El compromiso intelectual

Desde que tengo uso de razón científica me he preguntado muchas veces cómo puede poner uno su inteligencia al servicio de la humanidad, de las personas y situaciones sociales que necesitan atención humana en el pleno sentido de la palabra. También me he preguntado muchas veces en qué consiste el compromiso de los intelectuales con esta misma sociedad, no optando por posiciones políticas de partido, con  militancia expresa. La verdad es que no he encontrado mucha literatura sobre el particular y, normalmente, son discursos muy elaborados que no están al alcance de todos los españoles, como diría el título de crédito del NODO al que recuerdo siempre en mis tardes de Madrid, pensando en Andalucía, de la que me sacaron sin muchas contemplaciones  cuando solo tenía cuatro años.

Aproximarse a una definición de libro es imposible. Cualquier definición solo recoge la forma de establecer defensas innatas para protegerse de los ataques del enemigo, que desgraciadamente suele verse en todas partes sin que realmente existan. Como llevo tiempo pensando en esta realidad, el compromiso intelectual, ahí van unas cuantas reflexiones. La primera nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en clave aprendida del profesor Ronald Laing, es una tábula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Y por lo poco que se sabe al respecto, quedan muchos años para descifrar el código vital, el llamado código genético de cada cual, personal e intransferible, mejor que el carnet de identidad al que lo hemos asociado culturalmente por la legislación vigente, mucho más atractivo que el de da Vinci, aunque ahora sea menos comercial. Afortunadamente. La niña que ayer corría despavorida por las playas palestinas, temblándole los labios, horrorizada con lo que había pasado con familiares y amigos, acababa de grabar imágenes para toda la vida. Su compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre odio y perdón. A esto nos referíamos. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carnet, dependiendo de sus aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.

La segunda vertiente a analizar es la del compromiso. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tanta veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso o diversión, en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no  vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carnet. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.

Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar eureka a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan  en el quehacer y quesentir diario. Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en el mercado mundial. Al tiempo.

Sevilla, 11/VI/2006

Mi cumpleaños

Sabía que tenía una cita con la vida y no me quedaba más remedio que acudir a la misma aunque fuera tarde. Me habían llamado a la puerta de mi existencia cincuenta y nueve ocasiones y siempre me había ilusionado saber que alguien se preocupaba de recordármelo. Había aprendido en mi infancia que el al-manaque (con guión) había que cuidarlo, porque aunque siempre desprendías una hoja del mismo (de eso sabe mucho la generación MYRGA), el tiempo permanecía en su obligación de recuerdo y a diferencia de la pizarra de Madrigal, en Umbrete (Sevilla), que conocí en los años sesenta, cuando apuntaba los días que quedaban para la siguiente romería del Rocío, la tiza no me permite programar la cuenta atrás personal.

Solo tengo constancia de que hasta ahora he podido vivir cincuenta y nueve años y nueve meses de gestación, que traducido en meses, días, horas, minutos y segundos parece apasionante desde la visión cuantitativa de la vida: 717 meses, 21.805 días, 523.320 horas, 31.399.200 de minutos y 1.883.952.000 de segundos. Esta última cifra me resulta fascinante porque traduce la inmediatez, la proximidad de la medida del tiempo más inmediata, al pensar detenidamente que he tenido la posibilidad de ser en una cantidad aproximada de casi dos mil millones de ocasiones.

Soy inmensamente rico. Miro a mi alrededor y conozco que cada segundo pierden la vida millones de seres humanos y, como siempre, los más desfavorecidos. Creo que hoy, más que nunca, recobra toda su intensidad el hilo conductor de este cuaderno, aunque me permita hoy una pequeña licencia: mi mundo de secreto solo tiene interés hacia adelante… Es lo único que podría escribir de forma digna en la pizarra que mantengo escondida en mi caja de secretos, con permiso de Madrigal, al que tanto respetaba en su generosidad para que fuéramos felices, mirándonos con cara de niño malo cuando escribía la cuenta atrás de su Rocío.

En Sevilla, a 7 de junio de 2006, dedicado a todas aquellas personas que me han permitido ser en el mundo. También a Macarena y Ricardo.

El punto omega (XII)

Con esta entrega finalizo la serie de artículos sobre la lectura actualizada del libro iniciático sobre Teilhard tantas veces comentado. El capítulo se centraba en “las directrices de la evolución humana” y el avance hacia el punto omega se concebía en tres direcciones. La primera, de una actualidad clamorosa, se refería a la investigación como motor imprescindible y necesario para el progreso de la humanidad. Teilhard estaba enamorado de la investigación científica y lo demostró con su aportación a la historia de la paleontología, geología y antropología. Creía que la investigación sería un acicate permanente para entender la vida. Cuando escuchaba el viernes pasado al profesor Juan Pérez Mercader, comprendí de forma exacta lo que Teilhard preconizaba hace muchos años: la necesidad de la ciencia, en definitiva, la perentoriedad del descubrimiento de la primera razón de la vida, de su primer vestigio, para entender la evolución de la humanidad: “todo se debe profundizar y todo se debe intentar”.

El progreso actual es maravilloso desde esta perspectiva. Cuando leía en el año 1966 que “un día, mediante el perfeccionamiento de las síntesis albuminoideas acaso el ser humano consiga producir vida”, vivía aquello como una profecía ilusoria que después se ha ido fraguando en el conocimiento profundo de los procesos vitales. La genómica está facilitando la lectura y comprensión del libro de instrucciones que cada ser humano lleva grabado en su existencia concreta. Y estamos cerca de descubrirnos tal y como somos, tal y como nos proyectamos para ser en la preconcepción y posiblemente se podrán enderezar las existencias torcidas por una programación genética “defectuosa”, que hoy denominamos enfermedad, locura, discapacidad u otras etiquetas sociales que nacen como metáforas del dolor. Teilhard lo intuyó en sus investigaciones: el ser humano llegará a tener un gran dominio sobre la vida psíquica, sobre el cerebro, sobre su razón de ser como es. Pero esta misma capacidad se proyecta a veces en inventar cosas peligrosas. Teilhard conocía la guerra, el frente en su sentido más primigenio, y la capacidad del ser humano para destruir en una contradicción sin límites. Actualidad pura.

La segunda dirección del progreso está en la investigación sobre la propia existencia del ser humano. Es la clave del Universo. Hoy se sabe que desde hace “solo” tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y que también es posible que hubiera vida antes en otros planetas, sobre todo en el planeta rojo, Marte. También existe consenso sobre la datación de nuestros antepasados más próximos, en unos 30.000 años, bajo la figura de hombre de Cromagnon. Y la debilidad de Teilhard estriba en su antropocentrismo terráqueo como meta de la evolución, algo que se discute hoy ampliamente. Por ello es apasionante conocer cómo comenzó la vida y saber en un futuro próximo si ya hubo vida en otros planetas al margen o antes que en el planeta que actualmente habitamos. Descifrar al ser humano es probablemente el “código de vida” que puede dar parte de la solución, porque la vida ya estaba antes. Incluso los creacionistas más radicales y las revelaciones cosmogónicas más arraigadas aceptan el principio antecedente de la vida: los cielos, el suelo o tierra, la haz de las aguas, etcétera, fueron antes que el ser humano (berechit bará elohim at achamayim uet aarest”: “en el principio (alfa) creó Dios los cielos y la tierra”, decían los pueblos ribereños del Tigris y Eúfrates, en el actual Iraq).

La tercera dirección era propicia en el terreno en el que se desenvolvía Teilhard: la unión entre ciencia y religión. No se debe sacar de contexto su realidad católica (era sacerdote jesuita) y la explosión de la Iglesia jerárquica contemporánea (años de posguerra mundial), porque traducía el sentir de la época: después de tres siglos de lucha entre ciencia y fe, ninguna de las dos ha dejado a la otra fuera de combate. La ciencia sigue sin tener todas las claves de la existencia. Se sabe cada día más, pero el factor sorpresa es continuo. Y genera un discurso muy denso en todas sus publicaciones científicas, donde siempre hay un homenaje a la dialéctica ciencia-religión, encrucijada que estudié contemporáneamente hace cuarenta años y que era terreno propicio para deserciones o abrazos teologales.

El punto omega sigue construyéndose. Esa era la gran aportación de la creencia en el ser humano. Algunos científicos trabajan sobre el punto alfa, el origen de la vida, y así lo entendí en la exposición del profesor Juan Pérez Mercader. Solo queda que el siglo del cerebro nos depare descubrimientos importantes sobre las claves de la inteligencia. Nos aproximará a la referencia de omega como fin simbólico de la existencia humana. Entenderemos por qué nos preocupa saber el origen y final de nuestras vidas. 

El pasado me revela la construcción del futuro
Pierre Teilhard de Chardin, a bordo del “Cathay”, 1935

Sevilla, 31/V/2006, cuarenta años después de descubrir que el mundo solo tiene interés hacia adelante…

Nooteca (II)

Cuando entré esta tarde (20.30 horas) en Wikipedia para comprobar la voz Nooteca, que presentaba en mis anotaciones de esta mañana, aparecía el siguiente mensaje en pantalla:

“Mantenimiento de Wikipedia: En breve, un bibliotecario borrará esta página
Puedes consultar las razones por las cuales ha sido solicitada esta acción en «Lo que Wikipedia no es» y en «Wikipedia:Páginas para borrar».

Motivo: Wikipedia no es fuente primaria”

He consultado qué se entiende por fuente primaria en “Wikipedia:Wikipedia no es una fuente primaria”, obteniéndose la siguiente información:

“En términos generales, pueden distinguirse dos clases de textos en la difusión del conocimiento. Por una parte, existen textos que presentan por primera vez hallazgos científicos o históricos —como observaciones de laboratorio, transcripciones de experimentos, investigaciones realizadas mediante trabajo de campo, encuestas, censos, transcripciones jurídicas, documentos de época— o que ofrece por primera vez una interpretación teórica de estos hallazgos, incrementando o reestructurando los conocimientos sobre un saber. Por otra parte, hay textos que exponen de manera más o menos sistemática lo que, en los textos de la primera clase, se presenta y desarrolla.
Los textos de la primera clase se llaman habitualmente fuentes primarias; son normalmente, en las disciplinas académicas, las publicaciones periódicas especializadas, los libros de autores o editores expertos, o las memorias de investigación; en ámbitos no académicos, como la televisión o la prensa, constan de las publicaciones y emisiones originales. Lo importante, en este contexto, es que Wikipedia no es una fuente primaria.

Esta política es uno de los tres principios básicos para evaluar el contenido de Wikipedia, junto con el de neutralidad en el punto de vista y verificabilidad. Los tres principios están íntimamente relacionados: la neutralidad se garantiza al representar adecuada y objetivamente la opinión de los profesionales, y la verificabilidad permite asegurarse de que la representación es efectivamente adecuada.”

Ante esta situación, estimo conveniente ofrecer la transcripción literal de la voz propuesta para conocimiento de todos:

“La voz Nooteca tiene su raíz en el constructo griego Νόοθήκη (νόος: inteligencia, espíritu, mente, pensamiento y θήκη: depósito, receptáculo, caja, cofre).
Al igual que utilizamos la palabra biblioteca, en sus acepciones de enciclopedias y diccionarios convencionales, en soporte papel o digital, es necesario crear un espacio en la Red para localizar lugares y sitios en Internet, especializados en inteligencia y conocimiento, que estén fundamentados en el mundo digital. A tal efecto, nace la idea de crear un espacio digital específico sobre la inteligencia, de alta disponibilidad en la red, es decir, la Nooteca, como conjunto de libros, revistas y documentos, en soporte digital, que tratan sobre la inteligencia en sus múltiples acepciones. Si se institucionaliza como soporte, se trataría como institución cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, intercambio, estudio y alta disponibilidad en Internet, de libros, revistas, documentos e información digital sobre la inteligencia humana y de los seres vivos.”

Trabajaré en esta «fuente primaria» y analizaré las razones.

Sevilla, 30/V/2006

Nooteca

Hoy he incorporado a la enciclopedia libre multilingüe Wikipedia una nueva voz, como aportación al siglo del cerebro, en el que vivimos en la actualidad, y como homenaje explícito a la figura de Pierre Teilhard de Chardin. Se trata de la palabra “Nooteca”, como empresa científica a acometer desde todas las latitudes del Universo. Es urgente crear un gran fondo documental sobre la inteligencia en su más amplia acepción y qué mejor lugar que Internet y la gran malla mundial para dar cabida a este lugar de encuentro, a este cofre virtual del cerebro explicándose a sí mismo. Estoy diseñando la forma de comenzar a prestar este servicio en este cuaderno de bitácora, como trabajo cooperativo, donde se pueda ir mejorando por todas las personas, universitarios, científicos que estén interesados en construir un repositorio común, libre de todo tipo de trabas y como el mejor homenaje a Teilhard de Chardin en su maravillosa expresión de la Noosfera.

En unos días daré forma a este proyecto. Será de una sencillez extrema para que las personas interesadas en colaborar lo tengan muy fácil y el conocimiento sea de verdad compartido desde el intercambio humano más básico. Se podrá ir enriqueciendo poco a poco, hasta hacerlo complejo como cualquier sistema emergente. Cada cual podrá localizar su punto de interés inteligente a tenor de sus expectativas. Llevará por nombre “Nooteca” y alcanzará su máxima expresión cuando estén interesados en él los centros de conocimiento en cualquiera de sus manifestaciones, rurales y urbanos, personales  e institucionales, con un denominador común: estar preocupados por conocer mejor el cerebro, sus maravillosas expresiones que hacen posible el que las personas seamos más felices y podamos demostrar al Universo, como lugar en el que vive cada uno, que otro mundo es posible siempre y cuando sepamos más de porqué somos así.

El proyecto “Nooteca” dará preferencia al conocimiento creado en Andalucía, en España, con unos apartados específicos, porque debe ser un espacio en el que tanto los jóvenes como los mayores andaluces pongan a disposición de la gran malla mundial de cerebros humanos, los avances que esta región está llevando a cabo, a veces en el más absoluto de los silencios y por qué no decirlo, de los desprecios. Por su inteligencia compartida los conoceremos.

Gracias por haber llegado hasta aquí en la lectura. A partir de ahora, cuéntalo en todos los lugares amables para crear ilusión y procura ser proactiva ó proactivo, es decir, toma la iniciativa que creas más conveniente, porque la inteligencia de la mujer tendrá un lugar especial como apartado prioritario del proyecto Género y vida que comencé el 5 de febrero de 2006 en este cuaderno de inteligencia digital. Cualquier idea será bien recibida. Porque parte de la inteligencia humana, la que nos hace más libres y creativos, resolviendo el principal problema de todos los días: encontrar sentido a lo que hacemos en nuestro papel de hombres y mujeres que hemos nacido para vivir con cada oportunidad sentida y resolviendo de forma más o menos acertada los problemas de cada día. Con nuestro cerebro global, con nuestra inteligencia particular.

Sevilla, 30/V/2006

Juan Pérez Mercader

Han pasado unos días desde que escribí la última entrega a este cuaderno de bitácora, en definitiva a los que van formando parte de esta célula despierta que forma parte de la malla pensante teilhardiana. Este paréntesis se cierra con este pequeño homenaje que deseo hacer al Profesor Pérez Mercader, con el que he tenido el honor de cruzar ayer unas palabras y, sobre todo, escucharle atentamente en una intervención sobre “La exploración de Marte en el siglo XXI”. Ha sido como acto de clausura en las XVIII Jornadas entre las Comunidades Autónomas sobre la gestión de los tributos cedidos y ha sido un auténtico regalo con denominación de origen, valga la expresión, por sus raíces andaluzas y por la inmensa valía de su persona.

La sencillez extrema del Profesor Pérez Mercader era su auténtico efecto halo a lo largo de la exposición. Su contenido fue sugerente, atractivo, plagado de interpretaciones no inocentes, con uso y disfrute de vocabulario del lugar y con un homenaje permanente a sus discípulos (seguro que amigos), a los que citó con nombre y apellidos en un homenaje explícito a los jóvenes y al conocimiento que se trabaja y exporta desde Andalucía, en experiencias tan impresionantes como las que se llevan a cabo en el Río Tinto (Huelva).

Marte fue una excusa para dar un repaso al estado del arte de la investigación marciana y terrícola en el aquí y ahora y en el escenario de los próximos diez años. El canto a la vida y la proactividad en el diagnóstico comparativo de lo que pasó en Marte para que nos pueda servir aquí en la Tierra, me pareció un hilo conductor trascendental, más allá de los tecnicismos al uso y de la realidad tragicómica que se nos pinta a diario. De vez en cuando lanzó mensajes subliminales sobre la necesidad de inversión en investigación y desarrollo, y el foro tributario, a nivel de Estado, era propicio para calibrar la importancia de la participación ciudadana y de los presupuestos estatales y autonómicos en la autentica investigación que sirve para algo con un retorno que él explicaba una y otra vez bajo la forma de patentes y aplicaciones en la vida ordinaria.

El misterio de cuándo empezó la vida lo fue develando de forma sorprendente. Se entendía bien su mensaje: nos interesa estudiar qué pasó en Marte para estar preparados para lo que tiene que venir indefectiblemente. Desde hace solo tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y se sabe que también hubo vida antes en otros planetas, sobre todos en el planeta rojo. Y la vida debe ser estudiada en todas sus manifestaciones primigenias, muy hilvanada con el agua. Así fue avanzando en su exposición, en una excursión virtual por las bacterias, el Río Tinto, a través de sus hematites, hasta llegar al esplendor europeo actual, en su actividad geoespacial e, indudablemente, Estados Unidos, con su programa de exploración de Marte desde hace años y para 2009.

Me pareció extraordinario conocer la participación española en estos Proyectos. Jóvenes y otra vez jóvenes investigadores que ponen su conocimiento al servicio de la humanidad para conocer cómo podemos interpretar la que ocurre a diario en la Tierra, una vez aprendido lo principal y primigenio en las excursiones a Marte.

Terminó con una lectura de Ócnos, sobre la Naturaleza, del poeta sevillano Luis Cernuda, con la maestría de la experiencia y voz de Amancio Prada:

Le gustaba al niño ir siguiendo paciente, día tras día, el brotar oscuro de las plantas y de sus flores…

y un poema de Omar Jay´yam (1057-1123), interpretado por Camarón, que nos sobrecogió a todos:

El mundo es un grano de polvo en el espacio
La ciencia de los Hombres, palabras
Los pueblos, los animales y las flores de las siete colinas,
Son sombras de la nada.

Sobran más palabras. Sólo, gracias desde este rincón de la Noosfera.

Sevilla, 27/V/2006

Alexis

Alexis es un conductor de guagua, en Tenerife. Desde hace días traslada a los senegaleses que son identificados en la Comisaría de Playa de las Américas a los Centros de internamiento temporal hasta que se resuelvan sus expedientes de expulsión. Cuando le ha preguntado la periodista sobre sus impresiones al respecto, comenta: “lo que mas me impresiona es que durante el viaje el silencio es total, no hablan, no se miran”. Alexis resume de forma descarnada la realidad de los 735 senegaleses que entre el jueves y viernes pasado llegaron a las costas canarias, en cayucos, en un viaje a alguna parte.

El silencio de los senegaleses es un grito encubierto de rabia y desesperación por una situación insostenible. Son parte de una revolución silenciosa que grita a través de sus silencios que esto no puede continuar así. Algo está pasando en el mundo cercano, aunque lo queramos representar como lejano, que hace terriblemente injusta la realidad que nos cuentan en perfecto francés, para mayor escarnio. Con su dura travesía ya han hablado. Quieren salir.

Entiendo bien que Alexis ponga entonces la radio y por la megafonía de la guagua suene esta canción en cualquier emisora tinerfeña, que llamaría “Para salir…” (o “para la libertad” con letra de Miguel Hernández), como noticia de fondo que ha aparecido en el diario “El País”, de 21 de mayo de 2006: «Y un día, harto de ver cómo en otros sitios se vive de otra manera, con comodidades y con todo tipo de cosas que también, de vez en cuando, pasean por aquí los turistas y los empresarios extranjeros, dices ‘¡basta!, quiero salir». Y entonces esa idea se convierte en una especie de obsesión furiosa: salir. Trabajan para salir. Piensan para salir. Descansan para salir. Hablan para salir. Se mueven para salir…”

Y siguen sin hablar y sin mirarse a la cara, porque durante siete días, que es lo que dura la travesía de su vida, solo miraban hacia adelante, siempre en la misma postura, para ver si el Teide, España y Europa los acogían en sus misteriosas entrañas de riqueza y libertad.

Sevilla, 21/V/2006

El punto omega (XI)

El capítulo que comento hoy llevaba por título “El punto omega”. Era la primera vez que me enfrentaba a una lectura finalista, por principio, en una espectacular paradoja existencial. Pero me anudó definitivamente a una dialéctica casi apocalíptica, de principio y fin de la vida, donde se desencadenan los grandes interrogantes científicos. Para Teilhard la evolución tiene un horizonte claro, el punto omega, en clave evolucionista: la consciencia se intensifica y así seguirá siendo en lo sucesivo, siempre. Toda la intensificación de ha desarrollado y se desarrolla en la hominización, al hacerse personal e intransferible. Siempre en torno a una realidad mágica e incuestionable: la consciencia. Pero, ¿qué queremos decir con este vocablo?.

He iniciado una lectura comparada de un libro de divulgación sobre la realidad del cerebro, que intenta explicarlo en lenguaje cercano (1): proceso mental que engloba procesos distintos que están localizados en el cerebro también en lugares distintos. Y explica las consciencias de fondo y las más actuales, porque nos “preocupan” más: las percepciones, los recuerdos, los sentimientos y las emociones, la atención. Siempre en torno a una palabra clave: la consciencia, la conciencia en su acepción más basal. Si partimos del lema “conciencia”, tal y como lo define el DRAE (1992) en su primera acepción: propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”, podemos deducir de forma clara y contundente que estamos hablando de un proceso mental que afecta a cada ser humano, de forma diferente. Ferrater Mora definía este término como “percatación o reconocimiento de algo, una cualidad, una situación, etc., o de algo interior, como las modificaciones experimentadas por el propio yo”.  Si analizamos su recorrido histórico-etimológico, sabemos que se deriva del latín “cosnscientia” y, a su vez, del griego «suneídesis», «suneidós» ó «sunaíszesis». La utilización por Crisipo de Soli, filósofo estoico, de mano explicativa y dialéctica, según lo conocemos gracias a la escultura que figura en el Museo del Louvre, atestigua su significado primigenio: “suneídesis” es tener conciencia y conocimiento de los propios actos. Ferrater afina más el análisis del término y aporta una clasificación vinculada al sentido psicológico que es la que recojo aquí de forma interesada: la conciencia es la percepción del yo por sí mismo, es decir, es la apercepción en su estado puro, autoconciencia. Magnífica concreción. En el lenguaje popular, cotidiano, que tanto me gusta estudiar, se define muy bien el término: “Fulano de tal es un inconsciente”, es decir, ha perdido el control de sí mismo, a diferencia de cuando se utiliza también en la expresión, “no tiene conciencia”, ya que tiene una carga moral que en este momento no ha lugar en el análisis.

¿Por qué he hecho este excursus sobre el término “consciencia”?. Indudablemente por mi permanente obsesión en la aprehensión del lenguaje que utilizamos, de base diferenciadora en el ser humano y que hoy se puede mejorar en el discurso de ruptura con la brecha digital. La unificación de sentido en el lenguaje respetado de cada uno es una necesidad que se tendrá que contemplar en Internet. Experiencias como la de la enciclopedia construida con base popular -“wikipedia” es un ejemplo excelente-, permitirá ir enriqueciendo el conocimiento de la conciencia, por ejemplo, porque se intentará llegar a un consenso universal en su contenido. Ya no valdrá salir del paso científico en un debate de estado, de barrio o familiar, diciendo: “si al final queríamos decir lo mismo”, cuando la realidad es que no es así, decimos siempre cosas muy diferentes, porque vivimos realidades muy diferentes, porque nuestra conciencia depende del grado de gobierno que tenemos sobre nuestra realidad existencial. Crisipo lo definía bien: tener conocimiento y conciencia de los propios actos. Eso es lo primero. La carga moral sobre esa toma de conciencia la puso la historia a través de la ética, de la moral y de las religiones. Pero lo primero, fue y es lo primero.

Teilhard estaba interesado en demostrar que la evolución culminaría en un grado sumo de “consciencia”, en un punto final denominado “punto omega”, porque el futuro de la humanidad consiste en centrarse alrededor de un punto: omega. Y señala una fuerza de atracción convergente: el amor. Puede sonar a cursilería pero no he querido descontextualizar su auténtica posición científica y su origen jesuítico. Para Teilhard, las diferentes manifestaciones de amor, hoy traducidas a movimientos solidarios, Estados comprometidos con el bienestar social y los grandes principios democráticos, y las organizaciones no gubernamentales que están trabajando en el mundo que no queremos ver en los telediarios y documentales de compromiso social, ejercen una fuerza de atracción hacia el punto omega e indican la necesidad de convergencia. La Noosfera, en su versión Internet, permite que “veamos” la pérdida y/ó toma de consciencia de seres humanos que luchan por sobrevivir en tareas de supervivencia cotidiana. En palabras de Teilhard, “la noogénesis asciende sin retroceso posible hacia el punto omega”. Debemos aspirar a una humanidad unificada y ese es el gran proyecto omega. Él calibraba una temporalidad de millones de años, para este gran acontecimiento convergente, tomando conciencia del progreso humano y científico. Su esperanza, que es la nuestra, la mía en concreto, era que la gran malla humana que habita este planeta, descubriera día a día su puesto en el Universo y, a nivel celular, que trabajara para la convergencia en omega, brindándonos hoy Internet una plataforma de conocimiento a través de la banda ancha como nuevo caudal de sangre que alimenta el “cerebro” pensante de cada ser consciente. La ciencia nos ayudará, sin duda alguna. Entre otras cosas, porque sabremos más de la felicidad cerebral, la más auténtica. Porque tomaremos conciencia de ello.

Y cuando podría poner punto final al capítulo de hoy, para vernos próximamente en este salón virtual, recuerdo que los últimos descubrimientos científicos sobre la consciencia demuestran que ésta solo ocupa el 2% de la actividad cerebral permanente del ser humano. Todo lo que ocurre, supuestamente al margen de la consciencia, ocupa el 98%, es inconsciencia pura, en permanente actividad. Y esto es lo que trae loco al investigador sobre inteligencia artificial. La actividad inconsciente es como un disco duro virtual que está grabando todo, absolutamente todo lo que nos ocurre sin que “nos demos cuenta”, al menos, aparentemente, “ocupando” millones de neuronas y carga eléctrica asociada, así como compuestos químicos y actividad física vinculada. Una central de inteligencia asociada a esta escritura, por ejemplo, pero que va dejando piedras blancas virtuales por el camino, sin que seamos capaces hoy de descifrarlas en el aquí y ahora de cada uno. Y lo emocionante radica en constatar, y así se ha demostrado científicamente, que los sentimientos son grabaciones “para toda la vida”, como se demuestra en la recuperación para la conciencia de los mejores momentos de nuestra vida, como si se tratara de un coleccionable particular, entregado posiblemente en fascículos para todo aquél que lo quisiere ver y escuchar. Las memorias escondidas que solo aparecen cuando las provocamos de forma consciente o inconsciente, dan lugar a la evocación de la criptomnesia, el desconocimiento consciente de otras memorias asociadas posiblemente a hechos de vida, pero de los que no recordamos el momento preciso de la grabación y con qué calidad se hizo. Y la corteza cerebral vuelve para hacer acto de presencia en una reivindicación contemporánea de la consciencia, aunque no se sepa dónde está alojada. Su responsabilidad estriba en coordinar las áreas asociativas del cerebro aunque otros elementos entren en juego. Ayudada por el glutamato, como neurotransmisor cerebral que si es neutralizado provoca pérdida de consciencia, aunque todo siga grabándose en una misión posible.

A pesar de todo necesitamos creer en el punto omega. A mí, por ejemplo, me sigue pareciendo el amor un neurotransmisor que hace felices a las personas y que justifica esta presencia en Internet para estrechar la malla de cerebros pensantes e interconectados, que nos respetamos, apreciamos e incluso queremos. Y la corteza cerebral lo sabe. Por algo será, aunque desgraciadamente no sepamos explicar todavía en la soledad sonora del laboratorio de la vida la consistencia de este punto omega teilhardiano.

(1) Rubia, F. J. (2006). ¿Qué sabes de tu cerebro?. Temas de Hoy: Madrid, págs. 130-136.

Sevilla, 20/V/2006

El punto omega (X)

Y seguí…, en un mañana prolongado en el tiempo, por lo que pido disculpas en mi cita cotidiana. Para Teilhard, el valor “tiempo” era un referente que nos lleva a marcar distancias con el progreso. Es verdad que cualquier investigación actual, retrospectiva, permite fijar cada vez mejor la realidad de nuestros antepasados. Pero lo verdaderamente apasionante e ilusionante, al mismo tiempo, es la posibilidad continua de ser en el mundo porque somos un estadio temprano y muy primitivo que se constata solo con mirar hacia atrás, sin ira, y reflexionar sobre lo necesario que ha sido el tiempo para poder llegar a ser lo que somos. Cuando tomamos conciencia de nuestro papel en el cosmos, se relativiza todo. Los astronautas cuentan siempre la misma experiencia: lo que sienten cuando salen a pasear por el espacio. La pequeñez extrema, a pesar del entrenamiento espartano en su base de lanzamiento y su teórico dominio sobre la materia. Y su sorpresa escatológica, a modo de síndrome de Gagarin (1961): «¿Dónde está Dios? ¡No le he visto!».

Teilhard compara permanentemente nuestra esperanza de vida con la historia de la humanidad. Y comprende el posible abatimiento para quien emprende una tarea investigadora hacia alguna parte, sobre todo cuando conocemos cada día que pasa la inmensa posibilidad de conocimiento que puede llegar a tener la persona inteligente. Y navegando en vocabulario cargado de mística contemporánea, Teilhard intenta “consolarse” con el análisis retrospectivo de la necesidad del tiempo hacia delante que es posible solo por haber tenido tiempo el investigador hacia atrás. Llega a hablar incluso de “derroche” de tiempo en el Universo para llegar a ser lo que somos, para que el cerebro llegue a ser lo que puede llegar a ser. Y en esta fracción de tiempo existencial surge la gran pregunta de Teilhard: ¿qué sucederá si el ser humano, antes de que haya llegado al término de su edad biológica, que los especialistas estiman en uno o dos millones de años, se destruye a sí mismo con comportamientos antibiológicos, como los que estamos viviendo en la actualidad?.

La verdad es que no necesitamos que nos den la noche o el día, con esta lectura, pero solo con estar atentos a la realidad mundial, asistimos a un espectáculo no precisamente edificante. Los cayucos que arriban a Canarias, en búsqueda de un mundo mejor (?), son un exponente de lo que decimos. Las costuras de África, de la miseria, revientan por todos los sitios. Todos estamos protegiéndonos frente a un supuesto “enemigo” que acecha. No hay “suficientes” vigilantes privados para atender la demanda social. La policía pública es insuficiente. Cada vez nos protegemos más cuando salimos al exterior, valga la expresión metafórica, a cualquier sitio. En definitiva, asistimos a un espectáculo permanente de comportamientos antibiológicos, que ya preocupaban a Teilhard en el siglo pasado. Y él era pesimista, porque pensaba que la gran oportunidad que ha tenido el ser humano en su configuración actual, ya no se repetirá, porque el salto para “pensar” es único e irrepetible. Han sido necesarios muchos millones de años para alcanzar una capacidad cerebral tan maravillosa, para pensar, como para que ahora lo tiremos por la borda de la locura existencial, en una actitud de irresponsabilidad colectiva. Y, a su vez, optimista, porque era consciente de que el hombre es el punto culminante del Universo.

Y cuando parece que su teoría aboca a un camino sin salida, morfológico, introduce un sesgo en su cosmovisión, cuando menos curioso. Expone con el calor del investigador que tutea a las hipótesis de trabajo, aunque haya que abandonarlas pasado el tiempo, lo siguiente: la esfericidad de la tierra juega un papel trascendental en la extensión de la humanidad, porque al final todos confluimos en los mismos sitios. La esfericidad de la tierra lleva al terreno de la compresión, forjando un tejido homogéneo. Hoy conocemos el mundo, lo abarcamos, en el pleno sentido de la palabra, lo medimos, lo fotografiamos, lo estudiamos, o explotamos, lo agotamos… Todo forma una espesa malla humana, que muere o vive según haya tenido la suerte de estar en el mundo. Los subsaharianos, otra vez. A través de una parabólica saben que existe otro supuesto mundo mejor, donde hay comida para casi todos, frente a un entorno hostil donde la vida no tiene precio. Y un avión ultramoderno los devuelve allí, de donde no debían haber salido… Dice Teilhard que la humanidad es la única especie de vivientes (mi maestro de Triana decía “murientes”) que ha logrado formar una capa coherente sobre la tierra entera. Y por eso el grupo humano no ha necesitado especies, sino que sigue siendo una hoja indivisa del árbol de la vida.

En los primeros pueblos ribereños, en las orillas del Tigris y del Eúfrates había personas, no humanidad. No había un gran conocimiento mutuo. Pero hoy ya no es así. Es curioso constatar un sentimiento cada vez más extendido: buscamos estar solos, vivir alguna vez en soledad y sin embargo nos da miedo vivir realmente esta experiencia. Por eso necesitamos de la colectividad, en una dialéctica absurda pero esencialmente buscada. Hoy todo es interdependiente. La dependencia es un vocablo que adquiere fuerza por segundos. Nos necesitamos o lo que es mejor: estamos obligatoriamente obligados a vivir en común. Necesitamos la tierra entera. Es lo que ha descubierto China en los últimos diez años: ha decidido comer, vestir, viajar y pensar. Y comenzamos a tomar conciencia de que no hay recursos para todos: “estábamos avisados”, como consta en los títulos de crédito de un documental de la CNN sobre la escasez del petróleo.

En mi libro iniciático señalé con corchetes rojos esta frase: “el hombre aislado no piensa ni da un paso hacia adelante”. Los descubrimientos antropológicos han demostrado que las personas estaban como escondidas en el mundo. ¿Recuerdan la anécdota de Fray Bartolomé de Arrazola que contaba admirablemente Tito Monterroso en su cuento “El eclipse”?. La cultura maya, los grandes astrónomos estaban allí antes de que llegara el Almirante Colón?. Y vivían. Y morían. Pero no nos conocíamos. Y sabían muchas más cosas que nosotros. La realidad es que la malla humana se ha espesado. Los medios de comunicación, los sistemas y tecnologías de la información y comunicación nos aproximan por todas partes. Internet es una posibilidad abierta al mundo para que podamos saber cómo existimos y qué nos pasa en cualquier lugar de la tierra. La conciencia colectiva es una realidad. La inteligencia conectiva, a modo de córtex cerebral, se extiende por doquier. Se toman decisiones cada vez más informadas. La juventud sabe que ha descubierto un filón para atravesar cualquier barrera, a cualquier edad, en cualquier momento, con cualquier lenguaje. Barato. Para hacerse oír, a pesar de todo. En el anuncio del año geofísico, en 1954, tan querido para Teilhard, participaron todas las naciones del planeta. Él, designó ese año, con una visión memorable, como el primer año de la Noosfera. Quizá fuera una fecha preciosa para declarar ese año y la fecha de comienzo del Congreso como el auténtico día de Internet. No solo porque hoy sea el día conmemorativo, como pueden comprender, sino como reconocimiento a un gran investigador que intuyó la gran potencialidad de los sistemas y tecnologías de la comunicación, siempre que fueran una manifestación útil de la inteligencia social, compartida.

Sevilla, 17/V/2006, en el día de Internet, en el día de la Noosfera…

Feria del libro en Sevilla

Si tuviéramos que localizar un identificador esencial en Sevilla, un descriptor para localizar su idiosincrasia, seguro que recurriríamos a la palabra “Feria”. Pero si tuviéramos que describir la realidad de la lectura en la ciudad, estaríamos más lejos de los tópicos acuñados a tal efecto. Una feria de libros es una oportunidad de curiosear el estado del arte en la edición actual española, ojear hasta la saciedad e intentar gastar menos en la compra de los libros deseados y deseantes. Ayer estuve en la Feria del Libro, en su nueva edición, con un lema programático “Sevilla, capital de la poesía”, en un marco muy propicio para provocar emociones y sentimientos lectores: el Alcázar, la Giralda, la Catedral, el Archivo de Indias, como testigos activos de la historia de Sevilla que todavía está por escribir.

La verdad es que la concurrencia era escasa, quizá por la hora, las seis y media de la tarde, el calor recurrente en Sevilla y digámoslo claro, porque en Sevilla se crea mucho y se lee poco. Casetas sin apenas visitantes aunque algunas estaban rotuladas especialmente, sin barreras, invitándote a entrar. Y las novedades, sempiternas llamadas de atención de editores interesados en que se lea lo que se demanda según no se sabe qué encuesta de última hora. Quizá influía el calor sofocante que ayer tuvimos la suerte de disfrutar para que no faltara de nada.

En la Plaza del Triunfo estaba desarrollándose la presentación de la colección “E la nave va”. Ya había puesto los motores en marcha la tarde anterior José Saramago, autor de un sugerente “cuento de la isla desconocida”. Había público interesado y aquellos que aprovechaban los bancos de fondo para descansar del calor sofocante. Como en cualquier tarde de los veranos adelantados en Sevilla. Y el trajín de los coches de caballos con su olor identificador, los coches de última generación adornados para las bodas del lugar y un sacristán de la catedral, vestido “ad hoc”  localizando en la caseta en la que estábamos buscando libros de interés personal, al dueño del vehículo que no permitía entrar al coche nupcial en la Plaza Virgen de los Reyes camino de la Puerta de los Palos para celebrar el desposorio que indican los manuales de turno. Sevilla estaba allí, cerca de los libros, en la literatura, pero sin acercarse a ellos, como se ha demostrado en ocasiones históricas a lo largo de los siglos.

También se podía leer el periódico “Mercurio” en una edición especial para la Feria. Lo podías retirar de unos expositores de ADN (¡qué denominación tan sugerente para los preocupados por la inteligencia digital!), añorando la edición mensual en formato revista que tanto aprecio, por la posibilidad que ofrece de conocer el panorama de libros con referencia explícita a Andalucía. Me lo quedé, sin necesidad de pagarlo, en un esfuerzo editor para que no sea tipificado como mercancía. Gracias.  

Y con motivo de la celebración de la Feria, recordaba el Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros correspondiente a 2005, elaborado por PRECISA para la Federación de Gremios de Editores de España, concretamente el apartado referente a la compra de libros, intuyendo que sus conclusiones eran una declaración muy importante para conocer mejor la razón de ser y oportunidades que ofrece esta Feria:

♦ Un 56,3% de los entrevistados ha comprado al menos un libro en el último año. La media de libros comprados al año por comprador es de 12, aunque si se considera exclusivamente la compra de libros que no son de texto el promedio es de 8.
♦ Esa tasa supone un incremento respecto al año 2004 cuando fue del 51,4%. ♦ El porcentaje de compradores es del 45,4% si se incluye exclusivamente a  quienes adquieren libros que no son de texto escolar.
♦ El perfil de los que adquieren más libros que no son de texto (6 y más al año) es el siguiente:
• Personas de 25 a 44 años
• Con estudios secundarios o más
• Ocupados
• Residentes en municipios de más de 1.000.000 de habitantes
• De clase social alta – media alta
♦ Se compra principalmente literatura (74,9%) y dentro de ella fundamentalmente novelas y cuentos (67,1%). De las restantes materias destaca humanidades con un 8,7%.
♦ Las novelas más compradas son las de intriga/misterio con un 32,5%, seguidas de las históricas (19,4%) y las de aventuras (13,0%).
♦ El consejo de amigos/conocidos es la principal referencia para decidir la compra de un libro, seguido de lo que se ojea en librerías y quioscos.
♦ La librería es el lugar habitual de compra para un 74,4% de los entrevistados. No obstante, únicamente un 54,3% adquirió allí su último libro. Del resto de canales destacan los clubs del libro (12,3% del último libro comprado) e hipermercados (9,7%). Precisamente este último crece respecto al año anterior pasando de 7,2% a 9,7%.
♦ Los libros de texto se compran principalmente en librería (71,1%). El segundo canal en importancia son los colegios/Ampas/Centros de estudios con un 17,4%.
♦ El 20,9% ha comprado el libro que no es de texto con descuento. El porcentaje para libros de texto es del 64,5%.
♦ En torno a un 10% de la población adquirió fascículos en quioscos en el último año, en tanto que ha comprado algún libro o colección de libros en quioscos un 9,5%.

Y durante el  primer trimestre de 2006, los resultados presentan esta situación:

• Las mujeres jóvenes, universitarias y que viven en grandes ciudades, son las que más leen
• Uno de cada cuatro españoles lee libros todos o casi todos los días
• Las personas entre 25 y 34 años, encabezan la lista de lectores más  frecuentes

De vuelta de la Feria me encuentro esta buena noticia: el porcentaje de personas que leen libros en España, todos o casi todos los días, ha aumentado durante el primer trimestre del año, hasta situarse en un 25,4% de la población mayor de 14 años. Me encantaría que así fuera en Andalucía, que ocupa el puesto 12 entre las Comunidades Autónomas, con un porcentaje del 54% de población lectora de libros, mayor de 14 años, con una cifra inferior a la media nacional (57% de lectores frente al 43% de población que asegura no leer libros nunca o casi nunca), según el citado barómetro de 2005. Es digno de agradecer, por tanto, el esfuerzo de la Asociación Feria del Libro de Sevilla, porque hace falta valor ideológico y cultural, en su sentido primigenio, para montar una Feria con la que está cayendo.

Por la calle Santo Tomás, eran las ocho y media de la tarde, todavía resonaban los silencios de Sevilla. Y algunos poetas celebraban la capitalidad otorgada en esta feria –patio- tan particular, donde uno se acerca y se aleja de las casetas, sin comprar, como en las demás. En casa, me ilusionó conocer las recomendaciones del Consejo Audiovisual de Andalucía sobre la movilización de los medios audiovisuales a favor de la lectura y de la cultura del libro. Un reto inteligente.

Sevilla, 14/V/2006