Estereotipo sexista: “Tú rosa, yo azul”

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Elsa, Colegio Los Peñascales (http://www.educathyssen.org/html/pequeno/Galer%EDa/Penascales/Elsa.htm)

Me ha impresionado el relato de Elsa, localizado en la Noosfera, sobre este cuadro, quizá como autora del mismo: Los dos colores, el azul y el rosa representan el interior de una persona. El azul (…) representa como soy, con sus defectos y cualidades. El rosa representa lo único que muestro a los demás, que son mis mejores cualidades, lo mejor de mí, lo más especial. Por eso el azul destaca mucho menos que el rosa y se queda mas lejano, en lo primero que te fijas es en el rosa porque es más impactante.

Pero los hombres de toda la vida, lo que se dice hombres, tenemos un problema grave: no sabemos qué hacer con el color rosa. Bueno, sí tenemos claro (?) que es un color que no nos va demasiado, existiendo solo una pequeña tolerancia en las camisas y en determinada ropa deportiva. Nunca en pantalones, abrigos y demás ropas de guardar. Nuestros ancestros ya se encargaron de que desapareciera de la gama cromática general de nuestras vidas. Desde la preconcepción ya se genera una cadena de actuaciones personales, familiares y sociales para discriminar la futura indumentaria, color de las paredes y de todos los objetos en torno a las manos que mecen nuestras cunas, donde el color está sexuado. Para las niñas el rosa, para los niños el azul. Y como remedio infalible está recurrir al blanco como el color más neutro –con perdón- que podamos imaginar. Así no “ofendemos” a nadie. Cuando todavía era difícil conocer el sexo del nuevo ser, se esperaba a la confirmación del nacimiento para salir corriendo a las tiendas y adecuar el regalo al sexo. Nada de rosa si era niño. Solo azul. Mientras que las niñas estaban asociadas de por vida a ese color, el rosa, que las caracterizaba siempre. ¿Cuáles han sido las razones auténticas de estas etiquetas cromáticas sociales?

Es muy importante saber que en nuestro cerebro se producen aprendizajes asociados en el sistema límbico y elaborados posteriormente por la corteza cerebral sobre la base de los acordes cromáticos ordenados y organizados por nuestros ojos y su proyección cerebral, donde un color suele relacionarse siempre con situaciones placenteras o dolorosas, como es el caso del rojo en relación con la sangre o el blanco con la nieve y la leche. Así sucesivamente con el resto de la paleta de colores básica y compleja: “El color es más que un fenómeno óptico y que un medio técnico. Los teóricos de los colores distinguen entre colores primarios —rojo, amarillo y azul—, colores secundarios —verde, anaranjado y violeta— y mezclas subordinadas, como rosa, gris o marrón. También discuten sobre si el blanco y el negro son verdaderos colores, y generalmente ignoran el dorado y el plateado —aunque, en un sentido psicológico, cada uno de estos trece colores es un color independiente que no puede sustituirse por ningún otro, y todos presentan la misma importancia.

El rosa procede del rojo, pero su efecto es completamente distinto. El gris es una mezcla de blanco y negro, pero produce una impresión diferente a la del blanco y a la del negro. El naranja está emparentado con el marrón, pero su efecto es contrario al de éste”. Es muy sugerente conocer la quintaesencia del color para comprender mejor por qué hacemos estos aprendizajes sexistas desde la infancia (1).

La realidad del color proyecta siempre un acorde cromático, entendido como la asociación del mismo a un determinado efecto, promovido siempre por el sistema límbico: sentimientos y emociones: “Ningún color aparece aislado; cada color está rodeado de otros colores. En un efecto intervienen varios colores -un acorde de colores-. Un acorde cromático se compone de aquellos colores más frecuentemente asociados a un efecto particular. Los resultados de nuestra investigación ponen de manifiesto que colores iguales se relacionan siempre con sentimientos e impresiones semejantes. Por ejemplo a la algarabía y a la animación se asocian los mismos colores que a la actividad y la energía. A la fidelidad, los mismos colores que a la confianza. Un acorde cromático no es ninguna combinación accidental de colores, sino un todo inconfundible. Tan importantes como los colores aislados más nombrados son los colores asociados. El rojo con el amarillo y el naranja produce un efecto diferente al del rojo combinado con el negro o el violeta; el efecto del verde con el negro no es el mismo que el verde con el azul. El acorde cromático determina el efecto del color principal (2).

Y la gran sorpresa deviene cuando profundizamos la esencia histórica de estos dos colores y sabemos que el azul es el color preferido en la humanidad, el color de la simpatía, la armonía y la fidelidad, pese a ser frío y distante, que también es “femenino” y simboliza las virtudes espirituales, el color de la ropa unisex por excelencia, el color de los acordes y asociaciones más extremas en la relación con el cosmos: lejano e infinito, el representante de la fidelidad, el color del cielo, del mar, el color más caro en la historia de la humanidad cuando se tiñe de ultramar, la representación e la inteligencia y los valores masculinos, la especial escala cromática del azul femenino (azulinas), el azul de los pintores asociado a la virginidad, la derivación en el índigo como la transgresión del azul de todos los tiempos, el color de los ejércitos. El color de Europa.

Por el contrario, el rosa llama la atención porque nació masculino y curiosamente hoy está muy centrado en la proyección femenina, no dejando ser más que el “pequeño rojo”, color básico del que deriva, a diferencia del azul que siempre se ha considerado como un color básico. Vinculado siempre con el encanto y la cortesía, la ternura erótica y el desnudo, jugando un papel muy importante y definitorio de la etapa infantil y adolescente en las niñas y niños, el color de las ilusiones y de los milagros, el color de la auténtica piel: el sonrosado femenino derivado de la eterna piel infantil que envidiamos y a la que aspiramos siempre. La “piel” de las muñecas.

Desde el punto de vista fisiológico, es importante recordar la anatomía del ojo humano para conocer bien el “proceso” mental de interpretación e los colores que capta el ojo humano y cómo los guarda en la biblioteca particular: “El ojo humano contiene una lente y una retina. La retina contiene receptores sensitivos a la luz conocidos como bastones y conos. El propósito primario de los bastones es proporcionar visión de noche, mientras que los conos trabajan en niveles más altos de intensidad de la luz. Los conos contienen foto pigmentos, también conocidos como fotoreceptores, los cuales son sensitivos al rojo, al verde o al azul. De acuerdo con Murch , aproximadamente el 64% de los conos contienen foto pigmentos rojos, 32% contiene verdes y solamente alrededor de 2% contienen foto pigmentos azules. Las propiedades fisiológicas del sistema nervioso dictan la sensación del color. Los humanos son sensitivos a un rango de longitudes de onda. Las longitudes de onda no están coloreadas, sin embargo el color es el resultado de la interacción de la luz y nuestro sistema nervioso. Las longitudes de onda que producen colores diferentes son enfocadas a distancias diferentes detrás de la lente” (3).

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Ante este panorama científico, la realidad es muy otra y los estereotipos rosas y azules se imponen en los últimos meses con una fuerza inusual. Sirva como ejemplo, la aparición en Holanda de la “cerveza rosa”, la Wieckse Rosé, y una copa “especial” asociada, por parte de la multinacional Heineken, como respuesta al bajo consumo de este producto por parte de las mujeres, dado que las mujeres piensan que la cerveza tradicional huele mal, engorda, es una bebida amarga que no las satisface y que al beber te deja un bigote blanco que, obviamente, es algo muy masculino y no corresponde con su género. En la perfumería está haciendo furor el color rosa en los frascos de fragancias donde se exalta el color “rosa femenino” como carné de identidad de una determinada clientela sensible con el color. Y en relación con los sistemas y tecnologías de la información y comunicación está revolucionando el mercado la introducción del color rosa en el mundo de las videoconsolas y sus juegos correspondientes, porque el mercado potencial de las mujeres es “especialmente sensible” a este color y no se le ha atendido suficientemente. Pero lo importante es que el color está asociado a otra realidad cerebral mucho más importante y ahí está la auténtica revolución: “Los gustos y necesidades del mercado femenino están transformando el mundo de la tecnología. El fenómeno no consiste en teñir todos los productos de rosa. Ellas buscan funcionalidad, además de diseño. Y las grandes compañías empiezan a darse cuenta de que es muy rentable darles lo que quieren” (4). A partir de aquí se descubre la realidad apasionante de las necesidades femeninas en su sentido más primigenio, señalándose en el mismo reportaje junto con la problemática del azul y el rosa: “La experiencia de empresas como Nintendo, Nokia, Samsung o Philips dice que las mujeres exigen los últimos avances y la máxima fiabilidad, pero se deciden por aquellos teléfonos, televisores o videojuegos que son más cómodos, sobre los que pueden ejercer un control constante y tienen un diseño más atractivo. El femenino es un sector que tiene tres características muy jugosas: representa la mitad del mercado; es el segmento que más rápido está creciendo, según estudios realizados por Nintendo, y, como explica el director de telecomunicaciones de Samsung, Celestino García, es menos sensible al precio. “Si algo les gusta de verdad procuran comprarlo cueste lo que cueste”.

Es obvio que no todo es cuestión del color del cristal con el que mire la vida. El mercado es implacable y con su visión guadianesca proverbial, aprovecha la debilidad del rosa femenino para captar el nuevo público objetivo y vender las mercancías envueltas en el rosa psicológico. En el pulso dialéctico azul-rosa empieza a ganar por goleada el derivado del rojo mezclado con el blanco, en una debilidad básica por hacer la vida más “humana” según las multinacionales de cualquier sector. Muchas veces estoy tentado de soñar en la acromatopsia, la enfermedad maravillosamente descrita por Oliver Sacks en su obra “La isla de los ciegos al color”. Aunque tuviera que pasar fragmentos de la película de mi vida en blanco y negro, donde las tonalidades de gris me permitieran soñar que el color es una versión amable de la vida que los seres humanos podemos captar en toda su gama, sin limitaciones. Surge entonces la pregunta del doctor Sacks en su fascinante libro, cuando se refiere a la persona ciega al color: “¿nos consideraría acaso seres singulares, engañados por aspectos irrelevantes o triviales del mundo visual, o insuficientemente sensibles a su verdadera esencia visual?” (5). Esa es la cuestión a dilucidar en la niña o niño “coloreados” de azul ó rosa que, todavía, algunas ó algunos llevamos dentro…

Sevilla, 30/VII/2007, con mi agradecimiento especial a la gran lección de Elsa.

(1) Heller, E. (2004). Psicología del color. Cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón. Barcelona: Gustavo Gili.
(2) Heller, E. (2004). Ibídem.
(3) http://www.rrppnet.com.ar/psicologiadelcolor.htm.
(4) Mañana, C. (2007, 29 de julio). Las mujeres toman el mando. El País semanal (EPS), págs. 92-94.
(5) Sacks, O. (1999). La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, p. 22.

Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

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René Magritte, Le fils de l’homme (1964)

Uno de los primeros fracasos del machismo ibérico fue constatar que la mujer podía conducir, aunque no se le permitiera ni el más mínimo fallo. La primera vez que escuché esta expresión fue en 1970, dirigida a mi tía, que con su 600 recién estrenado sufría este tipo de improperios en la Sevilla de toda la vida. La verdad es que daba igual el sitio, porque toda España era una, grande y atada a estos estereotipos celtibéricos que se exhibían con orgullo rancio. Crecíamos con este lenguaje de la calle, moldeado por siglos de patrones sexistas donde aparentemente todo el mundo “sabía las cosas que correspondían a su sexo”. Y que las mujeres condujeran no estaba entre ellas. Afortunadamente, hemos avanzado mucho sobre esta realidad inexorable, pero todavía quedan restos de las conductas reptilianas, del primer cerebro humano, donde los hombres nos podríamos aplicar el cuento a estas alturas del siglo XXI: ¡reptil tenías que ser!.

Y como entre reptiles hemos crecido, todas y todos sabemos la importancia que tuvo la serpiente desde que éramos niñas y niños. Y una vez más, por culpa de una serpiente comimos de la fruta prohibida y desde entonces hemos elaborado una macrohistoria de culpa y rescate que no nos deja vivir en paz. Y hemos grabado a fuego la responsabilidad transcultural de la mujer, del animal hembra en forma de serpiente, que echó a perder la vida tranquila en el paraíso: ¡mujer tenía que ser! El relato de la creación, en Génesis 3,1, deja bien claro el rol que iba a jugar en la historia de la humanidad la famosa serpiente porque “era el más astuto de los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles el jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. Y la mujer comió el fruto de este árbol del medio del jardín y dio también a su marido. Y lo que descubrieron es que estaban desnudos ante la vida sin entender nada: ¡mujer tenía que ser!.

Diez líneas de texto son la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (1).

Toda mi generación ha crecido con estas realidades culturales grabadas a fuego, donde la responsabilidad de la mujer era clara: se había dejado tentar por una serpiente porque a partir de ese momento pasaba a ser sabionda, es decir, conocería la causa del bien y del mal, y además fue la que arrastró al hombre para que también “pecara”: ¡mujer tenía que ser! En la corteza cerebral ha pesado mucho esta doctrina durante siglos, a pesar de la elaboración del sistema límbico que ha llevado a mujeres y hombres a manifestar por primera vez, de forma abierta, sus cerebros emocionales, poniendo las cosas en su sitio, incluido paraísos, serpientes y árboles situados en medio de un determinado jardín de la vida que nadie sabe donde está.

Lo que si tengo claro es que cada vez que un hombre asoma la cabeza por la ventanilla de su coche y grita a los cuatro vientos esta frase estereotipada, traduce siglos de vejación de la mujer porque en el subconsciente personal y colectivo, una vez, tan solo una vez, una serpiente convenció a una mujer que podía saberlo todo y ella, paradójicamente, sin encomendarse a Dios ni al diablo, induce al hombre a que también lo haga, condenándose ambos de por vida. Es lo que no me cuadra científicamente, porque de acuerdo con el relato bíblico el único estereotipo que todavía estaría permitido sería el siguiente: ¡seres humanos teníais que ser, para intentar descifrar el mensaje de la vida! A partir de ahora, deberíamos calibrar mejor la importancia de la inteligencia de cada mujer, de cada hombre, para comprender que al igual que la serpiente bíblica, puedo cambiar de forma de ser, me corresponde transmitir vida en todas las manifestaciones posibles y poseo inteligencia en la corteza cerebral para distinguir humildemente entre el bien y el mal a los que estamos, diariamente, obligatoriamente obligados a entenderlos.

Es posible que a partir de ahora, pueda deducir también que el pecado capital de los españoles, por excelencia, el de la envidia, sea una razón nuclear de este estereotipo, porque “Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo” (Sabiduría, 2,24). Ésta es la primera vez que la serpiente del Paraíso, que en el Génesis representaba a la religión cananea, aparece identificada con el Diablo. Y desde entonces esta idea se popularizó y habitó entre nosotros al grito unánime de: ¡hombres y mujeres teníais que ser! para no comprender la quintaesencia de la vida… Por eso no comprendo por qué seguimos diciendo esta barbaridad a las mujeres cuando todo apunta a que la responsabilidad de ser en el mundo y no hacer las cosas bien es, en principio, compartida.

Sevilla, 26/VII/2007

(1) Álvarez Valdés, A. La enigmática serpiente del paraíso. Recuperado de http://www.iglesia.cl/especiales/mesbiblia2006/articulos/enigmatica.pdf, el 25 de julio de 2007.

Estereotipo machista 3: “si no eres para mí, no eres para nadie”.

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Hace años leí un texto de Max Aub que aparecía como fe de erratas de unos cuentos basados en crímenes ejemplares, y que decía de forma metafórica: Donde dice: La maté porque era mía. Debe decir: La maté porque no era mía. Todo el mundo alrededor de Gardel cantaba y bailaba a los cuatro vientos este eslogan del machismo más recalcitrante por mucho que sesudos estudios ensalcen los diversos amores narrados en las letras de los tangos. La realidad inexorable es que todavía suena actual la muerte de la mujer convertida en propiedad privada como una frase recurrente en los últimos episodios de violencia machista. Así lo leía en el periódico digital 20 minutos.es, del pasado 2 de mayo: “«si no eres para mí, no vas a ser para nadie, así que mejor te mato». Con esta crueldad amenazó de muerte a su mujer en Alicante. Tenía orden de alejamiento, pero volvió a casa la misma semana”. Es una verdad incuestionable esta realidad “patrimonial” de la mujer, con una carga histórica y social de marcado interés para este análisis de estereotipos machistas.

Existe un temor desde los albores de la humanidad a que la mujer deje de ser un elemento patrimonial en la vida de los hombres. Una cita clásica de Catón, dejaba bien claro ya en el año 195 a.C. que existían temores subyacentes en el cerebro humano sobre la igualdad hombre-mujer: “Extemplo simul pares esse coeperint, superiores erunt [tan pronto como hayan empezado a ser iguales, serán superiores]. Pero donde tenemos los documentos y vestigios más sofisticados de estas actitudes larvadas en la historia y en la antigüedad clásica los encontramos en la cultura griega: “La razón hay que buscarla en la consideración de la mujer como un ser inferior. Más ¿de dónde viene esta idea? Como no podía ser de otra manera, tratándose de “ideas”, del pensamiento griego, para el cual la forma de actuar de la mujer no se rige por la razón, sino por las pasiones. Veámoslo en algunos de sus principales autores. Sócrates atribuye la inferioridad femenina a su propia naturaleza y a la falta de educación, siendo deber del marido proporcionársela; en el mismo sentido, Platón abunda en la referida subordinación al varón; Aristóteles, basándose en la pasividad de la mujer en la reproducción, justifica su sometimiento social y jurídico en que el macho es más apto para el mando que la hembra, exceptuando algunos casos contra natura y por consiguiente, es necesario que ésta sea tutelada” (1).

Más de veinte siglos después siguen vigentes en muchas estructuras cerebrales estos aprendizajes. ¿A qué es debido desde el punto de vista científico cerebral?. Según McLean, el cerebro humano integra tres subsistemas constituidos: el cerebro básico o reptiliano, el cerebro emocional que compartimos con los mamíferos (sistema límbico), y el neocórtex (corteza cerebral frontal). El cerebro reptiliano hace honor a su nombre de pila obedeciendo siempre su actuación a pautas básicas de conducta, como las relativas a la alimentación, caza, emparejamiento, competición, imitación, dominancia y agresión. Y por su base estrictamente animal, el problema básico es establecer la demarcación territorial donde entra lógicamente la “señalización” de sus hembras: “Este cerebro responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo “no igual” se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (2).

Es muy importante conocer estas paleoestructuras cerebrales para comprender bien por qué se hacen estas manifestaciones tan rotundas. Si el segundo y tercer cerebro humano no han tenido la oportunidad de desarrollarse adecuadamente en algunos hombres, por múltiples razones (hay que recordar que no existen dos cerebros iguales), la tragedia está servida, porque los meros convencionalismos sociales o religiosos (con todos los sacramentos incluidos) no son capaces de “cambiar” la preconcepción de la “mujer” poseída, adobada por rasgos y patrones culturales de gran calado social (la mujer serpiente del Génesis, como causa de tanto mal) y con una “comprensión” casi demencial, esquizofrénica, por parte de muchos hombres, aunque no lo digan en público por miedo a la etiqueta social machista que hoy no está bien vista.

Recuerdo que el “segundo cerebro” proporciona soporte biológico a la vida afectiva. Está representado neurológicamente por el sistema límbico. En este cuaderno he recogido múltiples referencias a este sistema regulador de sentimientos y emociones: el caballo encorvado (hipocampo), la amígdala, el tálamo, el hipotálamo, el tabique transparente, la pituita, las islas de Reil, y el giro cingulado anterior, entre otras estructuras. Vemos también que al final, un cerebro no controlado por la corteza prefrontal, es un vivero de experiencias de agresividad latente y manifiesta. El “tercer cerebro” permite, entre otras cosas, la capacidad de anticipación regulada por la memoria de predicción, a la que también he dedicado artículos de interés científico para toda persona preocupada por la responsabilidad de sus actos cerebrales y la forma en que se tiene que efectuar la consulta sobre comportamientos anteriores en su particular archivo cerebral, personal e intransferible.

En definitiva, si estos dos cerebros no están “controlados” adecuadamente por la corteza cerebral, la realidad es que el desequilibrio entre el cerebro más básico en las personas, el reptiliano, puede llegar a desbordar al cerebro más complejo, la corteza cerebral, sufriendo vaivenes afectivos y emocionales en el cerebro emocional, en una ceremonia de confusión de los neurotransmisores al trabajar en rutas desordenadas del cerebro por las instrucciones que cursa para el habla y la conducta motora agresiva y sin control superior.

Existen muchas causas analizadas o no para explicar estas conductas derivadas del estereotipo machista objeto de este post. No se deben simplificar los análisis, pero en el esfuerzo por abordar de forma didáctica la génesis de estas conductas antisociales de gran carga peyorativa hacia la mujer, es muy importante profundizar las raíces cerebrales para entender que son muchos siglos de historia estructurada de la soledad y la pareja, y muchos millones de años desde que se produjo el punto alfa de la inteligencia humana que permitía comenzar a respetar a la mujer sin los miedos ancestrales de Catón con los que se iniciaban estas Notas de cuaderno digital: tan pronto como [las mujeres] hayan empezado a ser iguales, serán superiores. Yo diría también, independientes. Y eso, los hombres, tradicionalmente, no lo pueden aguantar, dando la razón a Max Aub en su fe de errata existencial, superando al hilo conductor de Gardel: La maté porque no era mía.

Sevilla, 25/VII/2007

(1) Tello Lázaro, J.C. (2003-2005). Sobre la situación de la mujer en la Antigüedad Clásica. Revista de Aula de Letras. Humanidades y Enseñanza.
(2) Universidad Autónoma de Madrid. Unidad de Psicología Médica. (recuperado el 23 de julio de 2007 de: http://www.uam.es/departamentos/medicina/psiquiatria/psicomed/psicologia/tema14.htm#2%20-%20-%20EL%20SUSTRATO%20FISIOLOGICO%20DE%20LA%20AGRESIVIDAD).

Morir con letra pequeña

Acabo de leer la noticia: Muere una mujer que fue apuñalada por su novio el lunes en Madrid. Son ya 49, de las cuales veinte son extranjeras. Conozco los estándares éticos en el periodismo para tratar estas noticias. Sé que no se deben airear a los cuatro vientos porque el efecto llamada o réplica es una realidad de la conducta de imitación. Pero los que estudiamos día a día el cerebro y el comportamiento humano sabemos que tenemos siempre una deuda personal, profesional, científica y ética con estas muertes en letra pequeña. Sobre todo para intentar localizar la causa de tanta desazón personal y en pareja. Porque entre ciencia y derecho estoy seguro que podemos crear conocimiento y libertad. Ese es mi compromiso con el estudio del cerebro desde la perspectiva de género, porque es mucho más lo que nos une a las personas mediante las estructuras cerebrales que cada una ó cada uno tiene, que lo que nos separa. Es en esos pequeños tramos de lejanía cerebral donde ocurren las grandes tragedias que radiamos y publicamos. Aunque lo digamos ahora en voz baja, en letra pequeña, con pocos bits, como la noticia de la muerte de Ana Mercedes S. J., dominicana de 32 años, que falleció el jueves pasado en Madrid, a las siete de la mañana, víctima de la violencia machista.

Sevilla, 21/VII/2007

Tu canción (Your song)

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Vuelvo a escuchar con la misma atención y sentimiento esta magnífica canción de Elton John. He recordado su letra, equívoca para una época de España, en la que el autor canta la belleza humana en la simbología de los ojos azules ó verdes, ¡qué mas da!, porque lo importante es que “tú puedes decirle a todos que esta es tu canción, puede ser absolutamente simple pero ahora está hecha, espero que no te molestes, espero que no importe que puse en mis palabras cómo es la vida de maravillosa mientras que tú estás en el mundo”. ¡Cuántas veces asistimos al fenómeno de que “gusta” una canción, aunque en aquella época no supiéramos o sigamos sin saber lo que nos quiere transmitir el autor!.

Y Reginald Dwight, Elton John, compañero de año de nacimiento (1947), seguía gritando su canción a los cuatro vientos, arrancando “su canción” con una frase premonitoria: “Es un poco divertida esta sensación que tengo adentro, no soy uno de los que puedan ocultarlo fácilmente, no tengo mucho dinero, muchacho, pero si lo tuviera, compraría una casa grande en donde ambos podríamos vivir”.

Así que perdóname por olvidarlo pero esas son las cosas que hago”.

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Y aquella noche apagué mi radio Grundig, que compré con esfuerzo personal en una tienda de la via Giulia, en Roma, en 1976, mientras “su canción”, que no comprendía por mi carencia traductora, me susurraba a los oídos que otro mundo podría ser diferente. Así lo comentaba el locutor de aquella radio alternativa, Radio Incontro, que escuchaba con veneración, con esta sintonía de fondo que me acompañaba en las noches de Roma, cuya lectura al revés, amor me daba: algo era y algo es.

Sevilla, 19/VII/2007

La pituita

Hace solo tres meses publiqué un post de esta serie vinculada a cerebro y género, El tálamo, en el que aludía al símil culinario que tan sugerente es en relación con la investigación didáctica de las diferentes estructuras cerebrales: “En las nueces, almendras y castañas, como símbolos del cerebro, está el secreto. Algo importante “se cocina” todos los días en nuestra cabeza. Es más, en cada segundo vital”. También seguía utilizando estos criterios en el análisis del hipotálamo, la ciruela pequeña: “Hace tiempo comencé a trabajar en la construcción de inteligencia creadora que fortalezca el conocimiento de la mujer y de su estructura cerebral para ayudar a comprender mejor las igualdades y diferencias de género, con la ilusión de que el conocimiento del cerebro de las otras, de los otros, de lo que verdaderamente nos une a lo largo de millones de años, la inteligencia, sea una fuerza motriz para remover conciencias de género, enmarcadas en el respeto del conocimiento mutuo. Poco a poco avanzo en la anatomía del cerebro, a través del lenguaje, de la divulgación científica de las estructuras cerebrales que nos pueden hacer más libres porque comenzamos a saber y justificar por qué somos y nos comportamos de forma igual o diferente, sabiendo que el “secreto está en la masa” gris y blanca del cerebro (doscientos mil millones de posibilidades diferentes de ser y estar) cuando se asientan en determinadas estructuras”.

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Figura 1: la glándula pituitaria ó hipófisis. Imagen recuperada de http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/esp_imagepages/17227.htm, el 17 de julio de 2007

Hoy, vamos a agregar un ingrediente más, en este peculiar programa de cocina cerebral, una estructura similar a un guisante (algunos científicos hablan del formato de pera muy pequeña ó de San Juan), con un peso de 0.5 gramos, que se denomina científicamente glándula pituitaria (también conocida como hipófisis, “crecimiento inferior”) y que se aloja en un espacio óseo, la silla turca, del hueso esfenoides, situada en la base del cráneo, en la fosa cerebral media, que conecta con el hipotálamo a través del tallo pituitario o tallo hipofisario. La etimología es sumamente curiosa para comprender anatómicamente esta microestructura de extraordinaria importancia en las mujeres y hombres, por este orden. Pituitaria significa que contiene o segrega pituita, del latín “pituita”: secreción, fluido, moco, flema, formando parte de la medicina tradicional junto a los tres “humores” restantes: sangre, bilis amarilla y bilis negra. Es una superestructura del sistema endocrino dado que ejerce un control férreo sobre ocho glándulas endocrinas que explicamos a continuación.

Esta glándula está unida al hipotálamo a través de fibras nerviosas y está formada por tres secciones: el lóbulo anterior, que representa el 80% del peso de la glándula, el lóbulo intermedio y el lóbulo posterior. El lóbulo anterior produce la hormona de crecimiento, la prolactina, que estimula la producción de leche materna después de dar a luz, la adrenocorticotrópica (ACTH), que estimula las glándulas adrenales, la estimulante de la tiroides (TSH), que estimula la glándula tiroides, la folículo-estimulante (FSH), que estimula los ovarios y los testículos al igual que la luteinizante (LH), también presente.

El lóbulo intermedio, produce la hormona estimulante de melanocitos que controla la pigmentación de la piel. El lóbulo posterior, produce la hormona antidiurética (ADH), que aumenta la absorción de agua en la sangre por medio de los riñones. Igualmente, la oxitocina, que contrae el útero durante el parto y estimula la producción de la leche materna.

Esta supercentral hormonal cumple unas funciones determinantes en el ser humano. Louann Brizendine, la autora revelación sobre el cerebro femenino, sitúa la glándula pituitaria como sexta estructura que lo caracteriza: “produce las hormonas de la fertilidad, producción de leche y comportamiento de crianza. Ayuda a poner en marcha el cerebro maternal”. Además, en el salto de la pubertad se desencadena la propulsión de las células hipotalámicas y la niña-mujer comienza a experimentar cambios que ya se repetirán día a día, mes a mes hasta la menopausia, porque “la glándula pituitaria… salta a la vida cuando los frenos químicos se sueltan en las células hipotalámicas […]. Esta liberación celular dispara el sistema hipotalámico-pituitario-ovárico” (1). El conocimiento de esta realidad recurrente en la vida de la mujer debe ayudar a los hombres a respetar íntegramente estos ciclos vitales que producen desajustes vitales, por responsabilidad directa de la naturaleza al estar muy desarrollada esta glándula en la mujer en el lóbulo anterior de la misma (recuerdo que el peso específico de esta zona desarrolla el 80% de su función diaria y perfectamente programada). No ocurre lo mismo en el cerebro masculino, porque el balanceo hormonal no pasa tanta factura en la vida ordinaria. Si se conoce bien esta estructura, se respeta. Además, se pueden poner ejemplos rotundos de este “conocimiento” cerebral femenino, basados en una hormona bastante desconocida a nivel popular pero que juega un papel trascendental en la mujer y en las relaciones de pareja. Me refiero a la oxitocina, una hormona muy atractiva para el objeto de estas publicaciones.

El lóbulo posterior de la glándula pituitaria es el productor por excelencia de la oxitocina, llamada también la “hormona de las relaciones”, encontrándose tanto en el hombre como en la mujer. La realidad de las relaciones a largo plazo juega una baza muy importante para el equilibrio de la oxitocina (omnipresente en la mujer) junto a la vasopresina, característica del cerebro masculino. Cuando ambas se complementan, el equilibrio emocional y sentimental de las personas que conforman una pareja liberan en momentos justos estas dos hormonas, obligatoriamente obligadas a entenderse. Una caricia a tiempo libera oxitocina en la mujer y el bienestar en ella está garantizado. Igualmente, en el cerebro masculino se libera vasopresina, como buscadora insaciable de retroalimentación. A partir de aquí la cascada de emociones es un juego reservado al conocimiento de uno mismo y de su pareja, de sus amigos. Es lo que ocurre cuando imaginamos aquello que queremos o vemos en una foto a la persona que amamos: mujer, hijos, amigos íntimos. La oxitocina está detrás. La glándula pituitaria es la responsable de este equilibrio hormonal, en el que los aprendizajes y comportamientos adquiridos “neutralizan” en muchas ocasiones la forma de ser de cada una y cada uno. Cuando la oxitocina y la vasopresina se desarrollan con la normalidad programada en el cerebro individual, la dopamina juega su papel estelar de proporcionar placer, en un triángulo amoroso descifrable: ménage à trois, que dicen en Francia.

En los laboratorios de la vida se han estudiado a fondo estos comportamientos, especialmente en los ratones de la pradera que son grandes amantes, a los que gusta la pareja vitalicia: “Como los humanos, esos ratones están llenos de pasión física cuando se encuentran y pasan dos días concediéndose un sexo prácticamente ininterrumpido. Pero a diferencia de los humanos, los cambios químicos en los cerebros de dichos ratones pueden ser examinados directamente en el curso de ese regocijo. Dichos estudios muestran que el acoplamiento sexual libera grandes cantidades de oxitocina en el cerebro de la hembra y de vasopresina en el del macho. Esas dos neurohormonas, a su vez, aumentan los niveles de dopamina –el ingrediente del placer- la cual hace que los ratones queden locos de amor el uno por el otro. Gracias a este vigoroso pegamento neuroquímico, la pareja queda unida para toda la vida” (2).

Ya escribí un post el 1 de octubre de 2006 sobre el fascinante mundo comparado del cerebro humano y del ratón y al conocer mejor a estos pequeños ratones de pradera, en cuyos cerebros se experimenta la base de la interrelación real del placer compartido, me vuelve a enamorar su legado genético que me permite hoy escribir de forma “placentera” sobre el respeto a nuestra forma de ser cerebral sexuada: ”Cuando era pequeño crecí cerca de Mickey Mouse, Minnie Mouse, Pluto y Goofy. Los dibujé mil veces. Me parecían muy humanos e inteligentes, porque vivían como yo, más o menos. Además, hablaban, lloraban y amaban. Pero nunca supe que no me separaba mucho de la forma de ser de Mickey en el mundo, porque la ciencia ha alcanzado resultados muy brillantes en esta etología cerebral: ya se sabe que el 99% de los 28.000 genes humanos tiene su homólogo en el genoma del ratón. Y poco a poco nos vamos adentrando en el conocimiento aplicado del cerebro humano. Los científicos se tienen que acercar también por caminos facilitadores de la biotecnología y de las neurociencias, como es el caso del anuncio efectuado el pasado martes por el Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, donde se confirmó que se ha completado el estudio genético del cerebro del ratón, a través de un atlas tridimensional, de utilización gratuita en Internet, en el que se muestra qué genes se activan en las neuronas en cada área del cerebro”.

Como decía entonces, “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey”. Entonces, en la factoría Disney, no inocente. Hoy, en la factoría de la vida, sola y compartida por la oxitocina y vasopresina. Con la compañía inseparable de la dopamina que recompensa siempre a esta pequeña central del bienestar personal y social, que tiene como misión posible invadir de “pituita” nuestras vidas.

Sevilla, 18/VII/2007

(1) Brizendine, L. (2007).El cerebro femenino, Barcelona: RBA, p. 54s.
(1) Brizendine, L., ibídem, p. 93s.

Estereotipo machista 2: los hombres no lloran

Yo pensé también un día
que los hombres nunca lloran
porque es una cobardía
que ninguno debe hacer

que por mucho sufrimiento
que haya dentro de sus vidas
en los hombres hay heridas
que nunca se dejan ver

Raphael, Los hombres lloran también (1964)

Sabemos muy poco del llanto. Recuerdo, cuando era niño, que en mi casa sabían cómo provocar sentimientos contradictorios niño/niña para sentirme mal después de una caída en la calle, cuando llegaba a casa llorando porque el dolor era insoportable en las rodillas destrozadas, al grito unánime de varias mujeres que me rodeaban: “¡los hombres no lloran!”. ¡Cuántas veces lo habré escuchado! Y así hemos crecido durante varias generaciones, desde una perspectiva de género muy confusa porque me lo decían las mujeres más queridas en mi vida, porque cuando lloraba mi hermana yo lo veía como lo más natural del mundo y porque cuando había que llorar en común en la clave del Padre Peyton: la familia que llora unida, permanece unida, todas las miradas de mi tía y abuela iban hacia mis ojos como espías impertérritas ante la radio “Philips” que presidía la repisa principal de la sala de estar, lanzando a los cuatro vientos a través de Radio Madrid las voces de las radionovelas, los seriales radiofónicos y los programas del tipo “Ustedes son formidables” y “Operación Clavel”, en los que tenía que reprimir mis emociones y sentimientos para no caer en el ridículo más espantoso. Además, si lloraba, era candidato seguro a ser “mariquita”, cuestión de la que ya estaba advertido por lo que pudiera pasar…, porque al único que se le permitía decir algo en tal sentido era al cantante Raphael (ejem, ejem), en la canción que abre este post: y aunque sea cobardía, cuando se ha querido bien, se diga lo que se diga, los hombres lloran también.

Y lo que puedo asegurar es que lloraba, tragándome las lágrimas de una represión colectiva que no me enseñaba a llorar adecuadamente, porque la preocupación estribaba más en la representación del llanto y casi nunca en su causa. Pesaban más los fárragos que las quintaesencias, en lenguaje casi arcano. Así hemos crecido. Por ello, en esta tarea de deconstrucción del cerebro, me encuentro con una realidad que voy a analizar desde la perspectiva de género. Y como siempre, voy a intentar explicar bien por qué llora el ser humano. Por qué lloramos todas y todos, sin excepción.

Lloramos, porque todos los seres humanos estamos preprogramados para ello. En palabras del Dr. Murube del Castillo, un gran experto en dacriología (dácrion en griego: lágrima), la ciencia que estudia la lágrima: “Hace 280-360 millones de años los peces crosopterigios comenzaron a salir frecuentemente de su medio acuático al terrestre, ya por la presión ecológica de otros animales, ya por vivir en charcas de desecación repetida. Así, surgieron los anfibios, uno de cuyos principales cambios fue la creación de un aparato lacrimal que mantuviese mojada permanentemente su córnea, ya que ésta necesita estar cubierta por una película lacrimal para su correcto metabolismo y para mantener una superficie ópticamente lisa. A lo largo de la evolución de las especies fueron apareciendo muchos cambios en el aparato lacrimal, entre los que están la aparición y perfeccionamiento de un sistema nervioso de conexión, que dio lugar a la lágrima refleja, y de un sistema nervioso de elaboración que dio lugar a la lágrima emocional”. Es decir, la evolución ha llevado a su expresión más desarrollada la estructura cerebral que controla también el llanto de los seres humanos y todos los procesos desencadenantes para su estudio e interpretación científica.

Tres tipologías de lágrima se estudian hoy en la investigación dacriológica: la basal, la refleja y la emocional. La lacrimación basal es la que el ojo produce en circunstancias normales, ejerciendo una función protectora en el globo ocular, de forma que lubrica su superficie, procurando a la córnea oxígeno y nutrientes para su metabolismo y finalmente mantiene en suspensión sustancias relacionadas con la defensa inmunitaria. La lágrima está compuesta en su mayor parte por agua, siendo los otros componentes lípidos y proteínas. La glándula lagrimal principal produce el 95% del componente acuoso de las lágrimas, siendo las glándulas lagrimales accesorias de Krause y Wolfring las encargadas de la producción del resto. La secreción lagrimal refleja es varios cientos de veces superior a la producción basal o de reposo, y está producida por la estimulación sensorial conjuntival y corneal superficial. El estímulo secretor que actúa sobre la glándula es parasimpático y produce secreción refleja en ambos ojos. También existe una lacrimación emocional que se produce siempre a través de una orden cerebral relacionada con determinados estados anímicos.

De acuerdo con el Dr. Murube, “la lacrimación emocional es filogenéticamente muy reciente, y sólo existe en la especie humana. Hay 5 teorías para explicar su aparición, todas basadas en la transformación del lagrimeo en un reflejo condicionado asociado a la angustia del llanto: La compresión de las glándulas lacrimales al comprimir las glándulas con el blefarospasmo del llanto (Darwin 1872), la liberación catártica de un estímulo nervioso por vía parasimpático-lacrimal (Freud 1893, 1929), la humidificación del aparato fonatorio (Montagu 1969), el aclaramiento de productos biológicos liberados a la sangre por la emoción (Frey et al 1983), y la simbolización de la lágrima como manifestación de dolor, derivada de que el derramamiento de lágrima por lagrimeo reflejo se hace siempre asociado a dolor (Murube). La secreción emocional se admitía hasta el presente que se inicia a las pocas semanas o meses del nacimiento. Desde que se descompuso la lacrimal emocional en dos tipos, el de petición de ayuda y el de donación de ayuda (Murube et al 1990a), esta fecha queda asignada a la lacrimación de petición de ayuda, apareciendo la de donación de ayuda al acceso del uso de razón, es decir, entre los 5 y 7 años” (1).

Daniel Goleman, en referencia a la lágrima emocional, sintetizó muy bien el proceso del llanto en su presentación mediática de la inteligencia emocional: “El llanto, un rasgo emocional típicamente humano, es activado por la amígdala y por una estructura próxima a ella, el gyrus cingulatus. Cuando uno se siente apoyado, consolado y confortado, esas mismas regiones cerebrales se ocupan de mitigar los sollozos pero, sin amígdala, ni siquiera es posible el desahogo que proporcionan las lágrimas” (2). Tal y como manifestaba en el post dedicado al gyrus cingulatus, “sus funciones básicas están centradas en proporcionar comunicación continua -es zona de paso y proceso continuo- desde el tálamo hasta el hipocampo, estructuras ya analizadas en la cartografía cerebral que estoy construyendo y que se puede volver a consultar para ir montando este puzle humano de cien mil millones de piezas, ninguna igual. El giro colabora con la memoria emocional, con reminiscencias muy primitivas cercanas al olor, al llanto y al dolor, es decir, esta realidad nos permite constatar que hace millones de años que el ser humano llora, sufre. Es también el lugar de control para el trabajo atencional ejecutivo y esta misma estructura cerebral recibe las aferencias desde las estructuras emocionales en red que se asocian con el malestar humano, procesan las respuestas al estrés y modulan la conciencia, expresión esta última a la que habría que dedicar muchas anotaciones en este cuaderno y que asumo como responsabilidad científica (3). En definitiva, existe una correlación causa-efecto, en el marco emocional de las personas, determinante para llorar. Además, al llorar hacemos una exhibición de lo que somos, siendo uno de los momentos estelares en la representación del llanto que alcanzan las actrices y los actores: “lloran como si fuera verdad lo que está pasando”, solemos decir.

A partir de estos planteamientos básicos, solo queda aceptar la realidad del llanto como patrón de conducta aprendido en la sociedad que rodea a cada persona. La investigación al respecto nació en la década de los años setenta del siglo pasado. En un estudio llevado a cabo en 2004 por el investigador y fisiólogo William Frey, autor del libro Llorar, el misterio de las lágrimas (4), ya se van acercando más hombres y mujeres al llanto común: 64 episodios de llanto como promedio anual para las mujeres y 17 para los hombres, lo que implica un volumen cuatro veces menor de lágrimas masculinas que femeninas. Asimismo, el informe señalaba que los hombres lloran un promedio de cuatro minutos por episodio, mientras las mujeres lo hacen durante seis o más. Pero, aunque, hoy, los hombres lloran sin pudor, los estereotipos de género siguen teniendo un peso decisivo. Al menos eso fue lo que manifestó otro estudio, que comprobó que las mujeres lloran más que los hombres si miran una película emotiva en compañía de alguien del sexo opuesto que cuando lo hacen con alguien del propio (5).

Las pocas veces que al fin pude llorar en mi infancia, recuerdos de Castilla, se interpretaban mis lágrimas con la dura expresión de “¡Lágrimas de cocodrilo!”, que nunca entendí en la razón última de su origen, porque precisamente nunca había podido vincular la firmeza del saurio con una debilidad tan extrema. Entre mujeres y cocodrilos crecíamos para ser personas. Luego supe que esta frase tenía una base cultural importante en nuestro país, porque según el propio Dr. Murube: “En el siglo XIII, Bartolomeu Angelicus escribió que cuando el cocodrilo encuentra a un hombre a la orilla del agua lo mata, si puede, después llora sobre él y, finalmente lo devora». De ahí nació la expresión de «lágrimas de cocodrilo», aquellas derramadas hipócritamente por quien hizo el daño. De todos modos, «hasta hace siglo y medio no se aclaró que la razón no es psicógena, sino de pura fisiología digestiva: el cocodrilo produce poca saliva, por lo que llora para que las lágrimas pasen a la cavidad orofaríngea y le sirvan para lubricar y deglutir el bolo alimenticio».

Siempre me ha impresionado cómo influyen los estereotipos sociales en estas manifestaciones machistas. Aquí en Andalucía tenemos un capítulo en la intrahistoria penosa de la erradicación de las culturas invasoras, cuando solo sabemos de las lágrimas de Boabdil en el “Suspiro del Moro” tal y como nos lo ha contado la historia hasta hoy en palabras de su madre: Llora como mujer lo que no supiste guardar y defender como un hombre. Sin embargo, poco han trascendido sus lágrimas del silencio, en una tumba del pueblo granadino llamado Mondújar. En esa tierra dejó Boabdil los restos mortales de la persona que amó tanto como a Granada, a su esposa Morayma, la mujer que se mantuvo fiel a su lado, que le dio dos hijos y que sufrió en silencio, tanto como él, su vida y reinado desdichado. Un ejemplo clarividente de aprendizaje y estereotipo injusto para la posteridad, de las niñas y niños que lloran en Andalucía.

Sevilla, 15/VII/2007

(1) Murube del Castillo, J. Mesa Redonda, 73 Congreso de la Sociedad Española de Oftalmología – Granada, 1997 (recuperado de http://www.anatomiahumana.ucv.cl/estructura/modulo8.html).
(2) Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós, p. 39.
(3) González, C., Carranza, J. A., Fuentes, L. J., Galián, M. D. y Estévez, A. F. (2001). Mecanismos atencionales y desarrollo de la autorregulación en la infancia. Anales de psicología, vol. 17, nº 2 (diciembre), 275-286.
(4) William H.F. and Muriel, L. (1985). Crying, the Mystery of Tears. Minneapolis: Winston Press.
(5) Diaz Prieto, M. (2004). Los hombres lloran 4 veces menos que las mujeres
Sin embargo, dice un estudio, antes lloraban aún menos. La moda del varón sensible
(recuperado de http://www.unsl.edu.ar/~dospu/archivos/llora.htm, el 12 de julio de 2007).

Estereotipo machista 1: las mujeres hablan como cotorras.

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Figura 1: Mujeres hablando. Luis Garay.

Dentro del epígrafe “Género y vida”, que inicié el 25 de febrero de 2006, voy a intercalar a partir de hoy algunas reflexiones científicas sobre los estereotipos machistas (imágenes inmutables) que tanto pesan en la sociedad española en particular, para sentar unas nuevas bases de respeto a la mujer. Me refiero al sambenito que colgamos en las mujeres desde hace muchos años, en relación con el habla, la conversación permanente y sus derivados, como característica multisecular de la mujer. ¿Qué hay de verdad en ello? El pasado 5 de julio saltó a la prensa mundial un informe científico elaborado en la Universidad de Arizona y publicado en la revista Science (1), con un titular determinante: Las mujeres no hablan más que los hombres. La realidad de las 16.000 palabras que, de promedio, utilizamos diariamente en la conversación ordinaria, muestra un equilibrio entre hombres y mujeres que tiran por tierra tanta afrenta histórica: “Se trata del primer estudio que registra conversaciones naturales de cientos de personas durante varios días y revela que las mujeres utilizan alrededor de 16.215 palabras al día y que los hombres emplean 15.669, una diferencia que en términos estadísticos no es significativa. “Aunque mucha gente cree en el estereotipo de que las mujeres son habladoras y los hombres poco comunicativos, no existen estudios a gran escala que hallan registrado de forma sistemática las conversaciones naturales de grandes grupos de personas en periodos de tiempo amplios”, ha explicado James W. Pennebaker, coautor del estudio” (2).

La investigación analiza las conversaciones grabadas de 396 estudiantes universitarios en edades comprendidas entre los 18 y 29 años, de Estados Unidos y México, incluyendo 210 mujeres y 186 hombres. El estudio no se centra sobre el uso del vocabulario o de las palabras en sí mismas, sino las que se registraban en un reproductor que los investigadores desarrollaron y adaptaron durante el estudio, llevado a cabo entre 1998 y 2004.

Inmediatamente, he recordado la lectura reciente de un libro que ya he comentado en este blog y de lectura obligada para el compromiso de género, El cerebro femenino, que venía a concluir de forma diferente, dando la razón al estereotipo aunque sin la carga peyorativa que se da en la actualidad a la expresión “hablan como cotorras”: “Muchas mujeres encuentran alivio biológico en compañía de otra; el lenguaje es el pegamento que conecta a las mujeres entre sí. No es de sorprender, pues, que algunas áreas verbales del cerebro sean mayores en las mujeres que en los hombres, ni que éstas, en general, hablen mucho más que ellos. Las cifras cambian pero, como promedio, las muchachas pronuncian dos o tres veces más palabras al día que los chicos. Ya sabemos que las niñas hablan antes y que a los veinte meses tienen en su vocabulario el doble o el triple de palabras que los niños (3).

La doctora Brizendine defiende este aserto sobre el desequilibrio en el habla cuando se refiere a la mujer, por el papel que juega el estrógeno en la formación de su personalidad y carácter, activando la oxitocina y los circuitos cerebrales que son sexualmente específicos de la mujer, sobre todo los referidos al habla, el flirteo y los tratos sociales. Se abre así un campo de investigación fascinante para justificar la necesidad de religación, más que la del habla. Y como consecuencia de la necesidad de compartir, surge la realidad del habla. Han sido muchos siglos de soledad para la mujer, desde que el hombre decidió viajar hacer millones de años y descubrir nuevos mundos para realizarse, quedándose siempre la mujer en el territorio de origen, cuidando de la casa, hijos y ganado.

Es importante constatar que en un post que publiqué el 28 de enero de 2007, que llevaba por título Cerebro y género: materia blanca contra materia gris ya dejaba claro que: “Además, la materia gris tiene una responsabilidad dramática sobre el control muscular, las percepciones sensoriales como vista y audición, la memoria, las emociones y el habla. Y no me gustan los chistes fáciles forjados en estereotipos: “las mujeres hablan como cotorras”. Todos podemos hablar como estos simpáticos animalitos, porque todavía no conocemos bien por qué el habla se hace fuerte en el ser humano, aunque tanto se haya escrito sobre este elemento diferenciador de los seres humanos”.

La paradoja surge cuando sabemos también por experiencias científicas recientes que a nuestros antepasados humanoides no les gustaba hablar: “Agradezco a Josep Call que siga trabajando en el Instituto Max Planck de Antropología de la Evolución de Leipzig. Está demostrando a través del lenguaje cómo desde España y desde Cataluña, su país natal, un ser humano puede volver a su territorio natural a contarnos cómo a los chimpancés, por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse”. Sin que nos pese tanto cargar las tintas sobre quien habla más, si el hombre o la mujer. A pesar de los tiempos que corren, que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo.

Tal y como concluía al comienzo de mis publicaciones sobre Mujer: género y vida, merecería la pena poner freno a los estereotipos como éste, cargados de un magma social e histórico que solo se puede justificar porque hace solo “doscientos mil años que la inteligencia humana comenzó su andadura por el mundo. Los últimos estudios científicos nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. Hoy comienza a saberse que a través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado. Los africanos, que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates, a través de una curiosa proteína denominada “reelin”. Y las mujeres quedaban a la espera de un regreso jamás anunciado, hablando con las demás mujeres, porque no cazaban, porque no recolectaban, porque desde hace millones de años las mujeres ocupaban un puesto diferente en el mundo (4).

Hay que tener cuidado con los estereotipos que perjudican a la mujer y la rodean de formas de ser que no tienen casi nunca bases científicas, sino solo el peso negativo de la historia social que solo el propio cerebro humano puede salvar. Esta es la razón última para iniciar este tipo de publicaciones: de esta forma “podríamos formar, por tanto, una célula de arranque, bajo la denominación de “género y vida”, con carácter virtual, en la red, del que formáramos parte aquellas personas que creemos en el proyecto de que la mujer es una realidad de persona en el mundo sin más diferencia que las meramente anatómicas y fisiológicas que, por cierto, es patrimonio universal de cualquier ser inteligente. Posiblemente, llegará el día, como decía Saramago en el acto de nombramiento como hijo adoptivo de Granada, el pasado 3 de febrero, en el que las mujeres aplaudirán desde las aceras una manifestación de hombres -y solo hombres- proclamando la nueva realidad de las mujeres libres de la esclavitud ética, psíquica y social del machismo ibérico, demostrada por una violencia de género que suma y sigue como si no pasara nada en el cálculo de la muerte”.

Sevilla, 13/VII/2007

(1) Mehl, M.R., Vazire, S., Ramírez-Esparza, N., Slatcher, R.B., and Pennebaker, J.W. (2007). Are Women Really More Talkative Than Men? Science 6 July, 317: 82
(2) Europa Press (2007, 5 de julio) Las mujeres no hablan más que los hombres. Un estudio de la Universidad de Arizona publicado en ‘Science’ acaba con el tópico. El Pais.com.
(3) Brizendine, L. (2007). El cerebro femenino. RBA: Barcelona, p. 58.
(4) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital, p.15.

El tabique transparente: septum pellucidum

Cada vez que se difunde la noticia de una mujer que muere como consecuencia de la intervención violenta de su pareja, en todas las manifestaciones posibles, vuelvo a rescatar el compromiso de analizar el cerebro desde la perspectiva de género, es decir, intentar profundizar en el conocimiento diferencial de estructuras cerebrales que refuerzan el comportamiento positivo ó negativo de hombres y mujeres y traducen la diversidad de conductas teniendo como origen la diversidad cerebral. El fin es claro: intentar buscar los orígenes de esta flagrante división perceptiva y conductual que aboca a la destrucción sistemática del otro. La etiología de estas muertes femeninas está alojada en el cerebro humano. Ahí está el reto de aprehender las conductas agresivas que desembocan en muertes violentas como la que ocurrió el jueves pasado en Callosa d´Én Sarrià (Alicante), incrementando la cifra terrible hasta 45 mujeres asesinadas a manos de los llamados hombres de sus vidas (más bien, de sus muertes).

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Figura 1: Localización anatómica del septum pellucidum (sección medio-sagital).

Hoy voy a adentrarme en una zona central del cerebro, de interconexión entre los dos hemisferios cerebrales, para descubrir el tabique translúcido, transparente, el septum pellucidum (del latín septum (saepire), valla, tabique y pellucidum ó per-lucidum, translúcido), membrana de forma triangular, situada entre los fascículos (fibras nerviosas con un mismo origen, trayecto y terminación) y cuerpo del fórnix (estructura cerebral en forma de bóveda que facilita la interconexión neuronal de fibras entre el hipotálamo y el hipocampo, a través suya) por abajo y el cuerpo calloso por encima y delante, como se puede observar en la figura 1. Para que se entienda bien, el cerebro normal tiene dos partes iguales (hemisferios), conectados por fibras nerviosas (cuerpo calloso) y están separados por espacios llenos de fluido (ventrículos I y II). Estos dos ventrículos tienen divisores, tabiques transparentes ó translúcidos, entre ellos (septum pellucidum) y contienen, en condiciones normales, un fluido claro, el líquido cefalorraquídeo, junto a los otros dos ventrículos (cuatro en total), cuyo volumen total en niñas y niños es de 40-60 cm3 y en adultos 120-140 cm3, de los cuales 20-30 cm3 corresponden a los ventrículos laterales citados, separados por el citado septum pellucidum.

Esta estructura está compuesta en determinadas personas y neonatos de dos láminas separadas por una cavidad, denominada cavum septi pellucidi, también conocida en la literatura científica como quinto ventrículo que se prolonga hacia atrás por el cavum Vergae, que es muy importante detectar bien y hacer el seguimiento preciso durante la concepción del nuevo ser para hacer los despistajes necesarios que comprometen la salud y la enfermedad (1). Este último es conocido también como cavum fornicis, cavum psalterii, Verga’s ventricule o sexto ventrículo, teniendo sus limites en el splenium (parte posterior) del cuerpo calloso y en las bases de los fórnix y, en la zona ventral, en la comisura del fórnix. Es importante saber que cada lámina participa en la acción cotidiana de los ventrículos laterales, estando rodeadas de células ependimarias en su cara ventricular y de piamadre en su cara medial. A su vez, están recubiertas de fibras neurales con una fina capa de sustancia gris externa y de una capa interna de sustancia blanca. Se estudia hoy en profundidad en la práctica clínica.

Desde la perspectiva de género, se sabe que el cavum Vergae y el cavum septum pellucidum son más frecuentes en la mujer que en el hombre, y en el feto, indistintamente, se puede observar mediante técnicas ultrasónicas no invasivas (2) permitiendo clasificaciones y mapas de neuroimagen.

Las funciones principales del septum pellucidum (sin cavum) consisten en facilitar la integración y sincronización sensorial, es decir, determinar cómo nuestros cuerpos procesan la información que recibimos de nuestros sentidos y cómo actuamos en consecuencia, de forma ordenada; también, la planificación motora, construir actos inteligentes y desarrollar correctamente las actividades académicas, habla y lenguaje, y habilidades sociales y de comunicación de alto orden. Una función principal consiste en “proteger” las funciones del nervio óptico, por lo que la malformación o la ausencia de esta estructura pueden derivar en una hipoplasia del nervio óptico con las consecuencias que se han explicado anteriormente. Últimamente, se están investigando también las causas de la explosión de la ira, mediante la estimulación de esta estructura. No es de extrañar al formar parte del sistema límbico y compartir estructuras y aferencias del caballo encorvado y de las amígdalas cerebrales. Estructura compleja y preparada desde antiguo para vivir las emociones apasionadamente y en libertad.

En realidad, la ausencia patológica del septum pellucidum está asociada fundamentalmente a la displasia septoóptica (DSO) o Síndrome de Morsier: “Es una entidad neurológica descrita en 1956 por de Morsier, en la cual se presenta alteración de las estructuras de la línea media especialmente la tríada de: a. Ausencia o hipoplasia del septum pelucidum, b. Hipoplasia de uno o ambos nervios ópticos, c. Alteración variable de la función hipotálamo-hipofisiaria. Se trata de una entidad infrecuente y de etiología poco clara en la que predomina la hipótesis genética. No se conoce el mecanismo de transmisión hereditaria pero se han descrito casos en hermanos y se ha cartografiado un posible gen responsable en los brazos cortos del cromosoma 3 (3p21.2-p21.1). Algunas de las variantes de displasia septoóptica asociadas a ectopia del lóbulo posterior de la hipófisis y heterotopias periventriculares tienen una base genética común relacionada con una mutación heterocigótica del gen HESX1.4”.

En la actualidad, se está trabajando en la atención a una enfermedad clasificada como “rara” con afectación del septum pellucidum, la holoprosencefalia, que consiste en “una serie de anomalías congénitas (que está presente desde el nacimiento) cerebrales y del macizo facial, que se generan en estadios muy tempranos del desarrollo, en las primeras semanas de la vida intrauterina, cuando la placa neural se pliega sobre sí misma y forma el tubo neural. Las alteraciones cerebrales son el resultado de un fallo en la diferenciación y separación o hendidura del prosencéfalo o cerebro anterior, que dará lugar a los hemisferios cerebrales y a los ventrículos laterales, estructuras que en condiciones normales están relacionadas pero son independientes”.

Queda mucho por investigar en esta estructura cada vez más sorprendente por los resultados que se obtienen en laboratorios de neuroimagen. Se abren muchas posibilidades en los avances que se producen en la investigación del genoma humano, dado que las implicaciones de la gestación en el desarrollo del septum pellucidum son una garantía para la investigación en neuroembriología, dado que hoy día, el uno por ciento de la población, puede sufrir malformaciones en la estructura analizada ó pasar a la difícil línea delgada roja de las enfermedades raras. Es una enfermedad que compromete a hombres y mujeres, en identidad responsable ante el crecimiento de una nueva vida humana fruto de la concepción compartida.

Algo supimos de estas enfermedades a través de la película Rocky V, cuando a Rocky Balboa le diagnostican una patología severa (encefalopatía pugilística) relacionada con el septum pellucidum. Entonces nadie deparó que la ciencia seguía buscando razones científicas para abordar una patología que ocasiona daños irreparables, aún cuando nos llame la atención poderosamente que su actividad frenética (la del septum) es causa segura de actitudes airadas o de esquizofrenia que empuje hasta la muerte. Se sabe que los boxeadores profesionales desarrollan el cavum en su encéfalo, como en el caso de Rocky Balboa, por recibir traumas a repetición. Igualmente, se trabaja en la hipótesis de que las niñas y niños que se mecen en los brazos o en la cuna con demasiada fuerza pueden desarrollar el cavum con las consecuencias que brevemente se han detallado anteriormente.

También se han llevado a cabo investigaciones en la asociación del cavum septum pellucidum (CSP) a los trastornos de estrés postraumático, enfermedad vinculada sobre todo a las personas que han participado en guerras desde todas las perspectivas posibles. Me sobrecogió el artículo que a tal efecto se publicó en la revista Neuroanatomy, en 2004 (3), en el que narran las consecuencias de la guerra en Bosnia y Herzegovina, en un hombre que sufría el síndrome de desorden por estrés postraumático (PTSD) y que desarrolló el cavum con las consecuencias que podemos imaginar.

Hasta aquí el análisis de contextos, pero no la razón última de esta estructura, tarea en la que las neurociencias tienen mucho que decir todavía.

Sevilla, 1/VII/2007

(1) Althuser, M. (2007). Ultrasonographic diagnosis of anomalies of septum pellucidum, JBR–BTR, 90, 21s.
(2) Duque, J.E., Vera, A. (2006). Human Cavum Septum Pellucidum. Acta Neurol. Colomb. 22, 323-327.
(2) Filipovic, B., Jovic, N. y Filipovic, B. (2004). Large cavum septum pellucidum associated with posttraumatic stress disorder: a case report, Neuroanatomy, Volume 3, 12–14. (http://www.neuroanatomy.org/2004/012_014.pdf).