El cerebro de Antonio Puerta

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Un cerebro de veintidós años y nueve meses de gestación. Supongo que con una inteligencia adiestrada para resolver problemas en el campo de fútbol, en la selva de la vida, con la estructura cerebral que dignifica mejor a una persona. Y un día, el sábado 25 de agosto a los treinta minutos, aproximadamente, de un partido iniciático para su querida Liga, para su contrato recién renovado, su cerebro deja de funcionar momentáneamente porque su corazón ya partido no bombea bien la sangre necesaria, para aportarle oxígeno al cerebro. Y se arrodilla en el césped, junto a un palo de su portería, escuchando palabras duras porque no había defendido bien el ataque del jugador Pablo Hernández, del Getafe (“incluso llegó a recibir algún reproche desde la grada por su aparente dejadez, una vez finalizada la jugada, sin éxito para los de Michael Laudrup”, decía una crónica deportiva) y pierde el conocimiento de la vida, su querida vida. Se recupera, vuelve al vestuario caminando con un rostro desencajado y allí, al inclinarse para desabrocharse las botas vuelve a fallarle el corazón, el cerebro. Y es evacuado al hospital, donde las atenciones médicas no han podido hacer nada para recuperar los daños sufridos en el cerebro. Causa: una encefalopatía postanóxica. Su cerebro ha sufrido mucho porque no le llegaba oxígeno.

La muerte de Antonio Puerta supone un duro golpe emocional, en los afectos y sentimientos de cuantas personas han estado cerca de él, cualquiera que fuera su posición, es decir, en el cerebro de cada persona hemos acumulado, elaborado y guardado todas las imágenes y emociones que nos han recordado a Puerta. Cuando un ídolo desaparece de esta forma tan brusca se entierran también con él muchas ilusiones, muchos afectos, muchas expectativas, porque las personas con estas características sirven para que miles y miles de personas, sobre todo jóvenes, proyecten en él lo que verdaderamente les gustaría ser o tener: fama, juventud, dinero, prestigio social, futuro garantizado (contrato multimillonario), magnífico coche, casas acordes con su posición social, parejas con suficiente glamour como para corresponder a la figura idolatrada y, para cerrar el círculo mágico, esperaba ya un hijo, para proyectar en él tanta riqueza terrena. Y así crecer juntos porque solo tenía 22 años y mucho futuro por delante. Además, él había sido el autor del gol que había permitido al Sevilla iniciar su etapa triunfal del último año y medio. También, la de miles y miles de personas tras él. Un ejemplo a seguir para decenas de miles de personas y aficionados más directos del club sevillista. Un amigo, porque Sevilla “está contigo”: “Tu gol nos cambió la vida, juntos luchamos por la tuya”.

Y en una noche de agosto todo se viene abajo. Es muy difícil comprender esta muerte prematura en “la flor de su vida” que se diría en Sevilla. Humanamente hablando, esto no tiene pies ni cabeza. ¡Cómo puede ser! Y muchas preguntas se hacen a Dios directamente, al dios de cada una y cada uno. Y no tenemos muchas respuestas. Desde nuestros cerebros pensantes, solo se me ocurre recordar lo que tantas veces me ha servido para entender el hecho de la muerte, de cualquier muerte, para ser solidarios con los sufrimientos permanentes de los que todos los días, en cada segundo se tienen que enfrentar a ella. No solo por esta muerte extraordinaria. Recuerdo una experiencia muy interesante que aprendí en la Biblia, a través de una persona que le gustaba vivir en comunidad, de nombre algo difícil Qohélet, en hebreo, que se puede traducir como el Público personificado que quiere tomar la palabra y decir lo que siente. El había aprendido que en la vida hay tiempo para todo: para nacer y para morir, como el ejemplo de Puerta. Para abrazarse y para separarse. También para amar y odiar. Pero cuando llegan los momentos difíciles, como puede ser el de la muerte, le surgen tres preguntas:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga, si se demuestra antes ó después que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, algo así como intentar atrapar el viento?
– ¿Qué diferencia hay entre el hombre y el animal si ambos vuelven siempre al polvo?
– ¿Quien guiará al hombre a contemplar lo que hay después de él?

Y cuando estas preguntas te dejan solo en la vida, el mismo autor nos ofrece una salida muy airosa, sin más respuestas, para las personas que en algún momento viven la miseria social: más valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo. Pues, si cayeren, el uno levantará a su compañero (…). Y acaba con una experiencia preciosa hecha historia en su vida ara transmitirla de padres a hijos: la cuerda de tres hilos no es fácil de romper.

Y con estas reflexiones volví a ver la foto de Puerta que ha dado la vuelta al mundo, las pancartas de cartón con el afecto de los sevillistas y muchas personas solas preguntándose anoche en la puerta 2 del estadio que estas cosas no las puede permitir Dios por mucho que se intente explicar en las leyendas de siempre. Hay que aceptarlo: no volveremos a saber más del cerebro de Puerta, el que le permitía siempre resolver cada problema importante de su corta vida, el que no resolvió el incidente cardiaco más importante en su carrera deportiva. Quizá porque hay que comprender lo que decía el que representaba al Público personificado, hoy al sevillismo personificado: todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Y el cerebro de Puerta nos lo ha demostrado con el desgarro humano con el que siempre se vive la ausencia de quien admiramos y queremos.

Sevilla, 29/VIII/2007

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