La sorprendente concepción

Georges de La Tour, El recién nacido (h. 1648, óleo sobre lienzo, 76 x 91 cm, Museo de Bellas Artes, Rennes)

Sevilla, 8/XII/2021

Sorprende que en un país objetivamente muy descreído e inmerso en problemas muy graves, sigamos experimentando la laicidad y el correlato de aconfesionalidad como palabras huecas en millones de conciencias a pesar de lo propugnado en el artículo 16 de la Constitución. Hoy se celebra el día de la Inmaculada Concepción, festividad vinculada a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, cuando la regresión de las creencias religiosas tiene cada año un crecimiento galopante en el Estado y el Artículo 16 de la Constitución vigente expresa la voluntad de un pueblo: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos […] Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Lo sorprendente es que una fiesta eminentemente religiosa, sin más sesgos, se eleve a la categoría de fiesta nacional, pasando a ser uno de los pilares del “puente” de Diciembre. Estremece saber, además, que el origen de esta festividad tiene un carácter bélico, además de religioso, por su vinculación con el Milagro en la batalla de Empel, hecho acaecido entre el 7 y 8 de diciembre de 1585, fecha que supone la raíz de la proclamación de la Inmaculada Concepción como patrona de los Tercios españoles y actual infantería española.

Para mí, casi todo lo expuesto me sugiere preguntas, que ya he ido desgranando en estas páginas digitales a lo largo de dieciséis años, fundamentalmente porque sigo esperando una respuesta del dios en el que creo, como nos lo recordaba Alberti en su precioso poema “Entro Señor en tus iglesias”, para decirme lo que posiblemente a nadie le diría, aunque sé a ciencia cierta que su corazón anonadado gime ante esta desbandada de sus “fieles”, cada vez menos según los datos oficiales del país. También, por lo que transmite en su poema El platero, publicado en El alba del alhelí, que siempre he sentido como la gran paradoja de la creencia descreída en el dios que nos conmueve y en la Virgen, una mujer muy sencilla y confundida que solo acepta el regalo de un beso a su Niño, mucho más allá de medallas, collares y anillos, porque como estampa familiar nos puede servir para comprender la quintaesencia de la religión bien entendida.

Hoy, vuelvo a contemplar de nuevo el óleo de Georges de La Tour, El recién nacido, un pintor desconocido durante siglos para la historia del arte, porque busco comprender la intrahistoria de María, la madre de Jesús, como nos lo ha contado la historia sagrada. Sobrecoge el silencio y austeridad en este cuadro tan realista en los últimos años del pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes“ (1). No hay vestigio alguno de collares o anillos, pedidos por José al platerillo de Alberti. Sin nada, solo con el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a su niño, fruto de una sorprendente concepción, en la que encontró, eso sí, a un gran compañero, José, al que también he reconocido siempre su difícil situación ante los demás descreídos y porque su papel en esta historia nunca ha pasado desapercibido en nuestras vidas y en nuestras fastuosas navidades blancas. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en una historia jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirse así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares. En el óleo de Georges de La Tour, no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista de esta historia mágica, la sorprendente concepción de María. Todos comentaban siempre su silencio.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

(1) https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/georges-de-la-tour/369d61b8-c430-4c43-9f51-8ed8995aa949

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Una sonrisa en el rostro de la vida

Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675)

Sevilla, 7/XII/2021

El paseante solitario de esta gran ciudad había llegado desde una isla desconocida con un libro, el único que le había permitido llevar consigo su nueva forma de vida y con una idea muy clara al alcanzar su nuevo destino: aquí se podía ser feliz. Mantenía en su memoria de secreto algo que había leído con respeto reverencial en su querido libro, porque al deambular por sus calles desconocidas y sentir como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, tenía la sensación de que le llamaban voces amigas en su nueva soledad sonora. Había leído que “el rostro de esta ciudad -porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas-, le podía llegar a sonar como de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción que ya había paseado, visto, leído o escuchado antes”. Todo era cercanía en esta acogedora ciudad.

Y se dio cuenta que era así, que todo lo que veía recordaba a otra ciudad, Salzburgo, que podía ser su hermana gemela, porque Mozart ya se había acordado de ella en una de sus obras. En ese paseo solitario había una contradicción de fondo, porque la vida que se respiraba a cada momento en un día de sol radiante y con un cielo azul de hermosa luz con su tiempo dentro, tenía un ritmo muy vivo, mostrando su gente una sangre muy viva a pesar del dolor por el que estaba atravesando en ese momento de la visita, una ciudad azotada por una pandemia reciente con problemas sociales que se podían apreciar en muchas esquinas. Pero Ella brillaba con su portentoso colorido, resplandeciente de alegría y estrechándote la mano a cada paso, lanzando al mundo un gran mensaje: aquí se puede ser feliz.

Todo lo anterior le recordaba algo que había leído en un libro de viajes de Stefan Zweig, con ocasión de una visita que hizo a una ciudad en 1905, de cuyo nombre quiso acordarse ahora, Sevilla, pensando que efectivamente “aquí se puede ser feliz” a pesar de todo. Y de forma decidida comenzó a buscar rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. En ese solitario libro que acompañaba a nuestro paseante por las aceras amables de esta gran ciudad, lee que Zweig “va en busca de la jovial barbería de Fígaro, suspirando por identificar, entre las numerosísimas casitas centelleantes, aquella en la que tuvo Don Juan esa encantadora y enrevesada aventura que nos relata Lord Byron en su poema. Aquí entona Fígaro sus cancioncillas, se oye a Carmen tararear sus habaneras, el arte ha repartido por estas calles sus símbolos más alegres, calles por las que ya trotó en su día el ingenioso hidalgo Don Quijote a lomos de su dócil Rocinante […] Sevilla no es el símbolo de España, pero sí su sonrisa”. ¡Qué hermosa definición de esta ciudad!

Nuestro paseante solitario recuerda también el paso de la civilización árabe por Andalucía, por esta ciudad, en la que es un oficio “el arte de vivir”, con huellas indelebles de este pasado cultural a lo largo de los siglos, detallando las casas y su distribución exterior e interior, con la incorporación de ventanas y balcones “rompiendo las paredes cerradas de los árabes”, llenando de luz las estancias. Fachadas de colores claros, puertas (abiertas, a falta de recelo y desconfianza), pasillos con azulejos, patios, flores, fuentes, “incluso en la judería”, cerca de la casa natal de Murillo. Había leído también que había que prestar una especial atención a la mujer de esta tierra y sobre todo en sus fiestas de primavera que, como las flores, tienen algo así como su belleza efímera, deslumbrado por la gracia en la forma de bailar flamenco. Lo pudo comprobar directamente, porque el baile -recordaba bien como lo decía Zweig- “es aquí lo que siempre ha de ser: un arte que surge de forma natural de la gracilidad del cuerpo, de sus movimientos, de sus gestos de deseo, de la excitación que produce el ritmo; no es un arte limitado al juego de piernas, sino que busca el placer y la alegría de ir trazando líneas, la flexibilidad y el cimbreo, un arte que trata de desarrollar todas las formas de belleza a que puede aspirar el cuerpo humano”.

A la vuelta de una esquina, en este paseo de los descubrimientos en una ciudad descubridora por historia, se acercó a un hamán sorprendente, con luceras o claraboyas por las que entraba la luz, intentando descifrar su forma estrellada de ocho puntas, aunque también detectó otras cuatro formas más de la simbología arquitectónica árabe, sirviendo a la vez de respiraderos de cada sala. También conoció los lazos en almagra, las pinturas de lacería que no son frecuentes en este tipo de construcciones árabes. Pasó bajo las cúpulas ocultas de la sala templada (conservando el nombre romano: tepidarium), en la entrada principal, así como en la sala contigua que correspondía a la sala fría (frigidarium), comprobando que quedaban algunos vestigios de la sala caliente (caldarium) y la entrada real de los baños, que hacían ensalzar la cultura árabe recorriendo estas instalaciones almohades.

Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675), detalle.

El paseo por sus aceras y calles estrechas le recordaban que esta ciudad, como sonrisa del rostro de la vida, esconde un pasado lleno de sobriedad y grandeza. Sabía que Zweig conoció su Semana Santa, dedicando también unas palabras hermosas a la panorámica que ofrece la ciudad desde lo alto de su torre cristiana de nombre Giralda: “Al contemplar tamaña riqueza cromática se entiende bien que Velázquez y Murillo sean hijos de esta ciudad, pregoneros eternos de su belleza, de la misma manera que los dramas de Lope de Vega han dado testimonio de su historia, y los músicos han sabido expresar su jovialidad”.

A este paseante solitario esta gran ciudad le ofrecía muchas cosas: “el disfrute de una vida llena de colorido, el ritmo vivo que marca los acontecimientos y ese allegro que revela una felicidad profunda”. Y sabe que es también vanidosa, porque quien no la ha visto, no ha visto lo maravillosa que es y no es capaz de reprochárselo porque: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”.

Decidió dar una vuelta por los barrios antiguos de esta gran ciudad que, poco a poco, recuperaban su vida propia, volviendo la alegría en sus calles. Le hablaron de un artista muy querido en la ciudad de antes, El Pali, al que podrían susurrar a su oído, donde quiera que esté, alguna sevillana que se le pudiera ofrecer en clave de canto a la posibilidad de ser en la ciudad, en sus aceras de siempre: Ya no pasan cigarreras / por la calle San Fernando / con flores en la cabeza / y los mantones bordaos. / ¡Ay, Sevilla de mi alma! / que lo estás perdiendo todo, / los niños en la plazuela / cuando jugaban al toro. Muy pensativo, se preguntaba en su persona de secreto ¿por qué cantar esto en esta tierra donde se puede ser feliz? Pensó entonces en la magia de las ciudades y de sus barrios, que viene siempre desde abajo, desde su historia pasada y presente, desde las aceras de los encuentros ilusionados de personas que van y vienen alrededor de sus asuntos, haciendo un uso íntimo de ellas acompañados de una sucesión de miradas.

El paseante solitario descubrió algo insólito: podía pisar una alfombra de color azul violáceo, elaborada con flores de jacarandá. Sevilla se llena de alfombras de esta flor dos veces al año, gracias al árbol traído desde América a través del Río Grande, el Guad-al-quivir. Comprobó que tenía que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso, cuando se ponen las aceras, en una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia multisecular con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios o dioses, cuatro creencias necesarias cuando se atraviesa cualquier encrucijada de la vida. Comprobó que por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores azules con tonos violáceos, acampanadas, que se entregan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no es mercancía. Pudo observar que cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega aunque es probable que ella dude de qué es lo que este paseante solitario recibe.

Avanzando por sus aceras, constató que las flores de jacarandá disputan su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, a modo de almas aladas como ocurre con las mariposas, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Con él, este paseante solitario pisó las aceras-alfombras de jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y entretenido con este deslumbrante paseo, buscando la mejor respuesta, la encontró también en él despertando a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, supo que a través de su viaje solitario, desde una isla desconocida y acompañado de un solo libro, podía hacer esa mudanza yendo del timbo al tambo, es decir, de su corazón a sus asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.

Era ya la hora malva de Sevilla. Tenía el paseante solitario una referencia grabada en su corazón: no dejes de entrar en la Casa del Gobernador Al-Mutamid, del Palacio de la Bendición (Dar al-Imara) en esta gran ciudad o lo que es lo mismo, sus Reales Alcázares, porque él había reconocido que en su ciudad “transmitía nobleza su gente”. Allí se mostraban azulejos que cubren una faja de la fachada de ese hermoso palacio, con una simbología muy especial. Pudo comprobar que la geometría que muestran a la perfección sus azulejos, se encuentra en las estrellas centrales de ocho puntas que figuran por doquier en el citado paño, en octógonos perfectos compuestos por dos cuadrados. Sabía que reflejan la importancia de los edificios de base cuadrada que representan la estabilidad tanto terrenal como cósmica, porque de la prolongación hacia el infinito de las líneas de esta estrella van surgiendo otras de distintos tamaños que además configuran otros cuerpos que podríamos juzgar de menor importancia, pero sin los cuales no se reproducirían periódicamente los principales.

Para apreciar bien esta constelación tuvo que dar unos pasos atrás para tener una perspectiva más amplia de este maravilloso mensaje de la interdependencia para realzar la unión cósmica. Y había que volver al sitio descrito anteriormente, tan cercano que se podría tocar para creer su mensaje, porque este plano tan próximo de las líneas que se observan en sus múltiples estrellas y octógonos, le ayudó a comprender que son posibles distintos caminos para llegar a cualquier punto del paño de azulejos, simbolizando la realidad de las más variadas interpretaciones para alcanzar la comprensión de la vida. La verdad es que nuestro paseante solitario entendió que se puede alcanzar un objetivo desde muy diversos puntos y que la verdad se esconde entre diversas perspectivas, porque muchos son los senderos para llegar a ella.

Aquella faja de azulejos le propuso un mensaje: los seres humanos se necesitan con orden y concierto, porque la libertad de estas líneas múltiples permiten dibujarla en nuestra vida a la medida de cada uno, de cada una.

Salió de Dar al-Imara con la lección aprendida, comprendiendo que sus antepasados árabes le recordaban con esa visita que lo que allí hicieron era una oportunidad para ser más libres, en una representación preciosa de la epifanía del cosmos. Dijo adiós a un palacio de la bendición en el que Mutamid habitó cerca de las estrellas de los azulejos que todavía hoy siguen presentes y al que cantó en su destierro en Agmat, cerca de Marrakech: “El palacio de Al Mubarak (“de la Bendición”) llora sobre las huellas de Ibn Abbad / como llora sobre las de las gacelas y los leones / Su Al Turayyá (sala de las Pléyades) llora y sus estrellas ya no están sumergidas por las lluvias vespertinas y matinales producidas por las Pléyades… Quisiera saber si pasaré todavía otra noche teniendo delante y detrás de mí un jardín y un estanque. Sobre una tierra que hace crecer los olivos, que transmite nobleza y en la que se arrullan las palomas y gorjean los pájaros…”.

Aquél paseante aprendió en su desembarco en la Gran Ciudad, en una orilla de su Río Grande, que allí podía ser feliz y que pasear por sus aceras jacarandosas le permitía, en su aparente soledad sonora, encontrar una preciosa sonrisa en el rostro de la vida.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Sigo queriendo a la Constitución como para leerla cada noche (III)

Noray en el puerto de Punta Calero (Lanzarote), con la sombra imaginaria de La isla desconocida / JA COBEÑA

Te quiero como para leerte cada noche, como mi libro favorito quiero leerte, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio…

Mario Benedetti, Te quiero sin mirar atrás

Sevilla, 6 de Diciembre de 2021, Día de la Constitución

La Constitución es como el noray para barcos que se amarran a él para asegurar su permanencia en el puerto con todas las garantías, sobre todo para protegerlos de oleajes procelosos como los de la vida misma. Es un símbolo que me emociona siempre y los observo en mis incursiones en puertos seguros cada vez que recalo en ellos con mi «Isla Desconocida» que, un día ya lejano, me regaló José Saramago en un cuento inolvidable.

Hoy, cuando se cumple el 43 aniversario de nuestra Constitución, vuelvo a utilizar las palabras que me quedan en mi persona de secreto y en la de todos, escritas el año pasado, también el anterior y… siempre, desde 1978, recordando este día tan especial para la convivencia de este país. La Constitución se aprobó por las Cortes en sesiones plenarias del Congreso de los Diputados y del Senado celebradas el 31 de octubre de 1978, ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1978, y sancionada por S.M. el Rey ante las Cortes el 27 de diciembre de 1978.

La Constitución es la base de la identidad del Estado. Así lo vivo y así lo he expresado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Es uno de mis principios políticos como ciudadano demócrata en tiempos muy modernos, de turbación, en los que siempre he creído que se pueden hacer mudanzas intelectuales. Además, si no gustan en la actualidad a muchos recién llegados a la política activa o a los pasados de rosca, que haberlos haylos, lo siento porque no tengo otros (a diferencia del gran aserto de Groucho Marx). Para ello, vuelvo a leer reflexiones mías elaboradas y dedicadas a Aristóteles en el rincón de pensar, que nos dejó un tratado de Política con mayúsculas, gran ausente en estos tiempos de cólera independentista y desconcierto andaluz. He vuelto a leer el libro tercero de esta magna obra, que se refiere a la relación del Estado con los ciudadanos y, más en concreto, a la teoría de los gobiernos y de la soberanía, porque recordaba que en ese texto se encontraba una frase que habría que grabar en el Congreso con letras de oro: a la constitución es a la que debe atenderse [siempre] para resolver sobre la identidad del Estado.

No hay que despreciar el contexto en la que lo escribe: “Pero admitamos que el mismo lugar continúa siendo habitado por los mismos individuos. Entonces ¿es posible sostener, en tanto que la raza de los habitantes sea la misma, que el Estado es idéntico, a pesar de la continua alternativa de muertes y de nacimientos, lo mismo que se reconoce la identidad de los ríos y de las fuentes por más que sus ondas se renueven y corran perpetuamente? ¿O más bien debe decirse que sólo los hombres subsisten y que el Estado cambia? Si el Estado es efectivamente una especie de asociación; si es una asociación de ciudadanos que obedecen a una misma constitución, mudando esta constitución y modificándose en su forma, se sigue necesariamente, al parecer, que el Estado no queda idéntico; es como el coro que, al tener lugar sucesivamente en la comedia y en la tragedia, cambia para nosotros, por más que se componga de los mismos cantores. Esta observación se aplica igualmente a toda asociación, a todo sistema que se supone cambiado cuando la especie de combinación cambia también; sucede lo que con la armonía, en la que los mismos sonidos pueden dar lugar, ya al tono dórico, ya al tono frigio. Si esto es cierto, a la constitución es a la que debe atenderse para resolver sobre la identidad del Estado. Puede suceder por otra parte, que reciba una denominación diferente, subsistiendo los mismos individuos que le componen, o que conserve su primera denominación a pesar del cambio radical de sus individuos” (1).

Salvando lo que haya que salvar, mutatis mutandis, es impecable el análisis. Todo cambia y nada permanece (panta rei), siguiendo el adagio de Heráclito de Éfeso. Es verdad. Quienes no se adaptan a los entornos cambiantes, sufren mucho porque pierden seguridad en el quehacer y quesentir (perdón por el neologismo) de todos los días. En España, ante la realidad de Cataluña, hemos reaccionado tarde y mal, agarrándonos a la Constitución como un clavo ardiendo, en lugar de entenderla como un noray al que se deben asegurar los cabos cuando llegamos de la alta mar de los conflictos o del que hay que quitarlos para poder navegar en mares abiertos de libertad. Y la historia demuestra que esta realidad viene de antiguo, desde la etapa presocrática, cuando Heráclito pretendió que las personas dignas nos acostumbráramos a pensar que todo fluye y que nada permanece, como actitud vital, incluso las Constituciones, porque solo hay que pensar en una imagen preciosa: nadie se baña dos veces en el mismo río o en el mismo mar. Porque no controlamos la perpetuidad de lo que hacemos, vivimos, somos, sentimos y conocemos. Es verdad, porque si comprendiéramos estas palabras excelentes de Aristóteles en su tratado más político, pueden cambiar las asociaciones de ciudadanos (el que quiera entender que entienda), las Comunidades, la Constitución, pero hay un magma que aglutina todo, la propia Constitución, que es a la que debe atenderse siempre para resolver sobre la identidad del Estado. Aunque haya un cambio, incluso radical, de los individuos y las organizaciones en las que se integran, que son los que componen el Estado.

Finalmente, vuelvo a analizar también unas palabras esclarecedoras de lo anteriormente expuesto, que se encuentran también en el referido capítulo IV del libro tercero de Política: “todas las constituciones hechas en vista del interés general, son puras, porque practican rigurosamente la justicia; y todas las que sólo tienen en cuenta el interés personal de los gobernantes, están viciadas en su base, y no son más que una corrupción de las buenas constituciones; ellas se aproximan al poder del señor sobre el esclavo, siendo así que la ciudad no es más que una asociación de hombres libres”. Dicho queda por Aristóteles hace muchos siglos y por Baltasar Gracián después: lo breve, si bueno, dos veces bueno.

Es verdad, quiero a la Constitución como para seguir leyéndola cada noche, como mi libro favorito, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio. No la olvido en uno de los marcapáginas que utilizo en el libro de mi vida. El país, Cataluña, País Vasco y los brotes del nacionalismo en general, a lo que deben aspirar siempre es a ser asociaciones de personas libres articulada por la Constitución, una Asociación escrita y hecha en vista exclusiva del interés general.

(1) Aristóteles. Política · libro tercero. Del Estado y del ciudadano. Teoría de los gobiernos y de la soberanía. Del reinado.

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Plácido y Berlanga, en la navidad de 2021

Sevilla, 5/XII/2021

Dedicado a mi hermana Loli, en su cielo particular, porque muchas veces comentamos esta película y su crítica social, ambientada en una ciudad, Madrid, a la que los dos conocíamos muy bien. Sobre todo, el discreto encanto de su burguesía y con la esperanza de que el mundo camine en belleza y dignidad humana para que todo en belleza y dignidad acabe.

Quedan pocos días para que finalice el año en el que se conmemora el 100º aniversario del nacimiento del director de cine Luis García-Berlanga. En el tiempo que nos ocupa ya la navidad anticipada que controla el mercado, tengo asociado cada año y por estas fechas un recuerdo imborrable de una película de culto dirigida por Luis García-Berlanga (1921-2010), Plácido (Siente un pobre en su mesa, su título original y prohibido por la censura del régimen franquista), con un guion memorable en el que colaboró Rafael Azcona, a quien he dedicado también palabras de respeto y admiración en este cuaderno digital. Marcó mucho mi pasión por el “cine comprometido”, como se decía antes. Un detalle que no me pasó nunca por alto es que en el cartel promocional de la película aparecían las siguientes palabras junto al apellido del director: Berlanga vuelve con un motocarro, una estrella de oriente y un pobre diablo. ¡Lo que había que aguantar en ese tiempo de dictadura para sobrevivir! Porque la verdad es que Berlanga volvía con sus películas para algo mucho más profundo en almas inquietas de este país y para calentar a los que teníamos helado el corazón. Este recuerdo me ha permitido revivir también mis años de infancia y adolescencia en Madrid, en el barrio de Salamanca, donde había Plácidos y familias burguesas dispuestas en Navidad a sentar pobres en su mesa con dosis de neorrealismo celtibérico, no italiano, sin que el pobre de Cesare Zavattini, el guionista italiano de moda, tuviera culpa de ello. También podría denominarse realismo trágico español a diferencia del excelente realismo mágico colombiano, que tan maravillosamente expuso en alguna de sus obras el gran escritor Gabriel García Márquez.

El argumento de esta película es imborrable como crítica, sutil y directa al mismo tiempo, de la época franquista en la que se rodó. Conocí personalmente el mundo de los isocarros, los fregaos (en palabras de Plácido) para pagar las letras mes a mes, los coordinadores de las campañas para sentar pobres y ancianos en las mesas de los “pudientes”, los urinarios públicos atendidos por mujeres que reflejaban su dignidad mediante delantales blancos rodeados de puntillas, impolutos. Las estrellas gigantes de Navidad de papel de plata con orientación imposible hacia la izquierda (¡qué paradoja!), los repartos por sorteo (te tocaba un pobre al que había que atiborrar -al menos la noche de Nochebuena- para adormecer las conciencias católicas, apostólicas y romanas), para demostrar en ruedas de prensa, también imposibles, con amistades, compañeras y compañeros de trabajo, y vecindad, que “se tenía un pobre en casa”, la sutileza no confesable del cambio de las sábanas “buenas” por las “corrientes” para depositar al pobre enfermo -acogido como rey por un día– que encima se muere y que en aquella corrosiva película arrancaba frases corales de este tenor: “Con lo bien que iba la campaña, ¡qué fatalidad!”.

Berlanga escribió un guion junto a Rafael Azcona, que no tenía desperdicio y que recuerdo ahora para los más jóvenes del lugar: con motivo de la promoción de las ollas a presión Cocinex, la burguesía -donde reside la clave del dinero y el buen hacer- se puede llevar a casa por una noche a grandes artistas, como el lote de “la más prometedora promesa de nuestro cine, Maruja Collado y el niño cantor Paquito Yepes”. Además, por la buena causa de “cene con un pobre”, la gente de clase media y alta puede elegir entre los ancianos del asilo o los pobres de la calle. Y se retransmite en directo una cena en la casa de la presidenta de la Comisión de Damas que es la que organiza esta campaña “de maravillosa hermandad, de magnífica caridad o de hondo significado, que une a pobres y a ricos en todos los hogares de la ciudad”. Inconmensurable. Tan real como la vida misma.

Lo escribí hace trece años y vuelvo a exponer mis principios en torno a la metáfora de la película porque no tengo otros. Hoy, pueden cambiar los actores, el decorado, incluso los pobres, y seguro que no habrá problema alguno de patrocinadores. Menos, probablemente, la nueva clase de nuevas ricas y de nuevos ricos que asola el país, en todas las proyecciones de supuesta riqueza posible, dispuestos a sentar a los nuevos pobres en sus mesas, como maravillosa y nueva hermandad, pero sin que cambie un ápice su patrimonio mental, personal, familiar y social, asentado todo en la falta de educación ciudadana y en la mayor de las pobrezas: la autosuficiencia basada en el des-conocimiento [sic]. Pero Berlanga y Rafael Azcona, desde donde quiera que estén, podrían volver a escribir un guion utilizando el mismo discurso porque la doble moral sigue campando por sus respetos. Digo moral y no ética, porque esta última sigue, con perdón, sin saberse qué es, como gran desconocida que fundamenta todos los actos humanos, constituyéndose en el suelo firme de la vida, la solería de nuestra existencia. Berlanga y Azcona lo resumieron maravillosamente en la letra desgarradora y trucada (¿dónde estaba el censor de turno?) del villancico final de la película: en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá. Y no se puede andar por la vida sin suelo, aunque los Plácidos de turno tengan que escenificar, a veces, que la felicidad está en los plazos interminables que hay que pagar para tener una vida sobre ruedas. Porque, para ser, ¡eso es otra cosa!

Gracias, Luis García-Berlanga por habernos ayudado con películas memorables a conocer la trastienda del Régimen sin que ellos supieron apreciarlo así. Ahí radicaba su miseria. Cien años no son nada cuando se demuestra que las personas volvemos a tropezar socialmente dos veces en la misma piedra de la indignidad. Asumo que Berlanga ha muerto, pero vuelve… a levantar nuestras almas caídas, de pobres diablos, como Plácido, en estos recuerdos con el paso del tiempo de sus películas dentro. Gabriel García Márquez a quien debemos una semblanza del realismo trágico, no mágico, de la Navidad, lo dijo alto y claro en un artículo publicado en 1980, en el diario El País: “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran”.

El artículo de Gabo finaliza con unas palabras inolvidables sobre esta fiesta: “[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”. Y continúa con una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos”. Berlanga y Azcona hubieran suscrito estas palabras como sacadas de su guion de Plácido para la posteridad…, que es hoy, por la trifulca comercial que rivaliza con el niñodios y que se llama Papá Noel: “Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina”. Ni con la de este país, con un villancico popular que comienza diciendo “Madre, a la puerta hay un niño, tiritando está de frío”. Inmediatamente después viene la estrofa que resuena en los planos finales de Plácido y que todavía hoy estremece mi corazón: «¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!».

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Camino en belleza para que todo en belleza acabe

Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe.

Eduardo Galeano, Quise, quiero, quisiera, del «Canto de la noche», del pueblo navajo, en El cazador de historias

Sevilla, 4/XII/2021

Hoy, como casi todos los días cuando me pongo a escribir sobre la página en blanco, he tomado conciencia de algo que aprendí de Eduardo Galeano leyendo su precioso libro, El cazador de historias: “Camino y en mis adentros las palabras caminan también, en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar. Las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur. Las palabras caminan latiendo. Y en esos días, por pura casualidad, me entero de que en lengua turca caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek) (1).

En la serie que dediqué este verano a Eduardo Galeano, bajo el epígrafe “El buscador de historias”, comencé esa andadura con unas palabras dedicadas a los caminantes del mundo, en las que decía que él había escrito ese libro a modo de testamento espiritual, porque “a través de innumerables historias nos entrega su alma convertida en palabras recogidas en cuatro capítulos de su vida, «Molinos de tiempo», «Los cuentos cuentan», «Prontuario» y «Quise, quiero, quisiera», que agrupan palabras sentidas y sintientes para él y para todos, en un ejemplo de su generosidad literaria y de compromiso activo a través de la palabra. El último, «Quise, quiero, quisiera», corresponde al poema navajo [que da título a estas palabras] y que escogió personalmente para abrochar su obra, con tres tiempos verbales que encierran en sí mismos toda su vida y que he elegido para abrir el largo caminar de estas líneas”.

Caminar y buscar se funden en un abrazo de la vida que me acompaña todos los días para seguir caminando el mundo en el que vivo, estoy y soy. Siento como mías las palabras de Galeano, porque en cada camino y búsqueda diaria del sentido de la vida, las palabras caminan también en mis adentros, “en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar”, como me ocurre ahora mismo al teclearlas y dejarlas con su vida adentro. Sé que ellas viajan sin apuros, porque caminan latiendo, sobre todo cuando ya sé que en nuestros antepasados turcos, caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek).

En la orilla que me encuentro en la actualidad, en la singladura que inicié hace unos días para seguir buscando islas desconocidas de esperanza, en un mundo terco que se encarga a diario de arrebatárnosla, considero que Galeano me acompaña para hacer este camino o singladura, tanto monta monta tanto, cuando pasado el ecuador de esta pandemia nos acercamos a una isla especial que suele inspirar también mi alma de secreto y, a veces, la de todos: el principio esperanza, que se inspira en el camino de la belleza que puede presentarse en la vida de cada uno cuando nos lo proponemos: Que en belleza camine. / Que haya belleza delante de mí / y belleza detrás / y debajo / y encima / y que todo a mi alrededor sea belleza / a lo largo de un camino de belleza / que en belleza acabe. Él lo cuenta de una forma especial al detallarnos la historia de la tribu Pawnee, junto al río Platte, en el relato Las Estrellas (2), del que he escogido sus palabras finales, porque representan lo que me ha sucedido a lo largo de la vida, fundamentalmente porque soy un caminante del mundo que late a través de la palabra, que nos queda y… además, es bella:

A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.
Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.
Y quisieron conocerse.
La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste.
Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.
Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.
Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo
.

(1) Galeano, Eduardo, El cazador de historias, 2016. Barcelona: Siglo XXI España.

(2) Galeano, Eduardo, Ibidem, p. 20.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ciudadano Jesús (2ª edición)

Sevilla, 3/XII/2021

Publico hoy la segunda edición de mi libro Ciudadano Jesús, revisada y aumentada, que entrego a la Noosfera con mi compromiso intelectual de contribuir a crear conocimiento compartido y laico, a través de una efeméride a la que llamamos navidad y como un regalo de libre disposición. Las líneas del prólogo actualizado fijan el hilo conductor de esta publicación, no sujeta al mercado, ni como mercancía del mismo, sino como un refuerzo del valor de la palabra al alcance de todos y que, afortunadamente, aún nos queda. Espero que sepan interpretar bien su contenido, porque en este tipo de entregas pasa igual que con la estela de los regalos: se sabe lo que se entrega pero no lo que se recibe. Lo que sí puedo asegurar es que he querido escribir algo especial, tal y como aprendí de Ítalo Calvino hace ya muchos años, simbolizado como el arte de empezar y acabar de escribir sobre la página en blanco.

Lo reafirmo en este prólogo: aunque estamos en una situación mucho mejor que el año pasado, no quiero que esta navidad se escriba con mayúscula ni siquiera en su grafía ordinaria, sino que sea una navidad laica, con especial atención a la navidad de los nadies, los dueños de nada, excelentemente descritos por Eduardo Galeano y con especial relevancia ahora como consecuencia directa de la pandemia, interpretando su verdadero contenido, es decir, una historia que tiene muchos siglos de antigüedad en torno a la figura del nacimiento del ciudadano Jesús de Nazareth, que hilvanó un mensaje lleno de esperanza en su corta vida y recogido de forma espléndida, con un toque periodístico, por el joven Marcos, que lo hizo más cercano y humano para todos.

Pasen hojas y lean… También, podrán escuchar música seleccionada en los artículos que forman parte de este libro, porque en muchas ocasiones está comprobado que podemos soñar despiertos en navidad, una etapa en la que podemos descubrir caminos que nos enseñó Eduardo Galeano: Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena. O que Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser solidario y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.

Alleluia (Exsultate, jubilate – Mozart) | Aksel Rykkvin (13y) & KORK

Prólogo

Las páginas que siguen, marcadas por la brevedad de una efeméride que se celebra anualmente, vuelven a tener este año un texto y contexto muy especiales, lastradas por una pandemia que no ha dejado nada igual que antes. Estamos experimentando un tiempo de silencio, en el que vivo en la actualidad, del que he querido salir de él por un momento y recuperar una nueva edición (2ª) de la anterior publicación de 2020, Ciudadano Jesús, donde junto al termómetro vital de los artículos que escribí en torno a la navidad del año 2019, hasta la fecha de cierre oficial de las fiestas que se celebraba este año el 6 de enero, el día de Reyes, a modo de espejo retrovisor de cómo escribía en la “antigua normalidad” navideña, he recuperado todos los artículos que de una forma u otra se aproximaban a la navidad desde que nació este blog en diciembre de 2015. Fundamentalmente, por un motivo que se vuelve a repetir a través de las sucesivas olas de la pandemia: la Navidad, este año, tampoco será ya lo que era, aunque como aviso para navegantes sigue siendo la gran preocupación del mercado salvarla a toda costa, cuando lo que necesitamos es comprender que puede ser, de nuevo, una gran oportunidad para pasar más tiempo en el rincón de pensar y actuar adecuadamente, de forma responsable, aunque sólo sea como homenaje al auténtico protagonista de la navidad: el ciudadano Jesús y su familia, a los que siempre retraté de la misma forma, a lo largo de los dieciséis años que cumple ya este cuaderno digital.

Aunque estamos en una situación mucho mejor que el año pasado, no quiero que esta navidad se escriba con mayúscula ni siquiera en su grafía ordinaria, sino que sea una navidad laica, con especial atención a la navidad de los nadies, los dueños de nada, excelentemente descritos por Eduardo Galeano y con especial relevancia ahora como consecuencia directa de la pandemia, interpretando su verdadero contenido, es decir, una historia que tiene muchos siglos de antigüedad en torno a la figura del nacimiento del ciudadano Jesús de Nazareth, que hilvanó un mensaje lleno de esperanza en su corta vida y recogido de forma espléndida, con un toque periodístico, por el joven Marcos, que lo hizo más cercano y humano para todos.

Hace treinta y siete años publiqué por estas fechas un artículo periodístico con el título de Ciudadano Jesús. Lo he repasado cada Navidad desde aquella ocasión y me reafirmo en cada párrafo del mismo, porque no ha perdido su vigencia: “Esta Navidad podía ser algo diferente. No sería bueno entrar en maniqueísmos desfasados, pero sí sería conveniente no malinterpretar el contenido revolucionario del mensaje del ciudadano Jesús. Con normalidad, con alegría, con coherencia, pero sabiendo de antemano que trabajar en su ideología y actitud de creencia lleva indefectiblemente a encontrarse de lleno con la actitud oceánica de la sociedad actual, donde el oleaje de consumo, violencia y desprecio humano suele ser el acicate para todo aquel que prescinde de la realidad del compañero. Porque nuestro sistema democrático vigente debe mucho al ciudadano Jesús, sobre todo a su actitud ante la necesidad de cambiar una sociedad tranquilizada con el bienestar codificado por las multinacionales de la alegría navideña”.

Decía Baltasar Gracián que “lo breve, si bueno, dos veces bueno”. Este pequeño libro se hace grande por su hilo conductor, que intenta reinterpretar en voces autorizadas la comprensión del niñodios y del ciudadano Jesús, para escritores, poetas, músicos, pintores y artistas de variado género. Me ha servido para acercarme a su figura y agradezco que me hayan dado la oportunidad de seguir interesándome por una historia contada a lo largo de los siglos y que siempre ha despertado un gran interés general que es lo que me entusiasma.

Espero que la lectura pausada de estas líneas sirva para algo bueno en un tiempo en el que necesitamos defender a toda costa el principio llamado esperanza, ante el poder omnímodo del mercado, que reviste de necesidad lo que solamente es consumo, incluso de un relato histórico que, como la rosa de Juan Ramón Jiménez, no deberíamos tocarlo en beneficio de todos. Sólo reinterpretarlo, para poder transformar el mundo que no nos gusta, volviendo a leer las “pequeñas memorias” de Saramago, buscando el final de la microhistoria navideña del Nobel portugués. Y no me sorprende su reflexión recordando aquellos días: la ansiada presencia de los ángeles, una recreación de sus mayores, a los que nunca divisó en su cocina real, aunque los adultos que le rodeaban en aquella Nochebuena se empeñaban en demostrar que “lo sobrenatural, además de existir de verdad, lo teníamos dentro de casa”. Y Saramago niño, incluso ya mayor, aun dejándose llevar por el niño que siempre fue, nunca los vio, “ni uno como muestra”, porque el Niño Jesús que llevaba dentro estaba en otras cosas más mundanas, yendo del corazón a sus asuntos proletarios… Los que un día, no muy lejano, atendería como compromisos sociales el Niño-Ciudadano Jesús, incluso en la navidad de 2021.

En Sevilla, en el mes de diciembre de 2021

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Completamente conmovido

Gracias por todo el cariño en la muerte de Almudena. Supongo que estar hundido es un modo de seguir enamorado y de empezar una nueva vida con el amor de siempre.

Luis García Montero, en Twitter, el 29 de noviembre de 2021, dos días después de la muerte de Almudena…

Sevilla, 1/XII/2021

He contemplado, completamente conmovido, la imagen del poeta Luis García Montero depositando un libro suyo, Completamente viernes, dedicado a Almudena, su pareja de vida, en la fosa donde acababan de colocar su féretro en el cementerio civil de Madrid. Esta imagen es parte de una semblanza que Carlos del Amor le dedicó a este acontecimiento en el informativo de la noche del Telediario 2, emitido ayer, con un título que reflejaba su vida en común, completamente unidos: Completamente viernes…, aunque tú no lo sepas. Son dos minutos y ocho segundos impecables, exquisitos en su fondo y forma, como Carlos suele tratar siempre la belleza de la cultura en cualquiera de sus manifestaciones y de las que ya he dejado mi parecer en varias hojas de este cuaderno digital.

Cualquier comentario interrumpiría el silencio que envuelve las palabras y las imágenes de la semblanza de Carlos, en nombre de la televisión pública que, en semblanzas como estas, la ennoblecen en su proyección de servicio público y como altavoz de la cultura al alcance de todos, entregado a la sociedad en un espacio público, pagado con dinero público y en un formato de tiempo público, que así debería ser siempre, no solo para los exquisitos de turno.

Impecable realización del espacio público dedicado a Almudena Grandes y a su obra, a Luis García Montero y a sus obras literarias en general, en todas sus manifestaciones posibles. Gracias, Carlos, por tanta belleza en tan pocos minutos amables y por despertar nuestros sentimientos con tus palabras. Como he escrito recientemente en estas páginas de un sencillo cuaderno digital, estoy muy agradecido a Almudena Grandes por su ejemplo de compromiso intelectual y social, por su memoria despierta, por olvidar el olvido y recordarlo todo aunque nos duela. Por sus palabras, que afortunadamente nos quedan y que no olvido días después de su ausencia.

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En esencia somos peces

Neil Shubin, Tu pez interior (portada) / Los peces esconden manos humanas (imagen)

Sevilla, 30/XI/2021

“La esencia de hacer dedos está enterrada en la aleta de los peces”, ha manifestado recientemente el biólogo Javier López-Ríos, del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Universidad Pablo de Olavide), en Sevilla. Esta maravillosa aventura comenzó en 1993, “cuando ocurrió uno de los episodios más extravagantes de la historia de la genética. Un ser humano está compuesto por unos 30 billones de células. Cada una de ellas, sea del pie o del cerebro, lleva en su interior un mismo manual de instrucciones: una molécula de ADN dividida en unos 20.000 genes, con las directrices para que cada célula sepa qué tiene que hacer. Aquel año de 1993, el genetista estadounidense Robert Riddle descubrió un nuevo gen y decidió bautizarlo Sonic, como el erizo azul de los videojuegos de Sega, porque al inactivarlo en las moscas estas presentaban una especie de extraños pinchos” (1).

El gen Sonic hace siempre su trabajo y cuando se expresa con su manual de instrucciones en otras células, ocurre lo siguiente: “Cuando los embriones tienen los cuatro bultitos que acabarán siendo sus extremidades, el gen Sonic se activa en unas pocas células, que fabrican proteínas que viajan al resto de células cercanas y ponen en marcha el desarrollo de los dedos. Si hay pocas proteínas Sonic, se forma una mano de dos dedos. Si hay demasiadas, pueden aparecer ocho o nueve dedos en una sola mano. Otro gen, denominado Gli3, se encarga de que solo haya cinco dedos en los humanos”. Lo verdaderamente asombroso ocurrió después aquí, en Sevilla, en el laboratorio donde trabaja Javier López-Ríos cuando junto a sus colegas observaron que “al inactivar el gen Gli3 en los ratones se forman ocho dedos, en lugar de los cinco habituales. Pero su sorpresa llegó cuando apagaron el Gli3 en peces, que obviamente no tienen dedos. Los animales mutantes tenían las aletas más grandes y con más huesos. De ahí nació la frase con la encabezaba estas palabras: “La esencia de hacer dedos está enterrada en la aleta de los peces”.

Todo lo anterior tiene bastante que ver con la teoría de Neil Shubin expuesta en su obra Tu pez interior: “En abril de 2006, Neil Shubin y su equipo aparecieron en los titulares de prensa mundiales cuando dieron a conocer al Tiktaalik, un pez fósil con extremidades de 375 millones de años de edad, el eslabón perdido entre las antiguas criaturas del mar y las primeras criaturas en empezar a caminar en tierra. Sus descubrimientos fósiles han cambiado la manera en que entendíamos muchas de las transiciones clave en la evolución de las especies. En Tu pez interior (2008), Shubin desarrolla las grandes transformaciones evolutivas con una perspectiva única. Mostrando el extraordinario impacto que los 3.500 millones años de historia de la vida han tenido en el cuerpo humano, responde a preguntas básicas que nos planteamos a menudo: ¿por qué nos parecemos tanto en el interior? ¿cómo hemos llegado a ese parecido? Para entenderlo no necesitamos dirigir expediciones fósiles en el desierto de Gobi o el norte de África, basta con comparar nuestros esqueletos, órganos y genes. Cuando nos comparamos con los animales, plantas, hongos y microbios nos convertimos en una profunda evidencia de la evolución. El origen de los animales, la transición de los peces a los anfibios, el origen de los mamíferos, y muchos de los otros eventos clave de la evolución han sido capturados en nuestros genes, esqueletos y órganos”.

Todo lo manifestado anteriormente y el descubrimiento llevado a cabo en el laboratorio se puede analizar con detalle en un artículo publicado recientemente en la revista PNAS, La red reguladora del gen Shh / Gli3 precede al origen de las aletas emparejadas y revela la profunda homología entre las aletas distales y los dedos (2), que se centra en la idea que desarrollaron Neil Shubin y José Luis Gómez-Skarmeta, investigador fallecido recientemente y al que se deben estos logros científicos, al haber dedicado su carrera “a comprender cómo la secuencia genética controla la formación de los órganos en el embrión. Y también a entender cómo cambiaron esas instrucciones a lo largo de millones de años para transformar una aleta en una pata y una pata en una mano. Y, finalmente, a averiguar qué mutaciones, en esa secuencia maravillosa que dio lugar a la mano de Chopin, generan terribles malformaciones congénitas”.

Es obligado por mi parte recordar ante esta investigación, el trabajo que llevó a cabo mi mentor virtual de la adolescencia, el paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin, hace más de cien años, que expuse como homenaje a él en mi libro Origen y futuro de la ética cerebral, concretamente en el capítulo segundo, dedicado al origen y futuro del cerebro humano, del que destaco las siguientes palabras: “Teilhard se hacía las siguientes preguntas ante esta crítica rotunda [sobre su teoría de las transiciones del mundo]: si nos ponemos así (científicamente hablando) ¿dónde está el primer sumerio, el primer griego, el primer romano, el primer coche, la primera lanzadera para tejer? Todo lo primitivo se pierde y hoy no tenemos la perspicacia de los cuentos de Pulgarcito para seguir la senda de las piedras blancas que nos lleven al tesoro. Las formas primigenias se han perdido definitivamente. Y a esto se podría responder ¿es que se han perdido las primeras pruebas para demostrar que Dios existe? Teilhard reaccionaba rápidamente: descubramos, poco a poco el libro de instrucciones de la existencia. Algo parecido a lo que hace Craig Vanter con la genómica, por ejemplo. O la nave que fotografía Venus en un striptease cósmico. Y la gran lección de este ascenso cósmico lo simboliza y demuestra Teilhard con la asunción de la realidad del sistema nervioso humano. Y sobre todo el cerebro, el gran rey de la selva por descubrir, cada vez más voluminoso y sinuoso, del tamaño de una servilleta mediana, extendida, en su córtex pensante. Y si la razón de ser de la existencia es “anímica”, para Teilhard, el gran antecedente de la biogénesis no podía ser otro que la psicogénesis, porque lo anímico era el gran proyecto ya que la gran explosión de la evolución, para conocerse a sí misma, fue el cerebro. Teilhard lo simplificaba en un ejemplo muy gráfico: el tigre no es fiero porque tiene las garras, sino al revés: tiene garras porque en su evolución natural se desarrolló en él el instinto de fiereza. Por decirlo de alguna forma, las garras vinieron después. La evolución entera es la consecuencia de la ramificación de lo psíquico. El eje de avance es una línea delgada roja anímica, no material”.

Escribí en aquél libro algo que recupero hoy cuando nos quedamos sobrecogidos con este descubrimiento de laboratorio del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo, sobre el origen de nuestras manos: “La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, la tesis de Teilhard radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada”. Además, sabemos que nuestras manos tienen una historia de más de tres millones de años, tal y como lo describió la revista Science en 2015 (3) y que dos huesos muy concretos, el hioides y la trabécula del pulgar, han sido determinantes a lo largo de la historia para hacernos más humanos, personas más libres a través de la palabra y del apretón de manos, del saludo y de la ternura de nuestros dedos. Maravilloso. Las personas tenemos manos porque en la evolución natural que describe la revista Science, se desarrollaron por los mensajes que a tal efecto les mandaba el cerebro. Es verdad, porque las manos más humanas vinieron después.

He elogiado siempre la mano humana, artífice de su evolución, porque es una de las maravillas de la naturaleza humana que junto al habla supone una evolución transcendental para las personas de hoy. Es una experiencia gratificante mirar con delicada atención nuestras manos, reparando en lo que nos aportan día a día, tanto en la vida diaria, que las necesitan para atender múltiples necesidades, como para expresar de forma maravillosa los sentimientos y emociones en momentos vitales siguiendo instrucciones de determinadas estructuras del cerebro. O cómo pasan las hojas de un libro, incluso el de la vida. O cómo permiten escribir palabras bellas e, incluso, dibujar la esencia del pez que llevan dentro.

(1) Los peces esconden manos humanas – Columna Digital

(2) Letelier et al.,The Shh/Gli3 gene regulatory network precedes the origin of paired fins and reveals the deep homology between distal fins and digits, PNAS202100575_proof.pdf

(3) Skinner, M.M., Stephens, N.B., Tsegai, Z.J., Foote, A.C., Nguyen, N.H., Gross, T., Pahr, D.H., Hublin, J.J. y Kivell, T.L. (2015). Human-like hand use in Australopithecus africanusScience, 23, Vol. 347 no. 6220, pp. 395-399.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Qué hubieran dicho Sócrates o Jesús de lo que está pasando?

Enrique Irazoqui (Jesús) y Pier Paolo Pasolini (Director), durante el rodaje de Il vangelo secondo Matteo / Domenico Notarangelo // Jorge Luis Borges

Sevilla, 29/XI/2021

A estas alturas de mi vida es fácil colegir que amo a los clásicos, es más, a las personas que aprecio las invito a leer a los clásicos como si fuera un acto social en mi vida ordinaria. Tengo que confesar que llevo ya varios meses frecuentando este pasado del pensamiento humano, a diferencia de lo que le recomendaba el Dr. Cardoso a Pereira en Sostiene Pereira, la extraordinaria obra de Tabucchi: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Tabucchi sabría perdonarme siempre, probablemente porque algo le indicaría en este sentido Ítalo Calvino en su cielo particular, por su inmenso amor a los clásicos.

Jorge Luis Borges impartió una conferencia en 1978, en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires), cuyo título era El libro, en la que desarrolló una idea extraordinaria sobre el poder de la palabra en nuestros antepasados “clásicos” como recurso de la oralidad transmisora de la vida frente a la palabra escrita: “Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro —cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta manent, verba volant [lo escrito permanece, las palabras vuelan], no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales”. No solían escribir porque no querían atarse a una palabra escrita. Les bastaba recurrir siempre al eterno retorno de lo que su momento alguien de la importancia de Pitágoras o Platón habían dicho, que sintetizaban en una frase lacónica: Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Así una y mil veces, que es lo que ocurre cuando digo en mi conversación ordinaria que nadie se baña dos veces en el mismo río o todo fluye y nada permanece, recordando a Heráclito o sólo sé que no sé nada, aunque no he olvidado cómo en la vida solemos pasar como gato por ascuas por muchas situaciones difíciles, que me enseñó en un perfecto latín un maestro que tuve en Filosofía: tanquam felis per prunas. Y para rematar, la frase que me sigue conmoviendo a estas alturas de mi vida, como decía al principio: sólo sé que no sé nada. Tampoco olvido a San Agustín, en dos asertos que me conmueven cada día que las recuerdo, cuando practico el silencio porque no tengo nada mejor que decir en ese momento íntimo de la vida que es intimior intimo meo, lo más íntimo de mi propia intimidad o cuando disfruto con el bien que beneficia los demás: bonum diffusivum sui, el bien es difusivo de sí mismo.

Llegados a este punto, un tratado en pocas palabras del tiempo cíclico, algo que necesitamos recuperar y que siempre vuelve a nuestras vidas, Borges cita a Platón “[…] cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral. De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño. Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la Cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados”.

Me quedo con la frase dedicada a Sócrates y que sirve de título a estas palabras, ¿Qué hubieran dicho Sócrates y Jesús de lo que está pasando? Creo que con toda probabilidad, si estuviera con nosotros Sócrates en este momento tan difícil para la humanidad, nos bastaría recordar las palabras que siguen bajo el aserto Magister dixit (el maestro lo dijo…), leyendo atentamente su obra Fedro, en la que narra una historia preciosa sobre la dialéctica de la palabra escrita, contada por Sócrates, entre un dios antiguo Teut, que se dice que inventó la escritura y el rey de Tebas, Tamus. Un día “Teut se presentó al rey y le mostró las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era difundirlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut:

– ¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener.

– Ingenioso Teut –respondió el rey–, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida (Platón, Fedro, 274c-277a).

La que se escribe sin sentido todos los días confundiendo a la humanidad con noticias falsas por doquier, no dicen nada, porque necesitamos, sobre todo, conocer bien a quien las escribe, cuestión ésta no inocente en el mundo digital donde el anonimato es el rey. En este respeto del tiempo cíclico de los clásicos, de Sócrates en concreto, en boca de Platón, hay que estar muy atentos a lo que él decía sobre la autosuficiencia humana que desprecia el conocimiento a lo largo de los siglos, como complemento de lo anterior: “Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre, porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse”. Me basta en estos momentos de radiografía permanente de lo que está pasando a nuestro alrededor, por ejemplo, referirnos a la escritura actual que aparece en las redes digitales para comprender bien el problema expuesto por Platón, porque la belleza no solo está en escribir bien lo que se pretende decir con palabras, sino en el fondo de las mismas. Platón culmina el diálogo con una reflexión extraordinaria: “El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia es el que puede defenderse por sí mismo, el que sabe hablar y callar a tiempo”. Es decir, es importante escribir pero siendo conscientes de lo que escribimos para poder justificarlo posteriormente, como haría siempre un jardinero sabio, que respetaría el conocimiento científico, porque:“…si alguna vez escribe, sembrará sus conocimientos en los jardines de la escritura para divertirse; y formará un tesoro de recuerdos para sí mismo, para que cuando llegue la edad en que se resienta la memoria –y lo mismo para todos los demás que lleguen a la vejez– pueda regocijarse viendo crecer estas tiernas plantas. Y mientras los demás hombres se entregan a otras diversiones, pasando su vida en orgías y placeres semejantes, él recreará la suya con la ocupación de que acabo de hablar”.

Una cosa más. Si les soy sincero, lo que verdaderamente me ha conmovido ha sido la referencia que hace Borges en su conferencia a Cristo, que según sus propias palabras “sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos”. Me sobrecoge esa situación, sobre todo porque leyendo atentamente el texto bíblico (Jn 8, 1-11), Jesús, el Cristo de Borges, escribió dos veces en la tierra del monte de los Olivos en un momento muy delicado porque los escribas y fariseos le llevaron junto a él a una mujer “sorprendida en adulterio” a la que había que apedrear de forma ejemplarizante siguiendo la Ley. Él no contesta en principio a sus requerimientos para cogerle en un renuncio, guardando silencio, sino que se pone “a escribir con el dedo en la tierra”. Cansado de preguntas inquisitoriales, Jesús se incorpora y les dice: “Aquel de vosotros que esté sin pecado que arroje la primera piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra”. No hizo falta saber lo que escribió en dos ocasiones, porque lo importante fue lo que dijo y así ha llegado a nuestros días a través de los cronistas de la época: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: “Nadie, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más”.

Vuelvo a Borges, comprendiendo perfectamente lo que quiso transmitir en aquella conferencia de Buenos Aires sobre los libros y los clásicos: “Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto?”. Yo me consuelo con el ciudadano Jesús, un clásico donde los haya, sobre el que pienso que sigue viviendo como Sócrates cuando me pregunto qué diría sobre lo que nos está pasando en la actualidad. De aquellas palabras escritas en la arena no sabemos nada, pero sí nos quedó claro que en aquella situación él optó por la comprensión hacia una mujer indefensa, hablando muy claro a los fariseos de siempre, demostrando con su palabra que perdonar es comprender y a veces se comprende tanto que no hay nada que perdonar. Además, a estas alturas de mi vida no me hace falta saber lo que escribió exactamente en aquel momento. Por si fuera poco y para quien lo quiera entender, sabemos que era de madrugada y no había apenas luz.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Almudena Grandes olvidó el olvido y lo recordó todo

Si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano al revés, se calla la vida y la palabra.

Sevilla, 28/XI/2021

Ayer finalizó Almudena Grandes un viaje apasionante en su vida personal y literaria: nos entregó a lo largo de los años retazos de una historia de España que heló el corazón de millones de personas durante la dictadura franquista, que amaban la democracia en todas y cada una de sus manifestaciones. Con su testimonio de vida y obra como escritora, nos ha llevado a comprender mejor lo que pasó en este país durante los últimos ochenta y cinco años, tan plagados de olvidos cómplices que tanto daño han hecho y hacen a su memoria histórica. Almudena Grandes supo reflejar esta dialéctica de vida en su monumental obra El corazón helado (2007). No conozco a fondo su obra literaria, porque el ámbito de la ficción no ha sido el que he frecuentado en mi vida, fundamentalmente porque nací en un contexto histórico muy difícil en el que siempre había que aplicar el principio de realidad, lo que se traducía en absorber la vida a través del ensayo y de la tradición cíclica de los clásicos, unido todo ello a la cultura católica, apostólica y romana que se practicaba en mi familia de Madrid, cuando era niño y pensaba y actuaba como niño.

En este día después de la ausencia de Almudena Grandes, que ya habita en su cielo particular, no quiero entrar en la senda de los panegíricos, a los que somos tan dados en este país, siempre después de las ausencias de los afectados, muy pocas veces de reconocimientos en vida. Por esta razón voy a centrarme en torno a la figura de Almudena Grandes como practicante de olvidar el olvido y recordarnos lo que verdaderamente sucedió en este país con sus aportaciones literarias y de compromiso personal activo y consecuente, muy importantes para la memoria histórica de los que no olvidan, siendo un claro exponente sus episodios nacionales, iniciados en 2010.

En este contexto, he recordado que este verano asistí a una clase imaginaria muy especial en el Curso que había convocado la Escuela del Mundo al Revés, basada en la teoría expuesta en este sentido por Eduardo Galeano, dedicada a un fenómeno muy preocupante en este país: el olvido cómplice. Como cada día, uno de los alumnos del Curso expuso un asunto que al final interesó a todos los matriculados en ese periodo estival, la memoria democrática en España, que finalmente se escogió como el más indicado para analizarlo y buscar después su correlato en el texto de Galeano. Era una noticia reciente, que había desatado desencuentros entre las dos o más Españas, entre las que hay una especializada en helar el corazón. De ahí su interés.

Es importante señalar que el pasado 20 de julio, el Consejo de Ministros de este país aprobó el Proyecto de Ley de Memoria Democrática, que se remitió inmediatamente a las Cortes para su debate y que se publicó en el Boletín Oficial de las Cortes Generales el 30 de agosto de este año. El texto consta de 65 artículos, agrupados en 5 títulos, estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Según fuentes oficiales, “Con esta Ley se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado y fomentar un discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y se amplían los derechos humanos y libertades constitucionales”. El objeto de esta Ley es “la recuperación, salvaguarda y difusión de la Memoria Democrática con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las distintas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales, así como el reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. Se trata de promover su reparación moral y recuperar su memoria e incluye el repudio y condena del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior Dictadura franquista”.

Todos acordamos que era necesario abordar este debate en el Curso y compartir los diferentes puntos de vista, cuestión que suscitó un gran interés y consideración personal y grupal sobre un asunto muy controvertido en los últimos tiempos. Llegó el momento de encontrar la relación de lo expuesto anteriormente con alguna referencia en este sentido en el libro de Galeano. Dicho y hecho, porque después de un buen rato de silencio (no cómplice), una voz leyó un texto que nos pareció perfecto, porque no hay nada mejor que olvidar el olvido, recuperar de la mejor forma posible la memoria de un país, de su pasado: “Olvidar el olvido: don Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo. Recordar el pasado, para liberarnos de sus maldiciones: no para atar los pies del tiempo presente, sino para que el presente camine libre de trampas. Hasta hace algunos siglos, se decía recordar para decir despertar, y todavía la palabra se usa en este sentido en algunos campos de América latina. La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. Excelente reflexión.

Pedí intervenir un momento, porque sólo quería recordar al resto de los alumnos y a la tutora de la clase que, recientemente,  había escrito en este cuaderno digital sobre una pregunta de Neruda, inquietante, dedicada al olvido, ¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido?, sobre todo porque vivo en un país muy dado a propagar con silencios cómplices el delicado pasado que ha llenado páginas tristes de su historia; que no reconoce en vida a los grandes protagonistas del progreso de este país y que no tolera en muchas ocasiones los éxitos de los demás, sea quien sea, condenando al ostracismo a todos los que hablan de cambio y transformación de nuestra sociedad caduca. Siendo esto así, no digamos el triste papel que para estos silenciadores juegan los anónimos en este país, cuando miles de ellos son los que sacan a diario a flote a esta sociedad maltrecha. Los tribunales del olvido en este país abundan por doquier y creo que habría que organizar una operación para descubrirlos y desenmascararlos con urgencia porque hacen mucho daño a todo y a todos. Es una ocasión para reivindicarnos como personas dignas ante esos tribunales del olvido.

Cuando finalmente se apruebe y entre en vigor en España la Ley de Memoria Democrática, quizá podamos dar la razón a Gómez de la Serna porque ese día, este país, que ha tenido durante muchos años tan mala memoria democrática, se olvidará de que había tenido mala memoria y se acordará finalmente de todo, quitando la razón a los negacionistas de nuevo cuño. Tenía razón Galeano al proclamar en su escuela del mundo al revés que “la memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”.

Creo que Almudena Grandes suscribiría estas palabras y, probablemente, podría ser el guion de su próxima novela. Ella sabía de lo que se estaba hablando en esa clase de un curso de verano, en una escuela del mundo al revés, porque si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano al revés, se calla la vida y la palabra.

Gracias, Almudena Grandes, por tu ejemplo, por tu memoria despierta, por tus palabras, que afortunadamente nos quedan. No las olvido en el día después de tu ausencia.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.