Malviviendo, malmuriendo…

VICTORIA

Victoria, una niña moldava con parálisis cerebral que juega con su “papusha”, demostrando al mundo que puede mantener el nivel académico de niños de su edad. Fotografía de Isabel Muñoz, en El País Semanal (2009, 15 de noviembre), pág. 27.

Para Zurdo y Negro, para su grupo, que ayer dejaron un mensaje manifiesto de coraje para navegar en mares procelosos, en tiempos de crisis.

Ayer asistí a la segunda jornada programada por el Evento Blog España 2009 y decidí estar en las dos sesiones paralelas de la mañana, descubriendo una vez más el inmenso mundo que hay detrás y delante de los blogs. Pero de todas las experiencias presentadas, me marcó sobremanera las de un grupo alternativo a los códigos políticamente correctos y éticamente aceptados en determinada sociedad actual, denominado “Malviviendo”, que se ha buscado un hueco en la Noosfera a través de una serie de cortos, transgresores, gamberros, que rompen moldes, que reflejan una realidad molesta a nuestros ojos y oídos pero que se debe escuchar y ver alguna vez. Ellos se presentan así:

“Somos un grupo de jóvenes que hemos terminado los estudios y tras engrosar las listas del paro hemos decidido dar un paso al frente y crear nuestra propia serie, sin presupuesto de producción (¿acaso 40 euros para el primer capítulo puede considerarse presupuesto?), con pocos medios técnicos y con mucha imaginación.

El hambre agudiza el ingenio.

Esta temida crisis, que lleva varios años instalada en el audiovisual español, lleva a experimentar con nuevas fórmulas, nuevos intentos de llegar a un gran público que cada vez decide más detenidamente lo que ve y es realmente exigente con los contenidos, con independencia absoluta de lo que opinan los audímetros.

En esta tesitura, el joven creador es el que más difícil tiene el progresar, pues el conservadurismo impera en el mercado.

Por eso, Malviviendo quiere romper esquemas.

Nos hemos aliado a las nuevas tecnologías. Internet será nuestro cobijo y nuestro compañero de viaje. Con internet, rompemos fronteras y nos acercamos a quien nos quiera ver. Así de simple.

Por eso, Malviviendo quiere ser una serie transgresora, gamberra, que rompa moldes.

Quiere innovar en contenidos, con guiones ingeniosos e historias enrevesadas y propias del mundo que nos rodea.

Quiere, en definitiva, ser un momento de dispersión mental, de no pensar en otras cosas y reírse de una crisis que nos venden como el final del mundo.

Desde la modestia, pero con el ímpetu de la juventud, queremos que Malviviendo consiga entretenerte y convencerte”

Cuando comenzaba a digerir tanto mensaje alternativo, de raíces andaluzas profundas, he leído y visto con atención reverencial el reportaje publicado hoy en El País Semanal, sobre Niños del mundo. Cómo se hizo. El mundo de la infancia es un pañuelo, que no te deja vivir en paz (1), forzando muchas preguntas sin respuesta, en torno a nuestro pequeño mundo, donde se malvive y malmuere de forma tan escandalosa.

Hoy sobran palabras. Solo he escrito algunas para quienes queramos escuchar y ver con otros ojos y oídos de secreto, atentamente, al pequeño mundo y el de jóvenes que malviven y malmueren. Ayer, gracias a la Noosfera, la malla pensante que algunas veces te hace vivir y sufrir para y con los demás, pude conocer claves de malvivir, ratificadas por el reportaje citado: “Si fuéramos capaces de observar esa mirada y escuchar con avaricia su mente y su corazón, podríamos evolucionar mejor como seres humanos, desarrollar nuestra dimensión universal y abrirnos realmente al mundo: podríamos recuperar los valores que en nuestra alocada carrera hacia eso que llamamos progreso dejamos en el camino. Nos daríamos cuenta de que manteniendo esta situación impedimos el avance de toda la humanidad, porque la verdadera medida del progreso es la forma en la que viven los niños”.

Sevilla, 15/XI/2009

(1) Huete Machado, Lola (2009, 15 de noviembre). Niños del mundo. Cómo se hizo. El mundo de la infancia es un pañuelo, El País Semanal, pág. 14-17.

Peter Pan, de nuevo

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Sigo buscando “islas desconocidas”, que existen, en la clave de Saramago, en un viaje existencial verdaderamente apasionante y leo un perfil de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948), en el que se vuelve a recordar la figura de Peter Pan volando junto a Campanilla: “El desvío en la ruta, la visita a la Isla-Que-No-Existe, está previsto en el itinerario. Cruzarán el cielo otros nombres hasta ser llamados, uno tras otro, por la voz de la señora Darling”. Hemos vuelto a hablar todos los días de Peter Pan, del síndrome que lleva su nombre y que no está reconocido oficialmente por las clasificaciones mundiales de enfermedades mentales, pero que busca hacerse un sitio en las mismas. La señora Darling dibujada por Panero en Así se fundó Carnaby Street. 1970, está llamando a muchas personas por su nombre, sobre todo a las instaladas en este síndrome, que hace su agosto en épocas de vacas flacas, como la actual. Se habla de la generación “Peter Pan”, en la que están instaladas las personas treintañeras que se conforman con lo que hay en todos los planos posibles: personal, afectivo, laboral, de amistad y de la llamada realización personal, que no se sabe bien qué se quiere decir o simbolizar cuando se utiliza la expresión. Se habla, en general, del síndrome de Peter Pan, intentando explicar la conducta de aquellas personas que no quieren crecer, en cualquier edad, o que esperan hacerlo en un momento que nunca llega ó que esperan tener siempre una Wendy cerca de sus vidas.

¿Qué sucede realmente en la actualidad, en las personas calificadas como Perterpanes de hoy, en un síndrome capitalista, comunista y socialista por definición, da igual, que afecta a todas las clases sociales, aunque no de causalidad idéntica? Realmente, está bastante claro su perfil. Son personas, en su mayoría varones, kidults, adultescentes o Generación X, como los retrataba Josep Garriga en un reportaje reciente (1), que han crecido con todo tipo de bienestar o malestar, en la infancia y en la adolescencia, con objetivos nada claros y que descubren un día que permanecer en su situación los hace menos vulnerables ante la vida, negándose a crecer en cualquier perfil humano, fijándose metas muy triviales, de corto alcance, como determinadas armas, aceptando o destrozando cuanto encuentran a su paso, porque no merece la pena crecer. Son adultos en potencia, aunque hayan alcanzado la treintena de años. Siempre buscan un hombre ó una mujer con rol de madre protectora que los ampare, es decir, cualquier hada Campanilla que les permita localizar un espacio que realmente no existe. Son personas que aportan muy poco a la sociedad, que se conforman con casi nada y que un buen día explotan y/ó destrozan a su alrededor todo lo que se mueve, pero desde su atalaya particular del vuelo, cogiendo la mano de Campanilla, porque no acaban de descubrir que también son protagonistas de la vida en su rol personal e intransferible y que nadie va a venir a sacarte las castañas del fuego. Es decir, que tienen que dejar de volar y asumir responsabilidades de todo tipo.

Las personas que asumen el rol de Peter Pan se caracterizan “por la inmadurez en ciertos aspectos psicológicos, sociales, y por el acompañamiento de problemas sexuales. La personalidad masculina en cuestión es inmadura y narcisista. El sujeto crece, pero la representación internalizada de su yo es el paradigma de su infancia que se mantiene a lo largo del tiempo. De forma más abarcadora, según Kiley, las características de un “Peter-Pan” incluyen algunos rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas. En ocasiones los que padecen este síndrome acaban siendo personajes solitarios. Con escasa capacidad de empatía o de apertura al mundo de los “grandes”, al no abrirse sentimentalmente, son vividos como individuos fríos o no predispuestos a darse, lo que vuelve como un “boomerang” a través de la no recepción de entregas o muestras ajenas de cariño. Algunos profesionales avanzando tal vez audazmente en sus diagnósticos los han denominado esquizo-afectivos. También se dice que este padecimiento se da por el no haber vivido una infancia normal, que hayan trabajado desde muy pequeños u otras razones más” (2).

Esta isla es ya conocida. En el argot de mi educación del discreto encanto de la burguesía, no tendremos perdón de Dios, de cualquier dios, si no la exploramos detenidamente, para buscar espacios de recuperación vital para estas niñas-niños frustrados, que avanzan en soledad personal e intransferible hacia el abismo de la no cooperación social, para ayudarles a vivir, paradójicamente, en un mundo que a veces parece diseñado por el enemigo. Sin necesidad de las Wendy de turno, que también existen en su síndrome tan particular, para que sus respectivas mamás naturales ó artificiales dejen de amarlos tan desesperadamente.

Sevilla, 8/XI/2009

(1) Garriga, Josep (2009, 25 de octubre). La generación “peter pan” está hipotecada, El País, pág. 32.
(2) Extraído del artículo “Síndrome de Peter Pan”, en Wikipedia.

Nuevas sonrisas y nuevas lágrimas

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Fotografía-postal, de Erich Lessing, entregada ayer, 31 de octubre de 2009, en la Sala de Exposiciones del Teatro de Aracena (Huelva)

En los tiempos que corren, de falta de respeto a la memoria histórica de nuestro país, que arrastra tanto dolor y silencio cómplice, en los días en los que se espera encontrar el cuerpo de García Lorca que no su alma, que ya está afortunadamente con nosotros, hago este pequeño homenaje simbólico a tanto esfuerzo de personas anónimas y de algunas autoridades comprometidas con dicho recuerdo existencial, al traer a nuestras memorias la obra de un fotógrafo experto en memoria histórica, al que se le otorgó en 1956 el premio American Art Editor’s Award, al retratar de forma directa las consecuencias dramáticas de la ocupación y revolución húngara.

He andado muchos caminos y he abierto muchas veredas en la trayectoria personal, como lección aprendida de Antonio Machado, cuando sigo haciendo camino en el andar de cada día. Ayer, en Aracena (Huelva), gracias a un fotógrafo excepcional, Erich Lessing, comprometido con la memoria histórica, y a una exposición suya de una obra escogida, bajo el patrocinio del Centro Andaluz de la Fotografía, relacionada con su actividad fotográfica durante el rodaje de excelentes películas, he recuperado de mi memoria de hipocampo muchos recuerdos de las sonrisas y lágrimas de la vida ordinaria, la que nos hace humanos de necesidad por mucho que multinacionales de la alegría facturada se esfuercen a diario en hacernos ver y entender que la vida es fácil si logramos algunas vez entender su chispa.

De toda la exposición me impactó mucho una fotografía de Julie Andrews, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”, que reproduzco en la cabecera de este post. Y pensé que Lessing quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible, como homenaje a esta necesidad, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Ausschwitz.

En los tiempos actuales, en los que la memoria histórica busca abrirse paso con un esfuerzo a veces sobrehumano, se quiere negar a toda costa un principio ya demostrado científicamente: en el cerebro no es fácil borrar lo que algún día se grabó de forma consciente y con gran carga de sentimientos y emociones. Se sabe por los avances de las neurociencias que a pesar de los esfuerzos terapéuticos y farmacológicos, la memoria se suspende pero no se borra. Desgraciadamente, sí se sabe que se pierde completamente cuando el cerebro enferma, por ejemplo en un síndrome de Alzheimer desolador, entre otros vinculados con la senectud, que tanto hacen sufrir a las personas más cercanas de quienes los padecen.

La fotografía de Lessing me pareció extraordinariamente didáctica. La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia (1) ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guión que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral.

Sevilla, 1/XI/2009

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la proyectaré en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.