Necesitamos leer «El Principito», porque lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

Sevilla, 31/I/2026 – 11:30 h UTC (CET+1)

Publico hoy una recopilación de los artículos que escribí en diciembre de 2025, El Principito, hoy, sobre la base de una obra emblemática homónima, El Principito, publicada en 1943 por Antoine de Saint-Exupèry, con una interpretación de su mensaje adaptada a las actuales circunstancias de nuestro complejo mundo al revés, respetando la óptica de este niño-hombrecito-príncipe, tanto monta-monta tanto, texto en el que proyecto mis razones pascalianas de la razón y del corazón al leerlo ya como «persona mayor», como le gustaba decir a nuestro pequeño héroe.

Así lo explico en el primer capítulo, a modo de prólogo, Todos los mayores han sido primero niños, que reproduzco a continuación, porque ofrece la sinopsis de los que viene después, resaltando su hilo conductor, lo esencial es invisible a los ojos, sin dejar atrás otras valoraciones transcendentales, como la amistad, por ejemplo.

Espero que disfruten con su lectura como yo lo he sentido al escribirlo sobre páginas en blanco, donde he cuidado decir algo esencial, tal y como lo aprendí hace ya muchos años del maestro Ítalo Calvino en El arte de empezar y el arte de acabar. Además, es el mismo sentimiento que tengo hoy al compartirlo con la Noosfera, la malla pensante de la humanidad.

Todos los mayores han sido primero niños

«En la primera edición de El Principito, obra publicada en 1943 por Antoine de Saint-Exupéry, figuraba una dedicatoria que nunca me pasó desapercibida, «A Leon Werth: Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Verdaderamente necesita consuelo. Si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO«

Si recojo íntegra esta dedicatoria es porque pienso que en ella está la quintaesencia de esta obra, acusando una vez más la dificultad de escribir cuentos, para cualquier edad, como confesó en su día Juan Ramón Jiménez en su memorable Platero y yo, cuando afirmaba lo siguiente: «Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer! Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

Si retomo hoy la lectura nueva de El Principitocomo persona mayor que recuerda que he sido niño, salvando la advertencia del autor, es porque sé que esta excelente obra, ha pasado a ser en 2025 de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. En tal sentido, me he propuesto escribir en mi cuaderno digital, como segunda razón y sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry la escribió atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses «que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos«, una serie de artículos durante la Navidad de este añoque respetaran la estructura y contenidos de esta novela corta, ¿cuento quizás?, desarrollada a través de 27 capítulos, con mi interpretación actualizada en 2025, de lo que el autor quiso dejar como legado de su alma inquieta a la Humanidad. 

Comienzo con estas palabras a volar de nuevo, como persona mayor, en búsqueda de un mundo mejor, acompañado por un pequeño príncipe aleccionador».

El Principito… andaluz

Una cosa más. Les animo a leer también un artículo que publiqué en 2021, El Principito… andaluz, en el que recogí el debate que suscitó en las redes sociales la publicación de este cuento, que presentó en Sevilla el Sindicato Andaluz de trabajadores (SAT), el 9 de mayo de 2017. Aquello fue una revolución mediática por su origen “sindical” que conmovía los cimientos de la “toda Sevilla” y por la novedad de comenzar a traducirse al “andaluz” un cuento de tan larga historia: “Os invitamos a la presentación del libro clásico de «Er Prinzipito» en su traducción al andaluz por el antropólogo Huan Porrah. Entendiendo que será una oportunidad única para poder disfrutar de la filosofía que emana el libro a través de nuestro idioma andaluz. Ô imbitamô a la presentasión der libro klásiko de «Er Prinzipito» en su tradusión a l’andalú po e l’antropólogo Huan Porrah. Arremetiendo ke será una oportuniá unika pa poé difrutá de la filosofía ke mana er libro a trabé de nuettro idioma andalú”. Les encantará leerlo.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / y 10. Un santo inocente muy especial

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

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Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO

Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito (1943)

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A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 28/XII/2025 – 08:33 h UTC (CET+1)

Hoy es el día de los Santos Inocentes según el calendario católico, apostólico y romano que, desde una perspectiva laica, lo asocio siempre con la muerte de miles de niños y niñas en el mundo, víctimas de hambruna, guerras, exilios involuntarios y tráfico criminal organizado. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, son algunos ejemplos del mundo al revés tan poco atendidos por el mal llamado Primer Mundo de los poderosos, tutelado ahora por el emperador Trump, con su traje nuevo…, pero desnudo para las personas dignas, recordando el cuento de Andersen.

Leyendo El Principito, creo que el protagonista puede ser un buen ejemplo de un “niño hombrecito“, inocente, según el aviador-narrador, que Antoine de Saint-Exupéry nos dejó retratado para la posteridad humana, en una novela corta para algunos, un cuento para muchos, con enseñanzas de valores eternos. Uno de ellos, la santa inocencia de la verdad verdadera, de la amistad.

Me enfrento hoy a la lectura del último capítulo, que forma parte de esta serie que anuncié el pasado 14 de diciembre. Lo prometido siempre es deuda y hoy cumplo mi compromiso, recordando por qué lo hago, por dos razones de peso: un pequeño homenaje al autor de este relato precioso, porque este año los derechos de autor de El Principito han pasado a ser de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor legalmente establecida a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. La segunda razón, ha sido que he escrito esta serie sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry escribió esta joya literaria atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos, desarrollándola ahora a través de 10 artículos, con mi interpretación del relato, actualizado en un contexto histórico especial como es la navidad en este año tan complejo que ya termina.

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

El capítulo XXVII culmina esta obra maestra de la literatura infantil y, sobre todo, de adultos que no olvidamos que alguna vez fuimos niños. Han pasado seis años desde que comenzó ese maravilloso encuentro y el aviador recuerda lo sucedido en el desierto: “Ahora me he consolado un poco. Es decir…, no del todo. Pero sé que verdaderamente [el hombrecito príncipe] volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado… Y por la noche me gusta oír las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles…”, tal y como él me lo había anunciado en los últimos momentos de su vida. Pienso qué hará en su pequeño mundo, que existir existe: “Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa… —Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…¡Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga tanta importancia!”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

Dejo hablar al aviador para que me cuente su visión final de una experiencia personal tan difícil de contar:

Éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo.Es el mismo paisaje de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…”.

Puedo asegurar que, en mi caso, ha vuelto…

He aquí el mejor retrato que, más tarde, logré hacer de él

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

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El Principito, hoy / 9. Lo importante, es lo que no se ve

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

Sevilla, 27/XII/2025 – 08:39 h UTC (CET+1)

Nos aproximamos a los últimos capítulos, hoy el XXV y XXVI. En el primero, leo la travesía del desierto que permite al principito y al aviador, llegar a un pozo que parecía de aldea no del Sáhara, al disponer de roldana, balde y la cuerda… El principito “rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como gime una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXV

Fue el momento de comprender por qué el principito quería beber de esa agua: “Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía”. Todo lo que había rodeado al esfuerzo del camino en busca del agua terrenal, haberlo compartido, era beneficioso para el corazón. Creo que Rafael Alberti lo explicó muy bien en un poema dedicado al verso que, hoy, puedo cambiar por agua: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. El agua, sin corazón, no es nada. El principito lo resumía bien: “los  ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

Más adelante, descubre el principito que se cumplía ya el aniversario de su caída a la Tierra desde el asteroide donde habitaba, con gran sorpresa del aviador: “—Entonces, no te paseabas por casualidad la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo, a mil millas de todas las regiones habitadas. ¿Volvías hacia el punto de tu caída? El principito enrojeció otra vez. Y agregué, vacilando: —¿Tal vez, por el aniversario…? El principito enrojeció de nuevo. Jamás respondía a las preguntas, pero cuando uno se enrojece significa «sí», ¿no es cierto?—¡Ah! —le dije—. Temo… Pero me respondió: —Debes trabajar ahora. Debes volver a tu máquina. Te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde… Pero yo no estaba muy tranquilo. Me acordaba del zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco”. La realidad es que se acercaba el final de esta preciosa aventura.

El capítulo XXVI necesita varias lecturas por la profundidad del mensaje que lleva dentro. Comienza con el descubrimiento, por parte del aviador, del principito subido en lo alto dentro un muro en ruinas, junto al pozo, dialogando de forma críptica con una serpiente: “—Tienes buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho tiempo? Me detuve, con el corazón oprimido, pero seguía sin comprender. —Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender! Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el principito, una de ésas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos. Comencé a correr, mientras buscaba el revólver en mi bolsillo, pero, al oír el ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena, como un chorro de agua que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico. Llegué al muro justo a tiempo para recibir en brazos a mi hombrecito, pálido como la nieve. —¿Qué historia es ésta? ¿Ahora hablas con las serpientes? Aflojé su eterna bufanda de oro. Le mojé las sienes y le hice beber. Y no me atreví a preguntarle nada. Me miró gravemente y rodeó mi cuello con sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pájaro que muere, herido por una carabina”.

El aviador se dio cuenta de que había ocurrido algo extraordinario y grave a la vez. Es la primera vez que se dirige al principito como hombrecito, tomando conciencia de su miedo, lo que le ocasiona una profunda tristeza por su posible retorno a su estrella: “Pero rió suavemente. —Tendré mucho más miedo esta noche… De nuevo me sentí helado por la sensación de lo irreparable. Y comprendí que no soportaría la idea de no oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto. —Hombrecito…, quiero oírte reír otra vez…”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

A partir de estas palabras, comienza a comprender lo que está ocurriendo: “—Esta noche, hará un año. Mi estrella se encontrará exactamente sobre el lugar donde caí el año pasado… —Hombrecito, ¿verdad que es un mal sueño esa historia de la serpiente, de la cita y de la estrella?… Pero no contestó a mi pregunta, y dijo: —Lo que es importante, eso no se ve. —Ciertamente…”. De nuevo, volvió a resonar en su alma de secreto qué es lo esencial de la vida, de las personas, lo que no se ve, lo que tantas veces le había explicado el hombrecito príncipe.

A partir de aquí, nuestro pequeño héroe, le ofrece al aviador su gran regalo para que entienda la experiencia de su encuentro en muy pocos días, la brevedad de un gran misterio, lo que le deslumbrará cuando mire a las estrellas: “—Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido. —¿Qué quieres decir? —Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír! Y volvió a reír. —Y cuando te hayas consolado (siempre se encuentra consuelo) estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo. Tendrás deseos de reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así…, por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando el cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco. Te habré hecho una muy mala jugada…”.

Luego…, viene la despedida, dolorosa como todas, que hay que leerla, querido lector, querida lectora, para comprenderla. Estoy seguro de que el hombrecito, a pesar de todo, se marchó solo a su cielo particular plagado de estrellas: “El principito dijo: —Bien… Eso es todo… Vaciló aún un momento; luego se levantó. Dio un paso. Yo no podía moverme. No hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo. Quedó inmóvil un instante. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol. En la arena, ni siquiera hizo un ruido”.

Me quedo pensativo, conmovido, conturbado y hoy me enfrentaré a la lectura del último capítulo de esta historia para personas grandes, que contaré “próximamente en este salón”, digital por supuesto, tal y como se anunciaban las películas en mi infancia de Castilla.

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El Principito, hoy / 8. Sólo los niños saben lo que buscan, lo esencial de la vida

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXIV

Sevilla, 26/XII/2025 – 11:56 h UTC (CET+1)

Abro El Principito hoy por el capítulo XXII y me asombra el breve e intenso diálogo de un guardaagujas con el principito. Trenes rápidos que pasan en un sentido y en otro, provocan preguntas y respuestas de profundo calado: “Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.

—Llevan mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan? —Hasta el hombre de la locomotora lo ignora —dijo el guardaagujas. Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso. —¿Vuelven ya? —preguntó el principito. —No son los mismos —dijo el guardaagujas—. Es un cambio. —¿No estaban contentos donde estaban? —Nadie está nunca contento donde está —dijo el guardaagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. —¿Persiguen a los primeros viajeros? —preguntó el principito. —No persiguen absolutamente nada —dijo el guardaagujas. Ahí adentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios. —Sólo los niños saben lo que buscan —dijo el principito. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran… —Tienen suerte —dijo el guardaagujas”.

Prisa, búsquedas, descontento, viajes hacia ninguna parte, como pasa en la vida de las personas grandes que solemos ir del tumbo al tambo, como decía García Márquez en sus Cuentos peregrinos. Y la respuesta a este ir y venir existencial no está en el viento (Bob Dylan, dixit), sino en el niño de cuatro años de Groucho Marx o en los del principito, porque solo ellos saben lo que buscan.

El siguiente capítulo, el XXIII, narra el encuentro del principito con un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed: “Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber”. Ante la pregunta del principito de por qué las vende, el mercader responde que “es una economía de tiempo. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. —¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? —Se hace lo que se quiere…”. Para mí, nos encontramos con una de las mejores reflexiones del principito: “Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”. Creo que hoy he entendido el sentido de lo que significó el viaje de Ulises a Ítaca: lo importante en la vida nos es llegar sino hacer el camino.

Lo que acabo de escribir es el auténtico sentido de la vida y es la razón de por qué el capítulo siguiente, el XXIV, resume perfectamente el camino recorrido en sólo ocho días, el tiempo exacto en el que el narrador-aviador lleva en el desierto con su avión averiado y se agota ya la provisión de agua, provocando la sed y sin entender que ante tal necesidad, el principito dé prioridad a “caminar tranquilamente hacia una fuente”, cuando ellos están en un desierto. Ante tal necesidad, que ya es compartida, el principito recuerda qué ha significado el zorro en su vida, una auténtica amistad o la flor a la que protege con esmero, las estrellas, pero el gran descubrimiento es tener que hacer el camino en un medio inhóspito, el desierto, como tantas veces ocurre en la vida. Y sigo leyendo unas páginas especiales que son la quintaesencia de esta bella historia:

—El desierto es bello —agregó [el principito]. Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte… Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón…

—Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.

—Me gusta que estés de acuerdo con mi zorro —dijo.

Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo aquí es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…». Como sus labios entreabiertos esbozaran una media sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme…». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas; un golpe de viento puede apagarlas… Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día”.

Al leer estas últimas palabras, tomo conciencia de nuevo sobre su significado último, como hilo conductor de esta novela corta: lo esencial en la vida, en las cosas, sobre todo en las personas, es muchas veces invisible a nuestros ojos.

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Nochebuena de los felices…, según Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914

Sevilla, 24/XII/2025 – 08:00 h UTC (CET+1)

Un año más, vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo. También para los niños y niñas de mi ciudad, que viven en barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.

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La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: “Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro”. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, 2025, Vuelvo a recordar a Gabriel García Márquez, por su visión de la navidad actual.

(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

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El Principito, hoy / 7. Lo esencial es invisible a los ojos

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXI

Sevilla, 24/XII/2025 – 07:40 h UTC (CET+1)

Hoy, con la lectura de los capítulos XVIII al XXI, descubro de nuevo el contexto en el que nació un aserto que procuro mantenerlo muy presente en mi vida: lo esencial es invisible a los ojos. La última vez que lo consideré en profundidad fue en 2022, con ocasión de una visita a una tienda de ropa en mi ciudad, mi planeta actual en lenguaje principesco, en la que me encontré con un mensaje que pertenece a esas reflexiones que permanecen en mi memoria de hipocampo. Fue en una camiseta, donde se podía leer la citada frase, lo esencial es invisible a los ojos, pronunciada por el zorro que se convierte en amigo del principito, al finalizar su famoso capítulo XXI:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa, repitió el principito, a fin de acordarse”.

Los capítulos anteriores son sólo un antesala de este genial descubrimiento, acompañando por mi parte al principito en su travesía personal del desierto, buscando hombres a modo de Diógenes redivivo (capítulo XVIII), donde encuentra una rosa desafiante que le enseña algo alarmante sobre su preocupación desértica: “¿Los hombres? Creo que existen seis o siete. Los he visto hace años. Pero no se sabe nunca dónde encontrarlos. El viento los lleva. No tienen raíces. Les molesta mucho no tenerlas”. A estas palabras, el principito solo dijo “adiós”.

Prosigue su viaje subiendo a una alta montaña (capítulo XIX), donde sólo escucha el eco de sus demandas, de su soledad: “—Estoy solo…, estoy solo…, estoy solo —respondió el eco. «¡Qué planeta tan raro! —pensó entonces—. Es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres no tienen imaginación. Repiten lo que se les dice… En mi casa tenía una flor: era siempre la primera en hablar…». Continúa su camino, descubriendo por fin una ruta que le lleva a la “morada de los hombres” (capítulo XX). Entra en un jardín de muchas rosas donde se sintió muy desdichado, porque “su flor le había contado que era la única de su especie en el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín”. Él se creía rico con una flor única, porque “no poseía más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe…». Y , tendido sobre la hierba, lloró”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XX

Llego finalmente al extraordinario capítulo XXI, donde aparece un zorro, “no domesticado“, otro gran protagonista de esta aleccionadora aventura, tal y como comentaba al comienzo de estas palabras. Todo comienza con el diálogo en torno al significado de “domesticar”: —Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa «crear lazos». —¿Crear lazos? —Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo. Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… Creo que me ha domesticado”.

No olvido este diálogo tan aleccionador. Vuelvo a leer y reproducir el final de este capítulo, porque es una lección preciosa en tiempos revueltos, donde debemos tomar conciencia de que debemos “perder tiempo” con las personas que queremos, algo que nos roba la llamada “inteligencia” del teléfono móvil, por ejemplo. Será, en este mundo al revés, algo que nos llenará de placer interno porque habremos domesticado, en el sentido más puro del término, lo que queremos en quien creemos, aunque en principio sea algo invisible para los ojos, algo que se parecerá mucho a la rosa del principito, como ejemplo precioso en nuestras vidas:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa —repitió el principito, a fin de acordarse”.

Lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

El secreto del zorro está desvelado y me siento muy feliz al compartirlo. Yo también sigo teniendo rosas a las que cuidar cada día, porque sé que son una vida, la esencia misma de la vida, en un mundo al revés en el que lo esencial sigue siendo muchas veces invisible a los ojos.

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El Principito, hoy / 6. ¿Quién descifra el terrible enigma de la soledad humana?


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XV

Sevilla, 23/XII/2025 – 09:42 h UTC (CET+1)

Recuerdo hoy que el pasado 14 de diciembre me propuse escribir una serie de artículos durante esta Navidad, Año Nuevo y Reyes, respetando la estructura y contenidos de El Principito, una novela corta, ¿cuento quizás?, desarrollada a través de 27 capítulos, que ha pasado a ser de dominio público en nuestro país, con mi interpretación actualizada en 2025, de lo que el autor quiso dejar como legado de su alma inquieta a la Humanidad. 

Ha sido dicho y hecho, llegando hoy a la sexta entrega para contar en esta ocasión un viaje del principito muy largo, hasta visitar un planeta lejano, diez veces más grande, encontrando un habitante Anciano, así, con mayúscula, de profesión geógrafo, “un sabio que conoce dónde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos”. Esto ocurre en el capítulo XV, en el que el narrador desarrolla una experiencia llamativa sobre la importancia de dejar constancia en los libros sólo lo permanente en la naturaleza, no lo efímero.

Como profesional de la geografía, el Anciano tenía claro su cometido, es decir, lo que no debía anotar en su libro enorme ante las sucesivas preguntas del principito: “No es el geógrafo quien debe hacer el cómputo de las ciudades, de los ríos, de las montañas, de los mares, de los océanos y de los desiertos. El geógrafo es demasiado importante para ambular. No debe dejar su despacho. Pero recibe allí a los exploradores. Les interroga y toma nota de sus observaciones. Y si las observaciones de alguno le parecen interesantes, el geógrafo hace averiguaciones acerca de la moralidad del explorador”, persiguiendo siempre la verdad de lo que cuentan, es decir, la objetividad verdadera que requiere la ciencia: “un explorador que mintiera ocasionaría desbarajustes en los libros de geografía”. Moral intachable, sin fisura alguna.

En esta situación, el nuevo “explorador“, para el geógrafo Anciano, podía ofrecer datos de su planeta de origen para registrarlos, si respondían a la verdad, en el Libro Grande, siguiendo un protocolo riguroso, porque “los relatos de los exploradores se anotan con lápiz al principio. Para anotarlos con tinta se espera a que el explorador haya suministrado pruebas”. Ciencia, otra vez, en estado puro.

La situación más relevante se produce en el momento en el que el principito comienza a describir su planeta, sus volcanes, ¿la flor…?, porque, según el geógrafo, son los más valiosos de todos los libros. Nunca pasan de moda. Es muy raro que una montaña cambie de lugar. Es muy raro que un océano pierda su agua. “Escribimos cosas eternas”, pero llegado el momento de “registrar” la rosa, le manifiesta al principito que no puede anotarla porque las flores son “efímeras” o lo que es lo mismo, como aclaración, lo efímero significa “que está amenazado por una próxima desaparición”.

Gran desconcierto creó en el principito “explorador” esta afirmación rotunda, porque su querida flor ya sabe que es efímera “¡y sólo tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo! ¡Y la he dejado totalmente sola en mi casa!”. En este momento de turbación, recibe del geógrafo un sabio consejo, que vaya a visitar el planeta Tierra porque tiene “buena reputación”, iniciando un nuevo vuelo aunque no dejaba de pensar en su rosa “efímera”, indefensa, que nunca sería registrada en un libro grande de geografía porque le faltaba una cualidad indispensable: ¡ser eterna!

El principito llega de esta forma al planeta Tierra, descrito de forma muy breve en el capítulo XVI, que merece la pena recuperar íntegramente: “La Tierra no es un planeta cualquiera. Se cuentan allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas grandes. Para daros una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invenciónde la electricidad se debía mantener, en el conjunto de seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros. Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un ballet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas, se iban a dormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y de Siberia. Luego, también se escabullían entre los bastidores. Entonces era el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Luego los de África y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso. Solamente el farolero del único farol del Polo Norte y su colega del único farol del Polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces al año”.


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XVII

Menos mal que para aclarar esta descripción del planeta Tierra, encumbrando a los faroleros, los que lo iluminaban siempre con situación de continuidad, el narrador lo explica en el capítulo XVII con una cierta dosis de sarcasmo: “No he sido muy honesto cuando hablé de los faroleros. Corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a quienes no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra se tuviesen de pie y un poco apretados, como en un mitin, podrían alojarse fácilmente en una plaza pública de veinte millas de largo por veinte millas de ancho. Podría amontonarse a la humanidad sobre la más mínima islita del Pacífico. Las personas grandes, sin duda, no os creerán. Se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes, como los baobabs. Les aconsejaréis, pues, que hagan el cálculo. Les agradará porque adoran las cifras. Pero no perdáis el tiempo en esta penitencia. Es inútil. Tened confianza en mí”.


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XVII

A partir de esta declaración de principios, nace un diálogo enigmático entre el principito y una serpiente, la única interlocutora que habita en la zona que visita el protagonista, un desierto en África. Con esta soledad sonora, asume dialogar con ella y pronuncia una frase con lógica humana, no así para el ofidio: “¿Dónde están los hombres? —prosiguió al fin el principito—. Se está un poco solo en el desierto. —Con los hombres también se está solo —dijo la serpiente. El principito la miró largo tiempo: —Eres un animal raro —le dijo al fin—. Delgado como un dedo… —Pero soy más poderoso que el dedo de un rey — dijo la serpiente”.

A pesar del desprecio hacia la serpiente, mostrado por el principito, negándole su poder y su incapacidad para viajar, ella muestra sus artes tentadoras, enroscándose alrededor del tobillo del visitante “como un brazalete de oro”, ofreciéndole una oferta especial: “A quien toco, lo vuelvo a la tierra de donde salió —dijo aún. Pero tú eres puro y vienes de una estrella… El principito, desconcertado, le dice a la serpiente que es “un animal raro, delgado como un dedo…”. La serpiente se apiada aparentemente de él, ofreciendo su interesada ayuda: “Me das lástima, tú, tan débil, sobre esta Tierra de granito. Puedo ayudarte si algún día extrañas demasiado tu planeta. Puedo…. —¡Oh! Te he comprendido muy bien—dijo el principito—, pero ¿por qué hablas siempre con enigmas? Yo los resuelvo todos —dijo la serpiente. Y quedaron en silencio”.

Enigmas sabios de un ofidio, experto en estrategias de embaucamiento interesado, porque sólo hacía enunciados de sentido artificiosamente encubierto, para que el encuentro con el principito, fuera difícil de entender o interpretar en su soledad sonora. La serpiente lo dejó plasmado en un aserto, anteriormente citado: es frecuente sentir la soledad interior porque “con los hombres también se está solo”. Terrible enigma para un principito bueno y… solo, entre dos mil millones de personas que habitaban el planeta Tierra en los años cuarenta del pasado siglo. Me sobrecoge pensar qué significa hoy el enigma de la soledad humana, enunciado por una serpiente, cuando a la hora de escribir estas palabras ya poblamos este planeta 8.265.627.300 personas.

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El Principito, hoy / 5. Se hace cielo al volar

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XII

Sevilla, 20/XII/2025 – 07:32 h CET (UTC+1)

Se hace cielo al volar junto al principito. También, camino al andar por estos vericuetos digitales. Ahora abordo la experiencia vivida y sentida en el tercer, cuarto y quinto planeta visitados (capítulos XII, XIII y XIV), con una brevísima estancia en el primero, porque me permite conocer la realidad terca de un bebedor, del que nuestro pequeño héroe obtuvo una respuesta encadenada a su pregunta sobre la razón de beber: “bebo para olvidar que tengo vergüenza de beber”, que lo dejó perplejo, alejándose de aquel encuentro de forma inmediata: “Las personas grandes son decididamente muy, pero muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje”. Un bucle imperfecto, pero real como la vida misma.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XIII

Prosiguió su viaje interplanetario. El principito nunca renunciaba a preguntar, pero no entendía la mayor parte de las respuestas recibidas (Antonio Machado lo proclamó a los cuatro vientos: Para dialogar, preguntad, primero; después… escuchad). Es lo que ocurrió de nuevo en su cuarto viaje, cuando descubrió a un hombre de negocios autoproclamado como “serio”, que no contaba tonterías, vaya. No paraba de contar y contar, en una sucesión de números y sumas infinitas, hasta que el principito, que lo preguntaba todo, quiso saber en realidad qué es lo que estaba contando en ese momento: “quinientos un millones… […] de esas cositas que se ven a veces en el cielo. —¿Moscas? —No, cositas que brillan. —Abejas? —¡No, no! Cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Pero yo soy serio! No tengo tiempo para desvariar. —¡Ah! ¡Estrellas!—Eso es. Estrellas.—¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

Ante esta pregunta, el hombre de negocios, serio, preciso, cuenta por qué lo hace, poseer las estrellas. El diálogo que sigue es digno de ser reproducido con literalidad obligada del texto, para poder ser entendido: “Quinientos un millones seiscientas veintidós mil setecientas treinta y una. Yo soy serio, soy preciso. —¿Y qué haces con esas estrellas? […] Nada. Las poseo. […] Me sirve para ser rico. […] Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra. Éste, se dijo a sí mismo el principito, razona un poco como el ebrio. Sin embargo, siguió preguntando: ¿Cómo se puede poseer estrellas?—¿De quién son? —replicó, hosco, el hombre de negocios. —No sé. De nadie. —Entonces, son mías, pues soy el primero en haberlo pensado. —¿Es suficiente? —Sin duda. Cuando encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo. Cuando encuentras una isla que no es de nadie, es tuya. Cuando eres el primero en tener una idea, la haces patentar: es tuya. Yo poseo las estrellas porque jamás nadie antes que yo soñó con poseerlas. —Es verdad —dijo el principito—. ¿Y qué haces tú con las estrellas? —Las administro. Las cuento y las recuento —dijo el hombre de negocios—. Es difícil. ¡Pero soy un hombre serio!”.

Este diálogo kafkiano culmina con la explicación de cómo el hombre de negocios, serio y exacto, guarda en un cajón “el justificante” de lo contado cada día, porque además puede documentarlo en un papel y depositarlo en un banco. Para el principito, todo lo ocurrido y manifestado por el hombre serio, era divertido, bastante divertido y poco serio, porque “tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas grandes”. Él poseía cosas concretas en su asteroide, las atendía personalmente y las cuidaba, pero el hombre de negocios “no era útil para las estrellas”. Él sí para sus cosas, para su asteroide. En su fuero interno y según lo vivido hasta este momento, las personas grandes eran extraordinarias, pero poco útiles para la vida de los aparentemente pequeños.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XIV

Finalizamos hoy con el vuelo al quinto planeta, donde descubrirá un único habitante, un farolero y su farol, en una superficie minúscula, cumpliendo siempre una consigna, encender y apagar el farol, de día y noche, así cada minuto, en un frenesí desmedido.

Visitar este planeta era un reto para el principito: “Tal vez este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy hermosa. Es verdaderamente útil porque es hermosa”.

La realidad que encontró el principito fue que el planeta giraba cada vez más rápido, cada minuto, convirtiendo la vida del farolero en una sumisión a una consigna, encender y apagar el farol, sin lugar a descanso alguno. Tanto es así que el farolero le descubre el secreto: “—¡Qué raro! ¡En tu planeta los días duran un minuto! —No es raro en absoluto —dijo el farolero—. Hace ya un mes que estamos hablando juntos. —¿Un mes? —Sí. Treinta minutos. ¡Treinta días! Buenas noches. Y volvió a encender el farol. El principito lo miró y le gustó el farolero que era tan fiel a la consigna. Recordó las puestas de sol que él mismo había perseguido, en otro tiempo, moviendo su silla. Quiso ayudar a su amigo”.

De esta forma, el principito le da a conocer un medio para que descanse cuando quiera, “pues se puede ser, a la vez, fiel y perezoso”: “Tu planeta es tan pequeño que puedes recorrerlo en tres zancadas. No tienes más que caminar bastante lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás… y el día durará tanto tiempo como quieras. —Con eso no adelanto gran cosa —dijo el farolero—. Lo que me gusta en la vida es dormir. —Eso es no tener suerte —dijo el principito. —Eso es no tener suerte —dijo el farolero—. Buenos días. Y apagó el farol”.

El farolero sería despreciado por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios, pensaba el principito, aunque a él no le parecía ridículo: “Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo. Por ello, “suspiró nostálgico y se dijo aún: —Éste es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es verdaderamente demasiado pequeño. No hay lugar para dos… El principito no osaba confesarse que añoraba a este bendito planeta, sobre todo, por las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol, ¡cada veinticuatro horas!”.

El relato prosigue. Había descubierto un amigo y no podía olvidarlo. Sobre todo porque era un ejemplo de fidelidad. Encender y apagar un farol, esa es la cuestión. La consigna de un trabajador pequeño en un planeta pequeño, muy pequeño. Quizás sea esta última reflexión la que me recuerda ahora una idea feliz de un personaje de este planeta, Eduardo Galeano, cuando escribió algo que nunca olvido: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

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El Principito, hoy / 4. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo IX

Sevilla, 18/XII/2025 – 19:23 h (CET+1)

La lectura de El Principito, como el mundo, sólo tiene interés hacia adelante. Es lo que me ocurre en esta tarea de persona mayor que lee un relato sin edadismo alguno, hoy centrado en los capítulos IX, X y XI. Además, con un interés especial al iniciar el protagonista un largo viaje plagado de experiencias inolvidables.

Las tareas preparatorias de este cambio de rumbo interplanetario se centran en las responsabilidades de cuidados del asteroide que lo acoge, su casa, deshollinando tres volcanes, arrancando brotes de baobabs y fijando las distancias de la terca flor, ahora arrepentida, de la que ya hemos hablado en artículos anteriores con cierto desasosiego, dando muestras siempre de su vanidad de vanidades, junto al orgullo que la acompañó desde su primer encuentro. Si el principito acometía estas tareas de cuidados del asteroide era, en el fondo, porque tenía la impresión de que no iba a volver a pisar aquella tierra. ¿Dulce o amarga despedida? Puede ser triste a secas, porque el amor no correspondido acaba rompiéndose siempre de mil formas. El símil mejor para comprender este destrozo es el de una pieza de cerámica muy valiosa, que un día cae al suelo y se rompe, se pegan sus piezas rotas meticulosamente para recomponerla, pero siempre acaba notándose su fractura.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo X

El principito buscaba en este viaje una ocupación e instruirse al mismo tiempo. Entre los asteroides de su zona,  325, 326, 327, 328, 329 y 330, eligió el primero, habitado por un rey, sentado en su trono y cubriendo toda la superficie con su manto de armiño. Su principal preocupación es que su autoridad fuera respetada, encontrando en el visitante una oportunidad extraordinaria para comprobarlo: “El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables. «Si ordeno —decía habitualmente—, si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía».

El rey reinaba sobre su planeta, otros planetas y las estrellas, su poder era absoluto y universal. Todo el mundo le obedecía, por lo que el principito lo puso a prueba: “Quisiera ver una puesta de sol… Dame el gusto… Ordena al sol que se ponga. —Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina, y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta? —Vos —dijo firmemente el principito. —Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer —replicó el rey—. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya aarrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

Gran lección para el principito, pero la puesta de sol quedaba pendiente, aunque el rey se la concedió incluso con hora exacta. Como se demoraba el cumplimiento de esta petición, le comunicó al rey que se iba. Es el momento en el que creo que recibe una segunda lección inolvidable para el joven príncipe: “No partas —respondió el rey, que estaba muy orgulloso de tener un súbdito—. ¡No partas, te hago ministro! —¿Ministro de qué? —De… ¡de justicia! —Pero no hay a quién juzgar! —No se sabe —le dijo el rey—. Todavía no he visitado mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me fatiga caminar”. Todo eran dudas para el principito porque en aquel asteroide no había nadie: “Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio. Yo —dijo el principito— puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí” (la negrita es mía).

Entrando en el juego autoritario del rey, después de una propuesta absurda para retenerlo como súbdito, el principito le lanza un órdago sin éxito alguno: “Si Vuestra Majestad desea ser obedecido puntualmente podría darme una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, que parta antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables… Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló un momento, y luego, con un suspiro, emprendió la partida. —Te hago embajador —se apresuró entonces a gritar el rey. Tenía un aire muy autoritario. Las personas grandes son bien extrañas, díjose a sí mismo el principito durante el viaje”. Culmina así este capítulo con enseñanzas importantes, aunque la principal es clara: no todo vale en el poder autoritario, porque no somos súbditos en el mundo, sino ciudadanos. Tampoco, el engatusamiento en torno al poder, porque siempre corrompe. Cuidado entonces, porque las personas grandes, con gran poder, son peligrosas.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XI

Finalizo la incursión planetaria de hoy, acompañando al principito en su segundo viaje, un planeta habitado por un vanidoso, los tipos que siempre necesitan estar cerca de personas que los admiren y hete aquí que el principito era un candidato perfecto. Cayó en la trampa del vanidoso porque por mucho que aplaudía ante él, se levantaba el sombrero para saludar, pero así siempre y de forma cansina, sin más, porque lo único que buscaba era las alabanzas. Ante una pregunta quizá impertinente, “Y qué hay que hacer para que el sombrero caiga? […] el vanidoso no le oyó. Los vanidosos no oyen sino las alabanzas. —Me admiras mucho verdaderamente? —preguntó al principito. —Qué significa admirar. —Admirar significa reconocer que soy el hombre más hermoso, mejor vestido, más rico y más inteligente del planeta.

—¡Pero si eres la única persona en el planeta!

—¡Dame el placer! ¡Admírame de todos modos!

—Te admiro —dijo el principito, encogiéndose de hombros—.Pero, ¿por qué puede interesarte que te admire? Y el principito se fue”.

Otra vez más, constata lo que significa el reino de las personas grandes, mayores, con poder: “Las personas grandes son decididamente muy extrañas, se decía para sus adentros durante el viaje”. Poder autoritario, absoluto del rey y la vanidad expresada hasta la última potencia, de un vanidoso profesional, habían defraudado al principito en su búsqueda de un mundo imaginario mejor para los más pequeños. De todas formas, estaba convencido de que había que seguir haciendo camino… al viajar.

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El Principito, hoy / 3. Hay que juzgar por actos, no por palabras

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo VI

Sevilla, 17/XII/2025 – 12:08 h (CET+1)

Hoy nos adentramos en los sentimientos del principito, con claves muy claras en los capítulos VI, VII y VIII del libro, que oscilan entre la melancolía, tristeza y el fracaso de un amor no correspondido. Sobre las dos primeras, el principito confiesa algo esencial: “Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol”. En su caso, habitando en un pequeño asteroide, sólo tenía que mover la silla cuarenta y tres veces para asistir a sucesivas puestas de sol de igual número.

Sumido aparentemente en este estado de ánimo, el principito revela un secreto al narrador, “largo tiempo meditado en silencio”: “Si un cordero come arbustos, come también flores”, incluso con espinas. El narrador, ocupado en la reparación de su avión, no da crédito a esta sorprendente pregunta, dando respuestas de “personas mayores”, que sólo tratan de cosas serias, a juicio del principito, que se toma la vida muy en serio: “Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores”. Esta respuesta encolerizó al hombrecito príncipe, que lanzó un discurso cargado para él de razones irreprochables: “Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos comen igualmente las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores se esfuerzan tanto en fabricar espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las sumas de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es importante que yo conozca una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta, y que un corderito puede aniquilar una mañana, así, de un solo golpe, sin darse cuenta de lo que hace? ¿Esto no esimportante? Enrojeció y agregó: si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Se dice: «Mi flor está allí, en alguna parte…». Y si el cordero come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?”. La verdad es que el mensaje es una metáfora del amor, sin cursilería alguna, porque cuando se descubre uno, su individualidad exige protección y defensa a toda costa. No es cuestión de ciencia de hombres grandes o mayores, sino de conciencia, de sentimiento, un estado afectivo duradero. En pocas palabras, el amor no es flor de un día…, a pesar de las espinas, que haberlas, haylas.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo VII

No se trata en estos artículos de hacer un mero comentario de texto, sino contextualizar en 2025 los mensajes del autor de El Principito, salvando lo que haya que salvar en un mundo al revés de determinados mayores, ante la frescura de un hombrecito pequeño, textualmente bautizado como el principito. Por esta razón, la continuidad del relato en el último capítulo analizado hoy, con una lectura de un hombre mayor, como es mi caso, la considero como una oportunidad más que me da la vida para descubrir su verdadero sentido, lo que Herman Hesse llamaba “obstinación”, algo que busco siempre con ilusión y especial empeño.

Todo comienza recuperando el sentido de una flor hermosa, observando nuestro héroe pequeño su despertar, pidiendo el riego como desayuno diario, justo y necesario. A partir de ese momento, también descubre en esa flor amada una auténtica feria de vanidades, autosuficiencia y una especial tiranía: “De este modo, el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía muy desgraciado. No debí haberla escuchado —me confió un día—; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello. La historia de las garras, que tanto me había fastidiado, debe de haberme enternecido…”.

A continuación es donde se aborda el hilo conductor de estos primeros días de convivencia del narrador aviador con nuestro principito, que ya lo he hecho amigo en mi vida, agradeciéndole una lección aprendida: “No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias!Pero yo era demasiado joven para saber amar” (la cursiva es mía).

Continuará. Mientras, procuraré no olvidar que hay que juzgar por actos, no por palabras.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo VIII

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