La verdadera estela de los regalos de Reyes

Imagen de una estela en la mar / JA COBEÑA

Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. / Antonio Porchia (1885-1968), Voces

Sevilla, 6 de enero de 2025 – 08:38 h UTC (CET+1)

Desde hace bastantes años años, resuenan en mi persona de secreto estas palabras del poeta italo-argentino Antonio Porchia (1885-1968), porque desde el día que las leí por primera vez, me impactaron en la creencia personal del arte de regalar. En los días de navidad, año nuevo y la celebración de los reyes magos de Oriente, en este Occidente desconcertado en el que vivo, la mercadotecnia hace estragos en el mundo del regalo, por imposición casi siempre de la sociedad de consumo. Gabriel García Márquez ya lo dijo en 1980: “La Navidad “es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”.

El escritor Alberto Manguel fue el artífice de mi pre-ocupación actual (con guion), que todavía persiste, reflexionando sobre la estela del regalo y su epifanía: «Diciembre es una época propicia para regalar y por tanto el momento de descubrir que se necesita habilidad para escoger el obsequio. Es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado. Un recorrido paralelo por la historia descubre algunos episodios gratos o claves y otros desafortunados en el momento de brindar un obsequio. Aunque siempre quedan los libros». A mí, me quedan…, como la palabra, tal y como lo aprendí de Blas de Otero.

Desde esa lectura de Porchia, hago un esfuerzo para “justificar los regalos” (siempre procuro hacerlo), pensando también en la segunda parte enigmática de su reflexión: “no sé lo que has recibido”. Es verdad que estamos ante un filo cortante de la existencia, tal y como lo aprendí de Martin Buber, cuando intentaba explicar la relación Yo-Tú. Y es un vacío que siempre existe porque pertenece a la persona de secreto de cada uno que, en determinadas ocasiones, la hacemos de todos. Ahí radica el espacio insondable de generosidad que debe existir cuando se entrega no sólo un regalo, sino por decirlo de una vez por todas, la vida.

Como decía Manguel, la historia nos puede enseñar qué significa un regalo y así lo escribí en 1985: «El rito de la alianza (de las personas con el Dios) simboliza de forma magistral el contenido multisecular del regalo como sello o estela del pacto, del encuentro más grandioso que el hombre ha sabido dejar por escrito, reconociendo la sublimación de una ceremonia extendida entre los primeros pobladores de la tierra. Como prueba tangible de que las palabras que se entrecruzan Dios y los hombres han de permanecer hasta la muerte, se sacrifica un animal y se le divide en dos mitades, obligándose el titular del pacto a pasar por ambas mitades para recordarle que si se incumple cualquiera de las cláusulas pactadas, puede el hombre sufrir las mismas consecuencias que el animal. Junto a esto, existe una ceremonia llamada del «jesed» donde se obliga el hombre agraciado con el pacto a vivirlo permanentemente en cada acto de su vida siendo de esta forma «justo» hasta la muerte, en un estado de vigencia -minuto a minuto- de un compromiso que se simbolizó en un regalo» (1).

La entrega a la persona o personas que amas, a los demás, es algo más importante que el regalo en sí, aunque la vida también puede serlo. Pero la duda existirá siempre porque la libertad es eso, mantener espacios de silencio, de falta de respuestas, por mucho que se hagan manifestaciones de afecto y acogida. Es decir, sabemos siempre lo que damos, pero no lo que se recibe…

Por eso creo que si reflexionáramos sobre esta duda existencial unos minutos antes de comprar algo para otra persona, el próximo regalo ya no será igual en nuestras vidas, a pesar de que las campañas de navidad y reyes se empeñen en convertir esta oportunidad en pura mercancía. Así lo he entendido siempre: «Sería importante, creo que ante todo necesario, rescatar el contenido primigenio del regalo, es decir, comprometerse sólo con aquella persona que se relaciona conmigo en encuentros constructivos para la felicidad diaria, pactándose unos compromisos de vida que se puedan simbolizar en el regalo no cosificado, por ejemplo, en esa llamada a tiempo, compañía no programada o silencio de comprensión que no lleva etiqueta, precio ni papel de celofán con lazo incluido. Se perderían muchos negocios montados a propósito, pero ganaríamos todos en sinceridad y cercanía. Además, solamente lograríamos repetir la historia en un pasaje digno de ser aprendido en la mejor lectura actualizada de la relación de las personas entre sí. La estela del regalo no consistiría en nada más que buscar ese momento de intimidad que todos tenemos y necesitamos para decirnos al oído lo que esperamos del otro. Más o menos lo que le ocurrió al platerillo de Rafael Alberti en El alba del alhelí, cuando deja estupefacto a su cliente (dicen que de nombre José…), que no puede pagar el collar de María y el anillo para el niño Jesús: «Yo dinero no quiero, besar al niño es lo que quiero…».

Porque José, que no lo podía pagar, conocía muy bien a María y no confundió nunca, como todo necio, valor y precio. Le regalaba todos los días sus silencios, sus dudas, su honradez y… su vida, sin saber a veces qué pensaba ella. La verdadera estela de su regalo, la del mar, la que nos enseñó también Antonio Machado: Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante no hay camino  / sino estelas en la mar… 

La duda de Porchia que encabeza estas palabras es hoy la mía, pero tengo clara una razón para escribir y entregar palabras especiales a los demás, a la Noosfera, la malla pensante de la Humanidad, a modo de regalos. Escribir en este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, como hoy, por ejemplo, sobre la estela de los regalos, me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero, si le falta alma, no es nada (2): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro [de su artículo] más allá de las ideas que quiere contar”.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

(2) http://www.joseantoniocobena.com/?p=

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

En la noche de Reyes recuerdo a un niño especial, Miguel Hernández, pastor de sueños

Miguel Hernández, Pastor de sueños

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Miguel Hernández, Las abarcas desiertas

Sevilla, 5 de enero de 2026 – 07:25 h UTC (CET+1) – Actualizado a las 14:45 h

En años anteriores, he escrito en este cuaderno digital reflexiones sobre la noche de Reyes del niño que siempre llevó dentro Miguel Hernández, ante sus abarcas desiertas. Hoy vuelvo a recordarlo de nuevo por su mensaje impecable para una noche tan especial y para imaginar, al igual que lo expresó él, el pastor de sueños, que el mundo podría ser cada día una juguetería para niños y niñas libres, que tuviera en sus estanterías “juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor”Sus “abarcas desiertas” no las olvido.

La solidaridad de Miguel Hernández no tenía límites. Lo demostraba por sus colaboraciones en publicaciones durante la guerra civil, como la que apareció en la revista Ayuda del Socorro Rojo, el 2 de enero de 1937. El objetivo del poema Las abarcas desiertas junto a otras colaboraciones era «recabar ayuda para donativos y juguetes en beneficio de la infancia necesitada. Interesante la nota aclaratoria ofrecida en primera página: Los niños de la España libre y en armas tendrán este año, merced a la generosidad de millones de personas, lo que la casta que nos dominaba había hecho privilegio exclusivo de sus hijos: juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor» (1).

El poema resume muy bien la realidad dura y contemporánea de los que menos tienen. Miguel Hernández hace un recorrido de ilusiones maltrechas desde la colocación de su calzado cabrero en la ventana fría, como cualquier niño, pero con la conciencia de clase muy clara: Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. Me parece maravillosa la expresión de que «Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería».

Recomiendo la lectura pausada del poema completo. Nada más. Es verdad que muchas veces los reyes coronados del siglo XXI y los que se hacen pasar por ellos, no tienen pie ni ganas para ver el calzado de las pobres ventanas. Además, suelen ir desnudos, como el protagonista del cuento de Andersen. Una aclaración final: salvando lo que haya que salvar, no solo me refiero hoy a la pobreza económica en esta navidad rediviva según Miguel Hernández. Es peor la del espíritu de reyes magos que van de paso por la vida de muchas personas sin observar abarcas vacías. A pesar de que solo puedan tener dentro sueños de juguetes y libros con que estimular el espíritu y crear castillos imaginativos de una sociedad mejor.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

(1) https://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/05/versos-olvidados-las-abarcas-desiertas/

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¡Paz y Libertad!

Ante el año nuevo, debemos creer lo que no vimos, porque nos invita a negar lo que miramos

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008), en Alocución a las veintitrés.

Sevilla, 31/XII/2025 – 15:08 h UTC (CET+1)

Dedicado a todas las personas que siguen viajando conmigo en la amura de babor, no inocente por su posición, de ‘La isla desconocida’, la carabela imaginaria de José Saramago de su ‘Cuento de la isla desconocida’, en singladuras para ‘personas imperfectas’, que soñamos en mundos reales más dignos, aunque no perfectos, para todos, porque creemos que cada día puede ser nuevo, sin tener que esperar a la celebración anual, como la de hoy, auspiciada y financiada por los mercados y sus mercancías. Esa es la razón de por qué debemos creer más en lo que no vimos en el cada día de este año, para así negar lo que miramos y contemplar un futuro diferente en el cada día próximo de 2026.

Gracias por compartir la lectura de este cuaderno digital, que ha cumplido en diciembre de 2025 veinte años como cuaderno de “derrota” en el lenguaje del mar, el de navegación por la Noosfera, la malla pensante de la humanidad. Gracias sinceras.

Recurro de nuevo, un año más, al poeta Ángel González para buscar luz en este túnel ético en el que nos encontramos, ante el ocaso de la democracia, porque nos ofrece una visión personal de la vida en una alocución de fin de año cargada de historia de problemas recientes en este país y en el mundo que nos rodea, salvando lo que haya que salvar. Lleva por título “Alocución a las veintitrés” (1). Hoy, cuando quedan muy pocas horas para que finalice un año complejo, para olvidarlo quizás, vuelvo a leerla detenidamente porque siempre calma mi ardiente paciencia y conmueve mi alma de secreto.

Alocución es un discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos [sic, según la RAE]. Lo que sí tengo claro es que cuando cambie el año, suenen las campanadas y nos enfrentemos a las uvas, esta alocución va a ser un revulsivo a las veinticuatro horas para que aprendamos del valor de la libertad de la palabra de ciudadanos imperfectos que aún nos queda en este año bastante complejo y que, afortunadamente, no está a la venta en Amazon ni en los mercados porque, seamos sinceros, interesa escucharla solo a unos pocos. Porque la libertad de la palabra, que aún nos queda, nos ofrece, entre otras muchas cosas, tener fe en ella, aunque la terca realidad nos complique a veces la vida. Porque ahí está, a pesar de que algunos ciudadanos perfectos, instalados en la mediocridad, sólo ven el mundo del nunca jamás en todo lo que les rodea, sin mezcla de esperanza alguna. Lo que necesitamos esta noche es recordar, al tomar las uvas, junto a Ángel González, que hace falta Más fe, mucha más fe. / Que en cierto modo, / creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos.

Lo he dicho en referencias anteriores a este poema, a estas alturas del calendario: estas palabras de Ángel González son un símbolo de lo que a veces no queremos ver aunque es evidente lo que está pasando, aplicando el principio de realidad de Freud, el más terco de todos los principios, cuando finaliza este año. Las preguntas serias son las que enuncia metafóricamente el poeta: ¿quién se dirige a quién? ¿quién, con poder suficiente, sean reyes, reinas, presidentes, presidentas o ministros y ministras, se dirige así a sus subordinados con un discurso paradigmático de doble moral? ¿lo pronuncian solo algunos políticos (todos no son iguales) o todas las personas que no quieren ver lo que miramos todos, solo por ejercer cierta prepotencia sobre los demás, sin compasión alguna?, ¿afecta sólo a los de arriba o a los de abajo también, a los de izquierdas o a los de derechas en su amplio espectro?, o ¿quizás, a todos los que se consideran ciudadanos perfectos?

ALOCUCIÓN A LAS VEINTITRÉS

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como ésta de hoy,
en una noche semejante a ésta de hoy,
tras una cena lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Austral, p. 176s.

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Navidad 2025: una oportunidad de decir todo, crispadamente recogidos y mudos

jose-saramago
José Saramago (Azinhaga
(Golegã), Portugal, 1922 – Tías (Lanzarote), España, 2010)

Sevilla, 25/XII/2025 – 09:30 UTC (CET+1)

Debo muchas cosas a José Saramago. Una de ellas, el recuerdo sempiterno del compromiso personal y social activo que, en tiempos revueltos, es un acicate para seguir surcando mares en busca de islas desconocidas. He escuchado muchas veces a Pilar del Río, su compañera de aventuras existenciales, contar cosas sencillas de José, siempre Saramago. Y de su compromiso con la vida, al que recurro de vez en cuando, cuando voy del timbo al tambo, para saber que cuando era un joven de veinte años, ya expresaba así su soledad sonora: 

Solo diré
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé,
No se podrá morir sin decir todo
.

Y él contaba que “La composición más antigua de la colectánea [su obra Poesía completa], cuando el aprendiz de poeta apena pasaba de los veinte años, se llama “Poema a boca cerrada” y contiene, en sus últimos versos, un compromiso y un anhelo que todavía hoy me asombra por la desmesura del desafío que se proponían: Que quien se calla cuanto me callé / No se podrá morir sin decir todo.

Muchos años después, 39 exactamente, José Saramago escribía estas palabras en el Prólogo de la edición en castellano (Alfaguara, 2005), y refiriéndose al joven impulsivo que escribió estas palabras tan bellas, hacía una auténtica declaración de principios para bocas cerradas: “hoy sé lo que él no podía saber, que sólo cuando se tiene veinte años es posible creer que algún día se llegará a decir todo. La vida, incluso la más prolongada, incluso la de un viejísimo matusalén de barbas fluviales, siempre dejará tras de sí sombras calladas, restos incombustibles, islas desconocidas”.

Hay que pasar de la tristeza a la lucha, “desbravando islas” en expresión suya, porque cuando se tiene muy claro el horizonte del interés público, el personal e intransferible pasa a un segundo plano. La Navidad se puede convertir así, para mi, en oportunidad y fortaleza para asumir el arte de callar, crispadamente recogido y mudo por muchas situaciones de mis alrededores que no me gustan, que me pre-ocupan (así, con guion), aunque tengo claro que no puedo, mejor, que no debo morir sin decir todo

Lo difícil, sin lugar a dudas, es levantarse del suelo, en la clave de una obra importante de Saramago, y seguir haciendo camino de interés general, público, por qué no digital, al andar. Pero hay que hacerlo, es más, es urgente decirlo hoy a los cuatro vientos navideños.

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Nochebuena de los felices…, según Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914

Sevilla, 24/XII/2025 – 08:00 h UTC (CET+1)

Un año más, vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo. También para los niños y niñas de mi ciudad, que viven en barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.

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La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: “Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro”. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, 2025, Vuelvo a recordar a Gabriel García Márquez, por su visión de la navidad actual.

(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

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¡Paz y Libertad!

En tiempos de turbación mundial y nacional, defendamos la alegría como un derecho

Mario Benedetti

Sevilla, 22/XII/2024 – Actualizado el 22/XII/2025 – 23:30 h UTC (CET+1)

Cuando finaliza el día del sorteo extraordinario de Navidad de la Lotería Nacional, con más de doscientos años de historia en nuestro país, vuelvo a recordar que más allá de la suerte, tenemos que defender algo que es consustancial con ella. Me refiero a la alegría, entendida como trinchera, destino, principio, bandera, certeza y, por encima de todo, como un derecho. Así lo aprendí de Mario Benedetti y así lo comparto hoy de nuevo, como el hilo conductor de la campaña del Sorteo extraordinario de Navidad de este año: “El sorteo que nos une”… y puede proporcionarnos alegría. En este contexto hay que defender la alegría como un derecho /
defenderla de dios y del invierno /
de las mayúsculas y de la muerte /
de los apellidos y las lástimas /
del azar y también de la alegría.

Es verdad que el Club de los Tibios, Mediocres, Tristes y Apocalípticos, sin mezcla de alegría alguna, tiene cola para darse de alta y militar en él, en estos tiempos revueltos y difíciles. Por ello, vuelvo a refugiarme hoy en un poema de Mario Benedetti, Defensa de la alegría, a modo de manual para contrarrestar esta corriente no inocente que suelen abanderar los líderes que propician el ocaso de cualquier democracia.

En estos días “navideños “ y de Loterías, en los que se nos obliga por parte del Mercado Global a estar alegres y muy pendientes de la suerte, en la dialéctica de azar y necesidad, como si lo que ocurre en nuestro alrededor no tuviera a veces importancia alguna, creo que es urgente defender la alegría [auténtica] como una bandera / defenderla del rayo y la melancolía / de los ingenuos y de los canallas / de la retórica y los paros cardiacos / de las endemias y las academias. Por encima de todo, como un derecho.

Abro su libro Cotidianas, escrito entre 1978 y 1979, para leer de forma pausada el poema citado, lleno de sentimiento y para escucharlo más fuerte que el viento, como aprendí de Rafael Alberti en un canto inolvidable a la dialéctica del verso cuando sólo es para algunos frío pensamiento.

Defensa de la alegría

Defender la alegría como una trinchera 
defenderla del escándalo y la rutina 
de la miseria y los miserables 
de las ausencias transitorias 
y las definitivas 

defender la alegría como un destino 
defenderla del fuego y de los bomberos 
de los suicidas y los homicidas 
de las vacaciones y del agobio 
de la obligación de estar alegres 

defender la alegría como un principio 
defenderla del pasmo y las pesadillas 
de los neutrales y de los neutrones 
de las dulces infamias 
y los graves diagnósticos 

defender la alegría como una bandera 
defenderla del rayo y la melancolía 
de los ingenuos y de los canallas 
de la retórica y los paros cardiacos 
de las endemias y las academias 

defender la alegría como una certeza 
defenderla del óxido y la roña 
de la famosa pátina del tiempo 
del relente y del oportunismo 
de los proxenetas de la risa 

defender la alegría como un derecho 
defenderla de dios y del invierno 
de las mayúsculas y de la muerte 
de los apellidos y las lástimas 
del azar y también de la alegría.

La realidad terca es que entre tibios, mediocres, tristes y apocalípticos anda el juego mundial de dirigir la vida a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en los que dudan de los grandes valores de la democracia y la alegría humana que lleva dentro. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además triste y tibio. No digamos, apocalípticos de vocación. Por ello, es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

Estoy muy preocupado con la perpetuidad de este Club de la Tristeza Global desde tiempos del Apocalipsis. He escrito con frecuencia en este cuaderno digital sobre esta realidad y reitero, de nuevo, que un compromiso de los que pertenecemos al Club Virtual de las Personas Dignas es desenmascararlos con prisa existencial y de supervivencia: “Estamos instalados en el reino de la mediocridad. Hay que desenmascarar a los mediocres, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión. Los mediocres suelen meter la mano en los platos de las mesas atómicas y virtuales, en las que a veces nos sentamos, con total desvergüenza. Son siempre de “calidad media, de poco mérito, tirando a malo”, como dice el Diccionario de la Real Academia. También, tóxicos o tosigosos, que suelen complicar la vida a los demás por su propia incompetencia” (1).

Necesitamos rescatar el principio alegría en nuestra vida, ante tanto desmán de los tristes, tibios, mediocres y apocalípticos, voceros del principio de que “todo va mal”. Sería recomendable que utilizáramos una linterna ética para descubrirlos, con un manual de instrucciones en el que se indique que una vez encendida y al igual que hacía Diógenes de Sinope cuando buscaba personas íntegras, debemos gritar a los cuatro vientos algo urgente: ¡buscamos personas dignas y honestas! Es probable que las personas tibias, tristes y mediocres salgan huyendo, rompiendo las filas de su Club, del que hablaba al principio, porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra. Si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad, en cualquier estamento, probablemente muy cerca de donde vivimos, estamos y somos.

Benedetti nos anima a defender la alegría ante tantos agoreros mayores del Reino, con palabras necesarias que hoy no olvido, sabiendo que hay que defenderla como un principio / defenderla del pasmo y las pesadillas / de los neutrales y de los neutrones / de las dulces infamias / y los graves diagnósticos.

“Oda a la Alegría”, movimiento final de la Novena Sinfonía de Beethoven, adoptado en 1985 por los dirigentes de la UE como himno oficial de la Unión Europea

Hoy, agrego a esta reflexión la música excelsa de Beethoven, a través de su Novena Sinfonía compuesta en 1823, decidiendo poner música a la «Oda a la Alegría» escrita por Friedrich Schiller en 1785. Me acompaña desde hace muchos años y hoy cobra especial interés, recordando también unos versos, sobre los que está inspirada esta obra magna: Alegría, hermosa chispa de los Dioses, hija del Eliseo. Entramos, oh celeste deidad, en tu templo ebrios de tu fuego. Tu hechizo funde de nuevo lo que los tiempos separaron. Los hombres se vuelven hermanos allí por donde reposan tus suaves alas.

(1) https://joseantoniocobena.com/2015/02/17/hay-que-desenmascarar-a-los-mediocres/

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El invierno entra hoy en nuestras vidas, para quedarse con nosotros 88 días

Solsticio de Invierno

La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas mientras camino sobre la nieve.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Sevilla, 21/XII/2025 – 08:15 h UTC (CET+1)

El invierno (del latín hibernus) en el hemisferio norte, donde se encuentra nuestro país, comienza hoy, a las 16 horas 3 minutos, hora oficial peninsular según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional – Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana). Esta estación durará aproximadamente 88 días y 23 horas, y terminará el 20 de marzo de 2026 con el comienzo de la primavera.

Hoy es domingo y me parece
que la mañana no está únicamente sobre la tierra
sino que ha entrado suavemente en mi vida.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Me ha interesado conocer esta entrada puntual de una estación que sirve de marco temporal a una fiesta multisecular, la navidad, que sigue plenamente vigente. Se habla oficialmente de solsticio del invierno (del latín solstitiumSol quieto), porque “el inicio del invierno en el hemisferio norte está definido por el instante en que la Tierra pasa por el punto de su órbita desde el cual el Sol presenta su máxima declinación sur. El día en que esto sucede, el Sol alcanza su menor elevación sobre el horizonte al mediodía y describe en el cielo el arco más corto. Como resultado, ese es el día con menos horas de Sol del año. Además, durante varios días la altura máxima del Sol al mediodía parece no cambiar”, está quieto (solsticio).

Yo veo el río como acero oscuro
bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear el rojo,
agrio fruto de enero.
Y el robledal, sobre tierra quemada,
resistir en silencio.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Es muy interesante conocer que “las noches del invierno son largas y con frecuencia secas, por lo que resultan excelentes para observar el cielo”. ¡Qué privilegio humano, hacer cielo al volar con nuestra mente, con nuestros sueños, trascendiendo difíciles caminos al andar! Será la oportunidad para ver distintos planetas y constelaciones a lo largo de cada noche.

Hoy, domingo, la tierra es semejante
a la belleza y la necesidad
de lo que yo más amo.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Una curiosidad más sobre la realidad que experimentamos en este solsticio, es que en determinados días de invierno amanece más tarde y anochece más temprano. ¿Por qué? Ello es debido a que “aunque el día del solsticio de invierno corresponde al de menor número de horas de Sol, la diferencia de horas entre el día y la noche depende de la latitud del lugar. Para la latitud de Madrid, el día del solsticio de invierno tendrá 9 horas y 17 minutos de Sol, a comparar con las 15 horas y 3 minutos de Sol que tuvo el día más largo (solsticio de verano). La diferencia entre el día más corto y el más largo es por tanto de casi seis horas de Sol”.

Junto a Antonio Gamoneda puedo afirmar que hoy domingo, 21 de diciembre de 2025, en el que entra el invierno, la tierra es semejante a la belleza y la necesidad de lo que yo más amo. Eso me basta para cantar la belleza de este día, de esta estación.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / 1. Las personas grandes nunca aprenden por sí solas

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, 1943, acuarelas del capítulo I.

A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 15/XII/2025 – 07:20 h (CET+1)

Dicho y hecho. Con la ilusión de un niño con zapatos nuevos, compré ayer una edición de El Principito, escrita por Antoine de Saint-Exupéry y publicada por la editorial Salamandra, que respeta íntegramente el original traducido por Bonifacio del Carril, “con las acuarelas del autor”, tal y como se publicó por primera vez por la editorial argentina Emecé, el 20 de septiembre de 1951.

Ayer anuncié también en este cuaderno digital que iba a publicar una serie dedicada a esta novela corta, que siempre he entendido como dirigida a todas las edades, atribuyéndome por razones de edad, la especialmente concebida por el autor para mi condición de persona mayor o grande, no olvidando que fui niño, ratificado en sus primeras páginas, concretamente en el capítulo primero, ante el fracaso que cuenta el narrador (alter ego del autor) sobre la interpretación por parte de las llamadas “personas grandes”, de los dibujos que hizo cuando tenía tan solo seis años: “De este modo abandoné a la edad de seis años lo que pudo haber sido una brillante carrera de pintor. Me encontraba decepcionado a raíz del fracaso de mis dos primeros dibujos. Insisto en que las personas grandes no comprenden nada por sí mismas y es cansador para nosotros, los niños, darles siempre y siempre explicaciones”.

En esta primera entrega, esta experiencia de fracaso infantil, o no, según se mire, me ha recordado una escena hilarante protagonizada por Groucho Marx, al pronunciar aquella frase gloriosa en Sopa de ganso, en una reunión memorable de la Cámara de Diputados de Freedonia: “¡Hasta un crío de cuatro años sería capaz de entender esto!… Búsqueme un crío de cuatro años, a mí me parece chino“. Traído a nuestra realidad política actual, ambos niños, de cuatro años el de Groucho Marx y seis, el de Saint-Exupèry, cuestionan la incapacidad de las llamadas personas mayores o grandes de interpretarla de forma correcta y en su justo sentido. Siguiendo al pie de la letra lo solicitado por Groucho o el “cansancio” del narrador con alma de niño según Saint-Exupéry, es lo que tendría que gritar hoy la gente, los de abajo, en el Congreso de los Diputados, porque están obligatoriamente obligados a entenderse, cuando a muchos demócratas nos parece chino el diálogo de sordos en el que están instalados en la actualidad. Porque la situación política de este país les debería llevar a comprender que el resultado de las urnas es un mandato explícito para que se busquen siempre acuerdos de gobierno, tan necesitado este país de ellos, que… hasta un niño de cuatro años o de seis, es capaz de entenderlo.

De todas formas, el final del capítulo primero es desolador. Las personas “grandes” siguen o seguimos sin entender mucho qué pasa realmente en la vida, a no ser que se contemporice todo de un modo mediocre y con un gran peligro que acecha, porque no hay nada más peligroso que un mediocre con poder: “Cuando encontraba alguna persona grande que me parecía algo lúcida, realizaba la prueba de mi dibujo número 1 [¿sombrero o boa?] que siempre he conservado y conservo aún. Me interesaba saber si verdaderamente comprendería mi dibujo. Sin embargo, siempre me respondían: «Es un sombrero». Desde ya que no les hablaba entonces de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance, hablándoles de bridge, de golf, de política y de corbatas. Así es como se quedaban conformes por haber conocido a un hombre tan razonable”.

Estando en estas cuitas, me he adentrado en el capítulo II, una vez decidido que el futuro del narrador no era la pintura sino volar, con estudios previos recomendados por las personas grandes: geografía, historia, cálculo y matemáticas. Conformismo preocupante. Un accidente lo sitúa en el desierto y allí se encuentra otra vez con la realidad de la pintura, del dibujo, al escuchar la voz de un hombrecillo, solicitando que le dibujase un cordero. Sorprendido lo intentó dos veces, cordero 1 y cordero 2, nunca del agrado del peticionario, hasta que finalmente busca una respuesta inteligente mediante el dibujo de una caja con tres agujeros, ¡con el cordero dentro!, que resultó del agrado del “hombrecito”, acostumbrado a las cosas pequeñas: “Se inclinó hacia el dibujo y exclamó: ¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido… Y así fue como conocí al principito”.

¡Ay, las cosas pequeñas!, pero no las señaladas sarcásticamente por Groucho: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”. Siempre las he apreciado y este capítulo segundo comienza ya a ofrecer pistas de quién es el hombrecito del desierto, el principito, que así lo llama también el narrador. Es un motivo reforzador de mi gusto por las pequeñas cosas, las auténticamente pequeñas, que aprendí hace ya muchos años de un gran hombre, Rabindranath Tagore, a través de una obra preciosa, Pájaros perdidos, con una traducción impecable de Zenobia Camprubí, la compañera de vida de Juan Ramón Jiménez. Fue el “pájaro” 178 el que me descubrió una nueva vida: A mis amados les dejo las cosas pequeñas; / las cosas grandes son para todos.

La lectura de los dos primeros capítulos refrescan mi memoria histórica de la dignidad humana impregnada de valores. En este mundo al revés, donde el caballo grande, ande o no ande, es lo que entusiasma en nuestros alrededores, ha merecido la pena encontrarme de nuevo con este pájaro pequeño o con el pequeño cordero tan querido por el principito, porque nos hace más libres la posibilidad de dejar, regalar, ofrecer, entregar aquello que es verdaderamente cercano y que es posible compartir, aunque sea aparentemente muy poca cosa, muy pequeño. Aunque cuando nos retiremos a nuestra soledad sonora, que tan magníficamente vivieron Tagore, Zenobia y Juan Ramón, por este orden, necesitemos recoger con nuestras manos un nuevo pájaro perdido, el 130, que nos marca caminos para ser mejores, comprendiendo hoy el significado de los dibujos fallidos del narrador: Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera la verdad.

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¡Paz y Libertad!

Ahora que mi blog cumple veinte años

Fotomontaje con la imagen de la portada de ‘El cuento de la isla desconocida’, de José Saramago, en la versión en tailandés (เรื่องของเกาะที่ไม่รู้จัก), incorporando la leyenda personal ‘Guía Cavafis” / JA COBEÑA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias. 
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón, 
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta 
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Constantino Cavafis, Ítaca 

Sevilla, 11/XII/2025 – 06:00 h (CET+1)

Mi blog cumple hoy veinte años de vida digital. Las primeras palabras que escribí en lo que llamo ahora “cuaderno digital”, más allá del sustantivo “blog”, fueron para presentarme a la Noosfera, la malla pensante de la humanidad, porque fue Teilhard de Chardin el que me inspiró el título del mismo, que mantengo intacto veinte años después, porque como decía el famoso tango de Gardel, el tiempo -veinte años- ha pasado como si nada, cuando es verdad que su hilo conductor ha permanecido inalterable, convencido como estoy de que el mundo sólo tiene interés hacia adelante.

En aquella declaración de principios de 11 de diciembre de 2005, recordándola con una melodía de Serrat de fondo, de la banda sonora de mi vida (ahora que tengo veinte años o lo que hoy es lo mismo, ahora que mi blog cumple veinte años), decía que iniciaba una etapa nueva en la búsqueda diaria de islas desconocidas: “Internet es una oportunidad preciosa para localizar lugares que permitan ser sin necesidad de tener. La metáfora usada por José Saramago [en El cuento de la isla desconocida] será una realidad cuando ante el fenómeno de la hoja en blanco, teniendo la oportunidad de decir algo, esto sea diferente y sirva también para los demás. Puerta del Compromiso. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma «Seis propuestas para el próximo milenio»: «…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial» (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar)”.

Creo que a través de más de tres mil artículos, he cumplido con aquél compromiso. Los han leído alrededor de dos millones y medio de personas provenientes de centenares de países de este mundo al revés, realidad incontestable y muy presente en el cuaderno por obra y gracia de Eduardo Galeano, con una obvia representación mayoritaria de países latinoamericanos por la lengua utilizada, con México a la cabeza. ¡Qué experiencia tan extraordinaria, gracias al mundo digital!, el que me enseñó a comprenderlo, sobre todo, Nicholas Negroponte (Nueva York, 1943), entre otros maestros de las tecnologías de la información y comunicación.

Salvando lo que haya que salvar, a lo largo de esta maravillosa experiencia, he escrito millones de palabras, leídas a través de casi dos millones y medio de visitas a este cuaderno digital, desde su inicio el 11 de diciembre de 2005, pretendiendo siempre ser consecuente con su subtítulo, que sigue apareciendo desde su nacimiento, es decir, alcanzar con cada publicación un objetivo como resultado pretendido: buscar islas desconocidas todavía por descubrir en el sentido de “penetrar directamente en el subconsciente de cada persona, lector o lectora, con su carga emotiva y filosófica” en todos y cada uno de sus contenidos, con objeto de que cada artículo o post, sea una experiencia intensamente subjetiva que lleve al lector o lectora a un nivel interno de conciencia como lo hace la música, tantas veces citada y reproducida aquí en textos y contextos diferentes. Lo que puedo asegurar hoy al hacer un alto en este camino digital, es que ha sido un viaje largo, una odisea, en el sentido más clásico del término, en su primera acepción aceptada por el Diccionario de la RAE: viaje largoen el que abundan las aventuras adversas, mis pre-ocupaciones (así, con guion), porque de todo hay en la viña del Señor de mis mayores, como cantaba mi paisano Antonio Machado, al que nunca he olvidado en esta bitácora o cuaderno de derrota, en lenguaje del mar. Cuaderno digital, en definitiva.

Los que hemos optado por iniciar otro tipo de viajes a islas desconocidas, a lo largo de la vida y utilizando sólo la imaginación, sabemos que la recomendación a Ulises del viaje a Ítaca, según Constantino Cavafis, era una extraordinaria guía de viaje: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Lo que pasa es que en los momentos actuales de desconcierto democrático mundial, sólo sabemos que no sabemos lo que nos pasa y a la vuelta de cualquier viaje de norte a sur y de este a oeste en nuestro hemisferio particular e inquietante en esta etapa tan larga, protagonizado por el Ulises que casi todos llevamos dentro, puede que nos ocurra como al protagonista de un poema de Ángel González, Los ilusos de Ulises, que tampoco olvido: Siempre, después de un viaje, / una mirada terca se aferra a lo que busca, / y es un hueco sombrío, una luz pavorosa / tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve. // Fidelidad, afán inútil. / ¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte? / Nadie ha sido capaz / -ni aun los que han muerto- / de destejer la trama / de los días.

Veinte años en la Noosfera ha sido un compromiso para destejer las tramas de cada día, con el objetivo de compartir este trabajo de rueca digital, escribiendo en páginas en blanco de este cuaderno digital como si cavara un pozo con una aguja, tal y como lo aprendí de Orhan Pamuk, a través de unas palabras pronunciadas en el discurso del acto de entrega del Premio Nobel de Literatura 2006: Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla, […] escribo para ser feliz.

Probablemente y con esta perspectiva homérica, habría que editar urgentemente una nueva guía de viajes, la guía Cavafis, para aprender la clave de todo viaje a las Ítacas particulares que, en muchas ocasiones, es una mudanza al interior de nosotros mismos. Es lo que aprendí hace ya muchos años en un viaje que inicié en el velero “La isla desconocida”, que me mostró José Saramago en su cuento homónimo, a modo también de guía para navegantes inquietos, aquel lejano 11 de diciembre de 2005, que recomiendo leer como guía imprescindible para personas aventureras que necesitan encontrar islas desconocidas, siguiendo el cuaderno de bitácora del propio Saramago y escuchando la voz protagonista de una mujer admirable que aplica siempre el principio de realidad en su vida: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Y a pesar de que soy consciente, con espíritu gardeliano, de que veinte años no son nada, sigo decidido a ampliar el horizonte de miras de este blog, cuaderno de bitácora, cuaderno digital en definitiva, con sus blancas letras, como las de la carabela del cuento de Saramago: cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas… Es lo que hicieron los protagonistas del cuento de Saramago al finalizar su microhistoria y, quizá, la tuya y la mía, la vuestra, queridos tripulantes digitales: Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.

Gracias, lector o lectora, gracias por haberme acompañado hasta aquí a lo largo de estos veinte años. Lejos de pararme, sigo haciendo camino al andar. Con tu quiero y mi puedo, recordando a Ricardo Cantalapiedra, obligatoriamente obligado a seguir comprometido con el mundo de todos (Rafael Ballesteros, dixit) y guardándome lo que entiendo por verdad porque sigo buscándola junto a la de los demás, como homenaje personal a mi paisano Antonio Machado.

Cuando escribo estas palabras, he buscado envolverlas, como regalo a la Noosfera, escuchando el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, KV 622, compuesto en 1791 por Mozart, el último año de su vida, cuando tenía 35 años: Clarinet Concerto in A major, K.622. Es una versión que aprecio mucho, interpretada por la Iceland Symphony Orchestra, dirigida por Cornelius Meister y con la intervención de la clarinetista solista Arngunnur Árnadóttir. Doscientos treinta y cuatro años después de su composición, tampoco son nada cuando escucharlo y sentirlo eleva el espíritu a los cielos y me permite creer y transmitir a los cuatro vientos que otro mundo es posible.

Veinte años después, confieso que hago hoy acopio de avíos en tierra, de nuevo, para poder navegar cada vez mejor por un mundo diseñado a veces por el enemigo (Juan Cobos Wilkins, lo dijo…).

NOTA: la imagen de cabecera es un fotomontaje que he realizado sobre la portada de El cuento de la isla desconocida de José Saramago, en la versión en tailandés (เรื่องของเกาะที่ไม่รู้จัก), que pude tener en mis manos y hojear durante la visita a la biblioteca del premio Nobel en Tías (Lanzarote), en el mes de agosto de 2010.

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¡Paz y Libertad!

Hoy es el Día de la Bandera de Andalucía, un enigma al trasluz para el andaluz

Banderas andaluzas en una manifestación en Sevilla, en defensa de la Sanidad Pública – 25 de marzo de 2023 / JA COBEÑA

La bandera blanca y verde de Andalucía es verde como la esperanza cuando asoma a nuestros campos; blanca como nuestra bondad.

Blas Infante, en La verdad sobre el Complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, 1931

Sevilla, 4/XII/2025 – 07:48 h (CET+1)

Hoy se celebra el Día de la Bandera de Andalucía, una insignia -como la llamaba Blas Infanteel andaluz ideal– que simboliza una parte de las señas de identidad de esta Comunidad Autónoma, junto al escudo oficial que fue diseñado también por él, tomando elementos del escudo de Cádiz, adaptándolos a Andalucía, con un mensaje especial: Andalucía por sí, para España y la Humanidad. Las banderas, al igual que la música militar, nunca me han sabido levantar, pero como demócrata empedernido la respeto y procuro comprenderla en el espíritu y la letra del llamado padre de la patria andaluza, cuando en la Asamblea andalucista celebrada en Ronda (Málaga) en 1918, reclamó la bandera verde y blanca como uno de los símbolos propios del pueblo andaluz, correspondiendo los colores elegidos a los primitivos pendones del Califato de Córdoba y del Imperio Almohade. El verde no es claro, brillante o vivo, sino oscuro, más bien Omeya: “sus colores eran los más apropiados para representar la empresa de la restauración de un Pueblo, nunca bélico, y siempre creador de culturas originales, directoras de la Humanidad, como lo fue Andalucía”. Un año más tarde, en un artículo publicado en la revista Córdoba (173, 1919), vuelve a reafirmar la identidad de la “bandera nacional” andaluza: “En la Asamblea Regionalista de Ronda, 1918, se votó para Andalucía como bandera nacional, la bandera blanca y verde. Fueron los colores preferidos por nuestros padres. Verde es la vestidura de nuestras sierras y campiñas, prendidas por los broches de las campesinas habitaciones blancas; limoneros en flor son los árboles preferidos por los andaluces y blancas son nuestras villas y antiguas ciudades de blancos caseríos con verdes rejerías orladas de jazmines. Pura y blanca como un niño, es la Andalucía renaciente que en nuestro regazo se calienta”. Pasados unos años, se llegó a la guerra civil, momento en el que Blas Infante se reafirmó en la identidad de la bandera “nacional” de Andalucía, antes de ser fusilado en 1936: “La Bandera Andaluza, símbolo de Esperanza y de Paz, que aquí hemos izado esta tarde, no nos traerá ni la paz ni la esperanza ni la libertad si cada uno de nosotros no la lleva ya plenamente izada en su corazón”. Para que hoy no se olvide, ni siquiera un momento.

Con este espíritu y estas letras se refrendó la bandera de Andalucía en el Estatuto de Autonomía de 1981, actualmente vigente, una bandera que tiene ideología en su historia más reciente y que debemos al empeño del Pueblo Andaluz representado en la figura de Blas Infante, cuando a pesar de que en 2022 y con motivo de la celebración de esta efeméride, el presidente actual afirmó que el 4 de diciembre de 1977, fecha que se conmemora hoy, “no estuvo presidido por las ideologías”, obviando de un plumazo su rica historia , no inocente, a lo largo de los siglos. Hoy, vuelvo a sentir vergüenza ajena al recordar estas palabras cuando se instrumentaliza y contamina todo, recordándolo en estos días tan especiales y críticos en el país, del que forma parte esta Comunidad, aunque solo sea para respetar lo que ocurrió en Málaga ese día y ese año, 4 de diciembre de 1977, en una manifestación inolvidable y cargada de ideologías de izquierdas, no inocentes, afortunadamente, en la que se pedía tierra y trabajo, donde un joven ilusionado con una nueva Andalucía blanca y verde, Manuel José García Caparrós, militante de Comisiones Obreras, murió por una bala, perdida pero certera, no se sabe bien, disparada por las llamadas fuerzas del orden público, asunto muy doloroso sobre el que, a pesar de haber estado “clasificado” y sin poderse investigar a fondo durante 48 años, la familia ya dispone del expediente para conocimiento completo de lo que ocurrió tal día como hoy.

Expuesto lo anterior, prefiero abundar hoy en el color blanco actual de la bandera andaluza, que permanece, porque siempre ha significado a lo largo de los siglos un símbolo de paz, concordia y bondad humana, frente a los que instrumentalizan esta realidad simbólica sin compasión alguna, como ocurre aquí en Andalucía con esta bandera “nacional”, sobre las que se ponen manos no inocentes y que no respetan el auténtico sentido de nuestra “insignia” a lo largo de los siglos, desde la arbonaida andalusí hasta la de nuestros días, con una clara ideología detrás. Si insisto en el color blanco es porque estoy interesado en resaltar esta franja de la bandera andaluza que ocupa su centro, aunque sea el de gravedad permanente de esta Comunidad, salvando lo que haya que salvar del estribillo de una canción de Franco Battiato grabada en mi alma de secreto, que en este día debería repetir sin cesar, adaptado a la situación actual en esta sacrosanta tierra para algunos: busco un centro de gravedad permanente en Andalucía, que nunca cambie lo que ahora pienso de las cosas, de la gente andaluza, sabiendo como sé, siguiendo de cerca a Luis Cernuda, mi querido paisano, que esa bandera que se conmemora hoy, es un enigma al trasluz, como cada andaluz, sea o no de cuna, que habita en Andalucía: Sombra hecha de luz, / que templando repele, / es fuego con nieve / el andaluz. / Enigma al trasluz, / pues va entre gente solo, / es amor con odio / el andaluz. / Oh hermano mío, tú. / Dios, que te crea, / será quién comprenda / al andaluz. Es más, reforzando ese color, el blanco, como el mismo compositor y cantor italiano deletreaba en su conocida bandera blanca (bandiera bianca): “¡Ah, qué difícil es permanecer tranquilos e indiferentes / mientras en nuestro entorno hay tanto ruido! / En este tiempo de locos lo único que nos faltaba eran los idiotas del horror / He escuchado los disparos en una calle del centro // En el puente hay una bandera blanca”.

En el contexto de lo manifestado anteriormente, creo que va siendo hora de que planteemos en Andalucía salir de nuevo a la calle como en aquel 4 de diciembre de 1977, para reivindicar que 48 años después estamos viviendo momentos muy difíciles como Comunidad Autónoma, en relación con el Estado de Malestar de la Comunidad, que tantas veces he citado en este cuaderno digital, con datos y en proyecciones concretas, a modo de banderas de denuncia de la situación que atraviesa Andalucía en realidades tales como la pobreza severa y exclusión, sobre todo en la pobreza infantil, hecho manifiesto en barrios archiconocidos por su extrema pobreza sostenida en el tiempo, en décadas de colas de hambre y localizados en la extensa geografía andaluza, desde Huelva hasta Almería; el paro en general, sobre todo juvenil y crónico de personas relativamente calificadas como “mayores”; los afectados por las demoras en la tramitación de las ayudas a la dependencia, en todas sus manifestaciones posibles; el difícil acceso y sostenimiento de la educación pública en todos sus niveles; los problemas existentes en la atención integral a la sanidad pública y gratuita, con especial foco en la salud mental, pariente pobre del Sistema Sanitario Público de Andalucía, con serios problemas en la Atención Primaria, clave de la organización sanitaria, así como en las listas de espera quirúrgica y de consultas externas especializadas, vergonzantes e inadmisibles, que afectan a más de un millón, cien mil personas; las soluciones de urgencia que se deberían implementar para garantizar la equidad en el acceso inmediato y no burocrático al Ingreso Mínimo Vital y otras ayudas legítimas para los que menos tienen y así una lista de situaciones límite, a veces interminable, en nuestra Comunidad.

Por último y como resumen de lo manifestado anteriormente, en este día de la Bandera de Andalucía, quiero enarbolar humildemente una simbólica, izándola en mi corazón, como aprendí de Blas Infante, en favor de los nadies de Andalucía, a los que Eduardo Galeano definió de forma impecable: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folclore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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