El Principito, hoy / 8. Sólo los niños saben lo que buscan, lo esencial de la vida

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXIV

Sevilla, 26/XII/2025 – 11:56 h UTC (CET+1)

Abro El Principito hoy por el capítulo XXII y me asombra el breve e intenso diálogo de un guardaagujas con el principito. Trenes rápidos que pasan en un sentido y en otro, provocan preguntas y respuestas de profundo calado: “Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.

—Llevan mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan? —Hasta el hombre de la locomotora lo ignora —dijo el guardaagujas. Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso. —¿Vuelven ya? —preguntó el principito. —No son los mismos —dijo el guardaagujas—. Es un cambio. —¿No estaban contentos donde estaban? —Nadie está nunca contento donde está —dijo el guardaagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. —¿Persiguen a los primeros viajeros? —preguntó el principito. —No persiguen absolutamente nada —dijo el guardaagujas. Ahí adentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios. —Sólo los niños saben lo que buscan —dijo el principito. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran… —Tienen suerte —dijo el guardaagujas”.

Prisa, búsquedas, descontento, viajes hacia ninguna parte, como pasa en la vida de las personas grandes que solemos ir del tumbo al tambo, como decía García Márquez en sus Cuentos peregrinos. Y la respuesta a este ir y venir existencial no está en el viento (Bob Dylan, dixit), sino en el niño de cuatro años de Groucho Marx o en los del principito, porque solo ellos saben lo que buscan.

El siguiente capítulo, el XXIII, narra el encuentro del principito con un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed: “Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber”. Ante la pregunta del principito de por qué las vende, el mercader responde que “es una economía de tiempo. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. —¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? —Se hace lo que se quiere…”. Para mí, nos encontramos con una de las mejores reflexiones del principito: “Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”. Creo que hoy he entendido el sentido de lo que significó el viaje de Ulises a Ítaca: lo importante en la vida nos es llegar sino hacer el camino.

Lo que acabo de escribir es el auténtico sentido de la vida y es la razón de por qué el capítulo siguiente, el XXIV, resume perfectamente el camino recorrido en sólo ocho días, el tiempo exacto en el que el narrador-aviador lleva en el desierto con su avión averiado y se agota ya la provisión de agua, provocando la sed y sin entender que ante tal necesidad, el principito dé prioridad a “caminar tranquilamente hacia una fuente”, cuando ellos están en un desierto. Ante tal necesidad, que ya es compartida, el principito recuerda qué ha significado el zorro en su vida, una auténtica amistad o la flor a la que protege con esmero, las estrellas, pero el gran descubrimiento es tener que hacer el camino en un medio inhóspito, el desierto, como tantas veces ocurre en la vida. Y sigo leyendo unas páginas especiales que son la quintaesencia de esta bella historia:

—El desierto es bello —agregó [el principito]. Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte… Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón…

—Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.

—Me gusta que estés de acuerdo con mi zorro —dijo.

Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo aquí es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…». Como sus labios entreabiertos esbozaran una media sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme…». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas; un golpe de viento puede apagarlas… Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día”.

Al leer estas últimas palabras, tomo conciencia de nuevo sobre su significado último, como hilo conductor de esta novela corta: lo esencial en la vida, en las cosas, sobre todo en las personas, es muchas veces invisible a nuestros ojos.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

El Mensaje del Rey, breve y con carencias de gran calado institucional

Mensaje de Navidad del Rey

Sevilla, 25/XII/2025 – 21:47 h – UTC (CET+1)

Nada mejor que recordar a Baltasar Gracián, cuando afirmó en su afamado Oráculo Manual y el Arte de la Prudencia, que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, una vez visto y leído el Mensaje de Navidad del Rey, anoche, desde una interpretación democrática, obligadamente constitucional y más allá de la atrezzatura buscada especialmente para esta ocasión: sede del Palacio Real, de pie durante los nueve minutos y dos segundos que duró la lectura de 1.126 palabras que contenía, un minúsculo belén, un árbol de Navidad y, como plató central, el frío Salón de Columnas con tapices incluidos. Desde mi punto de vista, el Mensaje fue breve y relativamente bueno, lo que me aleja bastante de considerarlo dos veces bueno.

Sobre el contenido del mensaje, creo que el Rey abordó cuestiones de Estado, que resumo también brevemente, aunque considero que es necesario leer el texto íntegro, sin interpretación ajena alguna que pueda contaminarlo.

En primer lugar, situó la intervención desde “nuestra convivencia democrática, a través de la memoria del camino recorrido y de la confianza en el presente y en el futuro”, al haberse cumplido este año el 50 aniversario de “nuestra transición democrática”. Obviamente citó el mejor resultado de aquel momento, la aprobación de la Constitución de 1978 como el conjunto de propósitos compartidos sobre el que se edifica nuestro presente y nuestro vivir juntos, un marco lo bastante amplio para que cupiéramos todos, toda nuestra diversidad”.

A esta introducción obligada, siguió la referencia de otro éxito democrático en esta Transición, la incorporación de España al proceso de integración europeo que fue “el otro paso decisivo, ilusionante y movilizador. Y también fue el resultado de un compromiso colectivo: el de un país que quería cerrar una etapa marcada por un prolongado distanciamiento de una Europa con la que compartimos principios y valores y un proyecto común de futuro. Europa no sólo trajo modernización y progreso económico y social: afianzó nuestras libertades democráticas”.

También abordó cuestiones de Estado: “Vivimos tiempos ciertamente exigentes. Muchos ciudadanos sienten que el aumento del coste de la vida limita sus opciones de progreso; que el acceso a la vivienda es un obstáculo para los proyectos de tantos jóvenes; que la velocidad de los avances tecnológicos genera incertidumbre laboral; o que los fenómenos climáticos son un condicionante cada vez mayor y en ocasiones trágico. Tenemos muchos desafíos… Y los ciudadanos también perciben que la tensión en el debate público provoca hastío, desencanto y desafección. Realidades, todas ellas, que no se resuelven ni con retórica ni con voluntarismo”. Es obvio que dejó desafíos sin citar, echando personalmente de menos las referencias expresas a los problemas acuciantes en relación con la educación pública a todos los niveles, por recortes permanentes en su financiación y dotación de personal, la insoportable situación de la sanidad pública, con un drama sin abordaje urgente institucional referido por ejemplo a las listas de espera en atención especializada y quirúrgica, junto al desmantelamiento del modelo de la atención primaria como piedra angular del Sistema Nacional de Salud, en definitiva la falta de estrategia pública sanitaria a nivel de Estado y su necesaria proyección en las Autonomías, las deficiencias mantenidas en el tiempo en relación con los Servicios Sociales, así como la falta de atención integral al problema de la vivienda en todas sus proyecciones posibles, no sólo en lo que afecta a los jóvenes citados en su Mensaje.

Es importante señalar que sí abordó un problema galopante en nuestra sociedad, la convivencia: “Pero la convivencia no es un legado imperecedero. No basta con haberlo recibido: es una construcción frágil. Por esa razón, todos debemos hacer del cuidado de la convivencia nuestra labor diaria. Y para ello necesitamos confianza. En este mundo convulso, donde el multilateralismo y el orden mundial están en crisis, las sociedades democráticas atraviesan, atravesamos, una inquietante crisis de confianza. Y esta realidad afecta seriamente al ánimo de los ciudadanos y a la credibilidad de las instituciones. Los extremismos, los radicalismos y populismos se nutren de esta falta de confianza, de la desinformación, de las desigualdades, del desencanto con el presente y de las dudas sobre cómo abordar el futuro”.

Evidentemente, se trata de asumir una realidad flagrante en nuestro país, la falta de diálogo: “Recordemos —en esta víspera de Navidad— que, en democracia, las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas; que avanzar consiste en dar pasos, con acuerdos y renuncias, pero en una misma dirección, no correr a costa de la caída del otro; que España es, ante todo, un proyecto compartido: un modo de reunir —y de realizar— los intereses y aspiraciones individuales en torno a una misma noción del bien común”.

Me agradó que recogiera en su Mensaje una llamada de atención a la responsabilidad compartida para sacar al país del atolladero actual: “Pero tenemos un gran activo: nuestra capacidad de recorrerlos juntos. Hagámoslo con la memoria de estos 50 años y hagámoslo con confianza. El miedo solo construye barreras y genera ruido, y las barreras y el ruido impiden comprender la realidad en toda su amplitud. Somos un gran país. España está llena de iniciativa y de talento, y creo que el mundo necesita —más que nunca— de nuestra sensibilidad, de nuestra creatividad y nuestra capacidad de trabajo, de nuestro sentido de la justicia y de la equidad y de nuestra apuesta decidida por Europa, sus principios y sus valores. Podremos lograr nuestros objetivos, con aciertos y errores, si los emprendemos juntos; participando todos, orgullosos, de este gran proyecto de vida en común que es España”.

Fue, en general, una mera declaración de principios, nada más. Sinceramente, esperaba mucho más dado el delicado momento político del país. Quedaron muchos asuntos sin tratar y eché de menos una referencia expresa a la Memoria Democrática, la violencia de género, la fragilidad actual del Estado de Bienestar, en proyecciones de demolición programada del Sistema Nacional de Salud o de la Educación Pública en todos sus niveles, desde la Educación Infantil a la Universitaria, con proyecciones manifiestas del citado Malestar, en la pobreza estructural y severa del país, especialmente a la pobreza infantil, o a la que sufren mayoritariamente los nadies, en exclusión social permanente. Igualmente, no dedicó palabra alguna a la inmigración y a cómo emerge una política en contra de la asunción de esta realidad en el país, con movimientos xenófobos de un marcado peligro social, así como a todo lo que suena diferente con especial incidencia en los colectivos LGBTIQ+ y sus diferentes proyecciones en la actualidad. Muchas ausencias en un momento muy delicado del país.

Finalizo como señalaba al principio de esta reflexión democrática, citando a Baltasar Gracián: el Mensaje del Rey fue breve y formalmente bueno, aunque manifiestamente incompleto y con grandes ausencias sociales de relevancia vital en el país, lo que me aleja bastante de considerarlo, como demócrata, dos veces bueno.

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Navidad 2025: una oportunidad de decir todo, crispadamente recogidos y mudos

jose-saramago
José Saramago (Azinhaga
(Golegã), Portugal, 1922 – Tías (Lanzarote), España, 2010)

Sevilla, 25/XII/2025 – 09:30 UTC (CET+1)

Debo muchas cosas a José Saramago. Una de ellas, el recuerdo sempiterno del compromiso personal y social activo que, en tiempos revueltos, es un acicate para seguir surcando mares en busca de islas desconocidas. He escuchado muchas veces a Pilar del Río, su compañera de aventuras existenciales, contar cosas sencillas de José, siempre Saramago. Y de su compromiso con la vida, al que recurro de vez en cuando, cuando voy del timbo al tambo, para saber que cuando era un joven de veinte años, ya expresaba así su soledad sonora: 

Solo diré
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé,
No se podrá morir sin decir todo
.

Y él contaba que “La composición más antigua de la colectánea [su obra Poesía completa], cuando el aprendiz de poeta apena pasaba de los veinte años, se llama “Poema a boca cerrada” y contiene, en sus últimos versos, un compromiso y un anhelo que todavía hoy me asombra por la desmesura del desafío que se proponían: Que quien se calla cuanto me callé / No se podrá morir sin decir todo.

Muchos años después, 39 exactamente, José Saramago escribía estas palabras en el Prólogo de la edición en castellano (Alfaguara, 2005), y refiriéndose al joven impulsivo que escribió estas palabras tan bellas, hacía una auténtica declaración de principios para bocas cerradas: “hoy sé lo que él no podía saber, que sólo cuando se tiene veinte años es posible creer que algún día se llegará a decir todo. La vida, incluso la más prolongada, incluso la de un viejísimo matusalén de barbas fluviales, siempre dejará tras de sí sombras calladas, restos incombustibles, islas desconocidas”.

Hay que pasar de la tristeza a la lucha, “desbravando islas” en expresión suya, porque cuando se tiene muy claro el horizonte del interés público, el personal e intransferible pasa a un segundo plano. La Navidad se puede convertir así, para mi, en oportunidad y fortaleza para asumir el arte de callar, crispadamente recogido y mudo por muchas situaciones de mis alrededores que no me gustan, que me pre-ocupan (así, con guion), aunque tengo claro que no puedo, mejor, que no debo morir sin decir todo

Lo difícil, sin lugar a dudas, es levantarse del suelo, en la clave de una obra importante de Saramago, y seguir haciendo camino de interés general, público, por qué no digital, al andar. Pero hay que hacerlo, es más, es urgente decirlo hoy a los cuatro vientos navideños.

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Nochebuena de los felices…, según Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, primera edición en 1914

Sevilla, 24/XII/2025 – 08:00 h UTC (CET+1)

Un año más, vivimos inmersos en unos días que respeto en su quintaesencia histórica, aunque soy consciente de que la economía de mercado los ha convertido en pura mercancía. Como decía Gabriel García Márquez, la Navidad, «[…] es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”, añadiendo una premonición a modo de profecía, dado que los niños del mundo pueden terminar “[…] por creer de verdad que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos” (1). Hoy, recuerdo el villancico que cerraba los planos finales de la película Plácido: “en esta tierra nunca ha habido caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá”, que repongo en sesión especial vital todos los años, en mi Cinema Paradiso imaginario, durante la Navidad, para que no olvide su mensaje demoledor cuando muchas veces convertimos estos días en una rifa para sentar pobres en nuestras mesas vitales.

Escribo estas palabras como regalo con estela para todos los días (2), no sólo en Navidad, para los que desean ser felices con lo que tienen, día a día, pero sobre todo para que seamos mucho más felices todavía siendo y no solo teniendo. También para los niños y niñas de mi ciudad, que viven en barrios calificados como más pobres de España, porque estoy convencido de que su nochebuena es diferente, la de los nadies, «los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida«, que de forma tan excelsa describió Eduardo Galeano en un poema precioso, para que no se olvide la dignidad y la luz que llevan dentro, porque a su manera viven la navidad de los felices, según la describió Juan Ramón Jiménez en su obra excelsa, Platero y yo.

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La nochebuena de los felices no me pertenece como título de esta reflexión, sino al niñodiós de nombre Juan Ramón Jiménez: “Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro”. En 2014 se celebraron los primeros cien años -porque estoy convencido de que se cumplirán muchos más- de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, elegía andaluza a la que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años.

Moguer me ofreció siempre una acogida de día y noche que no puedo olvidar. Por las mañanas, porque preparaba mis clases en la casa de Juan Ramón, gracias a Pepito, su guardián celoso y servicial, muy atento a que mi estancia allí fuera tranquila y segura, alejándome a veces del clamor infantil en las visitas de la mañana a la sala-biblioteca que existía en la planta baja de aquella época. Además, en el arco de la escalera del patio principal, leía todos los días un mensaje alentador y programático: Amor y poesía, cada día… Por las noches, porque me ofrecía conocimiento y libertad para comprender en sus recónditos bares, uno de ellos muy querido, La Parrala, lo que significaba tomar algo a modo de cena, siempre acompañado por personas que conocí a pie de barra. Sobre todo, Mateo, un hombre tosco y aguerrido, que hablaba todos los días con su caballo, en conversaciones imposibles, probablemente porque Platero lo había marcado de por vida, haciéndome partícipe de sus ilusiones y frustraciones diarias. Después, en un paseo iluminado siempre por los mensajes de personas y paredes, me alojaba en el Hotel situado junto al Ayuntamiento, en una habitación que me asignaba el encargado, Pepe, que en su soledad sonora y amable, procuraba proteger mi estancia para que la vida me permitiera descansar como caminante que siempre pretendía hacer camino al andar.

Llega la Nochebuena, sobre todo para los felices. Y he vuelto a leer en Platero y yo el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI), cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos y que reproduzco completo como homenaje a Platero, para que siga trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón :

Navidad

¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

…Camina, María,
camina José…

Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.

Abro de nuevo el libro y sigo andando por la calle de la Ribera, en mi Moguer imaginario, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, invitando a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

(1) Cobeña Fernández, José Antonio, 2025, Vuelvo a recordar a Gabriel García Márquez, por su visión de la navidad actual.

(2) Cobeña Fernández, José Antonio (1987). La estela del regalo, en Teatro de barrio. Huelva, pág. 99.

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El Principito, hoy / 7. Lo esencial es invisible a los ojos

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XXI

Sevilla, 24/XII/2025 – 07:40 h UTC (CET+1)

Hoy, con la lectura de los capítulos XVIII al XXI, descubro de nuevo el contexto en el que nació un aserto que procuro mantenerlo muy presente en mi vida: lo esencial es invisible a los ojos. La última vez que lo consideré en profundidad fue en 2022, con ocasión de una visita a una tienda de ropa en mi ciudad, mi planeta actual en lenguaje principesco, en la que me encontré con un mensaje que pertenece a esas reflexiones que permanecen en mi memoria de hipocampo. Fue en una camiseta, donde se podía leer la citada frase, lo esencial es invisible a los ojos, pronunciada por el zorro que se convierte en amigo del principito, al finalizar su famoso capítulo XXI:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa, repitió el principito, a fin de acordarse”.

Los capítulos anteriores son sólo un antesala de este genial descubrimiento, acompañando por mi parte al principito en su travesía personal del desierto, buscando hombres a modo de Diógenes redivivo (capítulo XVIII), donde encuentra una rosa desafiante que le enseña algo alarmante sobre su preocupación desértica: “¿Los hombres? Creo que existen seis o siete. Los he visto hace años. Pero no se sabe nunca dónde encontrarlos. El viento los lleva. No tienen raíces. Les molesta mucho no tenerlas”. A estas palabras, el principito solo dijo “adiós”.

Prosigue su viaje subiendo a una alta montaña (capítulo XIX), donde sólo escucha el eco de sus demandas, de su soledad: “—Estoy solo…, estoy solo…, estoy solo —respondió el eco. «¡Qué planeta tan raro! —pensó entonces—. Es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres no tienen imaginación. Repiten lo que se les dice… En mi casa tenía una flor: era siempre la primera en hablar…». Continúa su camino, descubriendo por fin una ruta que le lleva a la “morada de los hombres” (capítulo XX). Entra en un jardín de muchas rosas donde se sintió muy desdichado, porque “su flor le había contado que era la única de su especie en el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín”. Él se creía rico con una flor única, porque “no poseía más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe…». Y , tendido sobre la hierba, lloró”.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XX

Llego finalmente al extraordinario capítulo XXI, donde aparece un zorro, “no domesticado“, otro gran protagonista de esta aleccionadora aventura, tal y como comentaba al comienzo de estas palabras. Todo comienza con el diálogo en torno al significado de “domesticar”: —Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa «crear lazos». —¿Crear lazos? —Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo. Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… Creo que me ha domesticado”.

No olvido este diálogo tan aleccionador. Vuelvo a leer y reproducir el final de este capítulo, porque es una lección preciosa en tiempos revueltos, donde debemos tomar conciencia de que debemos “perder tiempo” con las personas que queremos, algo que nos roba la llamada “inteligencia” del teléfono móvil, por ejemplo. Será, en este mundo al revés, algo que nos llenará de placer interno porque habremos domesticado, en el sentido más puro del término, lo que queremos en quien creemos, aunque en principio sea algo invisible para los ojos, algo que se parecerá mucho a la rosa del principito, como ejemplo precioso en nuestras vidas:

“—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.

—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

—Soy responsable de mi rosa —repitió el principito, a fin de acordarse”.

Lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

El secreto del zorro está desvelado y me siento muy feliz al compartirlo. Yo también sigo teniendo rosas a las que cuidar cada día, porque sé que son una vida, la esencia misma de la vida, en un mundo al revés en el que lo esencial sigue siendo muchas veces invisible a los ojos.

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¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / 6. ¿Quién descifra el terrible enigma de la soledad humana?


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XV

Sevilla, 23/XII/2025 – 09:42 h UTC (CET+1)

Recuerdo hoy que el pasado 14 de diciembre me propuse escribir una serie de artículos durante esta Navidad, Año Nuevo y Reyes, respetando la estructura y contenidos de El Principito, una novela corta, ¿cuento quizás?, desarrollada a través de 27 capítulos, que ha pasado a ser de dominio público en nuestro país, con mi interpretación actualizada en 2025, de lo que el autor quiso dejar como legado de su alma inquieta a la Humanidad. 

Ha sido dicho y hecho, llegando hoy a la sexta entrega para contar en esta ocasión un viaje del principito muy largo, hasta visitar un planeta lejano, diez veces más grande, encontrando un habitante Anciano, así, con mayúscula, de profesión geógrafo, “un sabio que conoce dónde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos”. Esto ocurre en el capítulo XV, en el que el narrador desarrolla una experiencia llamativa sobre la importancia de dejar constancia en los libros sólo lo permanente en la naturaleza, no lo efímero.

Como profesional de la geografía, el Anciano tenía claro su cometido, es decir, lo que no debía anotar en su libro enorme ante las sucesivas preguntas del principito: “No es el geógrafo quien debe hacer el cómputo de las ciudades, de los ríos, de las montañas, de los mares, de los océanos y de los desiertos. El geógrafo es demasiado importante para ambular. No debe dejar su despacho. Pero recibe allí a los exploradores. Les interroga y toma nota de sus observaciones. Y si las observaciones de alguno le parecen interesantes, el geógrafo hace averiguaciones acerca de la moralidad del explorador”, persiguiendo siempre la verdad de lo que cuentan, es decir, la objetividad verdadera que requiere la ciencia: “un explorador que mintiera ocasionaría desbarajustes en los libros de geografía”. Moral intachable, sin fisura alguna.

En esta situación, el nuevo “explorador“, para el geógrafo Anciano, podía ofrecer datos de su planeta de origen para registrarlos, si respondían a la verdad, en el Libro Grande, siguiendo un protocolo riguroso, porque “los relatos de los exploradores se anotan con lápiz al principio. Para anotarlos con tinta se espera a que el explorador haya suministrado pruebas”. Ciencia, otra vez, en estado puro.

La situación más relevante se produce en el momento en el que el principito comienza a describir su planeta, sus volcanes, ¿la flor…?, porque, según el geógrafo, son los más valiosos de todos los libros. Nunca pasan de moda. Es muy raro que una montaña cambie de lugar. Es muy raro que un océano pierda su agua. “Escribimos cosas eternas”, pero llegado el momento de “registrar” la rosa, le manifiesta al principito que no puede anotarla porque las flores son “efímeras” o lo que es lo mismo, como aclaración, lo efímero significa “que está amenazado por una próxima desaparición”.

Gran desconcierto creó en el principito “explorador” esta afirmación rotunda, porque su querida flor ya sabe que es efímera “¡y sólo tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo! ¡Y la he dejado totalmente sola en mi casa!”. En este momento de turbación, recibe del geógrafo un sabio consejo, que vaya a visitar el planeta Tierra porque tiene “buena reputación”, iniciando un nuevo vuelo aunque no dejaba de pensar en su rosa “efímera”, indefensa, que nunca sería registrada en un libro grande de geografía porque le faltaba una cualidad indispensable: ¡ser eterna!

El principito llega de esta forma al planeta Tierra, descrito de forma muy breve en el capítulo XVI, que merece la pena recuperar íntegramente: “La Tierra no es un planeta cualquiera. Se cuentan allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas grandes. Para daros una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invenciónde la electricidad se debía mantener, en el conjunto de seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros. Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un ballet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas, se iban a dormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y de Siberia. Luego, también se escabullían entre los bastidores. Entonces era el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Luego los de África y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso. Solamente el farolero del único farol del Polo Norte y su colega del único farol del Polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces al año”.


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XVII

Menos mal que para aclarar esta descripción del planeta Tierra, encumbrando a los faroleros, los que lo iluminaban siempre con situación de continuidad, el narrador lo explica en el capítulo XVII con una cierta dosis de sarcasmo: “No he sido muy honesto cuando hablé de los faroleros. Corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a quienes no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar en la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra se tuviesen de pie y un poco apretados, como en un mitin, podrían alojarse fácilmente en una plaza pública de veinte millas de largo por veinte millas de ancho. Podría amontonarse a la humanidad sobre la más mínima islita del Pacífico. Las personas grandes, sin duda, no os creerán. Se imaginan que ocupan mucho lugar. Se sienten importantes, como los baobabs. Les aconsejaréis, pues, que hagan el cálculo. Les agradará porque adoran las cifras. Pero no perdáis el tiempo en esta penitencia. Es inútil. Tened confianza en mí”.


Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XVII

A partir de esta declaración de principios, nace un diálogo enigmático entre el principito y una serpiente, la única interlocutora que habita en la zona que visita el protagonista, un desierto en África. Con esta soledad sonora, asume dialogar con ella y pronuncia una frase con lógica humana, no así para el ofidio: “¿Dónde están los hombres? —prosiguió al fin el principito—. Se está un poco solo en el desierto. —Con los hombres también se está solo —dijo la serpiente. El principito la miró largo tiempo: —Eres un animal raro —le dijo al fin—. Delgado como un dedo… —Pero soy más poderoso que el dedo de un rey — dijo la serpiente”.

A pesar del desprecio hacia la serpiente, mostrado por el principito, negándole su poder y su incapacidad para viajar, ella muestra sus artes tentadoras, enroscándose alrededor del tobillo del visitante “como un brazalete de oro”, ofreciéndole una oferta especial: “A quien toco, lo vuelvo a la tierra de donde salió —dijo aún. Pero tú eres puro y vienes de una estrella… El principito, desconcertado, le dice a la serpiente que es “un animal raro, delgado como un dedo…”. La serpiente se apiada aparentemente de él, ofreciendo su interesada ayuda: “Me das lástima, tú, tan débil, sobre esta Tierra de granito. Puedo ayudarte si algún día extrañas demasiado tu planeta. Puedo…. —¡Oh! Te he comprendido muy bien—dijo el principito—, pero ¿por qué hablas siempre con enigmas? Yo los resuelvo todos —dijo la serpiente. Y quedaron en silencio”.

Enigmas sabios de un ofidio, experto en estrategias de embaucamiento interesado, porque sólo hacía enunciados de sentido artificiosamente encubierto, para que el encuentro con el principito, fuera difícil de entender o interpretar en su soledad sonora. La serpiente lo dejó plasmado en un aserto, anteriormente citado: es frecuente sentir la soledad interior porque “con los hombres también se está solo”. Terrible enigma para un principito bueno y… solo, entre dos mil millones de personas que habitaban el planeta Tierra en los años cuarenta del pasado siglo. Me sobrecoge pensar qué significa hoy el enigma de la soledad humana, enunciado por una serpiente, cuando a la hora de escribir estas palabras ya poblamos este planeta 8.265.627.300 personas.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

En tiempos de turbación mundial y nacional, defendamos la alegría como un derecho

Mario Benedetti

Sevilla, 22/XII/2024 – Actualizado el 22/XII/2025 – 23:30 h UTC (CET+1)

Cuando finaliza el día del sorteo extraordinario de Navidad de la Lotería Nacional, con más de doscientos años de historia en nuestro país, vuelvo a recordar que más allá de la suerte, tenemos que defender algo que es consustancial con ella. Me refiero a la alegría, entendida como trinchera, destino, principio, bandera, certeza y, por encima de todo, como un derecho. Así lo aprendí de Mario Benedetti y así lo comparto hoy de nuevo, como el hilo conductor de la campaña del Sorteo extraordinario de Navidad de este año: “El sorteo que nos une”… y puede proporcionarnos alegría. En este contexto hay que defender la alegría como un derecho /
defenderla de dios y del invierno /
de las mayúsculas y de la muerte /
de los apellidos y las lástimas /
del azar y también de la alegría.

Es verdad que el Club de los Tibios, Mediocres, Tristes y Apocalípticos, sin mezcla de alegría alguna, tiene cola para darse de alta y militar en él, en estos tiempos revueltos y difíciles. Por ello, vuelvo a refugiarme hoy en un poema de Mario Benedetti, Defensa de la alegría, a modo de manual para contrarrestar esta corriente no inocente que suelen abanderar los líderes que propician el ocaso de cualquier democracia.

En estos días “navideños “ y de Loterías, en los que se nos obliga por parte del Mercado Global a estar alegres y muy pendientes de la suerte, en la dialéctica de azar y necesidad, como si lo que ocurre en nuestro alrededor no tuviera a veces importancia alguna, creo que es urgente defender la alegría [auténtica] como una bandera / defenderla del rayo y la melancolía / de los ingenuos y de los canallas / de la retórica y los paros cardiacos / de las endemias y las academias. Por encima de todo, como un derecho.

Abro su libro Cotidianas, escrito entre 1978 y 1979, para leer de forma pausada el poema citado, lleno de sentimiento y para escucharlo más fuerte que el viento, como aprendí de Rafael Alberti en un canto inolvidable a la dialéctica del verso cuando sólo es para algunos frío pensamiento.

Defensa de la alegría

Defender la alegría como una trinchera 
defenderla del escándalo y la rutina 
de la miseria y los miserables 
de las ausencias transitorias 
y las definitivas 

defender la alegría como un destino 
defenderla del fuego y de los bomberos 
de los suicidas y los homicidas 
de las vacaciones y del agobio 
de la obligación de estar alegres 

defender la alegría como un principio 
defenderla del pasmo y las pesadillas 
de los neutrales y de los neutrones 
de las dulces infamias 
y los graves diagnósticos 

defender la alegría como una bandera 
defenderla del rayo y la melancolía 
de los ingenuos y de los canallas 
de la retórica y los paros cardiacos 
de las endemias y las academias 

defender la alegría como una certeza 
defenderla del óxido y la roña 
de la famosa pátina del tiempo 
del relente y del oportunismo 
de los proxenetas de la risa 

defender la alegría como un derecho 
defenderla de dios y del invierno 
de las mayúsculas y de la muerte 
de los apellidos y las lástimas 
del azar y también de la alegría.

La realidad terca es que entre tibios, mediocres, tristes y apocalípticos anda el juego mundial de dirigir la vida a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en los que dudan de los grandes valores de la democracia y la alegría humana que lleva dentro. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además triste y tibio. No digamos, apocalípticos de vocación. Por ello, es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

Estoy muy preocupado con la perpetuidad de este Club de la Tristeza Global desde tiempos del Apocalipsis. He escrito con frecuencia en este cuaderno digital sobre esta realidad y reitero, de nuevo, que un compromiso de los que pertenecemos al Club Virtual de las Personas Dignas es desenmascararlos con prisa existencial y de supervivencia: “Estamos instalados en el reino de la mediocridad. Hay que desenmascarar a los mediocres, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión. Los mediocres suelen meter la mano en los platos de las mesas atómicas y virtuales, en las que a veces nos sentamos, con total desvergüenza. Son siempre de “calidad media, de poco mérito, tirando a malo”, como dice el Diccionario de la Real Academia. También, tóxicos o tosigosos, que suelen complicar la vida a los demás por su propia incompetencia” (1).

Necesitamos rescatar el principio alegría en nuestra vida, ante tanto desmán de los tristes, tibios, mediocres y apocalípticos, voceros del principio de que “todo va mal”. Sería recomendable que utilizáramos una linterna ética para descubrirlos, con un manual de instrucciones en el que se indique que una vez encendida y al igual que hacía Diógenes de Sinope cuando buscaba personas íntegras, debemos gritar a los cuatro vientos algo urgente: ¡buscamos personas dignas y honestas! Es probable que las personas tibias, tristes y mediocres salgan huyendo, rompiendo las filas de su Club, del que hablaba al principio, porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra. Si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad, en cualquier estamento, probablemente muy cerca de donde vivimos, estamos y somos.

Benedetti nos anima a defender la alegría ante tantos agoreros mayores del Reino, con palabras necesarias que hoy no olvido, sabiendo que hay que defenderla como un principio / defenderla del pasmo y las pesadillas / de los neutrales y de los neutrones / de las dulces infamias / y los graves diagnósticos.

“Oda a la Alegría”, movimiento final de la Novena Sinfonía de Beethoven, adoptado en 1985 por los dirigentes de la UE como himno oficial de la Unión Europea

Hoy, agrego a esta reflexión la música excelsa de Beethoven, a través de su Novena Sinfonía compuesta en 1823, decidiendo poner música a la «Oda a la Alegría» escrita por Friedrich Schiller en 1785. Me acompaña desde hace muchos años y hoy cobra especial interés, recordando también unos versos, sobre los que está inspirada esta obra magna: Alegría, hermosa chispa de los Dioses, hija del Eliseo. Entramos, oh celeste deidad, en tu templo ebrios de tu fuego. Tu hechizo funde de nuevo lo que los tiempos separaron. Los hombres se vuelven hermanos allí por donde reposan tus suaves alas.

(1) https://joseantoniocobena.com/2015/02/17/hay-que-desenmascarar-a-los-mediocres/

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UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El invierno entra hoy en nuestras vidas, para quedarse con nosotros 88 días

Solsticio de Invierno

La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas mientras camino sobre la nieve.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Sevilla, 21/XII/2025 – 08:15 h UTC (CET+1)

El invierno (del latín hibernus) en el hemisferio norte, donde se encuentra nuestro país, comienza hoy, a las 16 horas 3 minutos, hora oficial peninsular según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional – Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana). Esta estación durará aproximadamente 88 días y 23 horas, y terminará el 20 de marzo de 2026 con el comienzo de la primavera.

Hoy es domingo y me parece
que la mañana no está únicamente sobre la tierra
sino que ha entrado suavemente en mi vida.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Me ha interesado conocer esta entrada puntual de una estación que sirve de marco temporal a una fiesta multisecular, la navidad, que sigue plenamente vigente. Se habla oficialmente de solsticio del invierno (del latín solstitiumSol quieto), porque “el inicio del invierno en el hemisferio norte está definido por el instante en que la Tierra pasa por el punto de su órbita desde el cual el Sol presenta su máxima declinación sur. El día en que esto sucede, el Sol alcanza su menor elevación sobre el horizonte al mediodía y describe en el cielo el arco más corto. Como resultado, ese es el día con menos horas de Sol del año. Además, durante varios días la altura máxima del Sol al mediodía parece no cambiar”, está quieto (solsticio).

Yo veo el río como acero oscuro
bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear el rojo,
agrio fruto de enero.
Y el robledal, sobre tierra quemada,
resistir en silencio.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Es muy interesante conocer que “las noches del invierno son largas y con frecuencia secas, por lo que resultan excelentes para observar el cielo”. ¡Qué privilegio humano, hacer cielo al volar con nuestra mente, con nuestros sueños, trascendiendo difíciles caminos al andar! Será la oportunidad para ver distintos planetas y constelaciones a lo largo de cada noche.

Hoy, domingo, la tierra es semejante
a la belleza y la necesidad
de lo que yo más amo.

Antonio Gamoneda, Invierno, en Blues castellano, 1982

Una curiosidad más sobre la realidad que experimentamos en este solsticio, es que en determinados días de invierno amanece más tarde y anochece más temprano. ¿Por qué? Ello es debido a que “aunque el día del solsticio de invierno corresponde al de menor número de horas de Sol, la diferencia de horas entre el día y la noche depende de la latitud del lugar. Para la latitud de Madrid, el día del solsticio de invierno tendrá 9 horas y 17 minutos de Sol, a comparar con las 15 horas y 3 minutos de Sol que tuvo el día más largo (solsticio de verano). La diferencia entre el día más corto y el más largo es por tanto de casi seis horas de Sol”.

Junto a Antonio Gamoneda puedo afirmar que hoy domingo, 21 de diciembre de 2025, en el que entra el invierno, la tierra es semejante a la belleza y la necesidad de lo que yo más amo. Eso me basta para cantar la belleza de este día, de esta estación.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / 5. Se hace cielo al volar

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XII

Sevilla, 20/XII/2025 – 07:32 h CET (UTC+1)

Se hace cielo al volar junto al principito. También, camino al andar por estos vericuetos digitales. Ahora abordo la experiencia vivida y sentida en el tercer, cuarto y quinto planeta visitados (capítulos XII, XIII y XIV), con una brevísima estancia en el primero, porque me permite conocer la realidad terca de un bebedor, del que nuestro pequeño héroe obtuvo una respuesta encadenada a su pregunta sobre la razón de beber: “bebo para olvidar que tengo vergüenza de beber”, que lo dejó perplejo, alejándose de aquel encuentro de forma inmediata: “Las personas grandes son decididamente muy, pero muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje”. Un bucle imperfecto, pero real como la vida misma.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XIII

Prosiguió su viaje interplanetario. El principito nunca renunciaba a preguntar, pero no entendía la mayor parte de las respuestas recibidas (Antonio Machado lo proclamó a los cuatro vientos: Para dialogar, preguntad, primero; después… escuchad). Es lo que ocurrió de nuevo en su cuarto viaje, cuando descubrió a un hombre de negocios autoproclamado como “serio”, que no contaba tonterías, vaya. No paraba de contar y contar, en una sucesión de números y sumas infinitas, hasta que el principito, que lo preguntaba todo, quiso saber en realidad qué es lo que estaba contando en ese momento: “quinientos un millones… […] de esas cositas que se ven a veces en el cielo. —¿Moscas? —No, cositas que brillan. —Abejas? —¡No, no! Cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Pero yo soy serio! No tengo tiempo para desvariar. —¡Ah! ¡Estrellas!—Eso es. Estrellas.—¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

Ante esta pregunta, el hombre de negocios, serio, preciso, cuenta por qué lo hace, poseer las estrellas. El diálogo que sigue es digno de ser reproducido con literalidad obligada del texto, para poder ser entendido: “Quinientos un millones seiscientas veintidós mil setecientas treinta y una. Yo soy serio, soy preciso. —¿Y qué haces con esas estrellas? […] Nada. Las poseo. […] Me sirve para ser rico. […] Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra. Éste, se dijo a sí mismo el principito, razona un poco como el ebrio. Sin embargo, siguió preguntando: ¿Cómo se puede poseer estrellas?—¿De quién son? —replicó, hosco, el hombre de negocios. —No sé. De nadie. —Entonces, son mías, pues soy el primero en haberlo pensado. —¿Es suficiente? —Sin duda. Cuando encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo. Cuando encuentras una isla que no es de nadie, es tuya. Cuando eres el primero en tener una idea, la haces patentar: es tuya. Yo poseo las estrellas porque jamás nadie antes que yo soñó con poseerlas. —Es verdad —dijo el principito—. ¿Y qué haces tú con las estrellas? —Las administro. Las cuento y las recuento —dijo el hombre de negocios—. Es difícil. ¡Pero soy un hombre serio!”.

Este diálogo kafkiano culmina con la explicación de cómo el hombre de negocios, serio y exacto, guarda en un cajón “el justificante” de lo contado cada día, porque además puede documentarlo en un papel y depositarlo en un banco. Para el principito, todo lo ocurrido y manifestado por el hombre serio, era divertido, bastante divertido y poco serio, porque “tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas grandes”. Él poseía cosas concretas en su asteroide, las atendía personalmente y las cuidaba, pero el hombre de negocios “no era útil para las estrellas”. Él sí para sus cosas, para su asteroide. En su fuero interno y según lo vivido hasta este momento, las personas grandes eran extraordinarias, pero poco útiles para la vida de los aparentemente pequeños.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XIV

Finalizamos hoy con el vuelo al quinto planeta, donde descubrirá un único habitante, un farolero y su farol, en una superficie minúscula, cumpliendo siempre una consigna, encender y apagar el farol, de día y noche, así cada minuto, en un frenesí desmedido.

Visitar este planeta era un reto para el principito: “Tal vez este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy hermosa. Es verdaderamente útil porque es hermosa”.

La realidad que encontró el principito fue que el planeta giraba cada vez más rápido, cada minuto, convirtiendo la vida del farolero en una sumisión a una consigna, encender y apagar el farol, sin lugar a descanso alguno. Tanto es así que el farolero le descubre el secreto: “—¡Qué raro! ¡En tu planeta los días duran un minuto! —No es raro en absoluto —dijo el farolero—. Hace ya un mes que estamos hablando juntos. —¿Un mes? —Sí. Treinta minutos. ¡Treinta días! Buenas noches. Y volvió a encender el farol. El principito lo miró y le gustó el farolero que era tan fiel a la consigna. Recordó las puestas de sol que él mismo había perseguido, en otro tiempo, moviendo su silla. Quiso ayudar a su amigo”.

De esta forma, el principito le da a conocer un medio para que descanse cuando quiera, “pues se puede ser, a la vez, fiel y perezoso”: “Tu planeta es tan pequeño que puedes recorrerlo en tres zancadas. No tienes más que caminar bastante lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás… y el día durará tanto tiempo como quieras. —Con eso no adelanto gran cosa —dijo el farolero—. Lo que me gusta en la vida es dormir. —Eso es no tener suerte —dijo el principito. —Eso es no tener suerte —dijo el farolero—. Buenos días. Y apagó el farol”.

El farolero sería despreciado por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios, pensaba el principito, aunque a él no le parecía ridículo: “Quizá porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo. Por ello, “suspiró nostálgico y se dijo aún: —Éste es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es verdaderamente demasiado pequeño. No hay lugar para dos… El principito no osaba confesarse que añoraba a este bendito planeta, sobre todo, por las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol, ¡cada veinticuatro horas!”.

El relato prosigue. Había descubierto un amigo y no podía olvidarlo. Sobre todo porque era un ejemplo de fidelidad. Encender y apagar un farol, esa es la cuestión. La consigna de un trabajador pequeño en un planeta pequeño, muy pequeño. Quizás sea esta última reflexión la que me recuerda ahora una idea feliz de un personaje de este planeta, Eduardo Galeano, cuando escribió algo que nunca olvido: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

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¡Paz y Libertad!

El Principito, hoy / 4. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo IX

Sevilla, 18/XII/2025 – 19:23 h (CET+1)

La lectura de El Principito, como el mundo, sólo tiene interés hacia adelante. Es lo que me ocurre en esta tarea de persona mayor que lee un relato sin edadismo alguno, hoy centrado en los capítulos IX, X y XI. Además, con un interés especial al iniciar el protagonista un largo viaje plagado de experiencias inolvidables.

Las tareas preparatorias de este cambio de rumbo interplanetario se centran en las responsabilidades de cuidados del asteroide que lo acoge, su casa, deshollinando tres volcanes, arrancando brotes de baobabs y fijando las distancias de la terca flor, ahora arrepentida, de la que ya hemos hablado en artículos anteriores con cierto desasosiego, dando muestras siempre de su vanidad de vanidades, junto al orgullo que la acompañó desde su primer encuentro. Si el principito acometía estas tareas de cuidados del asteroide era, en el fondo, porque tenía la impresión de que no iba a volver a pisar aquella tierra. ¿Dulce o amarga despedida? Puede ser triste a secas, porque el amor no correspondido acaba rompiéndose siempre de mil formas. El símil mejor para comprender este destrozo es el de una pieza de cerámica muy valiosa, que un día cae al suelo y se rompe, se pegan sus piezas rotas meticulosamente para recomponerla, pero siempre acaba notándose su fractura.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo X

El principito buscaba en este viaje una ocupación e instruirse al mismo tiempo. Entre los asteroides de su zona,  325, 326, 327, 328, 329 y 330, eligió el primero, habitado por un rey, sentado en su trono y cubriendo toda la superficie con su manto de armiño. Su principal preocupación es que su autoridad fuera respetada, encontrando en el visitante una oportunidad extraordinaria para comprobarlo: “El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables. «Si ordeno —decía habitualmente—, si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía».

El rey reinaba sobre su planeta, otros planetas y las estrellas, su poder era absoluto y universal. Todo el mundo le obedecía, por lo que el principito lo puso a prueba: “Quisiera ver una puesta de sol… Dame el gusto… Ordena al sol que se ponga. —Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina, y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta? —Vos —dijo firmemente el principito. —Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer —replicó el rey—. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya aarrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

Gran lección para el principito, pero la puesta de sol quedaba pendiente, aunque el rey se la concedió incluso con hora exacta. Como se demoraba el cumplimiento de esta petición, le comunicó al rey que se iba. Es el momento en el que creo que recibe una segunda lección inolvidable para el joven príncipe: “No partas —respondió el rey, que estaba muy orgulloso de tener un súbdito—. ¡No partas, te hago ministro! —¿Ministro de qué? —De… ¡de justicia! —Pero no hay a quién juzgar! —No se sabe —le dijo el rey—. Todavía no he visitado mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me fatiga caminar”. Todo eran dudas para el principito porque en aquel asteroide no había nadie: “Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio. Yo —dijo el principito— puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí” (la negrita es mía).

Entrando en el juego autoritario del rey, después de una propuesta absurda para retenerlo como súbdito, el principito le lanza un órdago sin éxito alguno: “Si Vuestra Majestad desea ser obedecido puntualmente podría darme una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, que parta antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables… Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló un momento, y luego, con un suspiro, emprendió la partida. —Te hago embajador —se apresuró entonces a gritar el rey. Tenía un aire muy autoritario. Las personas grandes son bien extrañas, díjose a sí mismo el principito durante el viaje”. Culmina así este capítulo con enseñanzas importantes, aunque la principal es clara: no todo vale en el poder autoritario, porque no somos súbditos en el mundo, sino ciudadanos. Tampoco, el engatusamiento en torno al poder, porque siempre corrompe. Cuidado entonces, porque las personas grandes, con gran poder, son peligrosas.

Acuarela de Antoine de Saint-Exupéry, en El Principito, 1943, capítulo XI

Finalizo la incursión planetaria de hoy, acompañando al principito en su segundo viaje, un planeta habitado por un vanidoso, los tipos que siempre necesitan estar cerca de personas que los admiren y hete aquí que el principito era un candidato perfecto. Cayó en la trampa del vanidoso porque por mucho que aplaudía ante él, se levantaba el sombrero para saludar, pero así siempre y de forma cansina, sin más, porque lo único que buscaba era las alabanzas. Ante una pregunta quizá impertinente, “Y qué hay que hacer para que el sombrero caiga? […] el vanidoso no le oyó. Los vanidosos no oyen sino las alabanzas. —Me admiras mucho verdaderamente? —preguntó al principito. —Qué significa admirar. —Admirar significa reconocer que soy el hombre más hermoso, mejor vestido, más rico y más inteligente del planeta.

—¡Pero si eres la única persona en el planeta!

—¡Dame el placer! ¡Admírame de todos modos!

—Te admiro —dijo el principito, encogiéndose de hombros—.Pero, ¿por qué puede interesarte que te admire? Y el principito se fue”.

Otra vez más, constata lo que significa el reino de las personas grandes, mayores, con poder: “Las personas grandes son decididamente muy extrañas, se decía para sus adentros durante el viaje”. Poder autoritario, absoluto del rey y la vanidad expresada hasta la última potencia, de un vanidoso profesional, habían defraudado al principito en su búsqueda de un mundo imaginario mejor para los más pequeños. De todas formas, estaba convencido de que había que seguir haciendo camino… al viajar.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!