La pituita

Hace solo tres meses publiqué un post de esta serie vinculada a cerebro y género, El tálamo, en el que aludía al símil culinario que tan sugerente es en relación con la investigación didáctica de las diferentes estructuras cerebrales: “En las nueces, almendras y castañas, como símbolos del cerebro, está el secreto. Algo importante “se cocina” todos los días en nuestra cabeza. Es más, en cada segundo vital”. También seguía utilizando estos criterios en el análisis del hipotálamo, la ciruela pequeña: “Hace tiempo comencé a trabajar en la construcción de inteligencia creadora que fortalezca el conocimiento de la mujer y de su estructura cerebral para ayudar a comprender mejor las igualdades y diferencias de género, con la ilusión de que el conocimiento del cerebro de las otras, de los otros, de lo que verdaderamente nos une a lo largo de millones de años, la inteligencia, sea una fuerza motriz para remover conciencias de género, enmarcadas en el respeto del conocimiento mutuo. Poco a poco avanzo en la anatomía del cerebro, a través del lenguaje, de la divulgación científica de las estructuras cerebrales que nos pueden hacer más libres porque comenzamos a saber y justificar por qué somos y nos comportamos de forma igual o diferente, sabiendo que el “secreto está en la masa” gris y blanca del cerebro (doscientos mil millones de posibilidades diferentes de ser y estar) cuando se asientan en determinadas estructuras”.

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Figura 1: la glándula pituitaria ó hipófisis. Imagen recuperada de http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/esp_imagepages/17227.htm, el 17 de julio de 2007

Hoy, vamos a agregar un ingrediente más, en este peculiar programa de cocina cerebral, una estructura similar a un guisante (algunos científicos hablan del formato de pera muy pequeña ó de San Juan), con un peso de 0.5 gramos, que se denomina científicamente glándula pituitaria (también conocida como hipófisis, “crecimiento inferior”) y que se aloja en un espacio óseo, la silla turca, del hueso esfenoides, situada en la base del cráneo, en la fosa cerebral media, que conecta con el hipotálamo a través del tallo pituitario o tallo hipofisario. La etimología es sumamente curiosa para comprender anatómicamente esta microestructura de extraordinaria importancia en las mujeres y hombres, por este orden. Pituitaria significa que contiene o segrega pituita, del latín “pituita”: secreción, fluido, moco, flema, formando parte de la medicina tradicional junto a los tres “humores” restantes: sangre, bilis amarilla y bilis negra. Es una superestructura del sistema endocrino dado que ejerce un control férreo sobre ocho glándulas endocrinas que explicamos a continuación.

Esta glándula está unida al hipotálamo a través de fibras nerviosas y está formada por tres secciones: el lóbulo anterior, que representa el 80% del peso de la glándula, el lóbulo intermedio y el lóbulo posterior. El lóbulo anterior produce la hormona de crecimiento, la prolactina, que estimula la producción de leche materna después de dar a luz, la adrenocorticotrópica (ACTH), que estimula las glándulas adrenales, la estimulante de la tiroides (TSH), que estimula la glándula tiroides, la folículo-estimulante (FSH), que estimula los ovarios y los testículos al igual que la luteinizante (LH), también presente.

El lóbulo intermedio, produce la hormona estimulante de melanocitos que controla la pigmentación de la piel. El lóbulo posterior, produce la hormona antidiurética (ADH), que aumenta la absorción de agua en la sangre por medio de los riñones. Igualmente, la oxitocina, que contrae el útero durante el parto y estimula la producción de la leche materna.

Esta supercentral hormonal cumple unas funciones determinantes en el ser humano. Louann Brizendine, la autora revelación sobre el cerebro femenino, sitúa la glándula pituitaria como sexta estructura que lo caracteriza: “produce las hormonas de la fertilidad, producción de leche y comportamiento de crianza. Ayuda a poner en marcha el cerebro maternal”. Además, en el salto de la pubertad se desencadena la propulsión de las células hipotalámicas y la niña-mujer comienza a experimentar cambios que ya se repetirán día a día, mes a mes hasta la menopausia, porque “la glándula pituitaria… salta a la vida cuando los frenos químicos se sueltan en las células hipotalámicas […]. Esta liberación celular dispara el sistema hipotalámico-pituitario-ovárico” (1). El conocimiento de esta realidad recurrente en la vida de la mujer debe ayudar a los hombres a respetar íntegramente estos ciclos vitales que producen desajustes vitales, por responsabilidad directa de la naturaleza al estar muy desarrollada esta glándula en la mujer en el lóbulo anterior de la misma (recuerdo que el peso específico de esta zona desarrolla el 80% de su función diaria y perfectamente programada). No ocurre lo mismo en el cerebro masculino, porque el balanceo hormonal no pasa tanta factura en la vida ordinaria. Si se conoce bien esta estructura, se respeta. Además, se pueden poner ejemplos rotundos de este “conocimiento” cerebral femenino, basados en una hormona bastante desconocida a nivel popular pero que juega un papel trascendental en la mujer y en las relaciones de pareja. Me refiero a la oxitocina, una hormona muy atractiva para el objeto de estas publicaciones.

El lóbulo posterior de la glándula pituitaria es el productor por excelencia de la oxitocina, llamada también la “hormona de las relaciones”, encontrándose tanto en el hombre como en la mujer. La realidad de las relaciones a largo plazo juega una baza muy importante para el equilibrio de la oxitocina (omnipresente en la mujer) junto a la vasopresina, característica del cerebro masculino. Cuando ambas se complementan, el equilibrio emocional y sentimental de las personas que conforman una pareja liberan en momentos justos estas dos hormonas, obligatoriamente obligadas a entenderse. Una caricia a tiempo libera oxitocina en la mujer y el bienestar en ella está garantizado. Igualmente, en el cerebro masculino se libera vasopresina, como buscadora insaciable de retroalimentación. A partir de aquí la cascada de emociones es un juego reservado al conocimiento de uno mismo y de su pareja, de sus amigos. Es lo que ocurre cuando imaginamos aquello que queremos o vemos en una foto a la persona que amamos: mujer, hijos, amigos íntimos. La oxitocina está detrás. La glándula pituitaria es la responsable de este equilibrio hormonal, en el que los aprendizajes y comportamientos adquiridos “neutralizan” en muchas ocasiones la forma de ser de cada una y cada uno. Cuando la oxitocina y la vasopresina se desarrollan con la normalidad programada en el cerebro individual, la dopamina juega su papel estelar de proporcionar placer, en un triángulo amoroso descifrable: ménage à trois, que dicen en Francia.

En los laboratorios de la vida se han estudiado a fondo estos comportamientos, especialmente en los ratones de la pradera que son grandes amantes, a los que gusta la pareja vitalicia: “Como los humanos, esos ratones están llenos de pasión física cuando se encuentran y pasan dos días concediéndose un sexo prácticamente ininterrumpido. Pero a diferencia de los humanos, los cambios químicos en los cerebros de dichos ratones pueden ser examinados directamente en el curso de ese regocijo. Dichos estudios muestran que el acoplamiento sexual libera grandes cantidades de oxitocina en el cerebro de la hembra y de vasopresina en el del macho. Esas dos neurohormonas, a su vez, aumentan los niveles de dopamina –el ingrediente del placer- la cual hace que los ratones queden locos de amor el uno por el otro. Gracias a este vigoroso pegamento neuroquímico, la pareja queda unida para toda la vida” (2).

Ya escribí un post el 1 de octubre de 2006 sobre el fascinante mundo comparado del cerebro humano y del ratón y al conocer mejor a estos pequeños ratones de pradera, en cuyos cerebros se experimenta la base de la interrelación real del placer compartido, me vuelve a enamorar su legado genético que me permite hoy escribir de forma “placentera” sobre el respeto a nuestra forma de ser cerebral sexuada: ”Cuando era pequeño crecí cerca de Mickey Mouse, Minnie Mouse, Pluto y Goofy. Los dibujé mil veces. Me parecían muy humanos e inteligentes, porque vivían como yo, más o menos. Además, hablaban, lloraban y amaban. Pero nunca supe que no me separaba mucho de la forma de ser de Mickey en el mundo, porque la ciencia ha alcanzado resultados muy brillantes en esta etología cerebral: ya se sabe que el 99% de los 28.000 genes humanos tiene su homólogo en el genoma del ratón. Y poco a poco nos vamos adentrando en el conocimiento aplicado del cerebro humano. Los científicos se tienen que acercar también por caminos facilitadores de la biotecnología y de las neurociencias, como es el caso del anuncio efectuado el pasado martes por el Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, donde se confirmó que se ha completado el estudio genético del cerebro del ratón, a través de un atlas tridimensional, de utilización gratuita en Internet, en el que se muestra qué genes se activan en las neuronas en cada área del cerebro”.

Como decía entonces, “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey”. Entonces, en la factoría Disney, no inocente. Hoy, en la factoría de la vida, sola y compartida por la oxitocina y vasopresina. Con la compañía inseparable de la dopamina que recompensa siempre a esta pequeña central del bienestar personal y social, que tiene como misión posible invadir de “pituita” nuestras vidas.

Sevilla, 18/VII/2007

(1) Brizendine, L. (2007).El cerebro femenino, Barcelona: RBA, p. 54s.
(1) Brizendine, L., ibídem, p. 93s.

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