Valldemossa y el más allá de un encuentro real

Lang Lang , Preludio en Re mayor, Op. 28: No. 15, Gota de Lluvia, interpretado en un piano Steinway & Sons Spirio, el 28 de agosto de 2019

… y la experiencia de la vida nos enseña que allí donde no se puede vivir en paz con nuestros semejantes, no existe admiración poética ni goces artísticos capaces de llenar el abismo que se abre en el fondo de nuestra alma.

George Sand, Un invierno en Mallorca

Sevilla, 2/VIII/2022

Uno de los privilegios que me ha ofrecido la vida es conocer un pueblo mallorquín, Valldemossa, un claro objeto de deseo cultural que vi cumplido en el verano de 2016. Ayer volví a ver algunas de sus calles con motivo de la visita de la familia real, con el Rey Felipe VI a la cabeza, recordándome cada plano del reportaje vivencias inolvidables de rincones con encanto de ese pequeño municipio, una antigua alquería en el Valle de Muza (de ahí su nombre), conocido mundialmente por haber albergado en el siglo XIX al compositor polaco Fréderic Chopin y a su pareja de entonces, George Sand (seudónimo de su auténtico nombre y género, Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevant), pero muy volcado hoy al turismo sacrificando su silencio de día para recibir el ruido del mundo, tan contradictorio con el espíritu monástico del que hacen gala sus habitantes a través de Chopin. George Sand vivió junto a Chopin una arriesgada aventura de amor en Mallorca en las postrimerías del siglo XIX, concretamente desde el 15 de diciembre de 1838 al 11 de febrero de 1839, unos años después de la desamortización de la Cartuja de Valldemossa, donde finalmente se hospedaron. 

En aquella visita anunciada de 2016 y antes de asistir al concierto programado en el homenaje anual a Chopin, estando cerca del lugar donde vivió días muy difíciles, recogidos en una obra de George Sand, que recomiendo especialmente, Un invierno en Mallorca (1), visitamos la Fundación Cultural Coll Bardolet, donde se exponen pinturas del pintor catalán que da nombre a la entidad, Josep Coll Bardolet, que cedió a Valldemossa, lugar donde vivió más de 60 años. Su obra es un canto permanente a la naturaleza, la tradición y el amor a la vida. Aquella noche musical, el protagonista era un pianista coreano de fama internacional, Kung-Woo Paik (Seúl, 1946), reconocido intérprete de la obra de Chopin y que pude corroborarlo durante el concierto que ofreció en la Cartuja, junto a la celda donde el compositor polaco escribió diversas obras, ya citadas en la serie que escribí sobre aquel viaje hacia una isla desconocida para mí y que se puede leer de nuevo en este cuaderno digital. El ambiente para componer el maravilloso Scherzo número 3, entre otras obras suyas, que interpretó Paik con manos maestras de setenta años, lo imaginé en el contexto de su duro invierno de 1883-1884 en aquella Cartuja tan fría, desamortizada, que le prestó acogida después de haber sido expulsado de mala manera de su residencia anterior.

Paik salió de la celda de Chopin, convertida en un camerino muy especial con motivo del concierto, para subir al pequeño estrado que habían habilitado junto a ella y después de los aplausos de bienvenida se situó a duras penas ante el piano Steinway & Sons preparado para la ocasión, que tocaría maravillosamente segundos después, con una iluminación muy doméstica, porque a petición del intérprete tuvieron que localizar en la casa aledaña a la Cartuja unas lámparas de pie para iluminar su teclado, en una imagen que se comenta por sí sola y que Paik no entendía por mucho que los organizadores del concierto se esforzaran en solucionarlo de forma artesanal y doméstica, poco profesional. Aquí en este país, resolvemos siempre estas situaciones diciendo que “son cosas del directo” o “caprichos de artistas” [literal, aquel día], pero fue una situación lamentable. Sobre todo, porque conservaba en mi mente el relato de George Sand, la pareja sentimental de Chopin, sobre la celda que habitaron y donde “el enfermo”, que nunca fue citado por su nombre, buscaba en la composición diaria la comprensión de su mundo de secreto tan singular, donde unas gotas de lluvia podía elevarlas a los cielos de la música, como ocurrió en un Preludio muy conocido, homónimo (op. 28, 15). Sentí la soledad en aquel ambiente monástico y comprendí cómo Frédéric y George podían considerar la compañía que les ofrecieron desde el primer momento el boticario, el sacristán y María Antonia, una especie de ama de llaves que solo quería reconocimiento por su asistencia, sin interés económico alguno.

Las palabras anteriores son recuerdos de Valldemossa, más allá del paseo real de ayer tarde, en una estancia plebeya, pero que fue para nosotros de un encanto especial, aunque al finalizar aquella jornada nos devolviera este pueblo-alquería al principio de realidad de cada día, con preguntas que leí en el libro de Sand antes de viajar a Mallorca: “¿Por qué viajar cuando no se está obligado a hacerlo? […] Es que no se trata tanto de viajar como de partir. ¿Quién de nosotros no tiene algún dolor que olvidar o algún yugo que sacudir?”. Efectivamente, un viaje siempre es un punto de partida para vivir nuevas experiencias, ir hacia alguna parte…, a un lugar escondido en el alma. Y esta razón de partir fue la que me impulsó a buscar aquel año en Mallorca algo más que viajar a cualquier precio, su valor intrínseco, algo que Chopin, junto a George Sand encontró en aquella isla, en aquella Cartuja, entregando al mundo obras inolvidables compuestas en su pianino Pleyel, “llegado en el mejor estado posible a pesar del mar y del mal tiempo, y de la aduana de Palma…”, que “llenaba la bóveda elevada y resonante de la celda con un sonido magnífico”, tales como algunos de sus Preludios entre los que destaca el llamado “Gota de Lluvia” (op. 28, No. 15), la segunda Balada en fa mayor op. 38, el tercer Scherzo en do sostenido menor op. 39 y una de las Polonesas, la op. 40. En cuanto al preludio Gota de Lluvia, Sand escribió sobre el compositor: “[…] Mientras tocaba el piano tuvo un sueño en el que se vio a sí mismo ahogado en un lago y grandes gotas de agua helada caían de forma regular sobre su pecho. Cuando le hice escuchar el sonido de las gotas de lluvia que, de verdad, estaban cayendo desde el tejado, rítmicamente, negó haberlas oído. Se enfadó mucho de que yo lo interpretara como la muestra de un sonido imitativo. Protestó con toda su fuerza -y tenía razón- contra la puerilidad de dicha imitación auditiva. Su genio estaba lleno de misteriosos sonidos de la naturaleza, pero transformados en sublimes equivalencias musicales en su pensamiento pero no a través de imitaciones sin originalidad de los sonidos reales».

Mas allá del paseo real de ayer, que como la música militar nunca me sabe levantar, recordé palmo a palmo el que realizamos aquella tarde por el pueblo-alquería, acompañados en cada puerta por un azulejo distinto dedicado a Santa María Thomàs, con textos que exaltan siempre la protección de cada casa y de cada familia. Después del concierto, salimos de aquella Cartuja tan lúgubre pero con el buen sabor de boca de las obras interpretadas por Paik, encontrándonos con una experiencia desoladora, porque el pueblo entero estaba cerrado, solo había calles solas y en completo silencio, sin posibilidad alguna de poder comentar en algún sitio acogedor la gran interpretación de Paik, con el que me hubiera gustado compartir su estancia en la celda de Chopin, más allá del actual reclamo turístico, sobre todo en un lugar que le ofreció una digna estancia en tiempos revueltos y cómo se había sentido al tocar los aspergios continuos del Scherzo 3, que según todas las fuentes oficiales fue compuesto en 1839 por Chopin en el “pianino” Pleyel [sic, en el libro original de Sand] que tanto trabajo había costado trasladar desde París hasta aquél lugar tan inhóspito en aquellos años del siglo XIX y … en aquel verano en Mallorca, en 2016.

Me imagino que cuando anoche desapareciera de aquel entorno maravilloso la caravana real, el preludio de Chopin Gota de Lluvia sonaría en sus calles para quien quisiera escucharlo, porque él todavía estaba allí para recordarnos que, cuando no se puede vivir en paz con nuestros semejantes, hay que saber llenar los abismos en nuestras almas mediante la admiración poética y los goces artísticos. Palabras de la plebeya George Sand junto a Chopin, en Valldemossa, más allá de una visita real.

(1) Sand, George, Un invierno en Mallorca, 1975. Palma de Mallorca: Ediciones La Cartuja.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Blanca Andreu, escritora entre silencios

Sevilla, 30/VII/2022

El 18 de febrero de 2010, se presentó en Madrid una obra, Los archivos griegos, que hoy tiene una importancia crucial para conocer la trayectoria de una escritora de cuna gallega, Blanca Andreu (La Coruña, 1959), que así le gusta que la reconozcan como tal, aunque su obra emblemática era un compendio poético doloroso que escribió con tan sólo 20 años, De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, un conjunto de papeles desordenados que Francisco Umbral recogió de una papelera y que una vez ordenados los presentó al premio Adonais, en 1980, obteniéndolo por unanimidad del jurado y sin que la autora conociera tal evento, porque Umbral no se lo comentó. De esta obra ella recuerda que “el Adonais me hizo mucho daño porque era una obra muy atormentada, aunque estaba llena de metáforas. Eran cosas que me dañaban a mí y a otras personas que me conocieron en alguna ocasión. Las poesía afecta para bien y para mal”.

¿Por qué he citado esa presentación en Madrid de Los archivos griegos, para hablar de Blanca Andreu? Fundamentalmente, porque aquél día de febrero, en Madrid, sé que el poeta y escritor Juan Cobos Wilkins, que presentó el acto, al que citó mal el cronista del diario El País que elaboró la reseña, dijo de ella algo muy importante, que valoro especialmente por mi amistad histórica con Cobos Wilkins, así escrito correctamente: “el nuevo libro de Andreu muestra el compromiso del poeta con el mundo. Donde hay madurez, belleza y transparencia”. Para mí, una patente de corso para reconocer hoy a esta escritora entre silencios. Una conversación entre Blanca Andreu y Juan Cobos Wilkins, que les recomiendo escuchar y ver, me ha ayudado a comprender su amistad madura, bella y transparente, a lo largo del tiempo.

El compromiso de Blanca Andreu con el mundo se ha llevado a cabo en muy pocas obras publicadas, aunque con una vida sorprendente que invito a conocer a través de un artículo excelente de Manuel Jabois en el diario El País, Blanca Andreu, la poeta que triunfó a los 20 años y prefirió desaparecer: “Me halaga que me crean muerta”, donde afirma algo aleccionador en la entradilla: “La autora, que se alejó de la fama después de ganar los premios más importantes en los ochenta, habla desde su retiro del proceso creativo, de su relación con Juan Benet y su vida fuera de los focos: “Yo no sabía que la gloria era dar la cara”.

Es una escritora creyente, según la definición de creencia del filósofo en el exilio, durante la dictadura de este país, José Ferrater Mora, al que conocí hace ya muchos años y estudié en profundidad, cuando en un libro precioso, que aprecio mucho en mi clínica del alma, mi biblioteca, El hombre en la encrucijada, manifestó algo muy importante para resolver el enigma de vivir con creencias, algo que está presente siempre en la obra de Andreu (1). Él decía que necesitamos tener creencias, que no podemos vivir sin ellas, y a lo largo de las páginas de su tesis existencial demuestra que el mundo ha evolucionado hacia adelante gracias a que nuestros antepasados y muchas personas contemporáneas han tenido y tienen creencias en cuatro ámbitos, juntas o por separado da igual, de una forma u otra, da igual, pero siempre relacionadas con las Personas, la Naturaleza, Dios/dioses o la Sociedad. Así durante muchos siglos. Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar. Puede ser una buena forma de encontrarnos cara a cara con el niño o niña que fuimos y que nunca debimos abandonar para resolver el enigma de vivir dignamente.

Cualquiera de las obras de Blanca Andreu, nos acercan a estas creencias, a sus silencios históricos, a su respeto reverencial a la dignidad y pudor de lo que se escribe, porque después de publicar algo que se ha escrito hay que explicarlo con ribetes de coherencia personal. Desde De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, un título sorprendente para un premio tan “religioso”, publicado por RIALP, editora confesional donde las haya y muy cerca del Opus Dei, hasta Los archivos griegos, transcurren treinta años de profundo silencio, sólo salpicados de alguna publicación también premiada que consolidan su obra breve, algo que declara y sin falso pudor que hizo por si conseguía el dinero de los premios, porque lo necesitaba. De este intervalo es una obra preciosa, El sueño oscuro, dedicada a Juan Benet, su pareja inseparable hasta el fallecimiento del ingeniero y escritor, donde figuran dibujos de él y a quien dedicó el libro recopilatorio de poemarios importantes.      

Algo que me ha sorprendido de su visión teológica de la vida desde su niñez, es la amistad que conservó siempre con Vicente Ferrer, a quien recuerda en su famosa expresión de «hacer cada día una buena acción». Él está presente en este blog, en su cabecera, desde casi su creación, porque creí siempre en él y lo sigo haciendo en la ardua tarea de la Fundación en Anantapur, la ciudad del infinito, en hindi. Blanca Andreu no lo olvida: “No practico ninguna religión, pero tengo mucha fe. Pienso en cómo tengo que gestionar mi vida para poder hacer, como me decía Vicente Ferrer, la acción buena. Porque una vida tan solitaria no es una vida muy proclive a hacer cosas por los demás. En fin, también estoy implicada con la Fundación Vicente Ferrer. Tengo nueve cartas suyas que guardo como un tesoro. Me ayudó mucho tras morir Juan [Benet]”.

He encontrado a Blanca Andreu en plena singladura vital, algo maravilloso en un mundo plagado de malas noticias. Contaré con ella, ofreciéndole un asiento en la amura de babor de mi “Isla desconocida”, que nunca es inocente en su posición actual y navegando al desvío, leyendo un poema, Escucha, escúchame, en De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, como un grito desesperado para entender la vida: Escucha, dime, siempre fue de este modo, / algo falta y hay que ponerle nombre, / creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña / o decir nube, adelfa, / sufrimiento, / decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos. Porque lo que nos hace sufrir más en la vida es la separación del niño o niña que siempre fuimos o la dura separatidad, cada día, de lo que amamos y nos hace felices por encima de todo.

(1) Ferrater Mora, José, El hombre en la encrucijada, 1965. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

NOTA: la imagen de Blanca Andreu se ha recuperado hoy de Blanca Andreu: De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall – Babab.com

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Las postales deberían volver este verano

Sevilla, 29/VII/2022

En julio de 2020 escribí un artículo en este cuaderno digital que llevaba por título Las postales eran para el verano, como aquellas bicicletas famosas de Fernando Fernán Gómez, de feliz memoria. Hoy, vuelvo a rescatar aquel texto íntegro, porque deseo que no se quede en el recuerdo nostálgico de esas tarjetas mágicas, sino en un compromiso que podríamos adoptar en el ecuador de este verano tan especial, enviando postales de nuevo a las personas que apreciamos y queremos. Voy a hacerlo personalmente, utilizando los medios habituales para tal menester: tarjeta postal, bolígrafo y sello. Sobre todo, escribiéndolas a mano, recordando la caligrafía que me enseñó mi querida maestra, Doña Antonia, a las que tantas veces he recordado en estas páginas.

Lo aprendí hace tiempo: “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (1). Es lo que probablemente intentó explicarnos Gabriel García Márquez, hace ya muchos años, sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que quizás superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero ese realismo tan personal probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora, al igual que estaba en mi infancia más próxima. Como para él lo estaba en la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas. Algo parecido en este verano tan especial en nuestras vidas en el que, probablemente, recibir una postal de alguien que conocemos y queremos nos alegrará ese momento mágico, casi atemporal, que García Márquez siempre retrataba de forma magnífica. dando sentido a nuestras vidas.

Las postales eran para el verano

No es por pura nostalgia, que también (siendo sincero), sino porque en este verano tan especial es necesario recordar aquellas pequeñas cosas que hicieron felices, por definición, a millones de personas a partir del 1 de octubre de 1869, día en la que consta fehacientemente que se envió “la que se considera la primera postal de la historia. Viajó de la localidad austríaca de Perg a la de Kirchdorf, y tardó solo un día en llegar. El mensaje era breve y de carácter personal: el emisor preguntaba al receptor si le gustaría visitarlo”.

He leído con atención reverencial un artículo sorprendente sobre la historia de las tarjetas postales, Las postales no se inventaron para mandar saludos, sino para ahorrar costes, muy ilustrativo para conocer cómo y cuándo comenzaron a enviarse millones de tarjetas postales a lo largo de ciento cincuenta años de su historia. Si alguna palabra puede resumir qué es lo que reflejaba esta nueva forma de relacionarse las personas, era la concisión. Cuando se concibió como medio de comunicación, la economía global estaba presente en su formato: pequeña, formato homogéneo porque era impresa por el Estado, incluido el sello, no llevaba sobre y era de formato abierto que cualquiera podía leer, es decir, una auténtica revolución para la época que se podía resumir en una frase publicitaria: todo en uno. Se compraba, se escribía con brevedad obligada y se enviaba, tres pasos obligados pero que simplificaban de forma sorprendente el rito de escribir cartas, cada día más complejo en su fondo y forma.

Las tarjetas postales han formado parte de nuestras vidas. Recuerdo ahora cuando vivía en Roma y enviaba postales a mi familia y amigos, porque descubrí otra realidad que con el paso del tiempo ha evolucionado: la compra de los sellos. En Italia se rotulaban los estancos como “Sali, Francobolli e Valori Bollati”, sales, sello y papel timbrado, porque la sal fue un monopolio del Estado hasta 1973, con una larga historia desde el Imperio Romano. Sorpresas que me daba la vida en el viaje de una postal hacia alguna parte. De todas formas, nada cómo las postales que cuando era un niño escribía a la empleada de hogar que trabajaba en mi casa de Madrid, Marina, que me dictaba lo que quería decir, con palabras de amor, a su querido Juanito, que trabajaba como emigrante en Suiza, concretamente en Biel-Bienne. Eran textos imposibles, clásicos populares, con la entradilla clásica: “Espero que al recibo de ésta estés bien, nosotros bien gracias a Dios”. Yo avisaba a Marina que no me quedaba espacio para lo fundamental, pero ella se conformaba con que su novio supiera interpretar lo que una pareja en posturas imposibles y con el texto que figuraba en el anverso de aquella postal en blanco y negro, tan edulcorada, quería transmitir al receptor de la misma: “Tú eres mi destino y mi estrella, yo por ti todo lo cambiara” [sic], que no lograba entender en el tiempo verbal que utilizaba, pero que hacía todavía más imposible su comprensión. Lo de menos era lo que escribía con tanto primor y en letra inglesa en nombre de Marina a su novio, sino lo que ella quería que entendiera en palabras de toda la vida. Así, muchas veces durante años de la dura emigración española y que ahora olvidamos con tanta insensatez.  Las tarjetas postales fueron un salvoconducto para expresar sentimientos y emociones de lo que se veía y se quería teletransportar al receptor de turno, en “color por technicolor” y con pocas palabras, en una España que abusaba mucho del blanco y negro, como el de la postal imposible de Marina.

Las tarjetas postales han caído en desuso y han sido sustituidas por las redes sociales. Tenían su estación por excelencia, el verano. Ahora, en cualquier época del año existen mil formas de enviar imágenes y palabras que dejan atrás a un medio que fue revolucionario en su época y que tenía su encanto y su factor sorpresa. Su concisión, llena casi siempre de sentimientos y emociones, lo decía todo, con un secreto a voces que se esperaba con la ilusión de lo desconocido: alguien se había acordado de nosotros y se había molestado en dar varios pasos por mí, por nosotros: elegir la tarjeta, escribirla, ponerle el sello (con lengua o esponja mojada) y echarla al buzón.

Para no olvidarlo hoy, en tiempos difíciles, porque el texto era casi lo de menos. Yo sabía que la persona que me la envió en alguna ocasión, al escogerla entre miles de postales posibles,  pensaba de mí que yo era su destino y su estrella y que por mí, todo lo cambiaría.

NOTA: la imagen, que recoge el anverso y reverso de la primera tarjeta postal de la historia, se ha recuperó el 12 de julio de 2020 de: https://www.ausstellung-postkarte.de/

(1) Millán, José Antonio (2015, 22 de octubre). El misterio de las palabrasEl País.com.

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Paula Rego, una pintora rebelde, imprescindible

Sevilla, 27/VII/2022

Paula Rego (Lisboa, 1935 – Londres, 2022), una pintora portuguesa, rebelde con causa, que pintó de forma continua el mundo de la mujer en episodios de vida no amables para ellas, falleció el mes pasado en Londres, ciudad que la acogió durante muchos años de su azarosa vida, coincidiendo actualmente con la exposición temporal de parte de su obra en el Museo Picasso de Málaga, inaugurada el pasado mes de abril y que finalizará el próximo mes de agosto. Creo que el mejor homenaje que se le puede ofrecer ahora es reconocer su obra y amplificarla por todos los medios posibles, porque es fascinante su intramundo pictórico.

La sinopsis oficial de la citada muestra, sintetiza en pocas palabras la obra ingente de la artista: “La exposición de Paula Rego (Lisboa, 1935 – Londres, 2022) presenta la obra de una artista insobornable de extraordinaria imaginación que ha redefinido el arte figurativo y revolucionado la representación de las mujeres. La exposición refiere su notable trayectoria, poniendo de manifiesto el carácter autobiográfico de buena parte de su arte, el contexto sociopolítico donde hunde sus raíces y el amplio espectro de sus puntos de referencia, desde el cómic hasta la pintura de historia. A través de más de ochenta obras, entre collages, pinturas, pasteles de gran formato, dibujos y aguafuertes, el recorrido abarca desde sus trabajos en los años sesenta hasta las escenas ricamente estructuradas y estratificadas de las dos primeras décadas de este siglo. Sus pinturas, collages y dibujos de los años sesenta y setenta se oponen con pasión y fiereza a la dictadura portuguesa, utilizando una diversidad de fuentes de inspiración entre las que se cuentan el anuncio publicitario, la caricatura y la noticia de prensa. También se exploran los cuentos populares en cuanto representaciones de la psique y el comportamiento humanos, como en Blancaflor, El demonio y su mujer en la cama (1975). En 1980 Rego abandonó el collage y regresó a la pintura, combinando recuerdos de la infancia con sus experiencias de mujer, esposa y amante. La exposición ofrece obras importantes de esa época: ejemplos de la serie “Las niñas Vivian”, donde las niñas se rebelan contra una sociedad coercitiva, y las pinturas seminales que cimentaron la fama de la artista. A lo largo de toda su carrera Rego se ha mostrado fascinada por la narración de historias. En la exposición figuran grabados pertenecientes a su serie Nursery Rhymes (1989), donde se sumergió en la extrañeza y la crueldad de las canciones infantiles tradicionales de Gran Bretaña. En su condición de primera artista residente en la National Gallery, Rego también se ha inspirado en la historia del arte, tejiendo alusiones a maestros como Hogarth y Velázquez en pinturas donde las protagonistas son mujeres y el foco está puesto sobre su lucha hacia la emancipación, como La artista en su estudio (1993). Parte de la exposición son asimismo los pasteles grandes de figuras femeninas aisladas que Rego hizo durante las décadas de 1990 y 2000, en series como “Mujer perro” y “Aborto”, origen de algunas de sus imágenes más conocidas e impactantes. Las de la serie “Aborto”, que la artista se enorgulleció de ver integrada en la campaña por la legalización del aborto en Portugal, presentan a mujeres en el día después de un aborto ilegal. En Posesión (2004), otra gran serie de pasteles rara vez expuestos, la experiencia directa de Rego en materia de depresión y terapia se suma como fuente de inspiración a las fotografías preparadas de presuntas enfermas de “histeria” en el siglo XIX”.

Creo que es importante aprovechar esta oportunidad museística para contemplar la obra de Paula Rego e intentar asimilar sus mensajes explícitos en cada una de sus obras. Me ha llamado la atención una en particular, La artista en su estudio (1993), porque simboliza su forma de ser y estar en el mundo y en cada uno de los motivos que figuran en el lienzo: “La artista en su estudio se realizó recurriendo y combinando recursos clásicos de distintos géneros pictóricos. Los objetos que se incluyen hacen referencia a la vanitas clásica, es decir la pintura de naturalezas muertas que alude a la inevitabilidad del paso del tiempo. Rego se sirve también del retrato tomando ventaja del modo como este gran género en la historia del arte se sirve de la elección de los ropajes, los accesorios o la elección del ambiente para subrayar la clase social, la ocupación y el carácter de los personajes. La postura de la figura central está inspirada en George Sand, la novelista francesa del siglo XIX que firmaba con un pseudónimo masculino y que solía vestirse de manera considerada por entonces propia de hombres. Al igual que Sand, la figura de Rego juega con las convenciones de género, presentándose frente al espectador explícitamente abierta de piernas y fumando en pipa”.

A George Sand, seudónimo de su auténtico nombre y género, Amandine Aurore Lucile Dupin (baronesa Dudevant), pareja de Chopin,  dediqué también en un verano no lejano y en este cuaderno digital, unas palabras de reconocimiento expreso: Unos días de verano en Mallorca / 1. George Sand y Chopin. Hoy, junto a las de Paula Rego, simbolizan mi respeto por las mujeres rebeldes, imprescindibles, artistas en el arte de vivir despiertas, que luchan todos los días para entregar al mundo una forma diferente de aprehender la vida.

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Tina Modotti, una fotoperiodista social de belleza cansada

Sevilla, 26/VII/2022

El pasado 15 de julio se inauguró en Madrid una exposición sobre la fotoperiodista social Tina Modotti, organizada por el Museo Cerralbo y PHotoESPAÑA, que permanecerá abierta hasta el 2 de octubre de este año, en la que según la sinopsis oficial se hace “un recorrido, a través de 120 imágenes por la biografía y la obra de una de las grandes mujeres de la fotografía del siglo pasado. Con una brevísima carrera como fotógrafa, la italiana fue capaz de crear una estética de gran contundencia, convirtiéndose además en una de las principales reporteras de unos de los periodos más convulsos de la historia se México, país en el que residía y en el que murió. Tina Modotti nació en Italia (Udine, 1896) y falleció en México 46 años después. Esta mujer excepcional fue inmigrante en Estados Unidos, actriz de Hollywood, fotógrafa, revolucionaria, militante comunista, refugiada política y miembro del Socorro Rojo Internacional. Asumió desde muy joven un rol de mujer en oposición al imaginario social impuesto en la época. Y en el corto tiempo que duró su rica existencia buscó la belleza a través de la fotografía, y trabajó a favor de la justicia social desde la militancia política”.

Junto a estas palabras oficiales de presentación de Tina Modotti en la exposición citada, hoy reproduzco de nuevo el artículo que escribí sobre ella en enero de este año, Tina Modotti: el olvido de su belleza cansada, en el que desarrollo un retrato más íntimo de su vida y obra y, sobre todo, su presencia en España durante la Guerra Civil. Siempre que hay una oportunidad de rescatar en este cuaderno digital a estas personas imprescindibles de la vida, en el sentido más profundo de la palabra “imprescindible”, que aprendí hace ya muchos años de Bertolt Brecht, me sumo a tenerlas presentes en determinados momentos como éste, en el que vuelve Tina Modotti a Madrid, para que conozcamos su pasado estelar y su entrega a una determinada ideología que la marcó para siempre. Algo que necesitamos reforzar en estos momentos de desafección política en relación con ideologías que luchan siempre por salvaguardar el interés general de todos, sin olvidar jamás a los nadies de Galeano, tan cerca de nosotros y tan necesitados de atención personal y social para su presente actual. Como Modotti hizo a lo largo de su vida.

Tina Modotti: el olvido de su belleza cansada

Sevilla, 11/I/2022

Hoy, después de leer con suma atención un artículo excelente publicado en elDiario.es, me acerco a una historia fantástica que difícilmente se puede sintetizar en la brevedad de un post, aunque sí cumple el objetivo de este blog: descubrir una isla desconocida, en la que perdura la biografía de Tina Modotti (1896-1942), la actriz, fotógrafa y militante comunista italiana que nos presentó en sociedad la novelista, periodista y biógrafa Elena Poniatowska, Premio Miguel de Cervantes en 2013, en su obra Tinísima (1), a través de sus 663 páginas, publicada en México en 1992, donde “nos lleva por la fascinante historia de una de las mujeres más destacadas en el área artística y política de la primera parte del siglo XX […] Ella es retratada dentro del círculo en que se movió junto a personajes de renombre dentro del ámbito político cultural. Su amor por la justicia, el comunismo y la fotografía son las características que más se destacan dentro del relato y que bajo vivencias personales, y a pesar de sus no tan largos años de vida, la fortaleza de su carácter y visión de mundo son la fuerza de toda la narración. Los amores, amistades y relevancia de las ideas inmortalizan a una mujer carismática en épocas dadas entre guerras y revoluciones”.

En síntesis, la vida de Tina Modotti es un cúmulo de experiencias de revolución interior en un contexto social muy difícil en el primer cuarto del siglo XX, porque Tina Modotti, una mujer que nace en Udine en 1896, “[…] un pueblo italiano en el que había trabajado como obrera siendo casi una niña, viaja de adolescente a Estados Unidos en barco, testigo y parte de las migraciones masivas que tanto han tenido que ver con el norte, centro y sur de América. Luego se convierte en la joven fascinada con la posibilidad de un éxito veloz, propio del “american dream”, participa en películas mudas, descubre la vida de los artistas de vanguardia, recibe la adoración de los hombres, en particular la de su primer marido, Roubaix de L’Abrie Richey; y conoce a su segundo amor, amén de maestro de fotografía, Edward Weston. Posteriormente, huye de los rigores de la cultura anglosajona a México; se convierte en artista, en admiradora y modelo de Diego Rivera, y se adscribe a las utopías de progreso y revolución socialista mundial. Se une al pintor Xavier Guerrero y comienza a explorar las tradiciones y pasiones antimodernas del México posrevolucionario, lanzado hacia el futuro con toda su carga de atavismo. En este país se convierte en una diva, rodeada por una “pléyade” de artistas y personalidades públicas, y se hace famosa como fotógrafa. Conoce al revolucionario cubano Julio Antonio Mella, con el que vive una historia amorosa que está de algún modo presente en todo el texto [Tinísima], y que transcurre poco antes de que él fuese asesinado por sus enemigos políticos. Finalmente, es juzgada por conspiradora y expulsada de México por extranjera. Después de vagar una temporada en un barco que hace las veces de cárcel, comienza su periplo europeo, escenario de su relación con el revolucionario italiano Vittorio Vidali, y llega a transformarse en una suerte de Mata Hari, aunque bastante puritana, del espionaje soviético, y, tiempo después, en la militante sacrificada y humilde que sirve a los republicanos españoles como enfermera, cocinera y, alguna vez, traductora, olvidada de que fue en el pasado una fotógrafa talentosísima y original, tal como lo evidencian las frecuentes alusiones en la novela y las fotos que ilustran el texto. Prematuramente envejecida y aplastada por las decepciones y fracasos de su paso por la Alemania prenazi, La Unión Soviética y la Guerra Civil española, vuelve a México acompañada por Vidali y muere en este país a los cuarenta y cinco años” (2).

Cumplo hoy una misión: rescatar del olvido a una mujer extraordinaria que también colaboró en la lucha por la libertad de este país, formando parte de una memoria histórica que no deberíamos olvidar nunca, como narra con pulcro detalle Elena Poniatowska en el libro citado y que he leído con atención reverencial a pesar de la dureza de gran parte de las páginas dedicadas a Tina durante la guerra civil española en los años 1936 a 1939. Rafael Alberti, con quien compartió días muy tristes durante esa guerra tan descarnada, cainita y fratricida, junto a María Teresa León, hablaba así de ella: “Tina Modotti era una mujer extremadamente bella, pero a mí me pareció que era una belleza cansada, la de una mujer que había tenido una vida muy intensa, que había trabajado mucho…”, como atestiguan las veces que Elena Poniatowska la cita junto a él y su trabajo incansable en Madrid, a través de la organización denominada Socorro Rojo, en su trabajo diario como camarada Carmen, allí donde hacía falta, desde la enfermería hasta en la cocina del Hospital Obrero.

Su vida fue apasionante, una vida corta porque murió en México con tan sólo 45 años, mientras viajaba en un taxi, su país querido donde había crecido años antes como persona libre y comprometida con la política y la justicia social. La visión de Elena Poniatowska sobre Tina Modotti durante su estancia en España, comienza a detallarse en Tinísima a partir de la página 422, que he leído con atención para conocer su dura experiencia durante la guerra civil en Madrid y a partir de julio de 1936. Su periplo comienza como enfermera del Hospital Obrero y miembro del batallón femenino del Quinto Regimiento de Madrid, utilizando su nuevo nombre como camarada del Partido Comunista, María. Me ha llamado la atención la referencia al Batallón del Talento, en Madrid, que formaba parte del Quinto Regimiento, en el que figuraban Machado, Alberti, León Felipe, Miguel Hernández, Bergamín, entre otros, con misiones específicas con los milicianos y milicianas, sobre todo en el ámbito de la educación y la cultura, enseñándoles a leer y a escribir, junto a colaboraciones en el periódico Misión Popular.

Lo que me ha estremecido es conocer la cercanía de Tina con Antonio Machado en su exilio del país. Elena Poniatowska lo detalla a partir de la fecha en que Tina conoce las condiciones lamentables en la que Antonio Machado, su madre y su hermano José junto a su pareja, cruzaron la frontera francesa. En una reunión en París en febrero de 1939, en la que estaba presente Tina Modotti, el que fuera ministro de Exterior de Negrín, detalla cómo el doctor Puche llevó a Machado a la frontera y que sabía que estaba alojado en un hotel de Colliure desde el 29 de enero. Con anterioridad, Tina se había preocupado desde su estancia en Valencia como miembro del Socorro Rojo, de que había que ayudar a Machado a dirigirse a Francia. Tina viajó a Colliure y regresó llorando ante la situación de Machado y su madre, con 88 años. Gracias a su intervención, el Socorro Rojo dispuso que a todos los refugiados españoles se les ofreciera apoyo moral, material y orientación jurídica. De esta forma, el primer caso que se trata es el de Antonio Machado, su madre y su hermano José. A pesar de estas buenas intenciones nadie responde ante la situación lamentable de los Machado, falleciendo el insigne poeta el 22 de febrero de 1939, en una austeridad y olvido clamorosos, en soledad y con un féretro envuelto con el calor la bandera republicana. Como detalla Elena Poniatowska en su obra, Julián Zugazagoitia, que fue ministro de la Gobernación durante el gobierno de Negrín, presente en el fallecimiento de Machado como cónsul, pronunció ante el féretro del poeta, en francés, unas palabras teñidas de dolor y simbolismo: “Pobres españoles, han perdido la guerra porque todos son poetas”. En el fondo de su alma.

Los vídeos sobre Tina Modotti (primera y segunda parte), que se inician con el que figura en la cabecera de estas palabras, ilustran de forma suficiente la vida y obra de esta mujer de gran belleza interior, pero también de “belleza cansada” por su azarosa vida, tal y como lo pudo comprobar Rafael Alberti en la convivencia con ella durante los primeros años de la guerra civil española, de infeliz recuerdo, pero sí del necesario respeto que debemos profesar a este acontecimiento, al formar parte de la memoria histórica de este país. Les recomiendo que los vean con el respeto también de quienes nos acercamos a estos ejemplos revolucionarios, que no deberíamos olvidar en tiempos durmientes, de mediocracia y silencios cómplices.

(1) Poniatowska, Elena, Tinísima, 1992: México: Ediciones Era.

(2) Kozak.pmd (pitt.edu)

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¡Santiago, abre España a la libertad y al progreso!

Sevilla, 25/VII/2022, festividad del Apóstol Santiago

En 2017 visité Galicia y su ciudad emblemática, Santiago de Compostela,  contemplándola desde el primer momento como una representación obvia de una tierra conservadora de su tradición, de su cultura, de su amplio conocimiento del mundo, de sus viajeros hacia muchas partes. En aquella visita pensé en una frase que a lo largo de su historia ha sufrido interpretaciones contrapuestas dependiendo de dónde se situaban las comas y la ideología al interpretarla, porque nunca fue una frase inocente: ¡Santiago, cierra, España!, que casi siempre la hemos conocido tal y cómo lo escribieron e interpretaron Cervantes en Don Quijote de la Mancha o el mismo Valle-Inclán en Luces de Bohemia, aunque sin entrar nunca en su verdadero contenido histórico y muy lejos de unirlo a la tradición jacobea. La traducción correcta de la frase es la que justifica su origen, rememorando a Santiago Matamoros, en la Reconquista, como grito de guerra: Santiago (él ayuda a exterminar a los musulmanes), cierra (forma de interpretar que el ejército o las tropas están preparadas para atacar) y, por último, España, todas las palabras por separado, siendo la defensa e integridad de España la razón que justificaba la acción contra el mundo musulmán. Así, durante muchos siglos porque Santiago Apóstol es el patrón de este país, aunque mucho podemos decir los ciudadanos como marineros demócratas del mismo.

Sinceramente, no me gusta nada esta versión que muchos dan por auténtica, aunque es verdad que la he simplificado mucho para que se entienda bien lo que quiere decir. Me quedo hoy día con la que figura en Don Quijote de la Mancha y la que nos aportó Valle-Inclán en Luces de Bohemia. El primero porque el diálogo entre el bueno de Sancho Panza y el Quijote no tiene desperdicio:

—Yo así lo creo —respondió Sancho— y querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra España!». ¿Está por ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta?

—Simplicísimo eres, Sancho —respondió don Quijote—, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan (1).

La segunda versión, porque la ideología estaba detrás de lo que quería decir un protagonista de la obra citada de don Ramón, Dório de Gádex (andaluz, por más señas), defendiendo el modernismo ante el integrismo del país: “Voy a escribir el artículo de fondo, glosando el discurso de nuestro jefe: «¡Todas las fuerzas vivas del país están muertas!», exclamaba aun ayer en un magnífico arranque oratorio nuestro amigo el ilustre Marqués de Alhucemas. Y la Cámara, completamente subyugada, aplaudía la profundidad del concepto, no más profundo que aquel otro: «Ya se van alejando los escollos». Todos los cuales se resumen en el supremo apostrofe: “Santiago y abre España, a la libertad y al progreso”. Bastante disgusto costó a Valle-Inclán esta interpretación de la falta de libertad en este país.

En aquél viaje a Galicia en 2017 no vi a Santiago Apóstol por ninguna parte. A través de las calles del Hórreo, Vilar y Franco, fuimos a la plaza del Obradoiro, encontrándonos con un tremendo desencanto artístico: la policromía del Pórtico de la Gloria no se podía contemplar en su justo sentido porque todo estaba en obras de restauración y limpieza. Andamios por allá y por acullá. Sólo se podía acceder a la catedral por dos sitios, con colas interminables: una para abrazar al santo [sic] y otra para visitar la catedral. Indescriptibles eran las aglomeraciones, desconcierto y filas, que me recordaban (con el debido respeto a los peregrinos de corazón y razón) lo que llamaba Rafael Alberti, “anónimos tropeles de gente que en todo ven una lección de arte, pero a ti (Dios) no te ven por ningún sitio”. Desistimos de guardar las colas, porque nos gusta más bajar al río, que es lo que suplicaba San Pedro, sentado y en bronce inmovilizado, cuando preguntaba a Jesucristo por qué le besaban tanto sus pies gastados en la Basílica de su nombre (según Alberti), porque al fin y al cabo es lo nuestro (2):

Di, Jesucristo, ¿Por qué
me besan tanto los pies?

Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado
ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados,
como ves.

Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río;
volver a ser pescador,
que es lo mío.

Creo que a Santiago, su fiel amigo, después llamado apóstol por la Iglesia Católica de Roma, así como a su compañero Pedro, les diría Jesucristo lo que a nadie le diría, que escribía también Alberti en el poema citado anteriormente, Entro Señor en tus iglesias, en su obra Roma, peligro para caminantes, porque que no sé si a estas alturas de la vida, pasaría lo mismo al andar por las calles de Santiago de Compostela para poder abrazarlo y verlo de nuevo.

Me sigue agradando la interpretación de la frase de Valle Inclán, al recordarla hoy de nuevo, ¡Santiago, abre España a la libertad y al progreso!, porque en estos tiempos convulsos necesitamos creer que es posible abrirnos a un nuevo pacto de Estado, más que nunca, ante el flagrante ocaso de la democracia.

(1) Cervantes, Miguel de (2004), Don Quijote de la Mancha, 2004. Edición del IV Centenario. Madrid: Real Academia Española, 2ª Parte, Capítulo LVIII, pág. 988s.

(2) Alberti, Rafael, Basílica de San Pedro, en Roma, peligro para caminantes, 1968. México: Joaquín Mortiz.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Lo esencial sigue siendo invisible para los ojos

Sevilla, 23/VII/2022

Tengo que reconocer que estoy descubriendo reflexiones que tiempo atrás quedaron en la memoria de secreto hasta que un día pudiera rescatarlas para comprenderlas mejor, en un mundo que cosifica todo, cuando sobre lo que escribo hoy es algo más esencial de lo que aparece diariamente ante nuestros ojos y nuestra actividad digital ordinaria. Hace unos días, visitando una tienda de ropa, me encontré con un mensaje que pertenece a esas reflexiones que citaba antes y que permanecen en mi memoria de hipocampo. Fue en una camiseta, donde se podía leer una frase de El Principito, lo esencial es invisible para los ojos, pronunciada por el zorro que se convierte en amigo del principito, al finalizar su famoso capítulo XXI:

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella… —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…

—Yo soy responsable de mi rosa… —repitió el principito a fin de recordarlo.

Es un relato perfectamente válido en el contexto actual, digital por supuesto, donde los otros son siempre relativos. He finalizado la lecturade un libro, No-cosas. Quiebras en el mundo de hoy, que me ha sorprendido por su fondo y forma, sobre el que ya he escrito unas palabras de su texto y contexto, sin adelantarme a interpretaciones críticas de su contenido para respetar la lectura del mismo por parte de quienes leen estas líneas. Me refiero en concreto a un capítulo dedicado a las “cosas queridas”, en el que entreteje una reflexión profunda desde la perspectiva de la amistad del principito con el zorro. Este capítulo, en sí mismo, es un tratado de la amistad que va más allá de las meras apariencias y se adentra en el conocimiento del otro, perfectamente detallado en un diálogo en torno a la falta de tiempo que tienen las personas para conocer nada, porque todo se compra en la tiendas:

—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.

—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

Este diálogo es el que inspira a Byung-Chul-Han para decir lo siguiente en su libro, algo que tenemos muy cerca de nuestras manos, cada día, en nuestros teléfonos inteligentes: “Hoy, Saint-Exupéry podría haber afirmado que ahora hay también comerciantes de amigos con nombres como Facebook o Tinder”. A partir de aquí el capítulo es una lección para este autor de lo que significa escuchar al otro, simbolizado en la atención que el principito ha prestado a la rosa que le acompaña siempre. En un mundo apresurado, affrettato, que decía mi profesor romano en la Universidad, el factor tiempo es esencial y el cuidado de la rosa, el cuidado del otro, que siempre necesita tiempo y atención, es lo que entusiasma al zorro al destacar esta entrega a una rosa concreta entre miles de ellas en el campo:

—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto. El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo. Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Es verdad el mensaje de la camiseta en un comercio al uso, en el que para muchas personas habrá pasado desapercibido en su mensaje intrínseco. Vuelvo a leer el final del capítulo, porque es una lección preciosa en tiempos revueltos, donde debemos tomar conciencia de que debemos “perder tiempo” con las personas que queremos, algo que nos roba la llamada “inteligencia” del teléfono móvil. Será, en este mundo al revés, algo que nos llenará de placer interno porque habremos domesticado, en el sentido más puro del término, lo que queremos en quien queremos, aunque en principio sea algo invisible para los ojos, algo que se parecerá mucho a la rosa del principito, como ejemplo precioso en nuestras vidas:

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

—Es el tiempo que yo he perdido con ella… —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…

—Yo soy responsable de mi rosa… —repitió el principito a fin de recordarlo.

El secreto del zorro está desvelado y me siento muy feliz al compartirlo. Yo también sigo teniendo rosas a las que cuidar cada día, porque sé que son una vida, la esencia misma de la vida, en un mundo al revés en el que lo esencial sigue siendo muchas veces invisible a los ojos.

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La policía de la memoria y la inspección de los recuerdos

Sevilla, 21/VII/2022

Leyendo a un filósofo surcoreano, pero arraigado en Alemania desde su juventud, Byung-Chul Han, que no deja indiferente a nadie y sobre el que he escrito recientemente un artículo en este cuaderno digital, he conocido en el prólogo de su última publicación, No-cosas. Quiebras en el mundo de hoy, una obra inquietante de Yoko Ogawa, La policía de la memoria, que me ha llevado a preparar avíos en tierra suficientes para el cuerpo y el espíritu, en mi deseo de visitar en una singladura especial la isla desconocida en la que se desenvuelve la acción, según muestra su sinopsis oficial, una isla sin nombre: “En una pequeña isla se produce un misterioso fenómeno. Un día desaparecen los pájaros, al siguiente podría desaparecer cualquier cosa: los peces, los árboles… Peor aún, también se desvanecerá la memoria de ellos, al igual que las emociones y sensaciones que llevaban asociadas. Nadie sabrá ni recordará entonces qué eran. Hay incluso una policía dedicada a perseguir a los que conservan la capacidad de recordar lo que ya no existe. En esa isla vive una joven escritora que, tras la muerte de su madre, intenta escribir una novela mientras trata de proteger a su editor, que está en peligro porque forma parte de los pocos que recuerdan. La ayudará un anciano al que empiezan a fallarle las fuerzas. Mientras, lentamente, nuestra protagonista va dando forma a su novela: es el relato de una mecanógrafa cuyo jefe acaba reteniéndola contra su voluntad en un altillo. Una obra sobre el poder de la memoria y sobre la pérdida”. Cumplo de esta forma con el objetivo principal de este blog: aplicar la inteligencia digital a la búsqueda de islas desconocidas.

Quien siga de cerca lo escrito en este cuaderno digital a lo largo de sus casi diecisiete años de vida, sabe que la memoria ocupa un lugar muy destacado, porque se aloja en una estructura cerebral maravillosa, el hipocampo, de la que ya se sabe mucho científicamente hablando y, sobre todo, porque juega un papel especial a lo largo de la vida de cada persona. Desde 2005 figura una referencia a la memoria en todas y cada una de sus acepciones, en 530 artículos. Una muestra de ellos es que en 2014 publiqué un libro recopilatorio de artículos de este blog en los que el hipocampo jugaba un papel especial, Palabras de hipocampo, que es una muestra de lo que significa en mi vida y por qué hoy me asombro ante obras como la de Yoko Ogawa. Decía en aquella ocasión, en su prólogo, que “Nos queda la palabra. Nos queda porque tenemos una estructura en el cerebro, el hipocampo, que permite alojarlas para después representarlas de muchas formas. Las palabras de este libro, que las he buscado apasionadamente en mi hipocampo, son bocetos y pinturas de relatos cortos, largos o simplemente letras dibujadas a modo de palabras que pertenecen a mi persona de secreto. Deseo compartirlas mediante este libro. He dedicado un tiempo a mi memoria para ordenar experiencias y vivencias de lo vivido lejano o a corto plazo, pero siempre cumpliendo con la coherencia de un archivo ordenado por el suelo firme que he procurado cuidar al máximo, la ética personal e intransferible que hay que seguir memorizando y guardando todos los días porque en cualquier momento hay que aplicarla. Hay una intención no inocente, porque los relatos, cartas y artículos que figuran a continuación, publicados en mi blog, son un homenaje continuo a la palabra, porque hace muchos años se nos dotó de una capacidad evolutiva que nos permitió pronunciarlas y guardarlas. Hoy abro esta caja de secretos, de palabras ordenadas y entrelazadas entre sí. Parcialmente, desde luego, pero con la ilusión de que quien quiera leerlas sepa interpretarlas con la profundidad que en su momento se vivieron antes de escribirlas. Esa es la maravilla de cada hipocampo, personal e intransferible, como el tuyo, lector o lectora, porque “cabalgando despacio es posible que podamos conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno”.

Personalmente, he vuelto a leer con detalle mi artículo de 2007, El caballo encorvado, dedicado al hipocampo, el caballo encorvado, el caballito del mar, por su morfología, la estructura cerebral que aloja la memoria humana en interconexión íntima con otras estructuras cerebrales. Sigo estudiándola cada día porque me sigue sorprendiendo su complejidad interna, tal y como explico en el artículo citado. Esa es la razón de por qué muestro siempre una sensibilidad especial ante la memoria en todas y cada una de sus manifestaciones y acepciones, personales y sociales. Muestra de ello es el respeto que profeso a la memoria democrática de este país, sobre la que he escrito tantas veces en estas hojas de mi memoria personal. Un país que no la respeta está condenado a vivir siempre con heridas abiertas.

Me ha estremecido leer los primeros capítulos de La policía de la memoria, porque rápidamente los he asociado con lo que se hace desde la transición en este país, por parte de determinados partidos, asociaciones y líderes sociales, para borrar huellas de lo que pasó durante la guerra civil. Para muchos no hay que recordar ni remover nada, porque así lo deciden los nuevos policías de la memoria de este país, incluso con incursiones esporádicas de inspecciones de los recuerdos, para intentar que todo se silencie y desaparezca de la faz de esta tierra como si no hubiera ocurrido nada. Al final, para escribir una nueva historia como una distopía inaceptable, que ya no se cree nadie. Esa es la razón de por qué hay que olvidar el olvido y recordarlo todo. Lo repito de forma incansable, porque “esa es la maravilla de cada hipocampo, personal e intransferible, como el tuyo, lector o lectora, porque cabalgando despacio es posible que podamos conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega la memoria en la vida de cada una, de cada uno”.

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La maleta de Agustín Penón guarda el tránsito de la vida de García Lorca

La maleta de Penón / RTVE – DOCUMENTOS TV

Sevilla, 19/VII/2022

No he olvidado todavía la visita que hice en 2017 al Museo de la Ciudad de Antequera, donde contemplé la colección de cuadros de Cristóbal Toral (Torre Alháquime (Cádiz), 1940), que sobrecogen por su realismo trágico, siendo las maletas su hilo conductor: “La vida es tránsito. El hombre nace en un punto y desaparece en otro: el tránsito que hay en medio es lo que importa. Hay una mudanza constante en lo que hago, figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan» (1). Hoy la he recordado especialmente al leer atentamente el artículo de mi admirado Jesús Ruíz Mantilla, El dandi que se la jugó por Lorca en los años cincuenta, una bella historia que se debería conocer por todas las personas que aman la democracia y la memoria histórica de este país acerca de la vida, obra y muerte de Federico García Lorca. Fundamentalmente, porque ese “dandi”, de cuyo nombre quiero acordarme hoy, Agustín Penón Ferrer, luchó por algo que conmueve al conocerlo ahora con todo lujo de detalles, en un viaje realizado a Granada desde Nueva York, concretamente al Ayuntamiento de Fuente Vaqueros, en 1955, con un objetivo muy claro: que se abriera allí una casa museo para Federico García Lorca, donde nació en 1898 y que se le hiciera una estatua, con algo muy definitorio de su sentir democrático: que se llevara a cabo esta petición por suscripción popular exclusivamente. Agustín Penón estaba relacionado con la alta sociedad de Costa Rica, dado que su primo José Figueres Ferrer, era entonces presidente de Costa Rica, donde su familia había llegado al comienzo de la guerra civil en España.

La aventura democrática de Penón en plena dictadura franquista adquiere hoy especial importancia gracias a la investigación llevada a cabo por Juan Carlos García de Polavieja, según refiere Jesús Ruíz Mantilla: “He decidido dedicar parte de mi vida a que Penón sea más conocido”, asegura el investigador. En ello anda: recabando datos e impulsando a la vez un congreso sobre su figura que quedó suspendido en la pandemia y se celebrará este año en noviembre”, sobre el que estaré muy atento para descubrir nuevas islas desconocidas en el Universo Lorca. Hay que reconocer que la aventura de Penón ya fue tratada en su momento por Ian Gibson en su Diario de una búsqueda lorquiana (1955-1956) y, posteriormente, revisada y ampliada por Marta Osorio, en una publicación del año 2000 bajo el título Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956), de lectura obligada para conocer en profundidad todo lo ocurrido en las gestiones realizadas por Penón en favor del reconocimiento de este país a la figura internacional de Federico García Lorca. Esta obra se completó a su vez por otra publicación posterior de la autora en 2015, El enigma de una muerte, donde se resaltan nuevos datos y la correspondencia comentada entre Emilia Llanos y Agustín Penón durante los años 1955-58, que se conserva en el archivo, que demuestran la importancia del trabajo que realizó este investigador a lo largo de su vida.

Aquél intento de Penón en 1955 quedó finalmente en nada y cada día que pase se sabrá más de lo que verdaderamente ocurrió con sus gestiones. Si lo traigo a colación hoy, recordando a Cristóbal Toral, es porque “La obra y la figura de Agustín Penón Ferrer es aún poco conocida, a pesar de lo que ha supuesto el resultado de la documentación que guardó en su famosa maleta”, cuenta Polavieja. La custodió William Layton y se convirtió en una especie de enigma casi de Grial para seguir el rastro lorquiano: “En ella había entrevistas, fotos, cartas, certificados oficiales e incluso algunos originales lorquianos que hemos podido conocer gracias a él”, asegura Polavieja, que lo contó en el documental La maleta de Penón. Otra vez el mundo sugerente de las maletas, tan respetadas por Toral, porque en ellas ve reflejado siempre el tránsito de la vida. En este caso, una que guarda el alma de Federico García Lorca.

Cristóbal Toral en su estudio de Toledo

Contemplo ahora una imagen de Toral en su estudio de Toledo, presidido por amplios ventanales discretos que aportan luz a su obra, caminando entre bocetos y sus sempiternas maletas, llevando una como para dar ejemplo de su eterno viaje hacia alguna parte. Figuran siempre en sus cuadros y esculturas recordándonos también la realidad de la soledad sonora que sienten muchas personas, básicamente mujeres y emigrantes, en sus diferentes viajes de vida. Principalmente, en el citado Museo, obras dedicadas a la mujer, siempre sola: “Trato mucho también el tema de la mujer. Mujeres en interiores de hoteles de no mucho tronío, frágiles, expuestas, con una sensualidad que las humaniza, solitarias… Interpreto esa soledad que existe, la sensación de tránsito. Me gustan las habitaciones de los hoteles, espacios de tránsito donde aparecen las maletas, las camas, las sábanas”.

Cristóbal Toral, Interior en penumbra, 1979-1980

Pienso ahora en las mujeres solas o mal acompañadas por la violencia en sus hogares que debe ser algo insoportable, mujeres a las que García Lorca cuidó tanto en su obra. Recuerdo que en la sinopsis de la obra de Cristóbal Toral, que figura en el museo, se dice textualmente y referido al periodo abierto sobre la mujer como hilo conductor de su obra en 1977, que aparece “siempre solitaria, despojada de toda algarabía, sola en su infinito silencio, como proclamando una identidad de origen y destino frente al cosmos. Distanciada, plena de pureza y sobriedad, rodeada de objetos banales, se funde y trasciende la soledad infinita del hombre”.

En mi tránsito particular, también hay una pequeña maleta que finalmente deshice en ese mismo año, 2017, después de haber viajado siempre conmigo, acompañándome como testigo muda en todas las mudanzas que he hecho incluso en tiempo de turbación. Hoy he vuelto a contemplarla a la luz de una ventana discreta, ahora decorada con sellos de hoteles ficticios en este viaje tan particular. En ella había recuerdos de mi infancia, cuadernos, lápices, dibujos, chapas con fotografías de ciclistas que me acompañaron a dar una imaginaria Vuelta a España en las aceras de Madrid, en el Retiro, construcciones modeladas a mano, notas del Cuadro de Honor, cartas, fotografías familiares, postales y recuerdos varios que guardo ahora en el corazón y en mis cajas de sueños 1 y 2.

Mi maleta de sueños

Me acuerdo… también, ahora, siguiendo la dinámica que aprendí en su día de Joe Brainard, de un discurso que me marcó mucho la vida cuando lo leí, con un título sugerente, La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, porque comprendí la metáfora de su discurso en el acto de recepción oficial del galardón, como homenaje a lo que su padre le entregó un día en una pequeña maleta que contenía su tránsito por la vida: “Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que regresar de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que ocultaba en su interior, por supuesto” (2). Sin desvelar su contenido, les aseguro que tiene mucho que ver con el efecto balsámico de la literatura.

Una cosa más y muy importante para la memoria democrática de este país: la maleta de Penón está en Granada y allí se quedará por decisión de la familia de Marta Osorio que falleció en 2016, respetando la voluntad de la escritora granadina. El archivo que ella conservaba en su casa, incluida la famosa maleta, contiene toda la documentación que Penón pudo recopilar en su visita a Granada en 1955, que se prolongaría a lo largo de casi dos años. En el tránsito actual hacia el nuevo orden mundial, que más que orden es desorden, como ejemplo del auténtico mundo al revés explicado tantas veces en este cuaderno digital, puede ser aleccionador acercarse a estas maletas simbólicas de Penón, Toral y Pamuk. Si las contemplamos y abrimos, podemos encontrar allí respuestas al gran viaje de la vida, una oportunidad para intentar llenarlas ahora de aquello que nos puede acompañar todavía, aun yendo, como Antonio Machado, ligeros de equipaje, conversando con la persona de secreto que siempre va con nosotros. Les aseguro que quien escribe esto, solo espera hablar a Dios un día, dado que “mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía”. Yendo, viniendo y esperando, como las figuras de Toral, en este difícil tránsito de la vida, especialmente trágico para Federico García Lorca, a quien con estas palabras demuestro que no olvido.

NOTA: la imagen de cabecera se ha recuperado hoy de El dandi que se la jugó por Lorca en los años cincuenta | Cultura | EL PAÍS (elpais.com)

(1) http://www.elcultural.com/revista/letras/Cristobal-Toral/6606

(2) Pamuk, O., La maleta de mi padre, 2007. Barcelona: Mondadori, p. 11-44.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ningún día sin una línea

Sevilla, 18/VII/2022

Si tuviera que explicar una y mil veces por qué escribo, creo que encontraría su justificación en una expresión atribuida por Plinio el Viejo al pintor Apeles de Colofón (isla de Cos, 352-308 a.C.), Nulla die sine línea, porque no pasaba día alguno sin que utilizara el pincel, aunque fuera solo para trazar una línea. Apeles era muy celoso de su trabajo y cuentan también que una vez pronunció otra frase, quizá impertinente, que tampoco he olvidado, pero que dejaba ver a través de sus pinceles su auténtica persona de secreto, Ne supra crepidam sutor judicaret: el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias. ¡Valiente atrevimiento el del zapatero! Todo, porque contemplando un día una obra suya, ya había mostrado su insolencia al hacerle un comentario, a priori constructivo, sobre un fallo en el diseño de las sandalias del cuadro. Apeles, todo orgullo, corrigió el fallo. Y cuando pensó que el zapatero ya no hablaría más, ¡zás!, vuelta a empezar. Ya no solo estaba el fallo en las sandalias, dijo el humilde zapatero, sino también en la forma de las piernas pintadas en el cuadro. No sabemos si siguió opinando sobre otras zonas del cuerpo pintado por Apeles, ante su monumental enfado. Solo que le espetó la enigmática frase que después ha derivado en otra más popular: Ne supra crepidam sutor judicaret o, lo que es lo mismo hoy día, ¡zapatero, a tus zapatos!

También sé que Jean Paul Sartre, autor muy cuidado por mí durante mis años jóvenes, la citó en su autobiografía Les Mots, pero aplicada a la escritura, quizás buscando pintar palabras: “Escribo siempre. Que más podría hacer? Nulla dies sine linea. Es mi costumbre y, además, mi oficio”. Tengo que afirmar que ahora, en mi cumpledías diario y llegado a una matusalénica edad, que diría Benedetti, procuro escribir todos los días líneas con palabras, cada día unas líneas, motivado por muchas razones que ya he expuesto en diversas ocasiones en este cuaderno digital, aunque eche de menos la caligrafía que me enseñó mi querida maestra Doña Antonia a la que nunca olvido, cuando me cogía la mano derecha para rotular mi cuaderno de “diario”, a plumilla y tinta negra, con una maravillosa letra inglesa que sólo ella sabía trazar con su sabiduría infinita.

Hace ocho años justifiqué por primera vez por qué escribía. Repaso aquellas palabras, en un ejemplo claro de escritura circular en este cuaderno digital, porque sigo pensando lo mismo, fundamentalmente porque forma parte de mis principios y no tengo otros. Escribir todos los días, aunque sea tan solo una línea, tiene un misterio intrínseco a su razón de ser y existir, que deseo revelar en lo que me afecta personalmente a esta pregunta . ¿Por qué escribo? En primer lugar, porque es la forma de expresar de forma especial, con palabras, la esencia de mi persona de secreto, interpretando la realidad que rodea permanentemente mi vida de forma voluntaria pero no inocente. Ser dueño de las palabras, es el acto humano por excelencia porque es una posibilidad que solo pertenece a mi especie, aunque genere en el acto de escribirlas un miedo cerval ante la página en blanco. Cada vez que me enfrento a esta realidad, recuerdo algo que aprendí hace ya muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

En segundo lugar, porque considero que escribir es un acto de militancia activa en el compromiso intelectual, por varias razones: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera por imperativos del mercado. Desgraciadamente. Además, porque al escribir se hace patente el compromiso con uno mismo y con los demás, fundamentalmente con los más desfavorecidos por la vida. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretando la responsabilidad como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad al escribir (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que he llamado a veces “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida decidiendo. Cuando tienes la “suerte” de conocer las interioridades del dilema al escribir, ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada o la de “los de abajo” que dicen ahora.

En tercer lugar, porque me transforma y renueva continuamente el alma, porque podemos escribir la historia mejor y jamás contada pero, si le falta alma, no es nada (1): “Y eso el lector lo nota. Intuye que a esa perfección le falta algo”. Se llama corazón, alma, un texto en el cual se nota si el autor se ha enamorado de su libro más allá de las ideas que quiere contar”. Y me reafirmo en lo que ya he expresado en los últimos años sobre escribir con el alma, tal y como lo estoy haciendo ahora: “Esto me ha pasado a mí. Me he enamorado de mis libros y estoy viviendo esos momentos en los que mi alma está pendiente de todo, para que no falte nada a las personas que quieres y a las desconocidas que van a captar esos sentimientos y emociones que adornan siempre la inteligencia conectiva que escribe, que se expresa desde dentro de cada autor, siendo Internet un medio poderoso y lleno de recursos para difundir este momento mágico, dando la razón a San Agustín cuando escribía en un perfecto latín un constructo que me ha acompañado siempre: bonum est diffusivum sui (el bien, se difunde a sí mismo). O lo que es lo mismo: la buena literatura, escrita con alma, se difunde a sí misma. Todavía más, con la ayuda de las tecnologías y sistemas de información, porque se construye y difunde con la inteligencia digital, cada día más al alcance de muchas personas que saben qué es escribir con el alma de la pasión.

Después de muchos años de oficio vital, a diferencia del de Jean Paul Sartre, creo que comprendí qué significa escribir cuando leí a Pamuk en su memorable discurso en el acto de recepción del premio Nobel de Literatura en 2006: “[…] el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”. También, porque en ese acto manifestó que escribía porque solamente modificando la realidad podía soportarla. En definitiva, lo hacía para ser feliz.

José Manuel Blecua, director de la RAE, dijo en cierta ocasión que al escribir copiamos siempre de los autores que hemos leído a lo largo de nuestra vida y nos han marcado. Quizá, al escribir hoy estas palabras especiales, para decir algo especial, he copiado una experiencia contada una vez por el escritor portugués António Lobo Antúnes, sobre una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, como si detrás de todo está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque según Lobo Antúnes “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”.

También, porque todos los días, los pequeños, escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…, aunque tan solo sea una línea, pero con alma.

(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=3776

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