El cumpledías de Adrián

Gladstone Library

Sevilla, 22 de agosto de 2021

Ayer cumplió nuestro nieto Adrián trescientos sesenta y cinco días, en un cumpledías especial, tal y como le gustaba decir a Mario Benedetti en su inolvidable poema Como siempre. Ha sido un año especial al haber nacido en un momento delicado para el mundo, en plena desescalada de la pandemia, trayéndonos algo que ha sido como un bálsamo en medio de tanto desconcierto: su sonrisa permanente, como seña de identidad de su forma de ser y estar en el mundo, para que aprendamos de él en cada segundo vital. También, por su forma de expresar la alegría con el movimiento acompasado, sin fin, de manos y piernas, para acabar tocando sus palmas con la sonrisa embaucadora. Y ¡cómo no!, recordando su admiración de la luz y sus destellos, con paradas especiales ante luminosos de todo tipo, porque se queda embelesado ante la luz refulgente con su tiempo dentro.

Han pasado trescientos sesenta y cinco días con ese tiempo que avanza inexorablemente en su pequeña vida. Nos enseña todos los días a comprender que el mundo sólo tiene interés cuando va hacia adelante, viendo su progreso diario en gestos y forma de comportarse. Me entusiasma su mirada, siempre especial y transmitiendo sus ganas de decirnos muchas cosas. Por ahora mantiene silencio de palabras que no de gestos, pero llegará el día en que empiece a expresarse con la palabra que a él también le queda.

A los pocos meses de nacer, le contamos un cuento que en los próximos días se convertirá en un sueño cumplido para Adrián. Ya tiene título, La estantería de Gladstone Library, porque siendo muy, muy pequeño, ocurrió algo en un lugar de mundo, en Hawarden (Gales), cuando le llamaron en nombre de los 250.000 libros que conforman su fondo para pedirle que se quedara con ellos mientras que se cerraba la Librería por la pandemia mundial. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Pero por la presencia del coronavirus los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía. Así nació la idea de que en un día no lejano, sus estanterías pudieran tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos a los que tenían que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre.

Ocurrió que los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que al haberse reunido ya los mil y un nombres, se sabe a quién acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día. Y ha llegado el momento de conocer a través de los archivos de la biblioteca Gladstone, la localización de un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de Adrián, nuestro niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este maravilloso relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.

Sabemos que el 1 de septiembre se abrirá de nuevo la Biblioteca Gladstone y la estantería de Adrián recordará que él ama los libros. Este cuento susurrado al oído de Adrián me gustaría que Borges lo agregara a su biblioteca imaginaria de La biblioteca de Babel, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las salas, muy cerca del estante que soporta su obra y que ya lleva el nombre de este niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.

Un día, que alguna vez será lejano, recordará este niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, recordando a Borges, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden, desde Sevilla, ciudad a la que Stefan Zweig definió como la sonrisa de España, su sonrisa, cuando ni siquiera tenía todavía trescientos sesenta y cinco días.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.