plástico marroquí (Tánger, 1988), doctor en la actualidad en Arte y Patrimonio de la Universidad de Sevilla. He hablado con él recientemente y me ha regalado un ejemplar de su tesis doctoral, defendida con ardor árabe, con un título complejo que refleja su identidad como persona y profesional del arte, Reinterpretando la alteridad: hacia una comprensión decolonial del arte árabe contemporáneo emancipada de prejuicios y expectativas exotizantes. Me lo ha explicado con su rigor científico habitual y, sobre todo, con conciencia de clase, algo que hoy brilla por su ausencia en la humanidad. No es lo mismo abordar cuestiones tan complejas desde el sentimiento de clase que desde la conciencia de pertenecer a una clase golpeada por la deshumanización de la vida.
Su punto de partida es ya un programa académico y ético en toda su extensión: “Esta tesis se basa en la premisa de que la Globalización, a pesar de su aparente objetivo de promover la diversidad cultural, trae consigo una serie de prejuicios heredados de la época colonial, que se proyectan sobre los artistas no occidentales y sus prácticas. Así, en lugar de enriquecer la diversidad de códigos estéticos, transforma las obras de los y las artistas no occidentales en un instrumento de estudio antropológico centrado en la diferencia”. Me ha llamado poderosamente la atención “la importancia de la construcción de una conciencia colectiva decolonial que permita lograr una comprensión más profunda y significativa de la alteridad. En esta línea también sopesamos que es crucial insistir en la necesidad de superar la lógica de la subalternidad, esa forma de violencia conceptual que concibe al Otro como un ente pasivo que hay que describir unilateralmente. De hecho, nuestra propuesta de innovación a este respecto consiste en las corrientes habituales de conocimiento que se desarrollan sobre las practicas artísticas no occidentales destacando la voz de algunos artistas árabes, especialmente de la diáspora”.
La tesis, en su conjunto, cumple los objetivos expuestos anteriormente, aunque su mejor resultado pretendido es reflejar en un voluminoso texto de 410 páginas, su proyección artística postdoctoral basada en los resultados de la investigación expuesta en la tesis, explorando la intersección sobre la teoría y la práctica en el arte. Yassine abandona el “nosotros” recurrente de la tesis, como un heterónimo plural, para pasar al Yo, presentando una producción inédita artística desarrollada en paralelo con la investigación teórica. En resumen, Yassine pretende con su obra artística práctica, lejos del hermetismo de los academicismos canónicos al uso, exponer abiertamente “su melancolía asociada al exilio”.
Me ha resultado sorprendente su confesión íntima de la búsqueda de resultados prácticos que se desprenden de su teoría artística, porque considera que “lo personal es análogo a lo político, la comunicación en mi práctica se logra mediante el acto de sugerir más que de informar. Así pues, no pretendo convertir la estética en una forma de activismo, sino que, a través del arte busco plantear preguntas abiertas, interrogar al espectador y hacer que se cuestione a sí mismo”.
Leyendo de forma pausada su tesis doctoral, he sentido lo mismo que cuando acudí a su exposición aquí en Sevilla en 2016, “Yo soy el pueblo”, comprobando que mantiene su coherencia. En aquella ocasión, asistí a la presentación de los tres espacios que recogían su obra preparada para una muestra de arte y compromiso social, proponiendo una vez más el hilo conductor de su conciencia de clase, una reflexión sobre el otro y la distancia, algo que él conoce desde las orillas de Tánger, donde siendo un niño preguntaba a su padre por qué había allí tantos zapatos, sandalias y objetos abandonados, de la misma forma que los representaba en el primer espacio de su obra dedicado a un saludo libertario “Welcome”. En una pared blanca de ese espacio, desnuda, se encuentra un pequeño cuadro de la composición que de forma aislada, como lo que intenta representar, encierra la imagen de un pasaporte que un día perteneció a alguien que buscaba un mundo diferente donde poder realizarse como persona digna, cruzando a la otra orilla del mal llamado primer mundo. Este espacio situaba al espectador en el estrecho de Gibraltar, donde las imágenes que se contemplan en los cuadros recogen el sentimiento de pérdida de identidad del fenómeno migratorio, porque en esa dura travesía en busca de la dignidad, se pierde casi todo, incluso lo más preciado del ser humano, la vida. Pretendía en aquella exposición demostrar que necesitamos darnos de bruces con esa realidad, tan cerca de Andalucía, como aviso para navegantes de la dignidad, para que interpretemos qué significa partir a pesar de todo, dejando atrás lo que nos pertenece, casa, tierra y parentela en un éxodo redivivo. A través del segundo espacio, “Crónica”, nos situó en la realidad revolucionaria del necesario cambio social a favor del pueblo, a través de nueve dibujos litográficos del político activista marroquí Ben Barka, secuestrado y fallecido bajo extrañas circunstancias en París, en 1965, donde se pretendían representar nueve formas diferentes de cómo se puede llegar a manipular la auténtica razón de ser, vivir y morir del que asume el rol de libertador de la gente, del pueblo, a pesar del mundo acomodado en el confort humano que no le importa participar todos los días en silencios cómplices: “La manipulación del rostro del político es, en este sentido, una metáfora del bombardeo de imágenes e informaciones sesgadas a que estamos sometidos”, tal y como ocurrió en el denominado “asunto Ben Barka”. Nuevo aviso para navegantes de la libertad, de la revolución, por parte del autor.
La exposición finalizaba con un tercer espacio, “Revolutio”, en la que sobre su querido “suelo” figuraban trece litografías con las banderas de trece países árabes que se completarían hasta llegar a las 22 de los que conformaban ese año la Liga de Estados Árabes, tal y como lo explicaba in situ Yassine como hilo conductor de su obra: “El proyecto parte de un juego semiótico basado en el origen del término “revolución”, que expresa la idea de dar la vuelta a las cosas, de poner arriba lo que está abajo y abajo lo que está arriba. De esta forma, las banderas, que supuestamente debieran ondear, se disponen consecutivamente sobre el suelo, creando una línea que recuerda a las alfombras rojas con las que se honra el paso de los jefes de estado en sus visitas oficiales”.
Aquella clase práctica de Yassine, la vivo hoy de nuevo enmarcada con las palabras finales de su tesis doctoral. Tengo que seguir leyendo atentamente sus páginas, capítulo a capítulo, porque cada uno de ellos está colmado de mensajes para deconstruir conceptos mundiales sobre el arte árabe, mediatizados siempre por el color con el que los pinta Occidente. Hablé la semana pasada con Yassine, una vez más, sobre asuntos de su persona de todos y la de secreto, junto a Dámaris, su esposa, mi profesora de violín, a quien tanto aprecio. Recordé de nuevo su infancia en Tánger, de cómo siendo niño proletario ofrecía a turistas lo que el mercado aconsejaba como mercancía de turno y que me conmovía como fenómeno social cada vez que yo viajaba a esa ciudad en años importantes para las encrucijadas de mi vida, tiempo de silencio en el que conocí a Brahim Jebari, un pintor afincado en Asilah (Tánger), a quien también he dedicado palabras de respeto y admiración en este cuaderno digital, porque aprendí aspectos maravillosos de la cultura árabe y conciencia de clase.
Yassine, doctor hoy en Arte y Patrimonio en la Universidad de Sevilla, fue un niño marroquí que dejó un día ya lejano sus zapatos en la orilla de Tánger y quiso navegar hacia la libertad sin olvidar nunca su pasado, su tierra y su parentela, con un mensaje claro de revolución activa, dándole una vuelta a la forma de ser y estar muchas personas en el mundo propio y de los demás. Para que él y su pueblo, también el arte árabe en general, puedan estar arriba después de años de estar abajo, dejando de ser alfombra roja de los poderosos. Y me ha emocionado saber que gracias a personas como él podemos confiar, tal día como hoy, en que otro mundo aún es posible, respetando la inmigración continua en nuestro país, en Andalucía, mi Comunidad, su Comunidad también. Todo un ejemplo a seguir. Su tesis doctoral es una exposición extraordinaria de lo que significa ser coherentes en la vida y de cómo la sociedad debe respetar siempre la alteridad, la realidad del Otro, sin “prejuicios ni expectativas exotizantes”. He tomado conciencia, al leerla, de que su arte plantea preguntas abiertas, me interroga como espectador y hace que me cuestione a mí mismo mis juicios previos a la hora de interpretar su obra artística.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL