El punto omega (XI)

El capítulo que comento hoy llevaba por título “El punto omega”. Era la primera vez que me enfrentaba a una lectura finalista, por principio, en una espectacular paradoja existencial. Pero me anudó definitivamente a una dialéctica casi apocalíptica, de principio y fin de la vida, donde se desencadenan los grandes interrogantes científicos. Para Teilhard la evolución tiene un horizonte claro, el punto omega, en clave evolucionista: la consciencia se intensifica y así seguirá siendo en lo sucesivo, siempre. Toda la intensificación de ha desarrollado y se desarrolla en la hominización, al hacerse personal e intransferible. Siempre en torno a una realidad mágica e incuestionable: la consciencia. Pero, ¿qué queremos decir con este vocablo?.

He iniciado una lectura comparada de un libro de divulgación sobre la realidad del cerebro, que intenta explicarlo en lenguaje cercano (1): proceso mental que engloba procesos distintos que están localizados en el cerebro también en lugares distintos. Y explica las consciencias de fondo y las más actuales, porque nos “preocupan” más: las percepciones, los recuerdos, los sentimientos y las emociones, la atención. Siempre en torno a una palabra clave: la consciencia, la conciencia en su acepción más basal. Si partimos del lema “conciencia”, tal y como lo define el DRAE (1992) en su primera acepción: propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”, podemos deducir de forma clara y contundente que estamos hablando de un proceso mental que afecta a cada ser humano, de forma diferente. Ferrater Mora definía este término como “percatación o reconocimiento de algo, una cualidad, una situación, etc., o de algo interior, como las modificaciones experimentadas por el propio yo”.  Si analizamos su recorrido histórico-etimológico, sabemos que se deriva del latín “cosnscientia” y, a su vez, del griego “suneídesis”, “suneidós” ó “sunaíszesis”. La utilización por Crisipo de Soli, filósofo estoico, de mano explicativa y dialéctica, según lo conocemos gracias a la escultura que figura en el Museo del Louvre, atestigua su significado primigenio: “suneídesis” es tener conciencia y conocimiento de los propios actos. Ferrater afina más el análisis del término y aporta una clasificación vinculada al sentido psicológico que es la que recojo aquí de forma interesada: la conciencia es la percepción del yo por sí mismo, es decir, es la apercepción en su estado puro, autoconciencia. Magnífica concreción. En el lenguaje popular, cotidiano, que tanto me gusta estudiar, se define muy bien el término: “Fulano de tal es un inconsciente”, es decir, ha perdido el control de sí mismo, a diferencia de cuando se utiliza también en la expresión, “no tiene conciencia”, ya que tiene una carga moral que en este momento no ha lugar en el análisis.

¿Por qué he hecho este excursus sobre el término “consciencia”?. Indudablemente por mi permanente obsesión en la aprehensión del lenguaje que utilizamos, de base diferenciadora en el ser humano y que hoy se puede mejorar en el discurso de ruptura con la brecha digital. La unificación de sentido en el lenguaje respetado de cada uno es una necesidad que se tendrá que contemplar en Internet. Experiencias como la de la enciclopedia construida con base popular -“wikipedia” es un ejemplo excelente-, permitirá ir enriqueciendo el conocimiento de la conciencia, por ejemplo, porque se intentará llegar a un consenso universal en su contenido. Ya no valdrá salir del paso científico en un debate de estado, de barrio o familiar, diciendo: “si al final queríamos decir lo mismo”, cuando la realidad es que no es así, decimos siempre cosas muy diferentes, porque vivimos realidades muy diferentes, porque nuestra conciencia depende del grado de gobierno que tenemos sobre nuestra realidad existencial. Crisipo lo definía bien: tener conocimiento y conciencia de los propios actos. Eso es lo primero. La carga moral sobre esa toma de conciencia la puso la historia a través de la ética, de la moral y de las religiones. Pero lo primero, fue y es lo primero.

Teilhard estaba interesado en demostrar que la evolución culminaría en un grado sumo de “consciencia”, en un punto final denominado “punto omega”, porque el futuro de la humanidad consiste en centrarse alrededor de un punto: omega. Y señala una fuerza de atracción convergente: el amor. Puede sonar a cursilería pero no he querido descontextualizar su auténtica posición científica y su origen jesuítico. Para Teilhard, las diferentes manifestaciones de amor, hoy traducidas a movimientos solidarios, Estados comprometidos con el bienestar social y los grandes principios democráticos, y las organizaciones no gubernamentales que están trabajando en el mundo que no queremos ver en los telediarios y documentales de compromiso social, ejercen una fuerza de atracción hacia el punto omega e indican la necesidad de convergencia. La Noosfera, en su versión Internet, permite que “veamos” la pérdida y/ó toma de consciencia de seres humanos que luchan por sobrevivir en tareas de supervivencia cotidiana. En palabras de Teilhard, “la noogénesis asciende sin retroceso posible hacia el punto omega”. Debemos aspirar a una humanidad unificada y ese es el gran proyecto omega. Él calibraba una temporalidad de millones de años, para este gran acontecimiento convergente, tomando conciencia del progreso humano y científico. Su esperanza, que es la nuestra, la mía en concreto, era que la gran malla humana que habita este planeta, descubriera día a día su puesto en el Universo y, a nivel celular, que trabajara para la convergencia en omega, brindándonos hoy Internet una plataforma de conocimiento a través de la banda ancha como nuevo caudal de sangre que alimenta el “cerebro” pensante de cada ser consciente. La ciencia nos ayudará, sin duda alguna. Entre otras cosas, porque sabremos más de la felicidad cerebral, la más auténtica. Porque tomaremos conciencia de ello.

Y cuando podría poner punto final al capítulo de hoy, para vernos próximamente en este salón virtual, recuerdo que los últimos descubrimientos científicos sobre la consciencia demuestran que ésta solo ocupa el 2% de la actividad cerebral permanente del ser humano. Todo lo que ocurre, supuestamente al margen de la consciencia, ocupa el 98%, es inconsciencia pura, en permanente actividad. Y esto es lo que trae loco al investigador sobre inteligencia artificial. La actividad inconsciente es como un disco duro virtual que está grabando todo, absolutamente todo lo que nos ocurre sin que “nos demos cuenta”, al menos, aparentemente, “ocupando” millones de neuronas y carga eléctrica asociada, así como compuestos químicos y actividad física vinculada. Una central de inteligencia asociada a esta escritura, por ejemplo, pero que va dejando piedras blancas virtuales por el camino, sin que seamos capaces hoy de descifrarlas en el aquí y ahora de cada uno. Y lo emocionante radica en constatar, y así se ha demostrado científicamente, que los sentimientos son grabaciones “para toda la vida”, como se demuestra en la recuperación para la conciencia de los mejores momentos de nuestra vida, como si se tratara de un coleccionable particular, entregado posiblemente en fascículos para todo aquél que lo quisiere ver y escuchar. Las memorias escondidas que solo aparecen cuando las provocamos de forma consciente o inconsciente, dan lugar a la evocación de la criptomnesia, el desconocimiento consciente de otras memorias asociadas posiblemente a hechos de vida, pero de los que no recordamos el momento preciso de la grabación y con qué calidad se hizo. Y la corteza cerebral vuelve para hacer acto de presencia en una reivindicación contemporánea de la consciencia, aunque no se sepa dónde está alojada. Su responsabilidad estriba en coordinar las áreas asociativas del cerebro aunque otros elementos entren en juego. Ayudada por el glutamato, como neurotransmisor cerebral que si es neutralizado provoca pérdida de consciencia, aunque todo siga grabándose en una misión posible.

A pesar de todo necesitamos creer en el punto omega. A mí, por ejemplo, me sigue pareciendo el amor un neurotransmisor que hace felices a las personas y que justifica esta presencia en Internet para estrechar la malla de cerebros pensantes e interconectados, que nos respetamos, apreciamos e incluso queremos. Y la corteza cerebral lo sabe. Por algo será, aunque desgraciadamente no sepamos explicar todavía en la soledad sonora del laboratorio de la vida la consistencia de este punto omega teilhardiano.

(1) Rubia, F. J. (2006). ¿Qué sabes de tu cerebro?. Temas de Hoy: Madrid, págs. 130-136.

Sevilla, 20/V/2006

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