Hoy es un día especial para ganar la luz con el dolor de los ojos

He venido a escuchar otra vez esta vieja sentencia en las tinieblas:
Ganarás el pan con el sudor de tu frente
“y la luz con el dolor de tus ojos”.
Tus ojos son las fuentes del llanto y de la luz.

León Felipe, en El dolor (Ganarás la luz1975)

Sevilla, 1/V/2022

Dedicado de nuevo, en la celebración del Día Internacional del Trabajo, a todas las personas que crecimos con el mensaje bíblico de las primeras palabras de Dios sobre el trabajo humano, aquello de conseguir el pan con el sudor de la frente, para que comprendamos junto a León Felipe, de nuevo y con sus palabras llenas de exilio interior y físico, que una de sus razones laicas es que se puede ganar con el trabajo digno la luz para iluminar el sentido de nuestras vidas.

Vuelvo a publicar, contextualizándolas en la realidad actual, las palabras que he dedicado en años anteriores a esta celebración, porque hoy día siguen teniendo el mismo valor, es más, no sólo hoy por ser fiesta laboral nacional, sino porque cada día que pasa en cada hoja de calendario personal o familiar, sin que tengamos que esperar a celebrar nada, sí debemos recordar con cierta amargura la situación de miles de personas y hogares españoles que siguen en el paro y con un horizonte muy complicado para encontrar trabajo y la dignidad asociada. Los «nadies» de siempre, a los que definió magistralmente Eduardo Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida…

Las palabras que siguen, en un poema desgarrador de León Felipe, El dolor, tienen hoy un sentido especial en el contexto de la Reconstrucción del Mundo después de la terrible pandemia y por la invasión de Ucrania. Obviamente, por su alcance en miles de trabajadores, en este día tan especial, La lectura de este poema simboliza también el mejor homenaje a las personas que desean dar un nuevo sentido a la vida a través del trabajo digno, bien remunerado y desarrollado con todas las garantías de realización personal, más allá de reconocerse como «recursos humanos», tal y como nos recordaba Eduardo Galeano, porque somos seres humanos, mucho más que nadies que necesitan trabajar a diario. Con ojos que son fuentes del llanto y de la luz, muy lejos de la maldición bíblica.

El dolor

No he venido a cantar
No he venido a cantar, podéis llevaros la guitarra.
No he venido tampoco, ni estoy aquí arreglando mi expediente
para que me canonicen cuando muera.
He venido a mirarme la cara en las lágrimas que caminan hacia el mar,
por el río
y por la nube…
y en las lágrimas que se esconden
en el pozo,
en la noche
y en la sangre…

He venido a mirarme la cara en todas las lágrimas del mundo.
Y también a poner una gota de azogue, de llanto,
una gota siquiera de mi llanto
en la gran luna de este espejo sin límites, donde
me miren y se reconozcan los que vengan.
He venido a escuchar otra vez esta vieja sentencia en las tinieblas:
Ganarás el pan con el sudor de tu frente
“y la luz con el dolor de tus ojos”.
Tus ojos son las fuentes del llanto y de la luz.

Todo lo expuesto tiene hoy un sentido especial, sin quitar un ápice de importancia a la luz que este tiempo tan complejo lleva dentro, cuando el trabajo de cada día, de cada uno, de todos, es digno. Ganar el pan con el sudor de nuestra frente ha sido el hilo conductor de las personas a lo largo de los años y todo por un «error humano». Así lo aprendió mi generación desde que tuvimos uso de razón. Dios lo tuvo claro desde el principio de los tiempos, porque frente a la creación de los cielos y la tierra, de los mares, que ya eran buenos por sí mismos, la del hombre vio que era muy buena, así como la de la mujer. Pero había un motivo que pesó mucho en la tradición oral de los pueblos ribereños, cerca del Tigres y del Éufrates y tenía que ver con una sospecha de ese Dios creador acerca de los problemas que podría tener el hombre si se quedaba solo cuando comenzaba a vivir. Y esa situación tan llamativa llevó a Dios a la creación de la mujer.

El problema vino después, cuando se quedaron solos los dos. Ahí comenzó la historia tan difícil del ser humano, la del dolor del mal hasta nuestros días. Al fin y al cabo, todo tiene que ver con la soledad cuando nos enfrentamos ante el bien y el mal: “por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada. Además, habría que ganar desde entonces el pan con el trabajo, con el sudor de la frente. A partir de ese relato, el enfado de Dios se hizo presente hasta nuestros días, incluído el trabajo humano considerado como «castigo divino». Por eso he leído tantas veces a León Felipe, porque necesito creer que puedo ganar la luz de la vida a través del dolor de mis ojos, incluso por el trabajo con amor hecho, como decía Luis Cernuda. El relato bíblico es eso, sólo un relato, porque en este Día Internacional del Trabajo, mis ojos son las fuentes «del llanto» por los desempleados del mundo y, «de la luz«, por los que luchan todos los días, los imprescindibles de Bertolt Brecht, por un trabajo digno para todos.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de México recuerda a León Felipe como símbolo del exilio español (eluniversal.com.mx).

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Una cita especial con Federico García Lorca

Federico García Lorca, escultura de Juan Antonio Corredor, situada en la Avenida de la Constitución, en la ciudad de Granada / JA COBEÑA

Granada, 21/IV/2022

Llevo a Federico García Lorca en mi memoria de hipocampo, la que me entrega siempre sentimientos y emociones especiales. Hoy, me he cruzado con él y le he prometido que volvería en unas horas para estar sentado a su lado, un rato, en su banco eterno de la Avenida de la Constitución, en Granada. Así ha sido y le he susurrado al oído que quería llevarme un recuerdo en el corazón de este encuentro en el que él ha sido el gran protagonista. Le he comentado que me acuerdo de su vida y obra muchas veces a lo largo de cada año y le he contado que escribo muchas páginas sobre acontecimientos preciosos de su vida en este cuaderno digital.

Él ha mantenido silencio y me ha contado en voz baja que se acuerda de la última vez que lo visité, aquí en Granada, el 25 de enero de 2017, porque sabía que tenía una deuda con él, entre otras muchas: visitarle en la casa de verano, en Huerta de San Vicente, 6. Se acordaba de que aquél día escribí unas palabras en su jardín, después de haber visitado las estancias (sabe que me encanta esta palabra) en las que él escribió, en el periodo 1926-1936, gran parte de su obra. Hemos comentado esta tarde cómo sentí algo especiaL al ver sus pinturas, por ejemplo la que le regaló Alberti como recuerdo del inicio de su amistad y otras entrañables en representación breve pero con sentido histórico para quien las quiera recordar ahora y siempre en la memoria de todos y en la de secreto. Dice que se emocionó cuando estuve cerca de su piano y cuando le conté que todos los lunes tocan para que no se apague su sonido, el que él obtenía de sus notas. Sabe también que me bastó ese detalle para recordar una visita breve, buena, que se convirtió aquél día en dos veces buena.

Detalle de la escultura de Federico García Lorca, obra de Juan Antonio Corredor, situada en la Avenida de la Constitución, en la ciudad de Granada / JA COBEÑA

Cuando veía hoy en sus manos, una obra muy querida por él, El Romancero gitano, ha venido a mi mente un recuerdo especial del encuentro en 2017: su preciosa mesa de escritorio, su «fábrica de versos», porque comprendí mejor que nunca sus palabras de compañía eterna: «Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo; pero que todos sepan que no he muerto» (1). Es verdad, porque lo he sentido muy cerca. Es lo que me ha pasado hoy cuando me he sentado junto a él, en bronce inmovilizado, en un país ya libre, en una avenida de la Constitución que él siempre hubiera abrazado. Y le he puesto mi mano sobre las suyas, despidiéndome de este encuentro como si no hubiera pasado tiempo alguno. Para mí, porque no ha muerto, como él decía y porque sigue vivo en mi persona de secreto. Le he dicho que no lo olvido, en una fría tarde de su Granada querida. Su mirada lo decía todo.

(1) Gacela de la muerte oscura, en Diván del Tamarit, 1936.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

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El júbilo de la primavera, según Cernuda, vence la desesperanza y el miedo

Ramón Gaya, Retrato de Luis Cernuda, 1932

Pero la primavera está ahí, loca y generosa. Llama a tus sentidos, y a través de ellos a tu corazón, adonde entra templando tu sangre e iluminando tu mente

Luis Cernuda, en Ocnos

Sevilla, 21/III/2022, Día Mundial de la Poesía

Cuando llega esta estación, la primavera en Sevilla, Cernuda me recuerda siempre cosas importantes con su prosa poética, porque lo único que sabemos es que no sabemos en realidad lo que nos pasa y él nos ayuda a entenderlo (1), fundamentalmente porque estamos atravesando una etapa histórica plagada de dificultades y sinsentidos. En este caso, cuando canta a la primavera recordando a su tierra natal desde la tragedia del exilio, añorando cómo la naturaleza cuida a Sevilla:

Este año no conoces el despertar de la primavera por aquellos campos, cuando bajo el cielo gris, bien temprano a la mañana, oías los silbos impacientes de los pájaros, extrañando en las ramas aún secas la hojosa espesura húmeda de rocío que ya debía cobijarles. En lugar de praderas sembradas por las corolas del azafrán, tienes el asfalto sucio de estas calles; y no es el aire marceño de tibieza prematura, sino el frío retrasado quien te asalta en tu deambular, helándote a cada esquina.

Abstraído en este imaginar, marchas con nostalgia por la avenida del parque, donde revuela espectral a ras de tierra y te precede, fugitiva ala terrosa, una hoja del otoño último. Tan reseca es y oscura, que se diría muerta años atrás; imposible su verdor y frescura idos, como la juventud de aquel viejo, inmóvil allá, traspuesta la reja, hombros encogidos, manos en los bolsillos, aguardando no sabes qué.

Al acercarte luego, hallas que el viejo tiene a sus pies manojos de flores tempranas, asfodelos, jacintos, tulipanes, de vívidos colores increíbles en esta atmósfera aterida. Casi da pena verlas así, expuestas en mercado norteño, como si ellas también sintieran su hermosura indefensa ante la hostilidad sombría del ambiente.

Pero la primavera está ahí, loca y generosa. Llama a tus sentidos, y a través de ellos a tu corazón, adonde entra templando tu sangre e iluminando tu mente; quienes a la invocación mágica, a pesar del frío, lo sórdido, la carencia de luz, no pueden contener el júbilo vernal que estas flores, como promesa suya, te han traído e infundido en tu miedo, tu desesperanza y tu apatía.

La primavera, con su luz y fragancia de azahar en Sevilla, llama a mis sentidos y se aloja en mi corazón, regalándome un júbilo de emociones y sentimientos, a modo de flores, que me ayudan a caminar por la pandemia que nos asola y nos da miedo, desesperanza y apatía, con una misión posible que necesitamos ahora más que nunca: iluminar la mente. También, para comprender qué significa la paz en tiempos de guerra, tan lejos, tan cerca.

Hoy se celebra también el Día Mundial de la Poesía, auspiciado por la UNESCO y adoptado como tal en la 30ª Conferencia General en París en 1999, con el objetivo de apoyar la diversidad lingüística a través de la expresión poética y fomentar la visibilización de aquellas lenguas que se encuentran en peligro. Conmemora a su vez «una de las formas más preciadas de la expresión e identidad y lingüística de la humanidad. La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz». Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, ha lanzado hoy al mundo un mensaje con motivo de esta celebración en el que manifiesta lo siguiente: La orquestación de las palabras, el colorido de las imágenes y la contundencia de una buena métrica otorgan a la poesía un poder sin parangón. Como forma de expresión íntima que permite abrirse a los demás, la poesía enriquece el diálogo que cataliza todo progreso humano y es más necesaria que nunca en tiempos turbulentos.

En este contexto local y mundial, expreso a Luis Cernuda, mi paisano, el más sincero agradecimiento a su obra, porque siempre reconozco el trabajo que hizo con amor desde su alma exiliada, tan lejos de sus primaveras en Sevilla, cuando escribía estas palabras desde la sordidez de Escocia, que le llevaban a recordar entrañablemente su niñez y juventud en esta ciudad, en la que Stefan Zweig siempre pensó que se podía ser feliz. Aprendí de él algo muy importante que pidió a sus paisanos en esta sacrosanta ciudad: el reconocimiento a su trabajo bien hecho y envuelto en bellas palabras, que siempre lo merece ahora y en cualquier estación del año: «más el trabajo humano, con amor hecho, merece el reconocimiento de los otros». No lo olvido en este tiempo tan difícil y complejo, porque hoy día me duele todavía que su país y sus paisanos olvidemos algo simbólico que nos enseñó él a comprenderlo: el valor intrínseco de la poesía, de la prosa poética, porque la primavera, por ejemplo, llama a nuestros sentidos, y a través de ellos a nuestro corazón, adonde entra templando nuestra sangre e iluminando nuestra mente. ¿Existe algo más bello?

Finalizo esta reflexión especial con un ejemplo del trabajo bien hecho de Mozart al ensalzar también la primavera, en una obra dedicada a Haydn en 1785, en un cuarteto recogido en su catálogo como No. 14 K. 387 in Sol mayor, fruto de un largo y laborioso trabajo, según sus palabras, del que he elegido el tercer movimiento (Andante cantabile), De la primavera, como homenaje al compositor salzburgués, interpretados por un cuarteto nacido en aquella ciudad, Hagen Quartet, que lo expresa de forma especial. Una delicia, en un día en el que la entrada de la nueva estación se celebra con una espera y esperanza sentidas. Para seguir viviendo y construyendo un mundo diferente, más amable, más cercano, más humano.

(1) Cernuda, Luis, La Primavera, en Ocnos (Poesía completa, vol. I), 1993. Madrid: Siruela.

NOTA: El 27 de diciembre de 2018, el Estado adquirió por 10.000 euros, en el remate final de una subasta de Durán, el Retrato de Luis Cernuda, 1932 (O/L, 65 x 55 cm.), pintado por Ramón Gaya:Se ofrecía, también de su mano, un dibujito previo, a tinta, muy sencillo, pero como una especie de primera idea o boceto del óleo (23 x 18,5 cm.), fechado también en 1932. Ambos habían estado presentes en la muestra Entre la realidad y el deseo. Luis Cernuda 1902-1963, en la Residencia de Estudiantes en Madrid y en el Convento de Santa Inés en Sevilla, en 2002, y aparecían también, con otras piezas que se subastaban, en el libro A una verdad. Luis Cernuda (Sevilla-Madrid, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1988), edición coordinada por Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet. Ambos fueron vendidos por los precios iniciales, 10.000 euros el óleo y 3.000 la tinta, y en ese precio fueron adjudicados al Estado cuando ejerció su derecho”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.