Mascarón de proa / 11. La Medusa

LA MEDUSA

Sevilla, 22/VII/2019

Creo que esta mascarona estaba presente siempre en el corazón de Neruda, porque le recordaba a Mercedes Urrutia, su última compañera de viaje por la vida: “Me falta tiempo para celebrar tus cabellos. / Uno por uno debo contarlos y alabarlos: / otros amantes quieren vivir con ciertos ojos, / yo sólo quiero ser tu peluquero. / En Italia te bautizaron Medusa / por la encrespada y alta luz de tu cabellera. / Yo te llamo chascona mía y enmarañada: / mi corazón conoce las puertas de tu pelo” (Cien sonetos, XIV). Es una conjetura mía, solo eso, porque era una mascarona muy querida, con una historia increíble en su azarosa vida marina.

Me ocultaron en Valparaíso. Eran días turbulentos y ni poesía andaba por la calle. Tal cosa molestó al Siniestro. Pidió mi cabeza.

Era en los cerros del Puerto. Los muchachos llegaban por la tarde. Marineros sin barco. Qué vieron en la rada? Van a contármelo todo.

Porque yo desde mi escondrijo no podía mirar sino a través de medio cristal de la empinada ventana. Daba sobre un callejón, allá abajo.

La noticia fue que una vieja nave se estaba desguazando. No tendrá una figura en la proa?, pregunté con ansiedad.

Claro que tiene una “mona”, me dijeron los muchachos. Una mona o un mono es para los chilenos la denominación de una estatua imprecisa.

Desde ese momento dirigí las faenas desde la sombra. Como costaba gran trabajo desclavarla, se la darían a quien se la llevara.

Pero la Mascarona debía seguir mi destino. Era tan grande y había que esconderla. Dónde? Por fin los muchachos buscaron una barraca anónima, y extensa. Allí se la sepultó en un rincón mientras yo cruzaba a caballo las cordilleras.

Cuando volví del destierro, años después, habían vendido la barraca (con mi amiga, tal vez). La buscamos. Estaba honestamente erigida, en un jardín de tierra adentro. Ya nadie sabía de quién era ni quién era.

Costó tanto trabajo sacarla del jardín como del mar. Solimano me la llevó una mañana en un camión. Con esfuerzo la descargamos y la dejamos inclinada frente al océano en la puntilla, en el banco de piedra.

Yo no la conocía. Toda la operación del desguacé la precisé desde mis tinieblas. Luego nos separó la violencia, más tarde, la tierra.

Ahora la vi, cubierta de tantas capas de pintura que no se advertían ni orejas ni nariz. Era, sí, majestuosa en su túnica volante. Me recordó a Gabriela Mistral, cuando, muy niño, la conocí en Tamuco, y paseaba, desde el moño hasta los zapatones, envuelta en paramentos franciscanos.

Hasta aquí las primeras aventuras y desventuras de Medusa. Años difíciles para Neruda cuando fue perseguido por sus ideas y su fuerte oposición al régimen, encerrado en mil escondites en búsqueda de la libertad. La historia que cuenta Neruda se sitúa a finales de 1949, reencontrándose con Medusa hacia 1953, aproximadamente, cuando ya había vivido alguna aventura importante en Italia con Mercedes Urrutia. Confesado por él. No es baladí el hecho de que La Medusa o Matilde Urrutia podrían ser la misma persona, teniendo en cuenta que la cuidada edición clandestina de Los versos del capitán, llevaba en su portada la imagen de una Medusa: “La primera edición salió el ocho de julio de 1952 de la imprenta Arte Tipográfico de Nápoles con papel marfil hecho a mano, la tipografía Bodoni e ilustraciones de Ricci” (1). En 1953 se publicó por primera vez con el nombre auténtico del autor, Pablo Neruda, dejando atrás el que utilizó en la edición de 1952, Rosario de la Cerda.

VERSOS DEL CAPITAN

En la segunda parte de “Una casa en la arena” de Isla Negra, dedicada a esta mascarona tan peculiar, es la primera vez que la cita por su nombre, La Medusa.

“La Medusa” se quedó pues con los ojos al Noroeste y el cuerpo grande se dispuso como su proa, inclinado sobre el océano. Así, tan bien dispuesta, la retrataron los turistas de verano y se las arreglaba para tener un pájaro sobre la cabeza, gaviotín errante, tórtola pasajera. Nos habituamos todos los de casa, agregándose también Homero Arce, a quien dicté muchas veces mis renglones bajo la frente cenicienta de la estatua.

Pero comenzaron las velas. Encontramos a las beatas del caserío muy arrodilladas, rezándole al aventurero mascarón. Y por la tarde le encendían velas porque el viento, antiguo conocedor de santos, apagaba con indiferencia.

Era demasiado: desde la bahía de Valparaíso, en compañía continua de marineros cargadores, haciendo vida ilegal en el subterráneo político de la patria hasta ser Pomona de Jardín, sacerdotisa sonora, y ahora santísima sectaria. Porque como de cuanto pasa en Chile me echan a mi la culpa, me habrían colgado luego la fundación de una nueva herejía.

Disuadimos, Matilde y yo, a las devotas contándoles la historia privada de aquella mujer de madera, y las persuadimos de no seguir encendiéndole velas que además podrían incendiar a la pecadora.

Pero por fin, contra las amenazas del cerote que ensucia, de las llamas que incineran y de la lluvia que pudre, la llevamos a Medusa adentro. La dispusimos en el coro de los mascarones.

Vivió una vez más. Porque al sacarla con formón y gubia retiramos una pulgada de pintura gruesa y grosera que la escondía y salió a relucir su perfil decidido, sus exquisitas orejas, un medallón que nunca se le divisó siquiera y una cabellera selvática que cubre su clara cabeza como el follaje de un árbol petrificado que aún recuerda su pajarerío.

NOTA: la imagen de La Medusa es una fotografía de Sergio Larraín publicada en Una casa en la arena. Barcelona: Lumen, 1984 (3ª edición). La imagen de la portada de Los versos del capitán, en su primera edición, se ha recuperado hoy de https://www.levyleiloeiro.com.br/peca.asp?ID=343416

(1) https://olivelaia.wordpress.com/category/diego-rivera/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 10. La Bonita

LA BONITA1

Sevilla, 21/VII/2019

Sé que la isla Procida sí se conoce en el mundo del turismo insular de mercado, pero para mí es completamente desconocida, al igual que las islas a las que canta Saramago en un cuento preferido por mi persona de secreto. Por ello se convierte en algo deseado y deseante, tal y como lo aprendí, un día ya muy lejano, de Juan Ramón Jiménez. Hay un motivo que la hace todavía más entrañable y claro objeto de deseo: allí se rodó una excelente película, El cartero (de Pablo Neruda), en una playa especial de esta preciosa isla, Pozzo Vecchio, llamada también Playa del cartero, donde se rodó una de sus escenas de más intensidad humana, en la que Mario (Massimo Troisi) y la bella Beatriz (Mariagrazia Cucinotta) se encuentran por primera vez y se enamoran, lo que le presta un efecto halo especial.

Recuerdo también el canto a la vida ante los silencios cómplices ante las dictaduras de cualquier origen que hizo Antonio Skármeta en esa película preciosa, que me impactó mucho, en una adaptación muy amable de su novela Ardiente paciencia. Mario Jiménez, el cartero preferido de Neruda, aporta a la vida su deseo de aprender del maestro lo que le enseña en el terreno de la metáfora, valora el amor con la experiencia de Beatriz y lo que supone poner el nombre de Pablo Neftalí a su hijo, en homenaje a quien le llevaba siempre puntualmente las cartas hasta que se trunca su oficio de entregas por culpa del golpe de estado de Pinochet, cuando rodean la casa del escritor, donde apoyaba su antigua bicicleta. Recurre finalmente a la transmisión oral para contarle a Neruda lo que no le puede entregar en modo texto. Una gran metáfora.

Procida e Isla Negra. Hoy he recordado estas experiencias de sentimientos y emociones al abordar unas palabras sobre la mascarona La Bonita, tan querida por Neruda, imaginando a la nieta de Rafita, su carpintero de cabecera, enseñando en este momento ese precioso recuerdo como la mejor guía de aquella casa en la arena que tanto visitaron sus antepasados (1).

No solo se llamó La Bonita la barcaza sino que, ya desmantelada, cogida por las ventoleras del Estrecho, pasó a ser, siempre bella, juguete de tempestades y desventuras. Las costillas del barco pudieron mantenerse por años después del naufragio pero la Figura de Proa se desmembró a pedazos. Las grandes olas la atacaron y las vestiduras se perdieron, fueron exterminados los brazos y los dedos, hasta que, por milagro, se sostuvo aquella solitaria cabeza, como empalada, en el último orgullo de la proa.

Allí, en un mediodía apaciguado, la encontraron las manos rapaces. Anduvo así, de manos en manos.

Pero por aquel rostro no había pasado nada. Ni la guerra del mar, ni el naufragio, ni la soledad tempestuosa del Magallanes, ni la ventisca que muerde con dientes de nieve. No.

Se quedó con su rostro impertérrito, con sus facciones de muñeca, vacía de corazón.

La hicieron lámpara de vestíbulo y la encontré por primera vez bajo una horrible pantalla de rayón, con la misma sonrisa que nunca comprendió la desdicha. Hasta una oreja, que la tempestad no destruyó, mostraba el lóbulo quemado por la corriente eléctrica. Lleno de ira le hice volar el sombrero barato que parecía satisfacerla, la libré de su electrificación ignominiosa para que siguiera mirándome como si no hubiera pasado nada, tan bonita como antes de naufragar en el mar y en los vestíbulos. 


NOTA: la imagen de la mascarona de proa La Bonita es la mejor que he encontrado y obra del excelente fotógrafo chileno Sergio Larraín, que tanta calidad humana encontró y fotografió en Isla Negra.

(1) Neruda, Pablo. Una casa en la arena. Barcelona: Lumen, 1984 (3ª edición).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Armstrong, niño de la luna (II)


Dedicado de nuevo a Neil Armstrong, aquél americano en la luna que hizo posible creer en la innovación y en el progreso en una España que tenía helado el corazón. En la celebración del 50 aniversario de aquel acontecimiento mundial, recordando sus palabras programáticas: «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad».

Sevilla, 20/VII/2019

Pertenezco a la generación que escuchó a Jesús Hermida la narración de la llegada de Neil Armstrong a la luna. Era de noche y mi abuela desconfiaba de todo lo que estaba viendo: ¡Hermida es así de fantástico!, decía tan tranquila. Y todos nos deshacíamos en esfuerzos para entender aquello que nos superaba, más que a mi abuela a decir verdad, todavía en una película de blanco y negro. España vivía un mes de julio muy caluroso desde el compromiso político. A lo más que aspirábamos a mi edad era a no estar en la luna y, sobre todo, a no pedirla, como se decía en mi casa si algo era desproporcionado.

Yo no estaba en la luna, porque al día siguiente me iba a atender a los familiares de enfermos del Hospital de las Cinco Llagas, para invitarlos a dormir y asearse, en una habitación limpia, de un piso que había alquilado la asociación a la que pertenecía, para entregarles dignidad como personas, a pesar de que fueran pobres de solemnidad, como se decía en aquella época. Estaba de vacaciones, y cogía un autobús desde Valencina de la Concepción a Sevilla, ida y vuelta, con una misión posible, muy terrenal por cierto.

Aquella noche de 20 de julio de 1969, la voz trémula y engolada de Hermida, muy americano él, nos hizo muy cercana la llegada del primer hombre a la Luna, algo que se nos escapaba a los que estábamos muy cerca de la Tierra, en su difícil día a día, luchando por cambiar un país que vivía aquello como el mundo del nunca jamás.

Y al cabo de los años, recordábamos a la luna con una canción que Ana Torroja, del grupo Mecano, nos dejó para la posteridad, haciéndonos comprender que la Luna, a pesar de la visita de Armstrong, estaba sola, «quería ser madre», y no respondía, muy celosa ella, cuando se le preguntaba, de forma más desafiante que el astronauta lo pudo hacer, aquello de:

Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer;
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.

Y la luna lo tenía muy claro. Un día no muy lejano, ese niño estaría muy cerca de ella porque nadie entendió el conjuro de una gitana, desafiante ella, ya estuviera en fase menguante o llena, o detectara una atrevidas huellas humanas de un tal Armstrong en su suelo:

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas;
y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

NOTA; este post lo publiqué por primera vez el 26 de agosto de 2012, en este cuaderno digital, con motivo del fallecimiento de Neil Armstrong.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 9. Isla negra: cerrada y sellada

ISLA NEGRA CERRADA

Sevilla, 19/VII/2019

A raíz del golpe de estado de Pinochet, el fatídico 11 de septiembre de 1973, todo cambió en Chile. Pablo Neruda estaba viviendo esos días en Isla Negra, rodeado de sus mascarones y mascaronas de proa y popa, que tantos recuerdos encerraban en sus cabezas rampantes. Estaba en cama, a consecuencia de su cáncer de próstata, cuando los soldados de Pinochet entraron en su casa por allanamiento, el 13 de septiembre, pronunciando Neruda una frase inolvidable y dirigida al oficial de aquella tropa cuando buscaban armas en el jardín: “Busque, nomás, capitán. Aquí hay una sola cosa peligrosa para ustedes. ¿Qué cosa?, le preguntó. ¡La poesía!”. Lo transcribo tal y como lo cuenta Jorge Edwards, amigo personal del poeta, en su libro, Adiós poeta.

Neruda falleció el 23 de septiembre en la Clínica Santa María de Santiago de Chile, a las 10:30, como consecuencia de “Caquexia cancerosa. Cáncer de próstata. Metástasis cancerosa”. Muerte muy cuestionada e incluso llevada a los tribunales en democracia por sospecha de asesinato.

En este contexto de memoria histórica, que no olvido, quiero rendir un homenaje a Pablo Neruda y a todas las personas que después del golpe de estado sufrieron mucho por el mero hecho de ser familiares, amigos, camaradas o defensores de libertades en Chile, mucho más si estaban cerca del comunista Neruda. Les confieso que estas palabras que escribo hoy con emoción, las comparto por la impresión que me causó leer el cartel que durante la dictadura presidió durante muchos años “la casa en la arena” en Isla Negra, el lugar tan querido para el premio Nobel y porque me he estado paseando libremente por esa casa mediante visitas digitales a sus estancias en Isla Negra, gracias a la libertad digital que en el mundo existe.

El cartel citado decía exactamente: CASA CERRADA. NO SE VISITA, “por orden del juzgado de letras” (1). Leyéndolo en blanco y negro comprendo hoy mejor que nunca qué significan las dictaduras y qué pocos recursos tienen más allá de las armas. Son ideologías ciegas al color. Todavía más cuando leo las palabras del presidente Salvador Allende en un libro de poemas que ordenó publicar en noviembre de 1972 para celebrar la concesión del Premio Nobel, haciéndose constar que “este libro no puede ser puesto en venta. Su finalidad es que llegue en forma gratuita al pueblo chileno”. Salvador Allende escribió en la presentación del mismo: “[…] Es natural que en esta hora sea el pueblo quien con mayor alegría festeja a su compatriota, al hermano. Neruda, un humanista esclarecido, que ha narrado con belleza la inquietud del hombre ante la existencia. Por la poesía de Neruda pasa Chile entero, con sus ríos, montañas, nieves eternas y tórridos desiertos. Pero, por sobre todas las cosas, por ella están el hombre y la mujer. Por eso está presente el amor y la lucha social […] Sin embargo, no puedo dejar de señalar que Pablo Neruda, Embajador del Gobierno del pueblo en Francia, ha sido durante toda su existencia un combatiente con firme posición ideológica; militante de uno de los partidos que integran la Unidad Popular y miembro activo de ella. Personalmente, tengo motivos muy especiales para sentirme en este instante legítimamente conmovido por esta distinción que se otorga a Pablo, con quien durante tantos años participara en los combates populares. Fue mi compañero de muchas giras, en el norte, centro y sur de Chile, y siempre recordaré con emoción cómo el pueblo, que oía nuestros discursos políticos, escuchaba con emoción, en un silencio expectante, la lectura que hacía Pablo de sus versos. Qué bueno fue para mí ver la sensibilidad del pueblo y cómo los versos del poeta caían en el corazón y la conciencia de las multitudes chilenas. Por eso desde aquí le envío el abrazo fraterno del pueblo de Chile por mi intermedio”.

Para escribir esta serie dedicada a los juguetes grandes de Neruda, sus mascarones y mascaronas de proa y popa, he podido cruzar la puerta de entrada de su casa en la arena y cerca de las piedras negras de una isla soñada, de un marinero en tierra, tal y como le enseñó a vivir Rafael Alberti. Por esta razón, gracias por tu obra Pablo, por tu amor a la libertad, por tu ardiente impaciencia.

(1) NOTA: la imagen la he recogido hoy del documental Las casas de Neruda.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 8. La Novia

LA NOVIA

Sevilla, 18/VII/2019

Tengo que reconocer que ha merecido la pena localizarla en Isla Negra. Está allí, pero no ha sido fácil descubrirla. Un libro precioso, Una casa en la arena (1), que he recibido hoy del mercado de segunda mano o de segunda oportunidad, con fotografías excelentes de Sergio Larraín, me ha regalado esta imagen de la mascarona La Novia para que la contemple durante mucho tiempo. De esta manera comprenderé mejor su piel de cáscaras y pétalos, rota, pero con una mirada penetrante a la espera de palabras bellas para contrarrestar su sufrimiento en el mar, su eterno silencio.

ES LA MÁS AMADA POR MÁS DOLOROSA

La intemperie le rompió la piel en fragmentos o cáscaras o pétalos. Le agrietó el rostro. Le rompió las manos. Le trizó los redondos acariciados hombros. Acariciados por la borrasca y por el viaje.

Quedó como salpicada por mil espumas. Su noble rostro agrietado se convirtió en una máscara de plata combatida y quemada por la tempestad glacial. El recogimiento la envolvió en una red de cenizas, en un enjambre de nieblas.

Vuelvo a leer algunas estrofas de un poema de Pablo,  Me gustas cuando callas, que recuerdo siempre para ensalzar el arte de mantener silencios:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto
.

(1) Neruda, Pablo. Una casa en la arena. Barcelona: Lumen, 1984 (3ª edición). La imagen de cabecera, La Novia, es de Sergio Larraín, excelente fotógrafo chileno, que acompaña el texto de esta obra.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 7. La Sirena de Glasgow

LA SIRENA DE GLASGOW

Sevilla, 17/VII/2019

Esta mascarona tiene una historia corta pero intensa en cuanto a su trayectoria hasta llegar a Isla Negra. No fue su vida una experiencia fácil. Comprendo la reflexión profunda de Neruda al contemplarla junto a su mujer, Mercedes Urrutia y escucharle con su voz poderosa que también le daba cobijo: “[…] cuánta vida y océano, cuánto tiempo y fatiga, cuántas olas y cuántas muertes, hasta llegar al desesperado puerto del maremoto! Pero también, a mi vida”. También a la mía, en este cuaderno de “derrota”, en términos marinos, navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria.

Fue en el extremo Sur, donde Chile se desgrana y se desgrana. Los archipiélagos, los canales, el territorio entrecortado, los ciclones de la Patagonia, y luego el Mar Antártico.

Allí la encontré, colgaba del pontón pútrido, grasiento, enhollinado. Y era patética aquella diosa en la lluvia fría, allí en el fin de la tierra.

Entre chubascos la libertamos del territorio austral. A tiempo, porque algún año después, el pontón se fue con el maremoto a la profundidad o al mismo infierno. Aquél, cuando fue nave, se llamó Sirena. Por eso ella conserva el nombre de Sirena, Sirena de Glasgow. No es tan vieja. Salió del astillero en 1886. Terminó transportando carbón entre las barcas del Sur.

Sin embargo, cuánta vida y océano, cuánto tiempo y fatiga, cuántas olas y cuántas muertes, hasta llegar al desesperado puerto del maremoto! Pero también, a mi vida.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de la portada del libro “Isla Negra», de Pablo Neruda, en una edición con fotografías de Antonio Larrea, Editorial Pehuén, en Santiago de Chile, 2002.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 6. La Cymbelina

CYMBELINA1

Coged flores mientras que haya rocío en el suelo

Salvador Espriu, frase tomada de Cimbeline (Shakespeare), en Mrs. Death

Sevilla, 16/VII/2019

PRIMERA PARTE

La historia de esta mascarona es preciosa tal y como la cuenta Neruda en Una casa en la arena (1), en dos apartados dedicados expresamente a ella. En el primero, Ceremonia, narra la intrahistoria de la mascarona de un barco norteamericano, el Clipper “Cymbelina” que en plena singladura, en una mañana de julio de 1847, recaló en una caleta sin nombre del norte de Chile: “Allí los hombres del mar procedieron a desclavar el mascarón de proa del velero. Esta estatua blanca y dorada parecía ser una novia muy joven ceñida con ropaje isabelino. El rostro de aquella niña de madera asombraba por su desgarradora belleza. Los marineros del “Cymbelina” se habían amotinado. Sostenían que el Mascarón de Proa movía los ojos durante el viaje, desorientando el derrotero aterrorizando la tripulación”.

Prosigue Neruda contando cómo la desenclavan del bauprés y la llevan en una lancha a la playa, sumidos en un “religioso terror”: “[…] Siete hombres de a bordo levantaron en hombros a la niña de madera insólitamente separada de su nave. Luego cavaron una fosa en la arena. Los guanayes, aves estercoriarias de la costa, volaban en círculo, graznaban y chillaban mientras duró la inquietante faena. La extendieron en tierra, la cubrieron con arena salitrosa del desierto. No se sabe si alguno de los enterradores quiso rezar o sintió alguna repentina racha de arrepentimiento y tristeza”.

SEGUNDA PARTE

No altero su sentimiento envuelto en palabras preciosas hacia una mascarona tan querida:

“Oh novia Cymbelina, pura purísima, suavísima suave! Oh tú, doncella de mantilla y nariz rota! Oh sueño de la nave turbulenta, rosa de sal, naranja clara, nenúfar!

Cuando me condujeron a aquella casa donde nadie me esperaba, algo me hizo volver y mirar aquella casa desierta por el ojo de la llave. Y allí, en el hueco, encontré por vez primera tu perfil errante. Juré que volverías al mar, al mar de Isla Negra.

Rondé por las afueras de la casa, expulsado por el dueño feudal como si fuera un malhechor. Él recurrió a la astucia y a la fuerza. Mis cartas de amor fueron devueltas, los regalos con que intenté sobornar al egoísta fueron rechazados.

Mis queridos secuaces Pedregala y Matazán lo asediaron, entraron a saco en la mansión, descuartizaron centinelas, pulverizaron vitrinas y a fuerza de artillería y blasfemias rescataron a la nevada Cymbelina. Aquellas hazañas aún se cuentan en las bodegas de Valparaíso.

Mírala tú, antes de que la luz o la noche se la lleven. Marinera del cielo, aún no se ha acostumbrado a la tierra. En siglos de viaje, perdió fragmentos, recibió golpes, acumuló hendiduras y sobrevivió fragante. La edad marina, el transcurso, la estrellada soledad, las olas buscas, los combates acérrimos le infundieron una mirada perdida, un corazón sin recuerdos. Es pura noche, pura distancia, pura rosa y claridad sosegada, virtud celeste.

Nunca se sabe si volará o navegará de pronto, sin previo aviso, circulando en su noche o en su nave, estampada como una paloma en el viento.

(Nota: Descubrí entre tanto que era, Cymbelina, la que hacía cambiar de rumbo el navío. Fue ella la enterrada en la arena.)

TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

He intentado desvelar el porqué del nombre de esta bella mascarona, Cymbelina. ¿Será su auténtico nombre el de Imogen, aunque Neruda le cambiara el nombre en homenaje a su padre, Cimbelino, Rey de Bretaña, uno de los protagonistas de una de las últimas obras de William Shakespeare, Cimbelino? Es posible, no lo sé, pero me parece sugerente la aventura de Imogen, su casamiento atrevido con Leonato a escondidas de su padre y las múltiples aventuras vividas en Italia, su transformismo en Fiel, al servicio de Cayo Julio (general romano enviado a la corte de Cimbelino para declarar la guerra por dejar éste de pagar los impuestos a Roma). Todo se descubre al final y Cimbelino accede a pagar los impuestos a Roma. Cymbelina o Imogen, responde a un modelo de mujer valiente, revolucionaria en su época y representante de una forma diferente de viajar por el mundo como mascarona que movía los ojos constantemente para desorientar a tripulantes malvados de su azarosa vida. Es un personaje extraordinario en este romance de Shakespeare.

Es una interpretación, nada más y cualquier parecido con la realidad puede ser, tan solo, una pura coincidencia.

(1) Neruda, Pablo. Una casa en la arena. Chile: Peguén Editores, 2002

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://jaulicino.blogspot.com/2011/07/las-huellas-de-pablo-neruda.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 5. El pirata Morgan

MORGAN

Sevilla, 14/VII/2019

Quizá era uno de los juguetes grandes de Isla Negra más controvertidos de Neruda, el pirata Morgan, que tenía una característica que lo distinguía de sus compañeros de estancia: era un mascarón de popa, no de proa, situado en ese castillo posterior que tenían los barcos del siglo XVIII. Hoy quiero dedicarle unas palabras a este pirata atrevido del que leí en cierta ocasión una historia de su mirada aviesa frente a Jenny Lind, una mascarona que le acompañaba en el comedor de Isla Negra: “Un día, Neruda, quiso que los mascarones del pirata Morgan y Jenny Lind se enamoraran y los puso frente a frente, cada uno en su pared mirándose… pero nunca se enamoraron. El poeta decía que era porque Jenny siempre miraba al mar, y ni tan siquiera se fijó nunca en Morgan…”. Historias, siempre historias.

Fue el propio Neruda el que confirmó que el mascarón Morgan era de popa, según lo cuenta en primera persona, acompañado por Matilde Urrutia, en un documental de la Universidad Católica de Chile que transcribo literalmente: “Esta cabeza ruda, extraordinaria y poderosa, me llamó la atención en una vitrina, andando por las calles de París. Él, el hombre, el bigotudo, el corsario, me devolvió la mirada. Pensé: será Morgan? Sin duda era Morgan. Quería salir de ahí, quería volver al mar. Aspiraba al océano que fue su gran escenario. Sin embargo, no es una estatua de proa. Es una estatua de popa, del castillo de popa. Años después, andando por el mundo, encontré una igual. Una exactamente igual. Eran las dos como dos inmensas gotas de agua, como dos grandes gotas de madera, como dos gotas de firmeza. Y aquí está, en su dominante estructura, dominando y mirando al océano desde la muralla de mi casa” (1).

Matilde Urrutia dio más detalles de la compra de este mascarón en París (2). Resulta que fue a visitar a un anticuario que, precisamente, había ido a Chile para comprarle a Neruda unos mascarones. Le compró el mascarón Morgan y Neruda lo colocó en Isla Negra donde recibía a sus amigos. Contó Mercedes que un día, estando Pablo de viaje, Morgan cortó las cadenas que lo sustentaban como en un acto de rebeldía, cayendo estrepitosamente al suelo. Todo el mundo quiso esperar a que Neruda volviera de su viaje para decidir qué se hacía con aquel imponente pirata que pesaba muchos kilos. Lo volvieron a suspender para intentar que Jenny Lind, su compañera de estancia, lograra atemperarle y así se quedó definitivamente, no conociéndose desde entonces ningún otro acto de rebeldía.

Isla Negra era mucho más que una casa en la arena, que dio acogida a los mascarones y mascaronas de proa y popa de Neruda. La donó en vida al Partido Comunista porque él quería que fuese para el pueblo y todos los bienes del Partido pasaron después a Bienes Nacionales. Incluido el pirata Morgan para que no siguiera haciendo fechorías, vigilado siempre por el pueblo chileno, aunque hay que reconocer que inspiró mucho respeto a las tropas de Pinochet que entraron un día de 1973 en Isla Negra para destrozarlo todo, marchándose sin hacer daños de consideración.

(1) Texto inédito escrito en 1970 para la serie televisiva «Historia y geografía de Pablo Neruda», sobre mascarones de la casa de Isla Negra que no figuraba en el libro “Una casa en la arena” publicado en 1966.
(2) Suárez, Eulogio. Neruda total, Santiago, Chile: Fondo de Cultura Económica, 2016.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 4. Los juguetes más grandes de Neruda

LOS JUGUETES MAS GRANDES

Sevilla, 13/VII/2019

Érase una vez un país del que en España recibíamos solo noticias preocupantes en relación con su democracia interna. Un día recibí un mensaje diferente: los niños y las niñas de Venezuela, así se llama ese país, cualquier niño o niña que cada venezolano o venezolana lleva dentro, estaban de enhorabuena porque podían ser protagonistas de un cuento precioso, Los juguetes mas grandes, de la escritora venezolana Kristel Guirado, como homenaje a Pablo Neruda, que llamaba “juguetes grandes” a sus mascarones y mascaronas de proa y popa, que de todo hay en los mares del señor.

Le verdad es que en una noche de julio, el niño que llevo dentro se entusiasmó con la lectura de este cuento, comprendiendo bien los mensajes que el poeta nos intentó transmitir a través de sus juguetes queridos. La introducción tenía un hilo conductor apasionante, comprendiéndola en el contexto del país que lo publica, escrito por Clodosbaldo Russián Uzcátegui Contralor General de la República Bolivariana de Venezuela:

“La literatura concebida para niños y jóvenes es un medio idóneo para fomentar la práctica de la bondad, el fortalecimiento de las instituciones, el compromiso con el país y la promoción del respeto a las leyes y de la honradez, como paradigmas de comportamiento republicano. En esa convicción, la Contraloría General de la República y la Fundación Instituto de Altos Estudios de Control Fiscal y Auditoría de Estado «Gumersindo Torres» (COFAE), centro de capacitación e investigación creado y dirigido por la Contraloría, promovieron la II Bienal de Literatura Infantil, la cual tuvo un importantísimo alcance al suscitar el interés de 57 participantes, quienes concursaron con trabajos de calidad, demostrando que en el país sus escritores tienen una honorable intención hacia la juventud. En esta ocasión nos complace felicitar a la escritora Kristel Guirado, ganadora de la Bienal con su obra Los juguetes más grandes. A juicio de los distinguidos integrantes del jurado calificador, Guirado incorpora en la obra valores esenciales de convivencia ciudadana, e inserta al lector en un mundo donde lo fantástico se mezcla con la sensibilidad social. La autora enfiló la proa de su talento creador hacia el universo poético de Pablo Neruda y trajo del tesoro de lo vivido por éste, no sólo Los juguetes más grandes encontrados por el poeta en su trashumancia quijotesca por el mundo, sino la historia que cada uno de ellos debió inspirarle en su oceánica visión de la humanidad.

Con la publicación de esta obra en la Colección Grano de Maíz, nos sentiremos orgullosos cuando un niño, joven o adulto se sumerjan en cada una de las palabras que componen este libro, pues éstas le transmitirán, con la magia propia de la literatura, los valores que contribuyen a fortalecer la fraternidad, combatir la exclusión de cualquier signo y enaltecer la solidaridad, como uno de los atributos de la convivencia y de la justicia social”.

Me dijeron también que el veredicto del jurado que premió a la autora de este cuento fue unánime:

Los miembros del jurado evaluador: Rafael Rodríguez Calcaño, Pedro Gil Rivas y Nancy Piñango, convocados para la II Bienal de Literatura Infantil auspiciada por la Fundación Instituto de Altos Estudios de Control Fiscal y Auditoría de Estado «Gumersindo Torres» (COFAE), entidad adscrita a la Contraloría General de la República, reunidos el día 4 de marzo de 2005, acordaron por unanimidad otorgar el premio a Los juguetes más grandes, por tratarse de una colección de relatos de asombrosa hermosura y descollante calidad literaria, ricos en imágenes poéticas y desenfadado vuelo imaginativo hilvanado en torno a la figura universal del poeta Pablo Neruda.

Comencé a leer el cuento con admiración y con ardiente impaciencia, cuyo contrario admiró siempre Neruda, porque sabía que sus juguetes más grandes eran los mascarones de proa de su casa en Isla Negra. Estaba dispuesto a aprender muchas cosas y así fue. El niño Gregorio, el protagonista del cuento, le pidió al abuelo algo maravilloso: inventarles cuentos a los mascarones de proa y popa, ellos y ellas que tanto habían descubierto en mares procelosos y calmos, que tantas cosas nos podían contar.

El abuelo de Gregorio, su papapa, los escribió “[…] pensando que los objetos siempre tendrán una vida secreta que los anima, en ocasiones, a moverse cuando les damos la espalda; que es esa vida oculta en cada cosa la que nos obliga a quererla, cuidarla, atesorarla! que es esa alma revelada en la sombra la que permite que nunca nos sintamos solos en su compañía. Y por esa razón es imposible que los cuentos puedan acabarse. Siempre, de su aparente oscuridad, surgirá un objeto dispuesto a cedernos la magia de su historia, a contarnos la maravilla de su creación”.

Seguí pasando páginas, escuchando de fondo la voz de Neruda: La trovadora del mar, Las mariposas del pirata Morgan, El milagro del ruiseñor de Suecia, Marinera del cielo, María Celeste y El valiente piel roja y el bisonte del mar. Seis cuentos sobre juguetes grandes para hacerlos más felices en su rincón de Isla negra.

Así lo viví y así lo he contado, aunque me quedan muchas cosas que compartir con el niño Neruda que quizá todos llevamos dentro y que sigue disfrutando de sus juguetes grandes, anónimos para muchos y que voy a intentar mostrarles. Quiero quedarme hoy con los sueños de los niños y niñas de Venezuela que sigan las palabras de Kristel Guirado, como una noticia preciosa sobre aquél controvertido país: “nos sentiremos orgullosos cuando un niño, joven o adulto se sumerjan en cada una de las palabras que componen este libro, pues éstas le transmitirán, con la magia propia de la literatura, los valores que contribuyen a fortalecer la fraternidad, combatir la exclusión de cualquier signo y enaltecer la solidaridad, como uno de los atributos de la convivencia y de la justicia social”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Las decisiones ciegas

LOS GIRASOLES CIEGOS

Infame turba de nocturnas aves

Alberto Méndez, Los girasoles ciegos

Sevilla, 12/VII/2019

En el examen de las pruebas de acceso a la universidad (PEvAU) para toda Andalucía, Ceuta y Melilla de este año, de  Lengua Castellana y Literatura II,  los alumnos y alumnas que han elegido un texto literario y no periodístico, es decir la opción A, se han encontrado con algo previsto, un texto que hablaba de “cuando mataron a don Servando, mi maestro, quemaron todos sus libros y desterraron para siempre a todos los poetas que él conocía de memoria”, unas palabras que debían haber leído como “lectura recomendada”. 

El texto era el siguiente:

He encontrado una cabra montés medio comida por los lobos. Todavía quedaban restos abundantes y hoy comeremos sus despojos. Con los huesos y las vísceras he logrado hacer una sopa muy suave que el niño acepta bien.

(Aquí se produce un significativo cambio de la caligrafía. Aunque la pulcritud de la escritura se mantiene, los trazos son algo más apresurados. O, cuando menos, más indecisos. Probablemente ha transcurrido bastante tiempo.)

¿Me reconocerían mis padres si me vieran? No puedo verme pero me siento sucio y degradado porque, en realidad, ya soy hijo de esa guerra que ellos pretendieron ignorar pero que inundó de miedo sus establos, sus vacas famélicas y sus sembrados. Recuerdo mi aldea silenciosa y pobre ajena a todo menos al miedo que cerró sus ojos cuando mataron a don Servando, mi maestro, quemaron todos sus libros y desterraron para siempre a todos los poetas que él conocía de memoria.

He perdido. Pero pudiera haber vencido. ¿Habría otro en mi lugar? Voy a contarle a mi hijo, que me mira como si me comprendiera, que yo no hubiera dejado que mis enemigos huyeran desvalidos, que yo no hubiera condenado a nadie por ser sólo un poeta. Con un lápiz y un papel me lancé al campo de batalla y de mi cuerpo surgieron palabras a borbotones que consolaron a los heridos y del consuelo que yo dibujaba salieron generales bestiales que justificaron los heridos. Heridos, generales, generales, heridos. Y yo, en medio, con mi poesía. Cómplice. Y, además, los muertos.

Este texto se ha extraído del segundo capítulo del libro Los girasoles ciegos: Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido. Son páginas de un cuaderno con pastas de hule que estremecen el alma, escritas por un difunto desconocido y, en la 12, figura el texto del examen.

Hasta aquí, todo correcto, aunque he podido contrastar una noticia esclarecedora en la que se afirma que desde la Universidad de Granada, cuya rectora ostenta actualmente la presidencia rotatoria de la comisión, «la Junta de Andalucía, como tal, no es la encargada de quitar, retirar, suprimir o sacar nada, pues esta es una competencia de la ponencia de Lengua Castellana y Literatura II, formada por representantes de todas las universidades andaluzas y de las delegaciones de Educación, que es soberana, es ajena a cualquier interés espurio o político, y actúa conforme a criterios exclusivamente académicos y educativos» (1).

La noticia ha pasado sin pena ni gloria, pero a través de estas líneas quiero expresar mi desolación y no participar en el multitudinario silencio cómplice que se ha instalado en nuestro país y, obviamente, en Andalucía, cualquiera que haya sido la fórmula de retirar unas páginas de tanto calado histórico para comprender la intrahistoria de este país.

He buscado el libro en mi biblioteca del alma y he leído varias veces el texto propuesto en el examen. El cuarto párrafo me conmueve por encima de los otros:

He perdido. Pero pudiera haber vencido. ¿Habría otro en mi lugar? Voy a contarle a mi hijo, que me mira como si me comprendiera, que yo no hubiera dejado que mis enemigos huyeran desvalidos, que yo no hubiera condenado a nadie por ser sólo un poeta. Con un lápiz y un papel me lancé al campo de batalla y de mi cuerpo surgieron palabras a borbotones que consolaron a los heridos y del consuelo que yo dibujaba salieron generales bestiales que justificaron los heridos. Heridos, generales, generales, heridos. Y yo, en medio, con mi poesía. Cómplice. Y, además, los muertos.

Me duele y mucho esta acción de política educativa, en el sentido más puro del término “política”. He vuelto a leer la página 53 de El arte de callar, en el que el abad Dinouart cita el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, cuido mi alma leyéndolo de nuevo para animarme a denunciar los silencios cómplices que tanto daño hacen a los que inician sus estudios superiores, con el arte de leer la vida que a cada uno dios nos da. Denunciando, además, que se retire cualquier texto igual o parecido a este de Los girasoles ciegos, que impedirán que los jóvenes de este país analicen la memoria histórica de unas acciones por acción u omisión, terribles, que nunca se debieron producir en el contexto de la Guerra Civil.

Aprendí de Víctor Jara que “hoy es el tiempo que puede ser mañana”. La mejor forma de no olvidarlo es atender estas palabras en su hoy, que ahora es el nuestro, porque no han perdido valor alguno al recordarlas en estos momentos cruciales para este país. Sería una forma de salir del silencio cómplice en el que a veces estamos instalados para complicarnos la vida en el pleno sentido de la palabra. Por ejemplo, dando visibilidad como altavoces éticos y dignos sobre esta acción comentada, porque es algo más que un símbolo de los caminos que hacen al andar determinados políticos ciegos. Merece la pena porque en la izquierda digna se sabe que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Palabra de Allende y ¿por qué no?, nuestra.

(1) https://maldita.es/maldito-bulo/no-no-hay-pruebas-de-que-la-junta-de-andalucia-haya-retirado-los-girasoles-ciegos-de-la-lista-de-lecturas-recomendadas-en-segundo-de-bachillerato/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado..