Crónicas de Viena (IV): Buscando a Brueghel desesperadamente

Era muy sugerente localizar el cuadro de Pieter Brueghel La construcción de la Torre de Babel (1563), para alcanzar un objetivo en este viaje a Viena, distinguiéndola de la segunda obra conocida del autor, La pequeña construcción de la Torre de Babel que se puede contemplar en Rotterdam. Las clásicas de Brueghel. Algunos navegantes en Internet hemos encontrado en este cuadro una representación pretérita de la red de redes, al construir un símil en relación con la interconectividad mundial de millones de navegantes virtuales mediante la palabra digital, proveniente de diversa razas, continentes y culturas, “construyendo” diariamente, segundo a segundo, una forma nueva de comunicarnos a través de la Noosfera, que nos hace casi tocar el cielo de las relaciones humanas. Pero esta interpretación es muy contradictoria porque la realidad de Babel es muy distinta. Veremos por qué.

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La primera mañana vienesa cumplí este sueño digital. En la espera hasta la apertura del Kunsthistoriches Museum (Museo de Historia del Arte), vinieron a mi mente muchos recuerdos en torno al cuadro de Brueghel. Y recordé el pasaje bíblico que sirve de fondo a esta apasionante obra del pintor flamenco a su regreso de Roma, cuestión no baladí al expresar sus sentimientos y emociones en esta colosal pintura al óleo. Un pasaje que hoy es recordado de diferentes formas por la guerra absurda de Irak, el suelo de Babel, de la antigua Babilonia, donde se pretende alcanzar la verdad de la vida mediante una guerra en la que no es posible, de nuevo, el entendimiento humano como paradoja que sella siglos de desencuentros religiosos entre las dos ciudades bíblicas: Babel (Babilonia) y Jerusalén. El relato traduce la realidad de la soberbia humana, representada por la torre de pisos, el ziggurat, del gran templo de Babilonia, signo por excelencia de la idolatría babilónica, La tradición bíblica relaciona la confusión de las lenguas con el signo de Babel: Dios castigó así a los hombres por su orgullosa idolatría.

La pasión por el cuadro de Brueghel comienza a complicarse. Mucho más cuando entramos de lleno en el texto bíblico del libro del Génesis, 11, 1-9, del que extractamos pasajes que no tienen desperdicio para nuestra finalidad digital. El versículo de arranque es una realidad parcial hoy: “Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras (…) Entonces se dijeron el uno al otro: “Ea, vamos a fabricar ladrillos y cocerlos al fuego” (…). Después dijeron: “Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra”. Pero Dios decidió darse una vuelta por el mundo y, en concreto, por aquel sitio y dijo: “He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo. Y desde aquel punto los desperdigó Yahvéh por toda la haz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel; porque allí embrolló Yahvéh el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Yahvéh por toda la haz de la tierra”.

Estando en este apasionante recuerdo, entré en el Museo y busqué a Brueghel, para presenciar su reinterpretación de La Torre del Embrollo e intentar descifrar su relación con Internet, con el lenguaje digital. Allí contemplé cómo el pintor venía impresionado de su reciente viaje a Roma, de su Coliseo y cómo había traducido el ziggurat contemporáneo a una realidad de la construcción contemporánea, con la forma de construir grandes obras cercanas al Cielo: catedrales, monasterios, palacios, entres otras obras arquitectónicas de la época. Así se entienden bien las embarcaciones en el puerto, las grúas, el tallado de la piedra in situ, el andamiaje, el trabajo colaborativo con los diversos especialistas cercanos a la Corte y en plenas reverencias al poder terreno.

¿Por qué se relaciona este cuadro con Internet?. Creo que por desconocimiento de la quintaesencia del relato yahvista del Génesis. Nos hemos quedado solo con la aspiración humana de que nos podamos entender todas las personas del planeta Tierra mediante un lenguaje común, el digital, pero hemos despreciado la dureza del relato bíblico que vuelve a retomar el problema permanente del hombre con Dios que ya nos pasó factura con la manzana del Paraíso: tomar su relevo para dirigir el mundo como un acto de soberbia que no se puede permitir. Y Dios recurrió al embrollo, a liarnos –embrollarnos- a todas y a todos para que solo existiera una sola palabra: la de Dios, la suya.

Abandoné la Sala donde está colgado el cuadro de Brueghel, con más dudas que nunca, sobre todo porque he entendido bien una admirable lección. Puedo tener ladrillos, argamasa, planos, hacer obras magníficas, utilizar internet, el correo electrónico, pero la forma de comprender bien a la persona que está a mi lado o a miles de kilómetros por el chat es algo que preocupó un día a Dios cuando decidió darse una vuelta por el mundo y vio que nos habíamos puesto de acuerdo en utilizar códigos digitales para entendernos mejor y extendernos “por toda la haz de la tierra”. Al día de hoy, no sé por qué esto Dios no lo entiende. Porque Internet no es un embrollo, es una oportunidad para que las personas podamos desarrollar mejor cada inteligencia individual y la conectiva, alcanzando la libertad por la información veraz y responsable, los ladrillos y la argamasa del Génesis. Quizá porque Babilonia, Babel en hebreo, significa “la puerta de Dios” y ese concepto todavía no lo hemos comprendido en toda la haz de la tierra. Quizá porque todavía hoy en Irak, la sede de la Babilonia bíblica, se sigue gritando, como en el Libro sagrado, a través de los profetas: ¡Salid de Babilonia! ¡Fuera!. Para que se llene de risa nuestra boca y nuestros labios de gritos de alegría (Sal, 126,2).

Sevilla, 19/VIII/2007

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