En el mundo al revés, sólo se venden gafas de color único

Publicado hoy en el diario El País

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

Ramón de Campoamor (1817-1901), en Las dos linternas, 1846.

Sevilla, 24/I/2026 – 10:05 h UTC (CET+1)

La dialéctica capitalista del mundo al revés, suele asignar a cada color un número y pocas palabras, en el reino Pantone, aunque todas estudiadas por expertos consultores de marketing, que cada año anuncian un color que dominará el mercado mundial. Este año, por ejemplo, “toca” el PANTONE 11-4201 Cloud Dancer, “un blanco sublime que sirve como símbolo de influencia calmante en una sociedad que redescubre el valor de la reflexión calmada, […] un blanco ondulante impregnado de serenidad, fomenta la verdadera relajación y la concentración, permitiendo que la mente divague y la creatividad respire, dando espacio a la innovación”. Palabras, sólo palabras.

En este contexto, he visto como El Roto ha resumido hoy en el diario El País, con su habitual maestría, la realidad actual que ya proclamó Ramón de Campoamor (1817-1901), en Las dos linternas, 1846:

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

A título de información positiva y creadora sobre esta realidad actual en torno al color del cristal con el que cada uno, cada una, contempla la vida, mejor dicho, este mundo al revés, aporto una publicación importante sobre esta metáfora, de la escritora Victoria Finlay, Color, analizando los orígenes de una de sus partes esenciales, la denominación primitiva de los colores, antes de que llegara el poderoso caballero don dinero a ellos y lo convirtiera todo en mercancía pura y dura, cuya sinopsis de la editora nos atrae como por ensalmo: “En este cautivador viaje a través de los colores de la paleta de un artista, Victoria Finlay nos lleva a una apasionante aventura alrededor del mundo y a través de los tiempos, desentrañando cómo los colores que elegimos han determinado la historia de la propia cultura. ¿Cómo viajó el preciado color azul ultramar desde las remotas minas de lapislázuli de Afganistán hasta el pincel de Miguel Ángel? ¿Cuál es la relación entre la pintura marrón y las antiguas momias egipcias? ¿Por qué Robin Hood vestía de verde de Lincoln? Finlay explora los materiales físicos que colorean nuestro mundo, como los minerales preciosos y la sangre de los insectos, así como los significados sociales y políticos que el color ha tenido a lo largo del tiempo. Los emperadores romanos solían llevar togas teñidas de un color púrpura que se fabricaba con un oloroso marisco libanés, lo que probablemente significaba que su olor les precedía. En el siglo XVIII, el tinte negro se hacía con palo de Campeche, que crecía a lo largo de la Tierra Firme. Algunas de las primeras plantaciones de índigo fueron iniciadas en América, sorprendentemente, por una chica de diecisiete años llamada Eliza. Y el popular cuadro de Van Gogh Rosas blancas en la National Gallery de Washington tuvo que ser rebautizado después de que un investigador descubriera que las flores estaban hechas originalmente con una pintura rosa que se había desvanecido hacía casi un siglo. El color está repleto de personas, acontecimientos y anécdotas extraordinarias, pintadas de forma aún más deslumbrante por el atractivo estilo de Finlay”.

Los colores, en definitiva, no son inocentes. En mi matusalénica edad, que diría Mario Benedetti, he conocido la dialéctica existencial del rosa y el azul, que aún pervive. Hace dieciocho años publiqué un artículo en este cuaderno digital, Estereotipo sexista: “Tú rosa, yo azul”, que sigue teniendo una actualidad impecable y en el que afirmaba que “no todo es cuestión del color del cristal con el que mire la vida. El mercado es implacable y con su visión guadianesca proverbial, aprovecha la debilidad del rosa femenino para captar el nuevo público objetivo y vender las mercancías envueltas en el rosa psicológico. En el pulso dialéctico azul-rosa empieza a ganar por goleada el derivado del rojo mezclado con el blanco, en una debilidad básica por hacer la vida más “humana” según las multinacionales de cualquier sector. Muchas veces estoy tentado de soñar en la acromatopsia, la enfermedad maravillosamente descrita por Oliver Sacks en su obra “La isla de los ciegos al color”, tantas veces citada en este cuaderno digital. Aunque tuviera que pasar fragmentos de la película de mi vida en blanco y negro, donde las tonalidades de gris me permitieran soñar que el color es una versión amable de la vida que los seres humanos podemos captar en toda su gama, sin limitaciones. Surge entonces la pregunta del doctor Sacks en su fascinante libro, cuando se refiere a la persona ciega al color: “¿nos considerarían acaso seres singulares, engañados por aspectos irrelevantes o triviales del mundo visual, o insuficientemente sensibles a su verdadera esencia visual?” (2). Esa es la cuestión a dilucidar en la niña o niño “coloreados” de azul o rosa que, todavía, algunas o algunos llevamos dentro…, porque es verdad que no depende todo del color con el que el mercado, más allá del cristal, nos obliga casi siempre a mirar la vida. El mercado de gafas de color único, denunciado hoy por El Roto.

Una cosa más. Pantone nos anima a escuchar música pensando de forma unidireccional en su color del año, “Brillante, ligero, suave y claro. Canciones que captan la esencia de Cloud Dancer”. Sin comentarios.

(1) Heller, E., Psicología del color. Cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón. Barcelona: Gustavo Gili, 2004.

(2) Sacks, O., La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, 1999, p. 22.

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UCRANIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

¿Qué responsabilidad tengo yo, tenemos, en los tribunales de las bocas mudas, de los olvidos y silencios cómplices?

¿Y qué importancia tengo yo
en el tribunal del olvido?
¿Cuál es la representación
del resultado venidero?

[…]

Pablo Neruda, Libro de las preguntas, LX.

Sevilla, 19/I/2026 – 12:05 h UTC (CET+1)

Me hago estas preguntas de Neruda siempre que me enfrento ante situaciones clamorosas de silencios cómplices, en esta ocasión ante los desmanes del presidente Trump, el avance sin control del imperialismo americano, en clave totalitarista, y la deriva de nuestro país hacia la ultraderecha y derecha extrema, que ven cada vez más próxima su llegada al Gobierno del país. Por ello, denuncio las bocas mudas, así como los olvidos y los silencios cómplices, porque son una de las mayores amenazas para la democracia. Me refiero, concretamente, a los que siempre derivan en olvidos, respaldados además por tribunales especializados en apoyar el silencio injusto, países todopoderosos, para entendernos, del Este y del Oeste, del Norte y del Sur, de todas las latitudes, Señores y Señoras de Negro, Bancos Mundiales injustos por definición, Mercados Benefactores de las Guerras, gobiernos totalitaristas encabezados por Trump y Putin, cada uno a lo suyo, gracias a sus mercancías preferidas, las armas mortíferas y cada vez más sofisticadas, todos ellos como pilares fundamentales que propician el ocaso de la democracia.

En tal sentido, recuerdo una vez más a Eduardo Galeano en su lectura del mundo patas arribaal revés: “Olvidar el olvido: don Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo. Recordar el pasado, para liberarnos de sus maldiciones: no para atar los pies del tiempo presente, sino para que el presente camine libre de trampas. Hasta hace algunos siglos, se decía recordar para decir despertar, y todavía la palabra se usa en este sentido en algunos campos de América latina. La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. Excelente reflexión.

Quienes estamos atentos ante lo que está ocurriendo en este mundo al revés, olvidadizo y cómplice al mismo tiempo, tomamos conciencia de lo que significa permanecer callados o denunciar cada uno, cada una, de la mejor forma que pueda, lo que estamos viendo y está pasando. De ahí la pregunta concreta de esta reflexión en alta voz: ¿Qué responsabilidad tengo yo, tenemos, en los tribunales de las bocas mudas, de los silencios y olvidos cómplices? Basta escuchar o ver a diario lo que está pasando y estamos viendo, para tomar conciencia de cómo se propagan con silencios cómplices internacionales y de países limítrofes, noticias falsas o manipuladas del neototalitarismo de Trump y Putin, que hoy pueden trastocar el llamado orden mundial. Existen silenciadores diplomáticos que justifican el todo vale en tiempos de guerra y lo que menos importa es la población anónima a la que siempre le toca sufrir el eufemismo de los llamados «daños colaterales». Los tribunales del olvido abundan por doquier, justificando en estos momentos lo que no tiene nombre, por lo que creo que es urgente descubrirlos y desenmascararlos, porque hacen mucho daño a todo y a todos. Es una ocasión para reivindicar el papel que deben jugar las personas dignas ante esos tribunales del olvido. 

Estoy convencido que la mejor respuesta ante estas preguntas de Neruda para salir de los silencios y olvidos cómplices, de las bocas mudas, radica en rescatar las ideologías dignas, basadas en creencias, porque asistimos a una clamorosa ausencia de ellas en el mundo en general. Recuerdo una canción de mis años jóvenes, Ausencia, que cantaba María Dolores Pradera extraordinariamente bien, con sentimiento pleno, sobre todo su estribillo final: Ausencia / quiere decir olvido / Decir tinieblas, decir jamás / Las aves pueden volver al nido / Pero las almas no vuelven más. La ausencia de valores está configurando una forma de ser y estar en el mundo muy diferente a cuando están presentes en cada acto humano. Los echamos de menos y es un hilo conductor en la razón ética de las personas dignas. Es lo más parecido a la ausencia de seres queridos, familiares o amigos del alma, cuando se alejan de nosotros por razones físicas, psíquicas o sociales. También, cuando se constata el olvido palmario de las ideologías, de la conciencia de clase, incluso del sentimiento de pertenecer a un grupo social donde nos podemos entender mejor todos los que participan de una ideología que busca sólo el interés general. Es lo que está pasando en nuestra sociedad actual, que lo revestimos de palabras y frases eufemísticas tales como desafección, desencanto y desmovilización. Nada se puede ver afectado, encantado o movilizado, si no hay ideología o creencias, que José Ferrater Mora, de quien tanto aprendí, resumía en cuatro para entendernos: personas, naturaleza, sociedad o dios o dioses. Todas legítimas, todas accesibles, todas necesarias, todas imprescindibles como horizonte en la vida, atendiendo a la pregunta siguiente de Neruda, que reitero de nuevo, si somos capaces de dar respuesta digna al indeseable tribunal del olvido: ¿Cuál es la representación del resultado venidero? Porque lo dicho anteriormente vale cuando se trabaja, como el campo, en un frente popular y salvando siempre el interés general.

Hoy he recordado también a un cantor de mi juventud, Silvio Rodríguez, que me aportó ideología y compromiso en mi azarosa vida, bastante enfrentada al tribunal del olvido. Se trata de su canción Ausencia, que me compromete a seguir creyendo que “Hay ausencias que son como el olvido / que empolvan madrugadas y semillas / que se fueron perdidas en sus mares / donde nunca podrán hallar la orilla…”. Y sigue su canción de una forma que aclara definitivamente que decir olvido es decir ausencia de casi todo:

Hay ausencias que rozan con el alma,
mariposas celosas del espacio,
austeras prisioneras de las flores,
que te ponen su miel para los labios.

Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas
que cantas, que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerda la distancia

Hay ausencias gaviotas que te salvan
que desdeñan fronteras y estaciones,
que rondan las paredes, las palabras
dibujando la fe con sus creyones.

Hay ausencias que te hablan de un mañana,
que se tornan de todos los colores,
que te ponen el mundo en la ventana
y de esperanza llenan los balcones.

Ausencia, remoto fantasma
que violas las puertas, que cantas,
que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo,
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerdas la distancia

La representación del resultado venidero, en relación con las actuaciones de Trump este último año, si no atacamos de frente los silencios cómplices, el olvido y sus tribunales por doquier, es que volveremos a sufrir mucho si no hacemos un esfuerzo especial por recobrar las ideologías que nos ayuden, de nuevo, a recuperar el sentido de la vida, porque sabemos que el olvido es siempre ausencia de alma, tinieblas, el jamás, sabiendo como sabemos que las aves pueden volver al nido, pero que las almas de quienes sufren los desmanes de Trump o Putin, no vuelven más. Aunque hoy podamos escribir la canción que falta y que siempre nos permitirá recordar la distancia que nos separa todavía de la dignidad que toda persona merece. De lo que estoy convencido es de que si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano al revés, olvidándolo todo mediante ausencias y silencios cómplices, se calla la vida y la palabra. También las denuncias necesarias, que debemos proclamar a los cuatro vientos.

De acuerdo con Eduardo Galeano, los que amamos la democracia para vivir en libertad, en estos tiempos tan difíciles, sabemos que la memoria democrática que llevamos dentro “no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. Excelente reflexión para olvidar el olvido, las bocas mudas y los silencios cómplices, tan cerca de nosotros…

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UCRANIA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Sigo buscando el centro de gravedad permanente, al que cantaba Franco Battiato

Busco un centro de gravedad permanente, que nunca cambie lo que ahora pienso de las cosas, de la gente.

Franco Battiato, Centro de gravedad permanente

Sevilla, 17/I/2026 – 08:32 h UTC (CET+1)

Este cuaderno digital me permite casi a diario convertir mis necesidades anímicas en palabras, que entrego a la Noosfera como persona que cree en la creación y difusión de la inteligencia conectiva para ser libres. Ante el mundo al revés en el que estamos viviendo ya de forma apresurada, día a día, teledirigido por el Gran Mercado Mundial y por el neototalitarismo de Donald Trump, busco en mi singladura diaria islas desconocidas que me obliguen a salir de mí, lección magistral aprendida de la mujer zurcidora que citaba José Saramago en su cuento de la isla desconocida: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…” . Hoy, en una singladura especial como nómada de la vida, he recordado una columna periodística en el diario El PaísUna tarde, una canción, que me ha emocionado volver a leerla, porque me siento plenamente identificado con su contenido, ensalzando una canción emblemática de Franco Battiato, Centro de gravedad permanente, que forma parte de la banda sonora de mi vida, tal y como lo he escrito en alguna ocasión en este cuaderno digital.

La última vez que escribí palabras de elogio para Battiato fue en 2024, citando la columna anterior y recordando su fallecimiento en 2021, porque aquél día sentí un estremecimiento interior debido a que su música y, sobre todo, sus letras de canciones inolvidables, siempre me han inspirado otra forma de entender la vida, haciendo camino al andar, como nómada en vida: Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo / la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino. / Bajo el tránsito de la aparente dualidad, / la lluvia de Septiembre despierta el vacío de mi cuarto / y los lamentos de la soledad aún se prolongan.

Aprendí hace ya muchos años, junto a la escritora india Anita Nair (Las nueve caras del corazón, 2006), que la alondra encrestada, la vanampaadi, permite convertir las necesidades en palabras. Al fin y al cabo, amor a lo desconocido, como una de las caras del amor en la primera expresión del kathakali, representación teatral a la que se incorporan danzas indias que tuve el honor de conocer por primera vez de la mano de Franco Battiato (Quiero verte danzar, 1982), cantor que conocí cuando yo vivía en Roma, en el año 1976, siendo para mí un verdadero prodigio en la escenificación de historias de vida a través de sus canciones. Después, en 1982, volví a conectar con él a través de un disco emblemático, La voz de su amo, en la que cantaba su famoso “Centro de gravedad permanente”, que he cantado junto a mi hijo Marcos en mis brazos, cuando era muy pequeño, deletreando un estribillo que nunca he olvidado: Busco un centro de gravedad permanente, que nunca cambie lo que ahora pienso de las cosas, de la gente. Lo sigo buscando todavía hoy, en un tiempo convulso y complejo.

Es curioso constatar que la NASA recoge en sus páginas web una referencia al asteroide que lleva su apellidoBattiato, descubierto en 1979, con una reseña que hoy es una premonición: “Franco Battiato (b. 1945), artista siciliano poliédrico, es miembro honorario de la Asociación Astrofili Ionico-Etnei. Convierte sus sentimientos en música, pintura y cine. A través del telescopio observa el Universo, obteniendo inspiración para sus canciones”. Es verdad, porque hoy, más que nunca, sigue dándonos sentido a la vida terrenal desde su cielo particular.

En un libro de Nuccio Ordine muy apreciado por mí, Clásicos para la vida, hay una referencia a una obra para no olvidar, El mercader de Venecia, de William Shakespeare, en un pasaje seleccionado por el autor, que me parece útil en cualquier momento de la vida: ¡Atiende a la música!: “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!”. La obra de Shakespeare es un tratado contra la usura y la defensa de los valores humanos. Venecia representa hoy al mercado controlado por los hombres de negro, incapaces de poner música en vida alguna. Ordine termina este breve pasaje de Shakespeare citando obras que le conmueven el alma, porque atendiendo la música se puede buscar “la esencia de la vida en aquellas actividades que pueden ennoblecer el espíritu, que pueden ayudarnos a hacernos mejores, que privilegian la esencia sobre la apariencia, el ser sobre el tener”, citando finalmente a Franco Battiato, quizás para que no cambiemos, para que estemos siempre muy atentos a la música, para que seamos firmes en mantener criterios y valores sobre la dignidad de la vida, de las cosas, de la gente…, defendiendo hoy desde su cielo particular el anhelado centro de gravedad permanente que necesitamos todos, ahora más que nunca y sin dejar a nadie atrás.

Gracias, Franco Battiato. Sigo atendiendo tu música, para que nunca cambie lo que ahora pienso de las cosas, de la gente. Por coherencia pura, nada más, en un mundo al revés que nos quita el sueño y que necesitamos recuperar en su centro de gravedad democrática permanente.

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¡Paz y Libertad!

El discreto encanto de los negativos de la vida

Sergio Larraín, La Novia / Mascarona de Neruda en su casa de Isla Negra (Chile)

Sevilla, 16/I/2026 – 10:12 h UTC (CET+1)

Dedicado al fotógrafo chileno Sergio Larraín, que admiro, con motivo de la exposición “Sergio Larrain. El vagabundo de Valparaíso. Chile”, que se verá en la sede de Foto Colectania en Barcelona del 22 de enero al 24 de mayo. Lo escribo en estos días de ardiente impaciencia nerudiana, que siento así por la sorprendente, dolorosa e incomprensible llegada de la ultraderecha al gobierno absoluto de Chile.

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En estos primeros días del año, he vuelto a valorar la importancia de discernir lo positivo de lo negativo en el acontecer diario, intentando dar color a la vida, buscar vasos medio llenos más que medio vacíos, huyendo de la acromatopsia (ceguera al color) social que nos invade por culpa del nuevo emperador, Donald Trump. En definitiva, intento saber “revelar” mentalmente y poner color a los “negativos” diarios que nos ofrece este mundo al revés en el que nos toca vivir.

Los que nacimos en blanco y negro (grises incluidos) y pasamos poco a poco al color por tecnicolor, conocemos bien el discreto encanto de los negativos. Cuando era niño me asombraba lo que ocurría con los carretes de una vieja máquina Agfa que rodaba por casa. El asombro fue mucho mayor cuando pasamos al color, porque era sorprendente obtener unas copias que reproducían fielmente lo que verdaderamente pasó en el momento de fotografiar a personas, paisajes o cosas. Era el realismo mágico de la vida que siempre tenía su valor porque veíamos finalmente el positivo después de una espera inquietante por el revelado que permitía finalmente ordenar y guardar las fotografías seleccionadas, cosa que difícilmente ocurre ahora con la revolución digital.

También me acuerdo, siguiendo la concatenación de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1), del patio de mi colegio en Madrid, de aquella escalera mágica de madera que nos permitía contemplar a través del muro medianero que separaba el colegio de la distribuidora de películas contigua, los miles de fotogramas tirados al suelo, de forma desordenada, que podíamos recuperar con mil artimañas de niñez para intentar montar una película imposible, uniendo fotograma con fotograma al trasluz, como suele pasar en la vida real. De alguna forma, queríamos escudriñar los rollos de película de la productora, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos de forma imaginaria en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño. Yo me convertía en Totó durante ese tiempo, el protagonista maravilloso de Cinema Paradiso, contemplando los cortes obtenidos de la censura y señalados en el visionado con trozos de papel que insertaba en el rollo y que le dejaba ver el proyeccionista una vez cortados, su gran amigo Alfredo.

Lo que me ha pasado por la cabeza en estos momentos mágicos de cada “revelado” personal, lo explicaba muy bien Guillermo Altares en 2009, comentando el libro de Brainard, Me acuerdo, como si fuesen los diferentes “negativos” de la vida: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado” (2).

Todo lo anterior viene a cuento porque vuelvo a abrir con profundo respeto (casi reverencial) una de mis cajas de sueños, numeradas, donde me encuentro con centenares de negativos de la gran película de mi vida, una historia jamás contada. Los negativos me impiden ver en directo lo que guardan y digo en el proceso de “descubrir” este tesoro que tiene todo el encanto -a modo de pecio- de ser, quizás, páginas muy importantes de mi vida. En esta fase, he recordado una película de Michelangelo Antonioni (¡ay, el cine!), Blow-up, o Deseo de una mañana de verano (1966), que en el año de su estreno, en plena juventud, me impresionó mucho dejándome la huella de preguntas inquietantes.

La película está basada en el relato de Julio Cortázar, Las babas del diablo, publicado en Las armas secretas, inspirado también por una experiencia parisina que le cuenta el excelente fotógrafo chileno Sergio Larraín a Cortázar y que Antonioni convirtió finalmente en el guion de la película; “En las redacciones periodísticas europeas se codean cuando ven entrar a Larraín: “Ese es el chileno de la Magnum, el fotógrafo de Blow-up”. Los fotógrafos de la agencia Magnum (la legendaria cooperativa fundada por Robert Capa y Henri Cartier-Bresson) no eran coquetos fotógrafos de moda, como el de la película de Antonioni. Eran los que mostraban al mundo lo que era imprescindible ver: las guerras, la miseria, la otra cara de la noticia. Pero eran épocas de leyendas, y la historia de Larraín daba de sobra para la leyenda” (3). Es el recuerdo imborrable que tengo de Larraín al volver a contemplar las fotografías de un libro suyo precioso, Una casa en la arena, tan querida por Neruda, viendo la imagen de la mascarona La Novia, para que la contemple durante mucho tiempo y comprender mejor su piel de cáscaras y pétalos, rota, como la describió Neruda: La intemperie le rompió la piel en fragmentos o cáscaras o pétalos. Le agrietó el rostro. Le rompió las manos. Le trizó los redondos acariciados hombros. Acariciados por la borrasca y por el viaje. Su mirada penetrante sigue a la espera de palabras bellas para contrarrestar su sufrimiento en el mar, su eterno silencio. Nuestro eterno silencio.

El hilo conductor de la película se desarrolla en la ampliación de una fotografía obtenida por un fotógrafo profesional en el Maryon Park de Londres, una escena impactante y una trama por descubrir de muchas formas posibles, cuya trazabilidad se puede analizar de forma detallada en un artículo, Blow UP – Michelangelo Antonioni (Análisis en profundidad), que desgrana el argumento antecedente y consecuente de la película y que recomiendo en una atenta lectura, para no descubrir ahora, nunca mejor dicho, el discreto encanto de un revelado de película y de sus sucesivas ampliaciones (blow-up en estado puro).

Vuelvo a mi caja de sueños que contiene centenares de negativos, para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color. La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, sabiendo en nuestra persona de secreto que tienen el tiempo dentro.

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto Piso.

(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemosEl País (Babelia), p. 8.

(3) https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-187760-2012-02-17.html

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¡Paz y Libertad!

Donald Trump, líder confeso del neototalitarismo mundial

Hannah Arendt, Sobre la naturaleza del totalitarismo

Para combatir el totalitarismo, solo es necesario comprender una cosa: se trata de la negación más radical de la libertad.

Hannah Arendt, en Sobre la naturaleza del totalitarismo. Ensayo de comprensión.

Sevilla, 8/I/2026 – 09:20 h UTC (CET+1)

Lo que acaba de suceder en Venezuela, con la “extracción” (detención, secuestro) de su presidente Nicolás Maduro, por mandato expreso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, eufemismo insultante para el sentir democrático con conciencia de clase y contado al mundo como una película de terror americano, exportada al orbe terráqueo como aviso para navegantes demócratas, nos debería llevar a una reflexión profunda sobre el neototalitarismo liderado por el artífice de esta acción impresentable, Donald Trump, desde el respeto debido a la integridad política y territorial de los Estados, del Derecho Internacional, no debiéndose admitir de forma alguna esta forma de proceder, una violación flagrante del derecho de soberanía de un Estado.

Para este ejercicio de comprensión de lo sucedido, me he puesto manos a la obra, recordando dos obras maestras sobre el totalitarismo mundial escritas por Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo (1951) y una segunda, Sobre la naturaleza del totalitarismo (1994), editada por Jerome Kohn, que es la que leo de nuevo con interés casi reverencial, que contiene dos artículos de la autora publicado el primero en 1954 y el segundo sin datar, que ayudan a comprender el significado de esta realidad política que nos invade en la actualidad por tierra, mar y aire, en los que “Arendt profundiza en el análisis del fenómeno totalitario y en los rasgos que lo distinguen de las formas tradicionales de la tiranía, el despotismo y la dictadura, y, mediante el diálogo con Montesquieu y Kant, aborda el papel que en el totalitarismo desempeñan el terror, la ideología y el aislamiento del individuo” (1). ¿Nos suenan estas palabras, terror, ideología y aislamiento individual, al conocer lo sucedido en Venezuela con el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro?

Con independencia de la catadura personal, política y ética del expresidente Maduro, del que no comparto nada, es más, detesto, lo sucedido es una muestra evidente del neototalitarismo que ejerce sin rubor alguno el presidente de Estados Unidos, que contiene una ideología compatible con lo expuesto por Arendt en la obra referenciada.

Si aplicamos lo expuesto por Arendt a la realidad política mundial, tras el primer año terrible del emperador Trump, coronado de nuevo con lo ocurrido en Venezuela, vemos que el fenómeno neototalitario que nos asola cumple todos los principios enunciados por Arendt. Respecto del terror, se aplican nuevas formas sofisticadas como es inocular en el mundo, a través de los medios de comunicación y redes sociales controlados por el nuevo régimen americano, la sorpresa diaria del miedo por lo que se le ha ocurrido hoy a Trump y al entorno MAGA (¡Que América vuelva a ser grande!), sin saber qué pasará mañana, porque hace unos días fue la maniobra “impecable” en Venezuela, pero ayer fue la muerte de una inmigrante tiroteada por agentes federales en Minneápolis, en una más de las redadas antiinmigración ordenadas por Trump, que tanto daño viene haciendo a esta población tan extendida en el territorio americano. En los días próximos, iremos viendo también cómo se desarrollan los avisos dados acerca de la posible intromisión MAGA en Groenlandia, Colombia o Cuba, sin ir más lejos, sin olvidar la invasión geopolítica y financiera en Gaza y, dentro de poco, en Ucrania, así como los terribles daños colaterales derivados de todas las firmas de órdenes ejecutivas implacables sobre aranceles y contra los que menos tienen, pobres propios y ajenos (desaparición de la USAID) e inmigrantes presentes en todo el país, desde su toma de posesión el 20 de enero de 2025.

Respecto de la ideología, está muy claro que el manual MAGA, justifica todos y cada uno de los desmanes totalitaristas trumpianos, que forman parte de su ideario, que se cuentan por miles desde que Trump llegó al poder, caiga quien caiga y cueste lo que cueste, todo bajo el eslogan ¡Que América vuelva a ser grande! Es obvio que la doctrina neototalitarista MAGA de Trump necesita difundir la nueva concepción de su figura como dictador, normalizado como salvador del mundo, asunción política que ejerce a diario sin pestañear un solo segundo.

El tercer principio neototalitarista, referido al aislamiento del individuo, trata de reconvertir el concepto de Estado, de comunidad, de derechos, quedando distorsionados hasta lo irreconocible. El individuo queda desprotegido de todo por parte del Estado, solo ante el peligro de lo que decida un ser supremo, como Trump, como nuevo salvador del mundo porque él, solo él, está capacitado para definir el nuevo orden mundial. Arendt lo deja muy claro en Sobre la naturaleza del totalitarismo. Conviene leerlo de nuevo, no sólo para estar preparados, sino para saber “comprender” lo que está sucediendo y reaccionar ante tan lamentable espectáculo totalitarista mundial, del que desgraciadamente algún día podremos ser protagonistas directos en Europa y, obviamente, en nuestro país, como víctimas propiciatorias de un nuevo orden mundial, por la tibieza mostrada por los dirigentes políticos actuales, ante lo que estamos viendo y está pasando a diario.

(1) Hannah Arendt, Sobre la naturaleza del totalitarismo, Barcelona: Página Indómita, p. 9. Traducción de Roberto Ramos Fontecoba.

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¡Paz y Libertad!

La verdadera estela de los regalos de Reyes

Imagen de una estela en la mar / JA COBEÑA

Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. / Antonio Porchia (1885-1968), Voces

Sevilla, 6 de enero de 2025 – 08:38 h UTC (CET+1)

Desde hace bastantes años años, resuenan en mi persona de secreto estas palabras del poeta italo-argentino Antonio Porchia (1885-1968), porque desde el día que las leí por primera vez, me impactaron en la creencia personal del arte de regalar. En los días de navidad, año nuevo y la celebración de los reyes magos de Oriente, en este Occidente desconcertado en el que vivo, la mercadotecnia hace estragos en el mundo del regalo, por imposición casi siempre de la sociedad de consumo. Gabriel García Márquez ya lo dijo en 1980: “La Navidad “es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”.

El escritor Alberto Manguel fue el artífice de mi pre-ocupación actual (con guion), que todavía persiste, reflexionando sobre la estela del regalo y su epifanía: «Diciembre es una época propicia para regalar y por tanto el momento de descubrir que se necesita habilidad para escoger el obsequio. Es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado. Un recorrido paralelo por la historia descubre algunos episodios gratos o claves y otros desafortunados en el momento de brindar un obsequio. Aunque siempre quedan los libros». A mí, me quedan…, como la palabra, tal y como lo aprendí de Blas de Otero.

Desde esa lectura de Porchia, hago un esfuerzo para “justificar los regalos” (siempre procuro hacerlo), pensando también en la segunda parte enigmática de su reflexión: “no sé lo que has recibido”. Es verdad que estamos ante un filo cortante de la existencia, tal y como lo aprendí de Martin Buber, cuando intentaba explicar la relación Yo-Tú. Y es un vacío que siempre existe porque pertenece a la persona de secreto de cada uno que, en determinadas ocasiones, la hacemos de todos. Ahí radica el espacio insondable de generosidad que debe existir cuando se entrega no sólo un regalo, sino por decirlo de una vez por todas, la vida.

Como decía Manguel, la historia nos puede enseñar qué significa un regalo y así lo escribí en 1985: «El rito de la alianza (de las personas con el Dios) simboliza de forma magistral el contenido multisecular del regalo como sello o estela del pacto, del encuentro más grandioso que el hombre ha sabido dejar por escrito, reconociendo la sublimación de una ceremonia extendida entre los primeros pobladores de la tierra. Como prueba tangible de que las palabras que se entrecruzan Dios y los hombres han de permanecer hasta la muerte, se sacrifica un animal y se le divide en dos mitades, obligándose el titular del pacto a pasar por ambas mitades para recordarle que si se incumple cualquiera de las cláusulas pactadas, puede el hombre sufrir las mismas consecuencias que el animal. Junto a esto, existe una ceremonia llamada del «jesed» donde se obliga el hombre agraciado con el pacto a vivirlo permanentemente en cada acto de su vida siendo de esta forma «justo» hasta la muerte, en un estado de vigencia -minuto a minuto- de un compromiso que se simbolizó en un regalo» (1).

La entrega a la persona o personas que amas, a los demás, es algo más importante que el regalo en sí, aunque la vida también puede serlo. Pero la duda existirá siempre porque la libertad es eso, mantener espacios de silencio, de falta de respuestas, por mucho que se hagan manifestaciones de afecto y acogida. Es decir, sabemos siempre lo que damos, pero no lo que se recibe…

Por eso creo que si reflexionáramos sobre esta duda existencial unos minutos antes de comprar algo para otra persona, el próximo regalo ya no será igual en nuestras vidas, a pesar de que las campañas de navidad y reyes se empeñen en convertir esta oportunidad en pura mercancía. Así lo he entendido siempre: «Sería importante, creo que ante todo necesario, rescatar el contenido primigenio del regalo, es decir, comprometerse sólo con aquella persona que se relaciona conmigo en encuentros constructivos para la felicidad diaria, pactándose unos compromisos de vida que se puedan simbolizar en el regalo no cosificado, por ejemplo, en esa llamada a tiempo, compañía no programada o silencio de comprensión que no lleva etiqueta, precio ni papel de celofán con lazo incluido. Se perderían muchos negocios montados a propósito, pero ganaríamos todos en sinceridad y cercanía. Además, solamente lograríamos repetir la historia en un pasaje digno de ser aprendido en la mejor lectura actualizada de la relación de las personas entre sí. La estela del regalo no consistiría en nada más que buscar ese momento de intimidad que todos tenemos y necesitamos para decirnos al oído lo que esperamos del otro. Más o menos lo que le ocurrió al platerillo de Rafael Alberti en El alba del alhelí, cuando deja estupefacto a su cliente (dicen que de nombre José…), que no puede pagar el collar de María y el anillo para el niño Jesús: «Yo dinero no quiero, besar al niño es lo que quiero…».

Porque José, que no lo podía pagar, conocía muy bien a María y no confundió nunca, como todo necio, valor y precio. Le regalaba todos los días sus silencios, sus dudas, su honradez y… su vida, sin saber a veces qué pensaba ella. La verdadera estela de su regalo, la del mar, la que nos enseñó también Antonio Machado: Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante no hay camino  / sino estelas en la mar… 

La duda de Porchia que encabeza estas palabras es hoy la mía, pero tengo clara una razón para escribir y entregar palabras especiales a los demás, a la Noosfera, la malla pensante de la Humanidad, a modo de regalos. Escribir en este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, como hoy, por ejemplo, sobre la estela de los regalos, me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada, pero, si le falta alma, no es nada (2): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro [de su artículo] más allá de las ideas que quiere contar”.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

(2) http://www.joseantoniocobena.com/?p=

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¡Paz y Libertad!

En la noche de Reyes recuerdo a un niño especial, Miguel Hernández, pastor de sueños

Miguel Hernández, Pastor de sueños

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Miguel Hernández, Las abarcas desiertas

Sevilla, 5 de enero de 2026 – 07:25 h UTC (CET+1) – Actualizado a las 14:45 h

En años anteriores, he escrito en este cuaderno digital reflexiones sobre la noche de Reyes del niño que siempre llevó dentro Miguel Hernández, ante sus abarcas desiertas. Hoy vuelvo a recordarlo de nuevo por su mensaje impecable para una noche tan especial y para imaginar, al igual que lo expresó él, el pastor de sueños, que el mundo podría ser cada día una juguetería para niños y niñas libres, que tuviera en sus estanterías “juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor”Sus “abarcas desiertas” no las olvido.

La solidaridad de Miguel Hernández no tenía límites. Lo demostraba por sus colaboraciones en publicaciones durante la guerra civil, como la que apareció en la revista Ayuda del Socorro Rojo, el 2 de enero de 1937. El objetivo del poema Las abarcas desiertas junto a otras colaboraciones era «recabar ayuda para donativos y juguetes en beneficio de la infancia necesitada. Interesante la nota aclaratoria ofrecida en primera página: Los niños de la España libre y en armas tendrán este año, merced a la generosidad de millones de personas, lo que la casta que nos dominaba había hecho privilegio exclusivo de sus hijos: juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor» (1).

El poema resume muy bien la realidad dura y contemporánea de los que menos tienen. Miguel Hernández hace un recorrido de ilusiones maltrechas desde la colocación de su calzado cabrero en la ventana fría, como cualquier niño, pero con la conciencia de clase muy clara: Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. Me parece maravillosa la expresión de que «Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería».

Recomiendo la lectura pausada del poema completo. Nada más. Es verdad que muchas veces los reyes coronados del siglo XXI y los que se hacen pasar por ellos, no tienen pie ni ganas para ver el calzado de las pobres ventanas. Además, suelen ir desnudos, como el protagonista del cuento de Andersen. Una aclaración final: salvando lo que haya que salvar, no solo me refiero hoy a la pobreza económica en esta navidad rediviva según Miguel Hernández. Es peor la del espíritu de reyes magos que van de paso por la vida de muchas personas sin observar abarcas vacías. A pesar de que solo puedan tener dentro sueños de juguetes y libros con que estimular el espíritu y crear castillos imaginativos de una sociedad mejor.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

(1) https://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/05/versos-olvidados-las-abarcas-desiertas/

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¡Paz y Libertad!

Ante el año nuevo, debemos creer lo que no vimos, porque nos invita a negar lo que miramos

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Ángel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008), en Alocución a las veintitrés.

Sevilla, 31/XII/2025 – 15:08 h UTC (CET+1)

Dedicado a todas las personas que siguen viajando conmigo en la amura de babor, no inocente por su posición, de ‘La isla desconocida’, la carabela imaginaria de José Saramago de su ‘Cuento de la isla desconocida’, en singladuras para ‘personas imperfectas’, que soñamos en mundos reales más dignos, aunque no perfectos, para todos, porque creemos que cada día puede ser nuevo, sin tener que esperar a la celebración anual, como la de hoy, auspiciada y financiada por los mercados y sus mercancías. Esa es la razón de por qué debemos creer más en lo que no vimos en el cada día de este año, para así negar lo que miramos y contemplar un futuro diferente en el cada día próximo de 2026.

Gracias por compartir la lectura de este cuaderno digital, que ha cumplido en diciembre de 2025 veinte años como cuaderno de “derrota” en el lenguaje del mar, el de navegación por la Noosfera, la malla pensante de la humanidad. Gracias sinceras.

Recurro de nuevo, un año más, al poeta Ángel González para buscar luz en este túnel ético en el que nos encontramos, ante el ocaso de la democracia, porque nos ofrece una visión personal de la vida en una alocución de fin de año cargada de historia de problemas recientes en este país y en el mundo que nos rodea, salvando lo que haya que salvar. Lleva por título “Alocución a las veintitrés” (1). Hoy, cuando quedan muy pocas horas para que finalice un año complejo, para olvidarlo quizás, vuelvo a leerla detenidamente porque siempre calma mi ardiente paciencia y conmueve mi alma de secreto.

Alocución es un discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos [sic, según la RAE]. Lo que sí tengo claro es que cuando cambie el año, suenen las campanadas y nos enfrentemos a las uvas, esta alocución va a ser un revulsivo a las veinticuatro horas para que aprendamos del valor de la libertad de la palabra de ciudadanos imperfectos que aún nos queda en este año bastante complejo y que, afortunadamente, no está a la venta en Amazon ni en los mercados porque, seamos sinceros, interesa escucharla solo a unos pocos. Porque la libertad de la palabra, que aún nos queda, nos ofrece, entre otras muchas cosas, tener fe en ella, aunque la terca realidad nos complique a veces la vida. Porque ahí está, a pesar de que algunos ciudadanos perfectos, instalados en la mediocridad, sólo ven el mundo del nunca jamás en todo lo que les rodea, sin mezcla de esperanza alguna. Lo que necesitamos esta noche es recordar, al tomar las uvas, junto a Ángel González, que hace falta Más fe, mucha más fe. / Que en cierto modo, / creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos.

Lo he dicho en referencias anteriores a este poema, a estas alturas del calendario: estas palabras de Ángel González son un símbolo de lo que a veces no queremos ver aunque es evidente lo que está pasando, aplicando el principio de realidad de Freud, el más terco de todos los principios, cuando finaliza este año. Las preguntas serias son las que enuncia metafóricamente el poeta: ¿quién se dirige a quién? ¿quién, con poder suficiente, sean reyes, reinas, presidentes, presidentas o ministros y ministras, se dirige así a sus subordinados con un discurso paradigmático de doble moral? ¿lo pronuncian solo algunos políticos (todos no son iguales) o todas las personas que no quieren ver lo que miramos todos, solo por ejercer cierta prepotencia sobre los demás, sin compasión alguna?, ¿afecta sólo a los de arriba o a los de abajo también, a los de izquierdas o a los de derechas en su amplio espectro?, o ¿quizás, a todos los que se consideran ciudadanos perfectos?

ALOCUCIÓN A LAS VEINTITRÉS

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como ésta de hoy,
en una noche semejante a ésta de hoy,
tras una cena lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Austral, p. 176s.

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¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / y 10. Un santo inocente muy especial

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

oOo

Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO

Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito (1943)

oOo

A mis nietos Adrián y Alejandro, para que siempre conserven la amistad del principito.

Sevilla, 28/XII/2025 – 08:33 h UTC (CET+1)

Hoy es el día de los Santos Inocentes según el calendario católico, apostólico y romano que, desde una perspectiva laica, lo asocio siempre con la muerte de miles de niños y niñas en el mundo, víctimas de hambruna, guerras, exilios involuntarios y tráfico criminal organizado. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, son algunos ejemplos del mundo al revés tan poco atendidos por el mal llamado Primer Mundo de los poderosos, tutelado ahora por el emperador Trump, con su traje nuevo…, pero desnudo para las personas dignas, recordando el cuento de Andersen.

Leyendo El Principito, creo que el protagonista puede ser un buen ejemplo de un “niño hombrecito“, inocente, según el aviador-narrador, que Antoine de Saint-Exupéry nos dejó retratado para la posteridad humana, en una novela corta para algunos, un cuento para muchos, con enseñanzas de valores eternos. Uno de ellos, la santa inocencia de la verdad verdadera, de la amistad.

Me enfrento hoy a la lectura del último capítulo, que forma parte de esta serie que anuncié el pasado 14 de diciembre. Lo prometido siempre es deuda y hoy cumplo mi compromiso, recordando por qué lo hago, por dos razones de peso: un pequeño homenaje al autor de este relato precioso, porque este año los derechos de autor de El Principito han pasado a ser de dominio público en este país, algo que me parece maravilloso al obtener la categoría de bien común de la humanidad, pasando de la salvaguarda de los derechos de autor legalmente establecida a unos imaginarios derechos permanentes y universales de lectores y lectoras de la misma, así como de las posibles interpretaciones y publicaciones que se puedan hacer sobre ella. La segunda razón, ha sido que he escrito esta serie sabiendo que Antoine de Saint-Exupéry escribió esta joya literaria atendiendo a una petición de sus editores estadounidenses que habían visto sus dibujos y le pidieron que escribiese un cuento de Navidad partiendo de ellos, desarrollándola ahora a través de 10 artículos, con mi interpretación del relato, actualizado en un contexto histórico especial como es la navidad en este año tan complejo que ya termina.

Cayó suavemente, como cae un árbol

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

El capítulo XXVII culmina esta obra maestra de la literatura infantil y, sobre todo, de adultos que no olvidamos que alguna vez fuimos niños. Han pasado seis años desde que comenzó ese maravilloso encuentro y el aviador recuerda lo sucedido en el desierto: “Ahora me he consolado un poco. Es decir…, no del todo. Pero sé que verdaderamente [el hombrecito príncipe] volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado… Y por la noche me gusta oír las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles…”, tal y como él me lo había anunciado en los últimos momentos de su vida. Pienso qué hará en su pequeño mundo, que existir existe: “Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa… —Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…¡Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga tanta importancia!”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVII

Dejo hablar al aviador para que me cuente su visión final de una experiencia personal tan difícil de contar:

Éste es, para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo.Es el mismo paisaje de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…”.

Puedo asegurar que, en mi caso, ha vuelto…

He aquí el mejor retrato que, más tarde, logré hacer de él

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo II

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El Principito, hoy / 9. Lo importante, es lo que no se ve

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

Sevilla, 27/XII/2025 – 08:39 h UTC (CET+1)

Nos aproximamos a los últimos capítulos, hoy el XXV y XXVI. En el primero, leo la travesía del desierto que permite al principito y al aviador, llegar a un pozo que parecía de aldea no del Sáhara, al disponer de roldana, balde y la cuerda… El principito “rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como gime una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXV

Fue el momento de comprender por qué el principito quería beber de esa agua: “Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía”. Todo lo que había rodeado al esfuerzo del camino en busca del agua terrenal, haberlo compartido, era beneficioso para el corazón. Creo que Rafael Alberti lo explicó muy bien en un poema dedicado al verso que, hoy, puedo cambiar por agua: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. El agua, sin corazón, no es nada. El principito lo resumía bien: “los  ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

Más adelante, descubre el principito que se cumplía ya el aniversario de su caída a la Tierra desde el asteroide donde habitaba, con gran sorpresa del aviador: “—Entonces, no te paseabas por casualidad la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo, a mil millas de todas las regiones habitadas. ¿Volvías hacia el punto de tu caída? El principito enrojeció otra vez. Y agregué, vacilando: —¿Tal vez, por el aniversario…? El principito enrojeció de nuevo. Jamás respondía a las preguntas, pero cuando uno se enrojece significa «sí», ¿no es cierto?—¡Ah! —le dije—. Temo… Pero me respondió: —Debes trabajar ahora. Debes volver a tu máquina. Te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde… Pero yo no estaba muy tranquilo. Me acordaba del zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco”. La realidad es que se acercaba el final de esta preciosa aventura.

El capítulo XXVI necesita varias lecturas por la profundidad del mensaje que lleva dentro. Comienza con el descubrimiento, por parte del aviador, del principito subido en lo alto dentro un muro en ruinas, junto al pozo, dialogando de forma críptica con una serpiente: “—Tienes buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho tiempo? Me detuve, con el corazón oprimido, pero seguía sin comprender. —Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender! Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el principito, una de ésas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos. Comencé a correr, mientras buscaba el revólver en mi bolsillo, pero, al oír el ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena, como un chorro de agua que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico. Llegué al muro justo a tiempo para recibir en brazos a mi hombrecito, pálido como la nieve. —¿Qué historia es ésta? ¿Ahora hablas con las serpientes? Aflojé su eterna bufanda de oro. Le mojé las sienes y le hice beber. Y no me atreví a preguntarle nada. Me miró gravemente y rodeó mi cuello con sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pájaro que muere, herido por una carabina”.

El aviador se dio cuenta de que había ocurrido algo extraordinario y grave a la vez. Es la primera vez que se dirige al principito como hombrecito, tomando conciencia de su miedo, lo que le ocasiona una profunda tristeza por su posible retorno a su estrella: “Pero rió suavemente. —Tendré mucho más miedo esta noche… De nuevo me sentí helado por la sensación de lo irreparable. Y comprendí que no soportaría la idea de no oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto. —Hombrecito…, quiero oírte reír otra vez…”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXVI

A partir de estas palabras, comienza a comprender lo que está ocurriendo: “—Esta noche, hará un año. Mi estrella se encontrará exactamente sobre el lugar donde caí el año pasado… —Hombrecito, ¿verdad que es un mal sueño esa historia de la serpiente, de la cita y de la estrella?… Pero no contestó a mi pregunta, y dijo: —Lo que es importante, eso no se ve. —Ciertamente…”. De nuevo, volvió a resonar en su alma de secreto qué es lo esencial de la vida, de las personas, lo que no se ve, lo que tantas veces le había explicado el hombrecito príncipe.

A partir de aquí, nuestro pequeño héroe, le ofrece al aviador su gran regalo para que entienda la experiencia de su encuentro en muy pocos días, la brevedad de un gran misterio, lo que le deslumbrará cuando mire a las estrellas: “—Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros, no son más que lucecitas. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no hablan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido. —¿Qué quieres decir? —Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír! Y volvió a reír. —Y cuando te hayas consolado (siempre se encuentra consuelo) estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo. Tendrás deseos de reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así…, por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando el cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco. Te habré hecho una muy mala jugada…”.

Luego…, viene la despedida, dolorosa como todas, que hay que leerla, querido lector, querida lectora, para comprenderla. Estoy seguro de que el hombrecito, a pesar de todo, se marchó solo a su cielo particular plagado de estrellas: “El principito dijo: —Bien… Eso es todo… Vaciló aún un momento; luego se levantó. Dio un paso. Yo no podía moverme. No hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo. Quedó inmóvil un instante. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol. En la arena, ni siquiera hizo un ruido”.

Me quedo pensativo, conmovido, conturbado y hoy me enfrentaré a la lectura del último capítulo de esta historia para personas grandes, que contaré “próximamente en este salón”, digital por supuesto, tal y como se anunciaban las películas en mi infancia de Castilla.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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