Abracadabra, en Preceptos Médicos, de Serenus Sammonicus
Sevilla, 27/VIII/2021
Cuando me enfrento hoy al fenómeno de la hoja en blanco en esta serie, recuerdo especialmente a Eduardo Galeano, durante una entrevista en este país, cuando dijo que cada día “intento mirar el universo por el ojo de la cerradura, desde lo pequeñito, lo que puede parecer insignificante. Cada historia es una baldosita cuyo color se incorpora al gran mosaico de la historia que entre todos hacemos cada día, aunque no lo sepamos”. Es la gran misión de los buscadores de historias y el motor que ayuda a localizar y compartir experiencias ajenas que pueden ser útiles en la sociedad de lo inútil. Hoy abordo la historia de cómo Galeano compendió la palabra mágica de nuestros cuentos y juegos infantiles, Abracadabra, que para él era algo más que un simple juego de letras.
Conocí a través de D. Pedro Laín Entralgo, a quien seguí muy de cerca en mis años jóvenes siguiendo las indicaciones de una persona a la que estoy muy agradecido, el profesor Diego Gracia Guillén, una reflexión muy interesante sobre una conmovedora soleá (Soleá de Triana) que había oído cantar cierta noche de San Silvestre y luego enseñó a José Menese, que finaliza así: «Tengo las manos vacías / de tanto dar sin tener; / pero las manos son mías». Me sorprendió, un día ya lejano, encontrar de nuevo estas palabras en un artículo publicado por Eduardo Galeano el 17 de marzo de 2006, en el que rememoraba la celebración del Día del Liberado, en homenaje a los desaparecidos por la dictadura uruguaya en el pasado siglo, ensalzando la memoria de la dignidad y la dignidad de la memoria, con un título que justifica hoy mi búsqueda de historias, Abracadabra, en el que explica lo siguiente: “Tarde o temprano nosotros, caminantes, seremos caminados, caminados por los pasos de después, así como nuestros pasos caminan, ahora, sobre las huellas que otros pasos dejaron. Ahora que los dueños del mundo nos están obligando a arrepentirnos de toda pasión, ahora que tan de moda se ha puesto la vida frígida y mezquina, no viene nada mal recordar aquella palabrita que todos aprendimos en los cuentos de la infancia, abracadabra, la palabra mágica que abría todas las puertas, y recordar que abracadabra significa, en hebreo antiguo: “Envía tu fuego hasta el final”.
Si me detengo precisamente en este discurso, leyéndolo hasta el final y recordando al profesor Laín Entralgo, es porque Galeano tiene también tiene un recuerdo especial hacia Andalucía, en unas emocionantes palabras de aquella soleá preciosa: “Porque en las horas más difíciles, en aquellos tiempos enemigos, en los años de mugre y miedo de la dictadura militar, ellos supieron vivir para darse y se dieron enteros, se dieron sin pedir nada a cambio, como si viviendo cantaran aquella antigua copla andaluza que decía, y dice todavía, y por siempre dice: «Tengo las manos vacías, …pero las manos son mías”. Magnífica referencia a la manera de sentir la vida el pueblo andaluz.
Efectivamente, me consta que Galeano, cada vez que pudo, citó Abracadabra en textos y contextos diferentes. En Los hijos de los días (1), dedica una reflexión profunda sobre el viaje de esta palabra a través de la historia: “En el año 208, Serenus Sammonicus escribió en Roma un libro, Asuntos secretos, donde revelaba sus descubrimientos en el arte de la sanación. Este médico de dos emperadores, poeta, dueño de la mejor biblioteca de su tiempo, proponía, entre otros remedios, un infalible método para evitar la fiebre terciana y espantar la muerte: había que colgarse al pecho una palabra y protegerse con ella noche y día. Era la palabra Abracadabra, que en hebreo antiguo quería decir, y sigue diciendo: Envía tu fuego hasta el final”.
Su amor a esta palabra queda reflejado de nuevo en un discurso que pronunció en el Obelisco de Montevideo, en el cierre de la campaña contra la ley de impunidad, la noche del 20 de octubre de 2009: “Yo suelo invocar una palabra, una palabra mágica, una palabra abrepuertas, que es, quizá, la más universal de todas. Es la palabra abracadabra, que en hebreo antiguo significa: envía tu fuego hasta el final. A modo de homenaje a todos los fuegos caminantes, que van abriendo puertas por los caminos del mundo, la repito ahora: Caminantes de la justicia, portadores del fuego sagrado, ¡abracadabra, compañeros!”.
Galeano me ha llevado de la mano a verificar la verdadera historia de esta palabra acudiendo a la obra de Serenus Sammonicus, en la que aparece por primera vez en documento escrito esta palabra cabalística, Abracadabra, comprobando que se trata de Preceptos Médicos, en la que se dice textualmente en el capítulo LII dedicado a la fiebre terciana que “La fiebre que los griegos llaman hmitritaion [terciana] es más peligrosa. El nombre griego de esta fiebre no se ha traducido al latín, ya sea porque la genialidad de esta lengua se opone a ella, o porque los padres y las madres, por temor a traer mala suerte a sus hijos, no se han atrevido a ponerle un nombre. Escriba en una hoja de papel ABRACADABRA; luego repita esta palabra tantas veces como letras haya en la palabra, pero cada vez quitando una letra, de modo que el conjunto tenga forma de cono. Hecho esto, cuelgue la hoja de papel alrededor del cuello del paciente con un hilo de lino”.
Hoy, leyendo de nuevo a Galeano, he recordado otra estrofa de la Soleá de Triana, que recordó en aquella conmemoración de la libertad en Montevideo, para comprender bien cómo podemos enviar fuego de vida hasta el final de nuestros días, en su interpretación de Abracadabra, en una dialéctica posible para convertirnos en fuegos caminantes en otro mundo posible: “Dos escaleras de vidrio yo llevo en mi corazón / por una suben las penas por otra baja el dolor”, que nos deberían ayudar a ser siempre solidarios y tener las manos vacías de tanto dar sin tener, pero sabiendo siempre que las manos son las nuestras, la tuya y la mía. Abracadabra nos suena hoy como la gran oportunidad de abrir puertas en este mundo hostil, sabiendo también que como “caminantes, seremos caminados, caminados por los pasos de después, así como nuestros pasos caminan, ahora, sobre las huellas que otros pasos dejaron”.
NOTA: La imagen de cabecera figura en una nota a pie de página, en el libro citado, sobre el precepto dedicado a la fiebre terciana, explicando la palabra ABRACADABRA, cuyas letras se podían ordenar de las dos formas. Esta figura se compone principalmente de las letras de la palabra ABRACA, igual que ABRACAX, porque se creía que era el más antiguo de los dioses, siendo ella misma referida como una especie de divinidad (véase en Préceptes médicaux de Serenus Sammonius (texte bilingue) (remacle.org).
(1) Galeano, Eduardo. Los hijos de los días, 2012. Madrid: Siglo XXI de España.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Somos hijos de los días, hijos del tiempo, y cada día tiene una historia que contar. Porque estamos hechos de átomos, según los científicos, pero un pajarito me contó que también estamos hechos de historias.
Eduardo Galeano, en una presentación en nuestro país de Los hijos de los días
Tomé nota de esta frase de Galeano en una presentación de su obra Los hijos de los días y no la he olvidado. Buscando historias propias y asociadas junto a él, en mi calidad de averiguador de la vida, tal y como lo pensaban los mayas, he encontrado una de título muy breve, Extranjero, que me suena muy próxima en estos días en los que Afganistán ha saltado a la primera plana mundial. Me refiero a la que cuenta en una experiencia personal, probablemente durante su estancia en Barcelona como consecuencia de su exilio:
“En un periódico del barrio de Raval, en Barcelona, una mano anónima escribió:
Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.
Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?”
Creo que sobran palabras para demostrar que una cosa es ser extranjero y otra muy diferente sentirlo como algo propio en esta aldea global en la que hemos convertido el mundo al revés. Por si nos quedaba alguna duda, todavía es más lacerante opinar sobre los extranjeros como diablos responsables de los males de este mundo o de este país, como si se tratara del Infierno de Dante. Es Galeano el que reflexiona de nuevo sobre esta realidad en El diablo es extranjero (1), en una historia con nombre propio que no admite paliativos:
El culpómetro indica que el inmigrante viene a robarnos el empleo. Y el peligrosímetro lo señala con luz roja. Si el intruso, el venido de afuera, es joven y pobre y no es blanco, está condenado a primera vista por indigencia o inclinación al caos o portación de piel. Pero si no es joven ni pobre, ni oscuro, de todos modos merece la malvenida porque ha venido a trabajar el doble a cambio de la mitad.
El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo.
Y la verdad es que el inmigrante está siempre situado a primera mano, ahí no más, a la vista, a la hora de encontrar culpables del desempleo, de la inseguridad y de otras muchas temibles desgracias.
Antes Europa derramaba sobre el mundo, sobre el mundo entero: soldados, presos, campesinos muertos de hambre… que eran protagonistas de las aventuras coloniales y han pasado a la historia como mensajeros de Dios. Era la civilización lanzada al rescate de la barbarie.
Ahora el viaje ocurre al revés. Eso quiere ser la invasión de los invadidos. Los que llegan o intentan llegar desde el sur al norte son protagonistas de las desventuras coloniales que pasan a la historia como mensajeros del Diablo. Es la barbarie lanzada al asalto de la civilización.
Tenemos a familias enteras de Afganistán muy cerca de esta ciudad, que acaban de aterrizar en nuestro país como extranjeros a los que hay que buscar sitio en este país y en otros lugares del mundo, como consecuencia de la caída de su territorio en manos de los rebeldes talibanes. Creo que deberíamos hablar con ellos “de extranjeros a extranjeros”, porque de eso sabemos mucho a través de la Historia, que -por cierto- se nos olvida en este país muy pronto. Como decía Galeano, los humanitossomos contradicciones que caminan, extranjeros de cuerpo y alma, en cualquier lugar o en alguna parte de la gran Aldea Global en la que se ha convertido el mundo al revés en el que vivimos. Lo que les puedo asegurar es que detesto el culpómetro y el peligrosímetro hacia los extranjeros, porque reconozco que también lo soy en este mundo al revés diseñado a veces por el enemigo.
(1) Galeano, Eduardo. Espejos. Una historia casi universal, 2008. Madrid: Siglo XXI España.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Esta es una historia breve y dos veces buena de Galeano en el libro de mi cabecera en estos días (1), de una sola palabra en su título, Huellas, donde el amor y el dolor tienen un protagonismo especial:
El viento borra las huellas de las gaviotas. Las lluvias borran las huellas de los pasos humanos. El sol borra las huellas del tiempo. Los cuentacuentos buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se borran.
Es lo que nos dejó escrito para demostrarnos que hemos nacido para caminar y volar, para contar nuestros viajes particulares buscando historias propias o asociadas, porque somos pies y bocas del tiempo y porque nuestros pensamientos, deseos y sueños también pueden volar si nos deja hacerlo la propia vida. Su mensaje es claro y circular: los años son los que vuelan, porque nosotros permanecemos un tiempo, el de cada uno, porque cada día tiene su afán y cada tiempo su momento, sabiendo como sabemos y nos lo transmitieron los sabios del lugar histórico de cada cual que, vanidad de vanidades, todo es vanidad, porque somos los pies y bocas del tiempo, porque de tiempo somos y sabemos que nos habla: Los pies del tiempo caminan en nuestros pies. A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos del tiempo borrarán las huellas. ¿Travesía de la nada, pasos de nadie? Las bocas del tiempo cuentan el viaje (2). Sólo sabemos que el amor y el dolor permanecen en «nuestro» tiempo.
Hablando de huellas siempre resuena Antonio Machado en mi memoria de hipocampo, como un referente en mi caminar diario, en un poema que nunca olvido, sobre todo cuando reconozco errores en mi vida de todos y en la de secreto, así como cada vez que me levanto después de una caída, una decepción o un fracaso: “Caminante, son tus huellas /el camino, y nada más / caminante, no hay camino: / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante, no hay camino, / sino estelas en la mar” (Proverbios y Cantares (XXIX). También recuerdo unas palabras de Rebecca Solnit, “Lo ideal sería caminar en un estado en el cual la mente, el cuerpo y el mundo estén alineados, como si fueran tres personajes que por fin logran mantener una conversación, tres notas que de pronto alcanzan un acorde” (Wanderlust. Una historia del caminar), sobre todo para hacernos más fácil este deambular por la vida no de forma lineal sino yendo muchas veces del timbo al tambo.
¿Será que lo que traducen mis huellas en mi caminar diario es que mi fin es mi principio y mi principio mi fin?Este palíndromo ha recorrido siglos desde el aserto presocrático del “todo fluye, nada permanece”, entregado a la posteridad por Heráclito de Éfeso. Es la circularidad vital como hilo conductor de las personas que solemos caminar volviendo sólo la vista atrás para ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, aunque descubramos con el tiempo que solo hay camino siguiendo las estelas de la mar. O cruzando ríos que van a dar a esa mar, por sitios que nunca van a ser los mismos cuando se vuelven a cruzar. Esta es la razón que justifica el mito del eterno retorno simbolizado en esta frase enigmática: mi fin es el principio y mi principio mi fin. Lo conocía por haber escuchado hace muchos años un rondó de Guillaume de Machaut (Ca. 1370), Ma fin est mon commencement, que todavía resuena en territorios lejanos.
Esas huellas de caminos que nunca más he de volver a pisar es lo que cantó excelentemente Leonard Cohen en Steer Your Way, cuando decía: Dirige tu camino a través de las ruinas del altar y el centro comercial, dirige tu camino a través de las fábulas de la Creación y la Caída, dirige tu camino más allá de los Palacios y elévate por encima de la podredumbre, año tras año, mes a mes, día a día, pensamiento a pensamiento. Es la tarea que cuido todos los días porque si no creo que es difícil avanzar en la creencia de que otro mundo es posible, buscando también historias de cuentacuentos, porque sé que buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se borran.
Galeano no se equivocó al escribir esta preciosa historia, porque me enseña que mi vida no debe ser travesía de la nada o pasos de nadie o del olvido, donde el amor y el dolor me han enseñado a comprender y querer el camino humano, que no me es indiferente y que recorro todos los días.
(1) Galeano, Eduardo. El cazador de historias, 2016. Madrid: Siglo XXI.
(2) Galeano, Eduardo. Tiempo que dice, en Bocas del tiempo, 2004. Madrid: Siglo XXI.
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Que en belleza camine. Que haya belleza delante de mí y belleza detrás y debajo y encima y que todo a mi alrededor sea belleza a lo largo de un camino de belleza que en belleza acabe.
Eduardo Galeano, Quise, quiero, quisiera, del «Canto de la noche», del pueblo navajo, en «El cazador de historias»
Inicio hoy una nueva serie, El buscador de historias, inspirada en una obra póstuma de Eduardo Galeano, El cazador de historias, que su editorial de cabecera, Siglo XXI, cuidó con él hasta el último detalle, pero sobre la que decidió esperar el mejor momento para publicarla en 2016, dado el delicado estado de salud del escritor que falleció en 2015. Creo que es un auténtico testamento espiritual en el que a través de innumerables historias nos entrega su alma convertida en palabras recogidas en cuatro capítulos de su vida, «Molinos de tiempo», «Los cuentos cuentan», «Prontuario» y «Quise, quiero, quisiera», que agrupan palabras sentidas y sintientes para él y para todos, en un ejemplo de su generosidad literaria y de compromiso activo a través de la palabra. El último, «Quise, quiero, quisiera», corresponde al poema navajo que escogió personalmente para abrochar su obra, con tres tiempos verbales que encierran en sí mismos toda su vida y que he elegido para abrir el largo caminar de estas líneas.
La sinopsis oficial del libro nos deja algunas pistas sobre lo manifestado anteriormente: “El siglo XXI no está resultando ser un gran siglo. Los abusos de un sistema formado por ricos cada vez más ricos y jodidos muy jodidos están a la orden del día. Siguen soñando las pulgas con comprarse un perro y los nadies con salir de pobres. En esta obra, que terminó un año antes de morir, Eduardo Galeano sale a cazar en esa jungla para mostrarnos con crudeza, con humor, con ternura, el mundo en que vivimos, desnudando ciertas realidades que, pese a estar al alcance de la mano, no todos llegan a ver. Pero, como sugiere su título, El cazador de historias devela también al narrador que acecha detrás de todos los relatos. Y así, aunque siempre fue reticente a hablar de sí mismo, Galeano cierra este libro con un puñado de bellas y poderosas historias que sorprenden tanto porque ofrecen pistas de su biografía, de sus años de infancia y juventud, de los primeros viajes por América Latina, de las personas que marcaron su vida y su escritura, como porque expresan sus ideas sobre la muerte. Lejos de cualquier lamento, con el puro impulso de la curiosidad y la imaginación, se pregunta cómo será el final, qué deseos, afectos o necesidades aparecerán entonces. Eduardo Galeano creó una obra que no pasó inadvertida, que culmina con este libro. Varias generaciones la han leído con fruición y seguramente seguirán haciéndolo, porque algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”.
Con este espíritu que arde en mi vida, inicio esa serie deteniéndome en un relato, Las Estrellas, del que he escogido sus palabras finales, porque representan lo que me ha sucedido a lo largo de la vida, fundamentalmente porque soy un caminante del mundo. Es más, incluso en algunas orillas he decidido iniciar singladuras para buscar islas desconocidas, algo que vengo haciendo en los últimos quince años en este cuaderno de bitácora digital. Nadie mejor que Galeano para hacer este camino o singladura, tanto monta monta tanto, cuando pasado el ecuador de este verano tan especial nos acercamos a una estación que suele inspirar también mi alma de secreto y, a veces, la de todos.
Aquella historia de la tribu Pawnee contada por Galeano, junto al río Platte, un río que baña tres estados americanos, Colorado, Wyoming y Nebraska, permitió descubrir creencias sobre el origen de la vida a través de las estrellas del amanecer y del atardecer, que no son las mismas y cómo al intentar su encuentro la luna les jugó una mala pasada. A pesar de todo siguieron en su empeño, consiguiendo finalmente abrazarse hasta confundirse entre ellas. De ahí nació nuestra historia humana de encuentros, desencuentros y guerras, hasta que un día descubrimos que esa era nuestra tarea diaria, caminar por este mundo hasta conseguir lo que pasó con nuestras estrellas guía. Algo precioso:
A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen. Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer. Y quisieron conocerse. La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste. Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo. Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién. Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo.
Los pawnee tienen una historia que conviene conocer con detalle. He leído estos días bastantes reseñas de ellos y he comprobado cómo sufrieron la huella del hombre blanco: “Dicen, y he escuchado de viva voz, que los primeros Pawnees llegados a Oklahoma murieron de melancolía, de la tristeza más profunda de abandonar la tierra que los amamantó, más importante aún, los Hopis, por ejemplo, llegaron a la actual Arizona tras un conjunto de migraciones y quehaceres más que fantásticos y mitológicos. Los Pawnees, rompen la regla. Ellos bajaron de las estrellas, y es a ellas a donde retornan cuando mueren. Cuando Tirawa, dios supremo, decidió ponerlos en la tierra los bajó directamente a lo que hoy en día es Nebraska: su tierra sagrada par excellence. Por ello, cuando partieron hacia esa otra tierra desconocida por mandato y amenaza del gobierno, estaban acongojados al ver que no volverían a su cuna natal. No fue un viaje fácil, sino terrible. Mucha gente iba a pie, otros en tren hacinados como judíos en la Alemania nazi. Mucha gente murió en el trayecto” (1).
Me considero caminante del mundo aunque sé que gran parte de mi recorrido se ilumina por las estrellas, gracias al abrazo que en un momento determinado de la Historia decidieron hacer algo importante en favor del mundo descreído. En este camino, he escogido un libro para orientarme: Cuentos de los indios Pawnee, que he leído atentamente, dedicado a un Jefe Solitario, donde la madre ocupó un papel muy especial en su vida: “Jefe Solitario era hijo del jefe de la banda Kit-ke-kahk’-i. Su padre murió cuando el muchacho era muy niño, apenas de un año de edad. Hasta que fue lo bastante mayor como para ir a la guerra, su madre se ocupó de su manutención cultivando maíz, judías y calabazas. Ella enseñó al muchacho muchas cosas, y le aconsejó acerca de cómo vivir y cómo actuar para tener éxito en la vida: “Cuando llegues a ser un hombre, recuerda que es su ambición la que hace al hombre. Si sales de campaña, no te vuelvas cuando hayas andado parte del camino, sino continúa hasta que llegues a donde te diriges, y entonces regresa. Si yo pudiera vivir para verte hecho un hombre… Quiero que te conviertas en un gran hombre. Quiero que pienses en los duros momentos que hemos atravesado. Ten piedad de la gente que es pobre, porque nosotros también hemos sido pobres y la gente ha tenido piedad de nosotros” (2).
Creo que he comprendido por qué Eduardo Galeano se detuvo a reflexionar sobre la bella historia de las estrellas y su abrazo, contada por los Pawnees. Fundamentalmente, porque de allí nacimos nosotros y porque sé, como él, que “las palabras caminan latiendo” en un mundo que sólo tiene interés hacia adelante, explorando su belleza en un camino que en belleza acabe.
(2) Bird Grinnell, George, Cuentos de los indios Pawnee, 1986, Madrid: Miraguano.
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Ayer cumplió nuestro nieto Adrián trescientos sesenta y cinco días, en un cumpledías especial, tal y como le gustaba decir a Mario Benedetti en su inolvidable poema Como siempre. Ha sido un año especial al haber nacido en un momento delicado para el mundo, en plena desescalada de la pandemia, trayéndonos algo que ha sido como un bálsamo en medio de tanto desconcierto: su sonrisa permanente, como seña de identidad de su forma de ser y estar en el mundo, para que aprendamos de él en cada segundo vital. También, por su forma de expresar la alegría con el movimiento acompasado, sin fin, de manos y piernas, para acabar tocando sus palmas con la sonrisa embaucadora. Y ¡cómo no!, recordando su admiración de la luz y sus destellos, con paradas especiales ante luminosos de todo tipo, porque se queda embelesado ante la luz refulgente con su tiempo dentro.
Han pasado trescientos sesenta y cinco días con ese tiempo que avanza inexorablemente en su pequeña vida. Nos enseña todos los días a comprender que el mundo sólo tiene interés cuando va hacia adelante, viendo su progreso diario en gestos y forma de comportarse. Me entusiasma su mirada, siempre especial y transmitiendo sus ganas de decirnos muchas cosas. Por ahora mantiene silencio de palabras que no de gestos, pero llegará el día en que empiece a expresarse con la palabra que a él también le queda.
A los pocos meses de nacer, le contamos un cuento que en los próximos días se convertirá en un sueño cumplido para Adrián. Ya tiene título, La estantería de Gladstone Library, porque siendo muy, muy pequeño, ocurrió algo en un lugar de mundo, en Hawarden (Gales), cuando le llamaron en nombre de los 250.000 libros que conforman su fondo para pedirle que se quedara con ellos mientras que se cerraba la Librería por la pandemia mundial. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Pero por la presencia del coronavirus los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía. Así nació la idea de que en un día no lejano, sus estanterías pudieran tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos a los que tenían que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre.
Ocurrió que los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que al haberse reunido ya los mil y un nombres, se sabe a quién acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día. Y ha llegado el momento de conocer a través de los archivos de la biblioteca Gladstone, la localización de un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de Adrián, nuestro niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este maravilloso relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.
Sabemos que el 1 de septiembre se abrirá de nuevo la Biblioteca Gladstone y la estantería de Adrián recordará que él ama los libros. Este cuento susurrado al oído de Adrián me gustaría que Borges lo agregara a su biblioteca imaginaria de La biblioteca de Babel, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las salas, muy cerca del estante que soporta su obra y que ya lleva el nombre de este niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.
Un día, que alguna vez será lejano, recordará este niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, recordando a Borges, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden, desde Sevilla, ciudad a la que Stefan Zweig definió como la sonrisa de España, su sonrisa, cuando ni siquiera tenía todavía trescientos sesenta y cinco días.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
El dato es rotundo: el porcentaje de españoles que asegura sentirse solos ha pasado del 11,6% al 18,8% (ver tabla adjunta), según un estudio del Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea, difundido en julio y que ofrece una descripción general del estado actual de los conocimientos sobre la soledad y el aislamiento social en la UE. El estudio, que lleva por título Soledad en la UE. Perspectivas de encuestas y datos de medios en línea, parte de una realidad contrastada por las investigaciones llevadas a cabo, que “muestran que la soledad y el aislamiento social también tienen repercusiones nocivas en la salud física y mental como consecuencias significativas para la cohesión social y la confianza de la comunidad. Por tanto, tanto la soledad como el aislamiento social son cada vez más reconocidos como problemas críticos de salud pública que merecen atención y deben abordarse con eficacia estrategias de intervención”. Obviamente, la pandemia de COVID-19 “también ha reformado drásticamente la vida y las prácticas sociales de los europeos”. Además, “Las restricciones a la movilidad y las medidas de distanciamiento social adoptadas para contener la propagación del virus han provocado discusiones sobre los efectos secundarios no deseados de tales medidas, particularmente en forma de soledad y aislamiento”.
Tengo que reconocer que una frase del Informe me ha impactado por su contenido cara al futuro: “Algunos temen que el precio de la soledad pueda tener consecuencias mucho después de que el virus retroceda”. Para aplicar el principio de realidad que lo sustenta, presenta los principales resultados de dos análisis empíricos realizados por el CCI (Centro Común de Investigación) utilizando dos fuentes de información complementarias, a saber, encuestas y datos en línea: “El análisis basado en datos de encuestas ofrece una imagen de las tendencias recientes en los niveles de autoinformación de la soledad en toda la UE e identifica las características sociodemográficas y geográficas predominantes asociadas con la soledad antes y durante los primeros meses de la pandemia de COVID-19. Los datos de la encuesta muestran que la pandemia ha magnificado el problema. La proporción de encuestados que se sentían solos con frecuencia se duplicó después del brote de COVID-19. Además, los adultos jóvenes fueron golpeados con mayor severidad. El análisis basado en datos en línea analiza las tendencias en los medios en línea que informan sobre la soledad y el aislamiento social entre enero de 2018 y enero de 2021. El volumen de los artículos sobre estos temas se mide mensualmente y por Estado miembro, y los artículos recopilados se analizan en profundidad para identificar los sentimientos predominantes contenidos en ellos y detectar patrones en las narrativas subyacentes”.
La realidad cruda es que cuando se ha trabajado sobre datos en línea publicados en medios sobre la soledad y el aislamiento social, se observa que se han duplicado durante la pandemia. Las narrativas se referían en gran medida “a las consecuencias para la salud de la soledad. El análisis de catálogos de informes de medios en línea, muestran también tipologías y ejemplos de iniciativas políticas destinadas a combatir la soledad y el aislamiento social. Las iniciativas públicas varían de un Estado miembro a otro. Generalmente, la mayoría de las intervenciones están diseñadas a nivel local y rara vez forman parte de programas más sistemáticos”.
Dubravka Šuica, vicepresidenta de la Comisión Europea para la Democracia y Demografía, manifiesta en el Prólogo del Estudio que cualquier comunidad se define, entre otras cosas, por las conexiones significativas entre sus miembros y que la pandemia “nos recordó la importancia de las conexiones personales positivas, de pertenencia a comunidad. El último año y medio sacó a la luz a muchos individuos y desafíos sociales que existían antes, pero que en su mayoría permanecieron ignorados o desatendidos”. Es donde ha cobrado una fuerza inusual el fenómeno de la soledad y el aislamiento social en nuestras sociedades. Es una responsabilidad de la Unión Europea abordar urgentemente esta situación, sobre todo cuando se constata que “existe evidencia científica de que la soledad afecta la salud física y mental y podría reducir la cohesión social y confianza de la comunidad y, en última instancia, en sus resultados económicos”. Por tanto hay que hacerlo como comunidad, para “mejorar la resiliencia de nuestras sociedades y nuestro desempeño económico. Esta es una responsabilidad de todos nosotros, a nivel local, a nivel nacional y de la UE, para las autoridades, la sociedad en su conjunto y todas y cada una de las personas”. Estas son las razones de fondo para haber solicitado el apoyo del Centro Común de Investigación, cuyo resultado ahora se presenta en este Estudio.
Las principales conclusiones de los trabajos realizados en relación con encuestas, muestran que las medidas de distanciamiento social han sido fundamentales para limitar la expansión del virus, pero también que existe una creciente preocupación por el impacto que la remodelación de la vida social del año pasado podría tener sobre la soledad, en particular para las personas que ya eran más propensas a la soledad en el período prepandémico. En tal sentido se compararon dos encuestas llevadas a cabo sobre este asunto en 2016 y en abril-julio de 2021, respectivamente y los resultados no dejan lugar a dudas sobre el aumento drástico de la prevalencia de la soledad en los primeros meses tras el brote de COVID-19. Mientras que en 2016, el 12% de los ciudadanos de la UE indicó sentirse solo más de la mitad, este dato aumentó al 25% en los primeros meses tras el brote de COVID-19. Otras emociones negativas, como sentirse tenso o desanimado siguió la misma tendencia, mientras que las emociones positivas como sentirse alegre, tranquilo, activo o descansado se movió en la dirección opuesta. También es interesante resaltar que hasta ahora se había centrado el debate público sobre la soledad en la población mayor, considerada como las más vulnerable, fundamentalmente porque el envejecimiento se asocia a otros factores de riesgo de soledad: “Sin embargo, durante los primeros meses de la pandemia, los adultos jóvenes han ha sido, con mucho, los más afectados por las medidas de distanciamiento social. Más específicamente, la proporción de personas de 18 a 25 años indica sentirse solo casi cuatro veces más en los primeros meses de la pandemia (del 9% en 2016 al 35% a principios de 2020). A pesar de todo, este sentimiento de soledad entre los adultos jóvenes es de naturaleza transitoria. Sin embargo, hay que destacar que también es una etapa de la vida asociada a menudo con dejar a la familia, la casa y pasar a una nueva etapa en la vida. En este contexto, el impacto de más de un año de reducción de contactos en persona, podría seguir sintiéndose mucho después de que la pandemia desaparezca.
Sin lugar a dudas, las personas que viven solas experimentaron un aumento en la prevalencia de soledad en 23 puntos porcentuales en comparación con los niveles observados antes de la pandemia. También hay una serie de factores de riesgo cuya importancia no se ha visto agravada por la pandemia, como es el caso de las condiciones económicas favorables (ingresos del hogar), que protegen contra la soledad: esto era igualmente cierto antes y durante la pandemia. De forma contraria, la salud delicada suele estar asociada con la soledad, porque en el período previo a la pandemia, alrededor del 32% de los encuestados, que se encontraban en mal estado de salud también informaron sentirse solos más de la mitad de su tiempo. Esta situación contrasta con el 8% entre personas con buena salud. En los primeros meses de la pandemia, la incidencia de la soledad se elevó al 46% para los encuestados con mala salud y al 20% para los buena salud. Por lo tanto, la brecha en los niveles de soledad por el estado de salud no cambió mucho después de la COVID-19 y esto sugiere que la incidencia de mala salud como un factor de riesgo de soledad se aplica en todas las circunstancias.
En esta primera parte del estudio, se ha observado que las mujeres han tenido la misma probabilidad que los hombres de sentir soledad. Esto no ha cambiado con la implementación de redes sociales durante las medidas de distanciamiento. Del mismo modo, vivir en una ciudad o en una zona rural área no afectó los niveles de soledad antes o durante la pandemia. Por último, en el período previo a la pandemia, la soledad fue más baja en el norte de Europa, con alrededor del 6% de las personas que informaron que se sentían solas más de la mitad de su tiempo. En Europa occidental, meridional y del Este, se muestra una mayor prevalencia de soledad, en un rango que va del 11% al 13%. Sin embargo, siguiendo los datos en relación con la COVID-19, Europa occidental y septentrional experimentaron el porcentaje más acusado en soledad. Esto es un poco sorprendente ya que el norte de Europa mostró datos más suaves que el sur y Europa Oriental. Es curioso constatar que la pandemia podría haber fomentado inicialmente un sentido de pertenencia en varios países, en particular en el sur de Europa por las características de la población, pero todo obedece también a los patrones de conducta macrorregionales y nacionales. De hecho, cuando contamos con estos factores, observamos que, todo lo demás es igual, dentro de cada país, es decir, “cuanto más difícil es el bloqueo por las medidas COVID, más agudo es el sentimiento de soledad. En definitiva, se ha demostrado con estos datos que las conexiones sociales son fundamentales en nuestra vida diaria y que la angustia experimentada en todo el mundo durante los últimos 16 meses es, en parte, impulsada por las limitaciones impuestas a las interacciones sociales.
En la segunda parte del estudio, las principales conclusiones de los trabajos realizados en relación con la metodología observada, los medios en línea, es decir, el análisis de los medios de comunicación de la UE sobre la soledad y el aislamiento social, realizado mediante la búsqueda del índice de artículos recopilados por el sistema Europe Media Monitor, “un Sistema interno del CCI que procesa más de 300.000 artículos al día, en más de 70 idiomas, con una amplia cobertura de fuentes de noticias nacionales y locales de la UE”, cuyo “procesamiento automático etiqueta cada artículo por emociones (ira, miedo, tristeza, disgusto, sorpresa, alegría) y valores de sentimiento (positivo, negativo y neutral)”, se centraron sobre dos descriptores homologados por todos los países y válidos para estas conclusiones: “soledad” y “aislamiento social”.
El análisis cuantitativo reveló que ambos temas cobraron una gran relevancia en el panorama de los medios de comunicación de la UE, especialmente desde el inicio de la pandemia COVID-19 en marzo de 2020, con reportajes sobre el tema de la soledad, registrando una duplicación del volumen en los primeros meses de la pandemia y siguiendo un patrón similar al de la propia pandemia, disminuyendo en los meses de verano de 2020 y aumentando con nuevos picos en el inicio de la segunda ola. Desde el ámbito cuantitativo, también mostró que los volúmenes de informes, sin embargo, varían ampliamente entre los Estados miembros de la UE, al igual que el número y tipos de iniciativas propuestas para abordar el problema.
En relación con el análisis cualitativo hay que decir que las narrativas subyacentes están relacionadas con los efectos negativos que tiene la soledad sobre la salud, tanto emocional como física, y para las consecuencias económicas de la soledad y el aislamiento social, en términos de costes de salud, desempleo y en el largo plazo el impacto en el desarrollo social y personal, especialmente de la Generación Z y las categorías sociales ya vulnerables. Esto fue especialmente visible durante la pandemia para los jóvenes (19-25 años) y mujeres, las categorías más afectadas por las pérdidas de empleo. Las narrativas también se relacionan con las causas subyacentes de soledad, mirando las tendencias individualistas promovidas por las sociedades occidentales, así como la necesidad de nuevos tipos de arquitectura y planificación urbana para disminuir el aislamiento y la soledad.
En general hay numerosas iniciativas que abordan la soledad en Europa, pero se muestra en el estudio que rara vez forman parte de programas sistematizados para alcanzar los mejores resultados. El estudio detallado sobre 10 países, que se adjunta al estudio, muestra que existen grandes diferencias entre los Estados miembros en cuanto a si la soledad se percibe como una preocupación pública o personal, dividiéndose las iniciativas para abordarlo, por tanto, entre programas de apoyo comunitario y soluciones individuales centradas en las consecuencias psicológicas de la soledad.
Visto el panorama y aunque este estudio ofrece datos de gran calidad para ser tomados en cuenta, se propugna desde la UE que junto a la lista inicial de iniciativas y medidas en 10 países, ésta podría desarrollarse y completarse por expertos locales, con la creación de una base de datos europea de iniciativas para la atención a la soledad, de tal forma que las medidas políticas a tomar por los diferentes países, podrían utilizarse en el futuro para crear una red europea de soledad en la que las mejores prácticas se compartan y evalúen de forma más sistemática.
Para finalizar, es muy interesante señalar la relación que aporta el estudio sobre once iniciativas, para atender la soledad: cuidar y cambiar el estado de ánimo, sensibilización, creación de conectividad múltiple, ayuda profesional, red de alarmas, actividades grupales, soluciones tecnológicas, espacios de encuentro, proyectos de innovación social, comunidades intergeneracionales y lucha contra la estigmatización. Soluciones en las que nuestro país muestra un avance considerable en iniciativas públicas y privadas, pero todavía lejos de una acción sistematizada, equitativa y distribuida, sobre todo, desde la perspectiva consagrada de atención al interés general por parte del Estado y como marca la Constitución y cuando sabemos por este estudio que el porcentaje de españoles que asegura sentirse solos ha pasado del 11,6% al 18,8%, en tan sólo cinco años.
Una última reflexión. El silencio se confunde muchas veces con la soledad, aunque no es lo mismo. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Mucho más por el aislamiento aprendido durante el confinamiento y la pertinaz distancia social impuesta por la pandemia. Quizás porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios o deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos y, después, lo expresáramos con sentimientos y emociones. Lo escribí hace ya muchos años en torno al silencio que necesita todos los días el cerebro. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad y necesidad de comunicarse, de no estar solos. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo. Sin ruidos, en silencio y, a veces, en soledad no deseada.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Los libros pusieron fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual desde el momento de su aparición en este mundo imperfecto. Leyendo de nuevo Encuentros con libros (1), de Stefan Zweig, vuelvo a sentir sus palabras como un bálsamo en este mundo al revés, porque “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Maravillosa reflexión en estos momentos cruciales que estamos viviendo a escala mundial.
Mientras leía el primer capítulo denominado “El libro como acceso al mundo”, he subrayado aquellas frases que me iluminan en un momento en el que necesitamos recuperar el encuentro con los libros y, sobre todo, he recordado paso a paso la experiencia personal que cuenta el autor, que deriva en un canto a la lectura que no se olvida. Viajaba en un barco italiano, recorriendo el mar Mediterráneo, de Génova a Nápoles, de Nápoles a Túnez y de allí a Argel. En ese espacio conversaba a menudo con un joven italiano que formaba parte de la tripulación, “un mozo que ni siquiera tenía el rango de camarero, pues se ocupaba de barrer los camarotes, de fregar la cubierta y de realizar otras tareas menores, que la gente, por regla general, no valora”. Canta sus dotes de todo tipo, llegando incluso a “tenerle cariño”, en palabras textuales suyas, hasta tratarse “con la camaradería propia de dos amigos”. A partir de ese momento surgió lo inesperado: “Entonces, de la noche a la mañana, un muro invisible se alzó entre él y yo. Habíamos recalado en Nápoles, el barco se había llenado de carbón, de pasajeros, de hortalizas y de correo, su dieta habitual en cada puerto, y luego se había hecho de nuevo a la mar. […] Entonces se presentó de repente, con una sonrisa de oreja a oreja, se plantó delante de mí y me mostró orgulloso una carta arrugada que acababa de recibir, pidiéndome que la leyera. No dejaba de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. Por primera vez me había encontrado cara a cara con un analfabeto, con uno europeo además, una persona que me había parecido inteligente y con la que había hablado como con un amigo. ¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo, que desconocía la escritura? Al principio me costó entender lo que quería de mí. Pensé que Giovanni había recibido una carta en un idioma que no entendía, francés o alemán, seguramente de una muchacha—era obvio que debía de tener mucho éxito entre las chicas—, y que había venido a buscarme para que se la tradujera. Pero no, la carta estaba escrita en italiano. ¿Qué quería entonces? ¿Que me la leyera? Nada de eso. Lo que quería es que se la leyera, tenía que saber qué decía aquella carta. Y, de pronto, comprendí lo que estaba pasando: aquel muchacho inteligente, de una belleza escultural, dotado de gracia y de auténtico talento para el trato humano, formaba parte de ese siete u ocho por ciento de italianos que, según las estadísticas, no saben leer: era analfabeto”.
A partir de aquí, Stefan Zweig reflexiona de forma admirable sobre el poder de la lectura, a través de dos preguntas muy concisas y claras: “¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo [el mozo del barco], que desconocía la escritura? Traté de imaginarme la situación. ¿Cómo sería el no saber leer?” A partir de aquí desgrana múltiples aseveraciones sobre el encanto de la lectura que recomiendo de principio a fin porque nos alegrará conocerlo en estos días del ferragosto español, sobre todo, salvando lo que haya que salvar, imaginándonos qué es la lectura para personas que no siendo analfabetas no han leído un libro en su vida o no lo hacen habitualmente. Y es verdad que se reproducen de nuevo sus sensaciones ante aquella experiencia que también puede ser lo que ocurre ahora en las personas que detestan los libros y la lectura: “Por un momento me puse en el lugar de aquel muchacho. Coge un periódico y no lo entiende. Coge un libro, lo sostiene en sus manos, nota que es algo más ligero que la madera o que el hierro, tiene forma rectangular, toca sus cantos, sus esquinas, observa su color, pero nada de eso tiene que ver con su propósito, así que vuelve a dejarlo, porque no sabe qué hacer con él. Se detiene ante el escaparate de una librería y se queda mirando los hermosos ejemplares, amarillos, verdes, rojos, blancos, todos rectangulares, todos con estampaciones de oro sobre el lomo, pero es como si se encontrara ante un bodegón cuyos frutos no puede disfrutar, ante frascos de perfume bien cerrados cuyo aroma queda confinado dentro del cristal”.
Y reflexiona a partir de este momento sobre qué sería su vida sin los libros, algo que no era posible porque “[…] cualquier objeto, cualquier elemento que me parase a considerar estaba unido a recuerdos y experiencias que tenían que ver de una forma u otra con los libros, cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido”. Lo que de verdad me ha impactado hoy es su reflexión sobre la presumible desaparición del libro, ·el tiempo del libro ha acabado”, ante la llegada de la técnica, como una premonición preocupante: […] el gramófono, el cinematógrafo, la radio son más prácticos y más eficaces a la hora de transmitir la palabra y el pensamiento, y de hecho comienzan a arrinconar el libro, por lo que su misión histórica y cultural no tardará en formar parte del pasado”.
Stefan Zweig no temía esta irrupción de las tecnologías en el mundo, porque estaba convencido de que “la luz de una lámpara eléctrica no puede compararse con la que irradia un pequeño volumen de unas pocas páginas, no existe ninguna fuente de energía que pueda compararse con la potencia con que la palabra impresa alimenta el alma. […] A medida que crece nuestra intimidad con los libros, vamos profundizando también en los distintos aspectos de la vida, que se multiplican fabulosamente, pues ya no los vemos sólo con nuestros propios ojos, sino con una mirada en la que confluyen multitud de almas, una mirada amorosa que nos ayuda a penetrar en el mundo con una agudeza soberbia”.
Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).
(1) Zweig, Stefan. Encuentros con libros. Barcelona: Acantilado, 2020.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Ya tenemos en las librerías el primer diccionario ilustrado para entender el Boletín Oficial del Estado, con un subtítulo que promete: Aprende el idioma que dicta las normas y sus recovecos, dando por hecho que estamos ante una maraña de palabras, que llegan a conformar disposiciones de muy alto rango, leyes, por ejemplo. Sus autores son Eva Belmonte y Mauro Entrialgo y lo ha publicado la editorial Ariel. Eva Belmonte es una periodista muy conocida por ser la Co-Directora de la Fundación Civio y responsable directa de contenidos del blog El BOE nuestro de cada día | Civio, un proyecto de la Fundación que tanto aprecio, como ya he señalado en alguna ocasión en este cuaderno digital. En la sinopsis oficial del libro se dice lo siguiente, utilizando también un lenguaje desenfadado para llegar al mayor número de lectores posibles: “Ya puedes ser superprofesional en inglés o aprender chino que, si no dominas el lenguaje del Boletín Oficial del Estado, pringas. Este diccionario ilustrado traduce, de forma directa y clara, sin rimbombancias jurídicas, los conceptos que necesitas entender porque, quieras o no, lo que se publica en el BOE te afecta. Y el libro lo explica con retranca —habrá que reírse al menos— y con una retahíla de ejemplos de abusos perpetrados por quienes sí entienden, y bien, el lenguaje de la burocracia”.
En mi vida profesional ha sido un referente continuo, de obligada lectura, acompañado siempre del Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA), en el que he aparecido en bastantes ocasiones por razón de cargo y cargas, aunque como alto cargo siempre he pedido, en el caso del BOJA, que mis ceses fueran a petición propia, acompañando a esta observación, por cortesía burocrática, eso sí, del consabido “agradecimiento por los servicios prestados”, como es habitual en el lenguaje propio de los periódicos oficiales.
A título de ejemplo, en el nuevo diccionario, cuando se recoge la expresión “Alto cargo”, explica su significado: “Desde el presidente del Gobierno pasando por ministros, secretarios de Estado, presidentes y vicepresidentes de organismos públicos… De director general para arriba todo son altos cargos. Si tienes dudas: si le nombra el Consejo de Ministros y esa decisión aparece en el BOE, lo es (excepto los subdirectores generales). Es el rango más alto cuando se trabaja en lo público y la teoría, sobre el papel, es que para serlo es obligatorio cumplir varias condiciones. La primera, ser idóneos para el puesto. Y eso aquí también tiene un significado propio. La idoneidad, según la ley que lo regula, es el combo de dos factores: la honorabilidad (que te condenen por malversación no ayuda) y contar con la formación y experiencia suficiente para hacer lo que te toque, esto es, saber de qué va el curro para el que te han elegido. Lo habitual es que estar en política, aunque no seas un experto en el campo concreto al que te vas a dedicar, por muy especializado o técnico que sea, da para aprobar la asignatura de idoneidad. Eso para ser nombrado. Mientras ejerce, el alto cargo tiene que seguir cumpliendo algunos requisitos —repetimos, condiciones sobre el papel, no se vayan a creer que aquí pecamos de inocencia: trabajar para el interés general y no el propio y dedicarse en exclusiva al cargo para el que ha sido nombrado y no a otras labores—. Con excepciones, claro: escribir sesudos artículos de propaganda en periódicos, dar la turra en congresos o trabajar en organizaciones sin ánimo de lucro (sí, valen fundaciones de partidos) está permitido, siempre que no se cobre un duro por hacerlo. O, como mucho, solo las dietas. También tiene luz verde administrar el patrimonio personal o familiar”.
Pero a modo de comentario de texto y ahí está parte de la gracia del libro, hay siempre un apartado que lleva por título Uso y abuso, en el que afirma lo siguiente, aportando también un dato estadístico referido a este constructo –Alto cargo- que “aparece 971 veces en los últimos diez años:
Solo en la administración y los organismos estatales, sin sumar los de comunidades autónomas y entidades locales, a 31 de diciembre de 2020 había 736 altos cargos, 70 más que cuando acabó 2019. Las cifras de los últimos años van desde los 642 de la Nochevieja de 2016 a esos 736, la más alta desde 2014.
A continuación acompaña a cada lema o constructo una ilustración como la siguiente, referida obviamente a los “altos cargos”:
Creo que es un esfuerzo encomiable para apear de viajes oficiales al argot burocrático del derecho administrativo que muchas veces es bastante incomprensible para el común de los mortales. Doy fe de ello porque en muchas ocasiones he sido “redactor” de dichas disposiciones, de las que puedo asegurar que siempre pensé en sus destinatarios finales. A título de ejemplo, detestaba usar la palabra “interesado”, que es propia del argot tributario, por ejemplo, porque junto a la palabra “sujeto” formaba un constructo bastante alejado de la intelección simple de que una persona es la verdaderamente afectada por la disposición correspondiente.
Es curioso constatar que estadísticamente «la palabra concesión, por ejemplo, aparece en el Boletín 106.851 ocasiones en los últimos diez años, la que más de las recogidas en el Diccionario. Referido a un tipo de contrato público, ese eufemismo esconde la privatización de algo: una carretera, un hospital, un parking. Según la autora, también codirectora del proyecto Civio(“datos que cuentan contra la opacidad”), “esto es importante porque con el paso del tiempo hemos visto que las condiciones de estos contratos son muy ventajosas para las empresas y muy poco para la Administración pública, además de que se suelen degradar las condiciones laborales”. Preocupante lectura e interpretación final ajustada a derecho” (1). En la misma entrevista, a la pregunta ¿Es realmente el BOE una herramienta útil para la ciudadanía?, ella responde: “A mí me parece crucial para saber los derechos que tenemos las personas en una determinada situación, como ocurrió durante el estado de alarma. Sirve para cosas tan cotidianas como pedir una ayuda o presentarse a una oposición, pero lo más importante es que te permite conocer tus derechos: qué puedes hacer, reclamar, y qué no”.
Conviene leer este diccionario y consultarlo cuando haga falta, porque nos aclara muchas cosas, sobre todo términos aparentemente casi imposibles de entender y porque la amenidad con la que se describen e interpretan a través de ilustraciones y metáforas visuales, ayudan siempre a entrar en un edificio virtual de palabras, a veces a modo de torre de Babel que necesitamos ordenar e interpretar en democracia. Tengo que confesar que todo lo relacionado con la Fundación Civio me entusiasma, como así lo descubrí desde su nacimiento en 2012 y por conversaciones con su artífice principal David Cabo, Co-Director actual de la misma, con quien quise llevar a cabo un proyecto muy interesante para democratizar el acceso al presupuesto general de la Junta de Andalucía en 2012. Es lo que me da más confianza para leer el libro y comprender cómo se puede hacer más accesible la ordenación y organización del Estado, en este caso a través de un periódico oficial nada inocente, como casi todo en la vida.
Hoy, he recibido unas palabras de la Fundación que me suenan muy cercanas y que me recuerdan cómo nos debemos relacionar con la Administración y sus palabras: “Si has llegado hasta aquí, suponemos que deseas conocer mejor el funcionamiento de lo público, las decisiones de gobiernos e instituciones y cómo te afectan. Y, en particular, aquella información que se resisten a sacar a la luz. Nos dedicamos a eso desde 2012. Civio es una organización independiente y sin ánimo de lucro que, además de periodismo de investigación y de servicio público, hace presión para levantar las alfombras de nuestras instituciones y ayudar a la ciudadanía a conocer las decisiones que nos afectan, cómo se toman, cómo se aplican y qué resultados obtienen. Nuestro foco está en lo público, lo que nos afecta a todos. Lo hacemos gobierne quien gobierne. Lo hacemos cada día mejor. Y no lo hacemos solo porque nos guste, que también. Lo hacemos porque es esencial para lograr una sociedad y una gestión de lo público más abiertas, justas, inclusivas y eficientes para todos”.
Lo escrito anteriormente es la garantía de lo que está detrás de este diccionario ilustrado del BOE. Lo necesitamos. No nos defraudará su lectura y consulta. Es su hilo conductor. Entren en la página principal del proyecto El BOE nuestro de cada día | Civio y comenzarán a entender muy bien las bases de la democracia y sus palabras que, afortunadamente, aún nos quedan.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
He entrado muy temprano en mi clínica del alma, mi biblioteca, para localizar un ejemplar que conservo como oro en paño, Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, después de haber leído en eldiario.es un artículo sobre su localidad natal, Chalamera, la cuna de Ramón J. Sender, salva su escuela en el 120 aniversario del escritor. Es una oportunidad para recordarlo especialmente en este año y porque, afortunadamente, el colegio que lleva su nombre, “ha esquivado el cierre que se habría llevado a cabo de no alcanzarse el mínimo de alumnos, tres, por el paso de dos de ellos al instituto el curso que viene. Una situación más que señala la interminable lucha contra la despoblación”.
El ejemplar que conservo creo que es una joya bibliográfica, porque lo adquirí en un contexto muy difícil en este país, en los momentos últimos de la dictadura que fueron de un ensañamiento desmedido. Fue en un viaje a París, en enero de 1975, para investigar sobre las guarderías infantiles laborales en el Centro Internacional de la Infancia (Bois de Boulogne) y en diversos hospitales de la capital francesa, donde ya estaban llevándose a cabo experiencias muy interesantes. En los momentos de ocio, llevaba un cometido personal que quería cumplir a rajatabla: visitar la librería Ruedo Ibérico y localizar allí obras de interés político que no se podían adquirir en España por estar prohibida por la dictadura su venta y distribución. Entre las obras que compré, no muchas por mi escasa disponibilidad económica, estaba una de las que más me han influido en mi alma de secreto, Réquiem por un campesino español, que me leí de un tirón la misma noche del día en que la compré. Tengo que confesar que no pude dormir y que me pasé casi todo el resto de aquella noche especial, mágica, en la ventana de la habitación del hotel a pesar del frío que asolaba aquella habitación sencilla de un hotel muy humilde en la calle Gay-Lussac, creo recordar que se llamaba Elysa, junto al Jardín de Luxemburgo, en el famoso barrio quinto.
Este libro es lo más íntimo de mi propia intimidad, que decía San Agustín, porque en el viaje de vuelta a España desde París, lo traje escondido bajo la camisa durante todo el trayecto, camuflado con hojas de periódico. Cuando llegamos a Hendaya, los inspectores de la policía española, la famosa «secreta», entraron en el vagón y en el departamento que ocupaba para hacer los registros que consideraron oportunos, junto a preguntas capciosas. No lo he olvidado nunca.
La edición es preciosa, cuidada hasta el último detalle, presidiendo el color negro este ejemplar, como no podía ser de otra manera…, desde la sobrecubierta hasta el cartel de la portada y los dibujos, siempre en negro, de las páginas interiores y realizados por Pelayo. Se publicó en París por Ediciones Hispano-Americanas, en el 4º trimestre de 1974. En la Nota Preliminar del libro, escrita por F. Gómez Peláez, se recogen unas palabras del autor a modo de introducción de la edición a cargo del profesor Robert M. Duncan, en 1964, publicada por D.C. Health and Co. (Lessington, Massachusetts), volviendo a recuperar el título original de la obra, Mosén Millán (publicada por primera vez en México, en 1953), que explican el hilo conductor de esta pequeña obra pero grande en su fondo y forma: “El hombre es el mismo en todas partes si nos atenemos a los registros sutiles de la sensibilidad moral y a la sensibilidad humana, es decir a la razón de la presencia del individuo en la familia, de la familia en la sociedad, y de la sociedad en la nación y aún de todos ellos en la perspectiva aleccionadora del tiempo. Pero unas veces el hombre domina las circunstancias, y otras es dominado y arrastrado por ellas. Eso último sucedió a los españoles en 1936. Por razones fáciles de comprender, Mosén Millán (Réquiem por un campesino español) está más cerca de mi corazón que otros libros míos”. Además, agrega algunas ideas de sumo interés para comprender hoy su obra, sobre todo cuando se confunden deliberadamente la virtud con la autoridad (Mosén Millán) y ésta con el poder político: “Es decir, que lo que sucede en el libro no puede menos de suceder en cualquier tiempo y lugar donde la Iglesia y el Estado comparten la autoridad oficial y la responsabilidad.
Más adelante, agradece Sender que su obra sea utilizada como libro de texto por estudiantes americanos, después de cantar la excelencia de lo que significa en España la dialéctica entre el mundo rural y el urbano, porque les permitirá familiarizarse con los usos y costumbres de este país, con “la atmósfera histórica en la que se desenvuelven” los hechos narrados, porque “van a entender un poco más el radio de su capacidad de entendimiento y de amor”. Él avisa que el libro acaba con una tragedia, pero es algo que tenemos que aceptar en nuestras vidas porque desde el momento en que nacemos tenemos que aceptar que es una de las “dimensiones de lo real”. Su frase final es un aviso para navegantes en el enfrentamiento diario de la sociedad en nuestro país: “Dios libre a los lectores de la necesidad de afrontarla como los españoles tuvimos que afrontarla entre 1936 y 1939”.
Vuelvo a leerlo de nuevo como si fuera aquella noche en París, en 1975. Cuarenta y seis años después, comprendo mejor que nunca lo que recomendaba el prologuista de esta cuidada edición que conservo en mi persona de secreto: he entrado serenamente en el relato y he llegado otra vez al final “sin darme cuenta del tiempo invertido”. Porque es verdad, “al cerrar el libro, impresionado por las últimas exclamaciones del joven Paco y las meditaciones posteriores de Mosén Millán, su inconsciente delator, te harás tu propia opinión. Y eso será, en fin, lo más importante”.
Mi opinión es que es una obra maestra, dos veces magistral y buena por breve, pero con un significado que cobra hoy actualidad por la reciente aprobación, el pasado 20 de julio, por el Consejo de Ministros de este país, del Proyecto de Ley de Memoria Democrática. El texto consta de 65 artículos, agrupados en 5 títulos, estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Según fuentes oficiales “Con esta Ley se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado y fomentar un discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y se amplían los derechos humanos y libertades constitucionales”. El objeto de esta Ley es “la recuperación, salvaguarda y difusión de la Memoria Democrática con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las distintas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales, así como el reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. Se trata de promover su reparación moral y recuperar su memoria e incluye el repudio y condena del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior Dictadura franquista”.
No olvido a Ramón J. Sender, su Réquiem por un campesino español y su vida en el exilio, como el de tantos miles de españoles que lo sufrieron hasta la muerte y sin reparación alguna. Leer de nuevo esta pequeña joya es una reparación en el alma democrática de lo que allí cuenta y que no debió suceder nunca. Por favor y para quien no conozca esta obra, un consejo: léala. Quienes la conocen, vuelvan a hacerlo. Para todos, para que no se olvide ni siquiera un momento y como agradecimiento democrático a un trabajo con amor hecho.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Patio de los limoneros. Palacio de Dueñas. Sevilla / JA Cobeña
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Antonio Machado, Retrato
Sevilla, 26/VII/2021
Hoy se cumple el 146º aniversario del nacimiento en Sevilla de Antonio Machado y pienso que hoy, más que nunca, debemos recordarlo también por algo que necesitamos hacer urgentemente en nuestro país, escuchar, un verbo del que debemos conjugar el presente de indicativo completo y perpetuo antes que volver a hablar de algo sin conocimiento y, muchas veces, con una gran falta de respeto hacia los demás. Vuelvo a publicar como pequeño homenaje en este cumpledías de Machado, según la expresión tan querida por Benedetti, un artículo que escribí en 2016 después de una visita pausada al Palacio de Dueñas, donde volví a sentir el alma del poeta, sus consejos, su autorretrato, su escucha, sus soledades y su silencio. Sigo pensando que la escucha atenta entre todos debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo cuando nos referimos a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad.
Aquella tarde de abril, en Sevilla, lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas y puedo asegurar que no lo olvido, habiendo aprendido con el paso de los años que Machado adoraba el silencio, el suyo concretamente, porque sabía que sólo se debe dejar de callar cuando preguntando primero y escuchando después, se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Probablemente, sea el momento mágico, como decía él, de distinguir de entre todas las voces sólo una, porque sabemos distinguir las voces de los ecos, porque no es lo mismo…, no es lo mismo.
Esta tarde he estado muy cerca de Antonio Machado, en el Palacio de Dueñas. He paseado por el patio de los recuerdos de su infancia y de un huerto claro donde madura el limonero. Lo he sentido hoy muy cerca de mi persona de secreto. Fundamentalmente, porque echo de menos la asunción colectiva de un proverbio suyo sobre el diálogo, que me acompaña siempre. En ese patio lo he recuperado de mi memoria de hipocampo ante una carencia de diálogo, como problema de Estado que nos afecta a todos en momentos políticos transcendentales que estamos viviendo estos días.
La escucha atenta debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad. Esta tarde lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas.
Escuchar es una actitud, un proceso de educación transversal a lo largo de la vida que no se improvisa, necesariamente acompañada de la aptitud social de la escucha atenta y activa. La persona que escucha vive instalada en el respeto mutuo, dispuesta a aprender siempre porque solo sabe que no sabe nada. La vida es una caja de sorpresas y preguntas para quien escucha porque todos los días surge una posibilidad nueva de aprendizaje. Y para el diálogo es fundamental. Este país necesita declararlo como deber fundamental de carácter casi constitucional. Nos arrollamos en las vicisitudes diarias porque no dialogamos, no solemos buscar juntos la verdad de la vida, guardando cada uno la suya.
Y volvemos al arte de escuchar, elemento imprescindible para desarrollar esta habilidad nacida para consolidarse en una actitud que se ha desarrollado gracias a la inteligencia humana, que sabe distinguir oír de escuchar, que no es lo mismo. Es lo que les ocurre a los que alardean de decir a los cuatro vientos, cuando oímos algo que no nos interesa, que “por un oído me entra y por otro me sale”, como si la inteligencia humana estuviera ausente. Acabamos de negar la quintaesencia de la escucha, porque nos instalamos en el particular reino de la autosuficiencia o descalificación ajena, negando la capacidad intelectual de elaborar el proceso de escucha atenta que nos separa de estos procesos auditivos que también desarrolla el reino animal. Es un problema que estriba sencillamente en prestar siempre la necesaria atención a lo que los demás dicen, porque probablemente podríamos darnos cuenta de que lo que hasta hoy tenía patente de corso en nuestra vida ya no es así, dado que muchas veces los demás pueden pensar y decir algo mejor que nosotros. Esta actitud nos permitiría sobrevolar, a partir de ese momento, un cielo de preguntas.
Cuando salía del Palacio de Dueñas, de su patio tan querido, he recordado también una estrofa de Retrato, un poema precioso, que me ha permitido comprender mejor cómo la escucha atenta es un compromiso activo de ética pública y privada que tanto necesita este país, sobre todo su clase política en estos días de tanta ausencia de escucha y preguntas sin respuesta alguna: Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. / A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una. Y me he perdido finalmente por las calles de su querida Sevilla, haciendo como siempre su camino al andar.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.