Sepia, blanco y verde

He sentido una especial emoción cuando preparaba en casa los tres sobres con mi voto. La moviola de la dictadura y de la democracia, me ha recordado muchos años de lucha y de desencuentros con lo divino y lo humano por estabilizar derechos y deberes como ciudadano y para la ciudadanía, en general. ¡Cuántas ilusiones al ganar unas elecciones! ¡Cuántas reflexiones cuando “las perdí”, en el sentido más corporativo de la libertad! Una nueva oportunidad para reforzar derechos y deberes marcados por una determinada forma de interpretar la vida y la muerte, porque todas y todos no vamos en el mismo barco. Ahí radica la diferencia, en momentos en los que hay que definirse en el secreto del voto y en la manifestación pública del día a día normal y corriente, en una Comunidad y País en los que hace mucha falta educación para la ciudadanía.

Sepia, blanco y verde, tres colores que simbolizan una forma de hacer política, no inocentes, aunque esta escala cromática tenga tolerancias y, a veces, tragaderas, para combinar todas las mezclas posibles en momentos en que es urgente llamar las cosas por su nombre y a las actitudes humanas también. Porque no vale todo, porque todas y todos no somos iguales, porque no todo merece la misma pena ó alegría, porque no es lo mismo mirar y compadecerte de los más débiles, en general, incluso de los que conviven con nosotros, diariamente, sin tener que ir más lejos, que pasar de largo. Porque no es lo mismo preocuparnos por el bienestar y bien-ser social, que pasar olímpicamente de ello. Porque no hay que confundir valor y precio. Porque algunos luchamos contracorriente, con la impresión de habernos equivocado de siglo. Porque nos conmueve el sufrimiento y la alegría de las demás personas.

Voy a votar ahora, en un Colegio Público muy querido por mi y mi familia, reforzada mi decisión por el consejo de Sandra Carrasco, la hija mayor de Isaías Carrasco, asesinado el viernes pasado en Mondragón, momentos después de haber compartido minutos de felicidad humana con un buen amigo en el bar Toki Eder (lugar bonito, en euskera), todo un símbolo para este momento crucial, momento bonito, en democracia, de depositar mi voto de tres colores, aunque hoy sean también un refrendo de la existencia de las tres heridas que cantó maravillosamente Miguel Hernández: la del amor, la de la muerte, la de la vida…

Sevilla, 9 de marzo de 2008, un día muy importante para la democracia que tanto amo y defiendo.

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