Inteligencia digital (I): algoritmos y sistema afectivo

Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor.

El cataclismo de Damocles. Conferencia de Ixtapa. México, 1986.

Extracto del discurso que Gabriel García Márquez pronunció el 6 de agosto de 1986, en el
aniversario 41º de la bomba de Hiroshima.

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Gabriel García Márquez (fotografía recuperada de http://www.eluniverso.com/2007/03/04/0001/galeria/88A5FCCF6EEC4DDCB9E1F2D0C2075CAF.aspx, el 6 de octubre de 2007)

¡Qué feliz coincidencia! Anoche guardé celosamente en mis dos discos duros preferidos, el físico y el cerebral, un artículo que leí el jueves en el suplemento en castellano del New York Times, que publica los jueves el diario El País, que me llamó poderosamente la atención. Llevaba por título: ¿Amenaza la inteligencia electrónica a la humana? (1) y hablo de sorpresa emocional porque hoy, al entrar en la edición digital del citado periódico he visto que aparece en primer lugar, publicada en la página principal, a las 11,36 como “lo último”. ¿Premonición? Posiblemente, pero me brinda la oportunidad de comenzar una nueva serie de post dedicados a la quintaesencia de este cuaderno: la inteligencia digital, con una aproximación científica pero enmarcada en la realidad de la Noosfera (la alfombra de los cerebros humanos, inteligentes, que soportan el suelo firme de la vida humana) que, al fin y al cabo, es la conclusión del autor del artículo de referencia, George Johnson.

En este artículo, el autor afirma de forma categórica lo siguiente: “Lo que se está extendiendo por Internet no es exactamente inteligencia artificial. A pesar de todas las investigaciones efectuadas sobre ciencia cognitiva e informática, los algoritmos más formidables del cerebro -los usados para reconocer imágenes o sonidos o entender el lenguaje-, eluden la simulación. La alternativa es incorporar personas, con sus habilidades especiales, como componentes de la Red”. La Noosfera es imprescindible para Internet, a pesar de sus algoritmos, fórmulas mágicas que quedan muy lejos de la intelección humana, pero que al final permiten que El Corte Inglés, por ejemplo, nos “conozca” bien en todos nuestros usos y costumbres, utilizando precisamente la inteligencia electrónica para construir el perfil que represento ante esta firma comercial, ante la sociedad, en definitiva.

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Estadística de mi bitácora. Página más vista. Periodo: 28-5/06-10, 11.38 horas.

Pero hay una frontera que todavía es inexpugnable para la electrónica “pensada” por los humanos: la vida afectiva en su más profunda dimensión. Los sentimientos y emociones, debido a su plasticidad en milésimas de segundos, son todavía impredecibles para su reproducción ó simulación total. No digo que, debido a que las neurociencias avanzan que es una barbaridad, no llegue el día de acorralar este tipo de experiencias, pero queda tiempo todavía, fundamentalmente porque no conocemos bien el funcionamiento ordinario y, sobre todo, el extraordinario, del sistema límbico y de otras estructuras esenciales del cerebro, que de forma didáctica he explicado en este cuaderno. El hecho de traer a colación la estadística de acceso a las páginas de este blog es para señalar que el post dedicado al “tálamo” es el que destaca sobre todos los demás, quedando a gran distancia de los que le siguen (datos analizados desde el 28-05 a 06-10). Y me llama mucho la atención porque es una estructura muy compleja y desconocida para la mayor parte de los mortales, aunque la escribí con el deseo de que todas las personas que accedieran a ella se ilusionaran con el autoconocimiento de una estructura trascendental para la vida ordinaria, donde la corteza cerebral juega un papel estelar. Me encantaría que la leyera antes de proseguir con la lectura de este post, incorporándose al grupo de lectoras y lectores sobre los que desconozco su auténtico interés de aproximación. Es lo que multiplicado por cien, mil, millones, analizan las empresas interesadas en conocernos mejor, sin eufemismo alguno, para estar a nuestro servicio, en ese lenguaje ambiguo donde no se sabe donde termina el cliente y sigue la esclava o esclavo (monas y monos desnudos) del mercado que toque, con sus correspondientes mercancías no inocentes.

En aquella exposición quedaba meridianamente claro que el tálamo es “una estructura neuronal del tamaño de una castaña, que constituye la vía de entrada para todos los estímulos sensoriales con excepción del olfato, como muestra de la evolución del cerebro reptiliano al humano, es decir, que la participación de tantos actores en esta representación inteligente de actividad cerebral está todavía por definir de forma completa. Se sabe que tanto la retina, como el tálamo, a través del núcleo geniculado lateral, así como del sistema reticular ascendente, hacen muy atractiva la investigación de lo que vemos y sentimos, en una asociación que ya sabemos donde radica fundamentalmente. Su estudio en laboratorio y con la ayuda de sistemas radiológicos para grabar imágenes del cerebro en movimiento (RNMf) nos ayudarán a conocer la importancia del tálamo como responsable de que las entradas y salidas de información sobre lo vivido visto y sentido, sean tratadas de forma objetiva por nuestra corteza cerebral. Sabemos quizá cómo, pero todavía estamos lejos de saber y justificar el por qué. Quizá podamos entender mejor ahora un poema precioso de Antonio Machado que para mí, al menos, fue siempre una incógnita:

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve
”.

Hacer esta referencia era obligado porque el gran debate no estriba en echar a pelear (valga la expresión) la inteligencia electrónica ó digital con la humana, remedando viejos tiempos de desencuentro con la mal llamada inteligencia artificial. Ya me he pronunciado al respecto en mi libro “Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital”, donde se puede acceder a un conocimiento más exhaustivo para intentar resolver esta dialéctica tan actual e interesante. Precisamente, en el post sobre el tálamo hacía una referencia al investigador Jeff Hawkins, al que sigo de cerca desde hace tres años y ante la sugerente pregunta ¿llegaremos algún día a digitalizar la inteligencia?, volvía personalmente, en el libro citado anteriormente, a cargar las tintas sobre la teoría de la memoria predictiva donde el tálamo es una de las estructuras fundamentales del cerebro humano para “preparar e interpretar “ la información que trata: “Me refería a Hawkins porque su afirmación al respecto es taxativa, al responder a siete preguntas letales desde una perspectiva tradicional de inteligencia-máquina, sintetizada en esta respuesta a la primera de ellas, ¿Pueden ser inteligentes los ordenadores?: “Durante décadas los científicos del campo de la inteligencia artificial han declarado que los ordenadores serán inteligentes cuando cuenten con la potencia necesaria. Yo no lo creo y explicaré por qué. Los cerebros y los ordenadores hacen cosas diferentes”. Ahí está la clave. Y a partir de esa respuesta detalla de forma excelente su teoría de la inteligencia basada en la memoria predictiva, que me parece extraordinaria, sabiendo como él que se aborda solo una forma de aprehender la existencia sin desbordar ó desbordarse por las demás formas de ser inteligente en el mundo. En la medida que se profundice en el conocimiento de la corteza cerebral, sede principal de la inteligencia, sabremos más de la razón de su funcionamiento. Dialéctica investigadora, en suma” (2).

George Johson, finaliza su artículo con un canto a la extraordinaria capacidad del cerebro humano para llevar a cabo funciones donde por ahora la inteligencia electrónica ha tirado la toalla y ha pedido ayuda al cerebro de siempre y al especializado. Además, trabajando gratis para hacer más digital que nunca la inteligencia, a coste cero, desde nuestras casas, facilitando identidades y realidades que las máquinas, hoy por hoy, no son capaces de hacer ú obtener: “¿Cómo se cataloga Wikipedia, la enciclopedia generada por los usuarios que es un mecanismo extenso con piezas humanas reemplazables? Si presentamos o cambiamos un artículo, se pone en funcionamiento un enjambre de cálidos, y a veces acalorados, ejercicios de lectura de pruebas, haciendo correcciones y correcciones a las correcciones. O quizá Wikipedia se parezca más a un organismo, con glóbulos blancos humanos protegiendo su integridad. Sólo un utópico podría haber predicho lo dispuestos que estamos los humanos a trabajar gratis. Somos más baratos que el soporte físico; algo bueno, teniendo en cuenta lo difícil que somos de duplicar”.

Una advertencia desde la ética digital: quizá esté leyendo este post porque ha accedido a él desde Google o Yahoo, entre otros buscadores. Que sepa que ya saben a partir de hoy mas de su persona, de lo interesado que está en los “asuntos” de la inteligencia, además digital, porque un día, hace miles de años, Abu Ja’far Muhammad Ibn Musa Al-Juarizmi (¿recuerda la palabra algoritmo?), matemático, astrónomo y geógrafo musulmán, abrió una posibilidad inteligente de resolver problemas mundanos para conocer todo mejor, a través de su obra Kitab al-Jam’a wal-Tafreeq bil Hisab al-Hindi, traducida al latín en el siglo XII como Algoritmi de numero Indorum, donde el sistema de numeración posicional decimal, nos descubre por primera vez la importancia “digital” del número 0. Mediante algoritmos muy sofisticados nos hemos conocido hoy ó seguimos manteniendo el contacto. Aunque, sinceramente, todavía no se pueda entrar con todas las garantías digitales en nuestra persona instantánea, nuestra persona de secreto, tal como la definía de forma admirable Miguel de Unamuno. Entrar, sí, entrar en tiempo real, on-line, en nuestras emociones (estados afectivos pasajeros) y sentimientos (estados afectivos más estables y duraderos), que son los que verdaderamente nos hacen sentirnos más felices en nuestras vidas personales e intransferibles, aunque nos pasemos la vida invirtiendo tiempo y dinero, curiosamente, en la tecnología digital que, a veces, tanto nos pre-ocupa (con guión). Todo llegará, como también llegó la posibilidad y realidad mágica de morirnos de amor.

Sevilla, 6/X/2007

(1) Johnson, G. (2007, 4 de septiembre). ¿Amenaza la inteligencia electrónica a la humana?, El País, Edición en castellano del New York Times, p. 4.
(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, p. 145.

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