Crónicas de Viena (VII): Reconocimiento a Freud

FREUD

Era una deuda histórica personal con Sigmund Freud, cuya teoría científica había estudiado a lo largo de mis años de carrera y durante la estancia en Roma y Cuneo. Tengo que reconocer que nunca estuve cerca de su escuela, el psicoanálisis, pero por diversas razones de estudio e investigación, así como de responsabilidad pública en salud mental, tuve que recurrir al estudio de su teoría científica en bastantes ocasiones para comprender muchas decisiones profesionales e institucionales que llevaban siempre la marca de Freud.

La última mañana de estancia en Viena nos dirigimos a su residencia profesional y familiar, en la Bergasse, 19, donde desarrolló su práctica médica desde 1891 y hasta 1938, y donde se forjó la base de todos los trabajos en torno a La interpretación de los sueños y los estudios de caso. El Museo es una mezcla de recuerdos entrañables de una experiencia física de habitabilidad en una ciudad que no tuvo reparos en colocar la cruz gamada en el dintel de su casa y que propició su exilio a Londres, hasta una colección de fotografías y algunos objetos y bienes muebles personales que puedan alumbrar determinadas características de la casa-consulta. Me impresionó mucho el fondo científico que posee en la actualidad, así como las actividades que desarrolla la Fundación para seguir explorando las diversas manifestaciones del psicoanálisis en el mundo actual.

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Museo de Freud: detalle de ventana en escalera de acceso/José A. Cobeña

He vuelto a repasar mis anotaciones científicas durante los años 1976 a 1978, en los que tuve que trabajar a fondo la teoría psicoanalítica, años en los que me volqué, sobre todo, en el análisis de la teorías conductista (Skinner) y antropoanalítica (Binswanger y Gebsattel), respectivamente. Tengo un especial cariño al trabajo (no publicado) que desarrollé precisamente bajo este título, Behaviorismo y Antropoanálisis, que tanto me aportó en el descubrimiento de una nueva forma de-ser-en-el-mundo [sic]. Y Freud siempre detrás de esta investigación porque descubrí la amistad entrañable que tenía con el Profesor Ludwig Binswanger, tal y como me lo manifestó su hijo en una carta entrañable que me envió en ese fecundo periodo de estudio y reflexión científica, cuya teoría estudié por activa y por pasiva. Aquel libro de Binswanger adquirido en la librería Rizzoli, en Roma, Ricordi de Sigmund Freud, me abrió de par en par las puertas al conocimiento de la inteligencia “atómica” freudiana, en aquellos tiempos. Su larga amistad, nacida en 1907 y que duraría hasta julio de 1938 con su última carta enviada a Londres, demostraba la importancia de la estrecha relación entre ambos personajes, aún cuando los puntos de partida eran claramente divergentes.

Con motivo de esta visita debida, recordé unas palabras de Ortega y Gasset, como persona preocupada por la aparición del psicoanálisis en España, por el «entendimiento constructivo» de Freud, en un país invertebrado, que ha buscado siempre entenderse a sí mismo. En un texto suyo muy conocido, decía con sentido futurible: «Freud es según un número considerable de gentes, de médicos jóvenes sobre todo…, un profeta, un descubridor de ciertos secretos humanos, cuya patentización ha de ejercer una profunda influencia reformadora no sólo en la terapéutica de los neuróticos, sino en la psicología en general, en la pedagogía, en la moral pública, en la metodología histórica, en la crítica artística, en la estética, en los procedimientos judiciales, etc. …». Esa influencia reformadora, el carácter novedoso en la interpretación psicoanalítica de la enfermedad social, es el acicate para profundizar siempre su razón de ser. Sigue estando muy claro hoy día que la «crítica científica» y la «sobrealimentación ideológica», según expresión de Ortega al presentar el psicoanálisis, son curiosamente necesarias en cualquier situación de crisis mental.

Recordé el hombre de secreto personal (según Unamuno) de aquellos años y mi lejana amistad con Freud. Y salimos de nuevo por la Herrengasse hacia la Viena imperial, un símbolo posible del Super-Yo. También, un contrapunto importante para entender mejor la interpretación de sus sueños en Bergasse, 19.

Sevilla, 28/VIII/2007

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