Diario de mi zaratán / 6. Gratitud

Mural en la entrada al acelerador lineal – Oncología Radioterápica (Área de Tratamientos, Sala E) – Hospital Universitario Virgen del Rocío (Sevilla) / JA COBEÑA

Sevilla, 17/III/2026 – 13:30 h UTC (CET+1)

Gratitud, según la última versión del Diccionario de la lengua española (RAE), es un sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra se lo ha hecho o lo ha querido hacer, y a corresponderle de alguna manera. Aprendí del neurólogo Oliver Sacks su significado, a través de cuatro ensayos breves que recoge en su obra Gratitud (1), en el que expresó su agradecimiento a lo que le había ofrecido su vida apasionante y llena de contrapuntos existenciales, fruto de una ruptura con la tradición judía y la inmersión en la neurología clínica que tanto ha aportado a la humanidad a través de sus libros llenos del encanto didáctico de la locura existencial.

Si hablo de gratitud es porque al finalizar hoy el periodo de sesiones de radioterapia para vencer a mi zaratán, he agradecido la atención recibida por parte de los profesionales adscritos a la Unidad de Oncología Radioterápica del Hospital Universitario Virgen del Rocío de esta ciudad, manifestándoselo con palabras y entregándoles un libro dedicado por mí, El zaratán, una elejía de Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura de 1956, andaluz de Moguer (Huelva), que es el hilo conductor de este diario.

Mi gratitud es plena, como reconocimiento a un grupo de profesionales excelentes que representan para mí la quintaesencia del Sistema Sanitario Público de Andalucía (SSPA), tan maltratado en esta legislatura por el gobierno autonómico actual, como tantas veces he denunciado en este cuaderno digital. Ellos son los que sostienen cada día, cada segundo, el SSPA, ante la pasividad consciente de un gobierno con ansias de privatización, ante una organización sanitaria que se desmorona por problemas estructurales de fondo, tanto organizativos por dotación insuficiente de profesionales, falta de financiación objetiva, desvío de dinero público a la concertación y contratación con entidades privadas, como por la dejación ante las insufribles demoras en las consultas de atención primaria y listas de espera en atención especializada y quirúrgica que tanto hacen sufrir a millones de andaluces cada día. Ahí están los datos oficiales y que se pueden consultar en este blog, si quien entra en él utiliza el buscador para localizarlos y poder emitir así juicios bien informados sobre lo que está pasando en Andalucía con el maltrato oficial a la sanidad pública. Lo sucedido, por ejemplo, con el programa de cribado del cáncer de mama, por el que siguen sufriendo miles de mujeres la falta de atención con resultados y daños colaterales e irreversibles que avergonzarían a cualquier gobierno digno, es una manifestación más del desastre actual. De ahí mi agradecimiento por la atención recibida, porque es indigno que la culpa de todo lo que se hace mal y a destiempo en en el SSPA se cargue en las espaldas de los profesionales sanitarios, matando una vez más a los “pianistas” dignos del Sistema.

Campana de los sueños / Oncología Radioterápica – Área de Tratamientos- Hospital Universitario Virgen del Rocío (Sevilla) / JA COBEÑA

Cuando hace tan sólo unas horas me despedía de ellos, me invitaron a tocar la campana de los sueños que está colocada en el pasillo de entrada del Área de Tratamientos, un ritual al que accedí porque conocía bien su significado, una intrahistoria que la Asociación Española Contra el Cáncer narra con detalle, que nació como un sueño de Miriam Segura, paciente de 31 años que fue diagnosticada de cáncer en el “Hospital Princess Margaret” de Toronto, lugar donde escuchó por primera vez la “Campana de la Valentía” y despertó en ella sensaciones muy agradables. Cada vez que alguien hacía tocar esa campana contagiaba de esperanza, alegría y fuerza a todos los que estaban cerca. Miriam regresó a España para continuar su tratamiento cerca de su familia y se trajo la ilusión de que existiera una campana en cada uno de los centros hospitalarios de todos los países. Su madre, tras su fallecimiento, cumplió su sueño, que se hizo realidad por primera vez en el Hospital Costa del Sol (Málaga) el 19 de Diciembre de 2018. Hoy, la puede tocar cada paciente cuando finaliza su tratamiento o tiene una buena noticia que desea compartir con el resto de pacientes, familiares y personal sanitario: “Campanada que expresará la alegría, la energía y el bienestar del paciente como símbolo del triunfo por alcanzar el final de una etapa dura y difícil gracias a su constancia, coraje y esfuerzo”.

He vivido de forma especial la gratitud en este día, aunque es verdad que la siento siempre. ¡Qué palabra tan necesaria en los tiempos que corren, tan hermosa! Igualmente, en este momento, deseo expresar gratitud a la vida, en definitiva, que me ha dado tanto, porque me ha dado la memoria que habla, el sonido y el abecedario, con él las palabras que pienso y declaro, madre, amigo, hermano, y luz alumbrando la ruta del alma de lo que estoy amando (Violeta Parra).

Salí del Área de Tratamientos con una mirada cómplice a los niños del mural situado en el pasillo de entrada al búnker del acelerador lineal Halcyon, que durante 23 días me han saludado, con su equipamiento rojo de fútbol, para contagiarme su felicidad y alegría, que yo sentía como si al entrar allí fuera a jugar el partido más importante de mi vida, una gran final inolvidable.

(1) Sacks, Oliver, Gratitud. Barcelona: Anagrama, 2016.

NOTA: las imágenes que figuran en este artículo se han tomado con autorización del Área de Tratamientos en Oncología Radioterápica – Hospital Universitario Virgen del Rocío (Sevilla).

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UCRANIA, IRÁN, ORIENTE MEDIO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán / 4. Después

Mario Benedetti (Paso de los Toros, Uruguay, 1929 – Montevideo, Uruguay, 2009)

Sevilla, 14/III/2026 – 07:55 h UTC (CET+1)

Quedan solo dos sesiones de radioterapia y de forma razonable pienso en el Después de este alto en el camino para vencer al zaratán. En pocas palabras, confieso que me preocupa el Día Después. Los que estamos acostumbrados a vivir en un casi permanente carpe diem, nos cuesta aceptar el principio de realidad del Porvenir, el Futuro y el Día Después, de los días de hoy y de después, que son muchos. En mi situación actual, soy consciente de que los últimos acontecimientos guerreros son una muestra peligrosa de que todo fluye y casi nada permanece, aceptando que el mundo líquido (Zygmunt Bauman, Modernidad líquida) y al revés que nos rodea, al igual que el tiempo, sigue o huye (tempus fugit) por donde puede o le dejan las circunstancias. Y ese mundo que tendré que compartir también en el Día Después, confieso que me da miedo en mi realidad actual. Al mismo tiempo, sé que ofrece también muchas posibilidades de aprehender lo mejor de lo que nos sucede a diario y que forma parte de nuestra personalidad. Fundamentalmente, porque no es fácil que mediante nuestro esfuerzo nos acostumbremos a ver, cada día, el vaso medio lleno de todo lo que nos ocurre de forma personal e intransferible, no medio vacío, que también es posible, sobre todo a nivel de sentimientos y emociones, mucho más cuando estoy preocupado con la realidad de mi zaratán. Es lo que aprendí de Rafael Alberti en mis años jóvenes, cuando comparaba pensamiento y sentimiento en un poema precioso que no olvido: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso.

Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008)

Para empezar, confieso que aprendí del poeta Ángel González saber distinguir el futuro del porvenir, porque él entendía que al porvenir lo llaman así “porque no viene nunca” (1), cuestión no baladí en estos tiempos tan convulsos y de continuas mudanzas, incluso las del alma:  Te llaman porvenir / porque no vienes nunca. / Te llaman: porvenir, / y esperan que tú llegues / como un animal manso / a comer en su mano. / Pero tú permaneces / más allá de las horas, / agazapado no se sabe dónde. / … Mañana! / Y mañana será otro día tranquilo / un día como hoy, jueves o martes, / cualquier cosa y no eso / que esperamos aún, todavía, siempre.

Sin embargo, inmediatamente después escribe sobre el futuro, en Sin esperanza, con convencimiento (III), dándonos la oportunidad de descubrir sus bondades a pesar de estar inmersos, muchas veces, en un porvenir perpetuo:

Pero el futuro es diferente
al porvenir que se adivina lejos,
terreno mágico, dilatada esfera
que el largo brazo del deseo roza,
bola brillante que los ojos sueñan,
compartida estancia
de la esperanza y de la decepción, oscura patria de la ilusión y el llanto
que los astros predicen
y el corazón espera
y siempre, siempre, siempre está distante.

Pero el futuro es otra cosa, pienso:
tiempo de verbo en marcha, acción, combate,
movimiento buscado hacia la vida,
quilla de barco que golpea el agua
y se esfuerza en abrir entre las olas
la brecha exacta que el timón ordena.

En esa línea estoy, en esa honda
trayectoria de lucha y agonía,
contenido en el túnel o trinchera
que con mis manos abro, cierro, o dejo,
obedeciendo al corazón, que manda,
empuja, determina, exige, busca.

¡Futuro mío…! Corazón lejano
que lo dictaste ayer:
no te avergüences.
Hoy es el resultado de tu sangre,
dolor que reconozco, luz que admito,
sufrimiento que asumo,
amor que intento.

Pero nada es aún definitivo.
Mañana he decidido ir adelante,
y avanzaré,
mañana me dispongo a estar contento,
mañana te amaré, mañana
y tarde,
mañana no será lo que Dios quiera.

Mañana gris, o luminosa, o fría,
que unas manos modelan en el viento,
que unos puños dibujan en el aire.

Sobran interpretaciones. En mis circunstancias actuales, a mí me ayuda a distinguir porvenir de futuro y sigo dispuesto a frecuentarlo, a pesar de todo, siguiendo las instrucciones del Dr. Cardoso, médico de la clínica talasoterápica de Parede, cerca de Lisboa, a Pereira, en aquella recomendación que leí hace ya muchos años en Sostiene Pereira, una obra extraordinaria de Antonio Tabucchi, que no olvido: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Porque el futuro lo veo claro con esta actitud, Mañana he decidido ir adelante, / y avanzaré, / mañana me dispongo a estar contento, / mañana te amaré, mañana / y tarde, / mañana no será lo que Dios quiera. Ni un porvenir que nunca llega.

Ayer me recibió el oncólogo que me va a acompañar durante cinco años en esta aventura de acabar con el zaratán, para explicarme el Día Después de la radioterapia, arduo camino de la vida, con su porvenir y futuro dentro, con los pros y contras de la medicación que tengo prescrita, que hay que vigilar estrechamente porque no es inocente. Estoy avisado de mi día después, de mi porvenir, de mi futuro.

Pienso también, como un Juan sin Miedo redivivo, en el después al que cantó Benedetti, en su Después, tal y como lo explicó espléndidamente en un poema inédito publicado dos años después de su fallecimiento, El Después, formando parte de un conjunto de poemas seleccionados por el autor en los últimos años de su vida: “El Después nos espera / con las brasas y los brazos abiertos / ah pero mientras tanto / vemos pasar con su cadencia/ la muerte meridiana de los otros / los más queridos y los no queridos”. Hoy, lo he sentido así al conocer el fallecimiento de una persona querida por mí, a pesar de la distancia que teníamos en la actualidad, tanto de cuerpo como de espíritu.

Reconozco que Benedetti me ha ayudado también en este cuaderno digital, a comprender mejor el Buzón de tiempo de cada uno. Decía Cicerón que en algún momento hay que decir las cosas tal y como son, a pesar de que se demuestre siempre que cuando las personas están ausentes se puede escribir mejor, porque las cartas no se ruborizan, las personas sí. Asimismo, aprendí a comprender sus esperas en Testigo de uno mismo, un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Ahora, en este proceso en el que me encuentro, no quiero renunciar a pensar.

En los Días Después de cada pronunciamiento en este cuaderno digital, pienso en qué efectos puede tener en la Noosfera lo que escribo y publico, por ejemplo ahora con este Diario de mi zaratán, porque avanzando en el arduo camino de la vida, pienso mucho en el después, en su Después, en las incertidumbre diarias que tienen siempre su continuidad en el Día Después, porque sólo esperamos / que alguien nos sueñe sin puñales / de todos modos preparamos / la boca por si vuela un beso / y si no vuela siempre queda / uno que emerge del olvido… Sobre todo, porque en mi soledad sonora busco arroparme con las palabras de Ángel González, que me dan el calor existencial e ideológico que necesito: Pero nada es aún definitivo. / Mañana he decidido ir adelante, / y avanzaré, / mañana me dispongo a estar contento, / mañana te amaré, mañana y tarde, / mañana no será lo que Dios quiera. Eso, mi compañera de vida lo sabe, también mi hijo, mi nuera, mis nietos, mis amigos y amigas que me conocen y quieren desde el Día Antes que compartimos a diario.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Planeta (Seix Barral).

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¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán / 3. Halcyon

Acelerador lineal Halcyon

Sevilla, 13/III/2026 – 08:02 UTC (CET+1)

Comenzó 2026 con una pregunta en mi persona de secreto que debo a Pablo Neruda, porque ante la realidad inexorable de mi zaratán declarado en una vida propia, sujeta a un calendario inexorable de días, meses y años, uno tras otro, sin parar y sin caminos intermedios, horas, minutos y segundos, uno tras otro también, perfectamente organizados y sincronizados, resonaba con fuerza en un ambiente festivo:  ¿Y cómo se llama ese mes / que está entre Diciembre y Enero? (Libro de las preguntas, capítulo XLVI).

La verdad es que en ese tránsito entre la cruda realidad de diciembre y la incertidumbre de enero, me sembraba dudas la rigidez del calendario gregoriano, porque caían sus hojas en una dialéctica de pasado y porvenir incierto. Es algo así como si la vida me permitiera parar el tiempo ante el vértigo de la cruda realidad. El calendario de mi vida se acababa de convertir en lo más íntimo de mi propia intimidad (San Agustín, dixit: intimior intimo meo). Quizás había llegado el momento de interpretar el tiempo fuera de su encorsetado cronograma y primar esta búsqueda de razones positivas para vivir cada segundo de cada día, de cada mes, para que parezca que el tiempo se detiene en un ciclo que sólo debería tener un nombre: felicidad. Neruda continúa en el capítulo citado con más preguntas, no pudiendo añadir más meses al calendario: ¿Por qué no nos dieron extensos
meses que duren todo el año?
¿No te engañó la primavera
con besos que no florecieron?
Ahí estaba mi humilde respuesta a preguntas pertinentes: diciembre me había demostrado que mi zaratán estaba vivo, en fechas proclives para la felicidad. No quería en enero de 2026 que diciembre durara todo el año… La realidad es que cuando buscamos la felicidad desesperadamente, lo de menos es cuantificar el tiempo en horas y días, por ejemplo, cuando parece que se detiene “como si no pasara o se nos fuera casi sin darnos cuenta” en nuestra realidad más próxima.

Enero me trajo nuevas noticias: más analíticas, inicio de la terapia hormonal con una inyección con efectos para seis meses y algo muy importante y humano, conocer a mi oncólogo de cabecera que me acompañará en este proceso de vencer al zaratán durante cinco años. Más consultas de urología y el inicio de otra terapia farmacológica durante dos años en esta lucha sin cuartel. He recordado siempre a Josefito Figuraciones, el protagonista de El zaratán, cuando salía al campo a matar con su rodrigón y con todos los medios que podía, todo lo que se encontraba que tuviera un parecido con el zaratán que estaba alojado en el pecho de Cinta Marín, lagartos incluidos, calentureros, gañafotes y escarabajos que se iba encontrando, porque pensaba en el “don de la ubicuidad” que tenía el temido zaratán y que él no poseía. Había que matarlo como fuera y a modo de Persefito, llevarlo “arrastrado por todo el pueblo, como un trofeo, a su pobre y desvalida Cinta Marín”.

Quedaba comenzar con la radioterapia y allí me esperaba un ritual y una sorpresa. Respecto del ritual, sabía que tenía que respetar durante todo el proceso una dieta severa, acudir a Oncología Radioterápica del hospital público Virgen del Rocío, durante 23 días, cinco días a la semana, en sesiones muy breves. Preparar cada sesión bebiendo medio litro de agua, esperar la llamada mediante el “turnómetro”, letra-número-letra-número para salvar la confidencialidad, paso a Sala E, donde se aloja el acelerador lineal, colocación en la mesa, deslizamiento para comenzar la radiación dejando libre la cabeza para mejorar el enclaustramiento, música ambiente, cinco a ocho minutos de sesión y vuelta a la posición inicial para regresar a la cabina en la que te has liberado antes de la radiación de la ropa indicada y vuelves a vestirte. Siempre he dado las gracias a las personas que me han atendido y ayudado a colocarme bien en la mesa deslizante y levantarme una vez finalizada la sesión.

Mariposa en el techo de la sala de espera – Oncología Radioterápica HU Virgen del Rocío / JA COBEÑA

Algo que me ha conmovido diariamente es compartir la sala de espera con pacientes de diferentes patologías, algunos como la mía, con desplazamientos lejanos de la capital, pero todos allí sentados en formato escuela, contemplando a veces mariposas en el techo con sus trajes de fiesta y mostrando su libertad alada, esperando ser atendidos por profesionales y con medios muy sofisticados gracias al carácter público del Sistema Sanitario de Andalucía, lejos de la privatización progresiva al que lo lleva el Gobierno autonómico actual.

Habitualmente, en cada sesión está sintonizada una emisora con música y recuerdo perfectamente quién cantaba el primer día, Antonio José, andaluz por más señas, con una canción, Por mil razones, de letra metafórica en ese instante radioterápico:

Por mil razones 
Eres una de mis canciones
La que salva mis errores
La que a todas mis locuras dice: «Sí»

La sorpresa a la que me refería anteriormente fue descubrir el nombre del acelerador lineal en el que he entrado ya veinte días, faltando tres para terminar este ciclo. Se llama Halcyon, fabricado por la empresa estadounidense Varian, hoy formando parte de Siemens Healthineers, con una historia científica apasionante y cuya denominación hace referencia a Alcíone, hija de Eolo (dios de los vientos), y Ceix, rey de Tesalia, formaban una pareja feliz que se comparó con los dioses Zeus y Hera, lo que provocó su ira. Cuando Ceix murió en un naufragio, Alcíone se lanzó al mar por dolor, y los dioses los transformaron a ambos en aves (martines pescadores). Pasando por el túnel del tiempo, la leyenda mitológica descrita se interpretó como la realidad de un ave de nombre Alción, un martín pescador que pone sus huevos en nidos flotantes durante el solsticio de invierno, días Alción, tiempo en el que su padre Eolo calma los vientos para proteger a sus nietos. Todos los días, hoy mismo, he leído el nombre Halcyon en el arco superior, al desplazarse la mesa que me sustentaba en el acelerador lineal al entrar y salir del mismo.

Halcyon cumple su misión de ofrecerme paz y tranquilidad durante las sesiones descritas. Me protege diariamente, como martín pescador redivivo, de las inclemencias del mar proceloso de la vida, de un zaratán concreto al que hay que intentar vencer en su pertinaz existencia.

Cuando salía ayer de la Sala E, me detuve a leer atentamente un cartel informativo sobre la financiación de este acelerador lineal, mi Halcyon. Ha sido a través del Gobierno de España que aprobó el 27 de abril de 2021, el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, recogiendo 110 inversiones y 102 reformas con un presupuesto de 140.000 millones de euros procedentes de fondos europeos, entre 2021 y 2026, sustentándose en cuatro ejes de transformación: la transición ecológica, la transformación digital, la cohesión social y territorial y la igualdad de género. A su vez se dividía en 10 políticas tractoras que recogen 30 componentes. Así pues, el Pacto por la ciencia y la innovación y refuerzo del Sistema Nacional de Salud fue la 6ª de las diez políticas tractoras y en ella se encontraba el componente 18 “Renovación y ampliación de las capacidades del Sistema Nacional de Salud”. Fruto de este Plan, concretamente del denominado INVEAT (Inversión en equipos de alta tecnología sanitaria en el Sistema Nacional de Salud), fue la entrada en funcionamiento en marzo de 2023 de este acelerador lineal en el Hospital Universitario Virgen del Rocío, donde me atienden actualmente, gracias a los fondos europeos, financiación que es justo y necesario por mi parte reconocer y agradecer al mismo tiempo, sobre todo porque hay que reforzar la creencia de que el mantenimiento del Estado de Bienestar es posible en nuestra Comunidad, con la ayuda de los fondos europeos, siempre que seamos conscientes de que uno de sus pilares básicos, el Sistema Sanitario Público de Andalucía, es necesario blindarlo de la estrategia de desmantelamiento progresivo que ha sufrido en esta legislatura.

Como se decía en los cines de sesión continua en Madrid, a los que yo asistía cuando era niño, en el momento final de proyectar cada tráiler, “próximamente en ese salón“, este diario de mi zaratán continuará vivo y próximamente podrán seguir leyéndolo en este cuaderno digital. Halcyon, con su buen hacer científico, quedará en mi alma de secreto, porque ahora, haciendo honor a su nombre, me aporta curación, tranquilidad y calma en el mar proceloso de la vida.

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¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán / 2. Refugio

Sevilla, 12/III/2026 – 07:42 h UTC (CET+1)

Se acercaba la Navidad después de identificar mi zaratán y junto al héroe del relato homónimo de Juan Ramón Jiménez, Josefito Figuraciones, rememoré las andanzas de otro niño, el Principito, porque creí que era importante rescatar la quintaesencia de lo narrado por Antoine de Saint-Exupèry, sobre todo porque la acción ocurre en un desierto, como a veces es el mundo que nos rodea, con soluciones para comprender lo que nos pasa que sólo lo sabe explicar bien un niño. Así nació un pequeño libro que publiqué en enero, El Principito, hoy, con una interpretación de su mensaje adaptada a las actuales circunstancias de nuestro complejo mundo al revés, respetando la óptica de este niño-hombrecito-príncipe, tanto monta-monta tanto, texto en el que proyecto mis razones pascalianas de la razón y del corazón al leerlo ya como «persona mayor», como le gustaba decir a nuestro pequeño héroe, afectada por una situación especial.

Asumí algunas ideas del Principito como propias en este momento delicado de mi vida, que confieso han sido, por este orden, las siguientes: todos los mayores han sido primero niños (algo que no olvido), hay que juzgar por actos, no por palabras, es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás, ¿quién descifra el terrible enigma de la soledad humana? y, sobre todas, una fundamental en mi vida actual: lo esencial es invisible a los ojos.

En este tiempo de silencio, junto a la realidad “principesca”, rescaté también los consejos de un gran director de cine, Costa-Gavras, que figuran en un libro suyo íntimo, Ve adonde sea imposible llegar, en el que narra a modo de memorias las vicisitudes de su larga carrera cinematográfica, que tanto admiro, porque nunca ha sido inocente. Pero siendo sincero, mi refugio en él, con mi zaratán a cuestas, ha sido para leer apasionadamente una obra conmovedora, Le dernier souffle (El último suspiro), en su edición original francesa, escrita por Claude Grange y Régis Debray (¡ay la revolución de los años jóvenes!), que inspiró la última película de este director, de título homónimo.

¿Por qué esta lectura conjunta? Lo explico a continuación, porque resultaba atractivo para mi persona de secreto que Costa-Gavras se inspirara, en el título de sus memorias, en un escritor griego, como él, Nikos Kazantzakis, extrayendo un diálogo de su personalísima Carta a Greco, en el que le pide al pintor, dirigiéndose a él como “abuelo amado”, que le dé una orden para centrar su azarosa vida, que recibe en los siguientes términos: “Llega hasta donde puedas”. El consejo no llegó a estremecer el corazón del peticionario y vuelve a pedir al abuelo una orden “más difícil, más cretense”, resonando a partir de ese momento “una voz hecha para ordenar y que hacía temblar el aire”: “¡Llega hasta donde no puedas!”.

De esta forma, estas palabras de espíritu cretense, son para mí el hilo conductor de sus memorias, leyéndolas con fruición desde que escuché una intervención suya en el Festival de Cine de San Sebastian, en 2024, con motivo de la presentación de su última película ya citada, El último suspiro, en la que manifestó que “el cine es un espectáculo que busca generar emociones en el espectador, luego a partir de esas emociones éste puede llevar a cabo una reflexión o no, pero en todo caso el cine no está para impartir doctrina”, a lo que agregó: “Yo nunca podría rodar una película sobre algo que me resultara indiferente. Cuando he intentado hacerlo, he desistido y he abandonado el proyecto. Rodar una película es como vivir una historia de amor, hay que hacerlo hasta el final. A mis 91 años y con la muerte asomando en el horizonte es normal que a menudo me pregunte: ¿cómo acabará todo esto? ¿Cuando llegue el momento seré presa del terror o podré acabar mis días con dignidad?”.

Ese día tendrá un sentido especial haber recorrido su vida con aquella orden de su abuelo amado como hilo conductor, recordando a Kazantzakis, porque ha ido hasta adonde ha podido llegar, aunque pareciera imposible. Costa-Gavras lo explica muy bien en sus Memorias, cuando afirma que en su mayo francés de 1968, que vivió en vivo y en directo, escuchó, entre otros muchos eslóganes, uno que decía “sé realista, haz lo imposible”, lo que le recordó la frase de Kazantzakis, Ir adonde resulta imposible llegar: “Durante mi época de estudiante, me había hecho reflexionar mucho por la dureza de su significado. Para mí cobró sentido en París al leer esta otra frase: “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

Leí también, como he manifestado anteriormente, la obra francesa de Grange y Debray, El último suspiro, después de haber visto la película, que me emocionó especialmente, con su hilo conductor vital, declarado por Costa-Gavras. La sinopsis oficial es escueta, para no interferir las emociones y sentimientos del espectador: «En una suerte de diálogo filosófico, el doctor Augustin Masset y el célebre escritor Fabrice Toussaint debaten sobre la vida y la muerte… Una vorágine de encuentros en los que el médico es el guía y el escritor, su pasajero, conducido a confrontar sus propios miedos y angustias… Una danza poética en la que cada paciente es un compendio de emociones, risas y lágrimas… Un viaje al corazón palpitante de nuestras vidas».

Una cosa más. Costa-Gavras se despidió en su comparecencia oficial de presentación de su película en el Festival de San Sebastián, estrenada en 2024, dejando un mensaje aleccionador: “Buena parte de ese vivir de espaldas a la muerte está motivado por nuestra educación religiosa. Las religiones nos invitan a resignarnos ante el sufrimiento, pero sufrir es algo obsceno, no hay nada de bueno en ello. Sufrir es lo peor de la vida y del mismo modo que ya hay métodos para que las mujeres puedan parir sin sufrir, debería implementarse algo parecido en medicina paliativa […] Sea cual sea nuestro estado físico, yo creo que nunca hay que rendirse, merece la pena luchar hasta el final”. Una vez más, sintió profundamente, al pronunciar estas palabras, aquella orden del “abuelo amado”, según Kazantzakis: ve adonde sea imposible llegar. Mejor todavía, lo leído en dos pancartas del Mayo francés, como si fuera dos órdenes en su vida: “Sé realista, haz lo imposible” y “No quiero ser el más fuerte, ni el más rico, ni el más guapo, ni el más grande. Quiero ser diferente”.

En estos momentos tan especiales de mi vida, quiero seguir descubriendo lo esencial de lo que me sucede, para que no sea invisible a mis ojos, así como ser realista y luchar contra el zaratán, para vencerlo, algo a lo que aparentemente parece imposible llegar. Lucharé, aplicando siempre el principio freudiano de realidad. Al fin y al cabo, un refugio para mi persona de secreto.

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¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán / 1. Incertidumbre

Jacarandás de Sevilla / JA COBEÑA

Sevilla, 11/III/2026 – 08:05 h UTC (CET+1)

Incertidumbre es la palabra que mejor resume este largo camino hasta llegar al diagnóstico final de mi zaratán. No lo he hecho en solitario, sino acompañado siempre por la familia, fundamentalmente por mi compañera de vida, a la que tanto quiero, porque tomando palabras de Benedetti, sé que “en el instante en que vencen los crueles entra siempre a averiguar la alegría del mundo y sabe volar gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores”. Como siempre, que decía el poeta uruguayo, sé que el mundo la quiere mucho, pero yo un poquito más que el mundo.

Todo comenzó en junio de 2025, con una analítica rutinaria anual ordenada por mi médica de Atención Primaria, en mi Centro de Salud, para vigilar de cerca el PSA (antígeno prostático específico), una proteína producida por la próstata, cuyos niveles en sangre se miden para detectar problemas prostáticos. Son unas siglas que cuando se marcan en la solicitud de analítica indican claramente que pertenecen a la clasificación de marcador tumoral. Me acompañan desde hace ya bastantes años y, de forma especial, a raíz de una intervención por hiperplasia benigna de próstata en 2016.

Los resultados arrojaban en esta ocasión una cifra alta del PSA, por lo que mi doctora me prescribió antibióticos y la espera de un mes para realizarme una nueva analítica y revisión en consulta. Así fue y el médico que me atendió en julio, por la ausencia por vacaciones de mi doctora, estimó que ante los nuevos resultados y la trazabilidad última del célebre PSA, era conveniente solicitar una consulta especializada en Urología.

La cita del especialista llegó finalmente en septiembre, tras una ardiente impaciencia por mi parte, porque conocía bien el drama en Andalucía de las listas de espera en atención especializada. Fue una consulta rápida y el especialista estimó necesaria una Resonancia Magnética para evaluar la situación de la próstata. Firmó la solicitud con carácter preferente y tras unas gestiones directas en el hospital Virgen del Rocío, me citaron el 3 de octubre, siendo su resultado la primera voz de alarma por los datos obtenidos. Tras nuevas gestiones para recoger esos resultados, en un ir y venir continuo de un centro médico a otro, me citaron para informarme que ante el informe de la Resonancia, había que continuar con nuevas pruebas, en esta ocasión una biopsia de fusión, que ya conocía por experiencias anteriores. Era el segundo especialista que me atendía.

Siguió la incertidumbre campando a sus anchas en mi persona de secreto, porque ya sabía que en la Resonancia había alcanzado la prueba una clasificación máxima, un PIRAD5, nuevas siglas crípticas, cuyo significado en roman paladino era rotundo: lesión en próstata, PIRAD5, con alta probabilidad de extensión extraprostática. La verdad es que recibí la noticia con un profundo silencio sólo interrumpido por mi petición de pronóstico. La respuesta facultativa fue que se perseguía siempre la curación, asociándolo con la esperanza de vida en España en mi rango de edad. Lo asumí con más incertidumbre todavía, sabiendo que iniciaba un camino muy duro, con una biopsia de fusión, realizada el 28 de octubre, que arrojó nuevos datos nada halagüeños, explicados por la tercera especialista que me atendió el 19 de noviembre: adenocarcinoma acinar grado 4+4 Gleason, de alto riesgo, localmente avanzado, pendiente de estudio de extensión. Más incertidumbre todavía, porque ya eran dos pruebas objetivas con resultados muy preocupantes. En esta consulta me informó la cuarta especialista (ya iban cuatro diferentes…), que hacía falta realizar una tercera prueba, PET-TC de cuerpo entero, realizada finalmente el 25 de noviembre con una duración de tres horas, realmente eternas.

Con la trayectoria anterior, fui asumiendo poco a poco que mi situación era grave, de alto riesgo, un cáncer sin paliativos, quedando tan solo el diagnóstico final, que llegó el 17 de diciembre después de tanto desconcierto anímico y ardiente impaciencia en términos nerudianos.

Llegó ese día. Quinta especialista, que de por sí me desconcertó por este trasiego de profesionales que salvaba una y otra vez por mi principio de confianza en los profesionales del Sistema Sanitario Público de Andalucía, su alma, que tanto aprecio y defiendo ante su desmantelamiento progresivo por parte del gobierno actual, con un apoyo transversal por disponer todos ellos de una herramienta informática, el Sistema de información Diraya (conocimiento, en árabe, según Averroes), algo que me consolaba siempre en cada consulta, porque sabía que allí estaba mi historia de salud digital, en tiempo real, en alta disponibilidad, 24x7x365. El encuentro fue muy correcto, breve y bueno, porque se cerraba una etapa muy complicada seis meses después desde que comenzara esta travesía tan especial. Allí me ratificó el diagnóstico, adenocarcinoma de próstata localmente avanzado, de alto riesgo. Me explicó el esquema del tratamiento a seguir, siempre en siglas, que poco a poco he ido digiriendo con resignación esperanzada en clave de curación: STAMPEDE, RTE+TDA+Abiraterona 2 años. El día siguiente comencé el tratamiento y me informé detalladamente de cada sigla que me acompaña desde entonces.

Una observación en este relato: creo que he firmado tres “consentimientos informados”, un eufemismo en toda regla, porque siempre me daban este documento con unas cinco páginas cada uno, dobladas por la página de la firma, a lo que siempre contesté que quería saber antes qué firmaba, porque allí se explicaba de forma pormenorizada qué me iban a hacer, posibles complicaciones y otros detalles, petición que resolvían sobre la marcha entregándome una copia para que lo leyera posteriormente. Creo que es una situación muy delicada y si es un consentimiento informado, se debería explicar todo el proceso antes de firmarlo casi de forma automática y nunca mejor dicho…, al entregarlo en blanco.

En este mar de incertidumbres, donde la vida está en juego, he recordado casi a diario mi etapa de creyente católico, apostólico y romano, que ya no es así, sobre todo la lección laica aprendida del Eclesiastés (3, 1-22), tomando conciencia de que en la vida hay tiempo de todo, viviendo con su espíritu finalista, aunque hay preguntas transcendentales que difícilmente tienen respuesta lógica: agregar años sin fin a la vida, diferenciarse de los animales al morir, porque somos polvo, y la soledad…, porque no hay acompañamiento posible para conocer lo que hay después de la vida, cuando abandonas la trascedencia religiosa de la fe de mis mayores, como decía Antonio Machado. Es decir, preguntas y problemas sin respuesta porque, paradójicamente, a esas cuestiones ya respondió hace siglos la persona que mejor conocía la comunidad, es decir, el más inteligente, el superdotado de entonces, el supuestamente más religioso, porque respondía a todos los problemas en los pueblos ribereños que hoy -véase la guerra en Irán- se debaten en guerras fratricidas. Se llamaba Eclesiastés. Cuando todo era silencio sin respuesta ante la adversidad, decía: mejor es caminar juntos que uno soloporque si te caes siempre habrá alguien que te levante. Muy inteligente. Había resuelto un gran problema para el presente y para el futuro de la inteligencia social de cada uno, sin discriminación alguna, para mi zaratán, por ejemplo.

Eclesiastés nos decía al comenzar el célebre capítulo 3 citado, que tenemos hasta 27 oportunidades para disfrutar del tiempo a lo largo de la vida, buscando siempre la felicidad, que también se vienen repitiendo desde que el mundo es mundo: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Casi nada, pero administrar esta carga vital, en su tiempo específico, es harina de otro costal. Por eso hay que ser consecuente con esta lista de hechos humanos, que no nos son ajenos y que rodean siempre a la felicidad o a sus contrarios, porque vanidad de vanidades, todo es vanidad y si no que lo demuestre nuestra capacidad de respuesta que cada uno tiene a las tres preguntas enunciadas anteriormente. O la respuesta concreta a mi zaratán, en estos momentos tan especiales de mi vida, porque no olvido ni un solo día que está ahí y sigue al acecho.

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UCRANIA, IRÁN, ORIENTE MEDIO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Diario de mi zaratán

Juan Ramón Jiménez, El zaratán, Méjico D. F., 1946

Sevilla, 10/III/2026 – 07:58 h UTC (CET+1)

Zaratán. Una palabra de origen árabe, que según el Diccionario de Autoridades (RAE, tomo VI, 1739) tiene un significado mantenido en el tiempo, como “un género de enfermedad de cancer, que dá à las mugeres en los pechos, el que les vá royendo, y consumiendo de tal suerte la carne, que por lo regular vienen à morir de esta enfermedad. Covarrubias dice es voz Arábiga, que en su Lengua significa lo mismo. Lat. Carcinoma, tis”. Este lema se ha modulado posteriormente hasta nuestros días, en la última versión del Diccionario de la Lengua Española (RAE: 23.ª ed., 2014), como voz “derivada del árabe hispánico saraṭán, y este del árabe clásico saraṭān, literalmente ‘cangrejo’”, con un significado rotundo: “cáncer de mama en la mujer”.

ZARATÁN, Diccionario de Autoridades, RAE, Tomo VI, 1739

Con estos antecedentes lexicográficos, recordé en días pasados y con motivo de un diagnóstico personal de cáncer de próstata (un zaratán redivivo) que me comunicaron en el pasado mes de diciembre, que Juan Ramón Jiménez, el inolvidable poeta moguereño y autor de Platero y yo, había publicado un relato, más bien una elejía [sic] andaluza, con este título, El zaratán, que leí por primera vez en un libro precioso del poeta, Por el cristal amarillo, que compré en Moguer hace ya cincuenta años en la Casa Municipal de Cultura “Zenobia y Juan Ramón”, hoy sede de la Casa-Museo y de la Fundación homónimas.

Moguer me ofreció siempre, en los años setenta del siglo pasado, una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases como docente en las Escuelas de Enfermería y Trabajo Social de Huelva, en un despacho en la citada Casa Municipal, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes de azulejos con pasajes de Platero y yo, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado-conserje, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Son recuerdos imborrables, porque el relato El zaratán que figuraba en el libro citado, que compré un día a Pepito, que él sacaba con esmero de un baúl, sellándolo con las firmas autógrafas de Zenobia y Juan Ramón Jiménez, quedó guardado en mi memoria de hipocampo, en mi alma de secreto, hasta que este acontecimiento personal ha traído a mi mente ese relato entrañable, excepcional, convirtiendo mi cáncer en mi zaratán particular, porque el simbolismo árabe podía apropiármelo en una ocasión tan transcendental: un cangrejo acechaba mi vida.

Cuando leí por primera vez esta elejía andaluza, me conmovió profundamente, porque al protagonista lo identifiqué inmediatamente como el poeta cuando sólo tenía trece años, utilizando un heterónimo, Josefito Figuraciones, su alter ego de la infancia, Juanito Figuraciones, como le llamaba cariñosamente su madre, en sus primeros años de vida en Moguer. Supe desde el principio que Juan Ramón Jiménez me regalaba unas páginas inolvidables de su infancia, en su pueblo, con una experiencia de amor adolescente hacía Cinta Marín, la gran protagonista de la historia, su amada en sueños, una viuda muy joven enferma de cáncer, por un zaratán que Josefito pretendió acabar con él de todas las formas posibles y que la presentaba con estas palabras:

«—TIENE un zaratán.

—Lo tiene en el pecho.

—Se le está comiendo viva ese maldito zaratán.

Josefito Figuraciones veía a Cinta Marín con el zaratán en el pecho, entre los pechos, enmedio del pecho blanco, blanco de leche. Porque la mejilla de Cinta, su mano, su muñeca eran blancos mates de leche. Y ella se miraría el zaratán rojo en su pecho blanco, con sus ojos negros”.

Esta elejía se publicó en Madrid por primera vez en el diario El Sol, el domingo 12 de enero de 1936, editándose posteriormente en formato libro en 1946, en México, con 19 grabados de Alberto Beltrán, autorizados de forma extraordinaria por el poeta, que no acostumbraba a introducir ilustraciones en sus obras.

He vuelto a leer El zaratán, siguiendo la cronología exacta de las dos primeras publicaciones, que guardo como oro en paño en mi biblioteca, mi clínica del alma, a la que he acudido estos días por razones especiales, nunca mejor dicho. Sobre todo la edición original mexicana, publicada en mayo de 1946, como número 20 de la colección “Lunes” y editada por los hermanos Pablo y Henrique González-Casanova. Estas lecturas me han inspirado para escribir este diario de mi zaratán personal, que publicaré por entregas en este cuaderno digital a partir de hoy, quedándome con una idea que he asimilado de nuevo como hilo conductor de mi experiencia personal a la hora de enfrentarme a un zaratán al que el Sistema Sanitario Público de Andalucía me ayuda a curar con el buen hacer de sus profesionales, en mis figuraciones, tal y como soñaba el adolescente juanramoniano del relato, para convertirme en un Perseo redivivo, Persefito, dispuesto a luchar contra mi zaratán y vencerlo para siempre.

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NOTA: A quien se anime a leer “El Zaratán”, conociendo la dificultad para acceder a las ediciones citadas, le recomiendo una edición de la Fundación Juan Ramón Jiménez, publicada en 1990, cuidada con esmero por un poeta al que conozco y aprecio, Juan Cobos Wilkins, sobre todo porque el extenso prólogo, escrito por Arturo del Villar, ayuda a comprender bien esta bella obra, una “figuración”, como él explica. También, pueden leer una edición, publicada en Huelva en 2017, por la editorial Niebla, que valoro positivamente, en la que se incorporan los 19 grabados de la edición de Méjico de 1946.

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UCRANIA, IRÁN, ORIENTE MEDIO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Necesitamos leer «El Principito», porque lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

Sevilla, 31/I/2026 – 11:30 h UTC (CET+1)

Publico hoy una recopilación de los artículos que escribí en diciembre de 2025, El Principito, hoy, sobre la base de una obra emblemática homónima, El Principito, publicada en 1943 por Antoine de Saint-Exupèry, con una interpretación de su mensaje adaptada a las actuales circunstancias de nuestro complejo mundo al revés, respetando la óptica de este niño-hombrecito-príncipe, tanto monta-monta tanto, texto en el que proyecto mis razones pascalianas de la razón y del corazón al leerlo ya como «persona mayor», como le gustaba decir a nuestro pequeño héroe.

Así lo explico en el primer capítulo, a modo de prólogo, Todos los mayores han sido primero niños, que reproduzco a continuación, porque ofrece la sinopsis de los que viene después, resaltando su hilo conductor, lo esencial es invisible a los ojos, sin dejar atrás otras valoraciones transcendentales, como la amistad, por ejemplo.

Espero que disfruten con su lectura como yo lo he sentido al escribirlo sobre páginas en blanco, donde he cuidado decir algo esencial, tal y como lo aprendí hace ya muchos años del maestro Ítalo Calvino en El arte de empezar y el arte de acabar. Además, es el mismo sentimiento que tengo hoy al compartirlo con la Noosfera, la malla pensante de la humanidad.

Todos los mayores han sido primero niños

«En la primera edición de El Principito, obra publicada en 1943 por Antoine de Saint-Exupéry, figuraba una dedicatoria que nunca me pasó desapercibida, «A Leon Werth: Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Verdaderamente necesita consuelo. Si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO«

Si recojo íntegra esta dedicatoria es porque pienso que en ella está la quintaesencia de esta obra, acusando una vez más la dificultad de escribir cuentos, para cualquier edad, como confesó en su día Juan Ramón Jiménez en su memorable Platero y yo, cuando afirmaba lo siguiente: «Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer! Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

Si retomo hoy la lectura nueva de El Principitocomo persona mayor que recuerda que he sido niño, salvando la advertencia del autor, es porque sé que esta excelente obra, ha pasado a ser en 2025 de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. En tal sentido, me he propuesto escribir en mi cuaderno digital, como segunda razón y sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry la escribió atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses «que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos«, una serie de artículos durante la Navidad de este añoque respetaran la estructura y contenidos de esta novela corta, ¿cuento quizás?, desarrollada a través de 27 capítulos, con mi interpretación actualizada en 2025, de lo que el autor quiso dejar como legado de su alma inquieta a la Humanidad. 

Comienzo con estas palabras a volar de nuevo, como persona mayor, en búsqueda de un mundo mejor, acompañado por un pequeño príncipe aleccionador».

El Principito… andaluz

Una cosa más. Les animo a leer también un artículo que publiqué en 2021, El Principito… andaluz, en el que recogí el debate que suscitó en las redes sociales la publicación de este cuento, que presentó en Sevilla el Sindicato Andaluz de trabajadores (SAT), el 9 de mayo de 2017. Aquello fue una revolución mediática por su origen “sindical” que conmovía los cimientos de la “toda Sevilla” y por la novedad de comenzar a traducirse al “andaluz” un cuento de tan larga historia: “Os invitamos a la presentación del libro clásico de «Er Prinzipito» en su traducción al andaluz por el antropólogo Huan Porrah. Entendiendo que será una oportunidad única para poder disfrutar de la filosofía que emana el libro a través de nuestro idioma andaluz. Ô imbitamô a la presentasión der libro klásiko de «Er Prinzipito» en su tradusión a l’andalú po e l’antropólogo Huan Porrah. Arremetiendo ke será una oportuniá unika pa poé difrutá de la filosofía ke mana er libro a trabé de nuettro idioma andalú”. Les encantará leerlo.

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¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / y 10. Un santo inocente muy especial

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

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Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO

Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito (1943)

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A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 28/XII/2025 – 08:33 h UTC (CET+1)

Hoy es el día de los Santos Inocentes según el calendario católico, apostólico y romano que, desde una perspectiva laica, lo asocio siempre con la muerte de miles de niños y niñas en el mundo, víctimas de hambruna, guerras, exilios involuntarios y tráfico criminal organizado. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, son algunos ejemplos del mundo al revés tan poco atendidos por el mal llamado Primer Mundo de los poderosos, tutelado ahora por el emperador Trump, con su traje nuevo…, pero desnudo para las personas dignas, recordando el cuento de Andersen.

Leyendo El Principito, creo que el protagonista puede ser un buen ejemplo de un “niño hombrecito“, inocente, según el aviador-narrador, que Antoine de Saint-Exupéry nos dejó retratado para la posteridad humana, en una novela corta para algunos, un cuento para muchos, con enseñanzas de valores eternos. Uno de ellos, la santa inocencia de la verdad verdadera, de la amistad.

Me enfrento hoy a la lectura del último capítulo, que forma parte de esta serie que anuncié el pasado 14 de diciembre. Lo prometido siempre es deuda y hoy cumplo mi compromiso, recordando por qué lo hago, por dos razones de peso: un pequeño homenaje al autor de este relato precioso, porque este año los derechos de autor de El Principito han pasado a ser de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor legalmente establecida a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. La segunda razón, ha sido que he escrito esta serie sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry escribió esta joya literaria atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos, desarrollándola ahora a través de 10 artículos, con mi interpretación del relato, actualizado en un contexto histórico especial como es la navidad en este año tan complejo que ya termina.

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

El capítulo XXVII culmina esta obra maestra de la literatura infantil y, sobre todo, de adultos que no olvidamos que alguna vez fuimos niños. Han pasado seis años desde que comenzó ese maravilloso encuentro y el aviador recuerda lo sucedido en el desierto: “Ahora me he consolado un poco. Es decir…, no del todo. Pero sé que verdaderamente [el hombrecito príncipe] volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado… Y por la noche me gusta oír las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles…”, tal y como él me lo había anunciado en los últimos momentos de su vida. Pienso qué hará en su pequeño mundo, que existir existe: “Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa… —Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…¡Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga tanta importancia!”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

Dejo hablar al aviador para que me cuente su visión final de una experiencia personal tan difícil de contar:

Éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo.Es el mismo paisaje de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…”.

Puedo asegurar que, en mi caso, ha vuelto…

He aquí el mejor retrato que, más tarde, logré hacer de él

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

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El Principito, hoy / 9. Lo importante, es lo que no se ve

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

Sevilla, 27/XII/2025 – 08:39 h UTC (CET+1)

Nos aproximamos a los últimos capítulos, hoy el XXV y XXVI. En el primero, leo la travesía del desierto que permite al principito y al aviador, llegar a un pozo que parecía de aldea no del Sáhara, al disponer de roldana, balde y la cuerda… El principito “rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como gime una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXV

Fue el momento de comprender por qué el principito quería beber de esa agua: “Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía”. Todo lo que había rodeado al esfuerzo del camino en busca del agua terrenal, haberlo compartido, era beneficioso para el corazón. Creo que Rafael Alberti lo explicó muy bien en un poema dedicado al verso que, hoy, puedo cambiar por agua: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. El agua, sin corazón, no es nada. El principito lo resumía bien: “los  ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

Más adelante, descubre el principito que se cumplía ya el aniversario de su caída a la Tierra desde el asteroide donde habitaba, con gran sorpresa del aviador: “—Entonces, no te paseabas por casualidad la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo, a mil millas de todas las regiones habitadas. ¿Volvías hacia el punto de tu caída? El principito enrojeció otra vez. Y agregué, vacilando: —¿Tal vez, por el aniversario…? El principito enrojeció de nuevo. Jamás respondía a las preguntas, pero cuando uno se enrojece significa «sí», ¿no es cierto?—¡Ah! —le dije—. Temo… Pero me respondió: —Debes trabajar ahora. Debes volver a tu máquina. Te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde… Pero yo no estaba muy tranquilo. Me acordaba del zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco”. La realidad es que se acercaba el final de esta preciosa aventura.

El capítulo XXVI necesita varias lecturas por la profundidad del mensaje que lleva dentro. Comienza con el descubrimiento, por parte del aviador, del principito subido en lo alto dentro un muro en ruinas, junto al pozo, dialogando de forma críptica con una serpiente: “—Tienes buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho tiempo? Me detuve, con el corazón oprimido, pero seguía sin comprender. —Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender! Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el principito, una de ésas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos. Comencé a correr, mientras buscaba el revólver en mi bolsillo, pero, al oír el ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena, como un chorro de agua que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico. Llegué al muro justo a tiempo para recibir en brazos a mi hombrecito, pálido como la nieve. —¿Qué historia es ésta? ¿Ahora hablas con las serpientes? Aflojé su eterna bufanda de oro. Le mojé las sienes y le hice beber. Y no me atreví a preguntarle nada. Me miró gravemente y rodeó mi cuello con sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pájaro que muere, herido por una carabina”.

El aviador se dio cuenta de que había ocurrido algo extraordinario y grave a la vez. Es la primera vez que se dirige al principito como hombrecito, tomando conciencia de su miedo, lo que le ocasiona una profunda tristeza por su posible retorno a su estrella: “Pero rió suavemente. —Tendré mucho más miedo esta noche… De nuevo me sentí helado por la sensación de lo irreparable. Y comprendí que no soportaría la idea de no oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto. —Hombrecito…, quiero oírte reír otra vez…”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

A partir de estas palabras, comienza a comprender lo que está ocurriendo: “—Esta noche, hará un año. Mi estrella se encontrará exactamente sobre el lugar donde caí el año pasado… —Hombrecito, ¿verdad que es un mal sueño esa historia de la serpiente, de la cita y de la estrella?… Pero no contestó a mi pregunta, y dijo: —Lo que es importante, eso no se ve. —Ciertamente…”. De nuevo, volvió a resonar en su alma de secreto qué es lo esencial de la vida, de las personas, lo que no se ve, lo que tantas veces le había explicado el hombrecito príncipe.

A partir de aquí, nuestro pequeño héroe, le ofrece al aviador su gran regalo para que entienda la experiencia de su encuentro en muy pocos días, la brevedad de un gran misterio, lo que le deslumbrará cuando mire a las estrellas: “—Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido. —¿Qué quieres decir? —Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír! Y volvió a reír. —Y cuando te hayas consolado (siempre se encuentra consuelo) estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo. Tendrás deseos de reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así…, por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando el cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco. Te habré hecho una muy mala jugada…”.

Luego…, viene la despedida, dolorosa como todas, que hay que leerla, querido lector, querida lectora, para comprenderla. Estoy seguro de que el hombrecito, a pesar de todo, se marchó solo a su cielo particular plagado de estrellas: “El principito dijo: —Bien… Eso es todo… Vaciló aún un momento; luego se levantó. Dio un paso. Yo no podía moverme. No hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo. Quedó inmóvil un instante. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol. En la arena, ni siquiera hizo un ruido”.

Me quedo pensativo, conmovido, conturbado y hoy me enfrentaré a la lectura del último capítulo de esta historia para personas grandes, que contaré “próximamente en este salón”, digital por supuesto, tal y como se anunciaban las películas en mi infancia de Castilla.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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El Principito, hoy / 8. Sólo los niños saben lo que buscan, lo esencial de la vida

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXIV

Sevilla, 26/XII/2025 – 11:56 h UTC (CET+1)

Abro El Principito hoy por el capítulo XXII y me asombra el breve e intenso diálogo de un guardaagujas con el principito. Trenes rápidos que pasan en un sentido y en otro, provocan preguntas y respuestas de profundo calado: “Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.

—Llevan mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan? —Hasta el hombre de la locomotora lo ignora —dijo el guardaagujas. Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso. —¿Vuelven ya? —preguntó el principito. —No son los mismos —dijo el guardaagujas—. Es un cambio. —¿No estaban contentos donde estaban? —Nadie está nunca contento donde está —dijo el guardaagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. —¿Persiguen a los primeros viajeros? —preguntó el principito. —No persiguen absolutamente nada —dijo el guardaagujas. Ahí adentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios. —Sólo los niños saben lo que buscan —dijo el principito. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran… —Tienen suerte —dijo el guardaagujas”.

Prisa, búsquedas, descontento, viajes hacia ninguna parte, como pasa en la vida de las personas grandes que solemos ir del tumbo al tambo, como decía García Márquez en sus Cuentos peregrinos. Y la respuesta a este ir y venir existencial no está en el viento (Bob Dylan, dixit), sino en el niño de cuatro años de Groucho Marx o en los del principito, porque solo ellos saben lo que buscan.

El siguiente capítulo, el XXIII, narra el encuentro del principito con un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed: “Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber”. Ante la pregunta del principito de por qué las vende, el mercader responde que “es una economía de tiempo. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. —¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? —Se hace lo que se quiere…”. Para mí, nos encontramos con una de las mejores reflexiones del principito: “Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”. Creo que hoy he entendido el sentido de lo que significó el viaje de Ulises a Ítaca: lo importante en la vida nos es llegar sino hacer el camino.

Lo que acabo de escribir es el auténtico sentido de la vida y es la razón de por qué el capítulo siguiente, el XXIV, resume perfectamente el camino recorrido en sólo ocho días, el tiempo exacto en el que el narrador-aviador lleva en el desierto con su avión averiado y se agota ya la provisión de agua, provocando la sed y sin entender que ante tal necesidad, el principito dé prioridad a “caminar tranquilamente hacia una fuente”, cuando ellos están en un desierto. Ante tal necesidad, que ya es compartida, el principito recuerda qué ha significado el zorro en su vida, una auténtica amistad o la flor a la que protege con esmero, las estrellas, pero el gran descubrimiento es tener que hacer el camino en un medio inhóspito, el desierto, como tantas veces ocurre en la vida. Y sigo leyendo unas páginas especiales que son la quintaesencia de esta bella historia:

—El desierto es bello —agregó [el principito]. Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte… Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón…

—Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.

—Me gusta que estés de acuerdo con mi zorro —dijo.

Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo aquí es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…». Como sus labios entreabiertos esbozaran una media sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme…». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas; un golpe de viento puede apagarlas… Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día”.

Al leer estas últimas palabras, tomo conciencia de nuevo sobre su significado último, como hilo conductor de esta novela corta: lo esencial en la vida, en las cosas, sobre todo en las personas, es muchas veces invisible a nuestros ojos.

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