Fernando Fernán-Gómez: la muerte de un cómico

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Todavía recuerdo con emoción los planos finales de la película La lengua de las mariposas, donde Fernando interpretaba de forma magistral el papel de D. Gregorio, el maestro entrañable de Moncho (Pardal ó el niño gorrión, tan querido por su creador, Manuel Rivas, a quien tanto admiro), el niño asombrado por la forma en espiral de la lengua de las mariposas, maravillosos seres vivos que van siempre por el mundo volando con trajes de fiesta. Aquella cara con expresión entre admiración e inocencia ante lo que puede aparecer en la vida, aquella figura enroscada, sin tocarse, que el maestro republicano, dibujaba con tiza en la pizarra, todavía está alojada en mi memoria a largo plazo, con la suerte de que sé cómo localizarla y, si me apuran, hasta puedo discernir donde está alojada, quizá para siempre, en mi cerebro de secreto.

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Me gusta seguir recordando al actor que ya ha vuelto a la realidad de lo que somos, polvo somos y en polvo nos hemos de convertir, vanidad de vanidades todo vanidad, en esa interpretación de una parte de la profunda historia de España, al actor controvertido, amable para unos y muy desagradable para otros, aunque yo me permito decir que sabía algunas buenas intimidades de él, en mi adolescencia madrileña, porque conocí a una mujer que había estado cerca de él, vinculada a María Dolores Pradera.

Fernando era un cómico. En mi familia, perteneciente al discreto encanto de la burguesía del barrio de Salamanca y con la que viví en el Madrid de finales de los cincuenta -para que suene mejor, en el siglo pasado-, la palabra cómico levantaba sarpullidos, porque algunas viejas historias que nos emparentaban con una cómica, Carmen Cobeña, no eran bien vistas. No se hablaba normalmente de ella, de ellos, de los cómicos y, si en algún momento surgía la oportunidad por nuestras vinculaciones de amistad, por ejemplo, con los representantes en España de la compañía Mole- Richardson, responsables de la luminotecnia en las películas de la época, se pasaba página con la misma velocidad que Federico Martín Bahamontes bajaba el Galibier ó el Marqués de Portago conducía en la última recta del circuito donde se corrían las 24 horas de Le Mans.

Fernando ha abandonado ya sus viajes vitales a muchas partes, sabiendo de la dureza que suponía ser actor en la vida ordinaria, vivir o malvivir de ello, tragar quina en cualquier Régimen (él lo supo bien por la factura farisaica de todas y todos en relación con su participación en Botón de Ancla y Balarrasa) y superarlo todo con la dignidad que había aprehendido, así, para ser cómico, a pesar de las viejas historias que pesaban sobre ellos.

Estas palabras son un pequeño homenaje al maestro republicano, D. Gregorio, sobre todo al cómico que lo interpretó, que lo dibujó con tiza indeleble en mi memoria de hipocampo, y que simbolizaba una forma de entender el cine de compromiso, el buen cine, el cine de autor, el cine de la vida. Aunque me quedara en aquella sesión de tarde, con la ilusión de que hace tan solo unos días, los que defendemos las utopías y, por tanto, las ideologías, cabíamos en un taxi, ya ni siquiera de torero, es decir, sin trasportín, para los más antiguos del lugar. Pero ocasiones como éstas, las de las mariposas reinterpretadas por cómicos, nos permiten entrever que la utopía es posible, lo que hace que casi sin darse cuenta el cómico que se ha ido, en esta ocasión, nos haya vendido unos billetes hacia alguna parte, hacia la utopía de lo posible. Es lo que el Ché, tan querido para mí, decía siempre: seamos realistas, exijamos lo imposible…

Y, perdonen, llegamos al final. Yo no he querido callarme en esta muerte simbólica, como aquellos lugareños de la película particular que interpretó Fernando, el cómico, presa del terror de la indecencia, ante la cordada. Tengo prisa, porque se agotan los billetes de los autobuses de la utopía de la vida, que salen en esta ocasión de la estación de Andalucía.

Sevilla, 24/XI/2007

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